La Galatea, Miguel de Cervantes Saavedra

Dividida en seis libros

[Tasa]

Yo, Miguel de Ondarza Zavala, escribano de Cámara de Su Majestad, de los que residen en el su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los dichos señores del Consejo un libro que con privilegio real imprimió Miguel de Cer­vantes, intitulado Los seis libros de Galatea, tasaron a tres maravedís el pliego escripto en molde, para que sin pena alguna se pueda vender. Y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen de los que ansí fueren impresos, para que no se exceda dello; y, en fe dello, lo firmé de mi nombre. Fecha en Madrid, a trece días del mes de marzo de mil y quinientos y ochenta y cinco años.

Miguel de Ondarza Zavala.

Erratas

Folio 2, página 2, línea 1: la desdeñaba, le desdeñaba; folio 3, página 1, línea 8: tal mala, tan mala; folio 20, página 2, línea 9: acababan, acababa; folio 25, página 1, línea 14: sus a padres, a sus padres; folio 29, página 2, línea 15: esfogado, desfogado; folio 69, página 2, línea última: por toda, por todo; folio 90, página 1, línea pe­núltima: valla, allá; folio 90, página 2, línea 10: ne se diese, no se diese; folio 93, página 2, línea 5: que tan doloroso, que en tan doloroso; folio 98, página 2, línea 1: no da la luz, no da luz; folio 105, página 2, línea 18: se hallase, me hallase; folio 107, página 1, línea 2: acor­dara, acobardara; folio 119, página 1, línea 11: ePro, Pero; folio 138, página 1, línea penúltima: no pudo, no puedo; folio 144, página 1, línea 4: tierra, tierna; folio 147, página 1, línea 2: flor tierra, flor tierna; folio 203, página 2, línea 22: derriban, derivan; folio 214, página 1, línea 13: deleitar, dilatar; folio 219, página 1, línea 4: alegar, alegra; folio 221, página 1, línea 5: creer que, creer lo que; folio 223, página 1, línea 14; es gusto, es justo; folio 229, página 1, línea 17: al te adora, al que te adora; folio 262, página 2, línea 8: ímpelu, ímpetu; folio 278, página 1, línea 19: valeroso amo, valeroso ánimo; folio 330, página 2, línea 2: Y así, Y si; folio 335, página 1, línea 2: León el que, León es el que; folio 339, página 1, línea 10: Romero, Romeo; folio 343, página 1, línea 14: sin las obras, sin las sombras; folio 344, página 1, lí­nea 16: un fin hermoso, si un fin hermoso; folio 354, pá­gina 2, línea 5: desechas, endechas; folio 355, página 1, tras el verso 5: di este, anchas, cortas y extendidas; folio 362, página 2, línea 1: a[r]diente, ardientes; folio 193, página 1, línea 13: después que dice el oro, el brocado, diga que sobre nuestros cuerpos echamos. Como, &c.

Yo, el licenciado Várez de Castro, corrector por Su Majestad en esta Universidad de Alcalá, vi este libro, in­titulado Primera parte de la Galatea, y le hallé bien im­preso conforme a su original, sacadas las erratas arriba dichas; y por la verdad, di ésta, firmada de mi nombre. Fecha hoy, postrero de febrero de ochenta y cinco años.

El licenciado Várez de Castro.

[Aprobación]

Por mandado de los señores del Real Consejo, he visto este libro, intitulado Los seis libros de Galatea, y lo que me parece es que se puede y debe imprimir, atento a ser tratado apacible y de mucho ingenio, sin perjuicio de na­die, así la prosa como el verso; antes, por ser libro prove­choso, de muy casto estilo, buen romance y galana inven­ción, sin tener cosa malsonante, deshonesta ni contraria a buenas costumbres, se le puede dar al autor, en premio de su trabajo, el privilegio y licencia que pide. Fecha en Madrid, a primero de febrero de MDLXXXIIII.

Lucas Gracián de Antisco.

El rey

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, es­tante en nuestra Corte, nos ha sido hecha relación que vos habíades compuesto un libro intitulado Galatea, en verso y en prosa castellano, y que os había costado mu­cho trabajo y estudio, por ser obra de mucho ingenio, su­plicándonos os mandásemos dar licencia para lo poder imprimir, y privilegio por doce años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hizo en el dicho libro la dili­gencia que la pregmática por nos ahora nuevamente he­cha sobre ello dispone, fue acordado que debíamos man­dar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón, e nos tuvímoslo por bien, por to cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo de diez años primeros si­guientes, que corren y se cuentan desde el día de la data della, vos, o la persona que vuestro poder hubiere, podáis imprinúr y vender el dicho libro, que desuso se hace mención, en estos nuestros reinos. Y por la presente da­mos licencia y facultad a cualquier impresor dellos que vos nombráredes para que por esta vez le pueda imprimir por el original que en el nue[stro] Consejo se vio, que van rubricadas las planas y firmado al fin dél de Miguel de Ondarza Zavala, nuestro escribano de Cámara de los que en el nuestro Consejo residen; y con que, antes que se venda, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o trayáis fe en pública forma en cómo por el corretor nombrado por nuestro mandado se vio y co­rrigió la dicha impresión con el original, y se imprimió conforme a él, y quedan asimismo impresas las erratas por él apuntadas para cada un libro de los que así fueren impresos; y tase el precio que por cada volumen hubiére­des de haber, so pena de caer a incurrir en las penas con­tenidas en la dicha pregmática y leyes de nuestros reinos. Y mandamos que, durante el dicho tiempo, persona al­guna, sin vuestra licencia, no to pueda imprintir, so pena que el que le imprimiere o vendiere en estos nuestros reinos haya perdido y pierda todos y cualesquier libros y moldes que dél tuviere y vendiere; y más, incurra en pe­na de cincuenta mil maravedís: la tercera parte para el denunciador, y la otra tercera parte para la nuestra Cáma­ra, y la otra tercera parte para el juez que to sentenciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, presidentes, oi­dores de las nuestras audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte y chancillerías, y a todos los co­rregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de nuestros reinos y seño­ríos, así a los que ahora son como los que serán de aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta cédula y mer­ced que así vos hacemos, y contra el tenor y forma della no vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nues­tra merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cá­mara. Fecha en Madrid, a XXII días del mes de febrero de mil y quinientos y ochenta y cuatro años.

Yo, el rey.

Por mandado de Su Majestad:

Antonio de Eraso.

Dedicatoria

Al Ilustrísimo señor Ascanio Colona,

abad de Sancta Sofía.

Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilust[r]ísima, que me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener en osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio. Mas, considerando que el estremado de V. S. Ilustrísima no sólo vino a España para ilustrar las mejores universi­dades della, sino también para ser norte por donde se en­caminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, espe­cialmente los que en la de la poesía se ejercitan, no he querido perder la ocasión de seguir esta guía, pues sé que en ella y por ella todos hallan seguro puerto y favorable acogimiento. Hágale V. S. Ilustrísima bueno a mi deseo, el cual envío delante, para dar algún ser a este mi peque­ño servicio. Y si por esto no lo meresciere, merézcalo, a lo menos, por haber seguido algunos años las vencedoras banderas de aquel sol de la milicia que ayer nos quitó el cielo delante de los ojos, pero no de la memoria de aque­llos que procuran tenerla de cosas dignas della, que fue el Excelentísimo padre de V. S. Ilustrísima. Juntando a esto el efecto de reverencia que hacían en mi ánimo las cosas que, como en profecía, oí muchas veces decir de V. S. Ilustrísima al cardenal de Aquaviva, siendo yo su ca­marero en Roma, las cuales ahora no sólo las veo cum­plidas, sino todo el mundo que goza de la virtud, cris­tiandad, magnificiencia y bondad de V. S. Ilustrísima, con que da cada día señales de la clara y generosa estir­pe do deciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana, y en las virtudes y heroicas obras con la mesma virtud y más en­cumbradas hazañas, como nos lo certifican mil verdade­ras historias, llenas de los famosos hechos del tronco y ramos de la real casa Colona, debajo de cuya fuerza y si­tio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmu­radores que ninguna cosa perdonan; aunque si V. S. Ilustrísima perdona este mi atrevimiento, ni tendré qué temer, ni más que desear, sino que Nuestro Señor guarde la llustrísima persona de V. S. con el acrescentamiento de dignidad y estado que sus servidores deseamos.

Ilustrísimo Señor,

B. L. M. de V. S.

Su mayor servidor:

Miguel de Cervantes Saavedra.

Curiosos lectores

La ocupación de escrebir églogas en tiempo que, en ge­neral, la poesía anda tan desfavorescida, bien recelo que no será tenido por ejercicio tan loable que no sea necesa­rio dar alguna particular satisfación a los que, siguiendo el diverso gusto de su inclinación natural, todo lo que es diferente dél estiman por trabajo y tiempo perdido. Mas, pues a ninguno toca satisfacer a ingenios que se encie­rran en términos tan limitados, sólo quiero responder a los que, libres de pasión, con mayor fundamento se mue­ven a no admitir las diferencias de la poesía vulgar, cre­yendo que los que en esta edad tratan della se mueven a publicar sus escriptos con ligera consideración, llevados de la fuerza que la pasión de las composiciones proprias suele tener en los autores dellas; para lo cual puedo ale­gar de mi parte la inclinación que a la poesía siempre he tenido y la edad, que, habiendo apenas salido de los lí­mites de la juventud, parece que da licencia a semejantes ocupaciones. De más de que no puede negarse que los estudios desta facultad (en el pasado tiempo, con razón, tan estimada) traen consigo más que medianos prove­chos, como son enriquecer el poeta, considerando su pro­pria lengua, y enseñorearse del artificio de la elocuencia que en ella cabe, para empresas más altas y de mayor im­portancia, y abrir camino para que, a su imitación, los ánimos estrechos, que en la brevedad del lenguaje anti­guo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana, entiendan que tienen campo abierto, fértil y espacioso, por el cual, con facilidad y dulzura, con gra­vedad y elocuencia, pueden correr con libertad, descubriendo la diversidad de conceptos agudos, graves, soti­les y levantados que en la fertilidad de los ingenios espa­ñoles la favorable influencia del cielo con tal ventaja en diversas partes ha producido, y cada hora produce en la edad dichosa nuestra, de to cual puedo ser yo cierto tes­tigo, que conozco algunos que, con justo derecho, y sin el empacho que yo llevo, pudieran pasar con seguridad carrera tan peligrosa.

Mas son tan ordinarias y tan diferentes las humanas dificultades, y tan varios los fines y las acciones, que unos, con deseo de gloria, se aventuran; otros, con temor de infamia, no se atreven a publicar lo que, una vez des­cubierto, ha de sufrir el juicio del vulgo, peligroso y casi siempre engañado. Yo, no porque tenga razón para ser confiado, he dado muestras de atrevido en la publicación deste libro, sino porque no sabría determinarme destos dos inconvinientes cuál sea el mayor: o el de quien con ligereza, deseando comunicar el talento que del cielo ha rescib[id]o, temprano se aventura a ofrescer los frutos de su ingenio a su patria y amigos, o el que, de puro escru­puloso, perezoso y tardío, jamás acabando de contentarse de lo que hace y entiende, tiniendo sólo por acertado lo que no alcanza, nunca se determina a descubrir y comu­nicar sus escriptos. De manera que, así como la osadía y confianza del uno podría condemnarse por la licencia demasiada, que con seguridad se concede, asimesmo el recelo y la tardanza del otro es vicioso, pues tarde o nun­ca aprovecha con el fruto de su ingenio y estudio a los que esperan y desean ayudas y ejemplos semejantes para pasar adelante en sus ejercicios.

Huyendo destos dos inconvinientes, no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerle para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento. Bien sé lo que suele condemnarse exceder nadie en la materia del estilo que debe guardarse en ella, pues el príncipe de la poesía latina fue calumniado en alguna de sus églogas por ha­berse levantado más que en las otras; y así, no temeré mucho que alguno condemne haber mezclado razones de filosofía entre algunas amorosas de pastores, que pocas veces se levantan a más que a tratar cosas del campo, y esto con su acostumbrada llaneza. Mas, advirtiendo, co­mo en el discurso de la obra alguna vez se hace, que mu­chos de los disfrazados pastores della lo eran sólo en el hábito, queda llana esta objectión. Las demás que en la invención y en la disposición se pudieren poner, discúl­pelas la intención segura del que leyere, como lo hará siendo discreto, y la voluntad del autor, que fue de agra­dar, haciendo en esto lo que pudo y alcanzó; que, ya que en esta parte la obra no responda a su deseo, otras ofres­ce para adelante de más gusto y de mayor artificio.

De Luis Gálvez de Montalvo

al autor

Soneto

Mientra del yugo sarracino anduvo

tu cuello preso y tu cerviz domada,

y allí tu alma, al de la fe amarrada,

a más rigor, mayor firmeza tuvo,

gozóse el cielo; mas la tierra estuvo

casi viuda sin ti, y, desamparada

de nuestras musas, la real morada

tristeza, llanto, soledad mantuvo.

Pero después que diste al patrio suelo

tu alma sana y tu garganta suelta

dentre las fuerzas bárbaras confusas,

descubre claro tu valor el cielo,

gózase el mundo en tu felice vuelta

y cobra España las perdidas musas.

De don Luis de Vargas Manrique

Soneto

Hicieron muestra en vos de su grandeza,

gran Cervantes, los dioses celestiales,

y, cual primera, dones inmortales

sin tasa os repartió naturaleza.

Jove su rayo os dio, que es la viveza

de palabras que mueven pedemales;

Dïana, en exceder a los mortales

en castidad de estilo con pureza;

Mercurio, las historias marañadas;

Marte, el fuerte vigor que el brazo os mueve;

Cupido y Venus, todos sus amores;

Apolo, las canciones concertadas;

su sciencia, las hermanas todas nueve;

y, al fin, el dios silvestre, sus pastores.

De López Maldonado

Soneto

Salen del mar, y vuelven a sus senos,

después de una veloz, larga carrera,

como a su madre universal primera,

los hijos della largo tiempo ajenos.

Con su partida no la hacen menos,

ni con su vuelta más soberbia y fiera,

porque tiene, quedándose ella entera,

de su humor siempre sus estanques llenos.

La mar sois vos, ¡oh Galatea estremada!,

los ríos, los loores, premio y fruto

con que ensalzáis la más ilustre vida.

Por más que deis, jamás seréis menguada,

y menos cuando os den todos tributo,

con él vendréis a veros más crescida.

Primero libro de Galatea

Mientras que al triste, lamentable acento

del mal acorde son del canto mío,

en eco amarga de cansado aliento,

responde el monte, el prado, el llano, el río,

demos al sordo y presuroso viento

las quejas que del pecho ardiente y frío

salen a mi pesar, pidiendo en vano

ayuda al río, al monte, al prado, al llano.

Crece el humor de mis cansados ojos

las aguas deste río, y deste prado

las variadas flores son abrojos

y espinas que en el alma s’han entrado.

No escucha el alto monte mis enojos,

y el llano de escucharlos se ha cansado;

y así, un pequeño alivio al dolor mío

no hallo en monte, en llano, en prado, en río.

Creí que el fuego que en el alma enciende

el niño alado, el lazo con que aprieta,

la red sotil con que a los dioses prende

y la furia y rigor de su saeta,

que así ofendiera como a mí me ofende

al subjeto sin par que me subjeta;

mas contra un alma que es de mármol hecha,

la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.

Yo sí que al fuego me consumo y quemo,

y al lazo pongo humilde la garganta,

y a la red invisible poco temo,

y el rigor de la flecha no me espanta.

Por esto soy llegado a tal estremo,

a tanto daño, a desventura tanta,

que tengo por mi gloria y mi sosiego

la saeta, la red, el lazo, el fuego.

Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal, cuanto la fortuna y el amor escasos, aunque los discursos del tiempo, con­sumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdicha­dos en que se había visto, y en los que su deseo le había puesto, por la incomparable belleza de la sin par Galatea, pastora en las mesmas riberas nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subi­do entendimiento, que las discretas damas, en los reales palacios crescidas y al discreto tracto de la corte acostumbradas, se tuvieran por dichosas de parescerla en al­go, así en la discreción como en la hermosura. Por los in­finitos y ricos dones con que el cielo a Galatea había adornado, fue querida, y con entrañable ahínco amada, de muchos pastores y ganaderos que por las riberas de Tajo su ganado apascentaban; entre los cuales se atrevió a quererla el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.

De Galatea no se entiende que aborresciese a Elicio, ni menos que le amase; porque a veces, casi como con­vencida y obligada a los muchos servicios de Elicio, con algún honesto favor le subía al cielo; y otras veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba que el enamorado pastor la suerte de su estado apenas conoscía. No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para abo­rrecerse, ni la hermosura, gracia y bondad de Galatea pa­ra no amarse. Por lo uno, Galatea no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro, Elicio no podía, ni debía, ni quería olvidar a Galatea. Parescíale a Galatea que, pues Elicio con tanto miramiento de su honra la amaba, que sería demasiada ingratitud no pagarle con algún honesto favor sus honestos pensamientos. Imaginábase Elicio que, pues Galatea no desdeñaba sus servicios, que ten­drían buen suceso sus deseos. Y cuando estas imagina­ciones le aviva[ba]n la esperanza, hallábase tan contento y atrevido, que mil veces quiso descubrir a Galatea lo que con tanta dificultad encubría. Pero la discreción de Galatea conoscía bien, en los movimientos del rostro, lo que Elicio en el alma traía; y tal el suyo mostraba, que al enamorado pastor se le helaban las palabras en la boca, y quedábase solamente con el gusto de aquel primer mo­vimiento, por parescérle que a la honestidad de Galatea se le hacía agravio en tratarle de cosas que en alguna manera pudiesen tener sombra de no ser tan honestas que la misma honestidad en ella[s] se transformase.

Con estos altibajos de su vida, la pasaba el pastor tan mala que a veces tuviera por bien el mal de perderla, a trueco de no sentir el que le causaba no acabarla. Y así, un día, puesta la consideración en la variedad de sus pen­samientos, hallándose en medio de un deleitoso prado, convidado de la soledad y del murmurio de un deleitoso arroyuelo que por el llano corría, sacando de su zurrón un polido rabel, al son del cual sus querellas con el cielo cantando comunicaba, con voz en estremo buena, cantó los siguientes versos:

Amoroso pensamiento,

si te precias de ser mío,

camina con tan buen tiento

que ni te humille el desvío

ni ensoberbezca el contento.

Ten un medio-si se acierta

a tenerse en tal porfía-:

no huyas el alegría,

ni menos cierres la puerta

al llanto que amor envía.

Si quieres que de mi vida

no se acabe la carrera,

no la lleves tan corrida

ni subas do no se espera

sino muerte en la caída.

Esa vana presumpción

en dos cosas parará:

la una, en tu perdición;

la otra, en que pagará

tus deudas el corazón.

Dél naciste, y en naciendo,

pecaste, y págalo él;

huyes dél, y si pretendo

recogerte un poco en él,

ni te alcanzo ni te entiendo.

Ese vuelo peligroso

con que te subes al cielo,

si no fueres venturoso,

ha de poner por el suelo

mi descanso y tu reposo.

Dirás que quien bien se emplea

y se ofrece a la ventura,

que no es posible que sea

del tal juzgado a locura

el brío de que se arrea.

Y que, en tan alta ocasión,

es gloria que par no tiene

tener tanta presumpción,

cuanto más si le conviene

al alma y al corazón.

Yo lo tengo así entendido,

mas quiero desengañarte;

que es señal ser atrevido

tener de amor menos parte

qu’el humilde y encogido.

Subes tras una beldad

que no puede ser mayor:

no entiendo tu calidad,

que puedas tener amor

con tanta desigualdad.

Que si el pensamiento mira

un subjeto levantado,

contémplalo y se retira,

por no ser caso acertado

poner tan alta la mira,

Cuanto más, que el amor nasce

junto con la confianza,

y en ella [se] ceba y pace;

y, en faltando la esperanza,

como niebla se deshace.

Pues tú, que vees tan distante

el medio del fin que quieres,

sin esperanza y constante,

si en el camino murieres,

morirás como ignorante.

Pero no se te dé nada,

que en esta empresa amorosa,

do la causa es sublimada,

el morir es vida honrosa,

la pena, gloria estremada.

No dejara tan presto el agradable canto el enamorado Elicio, si no sonaran a su derecha mano las voces de Erastro, que con el rebaño de sus cabras hacia el lugar donde él estaba se venía. Era Erastro un rústico ganade­ro, pero no le valió tanto su rústica y selvática suerte que defendiese que de su robusto pecho el blando amor no tomase entera posesión, haciéndole querer más que a su vida a la hermosa Galatea, a la cual sus querellas, cuando ocasión se le ofrecía, declaraba. Y, aunque rústico, era, como verdadero enamorado, en las cosas del amor tan discreto que, cuando en ellas hablaba, parecía que el mesmo amor se las mostraba y por su lengua las profería; pero, con todo eso, puesto que de Galatea eran escucha­das, eran en aquella cuenta tenidas en que las cosas de burla se tienen. No le daba a Elicio pena la competencia de Erastro, porque entendía del ingenio de Galatea que a cosas más altas la inclinaba. Antes tenía lástima y envi­dia a Erastro: lástima, en ver que al fin amaba, y en parte donde era imposible coger el fruto de sus deseos; envi­dia, por parescerle que quizá no era tal su entendimiento, que diese lugar al alma a que sintiese los desdenes o fa­vores de Galatea, de suerte, o que los unos le acabasen, o los otros to enloqueciesen.

Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los ham­brientos lobos), holgándose con ellos, y por sus nombres los llamaba, dando a cada uno el título que su condición y ánimo merescía: a quién llamaba León, a quién Gavi­lán, a quién Robusto, a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados, con el mover las ca­bezas, viniéndose para él, daban a entender el gusto que de su gusto sentían. Desta manera llegó Erastro adonde de Elicio fue agradablemente rescibido, y aun rogado que, si en otra parte no había determinado de pasar el sol de la calurosa siesta, pues aquella en que estaban era tan aparejada para ello, no le fuese enojoso pasarla en su compañía.

-Con nadie -respondió Erastro- la podría yo tener mejor que contigo, Elicio, si ya no fuese con aquella que está tan enrobrescida a mis demandas, cuan hecha encina a tus continuos quejidos.

Luego los dos se sentaron sobre la menuda yerba, de­jando andar a sus anchuras el ganado despuntando con los rumiadores dientes las tiernas yerbezuelas del herbo­so llano. Y como Erastro, por muchas y descubiertas se­ñales, conocía claramente que Elicio a Galatea amaba, y que el merescimiento de Elicio era de mayores quilates que el suyo, en señal de que reconoscía esta verdad, en medio de sus pláticas, entre otras razones, le dijo las si­guientes:

-No sé, gallardo y enamorado Elicio, si habrá sido causa de darte pesadumbre el amor que a Galatea tengo; y si lo ha sido, debes perdonarme, porque jamás imaginé de enojarte, ni de Galatea quise otra cosa que servirla. Mala rabia o cruda roña consuma y acabe mis retozado­res chivatos, y mis ternezuelos corderillos, cuando deja­ren las tetas de las queridas madres, no hallen en el verde prado para sustentarse sino amargos tueros y ponzoñosas adelfas, si no he procurado mil veces quitarla de la me­moria, y si otras tantas no he andado a los medicos y cu­ras del lugar a que me diesen remedio para las ansias que por su causa padezco. Los unos me mandan que tome no sé qué bebedizos de paciencia; los otros dicen que me encomiende a Dios, que todo lo cura, o que todo es locu­ra. Permíteme, buen Elicio, que yo la quiera, pues puedes estar seguro que si tú con tus habilidades y estremadas gracias y razones no la ablandas, mal podré yo con mis simplezas enternecerla. Esta licencia te pido por lo que estoy obligado a tu merescimiento; que, puesto que no me la dieses, tan imposible sería dejar de amarla, como hacer que estas aguas no mojasen, ni el sol con sus pei­nados cabellos no nos alumbrase.

No pudo dejar de reírse Elicio de las razones de Eras­tro y del comedimiento con que la licencia de amar a Galatea le pedía; y ansí, le respondió:

-No me pesa a mí, Erastro, que tú ames a Galatea; pé­same bien de entender de su condición que podrán poco para con ella tus verdaderas razones y no fingidas pala­bras; déte Dios tan buen suceso en tus deseos, cuanto meresce la sinceridad de tus pensamientos. Y de aquí adelante no dejes por mi respecto de querer a Galatea, que no soy de tan ruin condición que, ya que a mí me falte ventura, huelgue de que otros no la tengan; antes te ruego, por lo que debes a la voluntad que te muestro, que no me niegues tu conversación y amistad, pues de la mía puedes estar tan seguro como te he certificado. Anden nuestros ganados juntos, pues andan nuestros pensa­mientos apareados. Tú, al son de tu zampoña, publicarás el contento o pena que el alegre o triste rostro de Galatea te causare; yo, al de mi rabel, en el silencio de las sose­gadas noches, o en el calor de las ardientes siestas, a la fresca sombra de los verdes árboles de que esta nuestra ribera está tan adornada, te ayudaré a llevar la pesada carga de tus trabajos, dando noticia al cielo de los míos. Y, para señal de nuestro buen propósito y verdadera amistad, en tanto que se hacen mayores las sombras destos árboles y el sol hacia el occidente se declina, acor­demos nuestros instrumentos y demos principio al ejerci­cio que de aquí adelante hemos de tener.

No se hizo de rogar Erastro; antes, con muestras de estraño contento por verse en tanta amistad con Elicio, sacó su zampoña y Elicio su rabel; y, comenzando el uno y replicando el otro, cantaron lo que sigue:

ELICIO

Blanda, süave, reposadamente,

ingrato Amor, me subjetaste el día

que los cabellos de oro y bella frente

miré del sol que al sol escurecía;

tu tósigo cruel, cual de serpiente,

en las rubias madejas se escondía;

yo, por mirar el sol en los manojos,

todo vine a beberle por los ojos.

ERASTRO

Atónito quedé y embelesado,

como estatua sin voz de piedra dura,

cuando de Galatea el estremado

donaire vi, la gracia y hermosura.

Amor me estaba en el siniestro lado,

con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,

haciéndome una puerta por do entrase

Galatea y el alma me robase.

ELICIO

¿Con qué milagro, amor, abres el pecho

del miserable amante que te sigue,

y de la llaga interna que le has hecho

crecida gloria muestra que consigue?

¿Cómo el daño que haces es provecho?

¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?

L’alma que prueba estos efectos todos

la causa sabe, pero no los modos.

ERASTRO

No se ven tantos rostros figurados

en roto espejo o hecho por tal arte

que, si uno en él se mira, retratados

se ve una multitud en cada parte,

cuantos nacen cuidados y cuidados

de un cuidado crüel que no se parte

del alma mía a su rigor vencida,

hasta apartarse junto con la vida.

ELICIO

La blanca nieve y colorada rosa,

qu’el verano no gasta ni el invierno;

el sol de dos luceros, do reposa

el blandó amor, y a do estará in eterno;

la voz, cual la de Orfeo poderosa

de suspender las furias del infierno,

y otras cosas que vi quedando ciego,

yesca me han hecho al invisible fuego.

ERASTRO

Dos hermosas manzanas coloradas,

que tales me semejan dos mejillas,

y el arco de dos cejas levantadas,

quel de Iris no llegó a sus maravillas;

dos rayos, dos hileras estremadas

de perlas entre grana y, si hay decillas,

mil gracias que no tienen par ni cuento,

niebla m’han hecho al amoroso viento.

ELICIO

Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;

estoy lejos y cerca de mí mismo;

espero en solo un punto y desespero;

súbome al cielo, bájome al abismo;

quiero lo que aborrezco, blando y fiero;

me pone el amaros parasismo;

y con estos contrarios, paso a paso,

cerca estoy ya del último traspaso.

ERASTRO

Yo te prometo, Elicio, que le diera

todo cuanto en la vida me ha quedado

a Galatea, porque me volviera

el alma y corazón que m’ha robado;

y después del ganado, le añadiera

mi perro Gavilán con el Manchado;

pero, como ella debe de ser diosa,

el alma querrá más que no otra cosa.

ELICIO

Erastro, el corazón que en alta parte

es puesto por el hado, suerte o signo,

quererle derribar por fuerza o arte

o diligencia humana, es desatino.

Debes de su ventura contentarte;

que, aunque mueras sin ella, yo imagino

que no hay vida en el mundo más dichosa

como el morir por causa tan honrosa.

Ya se aparejaba Erastro para seguir adelante en su canto, cuando sintieron, por un espeso montecillo que a sus espaldas estaba, un no pequeño estruendo y ruido; y, levantándose los dos en pie por ver lo que era, vieron que del monte salía un pastor corriendo a la mayor priesa del mundo, con un cuchillo desnudo en la mano y la color del rostro mudada; y que tras él venía otro ligero pastor, que a pocos pasos alcanzó al primero; y, asiéndole por el cabezón del pellico, levantó el brazo en el aire cuanto pudo, y un agudo puñal que sin vaina traía se le escondió dos veces en el cuerpo, diciendo:

-Recibe, ¡oh mal lograda Leonida!, la vida deste trai­dor, que en venganza de tu muerte sacrifico.

Y esto fue con tanta presteza hecho que no tuvieron lugar Elicio y Erastro de estorbárselo, porque llegaron a tiempo que ya el herido pastor daba el último aliento, envuelto en estas pocas y mal formadas palabras.

-Dejárasme, Lisandró, satisfacer al cielo con más lar­go arrepentimiento el agravio que te hice, y después quitárasme la vida, que agora, por la causa que he dicho, mal contenta destas carnes se aparta.

Y, sin poder decir más, cerró los ojos en sempiterna noche.

Por las cuales palabras imaginaron Elicio y Erastro que no con pequeña causa había el otro pastor ejecutado en él tan cruda y violenta muerte. Y, por mejor informar­se de todo el suceso, quisieran preguntárselo al pastor homicida, pero él, con tirado paso, dejando al pastor muerto y a los dos admirados, se tomó a entrar por el montecillo adelante. Y, queriendo Elicio seguirle y saber dél to que deseaba, le vieron tomar a salir del bosque; y, estando por buen espacio desviado dellos, en alta voz les dijo:

-Perdonadme, comedidos pastores, si yo no lo he sido en haber hecho en vuestra presencia lo que habéis visto, porque la justa y mortal ira que contra ese traidor tenía concebida no me dio lugar a más moderados discursos. Lo que os aviso es que, si no queréis enojar a la deidad que en el alto cielo mora, no hagáis las obsequias ni ple­garias acostumbradas por el alma traidora dese cuerpo que delante tenéis, ni a él deis sepultura, si ya aquí en vuestra tierra no se acostumbra darla a los traidores.

Y, diciendo esto, a todo correr se volvió a entrar por el monte, con tanta priesa que quitó la esperanza a Elicio de alcanzarle aunque le siguiese. Y así, se volvieron los dos con tiernas entrañas a hacer el piadoso oficio y dar sepultura, como mejor pudiesen, al miserable cuerpo que tan repentinamente había acabado el curso de sus cortos días. Erastro fue a su cabaña, que no lejos estaba, y, tra­yendo suficiente aderezo, hizo una sepultura en el mes­mo lugar do el cuerpo estaba, y, dándole el último vale, le pusieron en ella; y, no sin compasión de su desdichado caso, se volvieron a sus ganados, y, recogiéndolos con alguna priesa, porque ya el sol se entraba a más andar por las puertas de occidente, se recogieron a sus acos­tumbrados albergues, donde no su sosiego dellos, ni el poco que sus cuidados le concedían, podían apartar a Elicio de pensar qué causas habían movido a los dos pastores para venir a tan desesperado trance; y ya le pe­saba de no haber seguido al pastor homicida, y saber dél, si fuera posible, to que deseaba.

Con este pensamiento y con los muchos que sus amo­res le causaban, después de haber dejado en segura parte su rebaño, se salió de su cabaña, como otras veces solía; y con la luz de la hermosa Diana, que resplandeciente en el cielo se mostraba, se entró por la espesura de un espe­so bosque adelante, buscando algún solitario lugar adon­de en el silencio de la noche con más quietud pudiese soltar la rienda a sus amorosas imaginaciones, por ser co­sa ya averiguada que a los tristes imaginativos corazones ninguna cosa les es de mayor gusto que la soledad, des­pertadora de memorias tristes o alegres. Y así, yéndose poco a poco gustando de un templado céfiro que en el rostro le hería, lleno del suavísimo olor que de las oloro­sas flores, de que el verde suelo estaba colmado, al pasar por ellas blandamente robaba, envuelto en el aire delica­do, oyó una voz como de persona que dolorosamente se quejaba; y, recogiendo por un poco en sí mismo el alien­to, porque el ruido no le estorbase de oír to que era, sin­tió que de unas apretadas zarzas que poco desviadas dél estaban, la entristecida voz salía; y, aunque interrota de infinitos sospiros, entendió que estas tristes razones pro­nunciaba:

-Cobarde y temeroso brazo, enemigo mortal de lo que a ti mesmo debes; mira que ya no queda de quién tomar venganza, sino de ti mesmo. ¿De qué to sirve alargar la vida que tan aborrecida tengo? Si piensas que es nuestro mal de los que el tiempo suele curar, vives engañado, porque no hay cosa más fuera de remedio que nuestra desventura; pues quien la pudiera hacer buena la tuvo tan corta que en los verdes años de su alegre juventud ofre­ció la vida al carnicero cuchillo, que se la quitase por la traición del malvado Carino, que hoy, con perder la suya, habrá aplacado en parte a aquella venturosa alma de Leonida, si en la celeste parte donde mora puede caber deseo de venganza alguna. ¡Ah, Carino, Carino! Ruego yo a los altos cielos, si dellos las justas plegarias son oí­das, que no admitan la disculpa, si alguna dieres, de la traición que me heciste, y que permitan que to cuerpo ca­rezca de sepultura, así como tu alma careció de miseri­cordia. Y tú, hermosa y mal lograda Leonida, recibe en muestra del amor que en vida te tuve, las lágrimas que en tu muerte derramo; y no atribuyas a poco sentimiento el no acabar la vida con el que de tu muerte recibo, pues sería poca recompensa a lo que debo y deseo sentir el dolor que tan presto se acabase. Tú verás, si de las cosas de acá tienes cuenta, cómo este miserable cuerpo quedará un día consumido del dolor poco a poco, para mayor pe­na y sentimiento: bien ansí como la mojada y encendida pólvora, que, sin hacer estrépito ni levantar llama en alto, entre sí mesma se consume, sin dejar de sí sino el rastro de las consumidas cenizas. Duéleme cuanto puede do­lerme, ¡oh alma del alma mía!, que ya que no pude go­zarte en la vida, en la muerte no puedo hacerte las obse­quias y honras que a tu bondad y virtud se convenían. Pero yo te prometo y juro que el poco tiempo -que será bien poco- que esta apasionada ánima mía rigiere la pe­sada carga deste miserable cuerpo, y la voz cansada tu­viere aliento que la forme, de no tratar otra cosa en mis tristes y amargas canciones que de tus alabanzas y me­rescimientos.

A este punto cesó la voz, por la cual Elicio conoció claramente que aquél era el pastor homicida, de que reci­bió mucho gusto, por parecerle que estaba en parte donde podría saber dél lo que deseaba. Y, queriéndose llegar más cerca, hubo de tornarse a parar, porque le pareció que el pastor templaba un rabel, y quiso escuchar prime­ro si al son dél alguna cosa diría; y no tardó mucho que con suave y acordada voz oyó que desta manera cantaba:

LISANDRO

¡Oh alma venturosa,

que del humano velo

libre al alta régibn viva volaste,­

dejando en tenebrosa

cárcel de desconsuelo

mi vida, aunque contigo la llevaste!

Sin ti, escura dejaste

la luz clara del día;

por tierra derribada,

la esperanza fundada

en el más firme asiento de alegría;

en fin, con tu partida

quedó vivo el dolor, muerta la vida.

Envuelta en tus despojos,

la muerte s’ha llevado

el más subido estremo de belleza,

la luz de aquellos ojos

qu’en haberte miradó

tenían encerrada su riqueza;

con presta ligereza,

del alto pensamiento

y enamorado pecho,

la gloria se ha deshecho,

como la cera al sol o niebla al viento;

y toda mi ventura

cierra la piedra de tu sepultura.

¿Cómo pudo la mano

inexorable y cruda,

y el intento cruel, facinoroso,

del vengativo hermano

dejar libre y desnuda

tu alma del mortal velo hermoso?

¿Por qué tu[r]bó el reposo

de nuestros corazones?

Que, si no se acabaran,

en uno se juntaran

con honestas y sanctas condiciones.

¡Ay, fiera mano esquiva!,

¿cómo ordenaste que muriendo viva?

En llanto sempiterno

mi ánima mezquina

los años pasará, mews y días;

la tuya, en gozo eterno

y edad firme y contina,

no temerá del tiempo las porfías;

con dulces alegrías

verás firme la gloria

que tu loable vida

te tuvo merescida;

y si puede caber en tu memoria

del suelo no perderla,

de quien tanto te amó debes tenerla.

Mas, ¡oh!, cuán simple he sido,

alma bendita y bella,

de pedir que te acuerdes, ni aun burlando

de mí que t’he querido,

pues sé que mi querella

se irá con tal favor eternizando.

Mejor es que, pensando

que soy de ti olvidado,

me apriete con mi llaga,

hasta que se deshaga

con el dolor la vida, qu’ha quedado

en tan estraña suerte,

que no tiene por mal el de la muerte.

Goza en el sancto coro

con otras almas sanctas,

alma, de aquel seguro bien entero,

alto, rico tesoro,

mercedes, gracias tantas

que goza el que no huye el buen sendero;

allí gozar espero,

si por tus pasos guío,

contigo en paz entera

de eterna primavera,

sin terror, sobresalto ni desvío;

a esto me encamina,

pues será hazaña de tus obras digna.

Y, pues vosotras, celestiales almas,

veis el bien que deseo,

creced las alas a tan buen deseo.

Aquí cesó la voz, pero no los sospiros del desdichado que cantado había, y lo uno y lo otro fue parte de acres­centar en Elicio la gana de saber quién era. Y, rompiendo por las espinosas zarzas, por llegar más presto a do la voz salía, salió a un pequeño prado, que todo en redondo, a manera de teatro, de espesísimas a intrincadas matas estaba ceñido, en el cual vio un pastor que con estrema­do brío estaba con el pie derecho delante y el izquier­do atrás, y el diestro brazo levantado, a guisa de quien esperaba hacer algún recio tiro. Y así era la verdad, por­que, con el ruido que Elicio al romper por las matas ha­bía hecho, pensando ser alguna fiera de la cual convenía defenderse, el pastor del bosque se había puesto a punto de arrojarle una pesada piedra que en la mano tenía. Eli­cio, conociendo por su postura su intento, antes que le efectuase le dijo:

-Sosiega el pecho, lastimado pastor, que el que aquí viene trae el suyo aparejado a lo que mandarle quisieres, y quien el deseo de saber tu ventura le ha hecho romper tus lágrimas y turbar el alivio que de estar solo se te po­dría seguir.

Con estas blandas y comedidas palabras de Elicio, se sosegó el pastor, y con no menos blandura le respondió diciendo:

-Tu buen ofrecimiento agradezco, cualquiera que tú seas, comedido pastor, pero si ventura quieres saber de mí, que nunca la tuve, mal podrás ser satisfecho.

-Verdad dices -respondió Elicio-, pues por las pala­bras y quejas que esta noche te he oído, muestras bien claro la poca o ninguna que tienes; pero no menos satis­farás mi deseo con decirme tus trabajos que con decia­rarme tus contentos; y así la Fortuna te los dé en to que deseas, que no me niegues lo que te suplico si ya el no conocerme no lo impide; aunque, para asegurarte y mo­verte, te hago saber que no tengo el alma tan contenta que no sienta en el punto que es razón las miserias que me contares. Esto te digo porque sé que no hay cosa más escusada, y aun perdida, que contar el miserable sus des­dichas a quien tiene el pecho colmo de contentos.

-Tus buenas razones me obligan -respondió el pas­tor- a que te satisfaga en lo que me pides, así porque no imagines que de poco y acobardado ánimo nacen las que­jas y lamentaciones que dices que de mí has oído, como porque conozcas que aún es muy poco el sentimiento que muestro a la causa que tengo de mostrarlo.

Elicio se lo agradeció mucho; y, después de haber pa­sado entre los dos más palabras de comedimiento, dan­do señales Elicio de ser verdadero amigo del pastor del bosque, y conociendo él que no eran fingidos ofreci­mientos, vino a conceder to que Elicio rogaba. Y, sentán­dose los dos sobre la verde yerba, cubiertos con el res­plandor de la hermosa Diana, que en claridad aquella noche con su hermano competir podía, el pastor del bos­que, con muestras de un interno dolor, comenzó a decir desta manera:

-«En las riberas de Betis, caudalosísimo río que la gran Vandalia enriquece, nació Lisandro -que éste es el nombre desdichado mío-, y de tan nobles padres cual pluviera al soberano Dios que en más baja fortuna fuera engendrado; porque muchas veces la nobleza del linaje pone alas y esfuerza el ánimo a levantar los ojos adonde la humilde suerte no osara jamás levantarlos, y de tales atrevimientos suelen suceder a menudo semejantes calamidades como las que de mí oirás si con atención me es­cuchas.

»Nació ansimesmo en mi aldea una pastora, cuyo nombre era Leonida, summa de toda la hermosura que en gran parte de la tierra -según yo imagino- pudiera ha­llarse; de no menos nobles y ricos padres nacida que su hermosura y virtud merescían. De do nació que, por ser los parientes de entrambos de los más principales del lu­gar y estar en ellos el mando y gobernación del pueblo, la envidia, enemiga mortal de la sosegada vida, sobre al­gunas diferencias del gobierno del pueblo, vino a poner entre ellos cizaña y mortalísima discordia; de manera que el pueblo fue dividido en dos parcialidades: la una seguía la de mis parientes, la otra la de los de Leonida, con tan arraigado rencor y mal ánimo, que no ha sido parte para ponerlos en paz ninguna humana diligencia. Ordenó, pues, la suerte, para echar de todo punto el sello a nues­tra enemistad, que yo me enamorase de la hermosa Leo­nida, hija de Parmindro, principal cabeza del bando con­trario. Y fue mi amor tan de veras que, aunque procuré con infinitos medios quitarle de mis entrañas, el fin de todos venía a parar a quedar más vencido y subjeto. Po­níaseme delante un monte de dificultades que conseguir el fin de mi deseo me estorbaban, como eran el mucho valor de Leonida, la endurecida enemistad de nuestros padres, las pocas coyunturas, o ninguna, que se me ofre­cían para descubrirle mi pensamiento; y, con todo esto, cuando ponía los ojos de la imaginación en la singular belleza de Leonida, cualquiera dificultad se allanaba, de suerte que me parecía poco romper por entre agudas puntas de diamantes, para llegar al fin de mis amorosos y honestos pensamientos. Habiendo, pues, por muchos días combatido conntigo mesmo, por ver si podria apar­tar el alma de tan ardua empresa, y viendo ser imposible, recogí toda mi industria a considerar con cuál podría dar a entender a Leonida el secreto amor de mi pecho; y, como los principios en cualquier negocio sean siempre dificultosos, en los que tratan de amor son, por la mayor parte, dificultosísimos, hasta que el mesmo Amor, cuan­do se quiere mostrar favorable, abre las puertas del re­medio donde parece que están más cerradas. Y así se pa­reció en mí, pues, guiado por su pensamiento el mío, vine a imaginar que ningún medio se ofrecía mejor a mi deseo que hacerme amigo de los padres de Silvia, una pastora que era en estremo amiga de Leonida, y muchas veces la una a la otra, en compañía de sus padres, en sus casas se visitaban. Tenía Silvia un pariente que se llama­ba Carino, compañero familiar de Crisalbo, hermano de la hermosa Leonida, cuya bizarría y aspereza de costum­bres le habían dado renombre de cruel; y así, de todos los que le conoscían, “el cruel Crisalbo” era llamado; y ni más ni menos a Carino, el pariente de Silvia y compañe­ro de Crisalbo, por ser entremetido y agudo de ingenio, “el astuto Carino” le llamaban; del cual y de Silvia, por parecerme que me convenía, con el medio de muchos presentes y dádivas, forjé la amistad -al parecer- posi­ble; a lo menos, de parte de Silvia fue más firme de lo que yo quisiera, pues los regalos y favores que ella con limpias entrañas me hacía, obligada de mis continuos servicios, tomó por instrumentos mi fortuna para poner­me en la desdicha en que agora me veo.

»Era Silvia hermosa en estremo, y de tantas gracias adornada que la dureza del crudo corazón de Crisalbo se movió a amarla; y esto yo no lo supe sino con mi daño, y de allí a muchos días. Y, ya que con la larga experiencia estuve seguro de la voluntad de Silvia, un día, ofrecién­doseme comodidad, con las más tiernas palabras que pu­de, le descubrí la llaga de mi lastimado pecho, diciéndole que, aunque era tan profunda y peligrosa, no la sentía tanto, sólo por imaginar que en su solicitud estaba el re­medio della; advirtiéndole ansimesmo el honesto fin a que mis pensamientos se encaminaban, que era a juntar­me por legítimo matrimonio con la bella Leonida; y que, pues era causa tan justa y buena, no se había de desdeñar de tomarla a su cargo.

»En fin, por no serte prolijo, el amor me ministró tales palabras que le dijese, que ella, vencida dellas, y más por la pena que ella, como discreta, por las señales de mi rostro conoció que en mi alma moraba, se deterntinó de tomar a su cargo mi remedio y decir a Leonida lo que yo por ella sentía, prometiendo de hacer por mí todo cuanto su fuerza a industria alcanzase, puesto que se le hacía di­ficultosa tal empresa, por la inimicicia grande que entre nuestros padres conocía, aunque, por otra parte, imagi­naba poder dar principio al fin de sus discordias si Leo­nida conmigo se casase. Movida, pues, con esta buena intención, y enternecida de las lágrimas que yo derrama­ba -como ya he dicho-, se aventuró a ser intercesora de mi contento. Y, discurriendo consigo qué entrada tendría para con Leonida, me mandó que le escribiese una carta, la cual ella se ofrecía a darla cuando tiempo le parecie­se. Parecióme a mí bien su parecer, y aquel mesmo día le envié una que, por haber sido principio del contento que por su respuesta sentí, siempre la he tenido en la memoria, puesto que fuera mejor no acordarme de cosas alegres en tiempo tan triste como es el en que agora me hallo. Recibió la carta Silvia, y aguardaba ocasión de po­nerla en las manos de Leonida.»

-No -dijo Elicio, atajando las razones de Lisandro-, no es justo que me dejes de decir la carta que a Leonida enviaste, que por ser la primera y por hallarte tan enamo­rado en aquella sazón, sin duda debe de ser discreta. Y, pues me has dicho que la tienes en la memoria y el gusto que por ella granjeaste, no me lo niegues agora en no de­círmela.

-Bien dices, amigo -respondió Lisandro-; que yo es­taba entonces tan enamorado y temeroso, como agora descontento y desesperado, y por esta razón me parece que no acerté a decir alguna, aunque fue harto acerta­miento que Leonida las creyese las que en la carta iban. Ya que tanto deseas saberlas, decía desta manera:

« LISANDRO A LEONIDA

Mientras que he podido, aunque con grandísimo do­lor mío, resistir con las proprias fuerzas a la amorosa llama que por ti, ¡oh, hermosa Leonida!, me abrasa, jamás he tenido ardimiento, temeroso del subido valor que en ti conozco, de descubrirte el amor que te tengo; mas, ya que es consumida aquella virtud que hasta aquí me ha hecho fuerte, hame sido forzoso, descu­briendo la llaga de mi pecho, tentar con escrebirte su primero y último remedio. Que sea el primero, tú lo sabes, y de ser el último está en tu mano, de la cual espero la misericordia que tu hermosura promete y mis honestos deseos merescen, los cuales y el fin adonde se encaminan conoscerás de Silvia, que ésta te dará. Y, pues ella se ha atrevido, con ser quien es, a llevártela, entiende que son tan justos cuanto a tu me­rescimiento se deben.»

No le parecieron mal a Elicio las razones de la carta de Lisandro, el cual, prosiguiendo la historia de sus amo­res, dijo:

-«No pasaron muchos días sin que esta carta viniese a las hermosas manos de Leonida, por medio de las piado­sas de Silvia, mi verdadera amiga, la cual, junto con dár­sela, le dijo tales cosas que con ellas templó en gran parte la ira y alteración que con mi carta Leonida había recebido: como fue decide cuánto bien se siguiría si por nuestro casamiento la enemistad de nuestros padres se acababa, y que el fin de tan buena intención la había de mover a no desechar mis deseos; cuanto más, que no se debía compadecer con su hermosura dejar morir sin más respecto a quien tanto como yo la amaba; añadiendo a estas otras razones que Leonida conoció que lo eran. Pe­ro, por no mostrarse al primer encuentro rendida y a los pdmeros pasos alcanzada, no dio tan agradable respuesta a Sílvia como ella quisiera. Pero, con todo esto, por in­tercesión de Silvia, que a ello le forzó, respondió con es­ta carta que agora te diré:

LEONIDA A LISANDRO

Si entendiera, Lisandro, que tu mucho atrevimiento había nacido de mi poca honestidad, en mí mesma ejecutara la pena que tu culpa meresce; pero, por ase­gurarme desto lo que yo de mí conozco, vengo a cono­cer que más ha procedido tu osadía de pensamientos ociosos que de enamorados. Y, aunque ellos sean de la manera que dices, no pienses que me has de mover a mí para remediallos como a Silvia para creellos, de la cual tengo más queja por haberme forzado a res­ponderte que de ti que te atreviste a escrebirme, pues el callar fuera digna respuesta a tu locura. Si te retraes de lo comenzado, harás como discreto, porque te hago saber que pienso tener más cuenta con mi honra que con tus vanidades.

»Esta fue la respuesta de Leonida, la cual, junto con las esperanzas que Silvia me dio, aunque ella parecía al­go áspera, me hizo tener por el más bien afortunado del mundo.

»Mientras estas cosas entre nosotros pasaban, no se descuidaba Crisalbo de solicitar a Silvia con infinitos mensajes, presentes y servicios; mas, era tan fuerte y de­sabrida la condición de Crisalbo, que jamás pudo mover a la de Silvia a que un pequeño favor le diese, de lo cual estaba tan desesperado a impaciente como un agarrocha­do y vencido toro.

»Por causa de sus amores había tomado amistad con el astuto Carino, pariente de Silvia, habiendo los dos sido primero mortales enemigos, porque, en cierta lucha que un día de una grande fiesta delante de todo el pueblo los zagales más diestros del lugar tuvieron, Carino fue ven­cido de Crisalbo y maltratado; de manera que concibió en su corazón odio perpetuo contra Crisalbo. Y no menos lo tenía contra otro hermano mío, por haberle sido con­trario en unos amores, de los cuales mi hermano llevó el fruto que Carino esperaba. Este rancor y mala voluntad tuvo Carino secreta, hasta que el tiempo le descubrió ocasión cómo a un mesmo punto se vengase de entram­bos por el más cruel estilo que imaginarse puede.

» Yo le tenía por amigo, porque la entrada en casa de Silvia no se me impidiese; Crisalbo le adoraba, porque favoreciese sus pensamientos con Silvia; y era de suerte su amistad, que todas las veces que Leonida venía a casa de Silvia Carïno la acompañaba. Por la cual causa le pa­reció bien a Silvia darle cuenta, pues era mi amigo, de los amores que yo con Leonida trataba, que en aquella sazón andaban ya tan vivos y venturosos, por la buena intercesión de Silvia, que ya no esperábamos sino tiempo y lugar donde coger el honesto fruto de nuestros limpios deseos, los cuales sabidos de Carino, tomó por instru­mento para hacer la mayor traición del mundo. Porque un día, haciendo del leal con Crisalbo, y dándole a en­tender que tenía en más su amistad que la honra de su pa­rienta, le dijo que la principal causa porque Silvia no le amaba ni favorescía era por estar de mí enamorada, y que él lo sabía inefaliblemente; y que ya nuestros amores iban tan al descubierto, que si él no hubiera estado ciego de la pasión amorosa, en mil señales lo hubiera ya co­nocido; y que para certificarse más de la verdad que le decía, que de allí adelante mirase en ello, porque vería claramente cómo, sin empacho alguno, Silvia me daba extraordinarios favores. Con estas nuevas debió de que­dar tan fuera de sí Crisalbo, como pareció por lo que de­llas sucedió.

» De allí adelante Crisalbo traía espías por ver lo que yo con Silvia pasaba; y, como yo muchas veces procura­se hallarme solo con ella para tratar, no de los amores que él pensaba, sino de lo que a los míos convenía, éran­le a Crisalbo referidas, con otros favores que, de limpia amistad procedidos, Silvia a cada paso me hacía; por lo que vino Crisalbo a términos tan desesperados que mu­chas veces procuró matarme, aunque yo no pensaba que era por semejante ocasión, sino por lo de la antigua ene­mistad de nuestros padres. Mas, por ser él hermano de Leonida, tenía yo más cuenta con guardarme que con ofenderle, teniendo por cierto que, si yo con su hermana me casaba, tendrían fin nuestras enemistades; de lo que él estaba bien ajeno, antes se pensaba que por serle yo enemigo, había procurado tratar amores con Silvia, y no porque yo bien la quisiese. Y esto le acrescentába la có­lera y enojo de manera que le sacaba de juicio, aunque él tenía tan poco, que poco era menester para acabárselo. Y pudo tanto en él este mal pensamiento, que vino a abo­rrecer a Silvia tanto cuanto la había querido, sólo porque a mí me favorecía, no con la voluntad que él pensaba, sino como Carino le decía. Y así, en cualesquier corrillos y juntas que se hallaba, decía mal de Silvia, dándole títulos y renombres deshonestos; pero, como todos conoscían su terrible condición y la bondad de Silvia, daban poco o ningún crédito a sus palabras.

»En este medio, había concertado Silvia con Leonida que los dos nos desposásemos y que, para que más a nuestro salvo se hiciese, sería bien que un día que con Carino Leonida viniese a su casa, no volviese por aquella noche a la de sus padres, sino que desde allí, en compa­ñía de Carino, se fuese a una aldea que media legua de la nuestra estaba, donde unos ricos parientes míos vivían, en cuya casa con más quietud podíamos poner en efecto nuestras intenciones; porque si del suceso dellas los pa­dres de Leonida no fuesen contentos, a lo menos estando ella ausente sería más fácil el concertarse. Tomado, pues, este apuntamiento y dada cuenta dél a Carino, se ofreció, con muestras de grandísimo ánimo, que llevaría a Leoni­da a la otra aldea, como ella fuese contenta. Los servicios que yo hice a Carino por la buena voluntad que mostra­ba, las palabras de ofrecimiento que le dije, los abrazos que le di, me parece que bastaran a deshacer en un cora­zón de acero cualquiera mala intención que contra mí tuviera. Pero el traidor de Carino, echando a las espal­das mis palabras, obras y promesas, sin tener cuenta con la que a sí mesmo debía, ordenó la traición que agora oirás.

»Informado Carino de la voluntad de Leonida, y vien­do ser conforme a la que Silvia le había dicho, ordenó que la primera noche que, por las muestras del día, en­tendiesen que había de ser escura, se pusiese por obra la ida de Leonida, ofreciéndose de nuevo a guardar el se­creto y lealtad posible. Después de hecho este concierto que has oído, se fue a Crisalbo, según después acá he sa­bido, y le dijo que su parienta Silvia iba tan adelante en los amores que conmigo traía, que en una cierta noche había determinado de sacarla de casa de sus padres y lle­varía a la otra aldea, do mis parientes moraban; donde se le ofrecía coyuntura de vengar su corazón en entrambos: en Silvia, por la poca cuenta que de sus servicios había hecho; en mí, por nuestra vieja enemistad y por el enojo que le había hecho en quitarle a Silvia, pues por sólo mi respecto le dejaba. De tal manera le supo encarecer y de­cir Carino lo que quiso, que con mucho menos a otro co­razón no tan cruel como el suyo moviera a cualquier mal pensamiento.

»Llegado, pues, ya el día que yo pensé que fuera el de mi mayor contento, dejando dicho a Carino, no lo que hizo, sino lo que había de hacer, me fui a la otra aldea a dar orden cómo recebir a Leonida. Y fue el dejarla en­comendada a Carino como quien deja a la simple corde­ruela en poder de los hambrientos lobos, o a la mansa pa­loma entre las uñas del fiero gavilán que la despedace. ¡Ay, amigo!, que llegando a este paso con la imagina­ción, no sé cómo tengo fuerzas para sostener la vida, ni pensamiento para pensarlo, cuanto más, lengua para de­cirlo. ¡Ay, mal aconsejado Lisandro!, ¿cómo, y no sabías tú las condiciones dobladas de Carino? Mas; ¿quién no se fiara de sus palabras, aventurando él tan poco en hacerlas verdaderas con las obras? ¡Ay, mal lograda Leoni­da, cuán mal supe gozar de la merced que me heciste en escogerme por tuyo!

»En fin, por concluir con la tragedia de mi desgracia, sabrás, discreto pastor, que la noche que Carino había de traer consigo a Leonida a la aldea donde yo la esperaba, él llamó a otro pastor, que debía de tener por enemigo, aunque él se lo encubría debajo de su falsa acostumbrada disimulación, el cual Libeo se llamaba, y le rogó que aquella noche le hiciese compañía, porque determinaba llevar una pastora, su aficionada, a la aldea que te he di­cho, donde pensaba desposarse con ella. Libeo, que era gallardo y enamorado, con facilidád le ofreció su com­pañía. Despidióse Leonida de Silvia con estrechos abra­zos y amorosas lágrimas, como présaga que había de ser la última despedida. Debía de considerar entonces la sin ventura la traición que a sus padres hacía, y no la que a ella Carino le ordenaba, y cuán mala cuenta daba de la buena opinión que della en el pueblo se tenía. Mas, pa­sando de paso por todos estos pensamientos, forzada del enamorado que la vencía, se entregó a la guardia de Ca­rino, que adonde yo la aguardaba la trujese.

» ¡Cuántas veces se me viene a la memoria, llegando a este punto, lo que soñé el día que le tuviera yo por dicho­so, si en él feneciera la cuenta de los de mi vida! Acuér­dome que, saliendo del aldea un poco antes que el sol acabase de quitar sus rayos de nuestro horizonte, me senté al pie de un alto fresno, en el mesmo camino por donde Leonida había de venir, esperando que cerrase al­go más la noche para adelantarme y recebilla; y, sin sa­ber cómo y sin yo quererlo, me quedé dormido. Y apenas hube entregado los ojos al sueño, cuando me pareció que el árbol donde estaba atrimado, rindiéndose a la furia de un recísimo viento que soplaba, desarraigando las hondas raíces de la tierra, sobre mi cuerpo se caía; y que, procu­rando yo evadirme del grave peso, a una y otra parte me revolvía. Y, estando en esta pesadumbre, me pareció ver una blanca cierva junto a mí, a la cual yo ahincadamente suplicaba que, como mejor pudiese, apartase de mis hom­bros la pesada carga; y que, queriendo ella, movida de compasión, hacerlo, al mismo instante salió un fiero león del bosque, y, cogiéndola entre sus agudas uñas, se metía con ella por el bosque adelante; y que, después que con gran trabajo me había escapado del grave peso, la iba a buscar al monte, y la hallaba despedazada y herida por mil partes; de lo cual tanto dolor sentía, que el alma se me arrancaba sólo por la compasión que ella había mos­trado de mi trabajo. Y así, comencé a llorar entre sueños de manera que las mismas lágrimas me despertaron, y, hallando las mejillas bañadas del llanto quedé fuera de mí, considerando lo que había soñado. Pero con la ale­gría que esperaba tener de ver a mi Leonida; no eché de ver entonces que la fortuna en sueños me mostraba lo que de allí a poco rato despierto me había de suceder.

»A la sazón que yo desperté, acababa de cerrar la no­che, con tanta escuridad, con tan espantosos truenos y relámpagos, como convenía para cometerse con más fa­cilidad la crueldad que en ella se cometió. Así como Ca­rino salió de casa de Silvia con Leonida, se la entregó a Libeo, diciéndole que se fuese con ella por el camino de la aldea que he dicho; y, aunque Leonida se alteró de ver a Libeo, Carino le aseguró que no era menor amigo mío Libeo que él proprio, y que con toda seguridad podía ir con él poco a poco, en tanto que él se adelantaba a dar­me a mí las nuevas de su llegada. Creyó la simple -en fin, como enamorada- las palabras del falso Carino, y, cón menor recelo del que convenía, guiada del comedi­do Libeo, tendía los temerosos pasos para venir a bus­car el último de su vida, pensando hallar el mejor de su contento.

»Adelantóse Carino de los dos, como ya lo he dicho, y vino a dar aviso a Crisalbo de lo que pasaba, el cual, con otros cuatro parientes suyos, en el mesmo camino por donde habían de pasar, que todo era cerrado de bosque de una y otra parte, escondidos estaban. Y díjoles cómo Silvia venía, y solo yo que la acompañaba, y que se ale­grasen de la buena ocasión que la suerte les ponía en las manos para vengarse de la injuria que los dos les había­mos hecho; y que él sería el primero que en Silvia, aun­que era parienta suya, probase los filos de su cuchillo. Apercibiéronse luego los cinco crueles carniceros para colorarse en la inocente sangre de los dos que tan sin cuidado de traición semejante por el camino se venían, los cuales, llegados a do la celada estaba, al instante fue­ron con ellos los pérfidos homicidas y cerráronlos en medio. Crisalbo se llegó a Leonida, pensando ser Silvia, y con injuriosas y turbadas palabras, con la infernal cóle­ra que le señoreaba, con seis mortales heridas la dejó tendida en el suelo, a tiempo que ya Libeo por los otros cuatro -creyendo que a mí me las daban- con infinitas puñaladas se revolcaba por la tierra. Carino, que vio cuán bien había salido el traidor intento suyo, sin aguardar ra­zones, se les quitó delante, y los cinco traidores, conten­tísimos, como si hubieran hecho alguna famosa hazaña, se volvieron a su aldea; y Crisalbo se fue a casa de Silvia a dar él mesmo a sus padres la nueva de lo que había he­cho, por acrescentarles el pesar y sentimiento, diciéndo­les que fuesen a dar sepultura a su hija Silvia, a quien él había quitado la vida por haber hecho más caudal de la fría voluntad de Lisandro, su enemigo, que no de los con­tinuos sirvicios suyos. Silvia, que sintió lo que Crisalbo decía, dándole el alma lo que había sido, le dijo cómo ella estaba viva, y aun libre de todo lo que la imputaba, y que mirase no hubiese muerto a quien le doliese más sú muerte que perder él mismo la vida. Y con esto le dijo que su hermana Leonida se había partido aquella noche de su casa en traje no acostumbrado. Atónito quedó Cri­salbo de ver a Silvia viva, teniendo él por cierto que la dejaba ya muerta, y con no pequeño sobresalto acudió luego a su casa, y, no hallando en ella a su hermana, con grandísima confusión y furia volvió él solo a ver quién era la que había muerto, pues Silvia estaba viva.

»Mientras todas estas cosas pasaban, estaba yo con una ansia estraña esperando a Carino y Leonida, y, pare­ciéndome que ya tardaban más de lo que debían, quise ir a encontrarlos, o a saber si por algún caso aquella noche se habían detenido, y no anduve mucho por el camino cuando oí una lastimada voz que decía: “¡Oh soberano hacedor del cielo!, encoge la mano de tu justicia y abre la de tu misericordia, para tenerla desta alma, que presto te dará cuenta de las ofensas que te ha hecho. ¡Ay, Lisan­dro, Lisandro!, y cómo la amistad de Carino te costará la vida, pues no es posible sino que te la acabe el dolor de haberla yo por ti perdido. ¡Ay, cruel hermano!, ¿es posi­ble que sin oír mis disculpas tan presto me quesiste dar la pena de mi yerro?” Cuando estas razones oí, en la voz y en ellas conocí luego ser Leonida la que las decía, y pré­sago de mi desventura, con el sentido turbado, fui a tiento a dar adonde Leonida estaba envuelta en su pro­pria sangre; y, habiéndola conocido luego, dejándome caer sobre el herido cuerpo, haciendo los estremos de dolor posible, le dije: “¿Qué desdicha es esta, bien mío? Ánima mía, ¿cuál fue la cruel mano que no ha tenido respecto a tanta hermosura?” En estas palabras fui cono­cido de Leonida, y, levantando con gran trabajo los can­sados brazos, los echó por cima de mi cuello, y, apretan­do con la mayor fuerza que pudo, juntando su boca con la mía, con flacas y mal pronunciadas razones, me dijo solas estas: “Mi hermano me ha muerto; Carino, vendi­do; Libeo está sin vida, la cual te dé Dios a ti, Lisandro mío, largos y felices años, y a mí me deje gozar en la otra del reposo que aquí me ha negado”. Y, juntando más su boca con la mía, habiendo cerrado los labios para darme el primero y último beso, al abrillos se le salió el alma y quedó muerta en mis brazos. Cuando yo lo sentí, abandonándome sobre el helado cuerpo, quedé sin nin­gún sentido. Y si como era yo el vivo, fuera el muerto, quien en aquel trance nos viera, el lamentable de Píramo y Tisbe trujera a la memoria. Mas, después que volví en mí, abriendo ya la boca para llenar el aire de voces y sospiros,sentí que hacia donde yo estaba venía uno con apresurados pasos; y, llegándose cerca, aunque la noche hacía escura, los ojos del alma me dieron a conoscer que el que allí venía era Crisalbo; como era la verdad, porque él tomaba a certificarse si por ventura era su hermana Leonida la que había muerto. Y, como yo le conocí, sin que de mí se guardase, llegué a él como sañudo león y, dándole dos heridas, di con él en tierra; y, antes que aca­base de espirar, le llevé arrastrando adonde Leonida es­taba; y, puniendo en la mano muerta de Leonida el puñal que su hermano traía, que era el mesmo con que él la ha­bía muerto, ayudándole yo a ello, tres veces se le hinqué por el corazón. Y, consolado en algo el mío con la muerte de Crisalbo, sin más detenerme, tomé sobre mis hombros el cuerpo de Leonida y llevéle al aldea donde mis parientes vivían; y, contándoles el caso, les rogué le diesen honrada sepultura, y luego puse por obra y deter­miné de tomar en Carino la venganza que en Crisalbo; la cual, por haberse él ausentado de nuestra aldea, se ha tardado hasta hoy, que le hallé a la salida deste bosque, después de haber seis meses que ando en su demanda. Él ha hecho ya el fin que su traición merescía, y a mí no me queda ya de quién tomar venganza, si no es de la vida que tan contra mi voluntad sostengo.» Esta es, pastor, la causa de do proceden los lamentos que me has oído. Si te parece que es bastante para causar mayores sentimientos, a tu buena discreción dejo que lo considere.

Y con esto dio fin a su plática y principio a tantas lá­grimas, que no pudo dejar Elicio de tenerle compañía en ellas. Pero, después que por largo espacio habían desfo­gado con tiernos sospiros, el uno la pena que sentía, el otro la compasión que della tomaba, Elicio comenzó con las mejores razones que supo a consolar a Lisandro, aun­que era su mal tan sin consuelo como por el suceso dél había visto. Y entre otras cosas que le dijo, y la que a Li­sandro más le cuadró, fue decirle que en los males sin remedio, el mejor era no esperarles ninguno; y que, pues de la honestidad y noble condición de Leonida se podría creer -según él decía- que de dulce vida gozaba, antes debía alegrarse del bien que ella había ganado, que no entristecerse por el que él había perdido. A lo cual res­pondió Lisandro:

-Bien conozco, amigo, que tienen fuerza tus razones para hacerme creer que son verdaderas, pero no que la tienen, ni la tendrán las que todo el mundo decirme pu­diere, para darme consuelo alguno. En la muerte de Leo­nida comenzó mi desventura, la cual se acabará cuando yo la tome a ver; y, pues esto no puede ser sin que yo muera, al que me induciere a procurar la muerte tendré yo por más amigo de mi vida.

No quiso Elicio darle más pesadumbre con sus con­suelos, pues él no los tenía por tales; sólo le rogó que se viniese con él a su cabaña, en la cual estaría todo el tiempo que gusto le diese, ofreciéndole su amistad en to­do aquello que podía ser buena para servirle. Lisandro se lo agradeció cuanto fue posible; y, aunque no quería acetar el venir con Elicio, todavía lo hubo de hacer for­zado de su importunación; y así, los dos se levantaron y se vinieron a la cabaña de Elicio, donde reposaron lo po­co que de la noche quedaba. Pero ya que la blanca Auro­ra dejaba el lecho del celoso marido y comenzaba a dar muestras del venidero día, levantándose Erastro, comen­zó a poner en orden el ganado de Elicio y suyo, para sa­carle al pasto acostumbrado. Elicio convidó a Lisandro a que con él se viniese, y así, viniendo los tres pastores con el manso rebaño de sus ovejas por una cañada abajo, al subir de una ladera oyeron el sonido de una suave zam­poña, que luego por Elicio y Erastro fue conocido que era Galatea quien la sonaba. Y no tardó mucho que por la cumbre de la cuesta se comenzaron a descubrir algunas ovejas, y luego tras ellas Galatea, cuya hermosura era tanta que sería mejor dejarla en su punto, pues faltan pa­labras para encarecerla. Venía vestida a la serrana, con los luengos cabellos sueltos al viento, de quien el mesmo sol parescía tener envidia, porque, hiriéndoles con sus rayos, procuraba quitarles la luz si pudiera, mas la que la salía de la vislumbre dellos, otro nuevo sol semejaba. Estaba Erastro fuera de sí mirándola, y Elicio no podía apartar los ojos de verla. Cuando Galatea vio que el re­baño de Elicio y Erastro con el suyo se juntaba, mostran­do no gustar de tenerles aquel día compañía, llamó a la borrega mansa de su manada, a la cual siguieron las de­más, y encaminóla a otra parte diferente de la que los pastores llevaban. Viendo Elicio lo que Galatea hacía, sin poder sufrir tan notorio desdén, llegándose a do la pastora estaba, le dijo:

-Deja, hermosa Galatea, que tu rebaño venga con el nuestro, y si no gustas de nuestra compañía, escoge la que más te agradare; que no por tu ausencia dejarán tus ovejas de ser bien apacentadas, pues yo, que nací para servirte, tendré más cuenta dellas que de las mías pro­prias. Y no quieras tan a la clara desdeñarme, pues no lo merece la limpia voluntad que te tengo; que, según el viaje que traías, a la fuente de las Pizarras le encamina­bas, y agora que me has visto quieres torcer el camino. Y si esto es así como pienso, dime adónde quieres hoy y siempre apascentar tu ganado, que yo te juro de no llevar allí jamás el mío.

-Yo te prometo, Elicio -respondió Galatea-, que no por huir de tu compañía ni de la de Erastro he vuelto del camino que tú imaginas que llevaba, porque mi intención es pasar hoy la siesta en el arroyo de las Palmas, en compañía de mi amiga Florisa, que allá me aguarda, por­que desde ayer concertamos las dos de apascentar hoy alí nuestros ganados; y, como yo venía descuidada so­nando mi zampoña, la mansa borrega tomó el camino de las Pizarras, como della más acostumbrado. La voluntad que me tienes y ofrecimientos que me haces te agra­dezco, y no tengas en poco haber dado yo disculpa a tu sospecha.

-¡Ay, Galatea! -replicó Elicio-, y cuán bien que fin­ges lo que te parece, teniendo tan poca necesidad de usar conmigo artificio, pues al cabo no tengo de querer más de lo que tú quisieres. Ora vayas al arroyo de las Palmas, al soto del Concejo o a la fuente de las Pizarras, ten por cierto que no has de ir sola, que siempre mi alma te acompaña, y si tú no la vees, es porque no quieres verla, por no obligarte a remediarla.

-Hasta agora -respondió Galatea- tengo por ver la primera alma, y así no tengo culpa si no he remediado a ninguna.

-No sé cómo puedes decir eso -respondió Elicio-, hermosa Galatea, que las veas para herirlas y no para cu­rarlas.

-Testimonio me levantas -replicó Galatea- en decir que yo, sin armas, pues a mujeres no son concedidas, ha­ya herido a nadie.

-¡Ay, discreta Galatea! -dijo Elicio-, cómo te burlas con lo que de mi alma sientes, a la cual invisiblemente has llagado, y no con otras armas que con las de tu her­mosura. Y no me quejo yo tanto del daño que me has he­cho, como de que le tengas en poco.

-En menos me tendría yo -respondió Galatea- si en más le tuviese.

A esta sazón llegó Erastro, y, viendo que Galatea se iba y les dejaba, le dijo:

-¿Adónde vas, o de quién huyes, hermosa Galatea? Si de nosotros, que te adoramos, te alejas, ¿quién esperará de ti compañía? ¡Ay, enemiga!, cuán al desgaire te vas, triunfando de nuestras voluntades. El cielo destruya la buena que tengo, si no deseo verte enamorada de quien estime tus quejas en el grado que tú estimas las mías. ¿Ríeste de lo que digo, Galatea? Pues yo lloro de lo que tú haces.

No pudo Galatea responder a Erastro, porque andaba guiando su ganado hacia el arroyo de las Palmas, y, aba­jando desde lejos la cabeza en señal de despedirse, los dejó. Y, como se vio sola, en tanto que llegaba adonde su amiga Florisa creyó que estaría, con la estremada voz que al cielo plugo darle, fue cantando este soneto:

GALATA

Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha

de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;

que tal llama mi alma no la quiere,

ni queda de tal ñudo satisfecha.

Consuma, ciña, yele, mate; estrecha

tenga otra la voluntad cuanto quisiere;

que por dardo, o por nieve, o red no’spere

tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,

el ñudo romperé por fuerza o arte,

la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;

y así, no temeré en segura parte

de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo.

Con más justa causa se pudieran parar los brutos, mo­ver los árboles y juntar las piedras a escuchar el suave canto y dulce armonía de Galatea, que cuando a la cítara de Orfeo, lira de Apolo y música de Anfión los muros de Troya y Tebas por sí mismos se fundaron, sin que artífi­ce alguno pusiese en ellos las manos, y las hermanas, ne­gras moradoras del hondo caos, a la estremada voz del in­cauto amante se ablandaron. El acabar el canto Galatea y llegar adonde Florisa estaba, fue todo a un tiempo, de la cual fue con alegre rostro recebida, como aquella que era su amiga verdadera y con quien Galatea sus pensamien­tos comunicaba. Y, después que las dos dejaron ir a su al­bedrío a sus ganados a que de la verde yerba paciesen, convidadas de la claridad del agua de un arroyo que allí corría, determinaron de lavarse los hermosos rostros, pues no era menester para acrecentarles hermosura el vano y enfadoso artificio con que los suyos martirizan las damas que en las grandes ciudades se tienen por más hermosas. Tan hermosas quedaron después de lavadas como antes lo estaban, excepto que por haber llegado las manos con movimiento al rostro, quedaron sus mejillas encendidas y sonroseadas, de modo que un no sé qué de hermosura les acrescentaba; especialmente a Galatea, en quien se vie­ron juntas las tres Gracias, a quien los antiguos griegos pintaban desnudas por mostrar, entre otros efectos, que eran señoras de la belleza. Comenzaron luego a coger di­versas flores del verde prado, con intención de hacer sen­das guirnaldas con que recoger los desornados cabellos que sueltos por las espaldas traían.

En este ejercicio andaban ocupadas las dos hermosas pastoras, cuando por el arroyo abajo vieron al improviso venir una pastora de gentil donaire y apostura, de que no poco se admiraron, porque les pareció que no era pastora de su aldea ni de las otras comarcanas a ella, a cuya cau­sa con más atención la miraron, y vieron que venía poco a poco hacia donde ellas estaban. Y, aunque estaban bien cerca, ella venía tan embebida y transportada en sus pensamientos, que nunca las vio hasta que ellas quisieron mostrarse. De trecho en trecho se paraba, y, vueltos los ojos al cielo, daba unos sospiros tan dolorosos que de lo más íntimo de sus entrañas parecían arrancados. Torcía asimesmo sus blancas manos y dejaba correr por sus me­jillas algunas lágrimas, que líquidas perlas semejaban. Por los estremos de dolor que la pastora hacía, conocie­ron Galatea y Florisa que de algún interno dolor traía el alma ocupada, y por ver en qué paraban sus sentimientos, entrambas se escondieron entre unos cerrados mirtos, y desde allí con curiosos ojos miraban lo que la pastora ha­cía. La cual, llegándose al margen del arroyo, con atentos ojos se paró a mirar el agua que por él corría, y, dejándo­se caer a la orilla dél como persona cansada, corvando una de sus hermosas manos, cogió en ella del agua clara, con la cual lavándose los húmidos ojos, con voz baja y debilitada dijo:

-¡Ay, claras y frescas aguas!, ¡cuán poca parte es vuestra frialdad para templar el fuego que en mis entra­ñas siento! Mal podré esperar de vosotras, ni aun de to­das las que contiene el gran mar océano, el remedio que he menester, pues, aplicadas todas al ardor que me con­sume, haríades el mesmo efecto que suele hacer la pe­queña cantidad en la ardiente fragua, que más su llama acrecienta. ¡Ay, tristes ojos, causadores de mi perdición, y en qué fuerte punto os alcé para tan gran caída! ¡Ay, Fortuna, enemiga de mi descanso, con cuánta velocidad me derribaste de la cumbre de mis contentos al abismo de la miseria en que me hallo! ¡Ay, cruda hermana!, ¿cómo no aplacó la ira de tu desamorado pecho la hu­milde y amorosa presencia de Artidoro? ¿Qué palabras te pudo decir él para que le dieses tan aceda y cruel res­puesta? Bien parece, hermana, que tú no le tenías en la cuenta que yo le tengo, que si así fuera, a fe que tú te mostraras tan humilde cuanto él a ti subjeto.

Todo esto que la pastora decía mezclaba con tantas lágrimas, que no hubiera corazón que escuchándola no se enterneciera. Y, después que por algún espacio hubo sosegado el afligido pecho, al son del agua que man­samente corría, acomodando a su propósito una copla antigua, con suave y delicada voz cantó esta glosa:

Ya la esperanza es perdida,

y un solo bien me consuela:

qu’el tiempo, que pasa y vuela,

llevará presto la vida.

Dos cosas hay en amor

con que su gusto se alcanza:

deseo de lo mejor,

es la otra la esperanza

que pone esfuerzo al temor.

Las dos hicieron manida

en mi pecho, y no las veo;

antes en l’alma afligida,

porque me acabe el deseo,

ya la esperanza es perdida.

Si el deseo desfallece

cuando la esperanza mengua,

al contrario en mí parece,

pues cuanto ella más desmengua

tanto más él s’engrandece.

Y no hay usar de cautela

con las llagas que me atizan,

que en esta amorosa escuela

mil males me martirizan,

y un solo bien me consuela.

Apenas hubo llegado

el bien a mi pensamiento,

cuando el cielo, suerte y hado,

con ligero movimiento

l’han del alma arrebatado.

Y si alguno hay que se duela

de mi mal tan lastimero,

al mal amaina la vela,

y al bien pasa más ligero

qu’el tiempo, que pasa y vuela.

¿Quién hay que no se consuma

con estas ansias que tomo?,

pues en ellas se ve en suma

ser los cuidados de plomo

y los placeres de pluma.

Y aunque va tan de caída

mi dichosa buena andanza

en ella este bien se anida:

que quien llevó la esperanza

llevará presto la vida.

Presto acabó el canto la pastora, pero no las lágrimas con que lo solemnizaba, de las cuales movidas a compa­sión Galatea y Florisa, salieron de do escondidas estaban, y con amorosas y corteses palabras a la triste pastora sa­ludaron, diciéndole, entre otras razones:

-Así los cielos, hermosa pastora, se muestren favora­bles a lo que pedirles quisieres, y dellos alcances lo que deseas, que nos digas, si no lo es enojoso, qué ventura o qué destino te ha traído por esta tierra, que según la plá­tica que nosotras tenemos della, jamás por estas riberas te habemos visto. Y por haber oído lo que poco ha can­taste, y entender por ello que no tiene tu corazón el so­siego que ha menester, y por las lágrimas que has derra­mado, de que dan indicio tus húmidos y hermosos ojos, en ley de buen comedimiento estamos obligadas a procu­rarte el consuelo que de nuestra parte fuere posible. Y si fuere tu mal de los que no sufren ser consolados, a lo menos conoscerás en nosotras una buena voluntad de servirte.

-No sé con qué poder pagaros -respondió la forastera pastora-, hermosas zagalas, los corteses ofrecimientos que me hacéis, si no es con callar y agradecello, y esti­marlos en el punto que merescen, y con no negaros lo que de mí saber quisiéredes, puesto que me sería mejor pasar en silencio los sucesos de mi ventura, que no, con decirlos, daros indicios para que me tengáis por liviana.

-No muestra tu rostro y gentil apostura, hermosa pastora -respondió Galatea-, que el cielo te ha dado tan grosero entendimiento que con él hicieses cosa que después hubieses de perder reputación en decirla. Y, pues tu vista y palabras en tan poco ha hecho esta impresión en nosotras, que ya te tenemos por discreta, muéstranos, con contarnos tu vida, si llega a tu discreción tu ventura.

-A lo que yo creo -respondió la pastora-, en un igual andan entrambas, si ya no me ha dado la suerte más jui­cio para que sienta más los dolores que se ofrecen. Pero yo estoy bien cierta que sobrepujan tanto mis males a mi discreción, cuanto dellos es vencida toda mi habilidad, pues no tengo ninguna para saber remediallos. Y, porque la experiencia os desengañe, si quisiéredes oírme, bellas zagalas, yo os contaré con las más breves razones que pudiere, cómo, del mucho entendimiento que juzgáis que tengo, ha nascido el mal que le hace ventaja.

-Con ninguna cosa, discreta zagala, satisfarás más nues­tros deseos -respondió Florisa-, que con damos cuenta de lo que te hemos rogado.

-Apartémonos, pues -dijo la pastora-, deste lugar y busquemos otro donde, sin ser vistas ni estorbadas, pue­da deciros lo que me pesa de haberos prometido, porque adivino que no estará más en perderse la buena opinión que con vosotras he cobrado, que cuanto tarde en descu­briros mis pensamientos, si acaso los vuestros no han si­do tocados de la enfermedad que yo padezco.

Deseosas de que la pastora cumpliese lo que prometía, se levantaron luego las tres y se fueron a un lugar secreto y apartado que ya Galatea y Florisa sabían, donde, de­bajo de la agradable sombra de unos acopados mirtos, sin ser vistas de alguno, podían todas tres estar sentadas. Y luego, con estremado donaire y gracia, la forastera pasto­ra comenzó a decir desta manera:

-«En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo, fui yo nascida y criada, y no en tan baja fortuna que me tuviese por la peor de mi aldea. Mis padres son labradores y a la labranza del campo acos­tumbrados, en cuyo ejercicio les imitaba, trayendo yo una manada de simples ovejas por las dehesas concejiles de nuestra aldea, acomodando tanto mis pensamientos al estado en que mi suerte me había puesto, que ningu­na cosa me daba más gusto que ver multiplicar y crecer mi ganado, sin tener cuenta con más que con procurarle los más fructíferos y abundosos pastos, claras y frescas aguas que hallar pudiese. No tenía ni podía tener más cuidados que los que podían nascer del pastoral oficio en que me ocupaba. Las selvas eran mis compañeras, en cu­ya soledad muchas veces, convidada de la suave armonía de los dulces pajarillos, despedía la voz a mil honestos cantares, sin que en ellos mezclase sospiros ni razones que de enamorado pecho diesen indicio alguno. ¡Ay!, cuántas veces, sólo por contentarme a mí mesma y por dar lugar al tiempo que se pasase, andaba de ribera en ri­bera, de valle en valle, cogiendo aquí la blanca azucena, allí el cárdeno lirio, acá la colorada rosa, acullá la oloro­sa clavellina, haciendo de todas suertes de odoríferas flo­res una tejida guimalda, con que adornaba y recogía mis cabellos; y después, mirándome en las claras y reposa­das aguas de alguna fuente, quedaba tan gozosa de ha­berme visto que no trocara mi contento por otro alguno. Y cuántas hice burla de algunas zagalas que, pensando hallar en mi pecho alguna manera de compasión del mal que los suyos sentían, con abundancia de lágrimas y sospiros, los secretos enamorados de su alma me des­cubrían.

»Acuérdome agora, hermosas pastoras, que llegó a mí un día una zagala amiga mía, y, echándome los brazos al cuello y juntando su rostro con el mío, hechos sus ojos fuentes, me dijo: “¡Ay, hermana Teolinda -que éste es el nombre desta desdichada-, y cómo creo que el fin de mis días es llegado, pues amor no ha tenido la cuenta conmi­go que mis deseos merescían!”. Yo, entonces, admirada de los estremos que la veía hacer, creyendo que algún gran mal le había sucedido de pérdida de ganado, o de muerte de padre o hermano, limpiándole los ojos con la manga de mi camisa, le rogué que me dijese qué mal era el que tanto la aquejaba. Ella, prosiguiendo en sus lágri­mas y no dando tregua a sus sospiros, me dijo: “¿Qué mayor mal quieres, ¡oh Teolinda!, que me haya sucedido que el haberse ausentado sin decirme nada el hijo del mayoral de nuestra aldea, a quien yo quiero más que a los proprios ojos de la cara; y haber visto esta mañana en poder de Leocadia, la hija del rabadán Lisalco, una cinta encarnada que yo había dado a aquel fementido de Eu­genio, por donde se me ha confirmado la sospecha que yo tenía de los amores que el traidor con ella trataba?” Cuando yo acabé de entender sus quejas, os juro, amigas y señoras mías, que no pude acabar conmigo de no reírme y decirle: “Mía fe, Lidia -que así se llama la sin ventura-, pensé que de otra mayor llaga venías herida, según te quejabas, pero agora conozco cuán fuera de sentido andáis vosotras, las que presumís de enamoradas, en hacer caso de semejantes niñerías. Dime, por tu vida, Lidia amiga: ¿cuánto vale una cinta encarnada, para que te duela de verla en poder de Leocadia, ni de que se la haya dado Eugenio? Mejor harías de tener cuenta con tu honra y con lo que conviene al pasto de tus ovejas, y no entremeterte en estas burlerías de amor, pues no se saca dellas, según veo, sino menoscabo de nuestras honras y sosiego”. Cuando Lidia oyó de mi boca tan contraria res­puesta de la que esperaba de mi piadosa condición, no hizo otra cosa sino abajar la cabeza, y, acrescentando lá­grimas a lágrimas y sollozos a sollozos, se apartó de mí; y, volviendo a cabo de poco trecho el rostro, me dijo: “Ruego yo a Dios, Teolinda, que presto te veas en estado que tengas por dichoso el mío, y que el amor te trate de manera que cuentes tu pena a quien la estime y sienta en el grado que tú has hecho la mía”. Y con esto se fue, y yo me quedé riyendo de sus desvaríos. Mas, ¡ay, desdi­chada, y cómo a cada paso conozco que me va alcanzan­do bien su maldición, pues aun agora temo que estoy contando mi pena a quien se dolerá poco de haberla sa­bido!»

A esto respondió Galatea:

-Pluviera a Dios, discreta Teolinda, que así como ha­llarás en nosotras compasión de tu daño, pudieras hallar el remedio dél, que presto perdieras la sospecha que de nuestro conocimiento tienes.

-Vuestra hermosa presencia y agradable conversación, dulces pastoras -respondió Teolinda-, me hace es­perar eso, pero mi corta ventura me fuerza a temer esto­tro. Mas, suceda lo que sucediere, que al fin habré de contaros lo que os he prometido.

«Con la libertad que os he dicho, y en los ejercicios que os he contado, pasaba yo mi vida tan alegre y sose­gadamente que no sabía qué pedirme el deseo, hasta que el vengativo Amor me vino a tomar estrecha cuenta de la poca que con él tenía, y alcanzóme en ella de manera que, con quedar su esclava, creo que aún no está pagado ni satisfecho.

»Acaeció, pues, que un día -que fuera para mí el más venturoso de los de mi vida, si el tiempo y las ocasiones no hubieran traído tal descuento a mis alegrías-, vinien­do yo con otras pastoras de nuestra aldea a cortar ramos y a coger juncia y flores y verdes espadañas para adornar el templo y calles de nuestro lugar, por ser el siguiente día solemnísima fiesta y estar obligados los moradores de nuestro pueblo por promesa y voto a guardalla, acer­tamos a pasar todas juntas por un deleitoso bosque que entre el aldea y el río está puesto, adonde hallamos una junta de agraciados pastores, que a la sombra de los ver­des árboles pasaban el ardor de la caliente siesta, los cuales, como nos vieron, al punto fuimos dellos conosci­das, por ser todos cuál primo y cuál hermano y cuál pa­riente nuestro. Y, saliéndonos al encuentro y entendido de nosotras el intento que llevábamos, con corteses pala­bras nos persuadieron y forzaron a que adelante no pasá­semos, porque algunos dellos tomarían el trabajo de traer hasta allí los ramos y flores por que íbamos. Y así, ven­cidas de sus ruegos, por ser ellos tales, hubimos de con­ceder lo que querían; y luego seis de los más mozos, apercebidos de sus hocinos, se partieron con gran con­tento a traernos los verdes despojos que buscábamos. Nosotras, que seis éramos, nos juntamos donde los de­más pastores estaban, los cuales nos recibieron con el comedimiento posible, especialmente de un pastor fo­rastero que allí estaba, que de ninguna de nosotras fue conoscido, el cual era de tan gentil donaire y brío que quedaron todas admiradas en verle; pero yo quedé admi­rada y rendida. No sé qué os diga, pastoras, sino que, así como mis ojos le vieron, sentí entemecérseme el cora­zón, y comenzó a discurrir por todas mis venas un yelo que me encendía, y, sin saber cómo, sentí que mi alma se alegraba de tener puestos los ojos en el hermoso rostro del no conocido pastor. Y en un punto, sin ser en los ca­sos de amor experimentada, vine a conoscer que era amor el que salteado me había. Y luego quisiera que­jarme dél, si el tiempo y la ocasión me dieran lugar a ello.

» En fin, yo quedé cual ahora estoy, vencida y enamo­rada, aunque con más confianza de salud que la que aho­ra tengo. ¡Ay!, cuántas veces en aquella sazón me quise llegar a Lidia, que con nosotras estaba y decirle: “Perdó­name, Lidia hermana, de la desabrida respuesta que te di el otro día, porque te hago saber que ya tengo más expe­riencia del mal de que te quejabas que tú mesma”. Una cosa me tiene maravillada: de cómo cuantas allí estaban no conocieron, por los movimientos de mi rostro, los secretos de mi corazón; y debiólo de causar que todos los pastores se volvieron al forastero y le rogaron que acaba­se de cantar una canción que había comenzado antes que nosotras llegásemos; el cual, sin hacerse de rogar, siguió su comenzado canto con tan estremada y maravillosa voz, que todos los que la escuchaban estaban transporta­dos en oírla. Entonces acabé yo de entregarme de todo en todo a todo to que el amor quiso, sin quedar en mí más voluntad que si no la hubiera tenido para cosa alguna en mi vida. Y, puesto que yo estaba más suspensa que todos escuchando la suave armonía del pastor, no por eso dejé de poner grandísima atención a lo que en sus versos cantaba, porque me tenía ya el amor puesta en tal estre­mo que me llegara al alma si le oyera cantar cosas de enamorado, que imaginara que ya tenía ocupados sus pensantientos, y quizá en parte que no tuviesen alguna los míos en lo que deseaban. Mas lo que él entonces cantó no fueron sino ciertas alabanzas del pastoral estado y de la sosegada vida del campo, y algunos avisos útiles a la conservación del ganado, de que no poco quedé yo contenta, pareciéndome que si el pastor estuviera enamo­rado, que de ninguna cosa tratara que de sus amores, por ser condición de los amantes parecerles mal gastado el tiempo que en otra cosa que en ensalzar y alabar la causa de sus tristezas o contentos se gasta. Ved, amigas, en cuán poco espacio estaba ya maestra en la escuela de amor.

»El acabar el pastor su canto y el descubrir los que con los ramos venían fue todo a un tiempo; los cuales, a quien de lejos los miraba, no parecían sino un pequeño montecillo que con todos sus árbores se movia, segun venían pomposos y enramados. Y, llegando ya cerca de nosotras, todos seis entonaron sus voces, y comenzando el uno y respondiendo todos, con muestras de grandísimo contento, y con muchos placenteros alaridos, dieron prin­cipio a un gracioso villancico. Con este contento y ale­gría llegaron más presto de lo que yo quisiera, porque me quitaron la que yo sentía de la vista del pastor. Descar­gados, pues, de la verde carga, vimos que traía cada uno una hermosa guirnalda enroscada en el brazo, compuesta de diversas y agradables flores, las cuales con graciosas palabras a cada una de nosotras la suya presentaron, y se ofrecieron de llevar los ramos hasta el aldea. Mas, agra­deciéndoles nosotras su buen comedimiento, llenas de alegría, queríamos dar la vuelta al lugar, cuando Eleuco, un anciano pastor que allí estaba, nos dijo: “Bien será, hermosas pastoras, que nos paguéis lo que por vosotras nuestros zagales han hecho, con dejarnos las guirnaldas, que demasiadas lleváis de lo que a buscar veníades; pero ha de ser con condición que de vuestra mano las deis a quien os pareciere”. “Si con tan pequeña paga quedaréis de nosotras satisfechos -respondió la una—, yo por mí soy contenta”. Y, tomando la guirnalda con ambas ma­nos, la puso en la cabeza de un gallardo primo suyo. Las otras, guiadas deste ejemplo, dieron las suyas a diferen­tes zagales que allí estaban; que todos, sus parientes eran. Yo, que a lo último quedaba, y que allí deudo algu­no no tenía, mostrando hacer de la desenvuelta, me lle­gué al forastero pastor, y, puniéndole la guimalda en la cabeza, le dije: “Ésta te doy, buen zagal, por dos cosas: la una, por el contento que a todos nos has dado con tu agradable canto; la otra, porque en nuestra aldea se usa honrar a los estranjeros”. Todos los circunstantes recibie­ron gusto de lo que yo hacía; pero, ¿qué os diré yo de lo que mi alma sintió, viéndome tan cerca de quien me la tenía robada, sino que diera cualquiera otro bien que acertara a desear en aquel punto, fuera de quererle, por poder ceñirle con mis brazos al cuello, como le ceñí las sienes con la guirnalda? El pastor se me humilló y con discretas palabras me agradeció la merced que le hacía, y, al despedirse de mí, con voz baja, hurtando la ocasión a los muchos ojos que allí había, me dijo: “Mejor te he pagado de lo que piensas, hermosa pastora, la guirnalda que me has dado: prenda llevas contigo que, si la sabes estimar, conocerás que me quedas deudora”. Bien quisie­ra yo responderle, pero la priesa que mis compañeras me daban era tanta, que no tuve lugar de replicarle.

»Desta manera me volví al aldea, con tan diferente co­razón del con que había salido, que yo mesma de mí mesma me maravillaba. La compañía me era enojosa, y cualquiera pensamiento que me viniese, que a pensar en mi pastor no se encaminase, con gran presteza procuraba luego de desecharle de mi memoria, como indigno de ocupar el lugar que de amorosos cuidados estaba lleno. Yo no sé cómo en tan pequeño espacio de tiempo me transformé en otro ser del que tenía, porque yo ya no vi­vía en mí, sino en Artidoro -que ansí se llama la mitad de mi alma que ando buscando-: doquiera que volvía los ojos me parecía ver su figura; cualquiera cosa que escu­chaba, luego sonaba en mis oídos su suave música y ar­monía; a ninguna parte movía los pies, que no diera por hallarle en ella mi vida, si él la quisiera; en los manjares no hallaba el acostumbrado gusto, ni las manos acertaban a tocar cosa que se le diese. En fin, todos mis sentidos estaban trocados del ser que primero tenían, ni el alma obraba por ellos como era acostumbrada.

»En considerar la nueva Teolinda que en mí había na­cido, y en contemplar las gracias del pastor, que impresas en el alma me quedaron, se me pasó todo aquel día y la noche antes de la solemne fiesta, la cual venida, fue con grandísimo regocijo y aplauso de todos los moradores de nuestra aldea y de los circunvecinos lugares solemniza­da. Y, después de acabadas en el templo las sacras obla­ciones, y cumplidas las debidas ceremonias, en una an­cha plaza que delante del templo se hacía, a la sombra de cuatro antiguos y frondosos álamos que en ella estaban, se juntó casi la más gente del pueblo, y, haciéndose todos un corro, dieron lugar a que los zagales vecinos y foras­teros se ejercitasen, por honra de la fiesta, en algunos pastoriles ejercicios. Luego en el instante, se mostraron en la plaza un buen número de dispuestos y gallardos pastores, los cuales, dando alegres muestras de su juven­tud y destreza, dieron principios a mil graciosos juegos: ora tirando la pesada barra, ora mostrando la ligereza de sus sueltos miembros en los desusados saltos, ora descu­briendo su crescida fuerza a industriosa maña en las in­trincadas luchas, ora enseñando la velocidad de sus pies en las largas carreras, procurando cada uno de ser tal en todo, que el primero premio alcanzase de muchos que los mayorales del pueblo tenían puestos para los mejores que en tales ejercicios se aventajasen. Pero, en estos que he contado, ni en otros muchos que callo por no ser prolija, ningunos de cuantos allí estaban, vecinos y comarcanos, llegó al punto que mi Artidoro, el cual con su presencia quiso honrar y alegrar nuestra fiesta, y llevarse el prime­ro honor y premio de todos los juegos que se hicieron. Tal era, pastoras, su destreza y gallardía; las alabanzas que todas le daban eran tantas, que yo mesma me enso­berbecía, y un desusado contento en el pecho me retoza­ba, sólo en considerar cuán bien había sabido ocupar mis pensamientos. Pero, con todo esto, me daba grandísima pesadumbre que Artidoro, como forastero, se había de partir presto de nuestra aldea, y que si él se iba sin saber, a lo menos, lo que de mí llevaba -que era el alma-, ¿qué vida sería la mía en su ausencia, o cómo podría yo aliviar mi pena siquiera con quejarme, pues no tenía de quién, sino de mí mesma? Estando yo, pues, en estas imagina­ciones, se acabó la fiesta y regocijo, y, queriendo Artido­ro despedirse de los pastores sus amigos, todos ellos juntos le rogaron que, por los días que había de durar el octavario de la fiesta, fuese contento de pasarlos con ellos, si otra cosa de más gusto no se lo impidía. “Ningu­na me la puede dar a mí mayor, graciosos pastores -res­pondió Artidoro-, que serviros en esto y en todo lo que más fuere vuestra voluntad, que, puesto que la mía era por agora querer buscar a un hermano mío que pocos días ha falta de nuestra aldea, cumpliré vuestro deseo, por ser yo el que gano en ello”. Todos se lo agradecieron mucho, y quedaron contentos de su quedada, pero más lo quedé yo, considerando que en aquellos ocho días no po­día dejar de ofrecérseme ocasión donde le descubriese lo que ya encubrir no podía. Toda aquella noche casi se nos pasó en bailes y juegos, y en contar unas a otras las prue­bas que habíamos visto hacer a los pastores aquel día, di­ciendo: “Fulano bailó mejor que fulano, puesto que el tal sabía más mudanzas que el tal; Mingo derribó a Bras, pe­ro Bras corrió más que Mingo”. Y, al fin fin, todas con­cluían que Artidoro, el pastor forastero, había llevado la ventaja a todos, loándole cada una en particular sus par­ticulares gracias; las cuales alabanzas, como ya he dicho, todas en mi contento redundaban.

»Venida la mañana del día después de la fiesta, antes que la fresca aurora perdiese el rocío aljofarado de sus hermosos cabellos, y que el sol acabase de descubrir sus rayos por las cumbres de los vecinos montes, nos junta­mos hasta una docena de pastoras, de las más miradas del pueblo, y asidas unas de otras de las manos, al son de una gaita y de una zampoña, haciendo y deshaciendo in­tricadas vueltas y bailes, nos salimos de la aldea a un verde prado que no lejos della estaba, dando gran con­tento a todos los que nuestra enmarañada, danza miraban. Y la ventura, que hasta entonces mis cosas de bien en mejor iba guiando, ordenó que en aquel mesmo prado hallásemos todos los pastores del lugar, y con ellos a Ar­tidoro, los cuales, como nos vieron, acordando luego el son de un tamborino suyo con el de nuestras zampoñas, con el mesmo compás y baile nos salieron a recebir, mezclándonos unos con otros confusa y concertadamente, y mudando los instrumentos el son, mudamos el baile, de manera que fue menester que las pastoras nos desasiése­mos y diésemos las manos a los pastores; y quiso mi buena dicha que acerté yo a dar la mía a Artidoro. No sé cómo os encarezca, amigas, lo que en tal punto sentí, si no es deciros que me turbé de manera que no acertaba a dar paso concertado en el baile; tanto, que le convenía a Artido­ro llevarme con fuerza tras sí, porque no rompiese, soltán­dome, el hilo de la concertada danza. Y, tomando dello oca­sión, le dije: “¿En qué te ha ofendido mi mano, Artidoro, que ansí la aprietas?” Él me respondió, con voz que de ninguno pudo ser oída: “Mas, ¿qué te ha hecho a ti mi alma, que así la maltratas?” “Mi ofensa es clara -respon­dí yo mansamente-; mas la tuya, ni la veo ni podrá ver­se”. “Y aun ahí está el daño -replicó Artidoro-: que ten­gas vista para hacer el mal y te falte para sanarle”. En esto cesaron nuestras razones, porque los bailes cesaron, quedando yo contenta y pensativa de lo que Artidoro me había dicho; y, aunque consideraba que eran razones enamoradas, no me aseguraban si era de enamorado.

»Luego nos sentamos todos los pastores y pastoras sobre la verde yerba; y, habiendo reposado un poco del cansancio de los bailes pasados, el viejo Eleuco, acor­dando su instrumento, que un rabel era, con la zampoña de otro pastor, rogó a Artidoro que alguna cosa cantase, pues él más que otro alguno lo debía hacer, por haberle dado el cielo tal gracia que sería ingrato si encubrirla quisiese. Artidoro, agradeciendo a Eleuco las alabanzas que le daba, comenzó luego a cantar unos versos, que, por haberme puesto en mí sospecha [a]quel[l]as palabras que antes me había dicho, los tomé tan en la memoria que aun hasta agora no se me han olvidado; los cuales, aunque os dé pesadumbre oírlos, sólo porque hacen al caso para que entendáis punto por punto por los que me ha traído el amor al desdichado en que me hallo, os los habré de decir, que son estos:

En áspera, cerrada, escura noche,

sin ver jamás el esperado día,

y en contino, crecido, amargo llanto,

ajeno de placer, contento y risa,

meresce estar, y en una viva muerte,

aquel que sin amor pasa la vida.

¿Qué puede ser la más alegre vida,

sino una sombra de una breve noche,

o natural retrato de la muerte,

si en todas cuantas horas tiene el día,

puesto silencio al congojoso llanto,

no admite del amor la dulce risa?

Do vive el blando amor, vive la risa,

y adonde muere, muere nuestra vida,

y e1 sabroso placer se vuelve en llanto,

y en tenebrosa sempiterna noche

la clara luz del sosegado día,

y es el vivir sin él amarga muerte.

Los rigurosos trances de la muerte

no huye el amador; antes con risa

desea la ocasión y espera el día

donde pueda ofrescer la cara vida

hasta ver la tranquila última noche,

al amoroso fuego, al dulce llanto.

No se llama de amor el llanto, llanto,

ni su muerte llamarse debe muerte,

ni a su noche dar título de noche;

[que] su risa llamarse debe risa,

y su vida tener por cierta vida,

y sólo festejar su alegre día.

¡Oh venturoso para mí este día,

do pude poner freno al triste llanto,

y alegrarme de haber dado mi vida

a quien dármela puede, o darme muerte!

Mas ¿qué puede esperarse, si no es risa,

de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?

Vuelto ha mi escura noche en claro día

amor, y en risa mi crescido llanto,

y mi cercana muerte en larga vida.

» Estos fueron los versos, hermosas pastoras, que con maravillosa gracia y no menos satisfacción de los que le escuchaban aquel día, cantó mi Artidoro, de los cuales y de las razones que antes me había dicho, tomé yo oca­sión de imaginar si por ventura mi vista algún nuevo accidente amoroso en el pecho de Artidoro había causa­do; y no me salió tan vana mi sospecha que él mesmo no me la certificase al volvernos al aldea.»

A este punto del cuento de sus amores llegaba Teolin­da, cuando las pastoras sintieron grandísimo estruendo de voces de pastores y ladridos de perros, que fue causa para que dejasen la comenzada plática y se parasen a mi­rar por entre las ramas to que era. Y así, vieron que por un verde llano que a su mano derecha estaba, atravesa­ban una multitud de perros, los cuales venían siguiendo una temerosa liebre, que a toda furia a las espesas matas venía a guarecerse. Y no tardó mucho que por el mesmo lugar donde las pastoras estaban la vieron entrar y irse derecha al lado de Galatea; y allí, vencida del cansa[n]­cio de la larga carrera y casi como segura del cercano peligro, se dejó caer en el suelo con tan cansado aliento que parecía que faltaba poco para dar el espíritu. Los pe­rros, por el olor y rastro, la siguieron hasta entrar adonde estaban las pastoras; mas Galatea, tomando la temerosa liebre en los brazos, estorbó su vengativo intento a los cobdiciosos perros, por parecerle no ser bien si dejaba de defender a quien della había querido valerse. De allí a poco llegaron algunos pastores, que en seguimiento de los perros y de la liebre venían, entre los cuales venía el padre de Galatea, por cuyo respecto ella, Florisa y Teo­linda le salieron a rescebir con la debida cortesía. Él y los pastores quedaron admirados de la hermosura de Teolinda, y con deseo de saber quién fuese, porque bien conocieron que era forastera. No poco les pesó desta lle­gada a Galatea y Florisa, por el gusto que les había qui­tado de saber el suceso de los amores de Teolinda, a la cual rogaron fuese servida de no partirse por algunos días de su compañía, si en ello no se estorbaba acaso el cumplimiento de sus deseos.

-Antes, por ver si pueden cumplirse -respondió Teo­linda-, me conviene estar algún día en esta ribera; y, así por esto como por no dejar imperfecto mi comenzado cuento, habré de hacer lo que me mandáis.

Galatea y Florisa la abrazaron y le ofrecieron de nue­vo su amistad, y de servirla en cuanto sus fuerzas alcan­zasen. En este entre tanto, habiendo el padre de Galatea y los otros pastores en el margen del claro arroyo tendido sus gabanes y sacado de sus zurrones algunos rústicos manjares, convidaron a Galatea y a sus compañeras a que con ellos comiesen. Acetaron ellas el convite; y, sentán­dose luego, desecharon la hambre, que por ser ya subido el día comenzaba a fatigarles. En estos y en algunos cuentos que, por entretener el tiempo, los pastores conta­ron, se llegó la hora acostumbrada de recogerse al aldea. Y luego Galatea y Florisa, dando vuelta a sus rebaños, los recogieron, y en compañía de Teolinda y de los otros pastores hacia el lugar poco a poco se encaminaron; y, al quebrar de la cuesta donde aquella mañana habían topa­do a Elicio, oyeron todos la zampoña del desamorado Lenio, el cual era un pastor en cuyo pecho el amor jamás pudo hacer morada, y desto vivía él tan alegre y satisfe­cho que, en cualquiera conversación y junta de pastores que se hallaba, no era otro su intento sino decir mal de amor y de los enamorados, y todos sus cantares a este fin se encaminaban. Y por esta tan estraña condición que te­nía, era de los pastores de todas aquellas comarcas cono­cido, y de unos aborrecido y de otros estimado. Galatea y los que allí venían se pararon a escuchar, por ver si Le­nio, como de costumbre tenía, alguna cosa cantaba. Y luego vieron que, dando su zampoña a otro compañero suyo, al son della comenzó a cantar lo que se sigue:

LENIO

Un vano, descuidado pensamiento,

una loca, altanera fantasía,

un no sé qué, que la memoria cría,

sin ser, sin calidad, sin fundamento;

una esperanza que se lleva el viento,

un dolor con renombre de alegría,

una noche confusa do no hay día,

un ciego error de nuestro entendimiento,

son las raíces proprias de do nasce

esta quimera antigua celebrada

que amor tiene por nombre en todo el suelo.

Y el alma qu’en amor cal se complace,

meresce ser del suelo desterrada,

y que no la recojan en el cielo.

A la sazón que Lenio cantaba lo que habéis oído, ha­bían ya llegado con sus rebaños Elicio y Erastro, en com­pañía del lastimado Lisandro; y, pareciéndole a Elicio que la lengua de Lenio en decir mal de amor a más de lo que era razón se estendía, quiso mostrarle a la clara su engaño; y, aprovechándose del mesmo concepto de los versos que él había cantado, al tiempo que ya llega­ban Galatea, Florisa y Teolinda y los demás pastores, al son de la zampoña de Erastro, comenzó a cantar desta manera:

ELICIO

Meresce quien en el suelo

en su pecho a amor no encierra

que lo desechen del cielo

y no le sufra la tierra.

Amor, que es virtud entera,

con otras muchas que alcanza,

de una en otra semejanza

sube a la causa primera.

Y meresce el que su celo

de tal amor le destierra,

que le desechen del cielo

y no le acoja la tierra.

Un bello rostro y figura,

aunque caduca y mortal,

es un traslado y señal

de la divina hermosura.

Y el que lo hermoso en el suelo

desama y echa por tierra,

desechado sea del cielo

y no le sufra la tierra.

Amor tomado en sí solo,

sin mezcla de otro accidente,

es al suelo conviniente,

como los rayos de Apolo.

Y el que tuviere recelo

de amor que tal bien encierra,

meresce no ver el cielo

y que le trague la tierra.

Bien se conoce que amor

está de mil bienes lleno,

pues hace del malo bueno

y del qu’es bueno, mejor.

Y así el que discrepa un pelo

en limpia amorosa guerra,

ni meresce ver el cielo,

ni sustentarse en la tierra.

El amor es infinito,

si se funda en ser honesto,

y aquel que se acaba presto,

no es amor sino apetito.

Y al que sin alzar el vuelo,

con su voluntad se cierra,

mátele rayo del cielo

y no le cubra la tierra.

No recibieron poco gusto los enamorados pastores de ver cuán bien Elicio su parte defendía, pero no por esto el desamorado Lenio dejó de estar firme en su opinión; antes, quería de nuevo volver a cantar y a mostrar en lo que cantase de cuán poco momento eran las razones de Elicio para escurecer la verdad tan clara que él a su parecer sustentaba. Mas el padre de Galatea, que Aurelio el Venerable se llamaba, le dijo:

-No te fatigues por agora, discreto Lenio, en querer­nos mostrar en tu canto lo que en tu corazón sientes, que el camino de aquí al aldea es breve, y me parece que es menester más tiempo del que piensas para defenderte de los muchos que tienen tu contrario parescer. Guarda tus razones para lugar más oportuno, que algún día te junta­rás tú y Elicio con otros pastores en la fuente de las Piza­rras o arroyo de las Palmas, donde con más comodidad y sosiego podáis argüir y aclarar vuestras diferentes opi­niones.

-La que Elicio tiene es opinion ~respondió Lenio-, que la mía no es sino sciencia averiguada, la cual en bre­ve o en largo tiempo, por traer ella consigo la verdad, me obligo a sustentarla; pero no faltará tiempo, como dices, más aparejado para este efecto.

-Ese procuraré yo -respondió Elicio-, porque me pe­sa que tan subido ingenio como el tuyo, amigo Lenio, le falte quien le pueda requintar y subir de punto, como es el limpio y verdadero amor, de quien te muestras tan ene­migo.

-Engañado estás, ¡oh Elicio! -replicó Lenio-, si pien­sas con afeitadas y sofísticas palabras hacerme mudar de lo que no me tendría por hombre si me mudase.

-Tan malo es -dijo Elicio- ser pertinaz en el mal, como bueno perseverar en el bien, y siempre he oído de­cir a mis mayores que de sabios es mudar consejo.

-No niego yo eso -respondió Lenio-, cuando yo en­tendiese que mi parecer no es justo, pero en tanto que la esperiencia y la razón no me mostraren el contrario de lo que hasta aquí me han mostrado, yo creo que mi opinión es tan verdadera cuanto la tuya falsa.

-Si se castigasen los herejes de amor -dijo a esta sa­zón Erastro-, desde agora comenzara yo, amigo Lenio, a cortar leña con que te abrasaran, por el mayor hereje y enemigo que el amor tiene.

-Y aun si yo no viera otra cosa del amor sino que tú, Erastro, le sigues, y eres del bando de los enamorados -respondió Lenio-, sola ella me bastara a renegar dél con cien mil lenguas, si cien mil lenguas tuviera.

-Pues, ¿parécete, Lenio -replicó Erastro-, que no soy bueno para enamorado?

-Antes me parece -respondió Lenio- que los que fue­ren de tu condición y entendimiento son proprios para ser ministros suyos; porque quien es cojo, con el más mínimo traspié da de ojos; y el que tiene poco discurso, poco ha menester para que le pierda del todo. Y los que siguen la bandera deste vuestro valeroso capitán, yo tengo para mí que no son los más sabios del mundo, y si lo han sido, en el punto que se enamoraron dejaron de serlo.

Grande fue el enojo que Erastro recibió de lo que Le­nio le dijo, y así le respondió:

-Paréceme, Lenio, que tus desvariadas razones me­rescen otro castigo que palabras, mas yo espero que al­gún día pagarás lo que agora has dicho, sin que te valga lo que en tu defensa dijeres.

-Si yo entendiese de ti, Erastro -respondió Lenio-, que fueses tan valiente como enamorado, no dejarían de darme temor tus amenazas; mas, como sé que te quedas tan atrás en lo uno como vas adelante en lo otro, antes me causan risa que espanto.

Aquí acabó de perder la paciencia Erastro, y si no fue­ra por Lisandro y por Elicio, que en medio se pusieron, él respondiera a Lenio con las manos, porque ya su len­gua, turbada con la cólera, apenas podía usar su oficio. Grande fue el gusto que todos recibieron de la graciosa pendencia de los pastores, y más de la cólera y enojo que Erastro mostraba, que fue menester que el padre de Ga­latea hiciese las amistades de Lenio y suyas; aunque Eras­tro, si no fuera por no perder el respecto al padre de su señora, en ninguna manera las hiciera. Luego que la cues­tión fue acabada, todos con regocijo se encaminaron al aldea; y, en tanto que llegaban, la hermosa Florisa, al son de la zampoña de Galatea, cantó este soneto:

FLORISA

Crezcan las simples ovejuelas mías

en el cerrado bosque y verde prado,

y el caluroso estío a invierno helado

abunde en yerbas verdes y aguas frias.

Pase en sueños las noches y los días,

en lo que toca al pastoral estado,

sin que de amor un mínimo cuidado

sienta, ni sus ancianas niñerías.

Éste mil bienes del amor pregona;

aquél publica dél vanos cuidados;

yo no sé si los dos andan perdidos,

ni sabré al vencedor dar la corona:

sé bien que son de amor los escogidos

tan pocos, cuanto muchos los llamados.

Breve se les hizo a los pastores el camino, engañados y entretenidos con la graciosa voz de Florisa, la cual no dejó el canto hasta que estuvieron bien cerca del aldea y de las cabañas de Elicio y Erastro, que con Lisandro se quedaron en ellas, despidiéndose primero del venerable Aurelio, de Galatea y Florisa, que con Teolinda al aldea se fueron, y los demás pastores cada cual adonde tenía su cabaña. Aquella mesma noche pidió el lastimado Lisan­dro licencia a Elicio para volverse a su tierra, o adonde pudiese, conforme a sus deseos, acabar lo poco que, a su parecer, le quedaba de vida. Elicio, con todas las razones que supo decirle y con infinitos ofrecimientos de verda­dera amistad que le ofreció, jamás pudo acabar con él que en su compañía, siquiera algunos días, se quedase. Y así, el sin ventura pastor, abrazando a Elicio, con abun­dantes lágrimas y sospiros se despidió dél, prometiendo de avisarle de su estado donde quiera que estuviese. Y, habiéndole acompañado Elicio hasta media legua de su cabaña, le tomó a abrazar estrechamente; y, tomándose a hacer de nuevo nuevos ofrecimientos, se apartaron, que­dando Elicio con harto pesar del que Lisandro llevaba. Y así, se volvió a su cabaña a pasar lo más de la noche en sus amorosas imaginaciones, y a esperar el venidero día para gozar el bien que de ver a Galatea se le causaba. La cual, después que llegó a su aldea, deseando saber el suceso de los amores de Teolinda, procuró hacer de manera que aquella noche estuviesen solas ella y Florisa y Teo­linda; y, hallando la comodidad que deseaba, la enamo­rada pastora prosiguió su cuento, como se verá en el se­gundo libro.

Fin del primero libro de Galatea

Segundo libro de Galatea

Libres ya y desembarazadas de lo que aquella noche con sus ganados habían de hacer, procuraron reco­gerse y apartarse con Teolinda en parte donde, sin ser de nadie impedidas, pudiesen oír to que del suceso de sus amores les faltaba. Y así, se fueron a un pequeño jardín que estaba en casa de Galatea; y, sentándose las tres de­bajo de una verde y pomposa parra que entricadamente por unas redes de palos se entretejía, tomando a repetir Teolinda algunas palabras de to que antes había dicho, prosiguió diciendo:

-«Después de acabado nuestro baile y el canto de Ar­tidoro -como ya os he dicho, bellas pastoras-, a todos nos pareció volvernos al aldea a hacer en el templo los solemnes sacrificios, y por parecemos asimesmo que la solemnidad de la fiesta daba en alguna manera licencia para [que], no teniendo cuenta tan a punto con el reco­gimiento, con más libertad nos holgásemos; y por esto, todos los pastores y pastoras, en montón confuso, alegre y regocijadamente al aldea nos volvimos, hablando cada uno con quien más gusto le daba. Ordenó, pues, la suerte y mi diligencia, y aun la solicitud de Artidoio, que sin mostrar artificio en ello, los dos nos apareamos, de ma­nera que a nuestro salvo pudiéramos hablar en aquel ca­mino más de lo que hablamos, si cada uno por sí no tu­viera respecto a lo que a sí mesmo y al otro debía. En fin, yo, por sacarle a barrera -como decirse suele-, le dije: “Años se te harán, Artidoro, los días que en nuestra aldea estuvieres, pues debes de tener en la tuya cosas en que ocuparte que lo deben de dar más gusto”. “Todo el que yo puedo esperar en mi vida trocara yo -respondió Arti­doro- porque fueran, no años, sino siglos, los días que aquí tengo de estar, pues, en acabándose, no espero tener otros que más contento me hagan”. “¿Tanto es el que rescibes -respondí yo- en mirar nuestras fiestas?” “No nasce de ahí -respondió él-, sino de contemplar la her­mosura de las pastoras desta vuestra aldea”. “¡Es verdad -repliqué yo-, que deben de faltar hermosas zagalas en la tuya!”. “Verdad es que allá no faltan -respondió él-, pero aquí sobran, de manera que una sola que yo he vis­to, basta para que, en su comparación, las de allá se ten­gan por feas”. “Tu cortesía te hace decir eso, ¡oh Artido­ro! -respondí yo-, porque bien sé que en este pueblo no hay ninguna que tanto se aventaje como dices”. “Mejor sé yo ser verdad lo que digo -respondió él-, pues he visto la una y mirado las otras”. “Quizá la miraste de lejos, y la distancia del lugar -dije yo- te hizo parecer otra cosa de lo que debe de ser”. “De la mesma manera -res­pondió él- que a ti te veo y estoy mirando agora, la he mirado y visto a ella; y yo me holgaría de haberme enga­ñado, si no conforma su condición con su hermosura”. “No me pesara a mí ser la que dices, por el gusto que de­be sentir la que se vee pregonada y tenida por hermosa”. “Harto más -respondió Artidoro- quisiera yo que tú no fueras”. “Pues, ¿qué perdieras tú -respondí yo- si, co­mo yo no soy la que dices, lo fuera?” “Lo que he ganado -respondió él- bien lo sé; de lo que he de perder estoy incierto y temeroso”. “Bien sabes hacer del enamorado -dije yo-, ¡oh Artidoro!” “Mejor sabes tú enamorar, ¡oh Teolinda!”, respondió él. A esto le dije: “No sé si te diga, Artidoro, que deseo que ninguno de los dos sea el en­gañado”. A lo que él respondió: “De que yo no me en­gaño estoy bien seguro, y de querer tú desengañarte, está en tu mano, todas las veces que quisieres hacer ex­periencia de la limpia voluntad que tengo de servirte”. “Ésa te pagaré yo con la mesma -repliqué yo-, por pare­cerme que no sería bien a tan poca costa quedar en deuda con alguno”.

» A esta sazón, sin que él tuviese lugar de responder­me, llegó Eleuco, el mayoral, y dijo con voz alta: “¡Ea, gallardos pastores y hermosas pastoras!, haced que sien­tan en el aldea vuestra venida, entonando vosotras, za­galas, algún villancico, de modo que nosotros os respon­damos; porque vean los del pueblo cuánto hacemos al caso los que aquí vamos para alegrar nuestra fiesta”. Y porque en ninguna cosa que Eleuco mandaba dejaba de ser obedecido, luego los pastores me dieron a mí la mano para que comenzase. Y así, yo, sirviéndome de la oca­sión y aprovechándome de lo que con Artidoro había pa­sado, di principio a este villancico:

En los estados de amor,

nadie llega a ser perfecto,

sino el honesto y secreto.

Para llegar al süave

gusto de amor, si se acierta,

es el secreto la puerta,

y la honestidad la llave.

Y está entrada no la sabe

quien presume de discreto,

sino el honestó y secreto.

Amar humana beldad

suele ser reprehendido,

si tal amor no es medido

con razón y honestidad.

Y amor de tal calidad

luego le alcanza, en efecto

el qu’es honesto y secreto.

Es ya caso averiguado,

que no se puede negar,

que a veces pierde el hablar

lo qu’el callar ha ganado.

Y el que fuere enamorado,

jamás se verá en aprieto

si fuere honesto y secreto

Cuanto una parlera lengua

y unos atrevidos ojos

suelen causar mil enojos

y poner al alma en mengua,

tanto este dolor desmengua

y se libra deste aprieto

el qu’es honesto y secreto.

»No sé si acerté, hermosas pastoras, en cantar lo que habéis oído, pero sé bien que se supo aprovechar dello Artidoro, pues, en todo el tiempo que en nuestra aldea estuvo, puesto que me habló muchas veces, fue con tanto recato, secreto y honestidad, que los ociosos ojos y len­guas parleras ni tuvieron ni vieron que decir cosa que a nuestra honra perjudicase. Mas con el temor que yo tenía que, acabado el término que Artidoro había prometido de estar en nuestra aldea, se había de ir a la suya, procuré, aunque a costa de mi vergüenza, que no quedase mi co­razón con lástima de haber callado lo que después fuera escusado decirse estando Artidoro ausente. Y así, des­pués que mis ojos dieron licencia que los suyos amoro­samente me mirasen, no estuvieron quedas las lenguas, ni dejaron de mostrar con palabras lo que hasta entonces por señas los ojos habían bien claramente manifestado.

» En fin, sabréis, amigas mías, que un día, hallándome acaso sola con Artidoro, con señales de un encendido amor y comedimiento, me descubrió el verdadero y ho­nesto amor que me tenía; y, aunque yo quisiera entonces hacer de la retirada y melindrosa, porque temía, como ya os he dicho, que él se partiese, no quise desdeñarle ni despedirle; y también por parecerme que los sinsabores que se dan y sienten en el principio de los amores son causa de que abandonen y dejen la comenzada empresa los que en sus sucesos no son muy experimentados. Y por esto le di respuesta tal cual yo deseaba dársela, que­dando, en resolución, concertados en que él se fuese a su aldea, y que, de allí a pocos días, con alguna honrosa ter­cería me enviase a pedir por esposa a mis padres; de lo que él fue tan contento y satisfecho, que no acababa de llamar venturoso el día en que sus ojos me miraron. De mí os sé decir que no trocara mi contento por ningún otro que imaginar pudiera, por estar segura que el valor y ca­lidad de Artidoro era tal, que mi padre sería contento de recebirle por yerno.

»En el dichoso punto que habéis oído, pastoras, estaba el de nuestros amores, que no quedaban sino dos o tres días a la partida de Artidoro, cuando la Fortuna, como aquella que jamás tuvo término en sus cosas, ordenó que una hermana mía de poco menos edad que yo a nuestra aldea tornase, de otra donde algunos días había estado en casa de una tía nuestra que mal dispuesta se hallaba. Y porque consideréis, señoras, cuán estraños y no pensados casos en el mundo suceden, quiero que entendáis una co­sa que creo no os dejará de causar alguna admiración es­traña; y es que esta hermana mía que os he dicho, que hasta entonces había estado ausente, me parece tanto en el rostro, estatura, donaire y brío, si alguno tengo, que no sólo los de nuestro lugar, sino nuestros mismos padres muchas veces nos han desconocido, y a la una por la otra hablado; de manera que, para no caer en este engaño, por la diferencia de los vestidos, que diferentes eran, nos di­ferenciaban. En una cosa sola, a lo que yo creo, nos hizo bien diferentes la naturaleza, que fue en las condiciones, por ser la de mi hermana más áspera de lo que mi con­tento había menester, pues por ser ella menos piadosa que advertida, tendré yo que llorar todo el tiempo que la vida me durare.

»Sucedió, pues, que luego que mi hermana vino al al­dea, con el deseo que tenía de volver al agradable pasto­ral ejercicio suyo, madrugó luego otro día más de lo que yo quisiera, y con las ovejas proprias que yo solía llevar se fue al prado; y, aunque yo quise seguirla, por el con­tento que se me seguía de la vista de mi Artidoro, con no sé qué ocasión, mi padre me detuvo todo aquel día en ca­sa, que fue el último de mis alegrías. Porque aquella no­che, habiendo mi hermana recogido su ganado, me dijo, como en secreto, que tenía necesidad de decirme una co­sa que mucho me importaba. Yo, que cualquiera otra pu­diera pensar de la que me dijo, procuré que presto a solas nos viésemos, adonde ella, con rostro algo alterado, es­tando yo colgada de sus palabras, me comenzó a decir: “No sé, hermana mía, lo que piense de tu honestidad, ni menos sé si calle lo que no puedo dejar de decirte, por ver si me das alguna disculpa de la culpa que imagino que tienes; y, aunque yo, como hermana menor, estaba obligada a hablarte con más respecto, debes perdonarme, porque en lo que hoy he visto hallarás la disculpa de lo que te dijere”. Cuando yo desta manera la oí hablar, no sabía qué responderle, sino decirle que pasase adelante con su plática. “Has de saber, hermana -siguió ella-, que esta mañana, saliendo con nuestras ovejas al prado, y yendo sola con ellas por la ribera de nuestro fresco Hena­res, al pasar por el alameda del Concejo, salió a mí un pastor que con verdad osaré jurar que jamás le he visto en estos nuestros contornos, y, con una estraña desen­voltura, me comenzó a hacer tan amorosas salutaciones que yo estaba con vergüenza y confusa, sin saber qué responderle; y él, no escarmentado del enojo que, a lo que yo creo, en mi rostro mostraba, se llegó a mí dicién­dome: ‘¿Qué silencio es éste, hermosa Teolinda, último refugio de esta ánima que os adora?’. Y faltó poco que no me tomó las manos para besármelas, añadiendo a lo que he dicho un catálogo de requiebros, que parecía que los traía estudiados. Luego di yo en la cuenta, conside­rando que él daba en el error en que otros muchos han dado, y que pensaba que con vos estaba hablando, de donde me nació sospecha que si vos, hermana, jamás le hubiérades visto, ni familiarmente tratado, no fuera posi­ble tener el atrevimiento de hablaros de aquella manera. De lo cual tomé tanto enojo, que apenas podía formar palabra para responderle; pero al fin respondí de la suerte que su atrevimiento merescía, y cual a mí me pareció que estábades vos, hermana, obligada a responder a quien con tanta libertad os hablara. Y si no fuera porque en aquel instante llegó la pastora Licea, yo le añadiera tales razones, que fuera bien arrepentido de haberme dicho las suyas. Y es lo bueno, que nunca le quise decir el engaño en que estaba, sino que así creyó él que yo era Teolinda como si con vos mesma estuviera hablando. En fin, él se fue llamándome ingrata, desagradecida y de poco cono­cimiento; y, a lo que yo puedo juzgar del semblante que él llevaba, a fe, hermana, que otra vez no ose hablaros, aunque más sola os encuentre. Lo que deseo saber es quién es este pastor y qué conversación ha sido la de entrambos, de do nasce que con tanta desenvoltura él se atreviese a hablaros”.

»A vuestra mucha discreción dejo, discretas pastoras, lo que mi alma sintiría, oyendo lo que mi hermana me contaba. Pero al fin, disimulando lo mejor que pude, le dije: “La mayor merced del mundo me has hecho, her­mana Leonarda -que así se llama la turbadora de mi des­canso-, en haberme quitado con tus ásperas razones el fastidio y desasosiego que me daban las importunas de ese pastor que dices, el cual es un forastero que habrá ocho días que está en esta nuestra aldea, en cuyo pensa­miento ha cabido tanta arrogancia y locura que, doquiera que me vee, me trata de la manera que has visto, dándose a entender que tiene granjeada mi voluntad; y, aunque yo le he desengañado, quizá con más ásperas palabras de las que tú le dijiste, no por eso deja él de proseguir en su va­no propósito; y a fe, hermana, que deseo que venga ya el nuevo día, para ir a decirle que si no se aparta de su va­nidad, que espere el fin della que mis palabras siempre le han significado”. Y así era la verdad, dulces amigas, que diera yo porque ya fuera el alba cuanto pedírseme pudiera, sólo por ir a ver a mi Artidoro y desengañarle del error en que había caído, temerosa que con la aceda y desabrida respuesta que mi hermana le había dado, él no se desdeñase y hiciese alguna cosa que en perjuicio de nuestro concierto viniese.

»Las largas noches del escabroso deciembre no dieron más pesadumbre al amante que del venidero día algún contento esperase, cuanto a mí me dio disgusto aquella, puesto que era de las cortas del verano, según deseaba la nueva luz, para ir a ver a la luz por quien mis ojos veían. Y así, antes que las estrellas perdiesen del todo la clari­dad, estando aún en duda si era de noche o de día, forza­da de mi deseo, con la ocasión de ir a apacentar las ove­jas, salí del aldea; y, dando más priesa al ganado de la acostumbrada para que caminase, llegué al lugar adonde otras veces solía hallar a Artidoro, el cual hallé solo y sin ninguno que dél noticia me diese, de que no pocos saltos me dio el corazón, que casi adevinó el mal que le estaba guardado. ¡Cuántas veces, viendo que no le hallaba, gui­se con mi voz herir el aire, llamando el amado nombre de mi Artidoro, y decir: “¡Ven, bien mío, que yo soy la ver­dadera Teolinda, que más que a sí te quiere y ama!”, sino que el temor que de otro que dél fuesen mis palabras oí­das, me hizo tener más silencio del que quisiera. Y así, después que hube rodeado una y otra vez coda la ribera y el soto del manso Henares, me senté cansada al pie de un verde sauce, esperando que del todo el claro sol sus ra­yos por la faz de la tierra estendiese, para que con su cla­ridad no quedase mata, cueva, espesura, choza ni cabaña que de mí mi bien no fuese buscado. Mas, apenas había dado la nueva luz lugar para discernir las colores, cuandol uego se me ofreció a los ojos un cortecido álamo blanco, que delante de mí estaba, en el cual y en otros muchos vi escritas unas letras, que luego conocí ser de la mano de Artidoro allí fijadas; y, levantándome con priesa a ver to que decían, vi, hermosas pastoras, que era esto:

Pastora en quien la belleza

en tanto estremo se halla,

que no hay a quien comparalla

sino a tu mesma crüeza.

Mi firmeza y tu mudanza

han sembrado a mano llena

tus promesas en la arena

y en el viento mi esperanza.

Nunca imaginara yo

que cupiera en lo que vi,

tras un dulce alegre sí,

tan amargo y triste no.

Mas yo no fuera engañado

si pusiera en mi ventura,

así como en tu hermosura,

los ojos que te han mirado.

Pues cuanto tu gracia estraña

promete, alegra y concierta,

tanto turba y desconcierta

mi desdicha, y enmaraña.

Unos ojos me engañaron,

al parecer pïadosos.

¡Ay, ojos falsos, hermosos!,

los que os ven, ¿en qué pecaron?

Dime, pastora crüel:

¿a quién no podrá engañar

tu sabio honesto mirar

y tus palabras de miel?

De mí ya está conoscido

que, con menos que hicieras,

días ha que me tuvieras

preso, engañado y rendido.

Las letras que fijaré

en esta áspera corteza

crecerán con más firmeza

que no ha crecido tu fe;

la cual pusiste en la boca

y en vanos prometimientos,

no firme al mar y a los vientos,

como bien fundada roca.

Tan terrible y rigurosa

como víborá pisada,

tan crüel como agraciada,

tan falsa como hermosa;

lo que manda tu crueldad

cumpliré sin más rodeo,

pues nunca fue mi deseo

contrario a tu voluntad.

Yo moriré desterrado

porque tú vivas contenta,

mas mira que amor no sienta

del modo que me has tratado;

porque, en la amorosa danza,

aunque amor ponga estrecheza,

sobre el compás de firmeza

no se sufre hacer mudanza.

Así como en la belleza

pasas cualquiera mujer,

creí yo que en el querer

fueras de mayor firmeza;

mas ya sé, por mi pasión,

que quiso pintar natura

un ángel en tu figura,

y el tiempo en tu condición.

Si quieres saber dó voy

y el fin de mi triste vida,

la sangre por mí vertida

te llevará donde estoy;

y, aunque nada no te cale

de nuestro amor y concierto,

no niegues al cuerpo muerto

el triste y último vale;

que bien serás rigurosa,

y más que un diamante dura,

si el cuerpo y la sepultura

no te vuelven piadosa.

Y en caso tan desdichado

tendré por dulce partido,

si fui vivo aborrecido,

ser muerto y por ti llorado.

»¿Qué palabras serán bastantes, pastoras, para daros a entender el estremo de dolor que ocupó mi corazón cuando claramente entendí que los versos que había leído eran de mi querido Artidoro? Mas no hay para qué enca­rescérosle, pues no llegó al punto que era menester para acabarme la vida, la cual, desde entonces acá tengo tan aborrecida, que no sentiría ni me podría venir mayor gus­to que perderla. Los sospiros que entonces di, las lágri­mas que derramé, las lástimas que hice, fueron tantas y tales, que ninguno me oyera que por loca no me juz­gara.

»En fin, yo quedé tal que, sin acordarme de lo que a mi honra debía, propuse de desamparar la cara patria, amados padres y queridos hermanos, y dejar con la guar­dia de sí mesmo al simple ganado mío. Y, sin entreme­terme en otras cuentas, mas de en aquellas que para mi gusto entendí ser necesarias, aquella mesma mañana, abrazando mil veces la corteza donde las manos de mi Artidoro habían llegado, me partí de aquel lugar con in­tención de venir a estas riberas, donde sé que Artidoro tiene y hace su habitación, por ver si ha sido tan inconsi­derado y cruel consigo que haya puesto en ejecución lo que en los últimos versos dejó escripto; que si así fuese, desde aquí os prometo, amigas mías, que no sea menor el deseo y presteza con que le siga en la muerte, que ha si­do la voluntad con que le he amado en la vida. Mas, ¡ay de mí!, y cómo creo que no hay sospecha que en mi daño sea que no salga verdadera!, pues ha ya nueve días que a estas frescas riberas he llegado, y en todos ellos no he sabido nuevas de lo que deseo; y quiera Dios que cuando las sepa, no sean las últimas que sospecho.» Veis aquí, discretas zagalas, el lamentable suceso de mi enamorada vida. Ya os he dicho quién soy y lo que busco; si algunas nuevas sabéis de mi contento, así la fortuna os conceda el mayor que deseáis, que no me las neguéis.

Con tantas lágrimas acompañaba la enamorada pas­tora las palabras que decía, que bien tuviera corazón de acero quien dellas no se doliera. Galatea y Florisa, que naturalmente eran de condición piadosa, no pudieron de­tener las suyas, ni menos dejaron, con las más blandas y eficaces razones que pudieron, de consolarla, dándole por consejo que se estuviese algunos días en su compa­ñía; quizá haría la fortuna que en ellos algunas nuevas de Artidoro supiese; pues no permitiría el cielo que, por tan estraño engaño, acabase un pastor tan discreto como ella le pintaba el curso de sus verdes años; y que podría ser que Artidoro, habiendo con el discurso del tiempo vuelto a mejor discurso y propósito su pensamiento, volviese a ver la deseada patria y dulces amigos; y que por esto, allí mejor que en otra parte podía tener esperanza de hallarle. Con estas y otras razones, la pastora, algo consolada, hol­gó de quedarse con ellas, agradeciéndoles la merced que le hacían y el deseo que mostraban de procurar su con­tento. A esta sazón, la serena noche, aguijando por el cielo el estrellado carro, daba señal que el nuevo día se acercaba; y las pastoras, con el deseo y necesidad de re­poso, se levantaron y del fresco jardín a sus estancias se fueron. Mas, apenas el claro sol había con sus calientes rayos deshecho y consumido la cerrada niebla que en las frescas mañanas por el aire suele estenderse, cuando las tres pastoras, dejando los ociosos lechos, al usado ejerci­cio de apascentar su ganado se volvieron, con harto dife­rentes pensamientos Galatea y Florisa del que la hermosa Teolinda llevaba, la cual iba tan triste y pensativa que era maravilla. Y a esta causa, Galatea, por ver si podría en algo divertirla, le rogó que, puesta aparte un poco la me­lancolía, fuese servida de cantar algunos versos al son de la zampoña de Florisa. A esto respondió Teolinda:

-Si la mucha causa que tengo de llorar, con la poca que de cantar tengo, entendiera que en algo se mengua­ra, bien pudieras, hermosa Galatea, perdonarme porque no hiciera to que me mandas; pero, por saber ya por experiencia que lo que mi lengua cantando pronuncia mi corazón llorando lo solemniza, haré lo que quieres, pues en ello, sin ir contra mi deseo, satisfaré el tuyo.

Y luego la pastora Florisa tocó su zampoña, a cuyo son Teolinda cantó este soneto:

TEOLINDA

Sabido he por mi mal adónde llega

la cruda fuerza de un notorio engaño,

y cómo amor procura, con mi daño,

darme la vida qu’el temor me niega.

Mi alma de las carnes se despega,

siguiendo aquella que, por hado estraño,

la tiene puesta en pena, en mal tamaño,

qu’el bien la turba y el dolor sosiega.

Si vivo, vivo en fe de la esperanza,

que, aunque es pequeña y débil, se sustenta

siendo a la fuerza de mi amor asida.

¡Oh firme comenzar, frágil mudanza,

amarga suma de una dulce cuenta,

cómo acabáis por términos la vida!

No había bien acabado de cantar Teolinda el soneto que habéis oído, cuando las tres pastoras sintieron a su mano derecha, por la ladera de un fresco valle, el son de una zampoña, cuya suavidad era de suerte que todas se suspendieron y pararon, para con más atención gozar de la suave armonía. Y de allí a poco oyeron que al son de la zampoña el de un pequeño rabel se acordaba, con tanta gracia y destreza que las dos pastoras Galatea y Flo­risa estaban suspensas, imaginando qué pastores podrían ser los que tan acordadamente sonaban, porque bien vie­ron que ninguno de los que ellas conocían, si Elicio no, era en la música tan diestro. A esta sazón, dijo Teolinda:

-Si los oídos no me engañan, hermosas pastoras, yo creo que tenéis hoy en vuestras riberas a los dos nombra­dos y famosos pastores Tirsi y Damón, naturales de mi patria; a lo menos Tirsi, que en la famosa Compluto, vi­lla fundada en las riberas de nuestro Henares, fue nacido. Y Damón, su íntimo y perfecto amigo, si no estoy mal informada, de las montañas de León trae su origen, y en la nombrada Mantua Carpentanea fue criado: tan aven­tajados los dos en todo género de discreción, sciencia y loables ejercicios, que no sólo en el circuito de nuestra comarca son conocidos, pero por todo el de la tierra co­nocidos y estimados. Y no penséis, pastoras, que el inge­nio destos dos pastores sólo se estiende en saber lo que al pastoral estado se conviene, porque pasa tan adelante que lo escondido del cielo y lo no sabido de la tierra, por términos y modos concertados, enseñan y disputan. Y estoy confusa en pensar qué causa les habrá movido a dejar Tirsi su dulce y querida Fili, y Damón su hermo­sa y honesta Amarili: Fili de Tirsi, Amarili de Damón, tan amadas, que no hay en nuestra aldea, ni en los con­tornos della, persona, ni en la campaña, bosque, prado, fuente o río, que de sus encendidos y honestos amores no tengan entera noticia.

-Deja por agora, Teolinda -dijo Florisa-, de alabar­nos estos pastores, que más nos importa escuchar lo que vienen cantando, pues no menor gracia me parece que tienen en la voz que en la música de los instru­mentos.

-Pues ¿qué diréis -replicó Teolinda- cuando veáis que a todo eso sobrepuja la excelencia de su poesía, la cual es de manera que al uno ya le ha dado renombre de “divino” y al otro de “más que humano”?

Estando en estas razones las pastoras, vieron que por la ladera del valle por donde ellas mesmas iban, se des­cubrían dos pastores de gallarda dispusición y estremado brío, de poca más edad el uno que el otro; tan bien vesti­dos, aunque pastorilmente, que más parescían en su talle y apostura bizarros cortesanos que serranos ganaderos. Traía cada uno un bien tallado pellico de blanca y finísi­ma lana, guamecidos de leonado y pardo, colores a quien más sus pastoras eran aficionadas; pendían de sus hom­bros sendos zurrones, no menos vistosos y adomados que los pellicos; venían de verde laurel y fresca yerba co­ronados, con los retorcidos cayados debajo del brazo puestos. No traían compañía alguna, y tan embebecidos en su música venían, que estuvieron gran espacio sin ver a las pastoras, que por la mesma ladera iban caminando, no poco admiradas del gentil donaire y gracia de los pastores; los cuales, con concertadas voces, comen­zando el uno y replicando el otro, esto que se sigue can­taban:

DAMÓN TIRSI

DAMÓN

Tirsi, qu’e1 solitario cuerpo alejas,

con atrevido paso, aunque forzoso,

de aquella luz con quien el alma dejas:

¿cómo en son no to dueles doloroso,

pues hay tanta razón para quejarte

del fiero turbador de to reposo?

TIRSI

Damón, si el cuerpo miserable parte

sin la mitad del alma en la partida,

dejando della la más alta parte,

¿de qué virtud o ser será movida

mi lengua, que por muerta ya la cuento,

pues con el alma se quedó la vida?

Y, aunque muestro que veo, oigo y siento,

fantasma soy por el amor formada,

que con sola esperanza me sustento.

DAMÓN

¡Oh Tirsi venturoso, y qué invidiada

es tu suerte de mí con causa justa,

por ser de las de amor más estremada!

A ti sola la ausencia te disgusta,

y tienes el arrimo de esperanza

con quien el alma en sus desdichas gusta.

Pero, ¡ay de mi!, que adonde voy me alcanza

la fría mano del temor esquiva

y del desdén la rigurosa lanza.

Ten la vida por muerta, aunque más viva

se te muestre, pastor; que es cual la vela,

que cuando muere, más su luz aviva.

Ni con el tiempo que ligero vuela,

ni con los medios que el ausencia ofrece,

mi alma fatigada se consuela.

TIRSI

El firme y puro amor jamás descrece

en el discurso de la ausencia amarga;

antes en fe de la memoria crece.

Así que, en el ausencia, corta o larga,

no vee remedio el amador perfecto

de dar alivio a la amorosa carga.

Que la memoria puesta en el objecto

que amor puso en el alma, representa

la amada imagen viva al intelecto.

Y allí en blando silencio le da cuenta

de su bien o su mal, según la mira

amorosa, o de amor libre y esenta.

Y si ves que mi alma no sospira,

es porque veo a Fili acá en mi pecho,

de modo que a cantar me llama y tira.

DAMÓN

Si en el hermoso rostro algún despecho

vieras de Fili, cuando te partiste

del bien que así te tiene satisfecho,

yo sé, discreto Tirsi, que tan triste

vinieras como yo cuitado vengo,

que vi al contrario de tu que tú viste.

TIRSI

Damón, con lo que he dicho me entretengo,

y el estremo del mal de ausencia tiemplo,

y alegre voy, si voy, si quedo o vengo.

Que aquella que nasció por vivo ejemplo

de la inmortal belleza acá en el suelo,

digna de mármol, de corona y templo,

con su rara virtud y honesto celo

así los ojos codiciosos ciega,

que de ningún contrario me recelo.

La estrecha sujeción que no le niega

mi alma al alma suya, el alto intento,

que sólo en la adorar para y sosiega,

el tener deste amor conocimiento

Fili, y corresponder a fe tan pura,

destierran el dolor, traen el contento.

DAMÓN

¡Dichoso Tirsi, Tirsi con ventura,

de la cual goces siglos prolongados

en amoroso gusto, en paz segura!

Yo, a quien los cortos implacables hados

trujeron a un estado tan incierto,

pobre en el merecer, rico en cuidados,

bien es que muera; pues, estando muerto,

no temeré a Amarili rigurosa,

ni del ingrato amor el desconcierto.

¡Oh más que el cielo, oh más que el sol hermosa,

y para mí más dura que un diamante,

presta a mi mal y al bien muy perezosa!

¿Cuál ábrego, cuál cierzo, cuál levante

te sopló de aspereza, que así ordenas

que huiga el paso y no te esté delante?

Yo moriré, pastora, en las ajenas

tierras, pues tú lo mandas, condemnado

a hierros, muertes, yugos y cadenas.

TIRSI

Pues con tantas ventajas te ha dotado,

Damón amigo, el pïadoso cielo

de un ingenio tan vivo y levantado,

tiempla con él el llanto, tiempla el duelo,

considerando bien que no contino

nos quema el sol ni nos enfría el yelo.

Quiero decir, que no sigue un camino

siempre con pasos llanos reposados

para darnos el bien nuestro destino;

que alguna vez, por trances no pensados,

lejos, al parecer, de gusto y gloria,

nos lleva a mil contentos regalados.

Revuelve, dulce amigo, la memoria

por los honestos gustos que algún tiempo

amor te dio por prendas de victoria;

y si es posible, busca un pasatiempo

que al alma engañe, en tanto que se pasa

este desamorado airado tiempo.

DAMON

Al yelo que por términos me abrasa,

y al fuego que sin término me yela,

¿quién le pondrá, pastor, término o tasa?

En vano cansa, en vano se desvela

el desfavorecido que procura

a su gusto collar de amor la tela,

que si sobra en amor, falta en ventura.

Aquí cesó el estremado canto de los agraciados pasto­res, pero no el gusto que las pastoras habían recebido en escucharle; antes quisieran que tan presto no se acabara, por ser de aquellos que no todas veces suelen oírse. A esta sazón, los dos gallardos pastores encaminaban sus pasos hacia donde las pastoras estaban, de que pesó a Teolinda, porque temió ser dellos conocida; y por esta causa rogó a Galatea que de aquel lugar se desviasen. Ella lo hizo, y ellos pasaron, y, al pasar, oyó Galatea que Tirsi a Damón decía:

-Estas riberas, amigo Damón, son en las que la her­mosa Galatea apascienta su ganado, y adonde trae el su­yo el enamorado Elicio, íntimo y particular amigo tuyo, a quien dé la ventura tal suceso en sus amores, cuanto me­rescen sus honestos y buenos deseos. Yo ha muchos días que no sé en qué términos le trae su suerte; pero, según he oído decir de la recatada condición de la discreta Ga­latea, por quien él muere, temo que más aína debe de es­tar quejoso que satisfecho.

-No me maravillaría yo deso -respondió Damón-, porque con cuantas gracias y particulares dones que el cielo enriqueció a Galatea, al fin fin la hizo mujer, en cuyo frágil subjeto no se halla todas veces el conoci­miento que se debe, y el que ha menester el que por ellas lo menos que aventura es la vida. Lo que yo he oído de­cir de los amores de Elicio, es que él adora a Galatea sin salir del término que a su honestidad se debe, y que la discreción de Galatea es tanta, que no da muestras de querer ni de aborrecer a Elicio. Y así, debe de andar el desdichado subjeto a mil contrarios accidentes, esperan­do en el tiempo y la fortuna, medios harto perdidos, que le alarguen o acorten la vida, de los cuales está más cierto el acortarla que el entretenerla.

Hasta aquí pudo oír Galatea de lo que della y de Eli­cio los pastores tratando iban, de que no recibió poco contento, por entender que lo que la fama de sus cosas publicaba era lo que a su limpia intención se debía. Y, desde aquel punto, determinó de no hacer por Elicio cosa que diese ocasión a que la fama no saliese verdadera en lo que de sus pensamientos publicaba. A este tiempo, los dos bizarros pastores, con vagarosos pasos, poco a poco hacia el aldea se encaminaban, con deseo de hallarse a las bolos del venturoso pastor Daranio, que con Silveria “de los verdes ojos” se casaba. Y ésta fue una de las causas por que ellos habían dejado sus rebaños y al lugar de Galatea se venían. Pero, ya que les faltaba poco del ca­mino, a la mano derecha dél sintieron el son de un rabel que acordada y suavemente sonaba; y parándose Damón, trabó a Tirsi del brazo, diciéndole:

-Espera y escucha un poco, Tirsi, que si los oídos no me mienten, el son que a ellos llega es del rabel de mi buen amigo Elicio, a quien dio naturaleza tanta gracia en muchas y diversas habilidades, cuanto las oirás si le es­cuchas y conocerás si le tratas.

-No creas, Damón -respondió Tirsi-, que hasta agora estoy por conocer las buenas partes de Elicio, que días ha que la fama me las tiene bien manifiestas. Pero calla ago­ra, y escuchemos si canta alguna cosa que del estado de su vida nos dé algún manifiesto indicio.

-Bien dices -replicó Damón-, mas será menester, pa­ra que mejor le oigamos, que nos lleguemos por entre estas ramas, de modo que, sin ser vistos dél, de más cer­ca le escuchemos.

Hiciéronlo ansí, y pusiéronse en parte tan buena que ninguna palabra que Elicio dijo o cantó dejó de ser de ellos oída, y aun notada. Estaba Elicio en compañía de su amigo Erastro, de quien pocas veces se apartaba por el entretenimiento y gusto que de su buena conversación recibía, y todos o los más ratos del día en cantar y tañer se les pasaba. Y, a este punto, tocando su rabel Elicio y su zampoña Erastro, a estos versos dio principio Elicio:

ELICIO

Rendido a un amoroso pensamiento,

con mi dolor contento,

sin esperar más gloria,

sigo la que persigue mi memoria,

porque contino en ella se presenta

de los lazos de amor libre y esenta.

Con los ojos del alma aun no es posible

ver el rostro apacible

de la enemiga mía,

gloria y honor de cuanto el cielo cría;

y los del cuerpo quedan, sólo en vella,

ciegos por haber visto el sol en ella.

¡Oh dura servidumbre, aunque gustosa!

¡Oh mano poderosa

de Amor, que así pudiste

quitarme, ingrato, el bien que prometiste

de hacerme, cuando libre me burlaba

de ti, del arco tuyo y de to aljaba!

¡Cuánta beIleza, cuánta blanca mano

me mostraste, tirano!

¡Cuánto te fatigaste

primero que a mi cuello el lazo echaste!

Y aun quedaras vencido en la pelea,

si no hubiera en el mundo Galatea.

Ella fue sola la que sola pudo

rendir el golpe crudo

el corazón esento,

y avasallar el libre pensamiento,

el cual, si a su querer no se rindiera,

por de mármol o acero le tuviera.

¿Qué libertad puede mostrar su fuero

ante el rostro severo,

y más quel sol hermoso,

de la que turba y cansa mi reposo?

¡Ay rostro, que en el suelo

descubres cuanto bien encierra el cielo!

¿Cómo pudo juntar naturaleza

tal rigor y aspereza

con tanta hermosura,

tanto valor y condición tan dura?

Mas mi dicha consiente

en mi daño juntar lo diferente.

Esle tan fácil a mi coma suerte

ver con la amarga muerte

junta la dulce vida,

y estar su mal a do su bien se anida,

que entre contrarios veo

que mengua la esperanza y no el deseo.

No cantó más el enamorado pastor, ni quisieron más detenerse Tirsi y Damón; antes, haciendo de sí gallarda e improvisa muestra, hacia donde estaba Elicio se fueron; el cual, como los vio, conociendo a su amigo Damón, con increíble alegría le salió a rescebir, diciéndole:

-¿Qué ventura ha ordenado, discreto Damón, que la des tan buena con tu presencia a estas riberas, que gran­des tiempos ha que te desean?

-No puede ser sino buena -respondió Damón-, pues me ha traído a verte, ¡oh Elicio!, cosa que yo estimo en tanto, cuanto es el deseo que dello tenía, y la larga au­sencia y la amistad que te tengo me obligaba. Pero si por alguna cosa puedes decir lo que has dicho, es porque tie­nes delante al famoso Tirsi, gloria y honor del castellano suelo.

Cuando Elicio oyó decir que aquél era Tirsi, dél so­lamente por fama conocido, rescibiéndole con mucha cortesía, le dijo:

-Bien conforma tu agradable semblante, nombrado Tirsi, con to que de tu valor y discreción en las cercanas y apartadas tierras la parlera fama pregona. Y así, a mí, a quien tus escriptos han admirado a inclinado a desear co­nocerte y servirte, puedes, de hoy más, tener y tratar co­mo verdadero amigo.

-Es tan conocido lo que yo gano en eso -respondió Tirsi-, que en vano pregonaría la fama lo que la afición que me tienes te hace decir que de mí pregona, si no co­nociese la merced que me haces en querer ponerme en el número de tus amigos; y, porque entre los que lo son las palabras de comedimiento han de ser escusadas, cesen las nuestras en este caso, y den las obras testimonio de nuestras voluntades.

-La mía será contino de servirte -replicó Elicio-, co­mo lo verás, ¡oh Tirsi!, si el tiempo o la fortuna me po­nen en estado que valga algo para ello; porque el que agora tengo, puesto que no le trocaría con otro de mayores ventajas, es tal, que apenas me deja con libertad de ofrecer el deseo.

-Tiniendo como tienes el tuyo en lugar tan alto -dijo Damón-, por locura tendría procurar bajarle a cosa que menos fuese. Y así, amigo Elicio, no digas mal del esta­do en que te hallas, porque yo te prometo que, cuando se comparase con el mío, hallaría yo ocasión de tenerte más envidia que lástima.

-Bien parece, Damón -dijo Elicio-, que ha muchos días que faltas destas riberas, pues no sabes lo que en ellas amor me hace sentir; y si esto no es, no debes cono­cer ni tener experiencia de la condición de Galatea; que si della tuvieses noticia, trocarías en lástima la envidia que de mi tendrías.

-Quien ha gustado de la condición de Amarli, ¿qué cosa nueva puede esperar de la de Galatea? -respondió Damón.

-Si la estada tuya en estas riberas -replicó Elicio ­fuere tan larga como yo deseo, tú, Damón, conocerás y verás en ella, y oirás en otros, cómo andan en igual ba­lanza su crueldad y gentileza: estremos que acaban la vi­da al que su desventura trujo a términos de adorarla.

-En las riberas de nuestro Henares -dijo a esta sazón Tirsi- más fama tiene Galatea de hermosa que de cruel; pero, sobre todo, se dice que es discreta; y si esta es la verdad, como lo debe ser, de su discreción nasce cono­cerse, y de conocerse estimarse, y de estimarse no querer perderse, y del no querer perderse viene el no querer contentarte; y viendo tú, Elicio, cuán mal corresponde a tus deseos, das nombre de crueldad a lo que debrías lla­mar honroso recato; y no me maravillo, que, en fin, es condición propria de los enamorados poco favorescidos.

-Razón tendrías en lo que has dicho, ¡oh Tirsi! -repli­có Elicio-, cuando mis deseos se desviaran del camino que a su honra y honestidad conviene; pero si van tan medidos como a su valor y crédito se debe, ¿de qué sirve tanto desdén, tan amargas y desabridas respuestas, y tan a la clara esconder el rostro al que tiene puesta toda su gloria en sólo verle?

-¡Ay, Tirsi, Tirsi! -respondió Elicio-, y cómo te debe tener el amor puesto en lo alto de sus contentos, pues con tan sosegado espíritu hablas de sus efectos. No sé yo có­mo viene bien lo que tú agora dices con lo que un tiempo decías cuando cantabas:

“ ¡Ay, de cuán ricas esperanzas vengo

al deseo más pobre y encogido!”;

con lo demás que a esto añadiste.

Hasta este punto había estado callando Erastro, mi­rando lo que entre los pastores pasaba, admirado de ver su gentil donaire y apostura, con las muestras que cada uno daba de la mucha discreción que tenía. Pero, viendo que, de lance en lance, a razonar de casos de amor se ha­bían reducido, como aquél que tan experimentado en ellos estaba, rompió el silencio y dijo:

-Bien creo, discretos pastores, que la larga experien­cia os habrá mostrado que no se puede reducir a conti­nuado término la condición de los enamorados corazo­nes, los cuales, como se gobiernan por voluntad ajena, a mil contrarios accidentes están subjetos. Y así, tú, famo­so Tirsi, no tienes de qué maravillarte de lo que Elicio ha dicho, ni él tampoco de lo que tú dices, ni traer por ejemplo aquello que él dice que cantabas; ni menos to que yo sé que cantaste cuando dijiste:

“La amarillez y la flaqueza mía”;

donde claramente mostrabas el afligido estado que enton­ces poseías; porque de allí a poco llegaron a nuestras ca­bañas las nuevas de tu contento, solemnizadas en aque­llos versos tan nombrados tuyos, que si mal no me acuerdo comenzaban:

“Sale el aurora y de su fértil manto”;

por do claro se conoce la diferencia que hay de tiempos a tiempos, y cómo con ellos suele mudar amor los estados, haciendo que hoy se ría el que ayer lloraba y que mañana llore el que hoy ríe. Y, por tener yo tan conocida esta su condición, no puede la aspereza y desdén zahareño de Galatea acabar de derribar mis esperanzas, puesto que yo no espero della otra cosa si no es que se contente de que yo la quiera.

-El que no esperase buen suceso de un tan enamora­do y medido deseo como el que has mostrado, ¡oh pas­tor! -respondió Damón-, renombre más que de desespe­rado merescía. Por cierto que es gran cosa la que de Galatea pretendes. Pero dime, pastor, así ella te la conce­da: ¿es posible que tan a regla tienes tu deseo, que no se adelanta a desear más de lo que has dicho?

-Bien puedes creerle, amigo Damón -dijo Elicio-, porque el valor de Galatea no da lugar a que della otra cosa se desee ni se espere; y aun ésta es tan difícil de ob­tenerse, que a veces a Erastro se entibia la esperanza y a mí se enfría, de manera que él tiene por cierto, y yo por averiguado, que primero ha de llegar la muerte que el cumplimiento della. Mas, porque no es razón rescebir tan honrados huéspedes con los amargos cuentos de nuestras miserias, quéde[n]se ellas aquí y recojámonos al aldea, donde descansaréis del pesado trabajo del camino, y con más sosiego, si dello gustáredes, entenderéis el desaso­siego nuestro.

Holgaron todos de acomodarse a la voluntad de Eli­cio, el cual y Erastro, recogiendo sus ganados, puesto que era algunas horas antes de lo acostumbrado, en com­pañía de los dos pastores, hablando en diversas cosas, aunque todas enamoradas, hacia el aldea se encaminaron. Mas, como todo el pasatiempo de Erastro era tañer y cantar, así por esto como por el deseo que tenía de saber si los dos nuevos pastores lo hacían tan bien como dellos se sonaba, por moverlos y convidarlos a que otro tanto hiciesen, rogó a Elicio que su rabel tocase, al son del cu­al así comenzó a cantar:

ERASTRO

Ante la luz de unos serenos ojos

que al sol dan luz con que da luz al suelo,

mi alma así se enciende, que recelo

que presto tendrá muerte sus despojos.

Con la luz se conciertan los manojos

de aquellos rayos del señor de Delo:

tales son los cabellos de quien suelo

adorar su beldad puesto de hinojos.

¡Oh clara luz, oh rayos del sol claro,

antes el mesmo sol! De vos espero

sólo que consintáis que Erastro os quiera.

Si en esto el cielo se me muestra avaro,

antes que acabe del dolor que muero,

haced, ¡oh rayos!, que de un rayo muera.

No les pareció mal el soneto a los pastores, ni les des­contentó la voz de Erastro; que, puesto que no era de las muy estremadas, no dejaba de ser de las acordadas. Y luego Elicio, movido del ejemplo de Erastro, le hizo que tocase su zampoña, al son de la cual este soneto dijo:

ELICIO

¡Ay, que al alto designio que se cría

en mi amoroso firme pensamiento,

contradicen el cielo, el fuego, el viento,

la agua, la tierra y la enemiga mía!

Contrarios son de quien temer debría,

y abandonar la empresa el sano intento;

mas, ¿quién podrá estorbar lo qu’el violento

hado implacable quiere, amor porfía?

El alto cielo, amor, el viento, el fuego,

la agua, la tierra y mi enemiga bella,

cada cual con fuerza, y con mi hado,

mi bien estorbe, esparza, abrase y luego

deshaga mi esperanza; que, aun sin ella,

imposible es dejar lo comenzado.

En acabando Elicio, luego Damón, al son de la mesma zampoña de Erastro, desta manera comenzó a cantar:

DAMÓN

Más blando fui que no la blanda cera,

cuando imprimí en mi alma la figura

de la bella Amarili, esquiva y dura

cual duro mármol o silvestre fiera.

Amor me puso entonces en la esfera

más alta de su bien y su ventura;

y agora temo que la sepultura

ha de acabar mi presumpción primera.

Arrimóse el amor a la esperanza

cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;

mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:

no el de mis ojos, que por larga usanza,

Fortuna sabe bien que jamás cesa

de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.

Acabó Damón y comenzó Tirsi, al son de los instru­mentos de los tres pastores, a cantar este soneto:

TIRSI

Por medio de los filos de la muerte

rompió mi fe, y a tal punto he llegado,

que no envidio el más alto y rico estado

que encierra humana venturosa suerte.

Todo este bien nasció de sólo verte,

hermosa Fili, ¡oh Fili!, a quien el hado

dotó de un ser tan raro y estremado,

que en risa el llanto, el mal en bien convierte.

Como amansa el rigor de la sentencia

si el condenado el rostro del rey mira,

y es ley que nunca tuerce su derecho,

así ante tu hermosísima presencia

la muerte huye, el daño se retira,

y deja en su lugar vida y provecho.

Al acabar de Tirsi, todos los intrumentos de los pasto­res formaron tan agradable música, que causàba grande contento a quien la oía; y más, ayudándoles de entre las espesas ramas mil suertes de pintados pajarillos que,,. con divina armonía, parece que como a coros les iban res­pondiendo. Desta suerte habían caminado un trecho, cuando llegaron a una antigua ermita que en la ladera de un montecillo estaba, no tan desviada del camino que dejase de oírse el son de una arpa que dentro, al parecer, tañían; el cual oído por Erastro, dijo:

-Deteneos, pastores, que según pienso, hoy oiremos todos lo que ha días que yo deseo oír, qué es la voz de un agraciado mozo que dentró de aquella ermita, habrá doce o catorce días se ha venido a vivir una vida más áspera de lo que a mí me parece que puedan llevar sus pocos años, y algunas veces que por aquí he pasado, he sentido tocar una arpa y entonar una voz tan suave que me ha puesto en grandísimo deseo de escucharla; pero siempre he llegado a punto que él le ponía en su canto. Y, aunque con hablarle he procurado hacerme su amigo, ofrecién­dole a su servicio todo lo que valgo y puedo, nunca he podido acabar con él que me descubra quién es y las cau­sas que le han movido a venir de tan pocos años a poner­se en tanta soledad y estrecheza.

Lo que Erastro decía del mozo y nuevo ermitaño puso en los pastores el mesmo deseo de conocerle que él tenía. Y así, acordaron de llegarse a la ermita de modo que, sin ser sentidos, pudiesen entender lo que cantaba antes que llegasen a hablarle; y, haciéndolo así, les sucedió tan bien, que se pusieron de parte donde, sin ser vistos ni sentidos, oyeron que al son de la arpa, el que estaba den­tro semejantes versos decía:

Si han sido el cielo, amor y la fortuna,

sin ser de mí ofendidos,

contentos de ponerme en tal éstado,

en vano al aire envío mis gemidos,

en vano hasta la luna

se vio mi pensamiento levantado.

¡Oh riguroso hado!,

¡por cuán estrañas desusadas vías

mis dulces alegrías

han venido a parar en tal estremo,

que estoy muriendo y aun la vida temo!

Contra mí mesmo estoy ardiendo en ira,

por ver que sufró tanto

sin romper este pecho, y dar al viento

esta alma, qu’en mitad del duro llanto

al corazón redra

las últimas reliquias del aliento;

y allí de nuevo siento

que acude la esperanza a darme fuerza,

y, aunque fingida, a mi vivir es fuerza,

y no es piedad del cielo, porque ordena

a larga vida dar más larga pena.

Del caro amigo el lastimado pecho

enterneció éste mío,

y la empresa difícil tomé a cargo.

¡Oh discreto fingir de desvarío!

¡Oh nunca visto hecho!

¡Oh caso gustosísimo y amargo!

¡Cuán dadivoso y largo

amor se mostró por bien ajeno,

y cuán avaro y lleno

de temor y lealtad para conmigo!

Pero a más nos obliga un firme amigo.

Injustas pagas a voluntades justas

a cada paso vemos,

dadas por mano de fortuna esquiva;

y de ti, falso amor, de quien sabemos

que te alegras y gustas

de que un firme amador muriendo viva,

abrasadora y viva

llama se encienda en tus ligeras alas,

y las buenas y malas

saetas en ceniza se resuelvan,

o al dispararlas, contra ti se vuelvan.

¿Por qué camino, con qué fraude y mañas,

por qué estraño rodeo

entera posesión de mí tomaste?

Y ¿cómo en mi piadoso alto deseo

y en mis limpias entrañas

la sana voluntad, falso, trocaste?

¿Juicio habrá que baste

a llevar en paciencia el ver, perjuro,

que entré libre y seguro

a tratar de tus glorias y tus penas,

y agora al cuello siento tus cadenas?

Mas no de ti, sino de mí sería

razón que me quejáse,

que a tu fuego no hice resistencia.

Yo me entregué, yo hice que soplase

el viento que dormía

de la ocasión con furia y violencia.

Jústísima sentencia

ha dado el cielo contra mí que muera,

aunque sólo se espera

de mi infelice hado y desventura

que no acabe mi mal la sepultura.

¡Oh amigo dulce, oh dulce mi enemiga,

Timbrio y Nísida bella,

dichosos juntamente y desdichados!

¿Cuál dura, inicua, inexorable estrella,

de mi daño enemiga;

cuál fuerza injusta de implacables hados

nos tiene así apartados?

¡Oh miserable, humana, frágil suerte!

¡Cuán presto se convierte

en súbito pesar un alegría,

y sigue escura noche al claro día!

De la instabilidad, de la mudanza

de las humanas cosas,

¿cuál será el atrevido que se fíe?

Con alas vuela el tiempo presurosas,

y tras sí la esperanza

se lleva del que llora y del que ríe;

y ya que el cielo envíe

su favor, sólo sirve al que con celo

sancto levanta al cielo

el alma, en fuego de su amor deshecha,

y al que no, más le daña que aprovecha.

Yo, como puedo, buen señor, levanto

la una y otra palma,

los ojos, la intención al cielo sancto,

por quien espera el alma

ver vuelto en risa su contino llanto.

Con un profundo sospiro dio fin al lastimado canto el recogido mozo que dentro de la ermita estaba. Y, sin­tiendo los pastores que adelante no procedía, sin detener­se más, todos juntos entraron en ella, donde vieron a un cabo, sentado encima de una dura piedra, a un dispuesto y agraciado mancebo, al parecer de edad de veinte y dos años, vestido de un tosco buriel con los pies descalzos y una áspera soga ceñida al cuerpo, que de cordón le ser­vía. Estaba con la cabeza inclinada a un lado, y la una mano asida de la parte de la túnica que sobre el corazón caía, y el otro brazo a la otra parte flojamente derribado. Y, por verle desta manera, y por no haber hecho movi­miento al entrar de los pastores, claramente conocieron que desmayado estaba, como era la verdad, porque la profunda imaginación de sus miserias, muchas veces a semejante término le conducía. Llegóse a él Erastro, y, trabándole recio del brazo, le hizo volver en sí, aunque tan desacordado que parecía que de un pesado sueño re­cordaba, las cuales muestras de dolor no pequeño le cau­saron a los que le veían, y luego Erastro le dijo:

-¿Qué es esto, señor? ¿Qué es lo que siente vuestro fatigado pecho? No dejéis de decirlo, que presentes te­néis quien no rehusará fatiga alguna por dar remedio a la vuestra.

-No son esos -respondió el mancebo con voz algo desmayada- los primeros ofrecimientos, comedido pas­tor, que me has hecho, ni aun serían los últimos que yo acertase a servir si pudiese; pero hame traído la Fortuna a términos, que ni ellos pueden aprovecharme ni yo satis­facerlos más de con el deseo. Éste puedes tomar en cuenta del bueno que me ofreces; y si otra cosa de mí de­seas saber, el tiempo, que no encubre nada, te dirá más de lo que yo quisiera.

-Si al tiempo dejas que me satisfaga de lo que me di­ces -respondió Erastro- poco debe agradecerse tal paga, pues él, a pesar nuestro, echa en las plazas lo más secreto de nuestros corazones.

A este tiempo, todos los demás pastores le rogaron que la ocasión de su tristeza les contase, especialmente Tirsi, que con eficaces razones le persuadió, y dio a en­tender que no hay mal en esta vida que con ella su reme­dio no se alcanzase, si ya la muerte, atajadora de los hu­manos discursos, no se opone a ellos. Y a esto añadió otras palabras que al obstinado mozo movieron a que con la suyas hiciese satisfechos a todos de lo que dél saber deseaban. Y así, les dijo:

-Puesto que a mí me fuera mejor, ¡oh agradable com­pañía!, vivir lo poco que me queda de vida sin ella, y ha­berme recogido a mayor soledad de la que tengo, toda­vía, por no mostrarme esquivo a la voluntad que me ha­béis mostrado, determino de contaros todo aquello que entiendo bastará, y los términos por donde la mudable Fortuna me ha traído al estrecho estado en que me hallo; pero, porque me parece que es ya algo tarde, y, según mis desventuras son muchas, sería posible que antes de contároslas la noche sobreviniese, será bien que todos juntos a la aldea nos vamos, pues a mí no me hace otra descomodidad de hacer el camino esta noche que mañana tenía determinado, y esto me es forzoso, pues de vuestra aldea soy proveído de lo que he menester para mi sus­tento, y por el camino, como mejor pudiere, os haré ciertos de mis desgracias.

A todos pareció bien lo que el mozo ermitaño decía, y, puniéndole en medio dellos, con vagarosos pasos tor­naron a seguir el camino de la aldea, y luego el lastimado ermitaño, con muestras de mucho dolor, desta manera al cuento de sus miserias dio principio:

-«En la antigua y famosa ciudad de Jerez, cuyos mo­radores de Minerva y Marte son favorescidos, nasció Timbrio, un valeroso caballero, del cual, si sus virtudes y generosidad de ánimo hubiese de contar, a difícil empre­sa me pondría. Basta saber que, no sé si por la mucha bondad suya o por la fuerza de las estrellas, que a ello me inclinaban, yo procuré, por todas las vías que pude, serle particular antigo, y fueme el cielo en esto tan favo­rable que, casi olvidándose a los que nos conoscían el nombre de Timbrio y el de Silerio -que es el mío-, so­lamente los dos amigos nos llamaban, haciendo nosotros, con nuestra continua conversación y amigables obras, que tal opinión no fuese vana.

»Desta suerte los dos, con increíble gusto y contento, los mozos años pasábamos, ora en el campo en el ejerci­cio de la caza, ora en la ciudad en el del honroso Marte entreteniéndonos, hasta que un día, de los muchos acia­gos que el enemigo tiempo en el discurso de mi vida me ha hecho ver, le sucedió a mi amigo Timbrio una pesada pendencia con un poderoso caballero, vecino de la mes­ma ciudad. Llegó a término la quistión que el caballero quedó lastimado en la honra, y a Timbrio fue forzoso au­sentarse, por dar lugar a que la furiosa discordia cesase que entre los dos parentales se comenzaba a encender, dejando escrita una carta a su enemigo, dándole aviso que le hallaría en Italia, en la ciudad de Milán o de Ná­poles, todas las veces que, como caballero, de su agra­vio satisfacerse quisiese. Con esto cesaron los bandos entre los parientes de entrambos, y ordenóse que a igual y mortal batalla el ofendido caballero, que Pransiles se Ilamaba, a Timbrio desafiase, y que, en hallando campo seguro para la batalla, se avisase a Timbrio. Ordenó más mi suerte: que al tiempo que esto sucedió yo me hallase tan falto de salud, que apenas del lecho levantarme po­día, y por esta ocasión se me pasó la de seguir a mi ami­go dondequiera que fuese, el cual al partir se despidió de mí con no pequeño descontento, encargándome que, en cobrando fuerzas, le buscase, que en la ciudad de Nápo­les le hallaría. Y así, se partió, dejándome con más pena que yo sabré agora significaros. Mas, al cabo de pocos días, pudiendo en mí más el deseo que de verle tenía, que no la flaqueza que me fatigaba, me puse luego en cami­no; y, para que con más brevedad y más seguro le hicie­se, la ventura me ofreció la comodidad de cuatro galeras que en la famosa Isla de Cádiz, de partida para Italia, prestas y aparejadas estaban. Embarquéme en una dellas, y, con próspero viento, en tiempo breve, las riberas ca­talanas descubrimos; y, habiendo dado fondo en un Puer­to dellas, yo, que algo fatigado de la mar venía, asegura­do primero de que por aquella noche las galeras de allí no partirían, me desembarqué con solo un amigo y un criado mío. Y no creo que debía de ser la media noche, cuando los marineros y los que a cargo las galeras Ileva­ban, viendo que la serenidad del cielo calma o próspero viento señalaba, por no perder la buena ocasión que se les ofrecía, a la segunda guardia hicieron la señal de par­tida, y, zarpando las áncoras, dieron con mucha presteza los remos al sesgo mar y las velas al sosegado viento. Y fue, como digo, con tanta diligencia hecho que, por mu­cha que yo puse para volver a embarcarme, no fui a tiempo; y así, me hube de quedar en la marina con el enojo que podrá considerar quien por semejantes y ordi­narios casos habrá pasado, porque quedaba mal acomo­dado de todas las cosas que para seguir mi viaje por tie­rra eran necesarias. Mas, considerando que, de quedarme allí, poco remedio se esperaba, acordé de volverme a Barcelona, adonde, como ciudad más grande, podría ser hallar quien me acomodase de to que me faltaba, corres­pondiendo a Jerez o a Sevilla con la paga dello.

» Amanecióme en estos pensamientos, y, con determi­nación de ponerlos en efecto, aguardaba a que el día más se levantase; y, estando a punto de partirme, sentí un grande estruendo por la tierra y que toda la gente corría a la calle más principal del pueblo, y, preguntando a uno qué era aquello, me respondió: “Llegaos, señor, aquella esquina, que a voz de pregonero sabréis to que deseáis”. Hícelo así, y lo primero en que puse los ojos fue en un alto crucifijo y en mucho tumulto de gente, señales que alguno sentenciado a muerte entre ellos venía, todo to cual me certificó la voz del pregonero, que declaraba que, por haber sido salteador y bandolero, la justicia mandaba ahorcar un hombre, que, como a mí llegó, lue­go conocí que era el mi buen amigo Timbrio, el cual ve­nía a pie, con unas esposas a las manos y una soga a la garganta, los ojos enclavados en el crucifijo que delante llevaba, diciendo y protestando a los clérigos que con él iban, que por la estrecha cuenta que pensaba dar en bre­ves horas al verdadero Dios, cuyo retrato delante los ojos tenía, que nunca en todo el discurso de su vida había co­metido cosa por donde públicamente meresciese rescebir tan ignominiosa muerte; y que a todos rogaba rogasen a los jueces le diesen algún término para probar cuán ino­cente estaba de to que le acusaban.

»Considérese aquí, si tanto la consideración pudo le­vantarse, cuál quedaría yo al horrendo espectáculo que a los ojos se me ofrecía. No sé qué os diga, señores, sino que quedé tan embelesado y fuera de mí, y de tal modo quedé ajeno de todos mis sentidos, que una estatua de mármol debiera de parecer a quien en aquel punto me miraba. Pero ya que el confuso rumor del pueblo, las le­vantadas voces de los pregoneros, las lastimosas palabras de Timbrio y las consoladoras de los sacerdotes, y el verdadero conocinúento de mi buen amigo, me hubieron vuelto de aquel embelesamiento primero, y la alterada sangre acudió a dar ayuda al desmayado corazón, y des­pertado en él la cólera debida a la notoria venganza de la ofensa de Timbrio, sin mirar al peligro que me ponía, si­no al de Timbrio, por ver si podía librarle, o seguirle hasta la otra vida, con poco temor de perder la mía, eché mano a la espada, y con más que ordinaria furia entré por medio de la confusa turba, hasta que llegué adonde Tim­brio iba, el cual, no sabiendo si en provecho suyo tantas espadas se habían desenvainado, con perplejo y angus­tiado ánimo, estaba mirando to que pasaba, hasta que yo le dije: “¿Adónde está, ¡oh Timbrio!, el esfuerzo de tu valeroso pecho? ¿Qué esperas, o qué aguardas? ¿Por qué no te favoreces de la ocasión presente? Procura, ¡oh ver­dadero amigo!, salvar tu vida, en tanto que esta mía hace escudo a la sinrazón que, según creo, aquí te es hecha”. Estas palabras mías y el conocerme Timbrio, fue pane para que, olvidado todo temor, rompiese las ataduras o esposas de las manos; mas todo su ardimiento fuera poco si los sacerdotes, de compasión movidos, no ayudaran su deseo, los cuales, tomándole en peso, a pesar de los que estorbarlo querían, se entraron con él en una iglesia que allí junto estaba, dejándome a mí en medio de toda la justicia, que con grande instancia procuraba prenderme, como al fin to hizo, pues a tantas fuerzas juntas no fue poderosa la sola mía de resistirlas. Y, con más ofensas que, a mi parecer, mi pecado merescía, a la cárcel públi­ca, herido de dos heridas, me llevaron.

»El atrevimiento mío, y el haberse escapado Timbrio, augmentó mi culpa y el enojo en los jueces, los cuales, condenando bien el exceso por mí cometido, parecién­doles ser justo que yo muriese, y luego luego, la cruel sentencia pronunciaron, y para otro día guardaban la eje­cución. Llegó a Timbrio esta triste nueva allá en la igle­sia donde estaba, y, según yo después supe, más altera­ción le dio mi sentencia que le había dado la de su muerte; y, por librarme della, de nuevo se ofrecía a en­tregarse otra vez en poder de la justicia, pero los sacer­dotes le aconsejaron que servía de poco aquello, antes era añadir mal a mal y desgracia a desgracia, pues no se­ría parte el entregarse él para que yo fuese suelto, pues no lo podía ser sin ser castigado de la culpa cometida. No fueron menester pocas razones para persuadir a Timbrio no se diese a la justicia; pero sosegóse con proponer en su ánimo de hacer otro día por mí to que yo por él había hecho, por pagarme en la mesma moneda, o morir en la demanda. De toda su intención fui avisado por un clérigo que a confesarme vino, con el cual le envié a decir que el mejor remedio que mi desdicha podía tener era que él se salvase, y procurase que, con toda brevedad, el virrey de Barcelona supiese todo el suceso antes que la justicia de aquel pueblo la ejecutase en él. Supe también la causa por que a mi amigo Timbrio llevaban al amargo suplicio, según me contó el mesmo sacerdote que os he dicho; y fue que, viniendo Timbrio caminando por el reino de Ca­taluña, a la salida de Perpiñán, dieron con él una cantidad de bandoleros, los cuales tenían por señor y cabeza a un valeroso caballero catalán, que por ciertas enemistades andaba en la compañía, como es ya antiguo use de aquel reino, cuando los enemistados son personas de cuenta, salirse a ella y hacerse todo el mal que pueden, no sola­mente en las vidas, pero en las haciendas: cosa ajena de toda cristiandad y digna de toda lástima.

»Sucedió, pues, que, al tiempo que los bandoleros es­taban ocupados en quitar a Timbrio lo que llevaba, llegó en aquella sazón el señor y caudillo dellos, y como en fin era caballero, no quiso que delante de sus ojos agravio alguno a Timbrio se hiciese; antes, pareciéndole hombre de valor y prendas, le hizo mil corteses ofrecimientos, rogándole que por aquella noche se quedase con él en un lugar allí cerca, que otro día por la mañana le daría una señal de seguro para que sin temor alguno pudiese seguir su camino hasta salir de aquella provincia. No pudo Timbrio dejar de hacer lo que el cortés caballero le pe­día, obligado de las buenas obras dél rescibidas. Fuéron­se juntos, y llegaron a un pequeño lugar, donde por los del pueblo alegremente rescebidos fueron. Mas la For­tuna, que hasta entonces con Timbrio se había burlado, ordenó que aquella mesma noche diesen con los bandole­ros una compañía de soldados, sólo para este efecto jun­tada; y, habiéndolos cogido de sobresalto, con facilidad los desbarataron, y, puesto que no pudieron prender al caudillo, prendieron y mataron a otros muchos, y uno de los presos fue Timbrio, a quien tuvieron por un famoso salteador que en aquella compañía andaba; y, según se de­be imaginar, sin duda le debía de parecer mucho, pues con atestiguar los demás presos que aquél no era el que pensaban, contando la verdad de todo el caso, pudo tanto la malicia en el pecho de los jueces que, sin más averi­guaciones, le sentenciaron a muerte, la cual fuera puesta en efecto si el cielo, favorescedor de los justos intentos, no ordenara que las galeras se fuesen y yo en tierra quedase, para hacerlo que hasta agora os he contado que hice.

»Estábase Timbrio en la iglesia, y yo en la cárcel, or­denando de partirse aquella noche a Barcelona; y yo, que esperando estaba en qué pararía la furia de los ofendidos jueces, [cuando] con otra mayor desventura suya, Tim­brio y yo de la nuestra fuimos librados. Mas, ¡ójala fuera servido el cielo que en mí solo se ejecutara la furia de su ira, con tai que la alzaran de aquel pequeño y desventu­rado pueblo, que a los filos de mil bárbaras espadas tuvo puesto el miserable cuello! Poco más de media noche sería, hora acomodada a facinorosos insultos, y en la cual la trabajada gente suele entregar los trabajados miembros en brazos del dulce sueño, cuando improvisamente por todo el pueblo se levantó una confusa vocería, diciendo: “¡Al arma, al arma, que turcos hay en tierra!” Los ecos destas tristes voces ¿quién duda que no causaron espanto en los mujeriles.pechos, y aun pusieron confusión en los fuertes ánimos de los varones? No sé qué os diga, seño­res, sino que en un punto la miserable tierra comenzó a arder con tanta gana, que no parecía sino que las mesmas piedras, con que las casas fabricadas estaban, ofrecían acomodada materia al encendido fuego, que todo lo con­sumía. A la luz de las furiosas llamas se vieron relucir los bárbaros alfanjes y parecerse las blancas tocas de la turca gente, que, encendida, con sigures o hachas de duro acero, las puertas de las casas derribaban, y, entrando en ellas, de cristianos despojos salían cargados. Cuál lleva­ba la fatigada madre, y cuál el pequeñuelo hijo, que con cansados y débiles gemidos, la madre por el hijo, y el hijo por la madre, preguntaba; y alguno sé que hubo que con sacrílega mano estorbó el cumplimiento de los justos deseos de la casta recién desposada virgen y del esposo desdichado, ante cuyos llorosos ojos quizá vio coger el fruto de que el sin ventura pensaba gozar en tiempo bre­ve. La confusión era tanta, tantos los gritos y mezclas de las voces tan diferentes, que gran espanto ponían. La fiera y endiablada canalla, viendo cuán poca resistencia se les hacía, se atrevieron a entrar en los sagrados tem­plos y poner las descomulgadas manos en las sanctas re­liquias, poniendo en el seno el oro con que guarnecidas estaban, y arrojándolas en el suelo con asqueroso me­nosprecio. Poco le valía al sacerdote su santimonia, y al fraile su retraimiento, y al viejo sus nevadas canas, y al mozo su juventud gallarda, y al pequeño niño su inocen­cia simple, que de todos llevaban el saco aquellos des­creídos perros; los cuales, después de abrasadas las ca­sas, robado los templos, desflorado las vírgines, muertos los defensores, más cansados que satisfechos de lo he­cho, al tiempo que el alba venía, sin impedimento alguno se volvieron a sus bajeles, habiéndolos ya cargado de to­do lo mejor que en el pueblo había, dejándole desolado y sin gente, porque toda la más gente se llevaban, y la otra a la montaña se había recogido.

» ¿Quién en tan triste espectáculo pudiera tener quedas las manos y enjutos los ojos? Mas, ¡ay!, que está tan lle­na de miserias nuestra vida, que en tan doloroso suceso como el que os he contado, hubo cristianos corazones que se alegraron; y estos fueron los de aquellos que en la cárcel estaban, que con la desdicha general cobraron la dicha propria, porque, en son de ir a defender el pueblo, rompieron las puertas de la prisión y en libertad se pusie­ron, procurando cada uno, no de ofender a los contrarios, sirio de salvar a sí mesmos, entre los cuales yo gocé de la libertad tan caramente adquirida. Y, viendo que no había quien hiciese rostro a los enemigos, por no venir a su po­der ni tornar al de la prisión, desamparando el consumido pueblo, con no pequeño dolor de lo que había visto y con el que mis heridas me causaban, seguí a un hombre que me dijo que seguramente me llevaría a un monasterio que en aquellas montañas estaba, donde de mis llagas se­ría curado, y aun defendido si de nuevo prenderme qui­siesen. Seguíle, en fin, como os he dicho, con deseo de saber qué habría hecho la Fortuna de mi amigo Timbrio, el cual, como después supe, con algunas heridas se había escapado y seguido por la montaña otro camino diferente del que yo llevaba; vino a parar al puerto de Rosas, don­de estuvo algunos días, procurando saber qué suceso ha­bría sido el mío, y que, en fin, sin saber nuevas algunas, se partió en una nave y con próspero viento llegó a la gran ciudad de Nápoles. Yo volví a Barcelona, y allí me acomodé de lo que menester había; y después, ya sano de mis heridas, tomé a seguir mi viaje, y, sin sucederme re­vés alguno, llegué a Nápoles, donde hallé enfermo a Timbrio; y fue tal el contento que en vemos los dos reci­bimos, que no me siento con fuerzas para encarecérosle por agora.

»Allí nos dimos cuenta de nuestras vidas y de todo aquello que hasta aquel momento nos había sucedido; pero todo este placer mío se aguaba con el ver a Timbrio no tan bueno como yo quisiera; antes, tan malo, y de una enfermedad tan estraña, que si yo a aquella sazón no lle­gara, pudiera llegar a tiempo de hacerle las obsequias de su muerte y no solemnizar las alegrías de su vista. Des­pués que él hubo sabido de mí todo to que quiso, con lá­grimas en los ojos, me dijo: “¡Ay, amigo Silerio, y cómo creo que el cielo procura cargar la mano en mis desven­turas, para que, dándome la salud por la vuestra, quede yo cada día con más obligación de serviros!” Palabras fueron estas de Timbrio que me enternecieron; mas, por parecerme de comedimientos, tan poco usados entre no­sotros, me admiraron. Y, por no cansaros en deciros pun­to por punto to que yo le respondí y lo que él más repli­có, sólo os diré que el desdichado de Timbrio estaba enamorado de una señora principal de aquella ciudad, cuyos padres eran españoles, aunque ella en Nápoles ha­bía nascido. Su nombre era Nísida y su hermosura tanta, que me atrevo a decir que la naturaleza cifró en ella el estremo de sus pe[r]fectiones; y andaban tan a una en ella la honestidad y belleza, que to que la una encendía la otra enfriaba, y los deseos que su gentileza hasta el más subido cielo levantaba, su honesta gravedad hasta lo más bajo de la tierra abatía. A esta causa estaba Timbrio tan pobre de esperanza, cuan rico de pensamientos, y sobre todo falto de salud, y en términos de acabar la vida sin descubrirlos: tal era el temor y reverencia que había co­brado a la hermosa Nísida. Pero, después que tuve bien conocida su enfermedad y hube visto a Nísida, y consi­derado la calidad y nobleza de sus padres, determiné de posponer por él la hacienda, la vida y la honra, y más si más tuviera y pudiera. Y así, usé de un artificio, el más estraño que hasta hoy se habrá oído ni leído; y fue que acordé de vestirme como truhán y con una guitarra en­trarme en casa de Nísida, que por ser, como ya he dicho, sus padres de los principales de la ciudad, de otros mu­chos truhanes era continuada. Parecióle bien este acuerdo a Timbrio, y resignó luego en las manos de mi industria todo su contento. Hice yo hacer luego muchas y diferen­tes galas, y, en vistiéndome, comencé a ensayarme en el nuevo oficio delante de Timbrio, que no poco reía de verme tan truhanamente vestido; y, por ver si la habili­dad correspondía al hábito, me dijo que, haciendo cuenta que él era un gran príncipe y que yo de nuevo venía a vi­sitarle, le dijese algo. Y si yo no me acuerdo mal, y si vosotros, señores, no os cansáis de escucharme, diréos to que entonces le canté, con ser la primera vez.»

Todos dijeron que ninguna cosa les daría más con­tento que saber por estenso todo el suceso de su negocio, y que así, le rogaban que ninguna cosa, por de poco mo­mento que fuese, dejase de contarles.

-Pues esa licencia me dais -dijo el ermitaño-, no quiero dejaros de decir cómo comencé a dar muestras de nti locura; que fue con estos versos que a Timbrio canté, imaginando ser un gran señor a quien los decía:

«SILERIO

De príncipe que en el suelo

va por tan justo nivel,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

No se vee en la edad presente,

ni se vio en la edad pasada,

república gobernada

de príncipe tan prudente.

Y del que mide su celo

por tan cristiano nivel,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

Del que trae por bien ajeno,

sin codiciar más despojos,

misericordia en los ojos

y la justicia en el seno;

del que lo más deste suelo

es lo menos que hay en él,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

La liberal fama vuestra,

que hasta’l cielo se levanta,

de que tenéis alma sancta

nos da indicio y clara muestra.

Del que no discrepa un pelo

de ser al cielo fiel,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

Del que con cristiano pecho

siempre en el rigor se tarda,

y a la justicia le guarda,

con clemencia, su derecho;

de aquel que levanta el vuelo

do ninguno llega a él,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

»Estas y otras cosas de más risa y juego canté enton­ces a Timbrio, procurando acomodar el brio y donaire del cuerpo a que en todo diese muestras de ejercitado truhán; y salí tan bien con ello que en pocos días fui co­nocido de toda la más gente principal de la ciudad; y la fama del truhán español por toda ella volaba, hasta tan­to que ya en casa del padre de Nísida me deseaban ver, el cual deseo les cumpliera yo con mucha facilidad, si de industria no aguardara a ser rogado. Mas, en fin, no me pude escusar que un día de un banquete allá no fuese, donde vi más cerca la justa causa que Timbrio tenía de padecer, y la que el cielo me dio para quitarme el con­tento todos los días que en esta vida durare. Vi a Nísida, a Nísida vi, para no ver más, ni hay más que ver después de haberla visto. ¡Oh fuerza poderosa de amor, contra quien valen poco las poderosas nuestras! ¿Y es posible que en un punto, en un momento, los reparos y pertre­chos de mi lealtad pusieses en términos de dar con todos ellos por tierra? ¡Ay, que si se tardara un poco en soco­rrerme la consideración de quien yo era, la amistad que a Timbrio debía, el mucho valor de Nísida, el afrentoso hábito en que me hallaba[…]; que todo era impedimento a que, con el nuevo y amoroso deseo que en mí había nascido, no nasciese también la esperanza de alcanzarla, que es el arrimo con que el amor camina o vuelve atrás en los enamorados principios! En fin, vi la belleza que os he dicho, y, porque me importaba tanto el verla, siempre procuré granjear el amistad de sus padres y de todos los de su casa, y esto con hacer del gracioso y bien criado, haciendo mi oficio con la mayor discreción y gracia a mí posible. Y, rogándome un caballero que aquel día a la mesa estaba que alguna cosa en loor de la hermosura de Nísida cantase, quiso la ventura que me acordase de unos versos que muchos días antes, para otra ocasión casi se­mejante, yo había hecho; y, sirviéndome para la presente, los dije; que eran estos:

SILERIO

Nísida, con quien el cielo

tan liberal se ha mostrado,

que en daros a vos, dio al suelo

una imagen y traslado

de cuanto encubre su velo,

si él no tuvo más que os dar,

ni vos más que desear,

con facilidad se entiende

que lo posible pretende

quien os pretende loar.

Desa beldad peregrina

la perfectión soberana,

que al cielo nos encamina,

pues no es posible la humana,

cante la lengua divina,

y diga: bien se conviene

que al alma que en sí contiene

ser tan alto y milagroso,

se le diese el velo hermoso

más qu’el mundo tuvo o tiene.

Tomó del sol los cabellos;

del sesgo cielo, la frente;

la luz de los ojos bellos,

de la estrella más luciente,

que ya no da luz ante ellos.

Como quien puede y se atreve,

a la grana y a la nieve

robó las colores bellas,

que lo más perfecto dellas

a tus mejillas se debe.

De marfil y de coral

formó los dientes y labios,

do sale rico caudal

de agudos dichos y sabios,

y armonía celestial.

De duro mármol ha hecho

el blanco y hermoso pecho,

y de tal obra ha quedado

tanto el suelo mejorado,

cuanto el cielo satisfecho.

»Con estas y otras cosas que entonces canté, quedaron todos tan mis aficionados, especialmente los padres de Nísida, que me ofrecieron todo lo que menester hubiese y me rogaron que ningún día dejase de visitarlos. Y así, sin descubrirse ni imaginarse mi industria, vine a salir con mi primero disignio, que era facilitar la entrada en casa de Nísida, la cual gustaba en estremo de mis desen­volturas. Pero ya que los muchos días y la mucha con­versación mía, y la grande amistad que todos los de aquella casa me mostraban, hubieron quitado algunas sombras al demasiado temor que de descubrir mi intento a Nísida tenía, determiné ver a do llegaba la ventura de Timbrio, que sólo de mi solicitud la esperaba. Mas, ¡ay de mí!, que yo estaba entonces más para pedir medicina para mi llaga que salud para la ajena, porque el donaire, belleza, discreción, gravedad de Nísida, habían hecho en mi alma tal efecto, que no estaba en menos estremo de dolor y de amor puesta que la del lastimado Timbrio. A vuestra consideración discreta dejo el imaginar lo que podía sentir un corazón a quien de una parte combatían las leyes de la amistad, y de otra las inviolables de Cupi­do; porque si las unas le obligaban a no salir de lo que ellas y la razón le pedían, las otras le forzaban que tuvie­se cuenta con lo que a su contento era obligado.

»Estos sobresaltos y combates me apretaban de mane­ra que, sin procurar la salud ajena, comencé a dudar de la propria y a ponerme tan flaco y amarillo que causaba ge­neral compasión a todos los que me miraban; y los que más la mostraban eran los padres de Nísida; y aun ella mesma, con limpias y cristianas entrañas, me rogó mu­chas veces que la causa de mi enfermedad le dijese, ofre­ciéndome todo lo necesario para el remedio della. “¡Ay -decía yo entre mí cuando Nísida tales ofrecimientos me hacía-, y con cuánta facilidad, hermosa Nísida, podría remediar vuestra mano el mal que vuestra hermosura ha hecho! Pero préciome tanto de buen amigo que, aunque tuviese tan cierto mi remedio como le tengo por imposi­ble, imposible sería que le acetase”. Y, como estas con­sideraciones en aquellos instantes me turbasen la fanta­sía, no acertaba a responder a Nísida cosa alguna, de lo cual ella y otra hermana suya, que Blanca se llamaba, de menos años, aunque no de menos discreción y hermosura que Nísida, estaban maravilladas; y con más deseo de saber el origen de mi tristeza, con muchas importunacio­nes me rogaban que nada de mi dolor les encubriese. Viendo, pues, yo que la ventura me ofrecía la comodidad de poner en efecto to que hasta aquel punto mi industria había fabricado, una vez que, acaso, Nísida y su hermana solas se hallaban, tornando ellas de nuevo a pedirme lo que tantas veces, les dije: “No penséis, señoras, que el silencio que hasta agora he tenido en no deciros la causa de la pena que imagináis que siento lo haya causado te­ner yo poco deseo de obedeceros, pues ya se sabe que si algún bien mi abatido estado en esta vida tiene, es haber granjeado con él venir a términos de conoceros y como criado serviros; sólo ha sido la causa imaginar que, aun­que la descubra, no servirá para más de daros lástima, viendo cuán lejos está el remedio della. Pero, ya que me es forzoso satisfaceros en esto, sabréis, señoras, que en esta ciudad está un caballero natural de mi mesma patria, a quien tengo por señor, por amparo y por amigo, el más liberal, discreto y gentilhombre que en gran parte hallar­se pueda, el cual está aquí ausente de la amada patria por ciertas quistiones que allá le sucedieron, que le forzaron a venir a esta ciudad, creyendo que si allá en la suya de­jaba enemigos, acá en la ajena no le faltarán amigos; más hale salido tan al revés su pensamiento, que un solo enemigo, que él mesmo, sin saber cómo, aquí se ha pro­curado, le tiene puesto en tal estremo, que si el cielo no le socorre, con acabar la vida acabará sus amistades y enemistades. Y como yo conozco el valor de Timbrio -que este es el nombre del caballero cuya desgracia os voy contando-, y sé lo que perderá el mundo en perderle, y lo que yo perderé si le pierdo, doy las muestras de sen­timiento que habéis visto, y aun son pocas, según a lo que me obliga el peligro en que Timbrio está puesto. Bien sé que desearéis saber, señoras, quién es el ene­migo que a tan valeroso caballero, como es el que os he pintado, tiene puesto en tal estremo; pero también sé que, en diciéndoosle, no os maravillaréis sino de cómo ya no le tiene consumido y muerto. Su enemigo es amor, universal destruidor de nuestros sosiegos y bienandan­zas. Este fiero enemigo tomó posesión de sus entrañas. En entrando en esta ciudad, vio Timbrio una hermosa dama, de singular valor y hermosura, mas tan principal y honesta que jamás el miserable se ha aventurado a des­cubrirle su pensamiento”.

»A este punto llegaba yo cuando Nísida me dijo: “Por cierto, Astor -que entonces era este el nombre mío-, que no sé yo si crea que ese caballero sea tan valeroso y dis­creto como dices, pues tan fácilmente se ha dejado rendir a un mal deseo tan recién nacido, entregándose tan sin ocasión alguna en los brazos de la desesperación. Y, aun­que a mí se me alcanza poco destos amorosos efectos, todavía me parece que es simplicidad y flaqueza dejar, el que se vee fatigado dellos, de descubrir su pensamiento a quien se le causa, puesto que sea del valor que imaginar se puede; porque, ¿qué afrenta se le puede seguir a ella de saber que es bien querida, o a él qué mayor mal de su aceda y desabrida respuesta, que la muerte que él mesmo se procura callando? Y no sería bien que por tener un juez fama de riguroso, dejase alguno de alegar de su de­recho. Pero pongamos que sucede la muerte de un aman­te tan callado y temeroso como ese tu amigo; dime, ¿lla­marías tú cruel a la dama de quien estaba enamorado? No, por cierto; que mal puede remediar nadie la necesi­dad que no llega a su noticia, ni cae en su obligación procurar saberla para remediarla. Así que, Astor, perdó­name, que las obras de ese to amigo no hacen muy ver­daderas las alabanzas que le das”.

»Cuando yo oí a Nísida semejantes razones, luego luego quisiera con las mías descubrirle todo el secreto de mi pecho; mas, como yo entendía la bondad y llaneza con que ella las hablaba, hube de detenerme y esperar más sola y mejor coyuntura; y así, le respondí: “Cuando los casos de amor, hermosa Nísida, con libres ojos se mi­ran, tantos desatinos se veen en ellos, que no menos de risa que de compasión son dignos; pero si de la sotil red amorosa se halla enlazada el alma, allí están los sentidos tan trabados y tan fuera de su proprio ser, que la memo­ria sólo sirve de tesorera y guardadora del objecto que los ojos miraron, y el entendimiento en escudriñar y co­nocer el valor de la que bien ama, y la voluntad de con­sentir de que la memoria y entendimiento en otra cosa no se ocupen; y así, los ojos veen como por espejo de alin­de, que todas las cosas se les hacen mayores: ora cresce la esperanza cuando son favorescidos, ora el temor cuan­do desechados; y así, sucede a muchos lo que a Timbrio ha sucedido, que, pareciéndoles a los principios altísimo el objecto a quien los ojos levantaron, pierden la espe­ranza de alcanzarle; pero no de manera que no les diga amor allá dentro en el alma: “¿Quién sabe? Podría ser …… Y con esto anda la esperanza, como decirse suele, entre dos aguas, la cual si del todo les desamparase, con ella huiría el amor. Y de aquí nasce andar, entre el temor y osar, el corazón del amante tan afligido que, sin aventu­rarse a decirla, se recoge y aprieta en su llaga, y espera, aunque no sabe de quién, el remedio de que se vee tan apartado. En este mesmo estremo he yo hallado a Tim­brio, aunque todavía, a persuasiones mías, ha escripto una carta a la dama por quien muere, la cual me dio para que la viese y mirase si en alguna manera se mostraba en ella descomedido, porque la enmendaría. Encargóme asimesmo que buscase orden de ponerla en manos de su señora, que creo será imposible, no porque yo no me aventure a ello, pues lo menos que aventuraré será la vi­da por servirle, mas porque me parece que no he de ha­llar ocasión para darla”. “Veámosla -dijo Nísida-, por­que deseo ver cómo escriben los enamorados discretos” Luego saqué yo una carta del seno, que algunos días an­tes estaba escripta, esperando ocasión de que Nísida la viese; y, ofreciéndome la ventura ésta, se la mostré; la cual, por haberla yo leído muchas veces, se me quedó en la memoria, cuyas razones eran éstas:

»TIMBRIO A NÍSIDA

Determinado había, hermosa señora, que el fin de­sastrado mío os diese noticia de quien yo era, pareciéndome ser mejor que alabárades mi silencio en la muerte, que no que vituperárades mi atrevimiento en la vida; mas, porque imagino que a mi alma conviene partirse deste mundo en gracia vuestra, porque en el otro no le niegue amor el premio de to que ha padeci­do, os hago sabidora del estado en que vuestra rara beldad me tiene puesto, que es tal, que, a poder signi­ficarle, no procurara su remedio, pues por pequeñas cosas nadie se ha de aventurar a ofender el valor es­tremado vuestro, del cual y de vuestra honesta libera­lidad espero restaurar la vida para serviros, o álcanzar la muerte para nunca más ofenderos.

»Con mucha atención estuvo Nísida escuchando esta carta, y, en acabándola de oír, dijo: “No tiene de qué agraviarse la dama a quien esta carta se envía, si ya de puro grave no da en ser melindrosa, enfermedad de quien no se escapa la mayor parte de las damas desta ciudad. Pero, con todo eso, no dejes, Astor, de dársela, pues, co­mo ya te he dicho, no se puede esperar más mal de su respuesta, que no sea peor el que agora dices que tu ami­go padece. Y, para más animarte, te quiero asegurar que no hay mujer tan recatada y tan puesta en atalaya para mirar por su honra, que le pese mucho de ver y saber que es querida, porque entonces conoce ella que no es vana la presumpción que de sí tiene, lo cual sería al revés si viese que de nadie era solicitada”. “Bien sé, señora, que es verdad lo que dices -respondí yo-, mas tengo temor que el atreverme a darla, por lo menos, me ha de costar negarme de allí adelante la entrada en aquella casa, de que no menor daño me vendría a mí que a Timbrio”. “No quieras, Astor -replicó Nísida-, confirmar tú la sentencia que aún el juez no tiene dada. Muestra buen ánimo, que no es riguroso trance de batalla éste a que te aventuras”. “¡Pluguiera al cielo, hermosa Nísida -respondí yo-, que en ese término me viera, que de mejor gana ofreciera el pecho al peligro y rigor de mil contrapuestas armas, que no la mano a dar esta amorosa carta a quien temo que, siendo con ella ofendida, ha de arrojar sobre mis hom­bros la pena que la ajena culpa meresce! Pero, con todos estos inconvinientes, pienso seguir, señora, el consejo que me has dado, puesto que aguardaré tiempo en que el temor no tenga tan ocupados mis sentidos como agora; y en este entretanto te suplico que, haciendo cuenta que tú eres a quien esta carta se envía, me des alguna respuesta que lleve a Timbrio, para que con este engaño él se en­tretenga un poco, y a mí el tiempo y las ocasiones me descubran to que tengo de hacer”. “De mal artificio quie­res usar -respondió Nísida-, porque, puesto caso que yo agora diese en nombre ajeno alguna blanda o esquiva respuesta, ¿no ves que el tiempo, descubridor de nuestros fines, aclarará el engaño y Timbrio quedará de ti más quejoso que satisfecho?; cuanto más que, por no haber dado hasta agora respuesta a semejantes cartas, no que­rría comenzar a darlas mentirosa y fingidamente; mas, aunque sepa ir contra to que a mí mesma debo, si me prometes de decir quién es la dama, yo te diré qué digas a tu amigo, y cosa tal, que él quede contento por agora; y, puesto que después las cosas sucedan al revés de lo que él pensare, no por eso se averiguará la mentira”. “Eso no me to mandes, ¡oh Nísida! -respondí yo-, por­que en tanta confusión me pone decirte yo a ti su nom­bre, como me pondría el darle a ella la carta; basta saber que es principal, y que, sin hacerte agravio alguno, no to debe nada en la hermosura, que con esto me parece que la encarezco sobre cuantas son nascidas”. “No me mara­villo que digas eso de mí -dijo Nísida-, pues los hom­bres de vuestra condición y trato, lisonjear es su propio óficio. Mas, dejando todo esto a una parte, porque deseo que no pierdas la comodidad de un tan buen amigo, te aconsejo que le digas que fuiste a dar la carta a su dama, y que has pasado con ella todas las razones que conmigo, sin faltar punto, y cómo leyó tu carta, y el ánimo que te daba para que a su dama la llevases, pensando que no era ella a quien venía; y que, aunque no te atreviste a decla­rar del todo, que has conoscido della que, cuando sepa ser ella para quien la carta venía, no le causará el engaño y desengaño mucha pesadumbre. Desta suerte rescibirá él algún alivio en su trabajo; y después, al descubrir tu intención a su dama, puedes responder a Timbrio lo que ella te respondiere, pues hasta el punto que ella lo sepa, queda en fuerza esta mentira y la verdad de lo que suce­diere, sin que haga al caso el éngaño de agora”.

»Admirado quedé de la discreta traza de Nísida, y aun no sin sospecha de la verdad de mi artificio. Y así, be­sándole las manos por el buen aviso, y quedando con ella que de cualquiera cosa que en este negocio sucediere le había de dar particular cuenta, vine a contar a Timbrio todo lo que con Nísida me había sucedido, que fue parte para que la tuviese en su alma la esperanza, y volviese de nuevo a sustentarle y a desterrar de su corazón los nubla­dos del frío temor que hasta entonces le tenían ofuscado. Y todo este gusto se le acrescentaba el prometerle yo a cada paso que los míos no serían dados sino en servicio suyo, y que otra vez que con Nísida me hallase, sacaría el juego de maña con tan buen suceso como sus pensa­mientos merecían. Una cosa se me ha olvidado de deci­ros: que en todo el tiempo que con Nísida y su hermana estuve hablando, jamás la menor hermana habló palabra, sino que, con un estraño silencio, estuvo siempre colga­da de las mías. Y seos decir, señores, que si callaba, no era por no saber hablar con toda discreción y donaire, porque en estas dos hermanas mostró naturaleza todo lo que ella puede y vale; y, con todo esto, no sé si os diga que holgara que me hubiera negado el cielo la ventura de haberlas conocido, especialmente a Nísida, principio y fin de toda mi desdicha. Pero, ¿qué puedó hacer, si lo que los hados tienen ordenado no puede por discursos hu­manos estorbarse? Yo quise, quiero y querré bién a Nísi­da, tan sin ofensa de Timbrio cuanto lo ha mostrado bien mi cansada lengua, que jamás la habló que en favor de Timbrio no fuese, encubriendo siempre, con más que or­dinaria discreción, la pena propria por remediar la ajena.

» Sucedió, pues, que, como la belleza de Nísida tan es­culpida en mi alma quedó desde el primer punto que mis ojos la vieron, no pudiendo tener mi pecho tan rico teso­ro encubierto, cuando solo o apartado alguna vez me ha­llaba, con algunas amorosas y lamentables canciones le descubría con velo de fingido nombre. Y así, una noche, pensando que ni Timbrio ni otro alguno me escuchaba, por dar alivio un poco al fatigado espíritu, en un retirado aposento, sólo de un laúd acompañado, canté unos ver­sos, que, por haberme puesto en una confusión gravísi­ma, os los habré de decir, que eran éstos:

» SILERIO

¿Qué laberinto es éste do se encierra

mi loca, levantada fantasía?

¿Quién ha vuelto mi paz en cruda guerra,

y en tal tristeza toda mi alegría?

¿O cuál hado me trujo a ver la tierra

qu’ha de servir de sepoltura mía,

o quién reducirá mi pensamiento

al término que pide un sano intento?

Si por romper este mi frágil pecho

y despojarme de la dulce vida,

quedase el suelo y cielo satisfecho

de que a Timbrio guardé la fe debida,

sin que me acobardara el crudo hecho,

yo fuera de mí mesmo el homicida;

mas si yo acabo, en él acaba luego

la amorosa esperanza y cresce el fuego.

Lluevan y caigan las doradas flechas

del ciego dios, y con rigor insano

al triste corazón vengan derechas,

disparadas con fiera airada mano;

que, aunque ceniza y polvo queden hechas

las heridas entrañas, lo que gano

en encubrir su dolorosa llaga

es rica de mi mal ilustre paga.

Silencio etemo a mi cansada lengua

pondrá la ley de la amistad sincera,

por cuya sin igual virtud desmengua

la pena que acabar jamás espera;

mas, aunque nunca acabe y ponga en mengua

la honra y la salud, será cual era

mi limpia fe: más firme y contrastada

que roca en medio de la mar airada.

Del humor que derraman estos ojos,

y de la lengua el pïadoso oficio;

del bien que se le debe a mis enojos,

y de la voluntad el sacrificio,

lleve los dulces premios y despojos

el caro amigo, y muéstrese propicio

el cielo a mi deseo, que pretende

el bien ajeno y a sí mismo ofende.

Socorre, ¡oh blando amor!, levanta y guía

mi bajo ingenio en la ocasión dudosa;

y al esperado punto esfuerzo envía

al alma y a la lengua temerosa,

la cual podrá, si lleva tu osadía,

facilitar la más difícil cosa,

y romper contra el hado y desventura,

hasta llegar a la mayor ventura.

»El estar tan trasportado en mis continuas imagina­ciones fue ocasión para que yo no tuviese cuenta en cantar estos versos que he dicho con tan baja voz como debiera, ni el lugar do estaba era tan escondido que es­torbara que de Timbrio no fueran escuchados, el cual, así como los oyó, le vino al pensamiento que el mío no esta­ba libre de amor, y que si yo alguno tenía, era a Nísida, según se podía colegir de mi canto. Y, aunque él alcanzó la verdad de mis pensamientos, no alcanzó la de mis de­seos; antes, entendiendo ser al contrario de lo que yo pensaba, determinó de ausentarse aquella mesma noche e irse adonde de ninguno fuese hallado, sólo por dejarme comodidad de que solo a Nísida sirviese. Todo esto supe yo de un paje suyo, sabidor de todos sus secretos, el cual vino a mí muy angustiado y me dijo: “Acudid, señor Si­lerio, que Timbrio, mi señor y vuestro amigo, nos quiere dejar y partirse esta noche, y no me ha dicho adónde, si­no que le apareje no sé qué dineros, y que a nadie diga que se parte. Principalmente me dijo que a vos no lo di­jese. Y este pensamiento le ha venido después que es­tuvo escuchando no sé qué versos que poco ha cantába­des, y, según los estremos que le he visto hacer, creo que va a desesperarse. Y, por parecerme que debo antes acudir a su remedio que a obedecer su mandado, os lo vengo a decir, como a quien puede ser parte para que no ponga en efecto tan dañado propósito”.

»Con estraño sobresalto escuché lo que el paje me de­cía, y fui luego a ver a Timbrio a su aposento, y, antes que dentro entrase, me paré a ver lo que hacía, el cual estaba tendido encima de su lecho boca abajo, derraman­do infinitas lágrimas, acompañadas de profundos sospi­ros, y con baja voz y mal formadas razones me pareció que éstas decía: “Procura, verdadero amigo Silerio, al­canzar el fruto que to solicitud y trabajo tiene bien me­rescido, y no quieras, por lo que te parece que debes a mi amistad, dejar de dar gusto a tu deseo, que yo refrenaré el mío, aunque sea con el medio estremo de la muerte, que, pues tú della me libraste, cuando con tanto amor y fortaleza al rigor de mil espadas te ofreciste, no es mucho que yo agora te pague en parte tan buena obra con dar lugar a que, sin el impedimento que mi presencia cau­sarte puede, goces de aquélla en quien cifró el cielo toda su belleza y puso el amor todo mi contento. De una sola cosa me pesa, dulce amigo, y es que no puedo despedir­me de ti en esta amarga partida; mas, admite por discul­pa el ser tú la causa della. ¡Oh Nísida, Nísida, y cuán cierto está de tu hermosura, que se ha de pagar la culpa del que se atreve a mirarla con la pena de morir por ella! Silerio la vio, y si no quedara cual imagino que ha que­dado, perdiera en gran parte conmigo la opinión que tie­ne de discreto. Mas, pues mi ventura así lo ha querido, sepa el cielo que no soy menos amigo de Silerio que él lo es mío; y, para muestras desta verdad, apártese Tim­brio de su gloria, destiérrese de su contento, vaya pere­grino de tierra en tierra, ausente de Silerio y de Nísida, dos verdaderas y mejores mitades de su alma”. Y luego, con mucha furia, se levantó del lecho y abrió la puerta, y, hallándome allí, me dijo: “¿Qué quieres, amigo, a tales horas? ¿Hay, por ventura, algo de nuevo?” “Hay tanto- le respondí yo- que, aunque hubiera menos no me pesa­ra”. En fin, por no cansaros más, yo llegué a tales térmi­nos con él, que le persuadí y di a entender ser su imagi­nación falsa, no en cuanto estaba yo enamorado, sino en el de quién, porque no era de Nisida, sino de su hermana Blanca; y súpelo decir esto de manera que él lo tuvo por verdadero. Y, porqué más crédito a ello diese, la memo­ria me ofreció unas estancias que muchos días antes yo mesmo había hecho a otra dama del mesmo nombre, y díjele que para la hermana de Nísida las había compues­to, las cuales vinieron tan a propósito que, aunque sea fuera dél decirlas ahora, no las quiero pasar en silencio, que fueron estas:

»SILERIO

¡Oh Blanca, a quien rendida está la nieve,

y en condición más que la nieve helada!,

no presumáis ser mi dolor tan leve

que estéis de remediarle descuidada.

Mirad que si mi mal no ablanda y mueve

vuestra alma, en mi desdicha conjurada,

se volverá tan negra mi ventura

cuanta sois blanca en nombre y hermosura.

¡Blanca gentil, en cuyo blanco pecho

el contento de amor se anida y cierra!:

antes qu’el mío, en lágrimas deshecho,

se vuelva polvo y miserable tierra,

mostrad el vuestro en algo satisfecho

del amor y dolor qu’el mío encierra,

que ésta será tan caudalosa paga,

que a cuanto mal padezco satisfaga.

Blanca, sois vos por quien trocar querría

de oro el más finísimo ducado,

y por tan alta posesión tendría

por bien perder la del más alto estado.

Pues esto conocéis, ¡oh Blanca mía!,

dejad ese desdén desamorado,

y haced, ¡oh Blanca!, que el amor acierte

a sacar, si sois vos, blanca mi suerte.

Puesto que con pobreza tal me hallara

que tan sola una blanca poseyera,

si ella fuérades vos, no me trocara

por el más rico que en el mundo hubiera;

y si mi ser en aquel ser tomara

de Juan de Espera en Dios, dichoso fuera

si al tiempo que las tres blancas buscase,

a vos, ¡oh Blanca!, entre ellas os hallase.»

Adelante pasara con su cuento Silerio, si no lo estor­bara el son de muchas zampoñas y acordados caramillos que a sus espaldas se oía; y, volviendo la cabeza, vieron venir hacia ellos hasta una docena de gallardos pastores puestos en dos hileras, y en medio venía un dispuesto pastor, coronado con una guirnalda de madreselva y de otras diferentes flores. Traía un bastón en la una mano, y con grave paso poco a poco se movía; y los demás pasto­res, andando con el mesmo aplauso y tocando todos sus instrumentos, daban de sí agradable y estraña muestra. Luego que Elicio los vio, conosció ser Daranio el pastor que en medio traían, y los demás ser todos circunvecinos que a sus bodas querían hallarse, a las cuales asimesmo Tirsi y Damón vinieron, y, por alegrar la fiesta del des­posorio y honrar al nuevo desposado, de aquella manera hacia el aldea se encaminaban. Pero, viendo Tirsi que su venida había puesto silencio al cuento de Silerio, le rogó que aquella noche juntos en la aldea la pasasen, donde sería servido con la voluntad posible, y haría satisfechas las suyas con acabar el comenzado suceso. Silerio lo pro­metió. Y a esta sazón llegó el montón alegre de pastores, los cuales conosciendo a Elicio y Daranio, a Tirsi y a Damón, sus amigos, con señales de grande alegría se re­cibieron; y, renovando la música y renovando el conten­to, tomaron a proseguir el comenzado camino; y, ya que llegaban junto al aldea, llegó a sus oídos el son de la zampoña del desamorado Lenio, de que no poco gusto recibieron todos, porque ya conocían la estremada condición suya. Y, así como Lenio los vio y conoció, sin interromper el suave canto, desta manera cantando hacia ellos se vino:

LENIO

Por bienaventurada,

por llena de contento y alegría,

será por mí juzgada

tan dulce compañía,

si no siente de amor la tiranía.

Y besaré la tierra

que pisa aquel que de su pensamiento

el falso amor destierra

y tiene el pecho esento

desta furia cruel, deste tormento.

Y llamaré dichoso

al rústico advertido ganadero

que vive cuidadoso

del pobre manso apero

y muestra el rostro al crudo amor severo.

Deste tal las corderas,

antes que venga la sazón madura,

serán ya parideras,

y en la peña más dura

hallarán claras aguas y verdura.

Si, estando amor airado

con él, pusiere en su salud desvío,

llevaré su ganado,

con el ganado mío,

al abundoso pasto, al claro río.

Y en tanto, del encienso

el humo sancto irá volando al cielo,

a quien decirle pienso

con pío y justo celo,

las rodillas prostradas por el suelo:

‘¡Oh cielo sancto y justo!,

pues eres protector del que pretende

hacer lo que es tu gusto,

a la salud atiende

de aquel que por servirte amor le ofende.

No lleve este tirano

los despojos a ti solo debidos;

antes, con larga mano

y premios merescidos,

restituye su fuerza a los sentidos”.

En acabando de cantar Lenio, fue de todos los pasto­res cortésmente rescibido, el cual, como oyese nombrar a Damón y a Tirsi, a quien él sólo por fama conoscía, que­dó admirado en ver su estremada presencia; y así, les dijo:

-¿Qué encarecimientos bastarían, aunque fueran los mejores que en la elocuencia pudieran hallarse, a poder levantar y encarecer el valor vuestro, famosos pastores, si por ventura las niñerías de amor no se mezclaran con las veras de vuestros celebrados escriptos? Pero, pues ya estáis éticos de amor, enfermedad al parecer incurable, puesto que mi rudeza, con estimar y alabar vuestra rara discreción, os pague to que os debe, imposible será que yo deje de vituperar vuestros pensamientos.

-Si los tuyos tuvieras, discreto Lenio -respondió Tir­si-, sin las sombras de la vana opinión que los ocupa, vieras luego la claridad de los nuestros, y que, por ser amorosos, merescen más gloria y alabanza que por nin­guna otra sutileza o discreción que encerrar pudieran.

-No más, Tirsi, no más -replicó Lenio-, que bien sé que contra tantos y tan obstinados enemigos poca fuerza tendrán mis razones.

-Si ellas lo fueran -respondió Elicio-, tan amigos son de la verdad los que aquí están, que ni aun burlando la contradijeran; y en esto podrás ver, Lenio, cuán fuera vas della, pues no hay ninguno que apruebe tus palabras, ni aun tenga por buenas tus intenciones.

-Pues, a fe -dijo Lenio-, que no te salve a ti la tuya, ¡oh Elicio! Si no, dígalo el aire, a quien contino acres­cientas con sospiros, y la yerba destos prados, que va cresciendo con tus lágrimas, y los versos que el otro día en las hayas de aquel bosque escribiste, que en ellos se verá qué es to que en ti alabas y en mí vituperas.

No quedara Lenio sin respuesta, si no vieran venir ha­cia donde ellos estaban a la hermosa Galatea con las dis­cretas pastoras Florisa y Teolinda, la cual, por no ser co­noscida de Damón y Tirsi, se había puesto un blanco velo ante su hermoso rostro. Llegaron y fueron de los pastores con alegre acogimiento rescebidas, principal­mente de los enamorados Elicio y Erastro, que con la vista de Galatea tan estraño contento rescibieron que, no pudiendo Erastro disimularle, en señal dél, sin mandár­selo alguno, hizo señas a Elicio que su zampoña tocase, al son de la cual, con alegres y suaves acentos, cantó los siguientes versos:

ERASTRO

Vea yo los ojos bellos

deste sol que estoy mirando,

y si se van apartando,

váyase el alma tras ellos.

Sin ellos no hay claridad,

ni mi alma no la espere,

que, ausente dellos, no quiere

luz, salud, ni libertad.

Mire quien puede estos ojos,

que no es posible alaballos;

mas ha de dar por mirallos

de la vida los despojos.

Yo los veo y yo los vi,

y cada vez que los veo

les doy un nuevo deseo

tras el alma que les di.

Ya no tengo más que dar

ni imagino más que dé,

si por premio de mi fe

no se admite el desear.

Cierta está mi perdición

si estos ojos do el bien sobra

los pusieren en la obra

y no en la sana intención.

Aunque durase este día

mil siglos, como deseo,

a mí, que canto bien veo,

un punto parecería.

No hace el tiempo ligero

curso en alterar mi edad,

mientras miro la beldad

de la vida por quien muero.

En esta vista reposa

mi alma y halla sosiego,

y vive en el vivo fuego

de su luz pura, hermosa.

Y hace amor tan alta prueba

con ella, que en esta llama

a dulce vida la llama

y, cual fénix, la renueva.

Salgo con mi pensamiento

buscando mi dulce gloria,

y al fin hallo en mi memoria

encerrado mi contento.

Allí está y allí se encierra,

no en mandos, no en poderíos,

no en pompas, no en señoríos

ni en riquezas de la tierra.

Aquí acabó su canto Erastro, y se acabó el camino de llegar a la aldea, adonde Tirsi y Damón y Silerio en casa de Elicio se recogieron, por no perder la ocasión de saber en qué paraba el comenzado cuento de Silerio. Las her­mosas pastoras Galatea y Florisa, ofreciendo de hallarse el venidero día a las bodas de Daranio, dejaron a los pas­tores, y todos o los más con el desposado se quedaron, y ellas a sus casas se fueron. Y aquella mesma noche, soli­citado Silerio de su amigo Erastro, y por el deseo que le fatigaba de volver a su ermita, dio fin al suceso de su historia, como se verá en el siguiente libro.

Fin del segundo libro

Tercero libro de Galatea

El regocijado alboroto que con la ocasión de las bodas de Daranio aquella noche en el aldea había, no fue pane para que Elicio, Tirsi, Damón y Erastro de­jasen de acomodarse en parte donde, sin ser de alguno estorbados, pudiese seguir Silerio su comenzada historia. El cual, después que todos juntos grato silencio le presta­ron, siguió desta manera:

-«Con las fingidas estancias de Blanca que os he di­cho que a Timbrio dije, quedó él satisfecho de que mi pena procedía, no de amores de Nísida, sino de su her­mana. Y, con este seguro, pidiéndome perdón de la falsa imaginación que de mí había tenido, me tornó a encargar su remedio. Y así, yo, olvidado del mío, no me descuidé un punto de to que al suyo tocaba. Algunos días se pasa­ron, en los cuales la fortuna no me mostró tan abierta ocasión como yo quisiera para descubrir a Nísida la ver­dad de mis pensamientos, aunque ella siempre me pre­guntaba cómo a mi amigo en sus amores le iba, y si su dama tenía ya alguna noticia dellos. A lo que yo le dije que todavía el temor de ofenderla no me dejaba aventu­rar a decirle cosa alguna. De lo cual Nísida se enojaba mucho, y me llamaba cobarde y de poca discreción, aña­diendo a esto que, pues yo me acobardaba, o que Tim­brio no sentía el dolor que yo dél publicaba, o que yo no era tan verdadero amigo suyo como decía. Todo esto fue parte para que me determinase y en la primera ocasión me descubriese, como lo hice un día que sola estaba, la cual escuchó con estraño silencio todo lo que decirle qui­se; y yo, como mejor pude, le encarecí el valor de Tim­brio, el verdadero amor que le tenía, el cual era de suerte que me había movido a mí a tomar tan abatido ejercicio como era el de truhán, sólo por tener lugar de decirle lo que le decía, añadiendo a éstas otras razones que a Nísi­da le debió parecer que lo eran. Mas no quiso mostrar entonces por palabras lo que después con obras no pudo tener cubierto; antes, con gravedad y honestidad estraña, reprehendió mi atrevimiento, acusó mi osadía, afeó mis palabras y desmayó mi confianza; pero no de manera que me desterrase de su presencia, que era to que yo más te­mía. Sólo concluyó con decirme que de allí adelante tu­viese más cuenta con lo que a su honestidad era obliga­do, y procurase que el artificio de mi mentido hábito no se descubriese. Conclusión fue esta que cerró y acabó la tragedia de mi vida, pues por ella entendí que Nísida da­ría oídos a las quejas de Timbrio.

»¿En qué pecho pudo caber ni puede el estremo de dolor que entonces en el mío se encerraba, pues el fin de su mayor deseo era el remate y fin de su contento? Alegrábame el buen principio que al remedio de Timbrio había dado, y esta alegría en mi pesar redundaba, por parecerme, como era la verdad, que en viendo a Nísida en poder ajeno el proprio mío se acababa. ¡Oh fuerza po­derosa de verdadera amistad, a cuánto te estiendes y a cuánto me obligaste, pues yo mismo, forzado de tu obli­gación, afilé con mi industria el cuchillo que había de degollar mis esperanzas, las cuales, muriendo en mi al­ma, vivieron y resucitaron en la de Timbrio cuando de mí supo todo lo que con Nísida pasado había! Pero ella andaba tan recatada con él y conmigo, que nunca de todo punto dio a entender que de la solicitud mía y amor de Timbrio se contentaba, ni menos se desdeñó de suerte que sus sinsabores y desvíos hiciesen a los dos abando­nar la empresa, hasta que, habiendo llegado a noticia de Timbrio cómo su enemigo Pransiles -aquel caballero a quien él había agraviado en Jerez-, deseoso de satisfacer su honra, le enviaba a desafiar, señalándole campo fran­co y seguro en una tierra del estado del duque de Gravi­na, dándole término de seis meses, desde entonces hasta el día de la batalla. El cuidado deste aviso no fue parte para que se descuidase de lo que a sus amores convenía; antes, con nueva solicitud mía y servicios suyos, vino a estar Nísida de manera que no se mostraba esquiva aun­que la mirase Timbrio y en casa de sus padres visitase, guardando en todo tan honesto decoro, cuanto a su valor era obligada. Acercándose ya el término del desafío, y viendo Timbrio serle inescusable aquella jornada, deter­minó de partirse, y, antes que lo hiciese, escribió a Nísi­da una carta tal, que acabó con ella en un punto to que yo en muchos meses atrás y en muchas palabras no había comenzado. Tengo la carta en la memoria, y, por hacer al caso de mi cuento, no os dejaré de decir que así decía:

TIMBRIO A NÍSIDA

Salud te envía aquél que no la tiene,

Nísida, ni la espera en tiempo alguno

si por tus manos mismas no le viene.

El nombre aborrescible de importuno

temo me adquirirán estos renglones,

escriptos con mi sangre de uno en uno.

Mas, la furia cruel de mis pasiones

de tal modo me turba, que no puedo

huir las amorosas sinrazones.

Entre un ardiénte osar y un frío miedo,

arrimado a mi fe y al valor tuyo,

mientras ésta rescibes triste quedo,

por ver que en escrebirte me destruyo,

si tienes a donaire lo que digo

y entregas al desdén lo que no es suyo.

El cielo verdadero me es testigo

si no te adoro desde el mesmo punto

que vi ese rostro hermoso y mi enemigo.

El verte y adorarte llegó junto;

porque, ¿quién fuera aquél que no adorara

de un ángel bello el sin igual trasumpto?

Mi alma tu belleza, al mundo rara,

vio tan curiosamente que no quiso

en el rostro parar la vista clara.

Allá en el alma tuya un paraíso

fue descubriendo de bellezas tantas,

que dan de nueva gloria cierto aviso.

Con estas ricas alas te levantas

hasta llegar al cielo, y en la tierra

al sabio admiras y al que es simple espantas.

Dichosa el alma que tal bien encierra,

y no menos dichoso el que por ella

la suya rinde a la amorosa guerra.

En deuda soy a mi fatal estrella,

que me quiso rendir a quien encubre

en tan hermoso cuerpo alma tan bella.

Tu condición, señora, me descubre

el desengaño de mi pensamiento,

y de temor a mi esperanza cubre.

Pero, en fe de mi justo honroso intento,

hago buen rostro a la desconfianza,

y cobro al postrer punto nuevo aliento.

Dicen que no hay amor sin esperanza;

pienso que es opinión, que yo no espero,

y del amor la fuerza más me alcanza.

Por sola tu bondad te adoro y quiero,

atraído también de tu belleza,

que fue la red que amor tendió primero

para atraer con rara subtileza

al alma descuidada libre mía

al amoroso ñudo y su estrecheza.

Sustenta amor su mando y tiranía

con cualquiera belleza en algún pecho;

pero no en la curiosa fantasía,

que mira, no de amor el lazo estrecho

que tiende en los cabellos de oro fino,

dejando al que los mira satisfecho,

ni en el pecho, a quien llama alabastrino

quien del pecho no pasa más adentro,

ni en el marfil del cuello peregrino,

sino del alma el escondido centro

mira, y contempla mil bellezas puras

que le acuden y salen al encuentro.

Mortales y caducas hermosuras

no satisfacen a la inmortal alma,

si de la luz perfecta no anda a escuras.

Tu sin igual virtud lleva la palma

y los despojos de mis pensamientos,

y a los torpes sentidos tiene en calma.

Y en esta subjeción están contentos,

porque miden su dura amarga pena

con el valor de tus merescimientos.

Aro en el mar y siembró en el arena

cuando la fuerza estraña del deseó

a más que a contemplarte me condemna.

Tu alteza entiendo, mi bajezá veo,

y, en estremos que son tan diferentes,

ni hay medio que esperar ni le poseo.

Ofrécense por esto inconvinientes

tantos a mi remedio, cuantas tiene

el cielo estrellas y la tierra gentes.

Conozco to que al alma le conviene,

sé lo mejor, y a lo peor me atengo,

llevado del amor que me entretiene.

Mas ya, Nísida bella, al paso vengo,

de mí con mortal ansia deseado,

do acabaré la pena que sostengo.

El enemigo brazo levantado

me espera, y la feroz aguda espada,

contra mí con tu saña conjurado.

Presto será tu voluntad vengada

del vano atrevimiento desta mía,

de ti sin causa alguna desechada.

Otro más duro trance, otra agonía,

aunque fuera mayor que de la muerte

no turbara mi triste fantasía,

si cupiera en mi corta amarga suerte

verte de mis deseos satisfecha,

así como al contrario puedo verte.

La senda de mi bien hállola estrecha;

la de mi mal, tan ancha y espaciosa,

cual de mi desventura ha sido hecha.

Por ésta corre airada y presurosa

la muerte, en tu desdén fortalecida,

de triunfar de mi vida deseosa.

Por aquélla mi bien va de vencida,

de tu rigor, señora, perseguido,

qu’es el que ha de acabar mi corta vida.

A términos tan tristes conducido

me tiene mi ventura, que ya temo

al enemigo airado y ofendido,

sólo por ver qu’el fuego en que me quemo

es yelo en ese pecho, y esto es parte

para que yo acobarde al paso estremo;

que si tú no te muestras de mi parte,

¿a quién no temerá mi flaca mano,

aunque más le acompañe esfuerzó y arte?

Pero si me ayudaras, ¿qué romano

o griego capitán me contrastara,

que al fin su intento no saliera vano?

Por el mayor peligro me arrojara,

y de las fieras manos de la muerte

los despojos seguro arrebatara.

Tú sola puedes levántar mi suerte

sobre la humana pompa, o derribarla

al centro do no hay bien con que se acierte;

que, si como ha podido sublimarla

el puro amor, quisiera la fortuna

en la difícil cumbre sustentarla,

subida sobre el cielo de la luna

se viera mi esperanza, que ahora yace

en lugar do no espera en cosa alguna.

Tal estoy ya, que ya me satisface

el mal que tu desdén airado, esquivo,

por tan estraños términos me hace,

sólo por ver que en tu memoria vivo,

y que te acuerdas, Nísida, siquiera

de hacerme mal, que yo por bien rescibo.

Con más facilidad contar pudiera

del mar los granos de la blanca arena,

y las estrellas de la octava esfera,

que no las ansias, el dolor, la pena

a qu’el fiero rigor de tu aspereza,

sin haberte ofendido, me condemna.

No midas tu valor con mi bajeza,

que al respecto de tu ser famoso,

por tier[r]a quedará cualquiera alteza.

Así cual soy te amo, y decir oso

que me adelanto en firme enamorado

al más subido término amoroso.

Por esto no merezco ser tratado

como enemigo; antes, me parece

que debría de ser remunerado.

Mal con tanta beldad se compadece

tamaña crueldad, y mal asienta

ingratitud do tal valor floresce.

Quisiérate pedir, Nísida, cuenta

de un alma que te di: ¿dónde la echaste,

o cómo, estando ausente, me sustenta?

Ser señora de un alma no aceptaste;

pues, ¿qué te puede dar quien más te quiera?

¡Cuán bien tu presumpción aquí mostra[s]te!

Sin alma estoy desde la vez primera

que te vi, por mi mal y por bien mío,

que todo fuera mal si no te viera.

Allí el freno te di de mi albedrío,

tú me gobiernas, por ti sola vivo,

y aun puede mucho más tu poderío.

En el fuego de amor puro me avivo

y me deshago, pues, cual fénix, luego

de la muerte de amor vida rescibo.

En fe desta mi fe, te pido y ruego

sólo que creas, Nísida, que es cierto

que vivo ardiendo en amoroso fuego,

y que tú puedes ya, después de muerto,

reducirme a la vida, y en un punto

del mar airado conducirme al puerto;

que está para conmigo en ti tan junto

el querer y el poder, que es todo uno,

sin discrepar y sin faltar un punto;

y acabo, por no ser más importuno.

»No sé si las razones desta carta, o las muchas que yo antes a Nísida había dicho, asegurándole el verdadero amor que Timbrio la tenía, o los continuos servicios de Timbrio, o los cielos, que así lo tenían ordenado, movie­ron las entrañas de Nísida para que, en el punto que la acabó de leer, me llamase y con lágrimas en los ojos me dijese: “¡Ay, Silerio, Silerio, y cómo creo que a costa de la salud mía has querido granjear la de tu amigo! Hagan los hados, que a este punto me han traído, con las obras de Timbrio verdaderas tus palabras. Y si las unas y las otras me han engañado, tome de mi ofensa venganza el cielo, al cual pongo por testigo de la fuerza que el deseo me hace, para que no le tenga más encubierto. Mas ¡ay, cuán liviano descargo es éste para tan pesada culpa, pues debiera yo primero morir callando porque mi honra vi­viera, que, con decir to que agora quiero decirte, ente­rrarla a ella y acabar mi vida!” Confuso me tenían estas palabras de Nísida, y más el sobresalto con que las decía; y, queriendo con las mías animarla a que sin temor algu­no se declarase, no fue menester importunarla mucho, que al fin me dijo que no sólo amaba, pero que adoraba a Timbrio, y que aquella voluntad tuviera ella cubierta siempre, si la forzosa ocasión de la partida de Timbrio no la forzara a descubrirla.

»Cuál yo quedé, pastores, oyendo lo que Nísida de­cía y la voluntad amorosa que tener a Timbrio mostra­ba, no es posible encarecerlo, y aun es bien que carez­ca de encarecimiento dolor que a tanto se estiende; no porque me pesase de ver a Timbrio querido, sino de verme a mí imposibilitado de tener jamás contento, pues estaba y está claro que ni podía, ni puedo vivir sin Nísida, a la cual, como otras veces he dicho, viéndola en ajenas manos puesta, era enajenarme yo de todo gusto. Y si alguno la suerte en este trance me concedía, era consi­derar el bien de mi amigo Timbrio, y esto fue parte para que no llegase a un mesmo punto mi muerte. Y la decla­ración de la voluntad de Nísida escuchéla como pude, y aseguréla como supe de la entereza del pecho de Tim­brio, a lo cual ella me respondió que ya no había necesi­dad de asegurarle aquello, porque estaba de manera que no podía, ni le convenía, dejar de creerme, y que sólo me rogaba, si fuese posible, procurase de persuadir a Tim­brio buscase algún medio honroso para no venir a batalla con su enemigo; y, respondiéndole yo ser esto imposible sin quedar deshonrado, se sosegó, y, quitándose del cue­llo unas preciosas reliquias, me las dio para que a Tim­brio de su parte las diese. Quedó ansimesmo concertado entre los dos que ella sabía que sus padres habían de it a ver el combate de Timbrio, y que llevarían a ella y a su hermana consigo; mas, porque no le bastaría el ánimo de estar presente al riguroso trance de Timbrio, que ella fin­giría estar mal dispuesta, con la cual ocasión se quedaría en una casa de placer donde sus padres habían de posar, que media legua estaba de la villa donde se había de ha­cer el combate; y que allí esperaría. su buena o mala suerte, según la tuviese Timbrio. Mandóme también que, para acortar el deseo que tendría de saber el suce­so de Timbrio, que llevase yo conmigo una toca blanca que ella me dio, y que si Timbrio venciese, me la atase al brazo y volviese a darle las nuevas; y si fuese ven­cido, que no la atase, y así ella sabría por la señal de la toca desde lejos el principio de su contento o el fin de su vida.

»Prometíle de hacer todo lo que me mandaba, y, to­mando las reliquias y la toca, me despedí della, con la mayor tristeza y el mayor contento que jamás tuve: mi poca ventura causaba la tristeza, y la mucha de Timbrio el alegría. Él supo de mí lo que de parte de Nísida le lle­vaba, y quedó con ello tan lozano, contento y orgulloso, que el peligro de la batalla que esperaba por ninguno le tenía, pareciéndole que en ser favorescido de su señora, aun la mesma muerte contrastar no le podría. Paso agora en silencio los encarecimientos que Timbrio hizo para mostrarse agradecido a lo que a mi solicitud debía, por­que fueron tales, que mostraba estar fuera de seso tratan­do en ello.

»Esforzado, pues, y animado con esta buena nueva, comenzó a aparejar su partida, llevando por padrinos un principal caballero español y otro napolitano. Y a la fama deste particular duelo, se movió a verlo infinita gente del reino, y yendo también allá los padres de Nísida, llevando con ellos a ella y a su hermana Blanca. Y, como a Timbrio tocaba escoger las armas, quiso mostrar que no en la ventaja dellas, sino en la razón que tenía fundaba su derecho; y así, las que escogió fueron espada y daga, sin otra arma defensiva alguna. Pocos días faltaban al térmi­no señalado, cuando de la ciudad de Nápoles se partie­ron, con otros muchos caballeros, Nísida y sus padres, habiendo llegado primero ella, acordá[n]dome muchas veces que no se olvidase nuestro concierto. Pero mi can­sada memoria, que jamás sirvió sino de acordarme solas las cosas de mi desgusto, por no mudar su condición, se olvidó tanto de to que Nísida me había dicho, cuanto vio que convenía para quitarme la vida, o, a lo menos, para ponerme en el miserable estado en que agora me veo.»

Con grande atención estaban los pastores escuchando to que Silerio contaba, cuando interrompió el hilo de su cuento la voz de un lastimado pastor que entre unos ár­boles cantando estaba, y no tan lejos de las ventanas de la estancia donde ellos estaban que dejase de oírse todo to que decía. La voz era de suerte que puso silencio a Silerio, el cual en ninguna manera quiso pasar adelante, antes rogó a los demás pastores que la escuchasen, pues, “para lo poco que de mi cuento quedaba, tiempo habría de acabarlo”. Hiciéraseles de mal esto a Tirsi y Damón, si no les dijera Elicio:

-Poco se perderá, pastores, en escuchar al desdichado Mireno -que, sin duda, es el pastor que canta-, y a quien ha traído la fortuna a términos que imagino que no espe­ra él ninguno en su contento.

-¿Cómo le ha de esperar -dijo Erastro-, si mañana se desposa Daranio con la pastora Silveria, con quien él pensaba casarse? Pero en fin, han podido más con los padres de Silveria las riquezas de Daranio que las habili­dades de Mireno.

-Verdad dices -replicó Elicio-, pero con Silveria más había de poder la voluntad que de Mireno tenía conocida que otro tesoro alguno; cuanto más, que no es Mireno tan pobre que, aunque Silveria se casara con él, fuera su ne­cesidad notada.

Por estas razones que Elicio y Erastro dijeron, creció el deseo en los pastores de escuchar to que Mireno can­taba. Y así, rogó Silerio que más no se hablase, y todos con atento oído se pararon a escucharle, el cual, afligido de la ingratitud de Silveria, viendo que otro día con Da­ranio se desposaba, con la rabia y dolor que le causaba este hecho, se había salido de su casa, acompañado de solo su rabel; y, convidándole la soledad y silencio de un pequeño pradecillo que junto a las paredes de la aldea estaba, y confiado que en tan sosegada noche ninguno le escucharía, se sentó al pie de un árbol, y, templando su rabel, desta manera cantando estaba:

MIRENO

Cielo sereno, que con tantos ojos

los dulces amorosos hurtos miras,

y con to curso alegras o entristeces

a aquel que en tu silencio sus enojos

a quien los causa dice, o al que retiras

de gusto tal y espacio no le ofreces:

si acaso no careces

de tu benignidad para conmigo,

pues ya con sólo hablar me satisfago,

y sabes cuanto hago,

no es mucho que ahora escuches lo que digo,

que mi voz lastimera

saldrá con la doliente ánima fuera.

Ya mi cansada voz, ya mis lamentos

bien poco ofenderán al aire vano,

pues a término tal soy reducido,

que ofrece amor a los airados vientos

mis esperanzas, y en ajena mano

ha puesto el bien que tuve merescido.

Será el fruto cogido

que sembró mi amoroso pensamiento

y regaron mis lágrimas cansadas,

por las afortunadas

manos a quien faltó merescimiento

y sobró la ventura,

que allana lo difícil y asegura.

Pues el que vee su gloria convertida

en tan amarga dolorosa pena,

y tomando su bien cualquier camino,

¿por qué no acaba la enojosa vida?

¿Por qué no rompe la vital cadena

contra todas las fuerzas del destino?

Poco a poco camino

al dulce trance de la amarga muerte,

y así, atrevido aunque cansado brazo,

sufrid el embarazo

del vivir, pues ensalza nuestra suerte

saber que a amor le place

qu’el dolor haga lo qu’el hierro hace.

Cierta mi muerte está, pues no es posible

que viva aquél que tiene la esperanza

tan muerta y tan ajeno está de gloria;

pero temo que amor haga imposible

mi muerte, y que una falsa confianza

dé vida, a mi pesar, a la memoria.

Mas, ¿qué?, si por la historia

de mis pasados bienes la poseo,

y miro bien que todos son pasados,

y los graves cuidados

que triste agora en su lugar poseo,

ella será más parte

para que della y del vivir me aparte.

¡Ay, bien único y solo al alma mía,

sol que mi tempestad aserenaste,

término del valor que se desea!

¿Será posible que se llega el día

donde he de conocer que me olvidaste,

y que permita amor que yo le vea?

Primero que esto sea,

primero que tu blanco hermoso cuello

esté de ajenos brazos rodeado,

primero que el dorado

-oro es mejor decir- de tu cabello

a Daranio enriquezca,

con fenecer mi vida el mal fenezca.

Nadie por fe te tuvo merescida

mejor que yo; mas veo que es fe muerta

la que con obras no se manifiesta.

Si se estimara el entregar la vida

al dolor cierto y a la gloria incierta,

pudiera yo esperar alegre fiesta;

mas no se admite en esta

cruda ley que amor usa el buen deseo,

pues es proverbio antiguo entre amadores,

que son obras amores;

y yo, que por mi mal sólo poseo

la voluntad de hacellas,

¿qué no m’ha de faltar faltando en ellas?

En ti pensaba yo que se rompiera

esta ley del avaro amor usada,

pastora, y que los ojos levantaras

a una alma de la tuya prisionera,

y a tu proprio querer tan ajustada,

que si la conoscieras, la estimaras.

Pensé que no trocaras

una fe que dio muestras de tan buena

por una que quilata sus deseos

con los vanos arreos

de la riqueza, de cuidados llena:

entregástete al oro,

por entregarme a mí contino al lloro.

Abatida pobreza, causadora

deste dolor que me atormenta el alma,

aquel te loa que jamás te mira.

Turbóse en ver tu rostro mi pastora,

a su amor tu aspereza puso en calma;

y así, por no encontrarte, el pie retira.

Mal contigo se aspira

a conseguir intentos amorosos:

tú derribas las altas esperanzas,

y siembras mil mudanzas

en mujeriles pechos codiciosos;

tú jamás perfecionas

con amor el valor de las personas.

Sol es el oro cuyos rayos ciegan

la vista más aguda, si se ceba

en la vana apariencia del provecho.

A liberales manos no se niegan

las que gustan de hacer notoria prueba

de un blando, codicioso, hermoso pecho.

Oro tuerce el derecho

de la limpia intención y fe sincera,

y más que la firmeza de un amante,

acaba un diamante,

pues su dureza vuelve un pecho cera,

por más duro que sea,

pues se le da con él lo que desea.

De ti me pesa, dulce mi enemiga,

que tantas tuyas puras perfectiones

con una avara muestra has afeado.

Tanto del oro te mostraste amiga,

que echaste a las espaldas mis pasiones

y al olvido entregaste mi cuidado.

En fin, ¡que te has casado!

¡Casado te has, pastora! El cielo haga

tan buena tu electión como querrías,

y de las penas mías

injustas no rescibas justa paga;

mas, ¡ay!, que el cielo amigo

da premio a la virtud, y al mal, castigo.

Aquí dio fin a su canto el lastimado Mireno, con muestras de tanto dolor, que le causó a todos los que es­cuchándole estaban, principalmente a los que le conocían y sabían sus virtudes, gallarda dispusición y honroso trato. Y, después de haber dicho entre los pastores algu­nos discursos sobre la estraña condición de las mujeres, en especial sobre el casamiento de Silveria, que, olvidada del amor y bondad de Mireno, a las riquezas de Daranio se había entregado, deseosos de que Silerio diese fin a su cuento, puesto silencio a todo, sin ser menester pedírselo, él comenzó a seguir diciendo:

-«Llegado, pues, el día del riguroso trance, habiéndo­se quedado Nísida media legua antes de la villa en unos jardines, como conmigo había concertado, con escusa que dio a sus padres de no hallarse bien dispuesta, al partirme della me encargó la brevedad de mi tomada con la señal de la toca, porque, en traerla o no, ella entendie­se el bueno o el mal suceso de Timbrio. Tornéselo yo a prometer, agraviándome de que tanto me lo encargase; y con esto me despedí della y de su hermana, que con ella se quedaba. Y, llegado al puesto del combate, y llegada la hora de comenzarle, después de haber hecho los padri­nos de entrambos las ceremonias y amonestaciones que en tal caso se requieren, puestos los dos caballeros en el estacado, al temeroso son de una ronca trompeta, se acometieron con tanta destreza y arte que causaba admi­racion en quien los miraba. Pero el amor, o la razón -que es lo más cierto-, que a Timbrio favorescía, le dio tal es­fuerzo que, aunque a costa de algunas heridas, en poco espacio puso a su contrario de suerte que, tiniéndole a sus pies herido y desangrado, le importunaba que si que­ría salvar la vida, se rindiese. Pero el desdichado Pransi­les le persuadía que le acabase de matar, pues le era más fácil a él, y de menos daño, pasar por mil muertes que rendirse una. Mas el generoso ánimo de Timbrio es de manera que, ni quiso matar a su enemigo, ni menos que se confesase por rendido; sólo se contentó con que dije­se y conociese que era tan bueno Timbrio como él, lo cual Pransiles confesó de buena gana, pues hacía en esto tan poco, que, sin verse en aquel término, pudiera muy bien decirlo.

»Todos los circunstantes, que entendieron lo que Timbrio con su enemigo había pasado, lo alabaron y es­timaron en mucho. Y, apenas hube yo visto el feliz suce­so de mi amigo, cuando, con alegría increíble y presta li­gereza, volví a dar las nuevas a Nísida. Pero, ¡ay de mí!, que el descuido de entonces me ha puesto en el cuidado de agora. ¡Oh memoria, memoria mía! ¿Por qué no la tu­viste para lo que tanto me importaba? Mas creo que esta­ba ordenado en mi ventura que el principio de aquella alegría fuese el remate y fin de todos mis contentos. Yo volví a ver a Nísida con la presteza que he dicho, pero volví sin ponerme la blanca toca al brazo. Nísida, que con crecido deseo estaba esperando y mirando desde unos altos corredores mi tornada, viéndome volver sin la toca, entendió que algún siniestro revés a Timbrio había sucedido, y creyólo y sintiólo de manera que, sin ser parte otra cosa, faltándole todos los espíritus, cayó en el suelo con tan estraño desmayo que todos por muerta la tuvieron. Cuando ya yo llegué, hallé a toda la gente de su casa alborotada, y a su hermana haciendo mil estremos de dolor sobre el cuerpo de la triste Nísida. Cuando yo la vi en tal estado, creyendo firmemente que era muerta y viendo que la fuerza del dolor me iba sacando de sentido, temeroso que, estando fuera dél, no diese o descubriese algunas muestras de mis pensamientos, me salí de la ca­sa, y poco a poco volvía a dar las desdichadas nuevas al desdichado Timbrio. Pero, como me hubiesen privado las ansias de mi fatiga las fuerzas de cuerpo y alma, no fue­ron tan ligeros mis pasos que no lo hubiesen sido más otros que la triste nueva a los padres de Nísida llevasen, certificándoles cierto que de un agudo paracismo había quedado muerta. Debió de oír esto Timbrio, y debió de quedar cual yo quedé, si no quedó peor; sólo sé decir que cuando llegué a do pensaba hallarle, era ya algo anoche­cido, y supe de uno de sus padrinos que con el otro, y por la posta, se había partido a Nápoles, con muestras de tanto descontento, como si de la contienda vencido y deshonrado salido hubiera. Luego imaginé yo lo que ser podía, y púseme luego en camino para seguirle; y, antes que a Nápoles llegase, tuve nuevas ciertas de que Nísida no era muerta, sino que le había dado un desmayo que le duró veinte y cuatro horas, al cabo de las cuales había vuelto en sí con muchas lágrimas y sospiros. Con la cer­tidumbre desta nueva me consolé, y con más contento llegué a Nápoles, pensando hallar allí a Timbrio; pero no fue así, porque el caballero con quien él había venido me certificó que, en llegando a Nápoles, se partió sin decir cosa alguna, y que no sabía a qué parte; sólo imaginaba que, según le vio triste y malencólico después de la ba­talla, que no podía creer sino que a desesperarse hu­biese ido.

» Nuevas fueron estas que me tomaron a mis primeras lágrimas; y aun no contenta mi ventura con esto, ordenó que, al cabo de pocos días, llegasen a Nápoles los padres de Nísida, sin ella y sin su hermana, las cuales, según su­pe y según era pública voz, entrambas a dos se habían ausentado una noche viniendo con sus padres a Nápoles, sin que se supiese dellas nueva alguna. Tan confuso que­dé con esto, que no sabía qué hacerme ni decirme; y, es­tando puesto en esta confusión tan estraña, vine a saber, aunque no muy cierto, que Timbrio, en el puerto de Gaeta, en una gruesa nave que para España iba, se había embarcado. Y, pensando que podría ser verdad, me vine luego a España, y en Jerez y en todas las partes que ima­giné que podría estar, le he buscado sin hallar dél rastro alguno. Finalmente, he venido a la ciudad de Toledo, donde están todos los parientes de los padres de Nísida, y lo que he alcanzado a saber es que ellos se vuelven a Toledo sin haber sabido nuevas de sus hijas. Viéndome, pues, yo ausente de Timbrio, ajeno de Nísida, y conside­rando que ya que los hallase, ha de ser para gusto suyo y perdición mía, cansado ya y desengañado de las cosas deste falso mundo en que vivimos, he acordado de volver el pensantiento a mejor norte, y gastar lo poco que de vi­vir me queda en servicio del que estima los deseos y las obras en el punto que inerescen. Y así, he escogido este hábito que veis y la ermita que habéis visto, adonde en dulce soledad reprima mis deseos y encamine mis obras a mejor paradero, puesto que, como viene de tan atrás la corrida de las malas inclinaciones que hasta aquí he teni­do, no son tan fáciles de parar que no trascorran algo y vuelva la memoria a combatirme, representándome las pasadas cosas; y, cuando en estos puntos me veo, al son de aquella arpa que escogí por compañera en mi soledad, procuro aliviar la pesada carga de mis cuidados, hasta que el cielo le tenga y se acuerde de llamarme a mejor vida.» Éste es, pastores, el suceso de mi desventura; y si he sido largo en contárosle, es porque no ha sido ella corta en fatigarme. Lo que os ruego es me dejéis volver a mi ermita, porque, aunque vuestra compañía me es agra­dable, he llegado a términos que ninguna cosa me da más gusto que la soledad; y de aquí entenderéis la vida que paso y el mal que sostengo.

Acabó con esto Silerio su cuento, pero no las lágrimas con que muchas veces le había acompañado. Los pasto­res le consolaron en ellas lo mejor que pudieron, espe­cialmente Damón y Tirsi, los cuales con muchas razones le persuadieron a no perder la esperanza de ver a su ami­go Timbrio con más contento que él sabría imaginar, pues no era posible sino que tras tanta fortuna aserena­se el cielo, del cual se debía esperar que no consintiría que la falsa nueva de la muerte de Nísida a noticia de Timbrio con más verdadera relación no viniese antes que la desesperación le acabase. Y que de Nísida se podía creer y conjecturar que, por ver a Timbrio ausente, se habría partido en su busca; y que si entonces la Fortu­na por tan estraños accidentes los había apartado, ago­ra por otros no menos estraños sabría juntarlos. Todas estas razones y otras muchas que le dijeron le consolaron algo, pero no de manera que despertase en él la esperan­za de verse en vida más contenta; ni aun él la procuraba, por parecerle que la que había escogido era la que más le convenía.

Gran parte era ya pasada de la noche, cuando los pastores acordaron de reposar el poco tiempo que hasta el día quedaba, en el cual se habían de celebrar las bodas de Daranio y Silveria. Mas, apenas había dejado la Blan­ca aurora el enfadoso lecho del celoso marido, cuando dejaron los suyos todos los más pastores de la aldea, y cada cual, como mejor pudo, comenzó por su parte a re­gocijar la fiesta: cuál trayendo verdes ramos para adornar la puerta de los desposados, y cuál con su tamborino y flauta les daba la madrugada; acullá se oía la regocijada gaita; acá sonaba el acordado rabel; allí, el antiguo salterio; aquí, los cursados albogues; quién con coloradas cintas adomaba sus castañetas para los esperados bailes; quién pulía y repulía sus rústicos aderezos para mostrarse galán a los ojos de alguna su querida pastorcilla; de mo­do que, por cualquier parte de la aldea que se fuese, todo sabía a contento, placer y fiesta. Sólo el triste y desdi­chado Mireno era aquél a quien todas estas alegrías cau­saban summa tristeza; el cual, habiéndose salido de la al­dea por no ver hacer sacrificio de su gloria, se subió en una costezuela que junto al aldea estaba, y allí, sentándo­se al pie de un antiguo fresno, puesta la mano en la meji­lla y la caperuza encajada hasta los ojos, que en el suelo tenía clavados, comenzó a imaginar el desdichado punto en que se hallaba y cuán sin poderlo estorbar, ante sus ojos, había de ver coger el fruto de sus deseos. Y esta consideración le tenía de suerte, que lloraba tan tierna y amargamente, que ninguno en tal trance le viera que con lágrimas no le acompañara. A esta sazón, Damón y Tirsi, Elicio y Erastro se levantaron, y, asomándose a una ven­tana que al campo salía, to primero en quien pusieron los ojos fue en el lastimado Mireno; y, en verle de la suerte que estaba, conocieron bien el dolor que padecía, y, mo­vidos a compasión, determinaron todos de ir a consolar­le, como lo hicieran si Elicio no les rogara que le dejaran ir a él solo, porque imaginaba que por ser Mireno tan amigo suyo, con él más abiertamente que con otro su do­lor comunicaría. Los pastores se lo concedieron, y, yen­do allá Elicio, hallóle tan fuera de sí y tan en su dolor trasportado, que ni le conoció Mireno, ni le habló pala­bra; lo cual visto por Elicio, hizo señal a los demás pas­tores que viniesen, los cuales, temiendo algún estraño accidente a Mireno sucedido, pues Elicio con priesa los llamaba, fueron luego allá, y vieron que estaba Mireno con los ojos tan fijos en el suelo, y tan sin hacer movi­miento alguno, que una estatua semejaba, pues con la llegada de Elicio, ni con la de Tirsi, Damón y Erastro, no volvió de su estraño embelesamiento, si no fue que, a ca­bo de un buen espacio de tiempo, casi como entre dien­tes, comenzó a decir:

-¿Tú eres Silveria, Silveria? Si tú lo eres, yo no soy Mireno; y si soy Mireno, tú no eres Silveria: porque no es posible que esté Silveria sin Mireno, o Mireno sin Sil­veria. Pues, ¿quién soy yo, desdichado? ¿O quién eres tú, desconocida? Yo bien sé que no soy Mireno, porque tú no has querido ser Silveria; a lo menos, la Silveria que ser debías y yo pensaba que fueras.

A esta sazón, alzó los ojos, y, como vio alrededor de sí los cuatro pastores y conoció entre ellos a Elicio, se levantó, y, sin dejar su amargo llanto, le echó los brazos al cuello, diciéndole:

-¡Ay, verdadero amigo mío, y cómo agora no tendrás ocasión de envidiar nù estado, como le envidiabas cuan­do de Silveria me veías favorescido; pues si entonces me llamaste venturoso, agora puedes llamarme desdichado y trocar todos los títulos alegres que en aquel tiempo me dabas, en los de pesar que ahora puedes darme! Yo sí que te podré llamar dichoso, Elicio, pues te consuela más la esperanza que tienes de ser querido, que no te fatiga el verdadero temor de ser olvidado.

-Confuso me tienes, ¡oh Mireno! -respondió Elicio-, de ver los estremos que haces por lo que Silveria ha he­cho, sabiendo que tiene padres a quien ha sido justo ha­ver obedecido.

-Si ella tuviera amor -replicó Mireno-, poco inconvi­niente era la obligación de los padres para dejar de cum­plir con lo que al amor debía; de do vengo a considerar, ¡oh Elicio!, que si me quiso bien, hizo mal en casarse, y si fue fingido el amor que me mostraba, hizo peor en engañarme; y ofréceme el desengaño a tiempo que no puede aprovecharme si no es con dejar en sus manos la vida.

-No está en términos la tuya, Mireno -replicó Elicio-, que tengas por remedio el acabarla, pues podría ser que la mudanza de Silveria no estuviese en la voluntad, sino en la fuerza de la obediencia de sus padres; y si tú la qui­siste limpia y honestamente doncella, también la puedes querer agora casada, correspondiendo ella ahora como entonces a tus buenos y honestos deseos.

-Mal conoces a Silveria, Elicio -respondió Mireno-, pues imaginas della que ha de hacer cosa de que pueda ser notada.

-Esta mesma razón que has dicho te condemna -res­pondió Elicio-, pues si tú, Mireno, sabes de Silveria que no hará cosa que mal le esté, en la que ha hecho no debe de haber errado.

-Si no ha errado -respondió Mireno-, ha acertado a quitarme todo el buen suceso que de mis buenos pensa­mientos esperaba, y sólo en esto la culpo: que nunca me advirtió deste daño; antes, temiéndome dél, con firme ju­ramento que me aseguraba que eran imaginaciones mías, y que nunca a la suya había llegado pensar con Daranio casarse, ni se casaría, si conmigo no, con él ni con otro alguno, aunque aventurara en ello quedar en perpetua desgracia con sus padres y parientes; y, debajo deste si­guro y prometimiento, faltar y romper la fe agora de la manera que has visto, ¿qué razón hay que tal consienta, o qué corazón que tal sufra?

Aquí tomó Mireno a renovar su llanto, y aquí de nue­vo le tuvieron lástima los pastores. A este instante, llega­ron dos zagales adonde ellos estaban, que el uno era pariente de Mireno y el otro criado de Daranio, que a llamar a Elicio, Tirsi, Damón y Erastro venía, porque las fiestas de su desposorio querían comenzarse. Pesábales a los pastores de dejar solo a Mireno, pero aquel pastor su pariente se ofreció a quedar con él. Y aun Mireno dijo a Elicio que se quería ausentar de aquella tierra, por no ver cada día a los ojos la causa de su desventura. Elicio le loó su determinación, y le encargó que, doquiera que estuviese, le avisase de cómo le iba. Mireno se lo pro­metió, y, sacando del seno un papel, le rogó que, en ha­llando comodidad, se le diese a Silveria; y con esto se despidió de todos los pastores, no sin muestras de mucho dolor y tristeza. El cual no se hubo bien apartado de su presencia, cuando Elicio, deseoso de saber lo que en el papel venía, viendo que, pues estaba abierto, importaba poco leerle, le descogió, y, convidando a los otros pas­tores a escucharle, vio que en él venían escriptos estos versos:

MIRENO A SILVERIA

El pastor que te ha entregado

lo más de cuanto tenía,

pastora, agora te envía

lo menos que le’ha quedado;

que es este pobre papel,

adonde claro verás

la fe que en ti no hallarás

y el dolor que queda en él.

Pero poco al caso hace

darte desto cuenta estrecha,

si mi fe no me aprovecha

y mi mal te satisface.

No pienses que es mi intención

quejarme porque me dejas,

que llegan tarde las quejas

de mi temprana pasión.

Tiempo fue ya que escucharas

el cuento de mis enojos,

y aun, si lloraran mis ojos,

las lágrimas enjugaras.

Entonces era Mireno

el que era de ti mirado;

mas ¡ay, cómo te has trocado,

tiempo bueno, tiempo bueno!

Si durara aquel engaño,

templárase mi desgusto,

pues más vale un falso gusto,

que un notorio y cierto daño.

Pero tú, por quien se ordena

mi terrible mala andanza,

has hecho con tu mudanza

falso el bien, cierta la pena.

Tus palabras lisonjeras

y mis crédulos oídos,

me han dado bienes fingidos

y males que son de veras.

Los bienes, con su aparencia,

crescieron mi sanidad;

los males, con su verdad,

han doblado mi dolencia.

Por esto juzgo y discierno,

por cosa cierta y notoria,

que tiene el amor su gloria

a las puertas del infierno,

y que un desdén acarrea

y un olvido en un momento

desde la gloria al tormento

al que en amar no se emplea.

Con tanta presteza has hecho

este mudamiento estraño,

que estoy ya dentro del daño

y no salgo del provecho:

porque imagino que ayer

era cuando me querías,

o a lo menos lo fingías,

que es lo que se ha de creer;

y el agradable sonido

de tus palabras sabrosas

y razones amorosas

aún me suena en el oído.

Estas memorias süaves

al fin me dan más tormento,

pues tus palabras el viento

llevó, y las obras, quien sabes.

¿Eras tú la que jurabas

que se acabasen tus días

si a Mireno no querías

sobre todo cuanto amabas?

¿Eres tú, Silveria, quien

hizo de mí tal caudal,

que siendo todo tu mal,

me tenías por tu bien?

¡Oh, qué títulos te diera

de ingrata, como mereces,

si como tú me aborreces,

también yo te aborreciera!

Mas no puedo aprovecharme

del medio de aborrecerte,

que estimo más el quererte

que tú has hecho el olvidarme.

Triste gemido a mi canto

ha dado tu mano fiera;

invierno a mi primavera,

y a mi risa amargo llanto.

Mi gasajo ha vuelto en luto,

y de mis blandos amores

cambio en abrojos las flores

y en veneno el dulce fruto.

Y aun dirás -y esto me daña-

­que es el haberte casado

y el haberme así olvidado

una honesta honrosa hazaña.

¡Disculpa fuera admitida,

si no te fuera notorio

que estaba en tu desposorio

el fin de mi triste vida!

Mas, en fin, tu gusto fue

gusto; pero no fue justo,

pues con premio tan injusto

pagó mi inviolable fe;

la cual, por ver que se ofrece

de mostrar la fe que alcanza,

ni la muda tu mudanza,

ni mi mal la desfallece.

Quien esto vendrá a entender

cierto estoy que no se asombre,

viendo al fin que yo soy hombre,

y tú, Silveria, mujer,

adonde la ligereza

hace de contino asiento,

y adonde en mí el sufrimiento

es otra naturaleza.

Ya te contemplo casada,

y de serio arrepentida,

porque ya es cosa sabida

que no estarás firme en nada.

Procura alegre llevallo

el yugo que echaste al cuello,

que podrás aborrecello

y no podrás desechallo.

Mas eres tan inhumana

y de tan mudable ser,

que lo que quisiste ayer

has de aborrecer mañana.

Y así, por estraña cosa,

dirá aquél que de ti hable:

“Hermosa, pero mudable;

mudable, pero hermosa”.

No parecieron mal los versos de Mireno a los pasto­res, sino la ocasión a que se habían hecho, considerando con cuánta presteza la mudanza de Silveria le había traí­do a punto de desamparar la amada patria y queridos amigos, temeroso cada uno que en el suceso de sus pre­tensiones lo mesmo le sucediese. Entrados, pues, en el aldea y llegados adonde Daranio y Silveria estaban, la fiesta se comenzó tan alegre y regocijadamente, cuanto en las riberas de Tajo en muchos tiempos se había visto; que, por ser Daranio uno de los más ricos pastores de to­da aquella comarca, y Silveria de las más hermosas pas­toras de toda la ribera, acudieron a sus bodas toda o la más pastoría de aquellos contornos. Y así, se hizo una célebre junta de discretos pastores y hermosas pastoras, y entre los que a los demás en muchas y diversas habilida­des se aventajaron, fueron el triste Orompo, el celoso Or­fenio, el ausente Crisio y el desamado Masilio, mancebos todos y todos enamorados, aunque de diferentes pasiones oprimidos; porque al triste Orompo fatigaba la temprana muerte de su querida Listea; y al celoso Orfenio, la insu­frible rabia de los celos, siendo enamorado de la hermosa pastora Eandra; al ausente Crisio, el verse apartado de Claraura, bella y discreta pastora, a quien él por único bien suyo tenía; y al desesperado Marsilio, el desamor que para con él en el pecho de Belisa se encerraba. Eran todos amigos y de una mesma aldea, y la pasión del uno el otro no la ignoraba; antes, en dolorosa competencia, muchas veces se habían juntado a encarecer cada cual la causa de su tormento, procurando cada uno mostrar, co­mo mejor podía, que su dolor a cualquier otro se aventa­jaba, teniendo por summa gloria ser en la pena mejorado; y tenían todos tal ingenio, o por mejor decir, tal dolor padecían, que comoquiera que le significasen, mostraban ser el mayor que imaginar se podía. Por estas disputas y competencias eran famosos y conocidos en todas las ri­beras de Tajo, y habían puesto deseo a Tirsi y a Damón de conocerlos; y, viéndolos allí juntos, unos a otros se hicieron corteses y agradables rescibimientos; principal­mente, todos con admiración miraban a los dos pastores Tirsi y Damón, hasta allí dellos solamente por fama co­nocidos.

A esta sazón, salió el rico pastor Daranio a la serrana vestido: traía camisa alta de cuello plegado, almilla de frisa, sayo verde escotado, zaragüelles de delgado lienzo, antiparas azules, zapato redondo, cinto tachonado, y de la color del sayo una cuarteada caperuza. No menos salió bien aderezada su esposa Silveria, porque venía con saya y cuerpos leonados guamecidos de raso blanco, camisa de pechos labrada de azul y verde, gorguera de hilo ama­rillo sembrado de argentería (invención de Galatea y Flo­risa, que la vistieron), garbín turquesado con fluecos de encarnada seda, alcorque dorado, zapatillas justas, cora­les ricos y sortija de oro; y, sobre todo, su belleza, que más que todo la adornaba. Salió luego tras ella la sin par Galatea, como sol tras el aurora, y su amiga Florisa, con otras muchas y hermosas pastoras que, por honrar las bodas, a ellas habían venido, entre las cuales también iba Teolinda, con cuidado de hurtar el rostro a los ojos de Damón y Tirsi, por no ser de ellos conocida. Y luego las pastoras, siguiendo a los pastores que guiaban, al son de muchos pastoriles instrumentos, hacia el templo se en­caminaron, en el cual espacio le tuvieron Elicio y Erastro de cebar los ojos en el hermoso rostro de Galatea, de­seando que durara aquel camino más que la larga pere­grinación de Ulises. Y, con el contento de verla, iba tan fuera de sí Erastro que hablando con Elicio le dijo:

-¿Qué miras, pastor, si a Galatea no miras? Pero, ¿cómo podrás mirar el sol de sus cabellos, el cielo de su frente, las estrellas de sus ojos, la nieve de su rostro, la grana de sus mejillas, el color de sus labios, el marfil de sus dientes, el cristal de su cuello, el mármol de su pecho?

-Todo eso he podido ver, ¡oh Erastro! -respondió Elicio-, y ninguna cosa de cuantas has dicho es causa de mi tormento, si no es la aspereza de su condición, que si no fuera tal como tú sabes, todas las gracias y bellezas que en Galatea conoces fueran ocasión de mayor gIo­ria nuestra.

-Bien dices -dijo Erastro-; pero todavía no me podrás negar que a no ser Galatea tan hermosa, no fuera tan de­seada, y a no ser tan deseada, no fuera tanta nuestra pena, pues toda ella nace del deseo.

-No lo puedo yo negar, Erastro -respondió Elicio-, que todo cualquier dolor y pesadumbre no nazca de la privación y falta de aquello que deseamos; mas junta­mente con esto te quiero decir que ha perdido conmigo mucho la calidad del amor con que yo pensé que a Gala­tea querías; porque si solamente la quieres por ser her­mosa, muy poco tiene que agradecerte, pues no habrá ningún hombre, por rústico que sea, que la mire que no la desea, porque la belleza, dondequiera que está, trae consigo el hacer desear. Así que, a este simple deseo, por ser tan natural, ningún premio se le debe, porque si se le debiera, con sólo desear el cielo le tuviéramos meresci­do; mas ya ves, Erastro, ser esto tan al revés como nues­tra verdadera ley nos to tiene mostrado. Y, puesto caso que la hermosura y belleza sea una principal parte para atraemos a desearla y a procurar gozarla, el que fuere verdadero enamorado no ha de tener tal gozo por último fin suyo, sino que, aunque la belleza le acarree este de­seo, la ha de querer solamente por ser bueno, sin que otro algún interese le mueva. Y éste se puede llamar, aun en las cosas de acá, perfecto y verdadero amor, y es digno de ser agradecido y premiado, como vemos que premia conocida y aventajadamente el Hacedor de todas las co­sas a aquellos que sin moverles otro interese alguno de temor, de pena o de esperanza de gloria, le quieren, le aman y le sirven solamente por ser bueno y digno de ser amado; y ésta es la última y mayor perfectión que en el amor divino se encierra, y en el humano también, cuando no se quiere más de por ser bueno to que se ama, sin haber error de entendimiento; porque muchas veces lo malo nos parece bueno y lo bueno malo; y así, amamos lo uno y aborrecemos lo otro, y este tal amor no meresce pre­mio, sino castigo. Quiero inferir de todo to que he dicho, ¡oh Erastro!, que si tú quieres y amas la hermosura de Galatea con intención de gozarla, y en esto para el fin de tu deseo, sin pasar adelante a querer su virtud, su acres­centamiento de fama, su salud, su vida y bienes, entiende que no amas como debes, ni debes ser remunerado como quieres.

Quisiera Erastro replicar a Elicio y darle a entender cómo no entendía bien del amor con que a Galatea ama­ba, pero estorbólo el son de la zampoña del desamorado Lenio, el cual quiso también hallarse a las bodas de Da­ranio y regocijar la fiesta con su canto. Y así, puesto de­lante de los desposados, en tanto que al templo llegaban, al son del rabel de Eugenio, estos versos fue cantando:

LENIO

¡Desconocido, ingrato Amor, que asombras

a veces los gallardos corazones,

y con vanas figuras, vanas sombras,

pones al alma libre mil prisiones!,

si de ser dios te precias, y te nombras

con tan subido nombre, no perdones

al que, rendido al lazo de Himineo,

rindiere a nuevo ñudo su deseo.

En conservar la ley pura y sincera

del sancto matrimonio pon tu fuerza;

descoge en este campo tu bandera;

haz a tu condición en esto fuerza,

que bella flor, que dulce fruto espera,

por pequeño trabajo, el que se esfuerza

a llevar este yugo como debe,

que, aunque parece carga, es carga leve.

Tú puedes, si to olvidas de tus hechos

y de tu condición tan desabrida,

hacer alegres tálamos y lechos

do el yugo conyugal a dos anida.

Enciérrate en sus almas y en sus pechos

hasta que acabe el curso de su vida

y vayan a gozar, como se espera,

de la agradable eterna primavera.

Deja las pastoriles cabañuelas,

y al libre pastorcillo hacer su oficio;

vuela más alto ya, pues tanto vuelas,

y aspira a mejor grado y ejercicio.

En vano te fatigas y desvelas

en hacer de las almas sacrificio,

si no las rindes con mejor intento

al dulce de Himineo ayuntamiento.

Aquí puedes mostrar la poderosa

mano de tu poder maravilloso,

haciendo que la nueva tierna esposa

quiera, y que sea querida de su esposo,

sin que aquella infernal rabia celosa

les turbe su contento y su reposo,

ni el desdén sacudido y zahareño

les prive del sabroso y dulce sueño.

Mas si, ¡pérfido Amor!, nunca escuchadas

fueron de ti plegarias de tu amigo,

bien serán estas mías desechadas,

que te soy y seré siempre enemigo.

Tu condición, tus obras mal miradas,

de quien es todo el mundo buen testigo,

hacen que yo no espere de tu mano

contento alegre, venturoso y sano.

Ya se maravillaban los que al desamorado Lenio es­cuchando iban, de ver con cuanta mansedumbre las cosas de amor trataba, llamándole dios y de mano poderosa, cosa que jamás le habían oído decir. Mas, habiendo oído los versos con que acabó su canto, no pudieron dejar de reírse, porque ya les pareció que se iba colerizando, y, que si adelante en su canto pasara, él pusiera al amor como otras veces solía; pero faltóle el tiempo, porque se acabó el camino. Y así, llegados al templo y hechas en él por los sacerdotes las acostumbradas ceremonias, Dara­nio y Silveria quedaron en perpetuo y estrecho ñudo li­gados, no sin envidia de muchos que los miraban, ni sin dolor de algunos que la hermosura de Silveria codicia­ban; pero a todo dolor sobrepujara el que sintiera el sin ventura Mireno, si a este espectáculo se hallara presente. Vueltos, pues, los desposados del templo con la mesma compañía que habían llevado, llegaron a la plaza de la aldea, donde hallaron las mesas puestas, y adonde quiso Daranio hacer públicamente demostración de sus rique­zas, haciendo a todo el pueblo un generoso y sumptuoso convite. Estaba la plaza tan enramada que una hermosa verde floresta parescía, entretejidas las ramas por cima de tal modo, que los agudos rayos del sol en todo aquel circuito no hallaban entrada para calentar el fresco suelo, que cubierto con muchas espadañas y con mucha diver­sidad de flores se mostraba.

Allí, pues, con general contento de todos, se solemni­zó el generoso banquete, al son de muchos pastorales instrumentos, sin que diesen menos gusto que el que sue­len dar las acordadas músicas que en los reales palacios se acostumbran. Pero lo que más autorizó la fiesta fue ver que, en alzándose las mesas, en el mesmo lugar, con mucha presteza, hicieron un tablado, para efecto de que los cuatro discretos y lastimados pastores, Orompo, Mar­silo, Crisio y Orfenio, por honrar las bodas de su amigo Daranio, y por satisfacer el deseo que Tirsi y Damón te­nían de escucharles, querían allí en público recitar una égloga que ellos mesmos de la ocasión de sus mesmos dolores habían compuesto. Acomodados, pues, en sus asientos todos los pastores y pastoras que allí estaban, después que la zampoña de Erastro y la lira de Lenio y los otros instrumentos hicieron prestar a los presentes un sosegado y maravilloso silencio, el primero que se mos­tró en el humilde teatro fue el triste Orompo, con un pe­llico negro vestido y un cayado de amarillo boj en la ma­no, el remate del cual era una fea figura de la muerte; venía con hojas de funesto ciprés coronado, insinias to­das de la tristeza que en él reinaba por la inmatura muerte de su querida Listea; y, después que con triste semblante los llorosos ojos a una y a otra parte hubo ten­dido, con muestras de infinito dolor y amargura, rompió el silencio con semejantes razones:

OROMPO

Salid de to hondo del pecho cuitado,

palabras sangrientas, con muerte mezcladas;

y si los sospiros os tienen atadas,

abrid y romped el siniestro costado.

El aire os impide, que está ya inflamado

del fiero veneno de vuestros acentos;

salid, y siquiera os lleven los vientos,

que todo mi bien también me han llevado.

Poco perdéis en veros perdidas,

pues ya os ha faltado el alto subjecto

por quien en estilo grave y perfecto

hablábades cosas de punto subidas;

notadas un tiempo y bien conocidas

fuistes por dulces, alegres, sabrosas;

agora por tristes, amargas, llorosas,

seréis de la tierra y del cielo tenidas.

Pero, aunque salgáis, palabras, temblando,

¿con cuáles podréis decir lo que siento?,

si es incapaz mi fiero tormento

de irse cual es al vivo pintando.

Mas, ya que me falta el cómo y el cuándo

de significar mi pena y mi mengua,

aquello que falta y no puede la lengua,

suplan mis ojos, contino llorando.

¡Oh muerte, que atajas y cortas el hilo

de mil pretensiones gustosas humanas,

y en un volver de ojos las sierras allanas

y haces iguales a Henares y al Nilo!

¿Por qué no templaste, traidora, el estilo

tuyo cruel? ¿Por qué a mi despecho,

probaste en el blanco y más lindo pecho,

de tu fiero alfanje la furia y el filo?

¿En qué te ofendían, ¡oh falsa!, los años

tan tiernos y verdes de aquella cordera?

¿Por qué te mostraste con ella tan fiera?

¿Por qué en el suyo creciste mis daños?

¡Oh mi enemiga, y amiga de engaños!,

de mí, que te busco, te escondes y ausentas,

y quieres y trabas razones y cuentas

con el que más teme tus males tamaños.

En años maduros, tu ley, tan injusta,

pudiera mostrar su fuerza crescida,

y no descargar la dura herida

en quien del vivir ha poco que gusta.

Mas esa tu hoz, que todo lo ajusta,

y mando ni ruego jamás la doblega,

así con rigor la flor tierna siega,

como la caña ñudosa y robusta.

Cuando a Listea del suelo quitaste,

tu ser, tu valor, tu fuerza, tu brío,

tu ira, tu mando y tu señorío

con solo aquel triunfo al mundo mostraste.

Llevando a Listea, también te llevaste

la gracia, el donaire, belleza y cordura

mayor de la tierra, y en su sepultura

este bien todo con ella encerraste.

Sin ella, en tiniebla perpetua ha quedado

mi vida penosa, que canto se alarga,

que es insufrible a mis hombros su carga:

que es muerte la vida del que es desdichado.

Ni espero en fortuna, ni espero en el hado,

ni espero en el tiempo, ni espero en el cielo,

ni tengo de quién espere consuelo,

ni es bien que se espere en mal tan sobrado.

¡Oh vos, que sentís qué cosa es dolores!,

venid y tomad consuelo en los míos;

que en viendo su ahínco, sus fuerzas, sus bríos,

veréis que los vuestros son mucho menores.

¿Dó estáis agora, gallardos pastores?

Crisio, Marsilo y Orfenio, ¿qué hacéis?

¿Por qué no venís? ¿Por qué no tenéis

por más que los vuestros mis daños mayores?

Mas, ¿quién es aquel que asoma y que quiebra

por la encrucijada de aqueste sendero?

Marsilo es, sin duda, de amor prisionero:

Belisa es la causa, a quien siempre celebra.

A éste le roe la fiera culebra

del crudo desdén el pecho y el alma,

y pasa su vida en tormenta sin calma,

y aun no es, cual la mía, su suerte tan negra.

Él piensa qu’el mal qu’el alma le aqueja

es más que el dolor de mi desventura.

Aquí será bien que entre esta espesura

me esconda, por ver si acaso se queja.

Mas, ¡ay!, que a la pena que nunca me deja

pensar igualarla es gran desatino,

pues abre la senda y cierra el camino

al mal que se acerca y al bien que se aleja.

MARSILO

¡Pasos que al de la muerte

me lleváis paso a paso,

forzoso he de acusar vuestra pereza!

Seguid tan dulce suerte,

que en este amargo paso

está mi bien y en vuestra ligereza.

Mirad que la dureza

de la enemiga mía

en el airado pecho,

contrario a mi provecho,

en su entereza está cual ser solía;

huigamos, si es posible,

del áspero rigor suyo terrible.

¿A qué apartado clima,

a qué región incierta

iré a vivir, que pueda asegurarme

del mal que me lastima,

del ansia triste y cierta

que no se ha de acabar hasta acabarme?

Ni estar quedo, o mudarme

a la arenosa Libia,

o al lugar donde habita

el fiero y blanco scita,

un solo punto mi dolor alivia:

que no está mi contento

en hacer de lugares mudamiento.

Aquí y allí me alcanza

el desdén riguroso

de la sin par cruel pastora mía,

sin que amor ni esperanza

un término dichoso

me puedan prometer en tal porfía.

¡Belisa, luz del día,

gloria de la edad nuestra,

si valen ya contigo

ruegos de un firme amigo,

tiempla el rigor airado de tu diestra,

y el fuego deste mío

pueda en tu pecho deshacer el frío!

Más sorda a mi lamento,

más implacable y fiera

que a la voz del cansado marinero

el riguroso viento

qu’el mar turba y altera

y amenaza a la vida el fin postrero;

mármol, diamante, acero,

alpestre y dura roca,

robusta, antigua encina,

roble que nunca inclina

la altiva rama al cierzo que le toca:

todo es blando y suave,

comparado al rigor que’n tu alma cabe.

Mi duro amargo hado,

mi inexorable estrella,

mi voluntad, que todo lo consiente,

me tienen condemnado,

Belisa ingrata y bella,

a que te sirva y ame eternamente.

Y, aunque tu hermosa frente,

con riguroso ceño,

y tus serenos ojos

me anuncien mil enojos,

serás desta alma conocida dueño,

en tanto que en el suelo

la cubriere mortal corpóreo velo.

¿Hay bien que se le iguale

al mal que me atormenta?

¿Y hay mal en todo el mundo tan esquivo?

El uno y otro sale

de toda humana cuenta,

y aun yo sin ella en viva muerte vivo.

En el desdén avivo

mi fe, y allí se enciende

con el helado frío;

mirad qué desvarío,

y el dolor desusado que me ofende,

y si podrá igualarse

al mal que más quisière aventajarse.

Mas, ¿quién es el que mueve

las ramas intricadas

deste acopado mirto y verde asientö?

OROMPO

Un pastor que se atreve,

conrazonesfundadas

en la pura verdad de su tormento,

mostrar que el sentimiento

de su dolor crescido

al tuyo se aventaja,

por más que tú le estimes,

levantes y sublimes.

MARSILO

Vencido quedarás en tal baraja,

Orompo, fiel amigo,

y tú mesmo serás dello testigo.

Si de las ansias mías,

si de mi mal insano

la más mínima parte conocieras,

cesaran tus porfías,

Orompo, viendo llano

que tú penas de burla y yo de veras.

OROMPO

Haz, Marsilo, quimeras

de tu dolor estraño,

y al mío menoscaba

que la vida me acaba,

que yo espero sacarte d’ese engaño,

mostrando al descubierto

que el tuyo es sombra de mi mal, que’s cierto.

Pero la voz sonora

de Crisio oigo que suena,

pastor que en la opinión se te parece;

escuchémosle ahora,

que su cansada pena

no menos que la tuya la engrandece.

MARSILO

Hoy el tiempo me ofrece

lugar y coyuntura

donde pueda mostraros

a entrambos y enteraros

de que sola la mía es desventura.

OROMPO

Atiende ahora, Marsilo,

la voz de Crisió y lamentable estilo.

CRISIO

¡Ay dura, ay importuna, ay triste ausencia! ¡

cuán fuera debió estar de conocerte

el que igualó tu fuerza y violencia

al poder invencible de la muerte!

Que, cuando con mayor rigor sentencia,

¿qué puede más su limitada suerte

que deshacer el ñudo y recia liga

que a cuerpo y alma estrechamente liga?

Tu duro alfanje a mayor mal se estiende,

pues un espíritu en dos mitades parte.

¡Oh milagros de amor que nadie entiende,

ni se alcanzan por sciencia ni por arte!

¡Que deje su mitad con quien la enciende

allá mi alma, y traiga acá la parte

más frágil, con la cual más mal se siente

que estar mil veces de la vida ausente!

Ausente estoy de aquellos ojos bellos

que serenaban la tormenta mía;

ojos vida de aquél que pudo vellos,

si de allí no pasó la fantasía:

que verlos y pensar de merescellos

es loco atrevimiento y demasía.

Yo los vi, ¡desdichado!, y no los veo,

y mátame de verlos el deseo.

Deseo, y con razón, ver dividida,

por acortar el término a mi daño,

esta antigua amistad, que tiene unida

mi alma al cuerpo con amor tamaño,

que siendo de las carnes despedida

con ligereza presta y vuelo estraño,

podrá tornar a ver aquellos ojos,

que son descanso y gloria a sus enojos.

Enojos son la paga y recompensa

que amor concede al amador ausente,

en quien se cifra el mayor mal y ofensa

que en los males de amor s’encierra y siente.

Ni poner discreción a la defensa,

ni un querer firme, levantado, ardiente,

aprovecha a templar deste tormento

la dura pena y el furor violento.

Violento es el rigor desta dolencia;

pero junto con esto, es tan durable,

que se acaba primero la paciencia,

y aun de la vida el curso miserable.

Muertes, desvíos, celos, inclemencia

de airado pecho, condición mudable,

no atormentan así ni dañan tanto

como este mal, que’1 nombre aun pone espanto.

Espanto fuera si dolor tan fiero

dolores tan mortales no causara;

pero todos son flacos, pues no muero,

ausente de mi vida dulce y cara.

Mas cese aquí mi canto lastimero,

que a compañía tan discreta y rara

como es la que allí veo, será justo

que muestre al verla más sabroso gusto.

OROMPO

Gusto nos da, buen Crisio, tu presencia,

y más viniendo a tiempo que podremos

acabar nuestra antigua diferencia.

CRISIO

Orompo, si es tu gusto, comencemos,

pues que juez de la contienda nuestra

tan recto aquí en Marsilo le tendremos.

MARSILO

Indicio dais y conocida muestra

del error en que os trae tan embebidos

esa vana opinión notoria vuestra,

pues queréis que a los míos preferidos

vuestros dolores, tan pequeños, sean,

harto llorados más que conoscidos.

Mas, porque el suelo y cielo juntos vean

cuánto vuestro dolor es menos grave

que las ansias que el alma me rodean,

la más pequeña que en mi pecho cabe

pienso mostrar en vuestra competencia,

así como mi ingenio torpe sabe;

y dejaré a vosotros la sentencia

y el juzgar si mi mal es muy más fuerte

qu’el riguroso de la larga ausencia,

o el amargo espantoso de la muerte,

de quien entrambos os quejáis sin tiento,

llamando dura y corta a vuestra suerte.

OROMPO

Deso yo, soy, Marsilo, muy contento,

pues la razón que tengo de mi parte

el triunfo le asegura a mi tormento.

CRISIO

Aunque de exagerar me falta el arte,

veréis, cuando yo os muestre mi tristeza,

cómo quedan las vuestras a una parte.

MARSILO

¿Qué ausencia llega a la inmortal dureza

de mi pastora?, que es, con ser tan dura,

señora universal de la belleza.

OROMPO

¡Oh, a qué buen tiempo llega y coyuntura

Orfenio! ¿Veisle?, asoma. Estad atentos:

oiréisle ponderar su desventura.

Celos es la ocasión de sus tormentos:

celos, cuchillo y ciertos turbadores

de las paces de amor y los contentos.

CRISIO

Escuchad, que ya canta sus dolores.

ORPINIO

¡Oh sombra escura que contino sigues

a mi confusa triste fantasía;

enfadosa tiniebla, siempre fría,

que a mi contento y a mi luz persigues!

¿Cuándo será que tu rigor mitigues,

monstruo cruel y rigurosa harpía?

¿Qué ganas en turbarme la alegría,

o qué bien en quitármele consigues?

Mas, si la condición de que te arreas

se estiende a pretender quitar la vida

al que te dio la tuya y te ha engendrado,

no me debe admirar que de mí seas

y de todo mi bien fiero homicida,

sino de verme vivo en tal estado.

OROMPO

Si el prado deleitoso,

Orfinio, te es alegre, cual solía

en tiempo más dichoso,

ven; pasarás el día

en nuestra lastimada compañía.

Con los tristes el triste

bien ves que se acomoda fácilmente;

ven, que aquí se resiste,

par desta clara fuente,

del levantado sol el rayo ardiente.

Ven, y el usado estilo

levanta, y como sueles te defiende

de Crisio y de Marsilio,

que cada cual pretende

mostrar que sólo es mal el que le ofende.

Yo solo, en este caso

contrario habré de ser a ti y a ellos,

pues los males que paso

bien podré encarecellos,

mas no mostrar la menor parte dellos.

ORFINIO

No al gusto le es sabrosa

así a la corderuela deshambrida

la yerba, ni gustosa

salud restituida

a aquel que ya la tuvo por perdida,

como es a mí sabroso

mostrar en la contienda que se ofrece

que el dolor riguroso

que el corazón padece

sobr’el mayor del suelo se engrandece.

Calle su mal sobrado

Orompo; encubra Crisio su dolencia;

Marsilo esté callado:

muerte, desdén ni ausencia

no tengan con los celos competencia.

Pero si el cielo quiere

que hoy salga a campo la contienda nuestra,

comience el que quisiere,

y dé a los otros muestra

de su dolor con torpe lengua o diestra:

que no está en la elegancia

y modo de decir el fundamento

y principal sustancia

del verdadero cuento

que en la pura verdad tiene su asiento.

CRISIO

Siento, pastor, que tu arrogancia mucha

en esta lucha depasiones nuestras

dará mil muestras de tu desvarío.

ORFINIO

Tiempla ese brío, o muéstralo a su tiempo;

que es pasatiempo, Crisio, tu congoja:

que el mal que afloja con volver el paso

no hay que hacer caso de su sentimiento.

CRISIO

Es mi tormento tan estraño y fiero,

que presto espero que tú mesmo digas

que a mis fatigas no se iguala alguna.

MARSILO

Desde la cuna,soy yo desdichado.

OROMPO

Aun engendrado creo que no estaba,

cuando sobraba en mí la desventura.

ORFINIO

En mí se apura la mayor desdicha.

CRISIO

Tu mal es dicha, comparado al mío.

MARSILO

Opuesto al brío de mi mal estraño,

es gloria el daño que a vosotros daña.

OROMPO

Esta maraña quedará muy clara

cuando a la clara mi dolor descubra.

Ninguno encubra agora su tormento,

que yo del mío doy principio al cuento.

Mis esperanzas, que fueron

sembradas en parte buena,

dulce fruto prometieron,

y cuando darle quisieron

convirtióle el cielo en pena.

Vi su flor maravillosa

en mil muestras deseosa

de darme una rica suerte,

y en aquel punto la muerte

cortómela de envidiosa.

Yo quedé cual labrador

que del trabajo contino

de su espaciosa labor

fruto amargo de dolor

le concede su destino;

y aun le quita la esperanza

de otra nueva buena andanza,

porque cubrió con la tierra

el cielo donde se encierra

de su bien la confianza.

Pues si a término he llegado

que de tener gusto o gloria

vivo ya desesperado,

de que yo soy más penado

es cosa cierta y notoria:

que la esperanza asegura

en la mayor desventura

un dichoso fin que viene;

mas, ¡ay de aquél que la tiene

cerrada en la sepultura!

MARSILO

Yo, qu’el humor de mis ojos

siempre derramado ha sido

en lugar donde han nascido

cien mil espinas y abrojos

qu’el corazón m’han herido;

yo sí soy el desdichado,

pues con nunca haber mostrado

un momento el rostro enjuto,

ni hoja, ni flor, ni fruto

he del trabajo sacado.

Que si alguna muestra viera

de algún pequeño provecho,

sosegárase mi pecho;

y, aunque nunca se cumpliera,

quedara al fin satisfecho,

porque viera que valía

mi enamorada porfía

con quien es tan desabrida,

que a mi yelo está encendida

y a mi fuego helada y fría.

Pues si es el trabajo vano

de mi llanto y sospirar,

y dél no pienso cesar,

a mi dolor inhumano,

¿cuál se le podrá igualar?

Lo que tu dolor concierta

es que está la causa muerta,

Orompo, de tu tristeza;

la mía, en más entereza,

cuanto más me desconcierta.

CRISIO

Yo, que tiniendo en sazón

el fruto que se debía

a mi contina pasión,

una súbita ocasión

de gozarle me desvía;

muy bien podré ser llamado

sobretodos desdichado,

pues que vendré a perecer,

pues no puedo parecer

adonde el alma he dejado.

Del bien que lleva la muerte

el no poder recobrallo

en alivio se convierte,

y un corazón duro y fuerte

el tiempo suele ablandallo.

Mas en ausencia se siente,

con un estraño accidente,

sin sombra de ningún bien,

celos, muertes y desdén,

que esto y más teme el ausente.

Cuando tarda el cumplimiento

de la cercana esperanza,

aflige más el tormento,

y allí llega el sufrimiento

adonde ella nunca alcanza.

En las ansias desiguales,

el remedio de los males

es el no esperar remedio;

mas carecen deste medio

las de ausencia más mortales.

ORFINIO

El fruto que fue sembrado

por mi trabajo contino,

a dulce sazón llegado,

fue con próspero destino

en mi poder entregado.

Y apenas pude llegar

a términos tan sin par,

cuando vine a conocer

la ocasión de aquel placer

ser para mí de pesar.

Yo tengo el fruto en la mano,

y el tenerle me fatiga,

porque en mi mal inhumano,

a la más granada espiga

la roe un fiero gusano.

Aborrezco lo que quiero,

y por lo que vivo muero,

y yo me fabrico y pinto

un revuelto laberinto

de do salir nunca espero.

Busco la muerte en mi daño,

que ella es vida a mi dolencia;

con la verdad más me engaño,

y en ausencia y en presencia

va creciendo un mal tamaño.

No hay esperanza que acierte

a remediar mal tan fuerte,

ni por estar ni alejarme

es imposible apartarme

desta triste viva muerte.

OROMPO

¿No es error conocido

decir que el daño qué la muerte hace,

por ser tan estendido,

en parte satisface,

pues la esperanza quita

qu’el dolor administra y solicita?

Si de la gloria muerta

no se quedara viva la memoria

qu’el gusto desconcierta,

es cosa ya notoria

que el no esperar tenella,

tiempla el dolor en parte de perdella.

Pero si está presente

la memoria del bien ya fenescido,

más viva y más ardiente

que cuando poseído,

¿quién duda que esta pena

no está más que otras de miserias llena?

MARSILO

Si a un pobre caminante

le sucediese, por estraña vía,

huírsele delante,

al fenecer del día,

el albergue esperado

y con vana presteza procurado,

quedaría, sin duda,

confuso del temor que allí le ofrece

la escura noche y muda,

y más si no amanesce,

que el cielo a su ventura

no concede la luz serena y pura.

Yo soy el que camino

para llegar a un albergue venturoso,

y cuando más vecino

pienso estar del reposo,

cual fugitiva sombra,

el bien me huye y el dolor me asombra.

CRISIO

Cual raudo y hondo río

suele impedir al caminante el paso,

y al viento, nieve y frío

le tiene en campo raso,

y el albergue delante

se le muestra de allí poco distante,

tal mi contento impide

esta penosa y tan prolija aúsencia,

que nunca se comide

a aliviar su dolencia,

y casi ante mis ojos

veo quien remediará mis enojos.

Y el ver de mis dolores

tan cerca la salud, tantó me aprieta,

que los hace mayores,

pues por causa secreta,

cuanto el bien es cercano,

tanto más lejos huye de mi mano.

ORFINIO

Mostróseme a la vista

un rico albergue de mil bienes lleno;

triunfé de su conquista,

y, cuando más sereno

se me mostraba el hado,

vilo en escuridad negra cambiado.

Allí donde consiste

el bien de los amantes bien queridos,

allí mi mal asiste;

allí se ven unidos

los males y desdenes

donde suelen estar todos los bienes.

Dentro desta morada

estoy, de do salir nunca procuro,

por mi dolor fundada

de tan estraño muro,

que pienso que le abaten

cuantos le quieren, miran y combaten.

OROMPO

Antes el sol acabará el camino

que es proprio suyo, dando vuelta al cielo

después de haber tocado en cada signo,

que la parte menor de nuestro duelo

podamos declarar como se siente,

por más q[u]'[ell bien hablar levante el vuelo.

Tú dices, Crisio, qu’el que vive ausente

muere; yo, que estoy muerto, pues mi

vida a muerte la entregó el hado inclemente.

Y tú, Marsilo, afirmas que perdida

tienes de gusto y bien toda esperanza,

pues un hero desdén es tu homicida.

Tú repites, Orfinio, que la lanza

aguda de los celos te traspasa,

no sólo el pecho, que hasta el alma alcanza.

Y como el uno to que el otro pasa

no siente, su dolor solo exagera,

y piensa que al rigor del otro pasa.

Y, por nuestra contienda lastimera,

de tristes argumentos está llena

del caudaloso Tajo la ribera.

Ni por esto desmengua nuestra pena;

antes, por el tratar la llaga tanto,

a mayor sentimiento nos condemna.

Cuanto puede decir la lengua, y cuanto

pueden pensar los tristes pensamientos,

es ocasión de renovar el llanto.

Cesen, pues, los agudos argumentos,

que en fin no hay mal que no fatigue y pene,

ni bien que dé siguros los contentos.

¡Harto mal tiene quien su vida tiene

cerrada en una estrecha sepultura,

y en soledad amarga se mantiene!

¡Desdichado del triste sin ventura

que padece de celos la dolencia,

con quien no valen fuerzas ni cordura,

y aquel que en el rigor de larga ausencia

pasa los tristes miserables días,

llegado al flaco arrimo de paciencia,

y no menos aquel qu’en sus porfías

siente, cuando más arde, en su pastora

entrañas duras a intenciones frías!

CRISIO

Hágase lo que pide Orompo agora,

pues ya de recoger nuestro ganado

se va llegando a más andar la hora;

y, en tanto que al albergue acostumbrado

llegamos, y que el sol claro se aleja,

escondiendo su faz del verde prado,

con voz amarga y lamentable queja,

al son de los acordes instrumentos,

cantemos el dolor que nos aqueja.

MARSILO

Comienza, pues, ¡oh Crisio!, y tus acentos

lleguen a los oídos de Claraura,

llevados mansamente de los vientos,

como a quien todo tu dolor restaura.

CRISIO

Al que ausencia viene a dar

su cáliz triste a beber,

no tiene mal que temer,

ni ningún bien que esperar.

En esta amarga dolencia

no hay mal que no esté cifrado:

temor de ser olvidado,

celos de ajena presencia;

quien la viniere a probar

luego vendrá a conocer

que no hay mal de que temer,

ni menos bien que esperar.

OROMPO

Ved si es mal el que me aqueja

más que muerte conoscida,

pues forma quejas la vida

de que la muerte la deja.

Cuando la muerte llevó

toda mi gloria y contento,

por darme mayor tormento,

con la vida me dejó.

El mal viene, el bien se aleja

con tan ligera corrida,

que forma quejas la vida

de que la muerte la deja.

MARSILO

En mi terrible pesar

ya faltan, por más enojos,

las lágrimas a los ojos

y el aliento al sospirar.

La ingratitud y desdén

me tienen ya de tal suerte,

que espero y llamo a la muerte

por más vida y por más bien.

Poco se podrá tardar,

pues faltan en mis enojos

las lágrimas a los ojos

y el aliento al sospirar.

ORFINIO

Celos, a fe, si pudiera,

que yo hiciera por mejor

que fueran celos amor,

y que el amor celos fuera.

Deste trueco granjeara

tanto bien y tanta gloria,

que la palma y la victoria

de enamorado llevara.

Y aun fueran de tal manera

los celos en mi favor,

que a ser los celos amor,

el amor yo solo fuera.

Con esta última canción del celoso Orfinio dieron fin a su égloga los discretos pastores, dejando satisfechos de su discreción a todos los que escuchado los habían; espe­cialmente a Damón y a Tirsi, que gran contento en oírlos rescibieron, paresciéndoles que más que de pastoril inge­nio parescían las razones y argumentos que para salir con su propósito los cuatro pastores habían propuesto. Pero, habiéndose movido contienda entre muchos de los cir­cunstantes sobre cuál de los cuatro había alegado mejor de su derecho, en fin se vino a conformar el parecer de todos con el que dio el discreto Damón, diciéndoles que él para sí tenía que, entre todos los disgustos y sinsabores que el amor trae consigo, ninguno fatiga tanto al enamo­rado pecho como la incurable pestilencia de los celos; y que no se podían igualar a ella la pérdida de Orompo, au­sencia de Crisio, ni la desconfianza de Marsilo.

-La causa es -dijo- que no cabe en razón natural que las cosas que están imposibilitadas de alcanzarse, puedan por largo tiempo apremiar la voluntad a quererlas, ni fa­tigar al deseo por alcanzarlas, porque el que tuviese vo­luntad y deseo de alcanzar lo imposible, claro está que, cuanto más el deseo le sobrase, tanto más el entendi­miento le faltaría. Y por esta mesma razón digo que la pena que Orompo padece no es sino una lástima y com­pasión del bien perdido; y, por haberle perdido de mane­ra que no es posible tornarle a cobrar, esta imposibilidad ha de ser causa para que su dolor se acabe; que, puesto que el humano entendimiento no puede estar tan unido siempre con la razón que deje de sentir la pérdida del bien que cobrar no se puede, y que en efecto, ha de dar muestras de su sentimiento con tiernas lágrimas, ardien­tes sospiros y lastimosas palabras, so pena de que quien esto no hiciese, antes por bruto que por hombre racional sería tenido, en fin fin, el discurso del tiempo cura esta dolencia, la razón la mitiga y las nuevas ocasiones tienen mucha parte para borrarla de la memoria.

»Todo esto es al revés en el ausencia, como apuntó bien Crisio en sus versos, que, como la esperanza en el ausente ande tan junta con el deseo, dale terrible fatiga la dilación de la tomada, porque, como no le impide otra cosa el gozar su bien sino algún brazo de mar, o alguna distancia de tierra, parécele que tiniendo lo principal, que es la voluntad de la persona amada, que se hace notorio agravio a su gusto que cosas que son tan menos como un poco de agua o tierra le impidan su felicidad y gloria. Júntase asimesmo a esta pena el temor de ser olvidado, las mudanzas de los humanos corazones; y, en tanto que la ausencia dura, sin duda alguna que es estraño el rigor y aspereza con que trata al alma del desdichado ausente; pero, como tiene tan cerca el remedio, que consiste en la tornada, puédese llevar con algún alivio su tormento, y si sucediere ser la ausencia de manera que sea imposible volver a la presencia deseada, aquella imposibilidad vie­ne a ser el remedio, como en el de la muerte.

»El dolor de que Marsilo se queja, puesto que es co­mo el mesmo que yo padezco, y por esta causa me había de parescer mayor que otro alguno, no por eso dejaré de decir to que en él la razón me muestra, antes que aquello a que la pasión me incita. Confieso que es terrible dolor querer y no ser querido, pero mayor sería amar y ser abo­rrecido. Y si los nuevos amadores nos guiásemos por lo que la razón y la experiencia nos enseña, veríamos que todos los principios en cualquier cosa son dificultosos, y que no padece esta regla excepción en los casos de amor, antes en ellos más se confirma y fortalece; así que, que­jarse el nuevo amante de la dureza del rebelde pecho de su señora, va fuera de todo razonable término, porque, como el amor sea y ha de ser voluntario, y no forzoso, no debo yo quejarme de no ser querido de quien quiero, ni debo hacer caudal del cargo que le hago, diciéndole que está obligada a amarme porque yo la amo; que, puesto que la persona amada debe, en ley de naturaleza y en buena cortesía, no mostrarse ingrata con quien bien la quiere, no por eso le ha de ser forzoso y de obligación que corresponda del todo y por todo a los deseos de su amante; que si esto así fuese, mil enamorados importu­nos habría que por su solicitud alcanzasen lo que quizá no se les debría de derecho. Y, como el amor tenga por padre al conocimiento, puede ser que no halle en mí la que es de mí bien querida, partes tan buenas que la mue­van a inclinen a quererme; y así, no está obligada, como ya he dicho, a amarme, como yo estaré obligado a ado­rarla, porque hallé en ella lo que a mí me falta. Y por esta razón no debe el desdeñado quejarse de su amada, sino de su ventura, que le negó las gracias que al cono­cimiento de su señora pudieran mover a bien quererle. Y así, debe procurar con continos servicios, con amorosas razones, con la no importuna presencia, con las ejercita­das virtudes, adobar y enmendar en él la falta que natu­raleza hizo, que este es tan principal remedio, que estoy por afirmar que será imposible dejar de ser amado el que con tan justos medios procurase granjear la voluntad de su señora. Y, pues este mal del desdén tiene el bien deste remedio, consuélese Marsilo y tenga lástima al desdicha­do y celoso Orfinio, en cuya desventura se encierra la mayor que en las de amor imaginar se puede.

»¡Oh celos, turbadores de la sosegada paz amorosa; celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mesmo caso de­jara el amor de serio si tales hijos engendrara. ¡Oh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues, para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nascer alguna centella de amor en algún pecho, luego procuráis mezcla­ros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío que tiene! Y de aquí nasce que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a conoscer que no sois el mesmo amor, todavía procuráis que entienda el ignorante que sois sus hijos, siendo, como lo sois, nascidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, cria­dos a los pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras. Y, porque se vea la destruición que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos, en siendo el amante celoso, conviene -con paz sea dicho de los celosos enamorados-, conviene, digo, que sea, como to es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se estiende la celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea. Querría el amante celoso que sólo para él su dama fuese hermosa, y fea para todo el mundo; desea que no tenga ojos para ver más de lo que él quisiere, ni oídos para oír, ni lengua para hablar; que sea retirada, desabrida, soberbia y mal acondicionada; y aun a veces desea, apretado desta pasión diabólica, que su dama se muera y que todo se acabe.

»Todas estas pasiones engendran los celos en los áni­mos de los amantes celosos; al revés de las virtudes que el puro y sencillo amor multiplica en los verdaderos y comedidos amadores, porque en el pecho de un buen enamorado se encierra discreción, valentía, liberalidad, comedimiento y todo aquello que le puede hacer loable a los ojos de las gentes. Tiene más, asimesmo, la fuerza deste crudo veneno: que no hay antídoto que le preserve, consejo que le valga, amigo que le ayude, ni disculpa que le cuadre; todo esto cabe en el enamorado celoso, y más: que cualquiera sombra le espanta, cualquiera niñería le turba y cualquier sospecha, falsa o verdadera, le deshace; y a toda esta desventura se le añade otra: que con las dis­culpas que le dan, piensa que le engañan. Y no habiendo para la enfermedad de los celos otra medicina que las disculpas, y no queriendo el enfermo celoso admitirlas, síguese que esta enfermedad es sin remedio, y que a to­das las demás debe anteponerse. Y así, es mi parecer que Orfinio es el más penado, pero no el más enamorado, porque no son los celos señales de mucho amor, sino de mucha curiosidad impertinente; y si son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el te­nerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dis­puesta; y así, el enamorado celoso tiene amor, mas es amor enfermo y mal acondicionado. Y también el ser ce­loso es señal de poca confianza del valor de sí mesmo. Y que sea esto verdad nos lo muestra el discreto y firme enamorado, el cual, sin llegar a la escuridad de los celos, toca en las sombras del temor, pero no se entra tanto en ellas que le escurezcan el sol de su contento, ni dellas se aparta tanto que le descuiden de andar solícito y temero­so; que si este discreto temor faltase en el amante, yo le tendría por soberbio y demasiadamente confiado, porque, como dice un común proverbio nuestro: “quien bien ama, teme”; teme, y aun es razón que tema el amante que, co­mo la cosa que ama es en estremo buena, o a él le pare­ció serlo, no parezca to mesmo a los ojos de quien la mi­rare, y por la mesma causa se engendre el amor en otro que pueda y venga a turbar el suyo. Teme y tema el buen enamorado las mudanzas de los tiempos, de las nuevas occasiones que en su daño podrían ofrecerse, de que con brevedad no se acabe el dichoso estado que goza; y este temor ha de ser tan secreto que no le salga a la lengua para decirle, ni aun a los ojos para significarle; y hace tan contrarios efectos este temor del que los celos hacen en los pechos enamorados, que cría en ellos nuevos de­seos de acrescentar más el amor, si pudiesen; de procurar con toda solicitud que los ojos de su amada no vean en ellos cosa que no sea digna de alabanza, mostrándose li­berales, comedidos, galanes, limpios y bien criados; y tanto cuanto este virtuoso temor es justo se alabe, tanto y más es digno que los celos se vituperen.

Calló en diciendo esto el famoso Damón, y llevó tras la suya las contrarias opiniones de algunos que escucha­do le habían, dejando a todos satisfechos de la verdad que con tanta llaneza les había mostrado. Pero no se que­dara sin respuesta si los pastores Orompo, Crisio, Mar­silo y Orfinio hubieran estado presentes a su plática, los cuales, cansados de la recitada égloga, se habían ido a casa de su amigo Daranio.

Estando todos en esto, ya que los bailes y danzas que­rían renovarse, vieron que por una parte de la plaza en­traban tres dispuestos pastores, que luego de todos fue­ron conoscidos, los cuales eran el gentil Francenio, el libre Lauso y el anciano Arsindo, el cual venía en medio de los dos pastores con una hermosa guirnalda de verde lauro en las manos; y, atravesando por medio de la plaza, vinieron a parar adonde Tirsi, Damón, Elicio y Erastro y todos los más principales pastores estaban, a los cuales con corteses palabras saludaron, y con no menor cortesía fueron dellos rescebidos, especialmente Lauso de Da­món, de quien era antiguo y verdadero amigo. Cesando los comedimientos, puestos los ojos Arsindo en Damón y en Tirsi, comenzó a hablar desta manera:

-La fama de vuestra sabiduría, que cerca y lejos se estiende, discretos y gallardos pastores, es la que a estos pastores y a mí nos trae a suplicaros queráis ser jueces de una graciosa contienda que entre estos dos pastores ha nascido; y es que la fiesta pasada, Francenio y Lauso, que están presentes, se hallaron en una conversación de hermosas pastoras, entre las cuales, por pasar sin pesa­dumbre las horas ociosas del día, entre otros muchos juegos, ordenaron el que se llama de los propósitos. Su­cedió, pues, que, llegando la vez de proponer y comenzar a uno destos pastores, quiso la suerte que la pastora que a su lado estaba y a la mano derecha tenía, fuese, según él dice, la tesorera de los secretos de su alma, y la que por más discreta y más enamorada en la opinión de todos estaba. Llegándosele, pues, al oído, le dijo: “Huyendo va la esperanza”. La pastora, sin detenerse en nada, prosi­guió adelante, y al decir después cada uno en público lo que al otro había dicho en secreto, hallóse que la pastora había seguido el propósito, diciendo: “Tenella con el de­seo”. Fue celebrada por los que presentes estaban la agu­deza desta respuesta, pero el que más la solemnizó fue el pastor Lauso; y no menos le pareció bien a Francenio. Y así, cada uno, viendo que to propuesto y respondido eran versos medidos, se ofreció de glosallos; y, después de haberlo hecho, cada cual procura que su glosa a la del otro se aventaje; y, para asegurarse desto, me quisieron hacer juez dello. Pero, como yo supe que vuestra presen­cia alegraba nuestras riberas, aconsejéles que a vosotros viniesen, de cuya estremada sciencia y sabiduría questio­nes de mayor importancia pueden bien fiarse. Han segui­do ellos mi parecer, y yo he querido tomar trabajo de ha­cer esta guirnalda, para que sea dada en premio al que vosotros, pastores, viéredes que mejor ha glosado.

Calló Arsindo y esperó la respuesta de los pastores, que fue agradecerle la buena opinión que dellos tenía, y ofrecerse de ser jueces desapasionados en aquella honro­sa contienda. Con este seguro, luego Francenio tomó a repetir los versos y a decir su glosa, que era ésta:

Huyendo va la esperanza;

tenella con el deseo.

GLOSA

Cuando me pienso salvar

en la fe de mi querer,

me vienen luego a espantar

las faltas del merescer

y las sobras del pesar.

Muérese la confianza,

no tiene pulsos la vida,

pues se ve en mi mala andanza

que, del temor perseguida,

huyendo va la esperanza.

Huye y llévase consigo

todo el gusto de mi pena,

dejando, por más castigo,

las llaves de mi cadena

en poder de mi enemigo.

Tanto se aleja que creo

que presto se hará invisible,

y en su ligereza veo

que, ni puedo, ni es posible

tenerla con el deseo.

Dicha la glosa de Francenio, Lauso comenzó la suya, que así decía:

En el punto que os miré,

como tan hermosa os vi,

luego temí y esperé;

pero, en fin, tanto temí

que con el temor quedé.

De veros, esto se alcanza:

una flaca confianza

y un temor acobardado,

que, por no verle a su lado,

huyendo va la esperanza.

Y, aunque me deja y se va

con tan estraña corrida,

por milagro se verá

que se acabará mi vida

y mi amor no acabará.

Sin esperanza me veo;

mas, por llevar el trofeo

de amador sin interese,

no querría, aunque pudiese,

tenella con el deseo.

En acabando Lauso de decir su glosa, dijo Arsindo:

-Veis aquí, famosos Damón y Tirsi, declarada la cau­sa sobre que es la contienda destos pastores; sólo resta agora que vosotros deis la guirnalda a quien viéredes que con más justo título la meresce: que Lauso y Francenio son tan amigos, y vuestra sentencia será tan justa, que ellos tendrán por bien lo que por vosotros fuere juzgado.

-No entiendas Arsindo -respondió Tirsi-, que con tanta presteza, aunque nuestros ingenios fueran de la calidad que tú los imaginas, se puede ni debe juzgar la diferencia, si hay alguna, destas discretas glosas. Lo que yo sé decir dellas, y lo que Damón no querrá con­tradecirme, es que igualmente entrambas son buenas, y que la guirnalda se debe dar a la pastora que dio la oca­sión a tan curiosa y loable contienda. Y si deste parecer quedáis satisfechos, pagádnosle con honrar las bodas de nuestro amigo Daranio, alegrándolas con vuestras agra­dables canciones y autorizándolas con vuestra honrosa presencia.

A todos pareció bien la sentencia de Tirsi; los dos pastores la consintieron y se ofrecieron de hacer lo que Tirsi les mandaba. Pero las pastoras y pastores que a Lauso conoscían se maravillaban de ver la libre condi­ción suya en la red amorosa envuelta, porque luego vie­ron en la amarillez de su rostro, en el silencio de su len­gua y en la contienda que con Francenio había tomado, que no estaba su voluntad tan esenta como solía; y anda­ban entre sí imaginando quién podría ser la pastora que de su libre corazón triunfado había. Quién imaginaba que la discreta Belisa, y quién que la gallarda Leandra, y al­gunos que la sin par Arminda, moviéndoles a imaginar esto la ordinaria costumbre que Lauso tenía de visitar las cabañas destas pastoras, y ser cada una dellas pará sub­jectar con su gracia, valor y hermosura otros tan libres corazones como el de Lauso. Y desta duda tardaron mu­chos días en certificarse, porque el enamorado pastor apenas de sí mesmo fiaba el secreto de sus amores. Aca­bado esto, luego toda la joventud del pueblo renovó las danzas, y los pastorales instrumentos formaron una agra­dable música. Pero, viendo que ya el sol apresuraba su carrera hacia el ocaso, cesaron las concertadas voces, y todos los que allí estaban determinaron de llevar a los desposados hasta su casa. Y el anciano Arsindo, por cumplir to que a Tirsi había prometido, en el espacio que había desde la plaza hasta la casa de Daranio, al son de la zampoña de Erastro, estos versos fue cantando:

ARSINDO

Haga señales el cielo

de regocijo y contento

en tan venturoso día;

celébrese en todo el suelo

este alegre casamiento

con general alegría.

Cámbiese de hoy más el llanto

en süave y dulce canto,

y, en lugar de los pesares,

vengan gustos a millares

que destierren el quebranto.

Todo el bien suceda en colmo

entre desposados tales,

tan para en uno nascidos:

peras les ofrezca el olmo,

cerezas los carrascales,

guindas los mirtos floridos;

hallen perlas en los riscos,

uvas les den los lentiscos,

manzanas los algarrobos,

y sin temor de los lobos

ensanchen más sus apriscos.

Y sus machorras ovejas

vengan a ser parideras,

con que doblen su ganancia;

las solícitas abejas

en los surcos de sus eras

hagan miel en abundancia;

logren siempre su semilla

en el campo y en la villa,

cogida a tiempo y sazón;

no entre en sus viñas pulgón

ni en su trigo la neguilla.

Y dos hijos presto tengan,

tan hechos en paz y amor

cuanto pueden desear;

y, en siendo crescidos, venga

ser el uno doctor,

y otro, cura del lugar.

Sean siempre los primeros

en virtudes y en dineros,

que sí serán, y aun señores,

si no salen fiadores

de agudos alcabaleros.

Más años que Sarra vivan

con salud tan confirmada

que dello pese al doctor;

y ningún pesar resciban,

ni por hija mal casada,

ni por hijo jugador.

Y, cuando los dos estén

viejos cual Matusalén,

mueran sin temor de daño,

y háganles su cabo de año

por siempre jamás, amén.

Con grandísimo gusto fueron escuchados los rústicos versos de Arsindo, en los cuales más se alargara si no lo impidiera el llegar a la casa de Daranio, el cual, convi­dando a todos los que con él venían, se quedó en ella, si no fue que Galatea y Florisa, por temor que Teolinda de Tirsi y Damón no fuese conocida, no quisieron quedarse a la cena de los desposados. Bien quisiera Elicio y Eras­tro acompañar a Galatea hasta su casa, pero no fue posi­ble que lo consintiese; y así, se hubieron de quedar con sus amigos, y ellas se fueron cansadas de los bailes de aquel día; y Teolinda con más pena que nunca, viendo que en las solemnes bodas de Daranio, donde tantos pas­tores habían acudido, sólo su Artidoro faltaba. Con esta penosa imaginación, pasó aquella noche en compañía de Galatea y Florisa, que con más libres y desapasio­nados corazones la pasaron, hasta que, en el nuevo ve­nidero día, les sucedió lo que se dirá en el libro que se sigue.

Fin del tercero libro

Cuarto libro de Galatea

Con gran deseo esperaba la hermosa Teolinda el venidero día, para despedirse de Galatea y Florisa y acabar de buscar por todas las riberas de Tajo a su queri­do Artidoro, con intención de fenecer la vida en triste y amarga soledad, si fuese tan corta de ventura que del amado pastor alguna nueva no supiese. Llegada, pues, la hora deseada, cuando el sol comenzaba a tender sus ra­yos por la faz de la tierra, ella se levantó, y, con lágrimas en sus ojos, pidió licencia a las dos pastoras para prose­guir su demanda, las cuales con muchas razones la per­suadieron que en su compañía algunos días más esperase, ofreciéndole Galatea de enviar algún pastor de los de su padre a buscar a Artidoro por todas las riberas de Tajo y por donde se imaginase que podría ser hallado. Teolinda agradeció sus ofrecimientos, pero no quiso hacer lo que le pedían; antes, después de haber mostrado, con las mejores palabras que supo, la obligación en que quedaba de servir todos los días de su vida las obras que deltas había rescebido, abrazándolas con tierno sentimiento, les rogaba que una sola hora no la detuviesen. Viendo, pues, Galatea y Florisa cuán en vano trabajaban en pensar de­tenerla, le encargaron que de cualquier suceso bueno o malo que en aquella amorosa demanda le sucediese, pro­curase de avisarlas, certificándola del gusto que de su contento o la pena que de su desgracia rescibirían. Teo­linda se ofreció ser ella mesma quien las nuevas de su buena dicha trujese, pues las malas no tendría sufri­miento la vida para resistirlas, y así, sería escusado que della saberse pudiesen. Con esta promesa de Teolinda se satisficieron Galatea y Florisa, y determinaron de acom­pañarla algún trecho fuera del lugar. Y así, tomando las dos solos sus cayados, y habiendo proveído el zurrón de Teolinda de algunos regalos para el trabajoso camino, se salieron con ella del aldea a tiempo que ya los rayos del sol más derechos y con más fuerzas comenzaban a herir la tierra.

Y, habiéndola acompañado casi media legua del lu­gar, al tiempo que ya querían volverse y dejarla, vieron atravesar, por una quebrada que poco desviada dellas estaba, cuatro hombres de a caballo y algunos de a pie, que luego conoscieron ser cazadores en el hábito y en los halcones y perros que llevaban. Y, estándolos con aten­ción mirando, por ver si los conoscían, vieron salir de entre unas espesas matas que cerca de la quebrada esta­ban, dos pastoras de gallardo talle y brío. Traían los rostros rebozados con dos blancos lienzos; y, alzando la una dellas la voz, pidió a los cazadores que se detuviesen, los cuales así lo hicieron, y, llegándose entrambas a uno de­llos, que en su talle y postura el principal de todos pare­cía, le asieron las riendas del caballo y estuvieron un po­co hablando con él, sin que las tres pastoras pudiesen oír palabra de las que decían, por la distancia del lugar, que lo estorbaba. Solamente vieron que, a poco espacio que con él hablaron, el caballero se apeó, y, habiendo, a lo que juzgarse pudo, mandado a los que le acompañaban que se volviesen, quedando sólo un mozo con el caballo, trabó a las dos pastoras de las manos, y poco a poco co­menzó a entrar con ellas por medio de un cerrado bosque que allí estaba. Lo cual visto por las tres pastoras, Gala­tea, Florisa y Teolinda, determinaron de ver, si pudiesen, quién eran las disfrazadas pastoras y el caballero que las llevaba; y así, acordaron de rodear por una parte del bos­que, y mirar si podían ponerse en alguna que pudiese serlo para satisfacerles de lo que deseaban. Y, haciéndolo así como pensado lo habían, atajaron al caballero y a las pastoras, y, mirando Galatea por entre las ramas lo que hacían, vio que, torciendo sobre la mano derecha, se em­boscaban en to más espeso del bosque, y luego por sus mesmas pisadas les fueron siguiendo, hasta que el caba­llero y las pastoras, pareciéndoles estar bien adentro del bosque, en medio de un estrecho pradecillo, que de infi­nitas breñas estaba rodeado, se pararon. Galatea y sus com­pañeras se llegaron tan cerca que, sin ser vistas ni senti­das, veían todo lo que el caballero y las pastoras hacían y decían; las cuales, habiendo mirado a una y a otra parte por ver si podrían ser vistas de alguno, aseguradas desto, la una se quitó el rebozo; y apenas se le hubo quitado cuando de Teolinda fue conoscida, y, llegándose al oído de Galatea, le dijo con la más baja voz que pudo:

-Estrañísima ventura es ésta, porque, si no es que con la pena que traigo he perdido el conoscimiento, sin duda alguna aquella pastora que se ha quitado el rebozo es la bella Rosaura, hija de Roselio, señor de una aldea que a la nuestra está vecina, y no sé qué pueda ser la causa que la haya movido a ponerse en tan estraño traje y a dejar su tierra, cosas que tan en perjuicio de su honestidad se de­claran. Mas, ¡ay desdichada! -añadió Teolinda-, que el caballero que con ella está es Grisaldo, hijo mayor del ri­co Laurencio, que junto a esta vuestra aldea tiene otras dos suyas.

-Verdad dices, Teolinda -respondió Galatea-, que yo le conozco; pero calla y sosiégate, que presto veremos con qué intento ha sido aquí su venida.

Quietóse con esto Teolinda, y con atención se puso a mirar to que Rosaura hacía, la cual, llegándose al caba­llero, que de edad de veinte años parecía, con voz turba­da y airado semblante, le comenzó a decir:

-En parte estamos, fementido caballero, donde podré tomar de tu desamor y descuido la deseada venganza. Pe­ro, aunque yo la tomase de ti tal que la vida te costase, poca recompensa sería al daño que me tienes hecho. Vesme aquí, desconocido Grisaldo, desconoscida por conoscerte; ves aquí que ha mudado el traje por buscarte la que nunca mudó la voluntad de quererte. Considera, ingrato y desamorado, que la que apenas en su casa y con sus criadas sabía mover el paso, agora por tu causa anda de valle en valle y de sierra en sierra con tanta soledad buscando tu compañía.

Todas estas razones que la bella Rosaura decía las es­cuchaba el caballero con los ojos hincados en el suelo y haciendo rayas en la tierra con la punta de un cuchillo de monte que en la mano tenía. Pero, no contenta Rosaura con lo dicho, con semejantes palabras prosiguió su plática:

-Dime: ¿conoces, por ventura, conoces, Grisaldo, que yo soy aquélla que no ha mucho tiempo que enjugó tus lágrimas, atajó tus sospiros, remedió tus penas, y sobre todo, la que creyó tus palabras? ¿O, por suerte, entiendes tú que eres aquél a quien parecían cortos y de ninguna fuerza todos los juramentos que imaginarse podían, para asegurarme la verdad con que me engañabas? ¿Eres tú, acaso, Grisaldo, aquél cuyas infinitas lágrimas ablanda­ron la dureza del honesto corazón mío? Tú eres, que ya te veo, y yo soy, que ya me conozco. Pero si tú eres Gri­saldo, el que yo creo, y yo soy Rosaura, la que tú imagi­nas, cúmpleme la palabra que me diste; darte he yo la promesa que nunca lo he negado. Hanme dicho que te casas con Leopersia, la hija de Marcelio, tan a gusto tuyo que eres tú mesmo el que la procuras; si esta nueva me ha dado pesadumbre, bien se puede ver por lo que he he­cho por venir a estorbar el cumplimiento della; y si tú la puedes hacer verdadera, a tu consciencia lo dejo. ¿Qué respondes a esto, enemigo mortal de mi descanso? ¿Otor­gas, por ventura, callando, lo que por el pensamiento se­ría justo que no te pasase? Alza los ojos ya y ponlos en estos que por su mal te miraron; levántalos y mira a quién engañas, a quién dejas y a quién olvidas. Verás que engañas, si bien lo consideras, a la que siempre te trató verdades, dejas a quien ha dejado a su honra y a sí mes­ma por seguirte, olvidas a la que jamás lo apartó de su memoria. Considera, Grisaldo, que en nobleza no te debo nada, y que en riqueza no te soy desigual, y que te aven­tajo en la bondad del ánimo y en la firmeza de la fe. Cúmpleme, señor, la que me diste, si te precias de caba­llero y no te desprecias de cristiano. Mira que si no co­rrespondes a lo que me debes, que rogaré al ciclo que te castigue, al fuego que to consuma, al aire que to falte, al agua que to anegue, a la tierra que no te sufra, y a mis parientes que me venguen. Mira que si faltas a la obliga­ción que me tienes, que has de tener en mí una perpetua turbadora de tus gustos en cuanto la vida me durare; y aun después de muerta, si ser pudiere, con continuas sombras espantaré tu fementido espíritu, y con espantosas visio­nes atormentaré tus engañadores ojos. Advierte que no pido sino lo que es mío, y que tú ganas en darlo lo que en negarlo pierdes. Mueve agora tu lengua para desenga­ñarme de cuantas la has movido para ofenderme.

Calló diciendo esto la hermosa dama, y estuvo un po­co esperando a ver lo que Grisaldo respondía; el cual, le­vantando el rostro, que hasta allí inclinado había tenido, encendido con la vergüenza que las razones de Rosaura le habían causado, con sosegada voz le respondió desta manera:

-Si yo quisiese negar, ¡oh Rosaura!, que no te soy deudor de más de lo que dices, negaría asimesmo que la luz del sol no es clara, y aun diría que el fuego es frío y el aire duro. Así que, en esta parte confieso lo que te de­bo, y que estoy obligado a la paga. Pero, que yo confiese que puedo pagarte como quieres, es imposible, porque el mandamiento de mi padre lo ha prohibido y tu riguroso desdén imposibilitado; y no quiero en esta verdad poner otro testigo que a ti mesma, como a quien tan bien sabe cuántas veces y con cuántas lágrimas rogué que me acep­tases por esposo, y que fueses servida que yo cumpliese la palabra que de serlo te había dado. Y tú, por las causas que te imaginaste, o por parecerte ser bien corresponder a las vanas promesas de Artandro, jamás quisiste que a tal ejecución se llegase; antes, de día en día me ibas en­tretiniendo y haciendo pruebas de mi firmeza, pudiendo asegurarla de todo punto con admitirme por tuyo. Tam­bién sabes, Rosaura, el deseo que mi padre tenía de po­nerme en estado y la priesa que daba a ello, trayendo los ricos honrosos casamientos que tú sabes, y cómo yo con mil escusas me apartaba de sus importunaciones, dándo­telas siempre a ti para que no dilatases más lo que canto a ti convenía y yo deseaba; y que al cabo de todo esto, te dije un día que la voluntad de mi padre era que yo con Leopersia me casase; y tú, en oyendo el nombre de Leo­persia, con una furia desesperada me dijiste que más no te hablase, y que me casase norabuena con Leopersia o con quien más gusto me diese. Sabes también que te per­suadí muchas veces que dejases aquellos celosos deva­neos, que yo era tuyo, y no de Leopersia, y que jamás quisiste admitir mis disculpas ni condescender con mis ruegos; antes, perseverando en tu obstinación y dureza, y en favorescer a Artandro, me enviaste a decir que te daría gusto en que jamás te viese. Yo hice lo que me mandaste, y, por no tener ocasión de quebrar tu manda­miento, viendo también que cumplía el de mi padre, de­terminé de desposarme con Leopersia, o, a lo menos, desposaréme mañana, que así está concertado entre sus parientes y los míos; porque veas, Rosaura, cuán discul­pado estoy de la culpa que me pones, y cuán tarde has tú venido en conoscimiento de la sinrazón que conmigo usabas. Mas, porque no me juzgues de aquí adelante por tan ingrato como en tu imaginación me tienes pintado, mira bien si hay algo en que yo pueda satisfacer tu vo­luntad, que, como no sea casarme contigo, aventuraré por servirte la hacienda, la vida y la honra.

En tanto que estas palabras Grisaldo decía, tenía la hermosa Rosaura los ojos clavados en su rostro, ver­tiendo por epos tantas lágrimas que daban bien a en­tender el dolor que en el alma sentía; pero, viendo ella que Grisaldo callaba, dando un profundo y doloroso sospiro, le dijo:

-Como no puede caber en tus verdes años tener, ¡oh Grisaldo!, larga y conoscida experiencia de los infinitos accidentes amorosos, no me maravillo que un pequeño desdén mío te haya puesto en la libertad que publicas; pero si tú conoscieras que los celosos temores son es­puelas que hacen salir al amor de su paso, vieras clara­mente que los que yo tuve de Leopersia, en que yo más te quisiese redundaban. Mas, como tú tratabas tan de pa­satiempo mis cosas, con la menor ocasión que te imagi­naste, descubriste el poco amor de tu pecho, y confir­maste las verdaderas sospechas mías, y en tal manera, que me dices que mañana te casas con Leopersia. Pero yo te certifico que, antes que a ella lleves al tálamo, me has de llevar a mí a la sepoltura, si ya no eres tan cruel que niegues de darla al cuerpo de cuya alma fuiste siem­pre señor absoluto. Y, porque claro conozcas y veas que la que perdió por ti su honestidad y puso en detrimento su honra tendrá en poco perder la vida, este agudo puñal que aquí traigo pondrá en efecto mi desesperado y hon­roso intento, y será testigo de la crueldad que en ese tu fementido pecho encierras.

Y, diciendo esto, sacó del seno una desnuda daga, y con gran celeridad se iba a pasar el corazón con ella, si con mayor presteza Grisaldo no le tuviera el brazo y la rebozada pastora, su compañera, no aguijara a abrazarse con ella. Gran rato estuvieron Grisaldo y la pastora pri­mero que quitasen a Rosaura la daga de las manos, la cu­al a Grisaldo decía:

-¡Déjame, traidor enemigo, acabar de una vez la tra­gedia de mi vida, sin que tantas to desamorado desdén me haga probar la muerte!

-Esa no gustarás tú por mi ocasión -replicó Grisaldo-, pues quiero que mi padre falte antes la palabra que por mí a Leopersia tiene dada, que faltar yo un punto a to que conozco que te debo. Sosiega el pecho, Rosaura, pues te aseguro que este mío no sabrá desear otra cosa que la que fuere de tu contento.

Con estas enamoradas razones de Grisaldo resucitó Rosaura de la muerte de su tristeza a la vida de su ale­gría, y, sin cesar de llorar, se hincó de rodillas ante Gri­saldo, pidiéndole las manos en señal de la merced que le hacía. Grisaldo hizo lo mesmo, y, echándole los brazos al cuello, estuvieron gran rato sin poderse hablar el uno al otro palabra, derramando entrambos cantidad de amoro­sas lágrimas. La pastora arrebozada, viendo el feliz suce­so de su compañera, fatigada del cansancio que había tomado en ayudar a quitar la daga a Rosaura, no pudien­do más sufrir el velo, se le quitó, descubriendo un rostro tan parescido al de Teolinda, que quedaron admiradas de verle Galatea y Florisa; pero más lo fue Teolinda, pues sin poderlo disimular, alzó la voz, diciendo:

-¡Oh cielos!, y ¿qué es lo que veo? ¿No es, por ventu­ra, ésta mi hermana Leonarda, la turbadora de mi repo­so? Ella es, sin duda alguna.

Y, sin más detenerse, salió de donde estaba, y con ella Galatea y Florisa. Y, como la otra pastora viese a Teo­linda, luego la conosció, y con abiertos brazos se fueron la una a la otra, admiradas de haberse hallado en tal lugar y en tal sazón y coyuntura. Viendo, pues, Grisaldo y Ro­saura lo que Leonarda con Teolinda hacía, y que habían sido descubiertos de las pastoras Galatea y Florisa, con no poca vergüenza de que los hubiesen hallado de aque­Ila suerte, se levantaron, y, limpiándose las lágrimas, con disimulación y comedimiento rescibieron a las pastoras, que luego de Grisaldo fueron conoscidas. Mas, la dis­creta Galatea, por volver en siguridad el disgusto que, quizá, de su vista los dos enamorados habían recibido, con aquel donaire con que ella todas las cosas decía, les dijo:

-No os pese de nuestra venida, venturosos Grisaldo y Rosaura, pues sólo servirá de acrescentar vuestro con­tento, pues se ha comunicado con quien siempre le ten­drá en serviros. Nuestra ventura ha ordenado que os vié­semos, y en parte donde ninguna se nos ha encubierto de vuestros pensamientos; y, pues el cielo los ha traído a término tan dichoso, en satisfación dello, asegurad vues­tros pechos y perdonad nuestro atrevimiento.

-Nunca tu presencia, hermosa Galatea -respondió Grisaldo-, dejó de dar gusto doquiera que estuviese; y, siendo esta verdad tan conoscida, antes quedamos en obligación a to vista que con desabrimiento de tu lle­gada.

Con éstas, pasaron otras algunas comedidas razones, harto diferentes de las que entre Leonarda y Teolinda pa­saban, las cuales, después de haberse abrazado una y dos veces, con tiernas palabras mezcladas con amorosas lá­grimas, la cuenta de su vida se demandaban, tiniendo suspensos mirándolas a todos los que allí estaban, porque se parescían tanto que casi no se podían decir semejan­tes, sino una mesma cosa; y si no fuera porque el traje de Teolinda era diferente del de Leonarda, sin duda alguna que Galatea y Florisa no supieran diferenciallas; y enton­ces vieron con cuánta razón Artidoro se había engañado en pensar que Leonarda Teolinda fuese. Mas, viendo Florisa que el sol estaba hacia la mitad del cielo, y que sería bien buscar alguna sombra que de sus rayos las de­fendiese, o, a lo menos, volverse a la aldea, pues, faltán­doles la ocasión de apascentar sus ovejas, no debían es­tarse tanto en el prado, dijo a Teolinda y a Leonarda:

-Tiempo habrá, pastoras, donde con más comodidad podáis satisfacer nuestros deseos y daros más larga cuen­ta de vuestros pensamientos, y por agora busquemos a do pasar el rigor de la siesta que nos amenaza: o en una fres­ca fuente que está a la salida del valle que atrás dejamos, o tornándonos a la aldea, donde será Leonarda tratada con la voluntad que tú, Teolinda, de Galatea y de mí co­noces. Y si a vosotras, pastoras, hago sólo este ofreci­miento, no es porque me olvide de Grisaldo y Rosaura, sino porque me parece que a su valor y merescimiento no puedo ofrecerles más del deseo.

-Ése no faltará en mí mientras la vida me durare -res­pondió Grisaldo-, de hacer, pastora, lo que fuere en tu servicio, pues no se debe pagar con menos la voluntad que nos muestras. Mas, por parecerme que será bien ha­cer to que dices, y por tener entendido que no ignoráis lo que entre mí y Rosaura ha pasado, no quiero deteneros ni detenerme en referirlo. Sólo os ruego seáis servidas de llevar a Rosaura en vuestra compañía a vuestra aldea, en tanto que yo aparejo en la mía algunas cosas que son ne­cesarias para concluir lo que nuestros corazones desean. Y, porque Rosaura quede libre de sospecha, y no la pue­da tener jamás de la fe de mi pensamiento, con voluntad considerada mía, siendo vosotras testigos della, le doy la mano de ser su verdadero esposo.

Y, diciendo esto, tendió la suya y tomó la de la bella Rosaura. Y ella quedó tan fuera de sí de ver lo que Gri­saldo hacía, que apenas pudo responderle palabra, sino que se dejó tomar la mano; y, de allí a un pequeño espa­cio, dijo:

-A términos me había traído el amor, Grisaldo, señor mío, que con menos que por mí hicieras, te quedara per­petuamente obligada; pero, pues tú has querido corres­ponder antes a ser quien eres que no a mi merescimiento, haré yo lo que en mí es, que es darte de nuevo el alma, en recompensa deste beneficio; y después, el cielo de tan agradescida voluntad te dé la paga.

-No más -dijo a esta sazón Galatea-, no más, señores, que adonde andan las obras tan verdaderas, no han de te­ner lugar los demasiados comedimientos. Lo que resta es rogar al cielo que traiga a dichoso fin estos principios, y que en larga y saludable paz gocéis vuestros amores. Y en lo que dices, Grisaldo, que Rosaura venga a nuestra aldea, es tanta la merced que en ello nos haces, que no­sotras mesmas te lo suplicamos.

-De tan buena gana iré en vuestra compañía -dijo Ro­saura-, que no sé con qué la encarezca más que con deci­ros que no sentiré mucho el ausencia de Grisaldo, estan­do en vuestra compañía.

-Pues, ¡ea! -dijo Florisa-, que el aldea es lejos y el sol mucho, y nuestra tardanza de volver a ella notada. Vos, señor Grisaldo, podéis ir a hacer lo que os convinie­re, que en casa de Galatea hallaréis a Rosaura, y a éstas, una pastora, que no merescen ser llamadas dos las que tanto se parecen.

-Sea como queréis -dijo Grisaldo.

Y, tomando a Rosaura de la mano, se salieron todos del bosque, quedando concertado entre ellos que otro día enviaría Grisaldo un pastor, de los muchos de su padre, a avisar a Rosaura de lo que había de hacer; y que, envian­do aquel pastor, sin ser notado, podría hablar a Galatea o a Florisa, y dar la orden que más conviniese. A todas pa­reció bien este concierto; y, habiendo salido del bosque, vio Grisaldo que le estaba esperando su criado con el ca­ballo; y, abrazando de nuevo a Rosaura y despidiéndose de las pastoras, se fue acompañado de lágrimas y de los ojos de Rosaura, que nunca dél se apartaron hasta que le perdieron de vista. Como las pastoras solas quedaron, luego Teolinda se apartó con Leonarda, con deseo de sa­ber la causa de su venida; y Rosaura asimesmo fue con­tando a Galatea y Florisa la ocasión que la había movido a tomar el hábito de pastora y a venir a buscar a Grisal­do, diciendo:

-«No os causara admiración, hermosas pastoras, el verme a mí en este traje, si supiérades hasta dó se estien­de la poderosa fuerza de amor, la cual no sólo hace mu­dar el vestido a los que bien quieren, sino la voluntad y el alma de la manera que más es de su gusto; y hubiera yo perdido el mío eternamente si de la invención deste traje no me hubiera aprovechado, porque sabréis, amigas, que, estando yo en el aldea de Leonarda, de quien mi pa­dre es señor, vino a ella Grisaldo con intención de estarse allí algunos días ocupado en el sabroso ejercicio de la caza; y, por ser mi padre muy anúgo del suyo, ordenó de hospedarle en casa y de hacerle todos los regalos que pudiese. Hízolo así; y la venida de Grisaldo a mi casa fue para sacarme a mí della, porque, en efecto, aunque sea a costa de mi vergüenza, os habré de decir que la vista, la conversación, el valor de Grisaldo, hicieron cal impresión en mi alma que, sin saber cómo, a pocos días que él allí estuvo, yo no estuve más en mí, ni quise ni pude estar sin hacerle señor de mi libertad; pero no fue tan arrebatada­mente que primero no estuviese satisfecha que la volun­tad de Grisaldo de la mía un punto no discrepaba, según él me to dio a entender con muchas y muy verdaderas señales. Enterada, pues, yo en esta verdad, y viendo cuán bien me estaba tener a Grisaldo por esposo, vine a con­descender con sus deseos y a poner en efecto los míos. Y así, con la intercesión de una doncella mía, en un aparta­do corredor nos vimos Grisaldo y yo muchas veces, sin que nuestra estada solos a más se estendiese que a vernos y a darme él la palabra que hoy con más fuerza delante de vosotras me ha tornado a dar.

»Ordenó, pues, mi triste ventura, que en el tiempo que yo de tan dulce estado gozaba, vino asimesmo a visitar a mi padre un valeroso caballero aragonés que Artandro se llama, el cual, vencido, a lo que él mostró, de mi hermo­sura -si alguna tengo-, con grandísima solicitud procuró que yo con él me casase sin que mi padre lo supiese. Ha­bía en este medio procurado Grisaldo traer a efecto su propósito, y, mostrándome yo algo más dura de lo que fuera menester, le iba entretiniendo con palabras, con in­tención que mi padre saliese al camino de casarme, y que entonces Grisaldo me pidiese por esposa; pero no quería él hacer esto, porque sabía que la voluntad de su padre era casarle con la rica y hermosa Leopersia, que bien de­béis conocerla por la fama de su riqueza y hermosura. Vino esto a mi noticia, y tomé ocasión de pedirle celos, aunque fingidos, sólo por hacer prueba de la entereza de su fe, y fui tan descuidada, o por mejor decir, tan simple, que, pensando que granjeaba algo en ello, comencé a ha­cer algunos favores a Artandro, lo cual visto por Grisal­do, muchas veces me significó la pena que rescibía de lo que yo con Artandro pasaba; y aun me avisó que, si no era mi voluntad de que él me cumpliese la palabra que me había dado, que no podía dejar de obedecer a la de su padre. A todas estas amonestaciones y avisos respondí yo sin ninguno, llena de soberbia y arrogancia, confiada en que los lazos que mi hermosura habían echado al alma de Grisaldo no podían tan fácilmente ser rompidos ni aun tocados de otra cualquier belleza. Mas salíome tan al re­vés mi confianza como me lo mostró presto Grisaldo, el cual, cansado de mis necios y esquivos desdenes, tuvo por bien de dejarme y venir obediente al mandado de su padre. Pero, apenas se hubo él partido de mi aldea y apartado de mi presencia, cuando yo conocí el error en que había caído, y con tanto ahínco me comenzó a fati­gar el ausencia de Grisaldo y los celos de Leopersia, que el ausencia dél me acababa y los celos della me consu­mían.

» Considerando, pues, que si mi remedio se dilataba, había de dejar por fuerza en las manos del dolor la vida, determiné de aventurar a perder lo menos, que a mi pare­cer era la fama, por ganar lo más, que es a Grisaldo. Y así, con escusa que di a mi padre de ir a ver una tía mía, señora de otra aldea a la nuestra cercana, salí de mi casa acompañada de muchos criados de mi padre; y, llegada en casa de mi tía, le descubrí todo el secreto de mi pen­samiento, y le rogué fuese servida de que yo me pusiese en este hábito y viniese a hablar a Grisaldo, certificán­dole que si yo mesma no venía, que tendrían mal suceso mis negocios. Ella me lo concedió, con condición que trujese a Leonarda conmigo, como persona de quien ella mucho se fiaba; y, enviando por ella a nuestra aldea, y acomodándome destos vestidos, y advirtiéndonos de al­gunas cosas que las dos habíamos de hacer, nos despe­dimos della habrá ocho días; y, habiendo seis que llega­mos a la aldea de Grisaldo, jamás hemos podido hallar lugar de hablarle a solas, como yo deseaba, hasta esta mañana que supe que venía a caza, y le aguardé en el mesmo lugar adonde él se despidió. Y he pasado con él todo to que vosotras, amigas, habéis visto, del cual ven­turoso suceso quedo tan contenta cuanto es razón lo que­de la que tanto lo deseaba.» Esta es, pastoras, la historia de mi vida, y si os he cansado en contárosla, echad la culpa al deseo que teníades de saberla, y al mío, que no pudo hacer menos de satisfaceros.

-Antes quedamos tan obligadas -respondió Florisa- a la merced que nos has hecho que, aunque siempre nos ocupemos en servirla, no saldremos de la deuda.

-Yo soy la que quedo en ella -replicó Rosaura-, y la que procuraré pagarla como mis fuerzas alcanzaren. Pe­ro, dejando esto aparte, volved los ojos, pastoras, y ve­réis los de Teolinda y Leonarda tan llenos de lágrimas que moverán a los vuestros a no dejar de acompañarlos en ellas.

Volvieron Galatea y Florisa a mirarlas, y vieron ser verdad to que Rosaura decía; y lo que el llanto de las dos hermanas causaba era que, después de haberle dicho Leonarda a su hermana todo lo que Rosaura había conta­do a Galatea y a Florisa, le dijo:

-«Sabrás, hermana, que así como tú faltaste de nues­tra aldea, se imaginó que te había llevado el pastor Arti­doro, que aquel mesmo día faltó él también, sin que de nadie se despidiera. Confirmé yo esta opinión en mis pa­dres, porque les conté to que con Artidoro había pasado en la floresta. Con este indicio cresció la sospecha, y mi padre procuraba venir en tu busca y de Artidoro, y en efecto to pusiera por obra si de allí a dos días no viniera a nuestra aldea un pastor que, al momento que fue visto, todos le tuvieron por Artidoro. Llegando estas nuevas a mi padre de que allí estaba el robador tuyo, luego vino con la justicia adonde el pastor estaba, al cual le pregun­taron si lo conoscía, o adónde to había llevado. El pastor negó con juramento que en toda su vida lo había visto, ni sabía qué era lo que le preguntaban. Todos los que esta­ban presentes se maravillaron de ver que el pastor negaba conocerte, habiendo estado diez días en el pueblo, y ha­blado y bailado contigo muchas veces, y sin duda alguna creyeron todos que Artidoro era culpado en lo que se le imputaba; y, sin querer admitir disculpa suya ni escu­charle palabra, le llevaron a la prisión, donde estuvo al­gunos días sin que ninguno le hablase, al cabo de los cuales, yéndole a tomar su confisión, tomó a jurar que no te conoscía y que en toda su vida había estado más de aquella vez en nuestra aldea, y que mirasen -y esto otras veces lo había dicho- que aquel Artidoro que ellos pen­saban ser él, por ventura no fuese un hermano suyo que le parecía en tanto estremo, como descubriría la verdad cuando les mostrase que se habían engañado tiniendo a él por Artidoro, porque él se llamaba Galercio, hijo de Bri­seno, natural de la aldea de Grisaldo. Y, en efecto, tantas demonstraciones dio y tantas pruebas hizo, que conocie­ron claramente todos que él no era Artidoro, de que que­daron más admirados; y decían que tal maravilla como la de parecemos yo a ti, y Galercio a Artidoro, no se había visto en el mundo.

»Esto que de Galercio se publicaba me movió a ir a verle muchas veces a do estaba preso; y fue la vista de suerte que quedé sin ella, a lo menos para mirar cosas que me den gusto en tanto que a Galercio no viere. Pero to que más mal hay en esto, hermana, es que él se fue de la aldea sin que supiese que llevaba consigo mi libertad, ni yo tuve lugar jamás de decírselo; y así, me quedé con la pena que imaginarse puede, hasta que la tía de Rosaura me envió a pedir a mi padre por algunos días, todo a fin de venir a acompañar a Rosaura, de lo que recebí summo contento, por saber que veníamos a la aldea de Galercio y que allí le podría hacer sabidor de la deuda en que me estaba. Pero he sido tan corta de ventura que ha cuatro días que estamos en su aldea y nunca le he visto, aunque he preguntado por él, y me dicen que está en el campo con su ganado. He preguntado también por Artidoro, y hanme dicho que de unos días a esta parte no parece en el aldea; y, por no apartarme de Rosaura, no he tenido lugar de ir a buscar a Galercio, del cual podría ser saber nuevas de Artidoro.» Esto es lo que a mí me ha sucedido, y lo demás que has visto, con Grisaldo, después que fal­tas, hermana, del aldea.

Admirada quedó Teolinda de lo que su hermana le contaba; pero, cuando llegó a saber que en el aldea de Artidoro no se sabía dél nueva alguna, no pudo tener las lágrimas, aunque en parte se consoló, creyendo que Ga­lercio sabría nuevas de su hermano. Y así, determinó de ir otro día a buscar a Galercio, doquiera que estuviese. Y, habiéndole contado con la más brevedad que pudo a Leonarda todo lo que le había sucedido después que en busca de Artidoro andaba, abrazándola otra vez, se vol­vió adonde las pastoras estaban, que, un poco desviadas del camino, iban por entre unos árboles, que del calor del sol un poco las defendían. Y, en llegando a ellas, Teolin­da les contó todo lo que su hermana le había dicho, con el suceso de sus amores y la semejanza de Galercio y Artidoro, de que no poco se admiraron, aunque dijo Ga­latea:

-Quien vee la semejanza tan estraña que hay entre ti, Teolinda, y tu hermana, no tiene de qué maravillarse aunque otras vea, pues ninguna, a lo que yo creo, a la vuestra iguala.

-No hay duda -respondió Leonarda- sino que la que hay entre Artidoro y Galercio es tanta que, si a la nuestra no excede, a lo menos en ninguna cosa se queda atrás.

-Quiera el cielo -dijo Florisa-, que así como los cua­tro os semejáis unos a otros, así os acomodéis y parezcáis en la ventura, siendo tan buena la que la fortuna conceda a vuestros deseos, que todo el mundo envidie vuestros contentos, como admira vuestras semejanzas.

Replicara a estas razones Teolinda, si no lo estorbara una voz que oyeron que dentre los árboles salía; y, pa­rándose todas a escucharla, luego conoscieron ser del pastor Lauso, de que Galatea y Florisa grande contento rescibieron, porque en estremo deseaban saber de quién andaba Lauso enamorado, y creyeron que desta duda las sacaría lo que el pastor cantase. Y, por esta ocasión, sin moverse de donde estaban, con grandísimo silencio le escucharon. Estaba el pastor sentado al pie de un verde sauce, acompañado de solos sus pensamientos y de un pequeño rabel, al son del cual desta manera cantaba:

LAUSO

Si yo dijere el bien del pensamiento,

en mal se vuelva cuanto bien poseo;

que no es para decirse el bien que siento.

De mí mesmo se encubra mi deseo,

enmudezca la lengua en esta parte

y en él silencio ponga su trofeo.

Pare aquí el artificio, cese el arte

de exagerar el gusto qu’en un alma

con mano liberal amor reparte.

Baste decir que en sosegada calma

paso el mar amoroso, confiado

de honesto triunfo y vencedera palma.

Sin saberse la causa, lo causado

se sepa; que es un bien tan sin medida

que sólo para el alma es reservado.

Ya tengo nuevo ser, ya tengo vida,

ya puedo cobrar nombre en todo el suelo

de ilustre y clara fama conoscida;

qu’el limpio intento, al amoroso celo

que encierra el pecho enamorado mío,

alzarme puede al más subido cielo.

En ti, Silena, espero; en ti confío,

Silena, gloria de mi pensamiento,

norte por quien se rige mi albedrío.

Espero qu’el sin par entendimiento

tuyo levantes a entender que valgo

por fe lo que no está en merescimiento.

Confío que tendrás, pastora, en algo,

después de hacerte cierta la experiencia,

la sana voluntad de un pecho hidalgo.

¿Qué bienes no asegura tu presencia?

¿Qué males no destierra? ¿Y quién sin ella

sufrirá un punto la terrible ausencia?

¡Oh, más que la belleza misma bella,

más que la propria discreción discreta,

sol a mis ojos y a mi mar estrella!

No la que fue de la nombrada Creta

robada por el falso hermoso toro

igualó a tu hermosura tan perfecta;

ni aquella que en sus faldas granos de oro

sintió llover, por quien después no pudo

guardar el virginal rico tesoro;

ni aquella que con brazo airado y crudo,

en la sangre castísima del pecho

tiñó el puñal, en su limpieza, agudo;

ni aquella que a furor movió y despecho

contra Troya los griegos corazones,

por quien fue el Ilión roto y desecho;

ni la que los latinos escuadrones

hizo mover contra la teucra gente,

a quien Juno causó tantas pasiones;

ni menos la que tiene diferente

fama de la entereza y él trófeo

con que su honestidad guardó excelente:

digo de aquella que lloró a Siqueo,

del mantuano Títiro notada

de vano antojo y no cabal deseo;

no en cuantas tuvo hermosas la pasada

edad, ni la presente tiene agora,

ni en la de por venir será hallada

quien llegase ni llegue a mi pastora

en valor, en saber, en hermosura,

en merecer del mundo ser señora.

¡Dichoso aquél que con firmeza pura

fuere de ti, Silena, bien querido,

sin gustar de los celos la amargura!

¡Amor, que a tanta alteza me has subido,

no me derribes con pesada mano

a la bajeza escura del olvido!

¡Sé conmigo señor, y no tirano!

No cantó más el enamorado pastor, ni por lo que can­tado había pudieron las pastoras venir en conocimiento de lo que deseaban; que, puesto que Lauso nombró a Si­lena en su canto, por este nombre no fue la pastora co­noscida. Y así, imaginaron que, como Lauso había anda­do por muchas partes de España y aun de toda la Asia y Europa, que alguna pastora forastera sería la que había rendido la libre voluntad suya. Mas, volviendo a conside­rar que le habían visto pocos días atrás triunfar de la li­bertad y hacer burla de los enamorados, sin duda alguna creyeron que con disfrazado nombre celebraba alguna conocida pastora a quien había hecho señora de sus pen­samientos. Y así, sin satisfacerse en su sospecha, se fue­ron hacia el aldea, dejando al pastor en el mesmo lugar do se estaba. Mas no hubieron andado mucho, cuando vieron venir de lejos algunos pastores, que luego fueron conoscidos, porque eran Tirsi, Damón, Elicio, Erastro, Arsindo, Francenio, Crisio, Orompo, Daranio, Orfinio y Marsilo, con todos los más principales pastores de la al­dea, y entre ellos el desamorado Lenio, con el lastimado Silerio, los cuales salían a tener la siesta a la Fuente de las Pizarras, a la sombra que en aquel lugar hacían las entricadas ramas de los espesos y verdes árboles. Y, an­tes que los pastores llegasen, tuvieron cuidado Teolinda, Leonarda y Rosaura de rebozarse cada una con un blanco lienzo, porque de Tirsi y Damón no fuesen conocidas. Los pastores llegaron haciendo cortés rescibimiento a las pastoras, convidándolas que en su compañía la siesta pa­sar quisiesen; mas Galatea se escusó con decir que aque­llas forasteras pastoras que con ella venían tenían necesi­dad de ir a la aldea. Con esto se despidió dellos, llevando tras sí las almas de Elicio y Erastro, y aun las encubiertas pastoras los deseos de conoscerlas de cuantos allí estaban.

Ellas se fueron al aldea y los pastores a la fresca fuente, pero, antes que allá llegasen, Silerio se despidió de todos, pidiendo licencia para volverse a su ermita; y, puesto que Tirsi, Damón, Elicio y Erastro le rogaron que por aquel día con ellos se quedase, jamás lo pudieron acabar con él, antes, abrazándolos a todos, se despidió, encargando y rogandó a Erastro que no dejase de verle todas las veces que por su ermita pasase. Erastro se lo prometió; y con esto, torciendo el camino, acompañado de su continua pesadumbre, se völvió a la soledad de su ermita, dejando a los pastores no sin dolor de ver la es­trecheza de vida qué en tan verdes años había escogido; pero más se sentía entre aquellos que le conoscían y sa­bían la calidad y valor de su persona.

Llegados los pastores a la fuente, hallaron en ella a tres caballeros y a dos hermosas damas que de camino venían, y, fatigados del cansancio y convidados del ame­no y fresco lugar, les pareció ser bien dejar el camino que llevaban y pasar allí las calurosas horas de la siesta. Venían con ellos algunos criados, de manera que, en su apariencia, mostraban ser personas de calidad. Quisieran los pastores, así como los vieron, dejarles el lugar deso­cupado, pero uno de los caballeros, que el principal pa­rescía, viendo que los pastores de comedidos se querían ir a otra parte, les dijo:

-Si era, por ventura, vuestro contento, gallardos pas­tores, pasar la siesta en este deleitoso sitio, no os lo es­torbe nuestra compañía; antes, nos haced merced de que con la vuestra augmentéis nuestro contento, pues no pro­mete menos vuestra gentil dispusición y manera; y, sien­do el lugar, como lo es, tan acomodado para mayor can­tidad de gente, haréis agravio a mí y a estas damas si no venís en lo que yo en su nombre y el mío os pido.

-Con hacer, señor, lo que nos mandas -respondió Eli­cio-, cumpliremos nuestro deseo, que por agora no se estendía a más que venir a este lugar a pasar en él en buena conversación las enfadosas horas de la siesta; y, aunque fuera diferente nuestro intento, lo torciéramos sólo por hacer lo que pides.

-Obligado quedo -respondió el caballero- a muestras de tanta voluntad; y, para más certificarme y obligarme con ella, sentaos, pastores, alrededor desta fresca fuente, donde, con algunas cosas que estas damas traen para re­galo del camino, podáis despertar la sed y mitigarla en las frescas aguas que esta clara fuente nos ofrece.

Todos lo hicieron así, obligados de su buen comedi­miento. Hasta este punto, habían tenido las damas cu­biertos los rostros con dos ricos antifaces; pero, viendo que los pastores se quedaban, se descubrieron, descu­briendo una belleza tan estraña que en gran admiración puso a todos los que la vieron, pareciéndoles que, des­pués de la de Galatea, no podía haber en la tierra otra que se igualase. Eran las dos damas igualmente hermosas, aunque la una dellas, que de más edad parescía, a la más pequeña en cierto donaire y brío se aventajaba. Senta­do[s], pues, y acomodados todos, el segundo caballero, que hasta entonces ninguna cosa había hablado, dijo:

-Cuando me paro a considerar, agradables pastores, la ventaja que hace al cortesano y soberbio trato el pastoral y humilde vuestro, no puedo dejar de tener lástima a mí mesmo y a vosotros una honesta envidia.

-¿Por qué dices eso, amigo Darinto? -dijo el otro ca­ballero.

-Dígolo, señor, -replicó estotro-, porque veo con cuán­ta curiosidad vos y yo, y los que siguen el trato nuestro, procuramos adornar las personas, sustentar los cuerpos y augmentar las haciendas, y cuán poco viene a lucimos, pues la púrpura, el oro, el brocado que sobre nuestros cuerpos echamos, como los rostros están marchitos de los mal degiridos manjares, comidos a deshoras, y tan costosos como malgastados, ninguna cosa nos adornan, ni pulen, ni son parte para que más bien parezcamos a los ojos de quien nos mira. Todo lo cual puedes ver diferente en los que siguen el rústico ejercicio del campo, haciendo experiencia en los que tienes delante, los cuales podría ser, y aun es así, que se hubiesen sustentado y sustentan de manjares simples y en todo contrarios de la vana com­postura de los nuestros; y, con todo eso, mira el moreno de sus rostros, que promete más entera salud que la blan­cura quebrada de los nuestros; y cuán bien les está a sus robustos y sueltos miembros un pellico de blanca lana, una caperuza parda y unas antiparas de cualquier color que sean; y con esto, a los ojos de sus pastoras, deben de parecer más hermosos que los bizarros cortesanos a los de las retiradas damas. ¿Qué te diría, pues, si quisiese, de la sencillez de su vida, de la llaneza de su condición y de la honestidad de sus amores? No te digo más, sino que conmigo puede tanto lo que de la vida pastoral conozco, que de buena gana trocaría la mía con ella.

-En deuda te estamos los pastores -dijo Elicio- por la buena opinión que de nosotros tienes; pero, con todo eso, te sé decir que hay en la rústica vida nuestra tantos res­baladeros y trabajos como se encierran en la cortesana vuestra.

-No podré yo dejar de venir en lo que dices, amigo -replicó Darinto-, porque ya se sabe bien que es una guerra nuestra vida sobre la tierra. Pero, en fin, en la pas­toral hay menos que en la ciudadana, por estar más libre de ocasiones que alteren y desasosieguen el espíritu.

-Cuán bien se conforma con tu opinión, Darinto -dijo Damón-, la de un pastor amigo mío que Lauso se llama, el cual, después de haber gastado algunos años en corte­sanos ejercicios y algunos otros en los trabajosos del du­ro Marte, al fin se ha reducido a la pobreza de nuestra rústica vida; y, antes que a ella viniese, mostró desearlo mucho, como parece por una canción que compuso y en­vió al famoso Larsileo, que en los negocios de la Corte tiene larga y ejercitada experiencia. Y, por haberme a mí parecido bien, la tomé toda en la memoria, y aun os la dijera si imaginara que a ello diera lugar el tiempo y a vosotros no os cansara el escucharla.

-Ninguna otra cosa nos dará más gusto que escuchar­te, discreto Damón -respondió Darinto, llamando a Da­món por su nombre, que ya le sabía, por haberle oído nom­brar a los otros pastores, sus amigos-; y así, yo de mi parte te ruego nos digas la canción de Lauso; que, pues ella es hecha, como dices, a mi propósito y tú la has tomado de memoria, imposible será que deje de ser buena.

Comenzaba Damón a arrepentirse de lo que había di­cho y procuraba escusarse de lo prometido; mas, los ca­balleros y damas se lo rogaron tanto, y todos los pasto­res, que él no pudo escusar el decirla. Y así, habiéndose sosegado un poco, con gentil donaire y gracia, dijo desta manera:

DAMÓN

El vano imaginar de nuestra mente,

dé mil contrarios vientos arrojada

acá y allá con curso presuroso;

la humana condición, flaca, doliente,

en caducos placeres ocupada,

do busca, sin hallarle, algún reposo;

el falso, el mentiroso

mundo, prometedor de alegres gustos;

la voz de sus sirenas,

mal escuchada apenas

cuando cambia su gusto en mil disgustos;

la Babilonia, el caos que miro y leo

en todo cuanto veo;

el cauteloso trato cortesano,

junto con mi deseo,

puesto han la pluma en la cansada mano.

Quisiera yo, señor, que allí llegara

do llega mi deseo, el corto vuelo

de mi grosera mal cortada pluma,

sólo para que luego se ocupara

en levantar el más subido vuelo

vuestra rara bondad y virtud summa.

Mas, ¿quién hay que presuma

echar sobre sus hombros tanta carga,

si no es un nuevo Adlante,

en fuerzas tan bastante

que poco el cielo le fatiga y carga?

Y aun le será forzoso que se ayude

y el grave peso mude

sobre los brazos de otro Alcides nuevo;

y, aunque se encorve y sude,

yo tal fatiga por descanso apruebo.

Ya que a mis fuerzas esto es imposible

y el inútil deseo doy por muestra

de lo que encierra el justo pensamiento,

veamos si, quizá, será posible

mover la flaca mal contenta diestra

a mostrar por enigma algún contento;

mas, tan sin fuerzas siento

mi fuerza en esto, que será forzoso

que apliquéis los oídos

a los tristes gemidos

de un desdeñado pecho congojoso,

a quien el fuego, el aire, el mar, la tierra

hacen contino guerra,

todos en su desdicha conjurádós,

que se remata y, cierra

con la corta ventura de sus hados.

Si esto no fuera, fácil cosa fuera

tender por la región del gusto el paso,

y reducir cien mil a la memoria,

pintando el monte, el río y la ribera

do amor, el hado, la fortuna y caso

rindieron a un pastor toda su gloria.

Mas desta dulce historia

el tiempo triunfa, y sólo queda della

una pequeña sombra,

que ahora espanta, asombra

al pensamiento que más piensa en ella:

condición propria de la humana suerte,

que el gusto nos convierte

en pocas horas en mortal disgusto,

y nadie habrá que acierte

en muchos años con un firme gusto.

Vuelva y revuelva; en alto suba o baje

el vano pensamiento al hondo abismo;

corra en un punto desde Tile a Batro,

qu’él dirá, cuanto más sude y trabaje,

y del término salga de sí mismo,

puesto en la esfera o en el cruel Baratro:

¡oh, una, y tres, y cuatro,

cinco, y seis y más veces venturoso

el simple ganadero,

que con un pobre apero

vive con más contento y más reposo

qu’el rico Craso o el avariento Mida,

pues con aquella vida

robusta, pastoral, sencilla y sana,

de todo punto olvida

esta mísera, falsa, cortesana!

En el rigor del erizado invierno,

al tronco entero de robusta encina,

de Vulcano abrazada, se calienta

y allí en sosiego trata del gobierno

mejor de su ganado, y determina

dar de sí al cielo no entricada cuenta.

Y cuando ya se ahuyenta

el encogido, estéril, yerto frío,

y el gran señor de Delo

abrasa el aire, el suelo,

en el margen sentado de algún río,

de verdes sauces y álamos cubierto,

con rústico concierto

suelta la voz o toca el caramillo,

y a veces se vee cierto

las aguas detenerse por oíllo.

Poco allí le fatiga el rostro grave

del privado, que muestra en apariencia

mandar allí do no es obedecido,

ni el alto exagerar con voz süave

del falso adulador, que en póca ausencia

muda opinión, señor, bando y partido;

ni el desdén sacudido

del sotil secretario le fatiga,

ni la altivez honrada

de la llave dorada,

ni de los varios príncipes la liga,

ni del manso ganado un punto parte,

porque el furor de Marte

a una y a otra parte suene airado,

regido por tal arte

que apenas su secuaz se ve medrado.

Reduce a poco espacio sus pisadas,

del alto monte al apacible llano,

desde la fresca fuente al claro río,

sin que, por ver las tierras apartadas,

las movibles campañas de Oceano

are con loco antiguo desvarío.

No le levanta el brío

saber qu’el gran monarca invicto vive

bien cerca de su aldea,

y, aunque su bien desea,

poco disgusto en no verle rescibe;

no como el ambicioso entremetido,

que con seso perdido

anda tras el favor, tras la privanza,

sin nunca haber teñido

en turca o en mora sangre espada o lanza.

No su semblante o su color se muda

porque mude color, mude semblante,

el señor a quien sirve, pues no tiene

señor que fuerce a que con lengua muda

siga, cual Clicie a su dorado amante,

el dulce o amargo gusto que le viene.

No le veréis que pene

de temor que un descuido, una nonada,

en el ingrato pecho

del señor el derecho

borre de sus servicios, y sea dada

de breve despedida la sentencia.

No muestra en apariencia

otro de lo que encierra el pecho sano;

que la rústica sciencia

no alcanza el falso trato cortesano.

¿Quién tendrá vida tal en menosprecio?

¿Quién no dirá que aquélla sola es vida

que al sosiego del alma se encamina?

El no tenerla el cortesano en precio

hace que su bondad sea conoscida

de quien aspira al bien y al mal declina.

¡Oh vida, do se afina

en soledad el gusto acompañado!

¡Oh pastoral bajeza,

más alta que la alteza

del cetro más subido y levantado!

¡Oh flores olorosas, oh sombríos

bosques, oh claros ríos!

¡Quién gozar os pudiera un breve tiempo,

sin que los males míos

turbasen tan honesto pasatiempo!

¡Canción, a parte vas do serán luego

conocidas tus faltas y tus [s]obras!

Mas di, si aliento cobras,

con rostro humilde enderezado a ruego:

“¡Señor, perdón, porque el que acá me envía,

en vos y en su deseo se confía!”.

-Ésta es, señores, la canción de Lauso -dijo Damón en acabándola-, la cual fue tan celebrada de Lariseo, cuanto bien admitida de los que en aquel tiempo la vieron.

-Con razón lo puedes decir -respondió Darinto-, pues la verdad y artificio suyo es digno de justas alabanzas.

-Estas canciones son las de mi gusto -dijo a este punto el desamorado Lenio-, y no aquellas que a cada paso llegan a mis oídos, llenas de mil simples conceptos amorosos, tan mal dispuestos a intricados que osare jurar que hay algunas que, ni las alcanza quien las oye, por discreto que sea, ni las entiende quien las hizo. Pero no menos fatigan otras que se enzarzan en dar alabanzas a Cupido y en exagerar su poder, su valor, sus maravillas y milagros, haciéndole señor del cielo y de la tierra, dán­dole otros mil atributos de potencia, de mando y señorío. Y lo que más me cansa de los que las hacen es que, cuando hablan de amor, entienden de un no sé quién que ellos llaman Cupido, que la mesma significación del nombre nos declara quién es él, que es un apetito sensual y vano, digno de todo vituperio.

Habló el desamorado Lenio, y en fin hubo de parar en decir mal de amor; pero, como todos los más que allí es­taban conoscían su condición, no repararon mucho en sus razones, si no fue Erastro, que le dijo:

-¿Piensas, Lenio, por ventura, que siempre estás ha­blando con el simple Erastro, que no sabe contradecir tus opiniones ni responder a tus argumentos? Pues quiérote advertir que lo será sano el callar por agora, o, a lo me­nos, tratar de otras cosas que de decir mal de amor, si ya no gustas que la discreción y sciencia de Tirsi y de Da­món te alumbren de la ceguedad en que estás, y te mues­tren a la clara to que ellos entienden y lo que tú debes entender del amor y de sus cosas.

-¿Qué me podrán ellos decir que yo no sepa? -dijo Lenio-. O ¿qué les podré yo replicar que ellos no igno­ren?

-Soberbia es esa, Lenio -respondió Elicio-, y en ella muestras cuán fuera vas del camino de la verdad de amor, y que te riges más por el norte de tu parecer y an­tojo, que no por el que te debías regir, que es el de la verdad y experiencia.

-Antes por la mucha que yo tengo de sus obras -res­pondió Lenio-, le soy tan contrario como muestro y mostraré mientras la vida me durare.

-¿En qué fundas to razón? -dijo Tirsi.

-¿En qué, pastor? -respondió Lenio-. En que, por los efectos que hace, conozco cuán mala es la causa que los produce.

-¿Cuáles son los efectos de amor que tú tienes por tan malos? -replicó Tirsi.

-Yo te los diré, si con atención me escuchas -dijo Le­nio-; pero no querría que mi plática enfadase los oídos de los que están presentes, pudiendo pasar el tiempo en otra conversación de más gusto.

-Ninguna cosa habrá que sea más del nuestro -dijo Darinto- que oír tratar desta materia, especialmente entre personas que tan bien sabrán defender su opinión; y así, por mi parte, si la destos pastores no lo estorba, te ruego, Lenio, que sigas adelante la comenzada plática.

-Eso haré yo de buen grado -respondió Lenio-, por­que pienso mostrar claramente en ella cuántas razones me fuerzan a seguir la opinión que sigo y a vituperar cualquiera otra que a la mía se opusiere.

-Comienza, pues, ¡oh Lenio! -dijo Damón-, que no estarás más en ella de cuanto mi compañero Tirsi descu­bra la suya.

A esta sazón, ya que Lenio se preparaba a decir los vituperios de amor, llegaron a la fuente el venerable Au­relio, padre de Galatea, con algunos pastores, y con él asi­mesmo venían Galatea y Florisa, con las tres rebozadas pastoras, Rosaura, Teolinda y Leonarda, a las cuales, ha­biéndolas topado a la entrada de la aldea y sabiendo de­llas la junta de pastores que en la Fuente de las Pizarras quedaba, a ruego suyo las hizo volver, fiadas las foraste­ras pastoras en que, por sus rebozos, no serían de alguno conoscidas. Levantáronse todos a rescebir a Aurelio y a las pastoras, las cuales se sentaron con las damas, y Au­relio y los pastores con los demás pastores. Pero, cuando las damas vieron la singular belleza de Galatea, quedaron tan admiradas que no podían apartar los ojos de mirarla. No lo fue menos Galatea de la hermosura dellas, espe­cialmente de la que de mayor edad parescía. Pasó entre ellas algunas palabras de comedimiento; pero todo cesó cuando supieron lo que entre el discreto Tirsi y el desa­morado Lenio estaba concertado, de lo que se holgó infi­nito el venerable Aurelio, porque en estremo deseaba ver aquella junta y oír aquella disputa; y más entonces, don­de tendría Lenio quien tan bien le supiese responder. Y así, sin más esperar, sentándose Lenio en un tronco de un desmochado olmo, con voz al principio baja y después sonora, desta manera comenzó a decir:

LENIO

-Ya casi adivino, valerosa y discreta compañía, cómo ya en vuestro entendimiento me vais juzgando por atre­vido y temerario, pues con el poco ingenio y menos ex­periencia que puede prometer la rústica vida en que yo algún tiempo me he criado, quiero tomar contienda, en materia tan ardua como ésta, con el famoso Tirsi, cuya crianza en famosas academias y cuyos bien sabidos estu­dios no pueden asegurar en mi pretensión sino segura pérdida. Pero confiado que, a las veces, la fuerza del na­tural ingenio, adornado con algún tanto de experiencia, suele descubrir nuevas sendas con que facilitan las scien­cias por largos años sabidas, quiero atreverme hoy a mostrar en público las razones que me han movido a ser tan enemigo de amor, que he merescido por ello alcanzar renombre de desamorado. Y, aunque otra cosa no me mo­viera a hacer esto sino vuestro mandamiento, no me es­cusara de hacerla; cuanto más, que no será pequeña la gloria que de aquí he de granjear, aunque pierda la em­presa, pues al fin dirá la fama que tuve ánimo para com­petir con el nombrado Tirsi. Y así, con este presupuesto, sin querer ser favorescido si no es de la razón que tengo, a ella sola invoco y ruego dé tal fuerza a mis palabras y argumentos, que se muestre en ellas y en ellos la que tengo para ser tan enemigo del amor como publico. Es, pues, amor, según he oído decir a mis mayores, un deseo de belleza, y esta difinición le dan, entre otras muchas, los que en esta questión han llegado más al cabo. Pues, si se me concede que el amor es deseo de belleza, forzosa­mente se me ha conceder que, cual fuere la belleza que se amare, tal será el amor con que se ama. Y, porque la belleza es en dos maneras, corpórea a incorpórea, el amor que la belleza corporal amare como último fin su yo, este tal amor no puede ser bueno, y éste es el amor quien yo soy enemigo. Pero, como la belleza corpórea se divide asimesmo en dos partes, que son en cuerpos vivos y en cuerpos muertos, también puede haber amor de be­lleza corporal que sea bueno. Muéstrase la una parte de la belleza corporal en cuerpos vivos de varones y de hem­bras, y ésta consiste en que todas las partes del cuerpo sean de por sí buenas, y que todas juntas hagan un todo perfecto y formen un cuerpo proporcionado de miembros y suavidad de colores. La otra belleza de la parte corpo­ral no viva consiste en pinturas, estatuas, edificios, la cu­al belleza puede amarse sin que el amor con que se ama­re se vitupere. La belleza incorpórea se divide también en dos partes, en las virtudes y sciencias del ánima; y el amor que a la virtud se tiene, necesariamente ha de ser bueno, y ni más ni menos el que se tiene a las virtuosas sciencias y agradables estudios. Pues, como sean estas dos suertes de belleza la causa que engendra el amor en nuestros pechos, síguese que en el amar la una a la otra, consista ser el amor bueno o malo. Pero, como la belleza incorpórea se considera con los ojos del entendimiento, limpios y claros, y la belleza corpórea se mire con los ojos corporales, en comparación de los incorpóreos, tur­bios y ciegos, y, como sean más prestos los ojos del cuerpo a mirar la belleza presente corporal, que agrada, que no los del entendimiento a considerar la ausente in­corpórea, que glorifica, síguese que más ordinariamente aman los mortales la caduca y mortal belleza, que los destruye, que no la singular y divina, que los mejora. Pues deste amor o desear la corporal belleza, han nasci­do, nascen y nascerán en el mundo asolación de ciuda­des, ruina de estados, destruición de imperios y muertes de amigos; y, cuando esto generalmente no suceda, ¿qué desdichas mayores, qué tormentos más graves, qué in­cendios, qué celos, qué penas, qué muertes puede imagi­nar el humano entendimiento que a las que padece el mi­serabre amante puedan compararse? Y es la causa desto que, como toda la felicidad del amante consista en gozar la belleza que desea, y esta belleza sea imposible poseer­se y gozarse enteramente, aquel no poder llegar al fin que se desea, engendra en él los sospiros, las lágrimas, las quejas y desabrimientos. Pues, que sea verdad que la belleza de quien hablo no se puede gozar perfecta y ente­ramente, está manifiesto y claro, porque no está en mano del hombre gozar cumplidamente cosa que esté fuera dél y no sea toda suya; porque las estrañas, conoscida cosa es que están siempre debajo del arbitrio de la que llama­mos fortuna y caso, y no en poder de nuestro albedrío. Y así, se concluye que, donde hay amor, hay dolor, y quien esto negase negaría asimesmo que el sol es claro y que el fuego abrasa. Mas, porque se venga con más facilidad en conocimiento de la amargura que amor encierra, por las pasiones del ánimo discurriendo se verá clara la verdad que sigo. Son, pues, las pasiones del ánimo, como mejor vosotros sabéis, discretos caballeros y pastores, cuatro generales, y no más: desear demasiado, alegrarse mucho, gran temor de las futuras miserias, gran dolor de las pre­sentes calamidades; las cuales pasiones, por ser como vientos contrarios que la tranquilidad del ánima pertur­ban, con más proprio vocablo, perturbaciones son llama­das. Y destas perturbaciones la primera es propria del amor, pues el amor no es otra cosa que deseo; y así, es el deseo principio y origen de do todas nuestras pasiones proceden, como cualquier arroyo de su fuente; y de aquí viene que todas las veces que el deseo de alguna cosa se enciende en nuestros corazones luego nos mueve a se­guirla y a buscarla; y, buscándola y siguiéndola, a mil desordenados fines nos conduce. Este deseo es aquél que incita al hermano a procurar de la amada hermana los abominables abrazos, la madrastra del alnado, y lo que peor es, el mesmo padre de la propria hija. Este deseo es el que nuestros pensamientos a dolorosos peligros aca­rrea: ni aprovecha que le hagamos obstáculo con la ra­zón, que, puesto que nuestro mal claramente conozca­mos, no por eso sabemos retiramos dél. Y no se contenta amor de tenernos a una sola voluntad atentos; antes, co­mo del deseo de las cosas, como ya está dicho, todas las pasiones nascen, así, del primer deseo que nasce en no­sotros, otros mil se derivan; y éstos son en los enamora­dos no menos diversos que infinitos. Y, aunque todas las más de las veces miren a un solo fin, con todo eso, como son diversos los objectos y diversa la fortuna de cada uno de los amadores, sin duda alguna, diversamente se desea. Hay algunos que, por llegar a alcanzar lo que desean, ponen toda su fuerza en una carrera, en la cual ¡oh cuán­tas y cuán duras cosas se encuentran, cuántas veces se cae, y cuántas agudas espinas atormentan sus pies, y cuántas veces primero se pierde la fuerza y el aliento, que den alcance a lo que procuran! Algunos otros hay que ya de la cosa amada son poseedores, y ninguna otra desean, ni piensan sino en mantenerse en aquel estado; y, tiniendo en esto sólo ocupados sus pensamientos, y en esto sólo todas sus obras y tiempo consumido, en la feli­cidad son míseros, en la riqueza pobres y en la ventura desventurados. Otros, que ya están fuera de la posesión de sus bienes, procuran tomar a ellos, usando para ello mil ruegos, mil promesas, mil condiciones, infinitas lá­grimas, y al cabo, en estas miserias ocupándose, se po­nen a términos de perder la vida. Mas no se ven estos tormentos en la entrada de los primeros deseos, porque entonces el engañoso amor nos muestra una senda por do entremos, al parecer ancha y espaciosa, la cual después poco a poco se va cerrando, de manera que para volver ni pasar adelante ningún camino se ofrece. Y así, engaña­dos y atraídos los míseros amantes con una dulce y falsa risa, con un solo volver de ojos, con dos malformadas palabras que en sus pechos una falsa y flaca esperanza engendran, arrójanse luego a caminar tras ella, aguijados del deseo; y después, a poco trecho y a pocos días, ha­llando la senda de su remedio cerrada y el camino de su gusto impedido, acuden luego a regar su rostro con lá­grimas, a turbar el aire con sospiros, a fatigar los oídos con lamentables quejas; y lo peor es que, si acaso con las lágrimas, con los sospiros y con las quejas no puede ve­nir al fin de lo que desea, luego muda estilo y procura al­canzar por malos medios to que por buenos no puede. De aquí nascen los odios, las iras, las muertes, así de amigos como de enemigos; por esta causa se han visto, y se veen a cada paso, que las tiernas y delicadas mujeres se ponen a hacer cosas tan estrañas y temerarias que aun sólo el imaginarlas pone espanto; por ésta se veen los sanctos y conyugales lechos de roja sangre bañados, ora de la triste mal advertida esposa, ora del incauto y descuidado mari­do. Por venir al fin deste deseo, es traidor el hermano al hermano, el padre al hijo y el amigo al amigo. Este rom­pe enemistades, atropella respectos, traspasa leyes, olvi­da obligaciones y solicita parientas. Mas, porque clara­mente se vea cuánta es la miseria de los enamorados, ya se sabe que ningún apetito tiene tanta fuerza en nosotros, ni con tanto ímpetu al objecto propuesto nos lleva, como aquél que de las espuelas de amor es solicitado; y de aquí viene que ninguna alegría o contento pasa tanto del debi­do término, como aquélla del amante cuando viene a conseguir alguna cosa de las que desea. Y esto se vee por­que, ¿qué persona habrá de juicio, si no es el amante, que tenga a summa felicidad un tocar la mano de su amada, una sortijuela suya, un breve amoroso volver de ojos y otras cosas semejantes, de tan poco momento cual las considera un entendimiento desapasionado? Y no por estos gustos tan colmados que, a su parecer, los amantes consiguen, se ha de decir que son felices y bienaventura­dos, porque no hay ningún contento suyo que no venga acompañado de innumerables disgustos y sinsabores, con que amor se los agua y turba, y nunca llegó gloria amo­rosa adonde llega y alcanza la pena. Y es tan mala el ale­gría de los amantes, que los saca fuera de sí mesmos, tomándolos descuidados y locos, porque, como ponen todo su intento y fuerzas en mantenerse en aquel gustoso estado que ellos se imaginan, de toda otra cosa se des­cuidan, de que no poco daño se les sigue, así de hacienda como de honra y vida, pues, a trueco de lo que he dicho, se hacen ellos mesmos esclavos de mil congojas y ene­migos de sí proprios; pues que, cuando sucede que en medio de la carrera de sus gustos les toca el hierro frío de la pesada lanza de los celos, allí se les escurece el cielo, se les turba el aire y todos los elementos se les vuelven contrarios. No tienen entonces de quién esperar contento, pues no se le puede dar el conseguir el fin que desean; allí acude el temor contino, la desesperación ordinaria, las agudas sospechas, los pensamientos varios, la solici­tud sin provecho, la falsa risa y el verdadero llanto, con otros mil estraños y terribles accidentes que le consumen y atierran. Todas las ocasiones de la cosa amada les fati­gan: si mira, si ríe, si toma, si vuelve, si calla, si habla; y, finalmente, todas las gracias que le movieron a querer bien, son las mesmas que atormentan al amante celoso. ¿Y quién no sabe que si la ventura a manos llenas no fa­voresce a los amorosos principios, y con presta diligen­cia a dulce fin los conduce, cuán costosos le son al amante cualesquier otros medios que el desdichado pone para conseguir su intento? ¿Qué de lágrimas derrama, qué de sospiros esparce, cuántas cartas escribe, cuántas noches no duerme, cuántos y cuán contrarios pensa­mientos le combaten, cuántos recelos le fatigan y cuántos temores le sobresaltan? ¿Hay, por ventura, Tántalo que más fatiga tenga entre las aguas y el manzano puesto, que la que tiene el miserable amante entre el temor y la esperanza colocado? Son los servicios del amante no fa­vorescido los cántaros de las hijas de Dánao, tan sin pro­vecho derramados que jamás llegan a conseguir una mí­nima parte de su intento. ¿Hay águila que así destruya las entrañas de Ticio, como destruyen y roen los celos las del amante celoso? ¿Hay piedra que tanto cargue las es­paldas de Sísifo, como carga el temor contino los pensa­mientos de los enamorados? ¿Hay rueda de Ixión que más presto se vuelva y atormente, que las prestas y varias imaginaciones de los temerosos amantes? ¿Hay Minos ni Radamanto que así castiguen y apremien las desdichadas condemnadas almas, como castiga y apremia el amor al enamorado pecho que al insufrible mando suyo está sub­jeto? No hay cruda Megera, ni rabiosa Tesifón, ni ven­gadora Alecto que así maltraten el ánima do se encierran, como maltrata esta furia, este deseo, a los sin ventura que le reconocen por señor y se le humillan como vasallos; los cuales, por dar alguna disculpa de las locuras que ha­cen, dicen, o a lo menos dijeron los antiguos gentiles, que aquel instinto que incita y mueve al enamorado para amar más que a su propria vida la ajena, era un dios a quien pusieron por nombre Cupido, y que así, forzados de su deidad, no podían dejar de seguir y caminar tras to que él quería. Movióles a decir esto y a dar nombre de dios a este deseo, el ver los efectos sobrenaturales que hace en los enamorados. Sin duda, parece que es sobre­natural cosa estar un amante en un instante mesmo teme­roso y confiado, arder lejos de su amada y helarse cuan­do más cerca della, mudo cuando parlero y parlero cuando mudo. Estraña cosa es asimesmo seguir a quien me huye, alabar a quien me vitupera, dar voces a quien no me escucha, servir a una ingrata y esperar en quien jamás promete ni puede dar cosa que buena sea. ¡Oh amarga dulzura, oh venenosa medicina de los amantes no sanos, oh triste alegría, oh flor amorosa que ningún fruto señalas, si no es de tardo arrepentimiento! Éstos son los efectos deste dios imaginado, éstas son sus hazañas y maravillosas obras. Y aun también puede verse en la pin­tura con que figuraban a este su vano dios cuán vanos ellos andaban: pintábanle niño, desnudo, alado, vendados los ojos, con arco y saetas en las manos, por darnos a entender, entre otras cosas, que, en siendo uno enamora­do, se vuelve de la condición de un niño simple y antoja­dizo, que es ciego en las pretensiones, ligero en los pen­samientos, cruel en las obras, desnudo y pobre de las riquezas del entendimiento. Decían asimesmo que entre las saetas suyas tenía dos, la una de plomo y la otra de oro, con las cuales diferentes efectos hacía, porque la de plomo engendraba odio en los pechos que tocaba, y la de oro, crescido amor en los que hería, por sólo avisamos que el oro rico es aquél que hace amar, y el plomo pobre aborrecer. Y, por esta ocasión, no en balde cantan los poetas Atalante vencida de tres hermosas manzanas de oro, y a la bella Dánae preñada de la dorada lluvia, y al piadoso Eneas descender al infierno con el ramo de oro en la mano. En fin, el oro y la dádiva es una de las más fuertes saetas que el amor tiene y con la que más corazo­nes subjeta; bien al revés de la de plomo, metal bajo y menospreciado, como lo es la pobreza, la cual antes en­gendra odio y aborrecimiento donde llega, que otra be­nevolencia alguna. Pero si las razones hasta agora por mí dichas no bastan a persuadir la que yo tengo de estar mal con este pérfido amor de quien trato, oí en algunos ejem­plos verdaderos y pasados los efectos suyos, y veréis, como yo veo, que no vee ni tiene ojos de entendimiento el que no alcanza la verdad que sigo. Veamos, pues: ¿quién, sino este amor, es aquel que al justo Loth hizo romper el casto intento y violar a las proprias hijas su­yas? Éste es, sin duda, el que hizo que el escogido David fuese adúltero y homicida; y el que forzó al libidinoso Amón a procurar el torpe ayuntamiento de Tamar, su que­rida hermana; y el que puso la cabeza del fuerte Sansón en las traidoras faldas de Dalida, por do, perdiendo él su fuerza, perdieron los suyos su amparo, y al cabo, él y otros muchos la vida; éste fue el que movió la lengua de Herodes para prometer a la bailadora niña la cabeza del precursor de la vida; éste hace que se dude de la salva­ción del más sabio y rico rey de los reyes, y aun de todos los hombres; éste redujo los fuertes brazos del famoso Hércules, acostumbrados a regir la pesada maza, a torcer un pequeñuelo huso y a ejercitarse en mujeriles ejerci­cios; éste hizo que la furiosa y enamorada Medea espar­ciese por el aire los tiernos miembros de su pequeño hermano; éste cortó la lengua a Progne, arrastró a Hipó­lito, infamó a Pasífae, destruyó a Troya, mató a Egisto; éste hizo cesar las comenzadas obras de la nueva Carta­go, y que su primera reina pasase su casto pecho con la aguda espada; éste puso en las manos de la nombrada y hermosa Sofonisba el vaso del mortífero veneno que le acabó la vida; éste quitó la suya al valiente Turno, y el reino a Tarquino, el mando a Marco Antonio, y la vida y la honra a su amiga; éste, en fin, entregó nuestras Espa­ñas a la bárbara furia agarena, llamada a la venganza del desordenado amor del miserable Rodrigo. Mas, porque pienso que primero nos cubriría la noche con su sombra, que yo acabase de traeros a la memoria los ejemplos que se ofrecen a la mía de las hazañas que el amor ha hecho y cada día hace en el mundo, no quiero pasar más adelante en ellos, ni aun en la comenzada plática, por dar lugar a que el famoso Tirsi me responda, rogándoos primero, se­ñores, no os enfade oír una canción que días ha tengo he­cha en vituperio deste mi enemigo, la cual, si bien me acuerdo, dice desta manera:

Sin que me pongan miedo el yelo y fuego,

el arco y flechas del amor tirano,

en su deshonra he de mover mi lengua;

que ¿quién ha de temer a un niño ciego,

de vario antojo y dejuicio insano,

aunque más amenace daño y mengua?

Mi gusto cresce y el dolor desmengua

cuando la voz levanto

al verdadero canto

qu’en vituperio del amor se forma,

con tal verdad, con tal manera y forma,

que a todo el mundo su maldad descubre,

y claramente informa

del cierto daño qu’el amor encubre.

Amor es fuego que consume al alma,

yelo que yela, flecha que abre el pecho

que de sus mañas vive descuidado;

turbado mar do no se ha visto calma,

ministro de ira, padre del despecho,

enemigo en amigo disfrazado,

dador de escaso bien y mal colmado,

afable, lisonjero,

tirano crudo y fiero,

y Circe engañadora que nos muda

en varios mostruos, sin que humana ayuda

pueda al pasado ser nuestro volvemos,

aunque ligera acuda

la luz de la razón a socorrernos;

yugo que humilla al más erguido cuello,

blanco a do se encaminan los deseos

del ocio blando sin razón nascidos,

red engañosa de sotil cabello

que cubre y prende en torpes actos feos

los que del mundo son en más tenidos,

sabroso mal de todos los sentidos,

ponzoña disfrazada

cual píldora dorada,

rayo que adonde toca abrasa y hiende,

airado brazo que a traición ofende,

verdugo del captivo pensamiento

y del que se defiende

del dulce halago de su falso intento;

daño que aplace en los principios, cuando

se regala la vista en el subjeto,

que, cual el cielo, bello le parece;

mas canto cuanto más pasa mirando,

tanto más pena en público y secreto

el corazón, que todo lo padece.

Mudo hablador, parlero que enmudece,

cuerdo que desatina,

pura total ruïna

de la más concertada alegre vida,

sombra de bien en males convertida,

vuelo que nos levanta hasta la esfera,

para que en la caída

quede vivo el pesar y el gusto muera;

invisible ladrón que nos destruye

y roba lo mejor de nuestra hacienda,

llevándonos el alma a cada paso;

ligereza que alcanza al que más huye,

enigma que ninguno hay que la entienda,

vida que de contino está en traspaso,

guerra elegida y que nasce acaso,

tregua que poco dura,

amada desventura,

preñez que por jamás a sazón llega,

enfermedad que al ánima se pega,

cobarde que se arroja al mal y atreve

deudor que siempre niega

la deuda averiguada que nos debe,

cercado laberinto do se anida

una fiera crüel que se sustenta

de rendidos humanos corazones,

lazo donde se enlaza nuestra vida,

señor que al mayordomo pide cuenta

de las obras, palabras a intenciones;

codicia de mil varias pretensiones,

gusano que fabrica

estancia pobre o rica,

do poco espacio habita, y al fin muere;

querer que nunca sabe lo que quiere,

nube que los sentidos escurece,

cuchillo que nos hiere.

Éste es el amor. ¡Seguidle, si os parece!

Con esta canción acabó su razonamiento el desamora­do Lenio, y con ella y con él dejó admirados a algunos de los que presentes estaban, especialmente a los caballe­ros, pareciéndoles que lo que Lenio había dicho de más caudal que de pastoril ingenio parecía; y con gran deseo y atención estaban esperando la respuesta de Tirsi, pro­metiéndose todos en su imaginación que, sin duda algu­na, a la de Lenio haría ventaja, por la que Tirsi le hacía en la edad y en la experiencia y en los más acostumbra­dos estudios; y asimesmo les aseguraba esto porque de­seaban que la opinión desamorada de Lenio no prevale­ciese. Bien es verdad que la lastimada Teolinda, la enamorada Leonarda, la bella Rosaura y aun la dama que con Darinto y su compañero venía claramente vieron figurados en el discurso de Lenio mil puntos de los su­cesos de sus amores, y esto fue cuando llegó a tratar de lágrimas y sospiros y de cuán caros se compraban los contentos amorosos. Solas la hermosa Galatea y la dis­creta Florisa iban fuera desta cuenta, porque hasta enton­ces no se la había tomado amor de sus hermosos y rebel­des pechos; y así, estaban atentas, no más de a escuchar la agudeza con que los dos famosos pastores disputaban, sin que de los efectos de amor que oían viesen alguno en sus libres voluntades. Pero, siendo la de Tirsi reducir a mejor término la opinión del desamorado pastor, sin esperar ser rogado, tiniendo de su boca colgados los ánimos de los circunstantes, puniéndose frontero de Le­nio, con suave y levantado tono, desta manera comenzó a decir:

TIRSI

-Si la agudeza de tu buen ingenio, desamorado pastor, no me asegurara que con facilidad puede alcanzar la ver­dad, de quien tan lejos agora se halla, antes que ponerme en trabajo de contradecir tu opinión, te dejara con ella por castigo de tus sinrazones. Mas, porque me advierten las que en vituperio del amor has dicho los buenos prin­cipios que tienes para poder reducirte a mejor propósito, no quiero dejar con mi silencio, a los que nos oyen, es­candalizados; al amor, desfavorescido, y a ti, pertinaz y vanaglorioso. Y así, ayudado del amor, a quien llamo, pienso en pocas palabras dar a entender cuán otras son sus obras y efectos de los que tú dél has publicado, ha­blando sólo del amor que tú entiendes, el cuál tú defi­niste diciendo que era un deseo de belleza, declarando asimesmo qué cosa era belleza, y poco después desme­nuzaste todos los efectos que el amor, de quien habla­mos, hacía en los enamorados pechos, confirmándolo al cabo con varios y desdichados sucesos por el amor cau­sados. Y, aunque la difinición que del amor hiciste sea la más general que se suele dar, todavía no lo es tanto que no se pueda contradecir, porque amor y deseo son dos cosas diferentes: que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama. La razón está clara en todas las cosas que se poseen, que entonces no se podrá decir que se desean, sino que se aman, como el que tiene salud no dirá que desea la salud, sino que la ama, y el que tiene hijos no podrá decir que desea hijos, sino que ama los hijos, ni tampoco las cosas que se desean se pueden decir que se aman, como la muerte de los enemigos, que se de­sea y no se ama. Y así, que, por esta razón, el amor y de­seo vienen a ser diferentes afectos de la voluntad. Verdad es que amor es padre del deseo, y entre otras difiniciones que del amor se dan, ésta es una: amor es aquella primera mutación que sentimos hacer en nuestra mente, por el apetito que nos conmueve y nos tira a sí, y nos deleita y aplace; y aquel placer engendra movimiento en el ánimo, el cual movimiento se llama deseo; y, en resolución, de­seo es movimiento del apetito acerca de lo que se ama, y un querer de aquello que se posee, y el objecto suyo es el bien; y, como se hallan diversas especies de deseos, y el amor es una especie de deseo que atiende y mira al bien que se llama bello. Pero para más clara difinición y di­versión del amor, se ha de entender que en tres maneras se divide: en amor honesto, en amor útil y en amor de­leitable. Y a estas tres suertes de amor se reducen cuantas maneras de amar y desear pueden caber en nuestra vo­luntad, porque el amor honesto mira a las cosas del cielo, eternas y divinas; el útil, a las de la tierra, alegres y pere­cederas, como son las riquezas, mandos y señoríos; el deleitable, a las gustosas y placenteras, como son las be­llezas corporales vivas, que tú, Lenio, dijiste. Y cual­quiera suerte destos amores que he dicho no debe ser de ninguna lengua vituperada, porque el amor honesto siempre fue, es y ha de ser limpio, sencillo, puro y divi­no, y que sólo en Dios para y sosiega; el amor provecho­so, por ser, como es, natural, no debe condemnarse; ni menos el deleitable, por ser más natural que el provecho­so. Que sean naturales estas dos suertes de amor en no­sotros la experiencia nos lo muestra claro, porque luego que el atrevido primer padre nuestro pasó el divino man­damiento, y de señor quedó hecho siervo, y de libre es­clavo, luego conosció la miseria en que había caído y la pobreza en que estaba; y así, tomó en el momento las hojas de los árboles que te cubriesen, y sudó y trabajó, rompiendo la tierra para sustentarse y vivir con la menos incomodidad que pudiese; y, tras esto, obedeciendo me­jor a su Dios en ello que en otra cosa, procuró tener hijos y perpetuar y dilatar en ellos la generación humana; y, así como por su inobediencia entró la muerte en él y por él en todos sus descendientes, así heredamos juntamente todos sus afectos y pasiones, como heredamos su mesma naturaleza; y, como él procuró remediar su necesidad y pobreza, también nosotros no podemos dejar de procurar y desear remediar la nuestra. Y de aquí nasce el amor que tenemos a las cosas útiles a la vida humana, y tanto cuanto más alcanzamos dellas, tanto más nos parece que remediamos nuestra falta, y por el mesmo consiguiente heredamos el deseo de perpetuarnos en nuestros hijos; y deste deseo se sigue el que tenemos de gozar la belleza viva corporal, como solo y verdadero medio que tales deseos a dichoso fin conduce. Así que, este amor deleita­ble, solo y sin mezcla de otro accidente, es digno antes de alabanza que de vituperio, y este es el amor que tú, Lenio, tienes por enemigo; y cáusalo que no le entiendes ni conoces, porque nunca le has visto solo y en su mesma figura, sino siempre acompañado de deseos perniciosos, lascivos y mal colocados. Y esto no es culpa de amor, que siempre es bueno, sino de los accidentes que se le llegan, como vemos que acaece en algún caudaloso río, el cual tiene su nascimiento de alguna líquida y clara fuente que siempre claras y frescas aguas le va minis­trando, y, a poco espacio que de la limpia madre se aleja, sus dulces y cristalinas aguas en amargas y turbias son convertidas, por los muchos y no limpios arroyos que de una y otra parte se le juntan. Así que, este primer movi­miento -amor o deseo, como llamarlo quisieres- no pue­de nascer sino de buen principio; y aun dellos es el cono­cimiento de la belleza, la cual, conoscida por tal, casi parece imposible que de amar se deje. Y tiene la belleza tanta fuerza para mover nuestros ánimos, que ella sola fue parte para que los antiguos filósofos, ciegos y sin lumbre de fe que los encaminase, llevados de la razón natural, y traídos de la belleza que en los estrellados cielos y en la máquina y redondez de la tierra contem­plaban, admirados de tanto contento y hermosura, fueron con el entendinúento rastreando, haciendo escala por es­tas causas segundas, hasta llegar a la primera causa de las causas; y conoscieron que había un solo principio sin principio de todas las cosas. Pero lo que más los admiró y levantó la consideración, fue ver la compostura del hombre, tan ordenada, tan perfecta y tan hermosa, que le vinieron a llamar mundo abreviado; y así es verdad, que en todas las obras hechas por el mayordomo de Dios, naturaleza, ninguna es de tanto primor ni que más descu­bra la grandeza y sabiduría de su Hacedor, porque en la figura y compostura del hombre se cifra y cierra la belle­za que en todas las otras partes della se reparte, y de aquí nasce que esta belleza conoscida se ama, y como toda ella más se muestre y resplandezca en el rostro, luego como se ve un hermoso rostro, llama y tira la voluntad a amarle. De do se sigue que, como los rostros de las muje­res hagan tanta ventaja en hermosura al de los varones ellas son las que son de nosotros más queridas, servidas y solicitadas, como a cosa en quien consiste la belleza que naturalmente más a nuestra vista contenta. Pero, viendo el hacedor y criador nuestro que es propria naturaleza del ánima nuestra estar contino en perpetuo movimiento y deseo, por no poder ella parar sino en Dios, como en su proprio centro, quiso, porque no se arrojase a rienda suelta a desear las cosas perecederas y vanas, y esto sin quitarle la libertad del libre albedrío, ponerle encima de sus tres potencias urea despierta centinela que la avisase de los peligros que la contrastaban y de los enemigos que la perseguían, la cual fue la razón, que corrige y enfrena nuestros desordenados deseos. Y, viendo asimesmo que la belleza humana había de llevar tras sí nuestros afectos e inclinaciones, ya que no le pareció quitarnos este de­seo, a lo menos quiso templarle y corregirle, ordenando el sancto yugo del matrimonio, debajo del cual al varón y a la hembra los más de los gustos y contentos amorosos naturales les son lícitos y debidos. Con estos dos reme­dios, puestos por la divina mano, se viene a templar la demasía que puede haber en el amor natural, que tú, Le­nio, vituperas, el cual amor de sí es tan bueno que si en nosotros faltase, el mundo y nosotros acabaríamos. En este mesmo amor de quien voy hablando están cifradas todas las virtudes, porque el amor es templanza que el amante, conforme la casta voluntad de la cosa amada, la suya tiempla; es fortaleza, porque el enamorado cual­quier variedad puede sufrir por amor de quien ama; es justicia, porque con ella a la que bien quiere sirve, for­zándole la mesma razón a ello; es prudencia, porque de toda sabiduría está el amor adornado. Mas yo lo deman­do, ¡oh Lenio!, tú que has dicho que el amor es causa de ruina de imperios, destruición de ciudades, de muertes de amigos, de sacrílegos hechos, inventor de traiciones, transgresor de leyes, digo que to demando que me digas cuál loable cosa hay hoy en el mundo, por buena que sea, que el use della no pueda en mal ser convertida. Con­démnese la filosofía, porque muchas veces nuestros de­fectos descubre, y muchos filósofos han sido malos; abrásense las obras de los heroicos poetas, porque con sus sátiras y versos los vicios reprehenden y vituperan; vitupérese la medicina, porque los venenos descubre; llámese inútil la elocuencia, porque algunas veces ha si­do tan arrogante que ha puesto en duda la verdad conos­cida; no se forjen arenas, porque los ladrones y los homi­cidas las usan; no se fabriquen casas, porque puedan caer sobre sus habitadores; prohíbanse la variedad de los manjares, porque suelen ser causa de enfermedad; nin­guno procure tener hijos, porque Edipo, instigado de cruelísima furia, mató a su padre, y Oreste hirió el pecho de la madre propria; téngase por malo el fuego, porque suele abrasar las casas y consumir las ciudades; desdéñe­se el agua, porque con ella se anegó toda la tierra; con­démnense, en fin, los elementos, porque pueden ser de algunos perversos perversamente usados; y desta manera cualquier cosa buena puede ser en mala convertida, y proceder della efectos malos, si en las manos de aquéllos son puestas que, como irracionales sin mediocridad, del apetito gobernar se dejan. Aquella antigua Cartago, ému­la del imperio romano; la belicosa Numancia, la adornada Corinto, la soberbia Tebas, la docta Atenas y la ciu­dad de Dios, Hierusalém, que fueron vencidas y asola­das: digamos por eso que el amor fue causa de su des­truición y ruina. Así que, debrían los que tienen por costumbre de decir mal del amor, decirlo dellos mesmos, porque los dones de amor, si con templanza se usan, son dignos de perpetua alabanza, pues siempre los medios fueron alabados en todas las cosas, como vituperados los estremos; que si abrazamos la virtud más de aquello que basta, el sabio granjeará nombre de loco y el justo de ini­cuo. Del antiguo Cremo trágico fue opinión que, como el vino mezclado con el agua es bueno, así el amor templa­do es provechoso, lo que es al revés en el immoderado. La generación de los animales racionales y brutos sería ninguna si el amor no procediese, y, faltando en la tierra, quedaría desierta y vacua. Los antiguos creyeron que el amor era obra de los dioses, dada para conservación y cura de los hombres. Pero, viniendo a lo que tú, Lenio, dijiste de los tristes y estraños efectos que el amor en los enamorados pechos hace, tiniéndolos siempre en conti­nas lágrimas, profundos sospiros, desesperadas imagina­ciones, sin concederles jamás urea hora de reposo, vea­mos, por ventura, ¿qué cosa puede desearse en esta vida que el alcanzarla no cueste fatiga y trabajo? Y tanto cuanto más es de valor la cosa, tanto más se ha de pade­cer y se padece por ella, porque el deseo presupone falta de lo deseado, y hasta conseguirlo es forzosa la inquietud del ánimo nuestro, pues si todos los deseos humanos se pueden pagar y contentarse sin alcanzar de todo punto to que desean, con que se les dé parte dello, y con todo eso se padece por conseguirla, ¿qué mucho es que, por al­canzar aquello que no puede satisfacer ni contentar al de­seo sino con ello mesmo, se padezca, se llore, se tema y se espere? El que desea señoríos, mandos, honras y ri­quezas, ya que ve que no puede subir al último grado que quisiera, como llegue a ponerse en algún buen punto, queda en parte satisfecho, porque la esperanza que le falta de no poder subir a más, le hace parar donde puede y como mejor puede, todo lo cual es contrario en el amor, porque el amor no tiene otra paga ni otra satisfa­ción sino el mesmo amor, y él proprio es su propria y verdadera paga. Y por esta razón es imposible que el amante esté contento hasta que a la clara conozca que verdaderamente es amado, certificándole desto las amo­rosas señales que ellos saben. Y así, estiman en tanto un regalado volver de ojos, una prenda cualquiera que sea de su amada, un no sé qué de risa, de habla, de burlas, que ellos de veras toman, como indicios que le van ase­gurando la paga que desean, y así, todas las veces que ven señales en contrario déstas, esle fuerza al amante la­mentarse y afligirse, sin tener medio en sus dolores, pues no le puede tener en sus contentos, cuando la favorable fortuna y el blando amor se los concede. Y, como sea hazaña de tanta dificultad reducir urea voluntad ajena a que sea urea propria con la mía, y juntar dos diferentes almas en tan disoluble ñudo y estrecheza que de las dos sean uno los pensamientos y una todas las obras, no es mucho que, por conseguir tan alta empresa, se padezca más que por otra cosa alguna, pues, después de conseguida, satisface y alegra sobre todas las que en esta vida se desean. Y no todas veces son las lágrimas con razón y causa derramadas, ni esparcidos los sospiros de los ena­morados, porque si todas sus lágrimas y sospiros se cau­saron de ver que no se responde a su voluntad como se debe y con la paga que se requiere, habría de considerar primero adónde levantaron la fantasía, y si la subieron más arriba de to que su merescimiento alcanza, no es ma­ravilla que, cual nuevos ícaros, caigan abrasados en el río de las miserias, de las cuales no tendrá la culpa amor, sino su locura. Con todo eso, yo no niego, sino afirmo, que el deseo de alcanzar to que se ama por fuerza ha de causar pesadumbre, por la razón de la carestía que presu­pone, como ya otras veces he dicho; pero también digo que el conseguirla sea de grandísimo gusto y contento, como lo es al cansado el reposo y la salud al enfermo. Junto con esto, confieso que si los amantes señalasen, como en el uso antiguo, con piedras blancas y negras sus tristes o dichosos días, sin duda alguna que serían más las infelices; mas, también conozco que la calidad de sola una blanca piedra haría ventaja a la cantidad de otras infinitas negras. Y, por prueba desta verdad, vemos que los enamorados jamás de serlo se arrepienten; antes, si alguno les prometiese librarles de la enfermedad amoro­sa, como a enemigo le desecharían, porque aun el sufrirla les es suave. Y por esto, ¡oh amadores!, no os impida ningún temor para dejar de ofreceros y dedicaros a amar lo que más os pareciere dificultoso, ni os quejéis ni arre­pintáis si a la grandeza vuestra las cosas bajas habéis le­vantado, que amor iguala to pequeño a lo sublime, y lo menos a lo más; y con justo acuerdo tiempla las diversas condiciones de los amantes, cuando con puro afecto la gracia suya en sus corazones rescibe. No cedáis a los pe­ligros, porque la gloria será tanta que quite el sentinúento de todo dolor. Y, como a los antiguos capitanes y empe­radores, en premio de sus trabajos y fatigas, les eran, se­gún la grandeza de sus victorias, aparejados triunfos, así a los amantes les están guardados muchedumbre de pla­ceres y contentos, y, como a aquéllos el glorioso resci­bimiento les hacía olvidar todos los incomodos y dis­gustos pasados, así al amante de la amada amado. Los espantosos sueños, el dormir no seguro, las veladas no­ches, los inquietos días, en summa tranquilidad y alegría se convierten. De manera, Lenio, que si por sus efectos tristes les condemnas, por los gustosos y alegres les de­bes de absolver; y a la interpretación que diste de la figu­ra de Cupido, estoy por decir que vas tan engañado en ella, como casi en las demás cosas que contra el amor has dicho. Porque, píntanle niño, ciego, desnudo, con las alas y saetas; no quiere significar otra cosa, sino que el amante ha de ser niño en no tener condición doblada, si­no pura y sencilla; ha de ser ciego a todo cualquier otro objecto que se le ofreciere, sino es a aquel a quien ya su­po mirar y entregarse; ha de ser desnudo, porque no ha de tener cosa que no sea de la que ama; ha de tener alas de ligereza, para estar prompto a todo lo que por su parte se le quisiere mandar; píntanle con saetas, porque la llaga del enamorado pecho ha de ser profunda y secreta, y que apenas se descubra sino a la mesma causa que ha de remedialla. Que el amor hiera con dos saetas, las cuales obran en diferentes maneras, es darnos a entender que en el perfecto amor, no ha de haber medio de querer y no querer en un mesmo punto, sino que el amante ha de amar enteramente, sin mezcla de alguna tibieza. En fin, ¡oh Lenio!, este amor es el que si consumió a los troya­nos, engrandeció a los griegos; si hizo cesar las obras de Cartago, hizo crescer los edificios de Roma; si quitó el reino a Tarquino, redujo a libertad la república. Y, aun­que pudiera traer aquí muchos ejemplos en contrario de los que tú trujiste de los efectos buenos que el amor hace, no me quiero ocupar en ellos, pues de sí son tan notorios; sólo quiero rogarte to dispongas a creer to que he mos­trado, y que tengas paciencia para oír una canción mía, que parece que en competencia de la tuya se hizo; y si por ella y por lo que te he dicho no quisieres reducirte a ser de la parte de amor, y te pareciere que no quedas sa­tisfecho de las verdades que dél he declarado, si el tiem­po de agora lo concede, o en otro cualquiera que tú esco­gieres y señalares, te prometo de satisfacer a todas las réplicas y argumentos que en contrario de los míos decir quisieres. Y, por agora, estáme atento y escucha:

CANCIÓN DE TIRSI

Salga del limpio enamorado pecho

la voz sonora, y en süave acento

cante de amor las altas maravillas,

de modo que contento y satisfecho

quede el más libre y suelto pensamiento,

sin que las sienta con no más de oíllas.

Tú, dulce amor, que puedes referillas

por mi lengua, si quieres,

tal gracia le concede,

que con la palma quede

de gusto y gloria por decir quién eres,

que si me ayudas, como yo confío,

veráse en presto vuelo

subir al cielo tu valor y el mío.

Es el amor principio del bien nuestro,

medio por do se alcanza y se granjea

el más dichoso fin que se pretende;

de todas sciencias sin igual maestro;

fuego que, aunque de yelo un pecho sea,

en claras llamas de virtud le enciende;

poder que al flaco ayuda, al fuerte ofende;

raíz de adonde nasce

la venturosa planta

que al cielo nos levanta,

con tal fruto que al alma satisface

de bondad, de valor, de honesto celo,

de gusto sin segundo,

que alegra al mundo y enamora al cielo;

cortesano, galán, sabio, discreto,

callado, liberal, manso, esforzado;

de aguda vista, aunque de ciegos ojos;

guardador verdadero del respecto,

capitán que en la guerra do ha triunfado

sola la honra quiere por despojos;

flor que cresce entre espinas y entre abrojos,

que a vida y alma adorna;

del temor enemigo,

de la esperanza amigo;

huésped que más alegra cuando torna;

instrumento de honrosos ricos bienes,

por quien se mira y medra

la honrosa yedra en las honradas sienes;

instinto natural que nos conmueve

a levantar los pensamientos, tanto

que apenas llega allí la vista humana;

escala por do sube, el que se atreve,

a la dulce región del cielo sancto;

sierra en su cumbre deleitosa y llana,

facilidad que lo intricado allana,

norte por quien se guía

en este mar insano

el pensamiento sano,

alivio de la triste fantasía,

padrino que no quiere nuestra afrenta;

farol que no se encubre,

mas nos descubre el puerto en la tormenta;

pintor que en nuestras ánimas retrata,

con apacibles sombras y colores,

ora mortal, ora inmortal belleza;

sol que todo ñublado desbarata,

gusto a quien son sabrosos los dolores;

espejo en quien se ve naturaleza

liberal, que en su punto la franqueza

pone con justo medio;

espíritu de fuego

que alumbra al que es más ciego;

del odio y del temor solo remedio;

Argos que nunca puede estar dormido,

por más que a sus orejas

lleguen consejas de algún dios fingido;

ejército de armada infantería

que atropella cien mil dificultades,

y siempre queda con victoria y palma;,.

morada adonde asiste el alegría;

rostro que nunca encubre las verdades,

mostrando claro lo que está en el alma;

mar donde la tormenta es dulce calma

con sólo que se espere

tenerla en tiempo alguno;

refrigerio oportuno

que cura al desdeñado cuando muere;

en fin, amor es vida, es gloria, es gusto,

almo feliz sosiego.

¡Seguilde luego, qu’el seguirle es justo!

El fin del razonamiento y canción de Tirsi fue princi­pio para confirmar de nuevo en todos la opinión que de discreto tenía, si no fue en el desamorado Lenio, a quien no pareció tan bien su respuesta que le satisficiese al en­tendimiento y le mudase de su primer propósito. Viose esto claro, porque ya iba dando muestras de querer res­ponder y replicar a Tirsi, si las alabanzas que a los dos daban Darinto y su compañero, y todos los pastores y pastoras presentes, no lo estorbaran, porque, tomando la mano el amigo de Darinto, dijo:

-En este punto acabo de conoscer cómo la potencia y sabiduría de amor por todas las partes de la tierra se es­tiende, y que donde más se afina y apura es en los pasto­rales pechos, como nos lo ha mostrado lo que hemos oí­do al desamorado Lenio y al discreto Tirsi, cuyas razones y argumentos más parescen de ingenios entre libros y las aulas criados, que no de aquéllos que entre pajizas caba­ñas son crescidos. Pero no me maravillaría yo tanto desto si fuese de aquella opinión del que dijo que el saber de nuestras almas era acordarse de lo que ya sabían, prosu­poniendo que todas se crían enseñadas; mas, cuando veo que debo seguir el otro mejor parecer del que afirmó que nuestra alma era como una tabla rasa, la cual no tenía ninguna cosa pintada, no puedo dejar de admirarme de ver cómo haya sido imposible que en la compañía de las ovejas, en la soledad de los campos, se puedan aprender las sciencias que apenas saben disputarse en las nombra­das universidades, si ya no quiero persuadirme a lo que primero dije, que el amor por todo se estiende y a todos se comunica, al caído levanta, al simple avisa y al avisa­do perfeciona.

-Si conoscieras, señor -respondió a esta sazón Elicio-, cómo la crianza del nombrado Tirsi no ha sido entre los árboles y florestas, como tú imaginas, sino en las reales cortes y conoscidas escuelas, no te maravillaras de lo que ha dicho, sino de lo que ha dejado de decir. Y, aunque el desamorado Lenio, por su humildad, ha confesado que la rusticidad de su vida pocas prendas de ingenio puede prometer, con todo eso, te aseguro que los más floridos años de su edad gastó, no en el ejercicio de guardar las cabras en los montes, sino en las riberas del claro Tor­mes, en loables estudios y discretas conversaciones. Así que, si la plática que los dos han tenido de más que de pastores te parece, contémplalos como fueron y no como agora son. Cuanto más, que hallarás pastores en estas nuestras riberas que no te causarán menos admiración, si los oyes, que los que ahora has oído, porque en ellas apascientan sus ganados los famosos y conoscidos Era­nio, Siralbo, Filardo, Silvano, Lisardo y los dos Matun­tos, padre y hijo, uno en la lira y otro en la poesía sobre todo estremo estremados. Y, para remate de todo, vuelve los ojos y conoce al conoscido Damón, que presente tie­nes, donde puede parar tu deseo, si desea conoscer el es­tremo de discreción y sabiduría.

Responder quería el caballero a Elicio, cuando una de aquellas damas que con él venían dijo a la otra:

-Paréceme, señora Nísida, que, pues el sol va ya declinando, que sería bien que nos fuésemos, si habe­mos de llegar mañana adonde dicen que está nuestro padre.

No hubo bien dicho esto la dama, cuando Darinto y su compañero la miraron, mostrando que les había pesado de que hubiese llamado por su nombre a la otra. Pero, ansí como Elicio oyó el nombre de Nísida, le dio el alma si era aquella Nísida de quien el ermitaño Silerio tantas cosas había contado, y el mismo pensamiento les vino a Tirsi, Damón y a Erastro; y, por certificarse Elicio de lo que sospechaba, dijo:

-Pocos días ha, señor Darinto, que yo y algunos de los que aquí estamos oímos nombrar el nombre de Ní­sida, como aquella dama agora ha hecho; pero de más lágrimas acompañado y con más sobresaltos referido.

-Por ventura -respondió Darinto-, ¿hay alguna pasto­ra en estas vuestras riberas que se llame Nísida?

-No -respondió Elicio-; pero esta que yo digo en ellas nasció y en las apartadas del famoso Sebeto fue criada.

-¿Qué es lo que dices, pastor? -replicó el otro caba­llero.

-Lo que oyes -respondió Elicio-, y lo que más oirás si me aseguras una sospecha que tengo.

-Dímela -dijo el caballero-, que podría ser se te satis­ficiese.

A esto replicó Elicio:

-¿A dicha, señor, tu proprio nombre es Timbrio?

-No te puedo negar esa verdad -respondió el otro-, porque Timbrio me llamo, el cual nombre quisiera encu­brir hasta otra sazón más oportuna; mas la voluntad que tengo de saber por qué sospechaste que así me llamaba me fuerza a que no te encubra nada de lo que de mí saber quisieres.

-Según eso, tampoco me negarás -dijo Elicio- que esta dama que contigo traes se llame Nísida, y aun, por lo que yo puedo conjeturar, la otra se llama Blanca, y es su hermana.

-En todo has acertado -respondió Timbrio-; pero, pues yo no te he negado nada de lo que me has pregunta­do, no me niegues tú la causa que te ha movido a pre­guntármelo.

-Ella es tan buena y será tan de tu gusto -replicó Eli­cio- cual lo verás antes de muchas horas.

Todos los que no sabían lo que el ermitaño Silerio a Elicio, Tirsi, Damón y Erastro había contado, estaban confusos oyendo to que entre Timbrio y Elicio pasaba; mas a este punto dijo Damón, volviéndose a Elicio:

-No entretengas, ¡oh Elicio!, las buenas nuevas que puedes dar a Timbrio.

-Y aun yo -dijo Erastro- no me detendré un punto de ir a dárselas al lastimado Silerio del hallazgo de Timbrio.

-¡Sanctos cielos! ¿Y qué es lo que oigo -dijo Tim­brio-, y qué es lo que dices, pastor? ¿Es por ventura ese Silerio que has nombrado el que es mi verdadero amigo, el que es la mitad de mi alma, el que yo deseo ver más que otra cosa que me pueda pedir el deseo? ¡Sácame desta duda luego, así crezcan y multipliquen tus rebaños de manera que te tengan envidia todos los vecinos gana­deros!

-No te fatigues tanto, Timbrio -dijo Damón-, que el Silerio que Erastro dice es el mesmo que tú dices, y el que desea saber más de tu vida que sostener y augmentar la suya propria; porque, después que te partiste de Ná­poles, según él nos ha contado, ha sentido tanto tu ausen­cia que la pena della, con la que le causaban otras pérdi­das que él nos contó, le ha reducido a términos que en una pequeña ermita que poco menos de una legua está de aquí distante, pasa la más estrecha vida que imaginarse puede, con determinación de esperar allí la muerte, pues de saber el suceso de tu vida no podía ser satisfecho. Esto sabemos cierto Tirsi, Elicio, Erastro y yo, porque él mesmo nos ha contado la amistad que contigo tenía, con toda la historia de los casos a entrambos sucedidos hasta que la Fortuna por tan estraños accidentes os apartó, para apartarle a él a vivir en tan estraña soledad que te causará admiración cuando le veas.

-Véale yo, y llegue luego el último remate de mis días -dijo Timbrio-; y así, os ruego, famosos pastores, por aquella cortesía que en vuestros pechos mora, que satis­fagáis éste mío con decirme adónde está esa ermita adonde Silerio vive.

-Adonde muere, podrás mejor decir -dijo Erastro-; pero de aquí adelante vivirá con las nuevas de tu venida; y, pues tanto su gusto y el tuyo deseas, levántate y va­mos, que antes que el sol se ponga, to pondré con Silerio; mas ha de ser con condición que en el camino nos cuen­tes todo lo que te ha sucedido después que de Nápoles te partiste, que de todo to demás, hasta aquel punto, satisfe­chos están algunos de los presentes.

-Poca paga me pides -respondió Timbrio- para tan gran cosa como me ofreces, porque, no digo yo contarte eso, pero todo aquello que de mí saber quisieres.

Y más, volviéndose a las damas que con él venían, les dijo:

-Pues con tan buena ocasión, querida y señora Nísida, se ha rompido el prosupuesto que traíamos de no decir nuestros proprios nombres, con el alegría que requiere la buena nueva que nos han dado, os ruego que no nos detengamos, sino que luego vamos a ver a Silerio, a quien vos y yo debemos las vidas y el contento que poseemos.

-Escusado es, señor Timbrio -respondió Nísida-, que vos me roguéis que haga cosa que tanto deseo y que tan bien me está el hacerla. Vamos en hora buena, que ya cada momento que, tardare de verle se me hará un siglo.

Lo mesmo dijo la otra dama, que era su hermana Blanca, la mesma que Silerio había dicho, y la que más muestras dio de contento. Sólo Darinto, con las nuevas de Silerio, se puso tal que los labios no movía; antes, con un estraño silencio, se levantó, y mandando a un su cria­do que le trujese el caballo en que allí había venido, sin despedirse de ninguno, subió en él, y, volviendo las rien­das, a paso tirado se desvió de todos. Cuando esto vio Timbrio, subió en otro caballo, y con mucha priesa si­guió a Darinto hasta que le alcanzó; y, trabando por las riendas del caballo, le hizo estar quedo, y allí estuvo con él hablando un buen rato, al cabo del cual Timbrio se volvió adonde los pastores estaban, y Darinto siguió su camino, enviando a disculparse con Timbrio del haberse partido sin despedirse dellos. En este tiempo Galatea, Rosaura, Teolinda, Leonarda y Florisa a las hermosas Nísida y Blanca se llegaron; y la discreta Nísida, en bre­ves razones, les contó la amistad tan grande que entre Timbrio y Silerio había, con mucha parte de los sucesos por ellos pasados; pero, con la vuelta de Timbrio, todos quisieron ponerse en camino para la ermita de Silerio; si­no que a la mesma sazón llegó a la fuente una hermosa pastorcilla de hasta edad de quince años, con su zurrón al hombro y cayado en la mano; la cual, como vio tanta y tan agradable compañía, con lágrimas en los ojos, les dijo:

-Si por ventura hay entre vosotros, señores, quien de los estraños efectos y casos de amor tenga alguna noticia, y las lágrimas y sospiros amorosos le suelen enternecer el pecho, acuda quien esto siente a ver si es posible re­mediar y detener las más amorosas lágrimas y profundos sospiros que jamás de ojos y pechos enamorados salie­ron. Acudid, pues, pastores, a lo que os digo: veréis có­mo, con la experiencia de lo que os muestro, hago verda­deras mis palabras.

Y, en diciendo esto, volvió las espaldas, y todos cuan­tos allí estaban la siguieron. Viendo, pues, la pastora que la seguían, con presuroso paso se entró por entre unos árboles que a un lado de la fuente estaban; y no hubo an­dado mucho cuando, volviéndose a los que tras ella iban, les dijo:

-Veis allí, señores, la causa de mis lágrimas; porque aquel pastor que allí parece es un hermano mío, que por aquella pastora ante quien está hincado de hinojos, sin duda alguna, él dejará la vida en manos de su cruel­dad.

Volvieron todos los ojos a la parte que la pastora se­ñalaba, y vieron que al pie de un verde sauce estaba arrimada una pastora, vestida como cazadora ninfa, con una rica aljaba que del lado le pendía y un encorvado ar­co en las manos, con sus hermosos y rubios cabellos co­gidos con una verde guirnalda. El pastor estaba ante ella de rodillas, con un cordel echado a la garganta y un cu­chillo desenvainado en la derecha mano, y con la iz­quierda tenía asida a la pastora de un blanco cendal que encima de los vestidos traía. Mostraba la pastora ceño en su rostro, y estar disgustada de que el pastor allí por fuerza la detuviese. Mas, cuando ella vio que la estaban mirando, con grande ahínco procuraba desasirse de la mano del lastimado pastor, que con abundancia de lágri­mas, tiernas y amorosas palabras, la estaba rogando que siquiera le diese lugar para poderle significar la pena que por ella padecía. Pero la pastora, desdeñosa y airada, se apartó dél, a tiempo que ya todos los pastores llegaban cerca, tanto, que oyeron al enamorado mozo que en tal manera a la pastora hablaba:

-¡Oh ingrata y desconocida Gelasia, y con cuán justo título has alcanzado el renombre de cruel que tienes! Vuelve, endurescida, los ojos a mirar al que por mirarte está en el estremo de dolor que imaginarse puede. ¿Por qué huyes de quien to sigue? ¿Por qué no admites a quién to sirve? ¿Y por qué aborreces al [que] te adora? ¡Oh, sin razón enemiga mía, dura cual levantado risco, airada cual ofendida sierpe, sorda cual muda selva, es­quiva como rústica, rústica como fiera, fiera como tigre, tigre que en mis entrañas se ceba! ¿Será posible que mis lágrimas no te ablanden, que mis sospiros no te apiaden y que mis servicios no te muevan? Sí que será posible, pues ansí lo quiere mi corta y desdichada suerte, y aun será también posible que tú no quieras apretar este lazo que a la garganta tengo, ni atravesar este cuchillo por medio deste corazón que te adora. Vuelve, pastora, vuel­ve, y acaba la tragedia de mi miserable vida, pues con tanta facilidad puedes añudar este cordel a mi garganta o ensangrentar este cuchillo en mi pecho.

Estas y otras semejantes razones decía el lastimado pastor, acompañadas de tantos sollozos y lágrimas que movía a compasión a todos cuantos le escuchaban. Pero no por esto la cruel y desamorada pastora dejaba de se­guir su camino, sin querer aun volver los ojos a mirar al pastor que por ella en tal estado quedaba, de que no poco se admiraron todos los que su airado desdén conoscieron; y fue de manera que hasta al desamorado Lenio le pare­ció mal la crueldad de la pastora. Y ansí, él, con el an­ciano Arsindo, se adelantaron a rogarla tuviese por bien de volver a escuchar las quejas del enamorado mozo, aunque nunca tuviese intención de remediarlas. Mas no fue posible mudarla de su propósito; antes, les rogó que no la tuviesen por descomedida en no hacer to que le mandaban, porque su intención era de ser enemiga mor­tal del amor y de todos los enamorados, por muchas ra­zones que a ello la movían, y una dellas era haberse des­de su niñez dedicado a seguir el ejercicio de la casta Diana; añadiendo a éstas tantas causas para no hacer el ruego de los pastores, que Arsindo tuvo por bien de de­jarla y volverse, lo que no hizo el desamorado Lenio, el cual, como vio que la pastora era tan enemiga del amor como parecía, y que tan de todo en todo con la condición desamorada suya se conformaba, determinó de saber quién era y de seguir su compañía por algunos días. Y así, le declaró cómo él era el mayor enemigo que el amor y los enamorados tenían, rogándole que, pues tanto en las opiniones se conformaban, tuviese por bien de no en­fadarse con su compañía, que no sería más de to que ella quisiese.

La pastora se holgó de saber la intención de Lenio, y le concedió que con ella viniese hasta su aldea, que dos leguas de la de Lenio era. Con esto, se despidió Lenio de Arsindo, rogándole que le disculpase con todos sus ami­gos y les dijese la causa que le había movido a irse con aquella pastora, y sin esperar más, él y Gelasia alargaron el paso, y en poco rato desaparecieron. Cuando Arsindo volvió a decir to que con la pastora había pasado, halló que todos aquellos pastores habían llegado a consolar al enamorado pastor, y que las dos de las tres rebozadas pastoras, la una estaba desmayada en las faldas de la hermosa Galatea y la otra abrazada con la bella Rosaura, que asimesmo el rostro cubierto tenía. La que con Gala­tea estaba era Teolinda, y la otra, su hermana Leonarda; las cuales, así como vieron al desesperado pastor que con Gelasia hallaron, un celoso y enamorado desmayo les cubrió el corazón, porque Leonarda creyó que el pastor era su querido Galercio, y Teolinda tuvo por verdad que era su enamorado Artidoro; y, como las dos le vieron tan rendido y perdido por la cruel Gelasia, llególes tan al al­ma el sentimiento que, sin sentido alguno, la una en las faldas de Galatea, la otra en los brazos de Rosaura, desmayadas cayeron. Pero de allí a poco rato, volviendo en sí Leonarda, a Rosaura dijo:

-¡Ay, señora mía, y cómo creo que todos los pasos de mi remedio me tiene tomados la Fortuna, pues la volun­tad de Galercio está tan ajena de ser mía, como se puede ver por las palabras que aquel pastor ha dicho a la desa­morada Gelasia! Porque te hago saber, señora, que aquél es el que ha robado mi libertad y aun el que ha de dar fin a mis días.

Maravillada quedó Rosaura de lo que Leonarda decía, y más to fue cuando, habiendo también vuelto en sí Teo­linda, ella y Galatea la llamaron; y, juntándose todas con Florisa y Leonarda, Teolinda dijo cómo aquel pastor era el su deseado Artidoro. Pero aún no le hubo bien nom­brado, cuando su hermana le respondió que se engañaba, que no era sino Galercio, su hermano.

-¡Ay, traidora Leonarda! -respondió Teolinda-. ¿Y no te basta haberme una vez apartado de mi bien, sino agora que le hallo quieres decir que es tuyo? Pues desen­gáñate que en esto no lo pienso ser hermana, sino decla­rada enemiga.

-Sin duda que te engañas, hermana -respondió Leo­narda-, y no me maravillo, que en ese mesmo error caye­ron todos los de nuestra aldea, creyendo que este pastor era Artidoro, hasta que claramente vinieron a entender que no era sino su hermano Galercio, que canto se pa­rece el uno al otro como nosotras la una a la otra, y aun, si puede haber mayor semejanza, mayor semejan­za tienen.

-No lo quiero creer -respondió Teolinda-, porque, aunque nosotras nos parecemos tanto, no tan fácilmente se hallan estos milagros en naturaleza; y así, te hago sa­ber que en tanto que la esperiencia no me haga más cierta de la verdad que tus palabras me hacen, yo no pienso dejar de creer que aquel pastor que allí veo es Artidoro; y si alguna cosa me lo pudiera poner en duda, es no pensar que de la condición y firmeza que yo de Artidoro tengo conocida, se puede esperar o temer que tan presto haya hecho mudanza y me olvide.

-Sosegáos, pastoras -lijo entonces Rosaura-, que yo os sacaré presto de la duda en que estáis.

Y, dejándolas a ellas, se fue adonde el pastor estaba dando a aquellos pastores cuenta de la estraña condición de Gelasia y de las infinitas sinrazones que con él usaba. A su lado tenía el pastor la hermosa pastorcilla que decía que era su hermano, a la cual llamó Rosaura, y, apartán­dose con ella a un cabo, la importunó y rogó le dijese cómo se llamaba su hermano y si tenía otro alguno que le pareciese, a to cual la pastora respondió que se llamaba Galercio y que tenía otro, llamado Artidoro, que le pare­cía tanto que apenas se diferenciaban, si no era por algu­na señal de los vestidos o por el órgano de la voz, que en algo difería. Preguntóle también qué se había hecho Ar­tidoro. Respondióle la pastora que andaba en unos mon­tes algo de allí apartados, repastando parte del ganado de Grisaldo con otro rebaño de cabras suyas, y que nunca había querido entrar en el aldea ni tener conversación con hombre alguno después que de las riberas de He­nares había venido. Y con éstas le dijo otras particularidades, tales que Rosaura quedó satisfecha de que aquel pastor no era Artidoro, sino Galercio, como Leonarda había dicho y aquella pastora decía, de la cual supo el nombre, que se llamaba Maurisa; y, trayéndola consigo adonde Galatea y las otras pastoras estaban, otra vez, en presencia de Teolinda y Leonarda, contó todo to que de Artidoro y Galercio sabía, con lo que quedó Teolinda so­segada y Leonarda descontenta, viendo cuán descuidadas estaban las mientes de Galercio de pensar en cosas suyas. En las pláticas que las pastoras tenían, acertó que Leo­narda llamó por su nombre a la encubierta Rosaura, y oyéndolo Maurisa, dijo:

-Si yo no me engaño, señora, por vuestra causa ha si­do aquí mi venida y la de mi hermano.

-¿En qué manera? -dijo Rosaura.

-Yo os lo diré si me dais licencia de que a solas os lo diga -respondió la pastora.

-De buena gana -replicó Rosaura.

Y, apartándose con ella, la pastora le dijo:

-Sin duda alguna, hermosa señora, que a vos y a la pastora Galatea mi hermano y yo con un recaudo de nuestro amo Grisaldo venimos.

-Así debe ser -respondió Rosaura.

Y, llamando a Galatea, entrambas escucharon to que Maurisa de Grisaldo decía, que fue avisarles cómo de allí a dos días vendría con dos amigos suyos a llevarla en ca­sa de su tía, adonde en secreto celebrarían sus bodas, y juntamente con esto dio de parte de Grisaldo a Galatea unas ricas joyas de oro, como en agradecimiento de la voluntad que de hospedar a Rosaura había mostrado. Ro­saura y Galatea agradecieron a Maurisa el buen aviso, y en pago dél, la discreta Galatea quería partir con ella el presente que Grisaldo le había enviado, pero nunca Mau­risa quiso rescebirlo. Allí de nuevo se tornó a informar Galatea de la semejanza estraña que entre Galercio y Ar­tidoro había. Todo el tiempo que Galatea y Rosaura gas­taban en hablar a Maurisa, le entretenían Teolinda y Leonarda en mirar a Galercio; porque, cebados los ojos de Teolinda en el rostro de Galercio, que tanto al de Ar­tidoro semejaba, no podía apartarlos de mirar, y, como los de la enamorada Leonarda sabían lo que miraban, también le era imposible a otra parte volverlos.

A esta sazón ya los pastores habían consolado a Ga­lercio, aunque, para el mal que él padecía, cualesquier consejos y consuelos tenía por vanos y escusados,todo to cual redundaba en daño de Leonarda. Rosaura y Ga­latea, viendo que los pastores hacia ella[s] se venían, despidieron a Maurisa, diciéndole que dijese a Grisaldo cómo Rosaura estaría en casa de Galatea. Maurisa se despidió dellas, y, llamando a su hermano en secreto, le contó to que con Rosaura y Galatea pasado había; y [a]sí, con buen comedimiento, se despidió de ellas y de los pastores, y con su hermana dio la vuelta a su aldea. Pero las enamoradas hermanas Teolinda y Leonarda, que vie­ron que en irse Galercio se les iba la luz de sus ojos y la vida de su vida, entrambas a dos se llegaron a Galatea y a Rosaura y les rogaron les diesen licencia para seguir a Galercio, dando por escusa Teolinda que Galercio le di­ría adónde Artidoro estaba, y Leonarda que podría ser que la voluntad de Galercio se trocase, viendo la obliga­ción en que la estaba. Las pastoras se la concedieron, con la condición que antes Galatea a Teolinda había pedido, que era que de todo su bien o su mal la avisase. Tor­nóselo a prometer Teolinda de nuevo, y de nuevo despi­diéndose, siguió el camino que Galercio y Maurisa lle­vaban. Lo mesmo hicieron luego, aunque por diferente parte, Timbrio, Tirsi, Damón, Orompo, Crisio, Marsilo y Orfinio, que a la ermita de Silerio con las hermosas hermanas Nísida y Blanca se encaminaron, habiendo primero ellos y ellas despedídose del venerable Aurelio, y de Galatea, Rosaura y Florisa, y ansimismo de Elició y Erastro, que no quisieron dejar de volver con Galatea, ofreciéndose Aurelio que, en llegando a su aldea, iría luego con Elicio y Erastro a buscarlos a la ermita de Sile­rio, y llevaría algo con que satisfacer la incomodidad que para agasajar tales huéspedes Silerio tendría. Con este prosupuesto, unos por una y otros por otra parte se apar­taron, y, echando al despedirse menos al anciano Arsin­do, miraron por él y vieron que, sin despedirse de ningu­no, iba ya lejos por el mesmo camino que Galercio y Maurisa y las rebozadas pastoras llevaban, de que se ma­ravillaron. Y, viendo que ya el sol apresuraba su carrera para entrarse por las puertas de occidente, no .quisieron detenerse allí más, por llegar al aldea antes que las som­bras de la noche. Viéndose, pues, Elicio y Erastro ante la señora de sus pensamientos, por mostrar en algo to que encubrir no podían, y por aligerar el cansancio del cami­no, y aun por cumplir el mandado de Florisa, que les mandó que, en tanto que a la aldea llegaban, algo canta­sen, al son de la zampoña de Florisa, desta manera co­menzó a cantar Elicio, y a responderle Erastro:

ELICIO ERASTRO

ELICIO

El que quisiere ver la hermosura

mayor que tuvo, o tiene o temá el suelo;

el fuego y el crisol donde se apura

la blanca castidad, el limpio celo;

todo to que es valor, ser y cordura,

y cifrado en la tierra un nuevo cielo,

juntas en uno alteza y cortesía,

venga a mirar a la pastora mía.

ERASTRO

Venga a mirar a la pastora mía

quien quisiere contar de gente en gente

que vio otro sol que daba luz al día,

más claro qu’el que sale del oriente.

Podrá decir cómo su fuego enfría

y abrasa al alma que tocar se siente

del vivo rayo de sus ojos bellos,

y que no hay más que ver después de vellos.

ELICIO

Y que no hay más que ver después de vellos

sábenlo bien estos cansados ojos,

ojos que, por mi mal, fueron tan bellos,

ocasión principal de mis enojos.

Vilos y vi que se abrasaba en ellos

mi alma, y que entregaba los despojos

de todas sus potencias a su llama,

que me abrasa y me yela, arroja y llama.

ERASTRO

Que me abrasa y me yela, arroja y llama

esta dulce enemiga de mi gloria,

de cuyo ilustre ser puede la fama

hacer estraña y verdadera historia.

Sólo sus ojos, do el amor derrama

toda su gracia y fuerza más notoria,

darán materia que levante al cielo

la pluma del más bajo humilde vuelo.

ELICIO

La pluma del más bajo humilde vuelo,

si quiere levantarse hasta la esfera,

cante la cortesía y justo celo

desta fénix sin par, sola y primera,

gloria de nuestra edad, honra del suelo,

valor del claro Tajo y su ribera,

cordura sin igual, rara belleza

donde más se estremó naturaleza.

ERASTRO

Donde más se estremó naturaleza,

donde ha igualado al pensamiento el arte,

donde juntó el valor y gentileza

que en diversos subjetos se reparte,

y adonde la humildad con la grandeza

ocupan solas una mesma parte,

y adonde tiene amor su albergue y nido,

la bella ingrata mi enemiga ha sido.

ELICIO

La bella ingrata mi enemiga ha sido

quien quiso, pudo y supo en un momento

tenerme de un sotil cabello asido

el libre vagaroso pensamiento.

Y, aunque al estrecho lazo estoy rendido,

tal gusto y gloria en las prisiones siento,

que estiendo el pie y el cuello a las cadenas,

llamando dulces tan amargas penas.

ERASTRO

Llamando dulces tan amargas penas

paso la corta fatigada vida,

del alma triste sustentada apenas,

y aun apenas del cuerpo sostenida.

Ofrecióle fortuna a manos llenas

a mi breve esperanza fe cumplida:

¿qué gusto, pues, qué gloria o bien se ofrece,

do mengua la esperanza y la fe crece?

ELICIO

Do mengua la esperanza y la fe crece

se descubre y parece el alto intento

del firme pensamiento enamorado,

que sólo confiado en amor puro,

vive cierto y seguro de una paga

que al alma satisfaga limpiamente.

ERASTRO

El mísero doliente a quien subjeta

la enfermedad y aprieta, se contenta,

cuando más le atormenta el dolor fiero,

con cualquiera ligero breve alivio;

mas, cuando ya más tibio el daño toca,

a la salud invoca y busca entera.

Así, desta manera, el tierno pecho

del amador, deshecho en llanto triste,

dice que el bien consiste de su pena

en que la luz serena de los ojos,

a quien dio los despojos de su vida,

le mire con fingida o cierta muestra;

mas luego amor le adiestra y le desmanda

y más cosas demanda que primero.

ELICIO

Ya traspone el otero el sol hermoso,

Erastro, y a reposo nos convida

la noche denegrida que se acerca.

ERASTRO

Y el aldea está cerca, y yo cansado.

ELICIO

Pongamos, pues, silencio al canto usado.

Bien tomaran por partido los que escuchando a Elicio y a Erastro iban que más el camino se alargara, por gus­tar más del agradable canto de los enamorados pastores. Pero el cerrar de la noche, y el llegar a la aldea, hizo que dél cesasen, y que Aurelio, Galatea, Rosaura y Florisa en su casa se recogiesen. Elicio y Erastro hicieron to mesmo en las suyas, con intención de irse luego adonde Tirsi y Damón y los demás pastores estaban, que así quedó con­certado entre ellos y el padre de Galatea. Sólo esperaban a que la blanca luna desterrase la escuridad de la noche, y así como ella mostró su hermoso rostro, ellos se fueron a buscar a Aurelio, y todos juntos la vuelta de la ermita se encatninaron, donde les sucedió to que se verá en el siguiente libro.

Fin del cuarto libro

Quinto libro de Galatea

Era tanto el deseo que el enamorado Timbrio y las Edos hermosas hermanas Nísida y Blanca llevaban de llegar a la ermita de Silerió, que la ligereza de los pa­sos, aunque era mucha, no era posible que a la de la vo­luntad llegase; y, por conoscer esto, no quisieron Tirsi y Damón importunar a Timbrio cumpliese la palabra que había dado de contarles en el camino todo lo por él suce­dido después que se apartó de Silerio. Pero todavía, lle­vados del deseo que tenían de saberlo, se lo iban ya a preguntar, si en aquel punto no hiriera en los oídos de todos una voz de un pastor que, un poco apartado del camino, entra unos verdes árboles, cantando estaba, que luego, en el son no muy concertado de la voz y en to que cantaba, fue de los más que allí venían conoscido, prin­cipalmente de su amigo Damón, porque era el pastor Lauso el que, al son de un pequeño rabel, unos versos decía; y, por ser el pastor tan conoscido y saber ya todos la mudanza que de su libre voluntad había hecho, de co­mún parecer recogieron el paso y se pararon a escuchar lo que Lauso cantaba, que era esto:

LAUSO

¿Quién mi libre pensamiento

me le vino a sujetar?

¿Quién pudo en flaco cimiento

sin ventura fabricar

tan altas torres de viento?

¿Quién rindió mi libertad,

estando en seguridad

de mi vida satisfecho?

¿Quién abrió y rompió mi pecho,

y robó mi voluntad?

¿Dónde está la fantasía

de mi esquiva condición?

¿Dó el alma que ya fue mía,

y dónde mi corazón,

que no está donde solía?

Mas, yo todo, ¿dónde estoy,

dónde vengo,o adónde voy?

A dicha, ¿sé yo de mí?

¿Soy, por ventura, el que fui,

o nunca he sido el que soy?

Estrecha cuenta me pido,

sin poder averigualla,

pues a tal punto he venido,

que aquello que en mí se halla,

es sombra de lo que he sido.

No me entiendo de entenderme,

ni me valgo por valerme,

y en tan ciega confusión,

cierta está mi perdición,

y no pienso de perderme.

La fuerza de mi cuidado

y el amor que lo consiente

me tienen en tal estado,

que adoro el tiempo presente,

y lloro por el pasado.

Véome en éste morir,

y en el pasado, vivir;

y en éste adoro mi muerte,

y en el pasado, la suerte,

que ya no puede venir.

En tan estraña agonía,

el sentido tengo ciego,

pues viendo que amor porfía

y que estoy dentro del fuego,

aborrezco el agua fría;

que si no es la de mis ojos,

qu’el fuego augmenta y despojos,

en esta amorosa fragua,

no quiero ni busco otro agua

ni otro alivio a mis enojos.

Todo mi bien comenzara,

todo mi mal feneciera,

si mi ventura ordenara

que de ser mi fe sincera

Silena se asegurara.

Sóspiros, aséguralda;

ojos míos, enteralda

llorando en esta verdad;

pluma, lengua, voluntad,

en tal razón confirmalda.

No pudo ni quiso el presuroso Timbrio aguardar a que más adelante el pastor Lauso con su canto pasase, por­que, rogando a los pastores que el camino de la ermita le enseñasen, si ellos quedarse querían, hizo muestras de adelantarse; y así, todos le siguieron, y pasaron tan cerca de donde el enamorado Lauso estaba, que no pudo dejar de sentirlo y de salirles al encuentro, como lo hizo, con cuya compañía todos se holgaron, especialmente Damón, su verdadero amigo, con el cual se acompañó todo el camino que desde allí a la ermita había, razonando en di­versos y varios acaecinúentos que a los dos habían suce­dido después que dejaron de verse, que fue desde el tiempo que el valeroso y nombrado pastor Astraliano ha­bía dejado los cisalpinos pastos por ir a reducir aquéllos que del famoso hermano y de la verdadera religión se habían rebelado; y al cabo, vinieron a reducir su razona­miento a tratar de los amores de Lauso, preguntándole ahincadamente Damón que le dijese quién era la pastora que con tanta facilidad la libre voluntad le había rendido. Y, cuando esto no pudo saber de Lauso, le rogó que, a lo menos, le dijese en qué estado se hallaba, si era de temor o de esperanza, si le fatigaba ingratitud o si le atormen­taban celos. A todo lo cual le satisfizo bien Lauso, con­tándole algunas cosas que con su pastora le habían suce­dido; y, entre otras, le dijo cómo, hallándose un día celoso y desfavorescido, había llegado a términos de de­sesperarse o de dar alguna muestra que en daño de su persona y en el del crédito y honra de su pastora redun­dase; pero que todo se remedió con haberla él hablado, y haberle ella asegurado ser falsa la sospecha que tenía, confirmando todo esto con darle un anillo de su mano, que fue parte para volver a mejor discurso su entendi­miento y para solemnizar aquel favor con un soneto, que de algunos que le vieron fue por bueno estimado. Pidió entonces Damón a Lauso que le dijese. Y así, sin poder escusarse, le hubo de decir; que era éste:

LAUSO

¡Rica y dichosa prenda que adornaste

el precioso marfil, la nieve pura!

¡Prenda que de la muerte y sombra escura

a la nueva luz y vida me tornaste!

El claro cielo de to bien trocaste

con el infierno de mi desventura,

porque viviese en dulce paz segura

la esperanza que en mí resuscitaste.

Sabes cuánto me cuestas, dulce prenda,

el alma, y aun no quedo satisfecho,

pues menos doy de aquello que rescibo.

Mas, porque el mundo tu valor entienda,

sé tú mi alma, enciérrate en mi pecho,

verán cómo por ti sin alma vivo.

Dijo Lauso el soneto, y Damón le tomó a rogar que, si otra alguna cosa a su pastora había escripto, se la dijese, pues sabía de cuánto gusto le eran a él oír sus versos. A esto respondió Lauso:

-Eso será, Damón, por haberme sido tú maestro en ellos, y el deseo que tienes de ver to que en mí aprove­chaste to hace desear oírlos; pero sea to que fuere, que ninguna cosa de las que yo pudiere te ha de ser negada. Y ansí, te digo que, en estos mesmos días, cuando an­daba celoso y mal seguro, envié estos versos a mi pastora:

LAUSO A SILENA

En tan notoria simpleza,

nascida de intento sano,

el amor rige la mano,

y la intención tu belleza.

El amor y tu hermosura,

Silena, en esta ocasión,

juzgarán a discreción

lo que tendrás tú a locura.

Él me fuerza y ella mueve

a que te adore y escriba;

y como en los dos estriba

mi fe, la mano se atreve.

Y, aunque en esta grave culpa

me amenaza tu rigor,

mi fe, tu hermosura, amor,

darán del yerro disculpa.

Pues con un arrimo tal,

puesto que culpa me den,

bien podré decir el bien

que ha nascido de mi mal;

el cual bien, según yo siento,

no es otra cosa, Silena,

sino que tenga en la pena

un estraño sufrimiento.

Y no lo encarezco poco

este bien de ser sufrido,

que si no lo hubiera sido,

ya el mal me tuviera loco.

Mas mis sentidos, de acuerdo

todos, han dado en decir

que, ya que haya de morir,

que muera sufrido y cuerdo.

Pero, bien considerado,

mal podrá tener paciencia

en la amorosa dolencia

un celoso y desamado;

que, en el mal de mis enojos,

todo mi bien desconcierta

tener la esperanza muerta

y el enemigo a los ojos.

Goces, pastora, mil años

el bien de tu pensamiento,

que yo no quiero contento

granjeado con tus daños.

Sigue tu gusto, señora,

pues te parece tan bueno,

que yo por el bien ajeno

no pienso llorar agora.

Porque fuera liviandad

entregar mi alma al alma

que tiene por gloria y palma

el no tener libertad.

Mas, ¡ay!, que fortuna quiere

y el amor que viene en ello,

que no pueda huir el cuello

del cuchillo que me hiere.

Conozco claro que voy

tras quien ha de condemnarme,

y cuando pienso apartarme,

más quedo y más firme estoy.

¿Qué lazos, qué redes tienen,

Silena, tus ojos bellos,

que cuanto más huigo dellos,

más me enlazan y detienen?

¡Ay, ojos, de quien recelo

que si soy de vos mirado,

es por crecerme el cuidado

y por menguarme el consuelo!

Ser vuestras vistas fingidas

conmigo, es pura verdad,

pues pagan mi voluntad

con prendas aborrecidas.

¡Qué recelos, qué temores

persiguen mi pensamiento,

y qué de contrarios siento

en mis secretos amores!

Déjame, aguda memoria;

olvídate, no te acuerdes

del bien ajeno, pues pierdes

en ello tu propria gloria.

Con tantas firmas afirmas

el amor que está en tu pecho,

Silena, que a mi despecho,

siempre mis males confirmas.

¡Oh pérfido amor cruel!

¿Cuál ley tuya me condemna

que dé yo el alma a Silena

y que me niegue un papel?

No más, Silena, que toco

en puntos de tal porfía,

qu’el menor dellos podría

dejarme sin vida o loco.

No pase de aquí mi pluma,

pues tú la haces sentir

que no puede reducir

tanto mal a breve summa.

En lo que se detuvo Lauso en decir estos versos y en alabar la singular hermosura, discreción, donaire, hones­tidad y valor de su pastora, a él y a Damón se les aligeró la pesadumbre del camino y se les pasó el tiempo sin ser sentido, hasta que llegaron junto de la ermita de Silerio, en la cual no querían entrar Timbrio, Nísida y Blanca, por no sobresaltarle con su no pensada venida. Mas la suerte lo ordenó de otra manera, porque, habiéndose adelantado Tirsi y Damón a ver to que Silerio hacía, ha­llaron la ermita abierta y sin ninguna persona dentro; y, estando confusos, sin saber dónde podría estar Silerio a tales horas, llegó a sus oídos el son de su arpa, por do entendieron que él no debía estar lejos; y, saliendo a bus­carle, guiados por el sonido de la arpa, con el resplandor claro de la luna vieron que estaba sentado en el tronco de un olivo, solo y sin otra compañía que la de su arpa, la cual tan dulcemente tocaba que, por gozar de tan suave armonía, no quisieron los pastores llegar luego a hablar­le, y más cuando oyeron que con estremada voz estos versos comenzó a cantar:

SILERIO

Ligeras horas del ligero tiempo,

para mí perezosas y cansadas:

si no estáis en mi daño conjuradas,

parézcaos ya que es de acabarme tiempo.

Si agora me acabáis, haréislo a tiempo

que están mis desventuras más colmadas;

mirad que menguarán si sois pesadas,

qu’el mal se acaba si da tiempo al tiempo,

No os pido que vengáis dulces, sabrosas

pues no hallaréis camino, senda o paso

de reducirme al ser que ya he perdido.

¡Horas a cualquier otro venturosas,

aquélla dulce del mortal traspaso,

aquélla de mi muerte sola os pido!

Después que los pastores escucharon lo que Silerio cantado había, sin que él los viese, se volvieron a encon­trar los demás que allí venían, con intención que Timbrio hiciese lo que agora oiréis: que fue que, habiéndole dicho de la manera que habían hallado a Silerio y en el lugar do quedaba, le rogó a Tirsi que, sin que ninguno dellos se le diese a conoscer, se fuesen llegando poco a poco hacia él, ora les viese o no, porque aunque la noche hacía clara, no por eso sería alguno conoscido; y que hiciese ansi­mesmo que Nísida o él algo cantasen; y todo esto hacía por entretener el gusto que de su venida había de rescibir Sile­rio. Contentóse Timbrio dello, y, diciéndoselo a Nísida, vino en su mesmo parescer. Y así, cuando a Tirsi le pares­ció que estaban ya tan cerca que de Silerio podían ser oídos, hizo a la bella Nísida que comenzase, la cual, al son del ra­bel del celoso Orfino, desta manera comenzó a cantar:

NISIDA

Aunque es el.bien que poseo

tal que al alma satisface,

le turba en parte y deshace

otro bien que vi y no veo;

que amor y fortuna escasa,

enemigos de mi vida,

me dan el bien por medida

y el mal sin término o tasa.

En el amoroso estado,

aunque sobre el merescer,

tan solo viene el placer,

cuanto el mal acompañado.

Andan los males unidos,

sin un momento apartarse;

los bienes, por acabarse,

en mil panes divididos.

Lo que cuesta, si se alcanza,

del amor algún contento,

declárelo el sufrimiento,

el amor y la esperanza.

Mil penas cuesta una gloria;

un contento, mil enojos:

sábenlo bien estos ojos

y mi cansada memoria;

la cual se acuerda contino

de quien pudo mejoralla,

y para hallarle no halla

alguna senda o camino.

¡Ay, dulce amigo de aquél

que te tuvo por tan suyo

cuanto él se tuvo por tuyo

y cuanto yo lo soy dél!

Mejora con tu presencia

nuestra no pensada dicha,

y no la vuelva en desdicha

tu tan larga esquiva ausencia.

A duro mal me provoca

la memoria, que me acuerda

que fuiste loco y yo cuerda,

y eres cuerdo y yo estoy loca.

Aquel que, por buena suerte,

tú mesmo quisiste darme

no ganó tanto en ganarme

cuanto ha perdido en perderte.

Mitad de su alma fuiste,

y medio por quien la mía

pudo alcanzar la alegria

que tu ausencia tiene triste.

Si la estremada gracia con que la hermosa Nísida cantaba causó admiración a los que con ella iban, ¿qué causaría en el pecho de Silerio, que, sin faltar punto, notó y escuchó todas las circunstancias de su canto? Y, como tenía tan en el alma la voz de Nísida, apenas llegó a sus oídos el acento suyo, cuando él se comenzó a alborotar, y a suspender y enajenar de sí mesmo, elevado en to que escuchaba. Y, aunque verdaderamente le pareció que era la voz de Nísida aquélla, tenía tan perdida la esperanza de verla, y más en semejante lugar, que en ninguna ma­nera podía asegurar su sospecha. Desta suerte llegaron todos donde él estaba, y, en saludándole, Tirsi le dijo:

-Tan aficionados nos dejaste, amigo Silerio, de la condición y conversación tuya, que, atraídos Damón y yo de la experiencia, y toda esta compañía de la fama della, dejando el camino que llevábamos, te hemos veni­do a buscar a tu ermita, donde, no hallándote, como no te hallamos, quedara sin cumplirse nuestro deseo, si el son de tu arpa y el de to estimado canto aquí no nos hubiera encaminado.

-Harto mejor fuera, señores -respondió Silerio-, que no me hallárades, pues en mí no hallaréis sino ocasiones que a tristeza os mueva[n], pues la que yo padezco en el alma, tiene cuidado el tiempo cada día renovarla, no sólo con la memoria del bien pasado, sino con las sombras del presente, que al fin lo serán, pues de mi ventura no se puede esperar otra cosa que bienes fingidos y temores ciertos.

Lástima pusieron las razones de Silerio en todos los que le conoscían, principalmente en Timbrio, Nísida y Blanca, que tanto le amaban, y luego quisieran dársele a conoscer, si no fuera por no salir de to que Tirsi les había rogado; el cual hizo que todos sobre la verde yerba se sentasen, y de manera que los rayos de la clara luna hi­riesen de espaldas los rostros de Nísida y Blanca, porque Silerio no los conosciese. Estando, pues, desta suerte, y después que Damón a Silerio había dicho algunas pala­bras de consuelo, porque el tiempo no se pasase todo en tratar en cosas de tristeza, y por dar principio a que la de Silerio feneciese, le rogó que su arpa tocase, al son de la cual el mesmo Damón cantó este soneto:

DAMON

Si el áspero furor del mar airado

por largo tiempo en su rigor durase,

mal se pódría hallar quien entregase

su flaca nave al piélago alterado.

No permanesce siempre en un estado

el bien ni el mal, que el uno y otro vase;

porque si huyese el bien y el mal quedase,

ya sería el mundo a confusión tornado.

La noche al día, y el calor al frío,

la flor al fruto van en seguimiento,

formando de contrarios igual tela.

La sujeción se cambia en señorío,

en placer el pesar, la gloria en viento,

che per tal variar natura è bella.

Acabó Damón de cantar, y luego hizo de señas a Tim­brio que lo mesmo hiciese; el cual, al proprio son de la arpa de Silerio, dio principio a un soneto que en el tiem­po del hervor de sus amores había hecho, el cual de Sile­rio era tan sabido como del mesmo Timbrio:

TIMBRIO

Tan bien fundada tengo la esperanza,

que, aunque más sople riguroso viento,

no podrá desdecir de su cimiento:

tal fe, tal suerte y tal valor alcanza.

No pudo acabar Timbrio el comenzado soneto, porque el oír Silerio su voz y el conocerle todo fue uno; y, sin ser pane a otra cosa, se levantó de do sentado estaba y se fue a abrazar del cuello de Timbrio, con muestras de tan estraño contento y sobresalto que, sin hablar palabra, se transpuso y estuvo un rato sin acuerdo, con tanto dolor de los presentes, temerosos de algún mal suceso, que ya condemnaban por mala el astucia de Tirsi; pero quien más estremos de dolor hacía era la hermosa Blanca, co­mo aquélla que tiernamente le amaba. Acudió luego Ní­sida y su hermana a remediar el desmayo de Silerio, el cual, a cabo de poco espacio, volvió en sí diciendo:

-¡Oh poderoso cielo! ¿Y es posible que el que tengo presente es mi verdadero amigo Timbrio? ¿Es Timbrio el que oigo? ¿Es Timbrio el que veo? Sí es, si no me burla mi ventura, y mis ojos no me engañan.

-Ni tu ventura te burla, ni tus ojos te engañan, dulce amigo mío -respondió Timbrio-, que yo soy el que sin ti no era, y el que no lo fuera jamás si el cielo no permitiera que te hallara. Cesen ya tus lágrimas, Silerio amigo, si por mí las has derramado, pues ya me tienes presente; que yo atajaré las mías, pues te tengo delante, llamándo­me el más dichoso de cuantos viven en el mundo, pues mis desventuras y adversidades han traído tal descuento, que goza mi alma de la posesión de Nísida, y mis ojos de to presencia.

Por estas palabras de Timbrio, entendió Silerio que la que cantado había y la que allí estaba era Nísida; pero certificóse más en ello cuando ella mesma le dijo:

-¿Qué es esto, Silerio mío? ¿Qué soledad y qué há­bito es éste, que tantas muestras dan de tu descontento? ¿Qué falsas sospechas o qué engaños te han conducido a tal estremo, para que Timbrio y yo le tuviésemos de do­lor coda la vida, ausentes de ti, que nos la diste?

-Engaños fueron, hermosa Nísida-respondió Silerio-; mas, por haber traído tales desengaños, serán celebrados de mi memoria el tiempo que ella me durare.

Lo más deste tiempo tenía Blanca asida una mano de Silerio, mirándole atentamente al rostro, derramando al­gunas lágrimas que de la alegría y lástima de su corazón daban manifiesto indicio. Largo sería de contar las palabras de amor y contento que entre Silerio, Timbrio, Nísi­da y Blanca pasaron, que fueron tan tiernas y tales, que todos los pastores que las escuchaban tenían los ojos ba­ñados en lágrimas de alegría. Contó luego Silerio breve­mente la ocasión que le había movido a retirarse en aquella ermita, con pensamiento de acabar en ella la vi­da, pues de la dellos no había podido saber nueva alguna; y todo lo que dijo fue ocasión de avivar más en el pecho de Timbrio el amor y amistad que a Silerio tenía, y en el de Blanca la lástima de su miseria. Y, así como acabó de contar Silerio lo que después que partió de Nápoles le había sucedido; y así, rogó a Timbrio que lo mesmo hi­ciese, porque en estremo lo deseaba, y que no se recelase de los pastores que estaban presentes, que todos ellos, o los más, sabían ya su mucha amistad y parte de sus suce­sos. Holgóse Timbrio de hacer to que Silerio pedía, y más se holgaron los pastores, que ansimesmo lo desea­ban; que ya, porque Tirsi se lo había contado, todos sa­bían los amores de Timbrio y Nísida, y todo aquello que el mesmo Tirsi de Silerio había oído. Sentados, pues, to­dos, como ya he dicho, en la verde yerba, con maravillo­sa atención estaban esperando to que Timbrio diría, el cual dijo:

-«Después que la Fortuna me fue tan favorable y tan adversa, que me dejó vencer a mi enemigo y me venció con el sobresalto de la falsa nueva de la muerte de Nísi­da, con el dolor que pensar se puede, en aquel mesmo instante me partí para Nápoles, y, confirmándose allí el desdichado suceso de Nísida, por no ver las casas de su padre, donde yo la había visto, y porque las calles, ven­tanas y otras partes donde yo la solía ver no me renova­sen continuamente la memoria de mi bien pasado, sin sa­ber qué camino tomase y sin tener algún discurso mi albedrío, salí de la ciudad, y a cabo de dos días llegué a la fuerte Gaeta, donde hallé una nave que ya quería des­plegar las velas al viento para partirse a España. Embar­quéme en ella, no más de por huir la odiosa tierra donde dejaba mi cielo; mas, apenas los diligentes marineros zarparon los ferros y descogieron las velas, y al mar al­gún canto se alargaron, cuando se levantó una no pensada y súbita borrasca, y una ráfiga de viento imbistió las ve­las del navío con tanta furia que rompió el árbol del trin­quete, y la vela mezana abrió de arriba abajo. Acudieron luego los prestos marineros al remedio, y, con dificultad grandísima, amainaron todas las velas, porque la borras­ca crescía, y la mar comenzaba a alterarse, y el cielo da­ba señales de durable y espantosa fortuna. No fue volver al puerto posible, porque era maestral el viento que so­plaba, y con tan grande violencia que fue forzoso poner la vela de trinquete al árbol mayor y amollar -como di­cen- en popa, dejándose llevar donde el viento quisiese. Y así, comenzó la nave, llevada de su furia, a correr por el levantado mar con tanta ligereza que, en dos días que duró el maestral, discurrimos por todas las islas de aquel derecho, sin poder en ninguna tomar abrigo, pasando siempre a vista dellas, sin que Estrómbalo nos abrigase, ni Lípar nos acogiese, ni el Cimbalo, Lampadosa ni Pan­tanalea sirviesen para nuestro remedio; y pasamos tan cerca de Berbería que los recién derribados muros de la Goleta se descubrían y las antiguas ruinas de Cartago se manifestaban. No fue pequeño el miedo de los que en la nave iban, temiendo que, si el viento algo más reforzaba, era forzoso embestir en la enemiga tierra; mas, cuando desto estaban más temerosos, la suerte, que mejor nos la tenía guardada, o el cielo, que escuchó los votos y pro­mesas que allí se hicieron, ordenó que el maestral se cam­biase en un mediodía tan reforzado, y que tocaba en la cuarta del jaloque, que en otros dos días nos volvió al mesmo puerto de Gaeta, donde habíamos partido, con tanto consuelo de todos que algunos se partieron a cum­plir las romerías y promesas que en el peligro pasado ha­bían hecho.

»Estuvo allí la nave otros cuatro días, reparándose de algunas cosas que le faltaban, al cabo de los cuales tornó a seguir su viaje con más sosegado mar y próspero vien­to, llevando a vista la hermosa ribera de Génova, llena de adornados jardines, blancas casas y relumbrantes capite­les, que, heridos de los rayos del sol, reverberan con tan encendidos rayos que apenas dejan mirarse. Todas estas cosas que desde la nave se miraban pudieran causar contento, como le causaban a todos los que en la nave iban, sino a mí, que me era ocasión de más pesadumbre. Sólo el descanso que tenía era entretenerme lamentando mis penas, cantándolas o, por mejor decir, llorándolas al son de un laúd de uno de aquellos marineros. Y una no­che, me acuerdo -y aun es bien que me acuerde, pues en ella comenzó a amanecer mi día- que, estando sosegado el mar, quietos los vientos, las velas pegadas a los árbo­les, y los marineros, sin cuidado alguno, por diferentes partes del navío tendidos, y el timonero casi dormido por la bonanza que había y por la que el cielo le aseguraba, en medio deste silencio y en medio de mis imaginacio­nes, como mis dolores no me dejaban entregar los ojos al sueño, sentado en el castillo de popa, tomé el laúd y co­mencé a cantar unos versos que habré de repetir agora, por­que se advierta de qué estremo de tristeza y cuán sin pen­sarlo me pasó la suerte al mayor de alegría que imaginar supiera. Era, si no me acuerdo mal, to que cantaba esto:

TIMBRIO

Agora que calla el viento

y el sesgo mar está en calma,

no se calle mi tormento:

salga con la voz el alma,

para mayor sentimiento.

Que, para contar mis males,

mostrando ed parte que son,

por fuerza han de dar señales

el alma y el corazón

de vivas ansias mortales.

Llevóme el amor en vuelo

por uno y otro dolor

hasta ponerme en el cielo,

y agora muerte y amor

me han derribado en el suelo.

Amor y muerte ordenaron

una muerte y amor tal,

cual en Nísida causaron,

y de mi bien y su mal

eterna fama ganaron.

Con nueva voz y terrible,

de hoy más, y en son espantoso,

hará la fama creíble

qu’el amor es poderoso

y la muerte es invencible.

De su poder satisfecho

quedará el mundo, si advierte

qué hazaña los dos han hecho,

qué vida llevó la muerte,

qué tal tiene amor mi pecho.

Mas creo, pues no he venido

a morir o estar más loco

con el daño que he sufrido,

o que muerte puede poco

o que no tengo sentido.

Que si sentido tuviera,

según mis penas crescidas

me persiguen dondequiera,

aunque tuviera mil vidas,

cien mil veces muerto fuera.

Mi victoria tan subida,

fue con muerte celebrada

de la más ilustre vida

que en la presente o pasada

edad fue ni es conoscida.

Della llevé por despojos

dolor en el corazón,

mil lágrimas en los ojos,

en el alma confusión

y en el firme pecho enojos.

¡Oh fiera mano enemiga!

¡Cómo, si á1lí me acabaras,

te tuviera por amiga,

pues, con matarme, estorbaras

las ansias de mi fatiga!

¡Oh!, ¡cuán amargo descuento

trujo la victoria mía,

pues pagaré, según siento,

el gusto solo de un día

con mil siglos de tormento!

¡Tú, mar, que escuchas mi llanto;

tú, cielo, que le ordenaste;

amor, por quien lloro tanto;

muerte, que mi bien llevaste;

acabad ya miquebranto!

¡Tú, mar, mi cuerpo rescibe;

tú, cielo, acoge mi alma;

tú, amor, con la fama escribe

que muerte llevó la palma

desta vida que no vive!

¡No os descuidéis de ayudarme,

mar, cielo, amor y la muerte!

¡Acabad ya de acabarme,

que será la mejor suerte

que yo espero y podréis darme!

Pues si no me anega el mar,

y no me recoge el cielo,

y el amor ha de durar,

y de no morir recelo,

no sé en qué habré de parar.

»Acuérdome que llegaba a estos últimos versos que he dicho, cuando, sin poder pasar adelante, interrompido de infinitos sospiros y sollozos que de mi lastimado pe­cho despedía, aquejado de la memoria de mis desventu­ras, del puro sentimiento dellas, vine a perder el sentido, con un parasismo tal que me tuvo un buen rato fuera de todo acuerdo; pero ya, después que el amargo accidente hubo pasado, abrí mis cansados ojos y halléme puesta la cabeza en las faldas de una mujer vestida en hábito de peregrina, y a mi lado estaba otra con el mesmo traje adornada, la cual, estando de mis manos asida, la una y la otra tiernamente lloraban. Cuando yo me vi de aquella manera, quedé admirado y confuso, y estaba dudando si era sueño aquello que veía, porque nunca tales mujeres había visto jamás en la nave después que en ella andaba; pero desta confusión me sacó presto la hermosa Nísida, que aquí está, que era la peregrina que allá estaba, di­ciéndome: “¡Ay Timbrio, verdadero señor y amigo mío! ¿Qué falsas imaginaciones o qué desdichados accidentes han sido parte para poneros donde agora estáis, y para que yo y mi hermana tuviésemos tan poca cuenta con to que a nuestras honras debíamos, y que, sin mirar en in­conviniente alguno, hayamos querido dejar nuestros amados padres y nuestros usados trajes, con intención de buscaros y desengañaros de tan incierta muerte mía que pudiera causar la verdadera vuestra?” Cuando yo tales razones oí, de todo punto acabé de creer que soñaba, y que era alguna visión aquella que delante los ojos tenía, y que la continua imaginación, que de Nísida no se apar­taba, era la causa que allí a los ojos viva la representase. Mil preguntas les hice, y a todas ellas enteramente me satisficieron, primero que pudiese sosegar el entendi­miento y enterarme que ellas eran Nísida y Blanca. Mas, cuando yo fui conosciendo la verdad, el gozo que sentí fue de manera que también me puso en condición de perder la vida, como el dolor pasado había hecho. Allí supe de Nísida cómo el engaño y descuido que tuviste, ¡oh Silerio!, en hacer la señal de la toca fue la causa para que, creyendo algún mal suceso mío, le sucedi[e]se el parasismo y desmayo, cal que todos creyeron que era muerta, como yo lo pensé, y tú, Silerio, lo creíste. Díjo­me también cómo, después de vuelta en sí, supo la ver­dad de la victoria mía, junto con mi súbita y arrebatada partida, y la ausencia tuya, cuyas nuevas la pusieron en estremo de hacer verdaderas las de su muerte. Pero ya que al último término no la llegaron, hicieron con ella y con su hermana, por industria de una ama, suya que con ellas venía, que vistiéndose en hábitos de peregrinas, desconocidamente se saliesen de con sus padres una no­che que llegaban junto a Gaeta, a la vuelta que a Nápoles se volvían; y fue a tiempo que la nave donde yo estaba embarcado, después de reparada de la pasada tormenta, estaba ya para pa[r]tirse. Y, diciendo al capitán que que­rían pasar en España para it a Sanctiago de Galicia, se concertaron con él y se embarcaron, con prosupuesto de venir a buscarme a Jerez, do pensaban hallarme o saber de mí nueva alguna, y en todo el tiempo que en la nave estuvieron, que sería cuatro días, no habían salido de un aposento que el capitán en la popa les había dado, hasta que, oyéndome cantar los versos que os he dicho, y co­nosciéndome en la voz y en lo que en ellos decía, salie­ron al tiempo que os he contado, donde, solemnizando con alegres lágrimas el contento de habernos hallado, estábamos mirando los unos a los otros, sin saber con qué palabras engrandecer nuestra nueva y no pensada alegría, la cual se acrescentara más y llegara al término y punto que agora llega, si de ti, amigo Silerio, allí supié­ramos nueva alguna; pero, como no hay placer que venga tan entero que de todo en todo al corazón satisfaga, en el que entonces teníamos, no sólo nos faltó tu presencia, pero aun las nuevas della. La claridad de la noche, el fresco y agradable viento, que en aquel instante comenzó a herir las velas próspera y blandamente, el mar tranquilo y desembarazado cielo, parece que todos juntos, y cada uno por sí, ayudaban a solemnizar la alegría de nuestros corazones.

»Mas la fortuna variable, de cuya condición no se puede prometer firmeza alguna, envidiosa de nuestra ven­tura, quiso turbarla con la mayor desventura que imagi­nar se pudiera, si el tiempo y los prósperos sucesos no la hubieran reducido a mejor término. Sucedió, pues, que a la sazón que el viento comenzaba a refrescar, los solíci­tos marineros izaron más codas las velas, y con general alegría de todos, seguro y próspero viaje se aseguraban. Uno dellos, que a una parte de la proa iba sentado, des­cubrió, con la claridad de los bajos rayos de la luna, que cuatro bajeles de remo, a larga y tirada boga, con gran celeridad y priesa, hacia la nave se encaminaban, y al momento conosció ser de contrarios, y con grandes voces comenzó a gritar: “¡Arma, arma, que bajeles turquescos se descubren!” Esta voz y súbito alarido puso tanto so­bresalto en todos los de la nave que, sin saber darse maña en el cercano peligro, unos a otros se miraban; mas el capitán delta, que en semejantes ocasiones algunas veces se había visto, viniéndose a la proa, procuró reconoscer qué tamaño de bajeles y cuántos eran, y descubrió dos más que el marinero, y conosció que eran galeotas forza­das, de que no poco temor debió de rescibir; pero, disi­mulando lo mejor que pudo, mandó luego alistar la arti­Ilería y cargar las velas todo lo más que se pudiese la vuelta de los contrarios bajeles, por ver si podría entrar­se entre ellos y jugar de todas bandas la artillería. Acu­dieron luego todos a las armas, y repartidos por sus pos­tas como mejor se pudo, la venida de los enemigos esperaban.

» ¡Quién podrá significaros, señores, la pena que yo a esta sazón tenía, viendo con tanta celeridad turbado mi contento y tan cerca de poder perderle, y más cuando vi que Nísida y Blanca se miraban, sin hablarse palabra, confusas del estruendo y vocería que en la nave andaba y viéndome a mí rogarles que en su aposento se encerrasen y rogasen a Dios que de las enemigas manos nos librase! Paso y punto fue éste que desmaya la imaginación cuan­do dél se acuerda la memoria. Sus descubiertas lágrimas, y la fuerza que yo me hacía por no mostrar las mías, me tenían de tal manera, que casi me olvidaba de to que de­bía hacer, o quién era, y a to que el peligro obligaba. Mas, en fin, las hice retraer a su estancia casi desmaya­das, y, cerrándolas por defuera, acudí a ver lo que el ca­pitán ordenaba, el cual, con prudente solicitud, todas las cosas al caso necesarias estaba proveyendo; y, dando cargo a Darinto -que es aquel caballero que hoy se partió de nosotros- de la guarda del castillo de proa y enco­mendándome a mí el de popa, él con algunos marineros y pasajeros, por todo el cuerpo de la nave, a una y a otra parte discurría. No tardaron mucho en llegar los enemi­gos, y tardó harto menos en calmar el viento, que fue la total causa de la perdición nuestra. No osaron los enemi­gos llegar a bordo, porque, viendo que el viento calmaba, les pareció mejor aguardar el día para embestimos. Hi­ciéronlo así, y, el día venido, aunque ya los habíamos contado, acabamos de ver que eran quince bajeles grue­sos los que cercados nos tenían, y entonces se acabó de confirmar en nuestros pechos el temor de perdernos. Con todo eso, no desmayando el valeroso capitán ni alguno de los que con él estaban, esperó a ver to que los contra­rios harían, los cuales, luego como vino la mañana, echa­ron de su capitana una barquilla al agua, y con un rene­gado enviaron a decir a nuestro capitán que se rindiese, pues veía ser imposible defenderse de tantos bajeles; y más, que eran todos los mejores de Argel, amenazándole de parte de Arnaut Mamí, su general, que si disparaba alguna pieza el navío, que le había de colgar de una en­tena en cogiéndole, y añadiendo a éstas otras amenazas. El renegado le persuadió que se rindiese; mas, no qui­riéndolo hacer el capitán, respondió al renegado que se alargase de la nave, si no, que le echaría a fondo con la artillería. Oyó Amaute esta respuesta, y luego, cebando el navío por todas partes, comenzó a jugar desde lejos el artillería con tanta priesa, furia y estruendo que era ma­ravilla. Nuestra nave comenzó a hacer lo mesmo, tan venturosamente, que a uno de los bajeles que por la popa la combatían echó a fondo, porque le acertó con una bala junto a la cinta, de modo que, sin ser socorrido, en breve espacio se le sorbió el mar. Viendo esto los turcos, apre­suraron el combate, y en cuatro horas nos embistieron cuatro veces, y otras tantas se retiraron, con mucho daño suyo y no con poco nuestro.

»Mas, por no iros cansando contándoos particular­mente las cosas sucedidas en este combate, sólo diré que, después de habernos combatido diez y seis horas, y des­pués de haber muerto nuestro capitán y toda la más gente del navío, a cabo de nueve asaltos que nos dieron, al úl­timo dellos entraron furiosamente en el navío. Tampoco, aunque quiera, no podré encarecer el dolor que a mi alma llegó cuando vi que las amadas prendas mías, que ahora tengo delante, habían de ser entonces entregadas y veni­das a poder de aquellos crueles camiceros. Y así, llevado de la ira que este temor y consideración me causaba, con pecho desarmado me arrojé por medio de las bárbaras espadas, deseoso de morir al rigor de sus filos, antes que ver a mis ojos to que esperaba. Pero sucedióme al revés mi pensamiento, porque, abrazándose conmigo tres mem­brudos turcos, y yo forcejando con ellos, de tropel veni­mos a dar todos en la puerta de la cámara donde Nísida y Blanca estaban; y con el ímpetu del golpe se rompió y abrió la puerta, que hizo manifiesto el tesoro que allí es­taba encerrado, del cual codiciosos los enemigos, el uno dellos asió a Nísida y el otro a Blanca; y yo, que de los dos me vi libre, al otro que me tenía hice dejar la vida a mis pies, y de los dos pensaba hacer lo mesmo, si ellos, advertidos del peligro, no dejaran la presa de las damas y con dos grandes heridas no me derribaran en el suelo; lo cual visto por Nísida, arrojándose sobre mi herido cuer­po, con lamentables voces pedía a los dos turcos que la acabasen.

»En este instante, atraído de las voces y lamento[s] de Blanca y Nísida, acudió a aquella estancia Arnaute, el general de los bajeles, e, informándose de los soldados de to que pasaba, hizo llevar a Nísida y a Blanca a su galera, y, a ruegos de Nísida, mandó también que a mí me llevasen, pues no estaba aún muerto. Desta manera, sin tener yo sentido alguno, me llevaron a la enemiga galera capitana, donde fui luego curado con alguna dili­gencia, porque Nísida había dicho al capitán que yo era hombre principal y de gran rescate, con intención que, cebados de la codicia y del dinero que de mí podrían ha­ber, con algo más recato mirasen por la salud mía. Suce­dió, pues, que estando curándome las heridas, con el do­lor dellas volví en mi acuerdo, y, volviendo los ojos a una parte y a otra, conoscí que estaba en poder de mis enemigos y en el bajel contrario; pero ninguna cosa me llegó tan al alma como fue ver en la popa de la galera a Nísida y Blanca, sentadas a los pies del perro general, derramando por sus ojos infinitas lágrimas, indicios del interno dolor que padecían. No el temor de la afrentosa muerte que esperaba cuando tú della, buen amigo Silerio, en Cataluña me libraste; no la falsa nueva de la muerte de Nísida, de mí por verdadera creída; no el dolor de mis mortales heridas ni otra cualquiera aflición que imaginar pudiera me causó ni causará más sentimiento que el que me vino de ver a Nísida y Blanca en poder de aquel bár­baro descreído, donde a tan cercano y claro peligro esta­ban puestas sus honras. El dolor deste sentimiento hizo tal operación en mi alma, que torné de nuevo a perder los sentidos y a quitar la esperanza de mi salud y vida al ci­rujano que me curaba, de tal modo que, creyendo que era muerto, paró en medio de la cura, certificando a todos que ya yo desta vida había pasado. Oídas estas nuevas por las dos desdichadas hermanas, digan ellas lo que sin­tieron, si se atreven; que yo sólo sé decir que después su­pe que, levantándose las dos de do estaban, tirando de sus rubios cabellos y arañando sus hermosos rostros, sin que nadie pudiese detenerlas, vinieron adonde yo desma­yado estaba, y allí comenzaron a hacer tan lastimero llanto que a los mesmos pechos de los crueles bárbaros enternecieron. Con las lágrimas de Nísida que en el ros­tro me caían, o por las ya frías y enconadas heridas, que gran dolor me causaban, torné a volver de nuevo en mi acuerdo, para acordarme de mi nueva desventura. Pasaré en silencio agora las lastimeras y amorosas palabras que en aquel desdichado punto entre mí y Nísida pasaron, por no entristecer tanto el alegre en que ahora nos hallamos, ni quiero decir por extenso los trances que ella me contó que con el capitán había pasado, el cual, vencido de su hermosura, mil promesas, mil regalos, mil amenazas le hizo porque viniese a condecender con la desordenada voluntad suya; pero, mostrándose ella con él tan esquiva como honrada, y tan honrada como esquiva, pudo todo aquel día y otra noche siguiente defenderse de las pesa­das importunaciones del cosario. Mas, como la continua presencia de Nísida iba cresciendo en él por puntos el li­bidinoso deseo, sin duda alguna se pudiera temer, como yo temía, que, dejando los ruegos y usando la fuerza, Ní­sida perdiera su honra, o la vida, que era lo más cierto que de su bondad se podía esperar.

»Pero, cansada ya la fortuna de habernos puesto en el más bajo estado de miseria, quiso darnos a entender ser verdad to que de la instabilidad suya se pregona, por un medio que nos puso en términos de rogar al cielo que en aquella desdichada suerte nos mantuviese, a trueco de no perder la vida sobre las hinchadas ondas del mar airado, el cual, a cabo de dos días que captivos fuimos, y a la sa­zón que llevábamos el derecho viaje de Berbería, movido de un furioso jaloque, comenzó a hacer montañas de agua y a azotar con tanta furia la cosaria armada que, sin poder los cansados remeros aprovecharse de los remos, afrenillaron y acudieron al usado remedio de la vela del trinquete al árbol, y a dejarse llevar por donde el viento y mar quisiese; y de tal manera cresció la tormenta que en menos de media hora esparció y apartó a diferentes par­tes los bajeles, sin que ninguno pudiese tener cuenta con seguir su capitán; antes, en poco rato divididos todos, como he dicho, vino nuestro bajel a quedar solo y a ser el que más el peligro amenazaba, porque comenzó a hacer tanta agua por las costuras que, por mucho que por todas las cámaras de popa, proa y medianía le agotaban, siem­pre en la centina llegaba el agua a la rodilla; y añadióse a toda esta desgracia sobrevenir la noche, que en semejan­tes casos, más que en otros algunos, el medroso temor acrescienta; y vino con tanta escuridad y nueva borrasca que, de todo en todo, todos desesperamos de remedio. No queráis más saber, señores, sino que los mesmos tur­cos rogaban a los cristianos que iban al remo captivos que invocasen y llamasen a sus sanctos y a su Cristo para que de tal desventura los librase; y no fueron tan en vano las plegarias de los míseros cristianos que allí iban, que, movido el alto cielo dellas, dejase sosegar el viento; an­tes, le cresció con tanto ímpetu y furia que al amanescer del día, que sólo pudo conoscerse por las horas del reloj de arena por quien se rigen, se halló el mal gobernado bajel en la costa de Cataluña, tan cerca de tierra y tan sin poder apartarse della, que fue forzoso alzar un poco más la vela para que con más furia embistiese en una ancha playa que delante se nos ofrecía: que el amor de la vida les hizo parecer dulce a los turcos la esclavitud que espe­raban.

»Apenas hubo la galera embestido en tierra, cuando luego acudió a la playa mucha gente armada, cuyo traje y lengua dio a entender ser catalanes y ser de Cataluña aquella costa, y aun aquel mesmo lugar donde, a riesgo de la tuya, amigo Silerio, la vida mía escapaste. ¡Quién pudiera exagerar agora el gozo de los cristianos, que del insufrible y pesado yugo del amargo captiverio veían li­bres y desembarazados sus cuellos, y las plegarias y rue­gos que los turcos, poco antes libres y señores, hacían a sus mesmos esclavos, rogándoles fuesen parte para que de los indignados cristianos maltratados no fuesen, los cuales ya en la playa los esperaban, con deseo de vengar­se de la ofensa que estos mesmos turcos les habían he­cho, saqueándoles su lugar, como tú, Silerio, sabes! Y no les salió vano el temor que tenían, porque, en entrando los del pueblo en la galera, que encallada en la arena es­taba, hicieron tan cruel matanza en los cosarios, que muy pocos quedaron con la vida; y si no fuera que les cegó la codicia de robar la galera, todos los turcos en aquel pri­mero ímpetu fueran muertos. Finalmente, los turcos que quedaron y cristianos captivos que allí veníamos, todos fuimos saqueados, y si los vestidos que yo traía no estu­vieran sangrentados, creo que aun no me los dejaran. Da­rinto, que también allí venía, acudió luego a mirar por Nísida y Blanca y a procurar que me sacasen a tierra donde fuese curado.

» Cuando yo salí y reconocí el lugar donde estaba, y consideré el peligro en que en él me había visto, no dejó de darme alguna pesadumbre, causada de temor no fuese conoscido y castigado por to que no debía; y así, rogué a Darinto que, sin poner dilación alguna, procurase que a Barcelona nos fuésemos, diciéndole la causa que me mo­vía a ello; pero no fue posible, porque mis heridas me fatigaban de manera que me forzaron a que allí algunos días estuviese, como estuve, sin ser de más de un ciruja­no visitado. En este entretanto fue Darinto a Barcelona, donde proveyéndose de lo que menester habíamos, dio la vuelta; y, hallándome mejor y con más fuerza, luego nos pusimos en camino para la ciudad de Toledo, por saber de los parientes de Nísida que sí sabían de sus padres, a quien ya hemos escripto todo el suceso de nuestras vidas, pidiéndole perdón de nuestros pasados yerros. Y todo el contento y dolor destos buenos y malos sucesos, lo ha acrescentado o diminuido la ausencia tuya, Silerio. Mas, pues el cielo agora con tantas ventajas ha dado remedio a nuestras calamidades, no resta otra cosa sino que, dán­dole las debidas gracias por ello, tú, Silerio amigo, dese­ches la tristeza pasada con la ocasión de la alegría pre­sente, y procures darla a quien ha muchos días que por to causa vive sin ella, como lo sabrás cuando más a solas y contigo las comunique. Otras algunas cosas me quedan por decir que me han sucedido en el discurso desta mi peregrinación; pero dejarlas he por agora, por no dar con la prolijidad dellas disgusto a estos pastores, que han si­do el instrumento de todo mi placer y gusto.» Éste es, pues, Silerio amigo y amigos pastores, el suceso de mi vida: ved si, por la que he pasado y por la que agora Pa­so, me puedo llamar el más lastimado y venturoso hom­bre de los que hoy viven.

Con estas últimas palabras dio fin a su cuento el ale­gre Timbrio, y todos los que presentes estaban se alegra­ron del felice suceso que sus trabajos habían tenido, pa­sando el contento de Silerio a todo lo que decir se puede; el cual, tornando de nuevo a abrazar a Timbrio, forzado del deseo de saber quién era la persona que por su causa sin contento vivía, pidiendo licencia a los pastores, se apartó con Timbrio a una parte, donde su­po dél que la hermosa Blanca, hermana de Nísida, era la que más que a sí le amaba desde el mesmo día y punto que ella supo quién él era y el valor de su per­sona; y que jamás, por no ir contra aquello que a su ho­nestidad estaba obligada, había querido descubrir este pensamiento sino a su hermana, por cuyo medio espe­raba tenerle honrado en el cumplimiento de sus de­seos. Díjole asimismo Timbrio cómo aquel caballero Darinto, que con él venía, y de quien él había hecho mención en la plática pasada, conosciendo quién era Blanca y llevado de su hermosura, se había enamorado della con tantas veras que la pidió por esposa a su hermana Nísida, la cual le desengañó que Blanca no to haría en manera alguna, y que, agraviado desto Da­rinto, creyendo que por el poco valor suyo le desecha­ban, y por sacarle desta sospecha, le hubo de decir Ní­sida cómo Blanca tenía ocupados los pensanúentos en Silerio; mas, que no por esto Darinto había desmayado ni dejado la empresa, «porque, como supo que de ti, Silerio, no se sabía nueva alguna, imaginó que los servicios que él pensaba hacer a Blanca, y el tiempo, la aparta­rían de su intención primera; y con este presupuesto jamás nos quiso dejar, hasta que ayer, oyendo a los pastores las ciertas nuevas de to vida y conosciendo el contento que con ellas Blanca había rescibido, y con­siderando ser imposible que, paresciendo Silerio, pu­diese Darinto alcanzar to que deseaba, sin despedirse de ninguno, se había, con muestras de grandísimo dolor, apartado de todos.» Junto con esto, aconsejó Timbrio a su amigo fuese contento de que Blanca le tuviese, esco­giéndola y aceptándola por esposa, pues ya la conoscía y no ignoraba su valor y honestidad, encareciéndole el gusto y placer que los dos tendrían viéndose con tales dos hermanas casados. Silerio le respondió que le die­se espacio para pensar en aquel hecho, aunque él sabía que al cabo era imposible dejar de hacer to que él le mandase.

A esta sazón, comenzaba ya la blanca aurora a dar se­ñales de su nueva venida, y las estrellas poco a poco iban escondiendo la claridad suya; y a este mesmo punto llegó a los oídos de todos la voz del enamorado Lauso, el cual, como su amigo Damón había sabido que aquella noche la habían de pasar en la ermita de Silerio, quiso venir a ha­llarse con él y con los demás pastores; y, como todo su gusto y pasatiempo era cantar al son de su rabel los su­cesos prósperos o adversos de sus amores, llevado de la condición suya, y convidado de la soledad del camino y de la sabrosa armonía de las aves, que ya comenza­ban con su dulce y concertado canto a saludar el veni­dero día, con baja voz, semejantes versos venía can­tando:

LAUSO

Alzo la vista a la más noble parte

que puede imaginar el pensamiento,

donde miro el valor, admiro el arte

que suspende el más alto entendimiento.

Mas, si queréis saber quién fue la parte

que puso fiero yugo al cuello esento,

quién me entregó, quién lleva mis despojos,

mis ojos son, Silena, y son tus ojos.

Tus ojos son, de cuya luz serena

me viene la que al cielo me encamina:

luz de cualquiera escuridad ajena,

segura muestra de la luz divina.

Por ella el fuego, el yugo y la cadena

que me consume, carga y desatina,

es refrigerio, alivio, es gloria, es palm,

al alma, y vida que te ha dado el alma.

¡Divinos ojos, bien del alma mía,

término y fin de todo mi deseo;

ojos que serenáis el turbio día,

ojos por quien yo veo si algo veo!

En vuestra luz mi pena y mi alegría

ha puesto amor; en vos contemplo y leo

la dulce, amarga, verdadera historia

del cierto infierno, de mi incierta gloria.

En ciega escuridad andaba cuando

vuestra luz me faltaba, ¡oh bellos ojos!;

acá y allá, sin ver el cielo, errando

entre agudas espinas y entre abrojos;

mas luego, en el momento que tocando

fueron al alma mía los manojos

de vuestros rayos claros, vi a la clara

la senda de mi bien abierta y clara.

Vi que sois y seréis, ojos serenos,

quien me levanta y puede levantarme

a que entre el corto número de buenos

venga como mejor a señalarme.

Esto podréis hacer no siendo ajenos

y con pequeño acuerdo de mirarme,

que el gusto del más bien enamorado

consiste en el mirar y ser mirado.

Si esto es verdad, Silena, ¿quién ha sido,

es ni será que, con firmeza pura,

cual yo te quiera ni te habrá querido,

por más que amor le ayude y la ventura?

La gloria de tu vista he merescido

por mi inviolable fe; mas es locura

pensar que pueda merecerse aquello

que apenas puede contemplarse en ello.

El canto y el camino acabó en un mesmo punto el enamorado Lauso, el cual de todos los que con Silerio estaban fue amorosamente recibido, acrescentando con su presencia el alegría que todos tenían por el buen suce­so que los trabajos de Silerio habían tenido. Y, estándo­selos Damón contando, vieron asomar por junto a la ermita al venerable Aurelio, que, con algunos de sus pastores, traía algunos regalos con que regalar y satisfa­cer a los que allí estaban, como lo había prometido el día antes que dellos se partió. Maravillados quedaron Tirsi y Damón de verle venir sin Elicio y Erastro; y más to fue­ron cuando vinieron a entender la causa del haberse que­dado. Llegó Aurelio, y su llegada augmentara más el contento de todos, si no dijera, encaminando su razón a Timbrio:

-Si te precias, como es razón que te precies, valeroso Timbrio, de ser verdadero amigo del que lo es tuyo, ago­ra es tiempo de mostrarlo, acudiendo a remediar a Da­rinto, que no lejos de aquí queda tan triste y apasionado, y tan fuera de admitir consuelo alguno en el dolor que padece, que algunos que yo le di no fueron parte para que él los tuviese por tales. Hallámosle Elicio, Erastro y yo, habrá dos horas, en medio de aquel monte que a esta mano derecha se descubre, el caballo arrendado a un pi­no, y él en el suelo boca abajo tendido, dando tiernos y dolorosos sospiros, y de cuando en cuando decía algunas palabras que a maldecir su ventura se encaminaban; al son lastimero de las cuales, llegamos a él, y con el rayo de la luna, aunque con dificultad, fue de nosotros conos­cido; a importunado que la causa de su mal nos dijese, díjonosla, y por ella entendimos el poco remedio que te­nía. Con todo eso,se han quedado con él Elicio y Eras­tro, y yo he venido a darte las nuevas del término en que le tienen sus pensamientos; y, pues a ti lo son tan mani­fiestos, procura remediarlos con obras, o acude a conso­larios con palabras.

-Palabras serán todas, buen Aurelio -respondió Tim­brio-, las que yo en esto gastaré, si ya él no quiere apro­vecharse de la ocasión del desengaño y disponer sus de­seos a que el tiempo y la ausencia hagan en él sus acostumbrados efectos. Mas, porque no se piense que no correspondo a to que a su amistad estoy obligado, en­séñame, Aurelio, a qué parte le dejaste, que yo quiero ir luego a verle.

-Yo iré contigo -respondió Aurelio.

Y luego, al momento, se levantaron todos los pastores para acompañar a Timbrio y saber la causa del mal de Darinto, dejando a Silerio con Nísida y Blanca, con tanto contento de los tres que no se acertaban a hablar palabra. En el camino que había desde allí adonde Aurelio a Da­rinto había dejado, contó Timbrio a los que con él iban la ocasión de la pena de Darinto y el poco remedio que de­Ila se podría esperar, pues la hermosa Blanca, por quien él penaba, tenía ocupados sus deseos en su buen amigo Silerio; diciéndoles, asimesmo, que había de procurar con toda su industria y fuerzas que Silerio viniese en lo que Blanca deseaba, suplicándoles que todos fuesen en ayudar a favorescer su intención, porque, en dejando a Darinto, quería que todos a Silerio rogasen diese el sí de rescibir a Blanca por su ligítima esposa. Los pastores se ofrecieron de hacer to que se les mandaba, y en estas pláticas llegaron adonde creyó Aurelio que Elicio, Da­rinto y Erastro estarían; pero no hallaron alguno, aunque rodearon y anduvieron gran parte de un pequeño bosque que allí estaba, de que no poco pesar rescibieron todos. Pero, estando en esto, oyeron un tan doloroso sospiro que les puso en confusión y deseo de saber quién le ha­bía dado; mas sacóles presto desta duda otro que oyeron no menos triste que el pasado, y, acudiendo todos a aquella parte adonde el sospiro venía, vieron estar no le­jos dellos, al pie de un crescido nogal, dos pastores: el uno sentado sobre la yerba verde, y el otro tendido en el suelo y la cabeza puesta sobre las rodillas del otro. Esta­ba el sentado con la cabeza inclinada, derramando lágri­mas y mirando atentamente al que en las rodillas tenía; y, así por esto como por estar el otro con color perdida y rostro desmayado, no pudieron luego conoscer quién era; mas, cuando más cerca llegaron, luego conoscieron que los pastores eran Elicio y Erastro: Elicio, el desmayado, y Erastro, el lloroso. Grande admiración y tristeza causó en todos los que allí venían la triste semblanza de los dos lastimados pastores, por ser tan amigos suyos y por igno­rar la causa que de tal modo los tenía; pero el que más se maravilló fue Aurelio, por ver que tan poco antes los ha­bía dejado en compañía de Darinto con muestras de todo placer y contento, como si él no hubiera sido la causa de toda su desdicha. Viendo, pues, Erastro, que los pastores a él se llegaban, estremeció a Elicio, diciéndole:

-Vuelve en ti, lastimado pastor; levántate y busca lu­gar donde puedas a solas llorar tu desventura, que yo pienso hacer lo mesmo hasta acabar la vida.

Y, diciendo esto, cogió con las dos manos la cabeza de Elicio, y, quitándola de sus rodillas, la puso en el suelo, sin que el pastor pudiese volver en su acuerdo; y, levantándose Erastro, volvía las espaldas para irse, si Tirsi y Damón y los demás pastores no se lo impidieran. Llegó Damón adonde Elicio estaba, y, tomándole entre los brazos, le hizo volver en sí. Abrió Elicio los ojos, y, porque conosció a todos los que allí estaban, tuvo cuenta con que su lengua, movida y forzada del dolor, no dijese algo que la causa dél manifestase; y, aunque ésta le fue preguntada por todos los pastores, jamás respondió sino que no sabía otra cosa de sí mismo sino que, estando ha­blando con Erastro, le había tomado un recio desmayo. Lo proprio decía Erastro, y a esta causa los pastores deja­ron de preguntarle más la causa de su pasión; antes, le rogaron que con ellos a la ermita de Silerio se volviese, y que desde allí le llevarían a la aldea o a su cabaña; mas no fue posible que con él esto se acabase, sino que le dejasen volver a la aldea. Viendo, pues, que ésta era su voluntad, no quisieron contradecírsela; antes, se ofrecie­ron de ir con él; pero de ninguno quiso compañía, ni la llevara si la porfía de su amigo Damón no le venciera; y así, se hubo de partir con él, dejando concertado Damón con Tirsi que se viesen aquella noche en el aldea o caba­ña de Elicio, para dar orden de volverse a la suya. Aure­lio y Timbrio preguntaron a Erastro por Darinto, el cual les respondió que, ansí como Aurelio se había apartado dellos, le tomó el desmayo a Elicio, y que entretanto que él le socorría, Darinto se había partido con toda priesa, y que nunca más le habían visto. Viendo, pues, Timbrio y los que con él venían que a Darinto no hallaban, deter­minaron de volver a la ermita a rogar a Silerio aceptase a la hermosa Blanca por su esposa, y con esta intención se volvieron todos, excepto Erastro, que quiso seguir a su amigo Elicio. Y así, despidiéndose dellos, acompañado de solo su rabel, se apartó por el mesmo camino que Eli­cio había ido, el cual, habiéndose un rato apartado con su amigo Damón de la demás compañía, con lágrimas en los ojos y con muestras de grandísima tristeza, así le comen­zó a decir:

-Bien sé, discreto Damón, que tienes de los efectos de amor tanta experiencia que no to maravillarás de los que agora pienso contarte, que son tales que, a la cuenta de mi opinión, los estimo y tengo por de los más desastra­dos que en el amor se hallan.

Damón, que no deseaba otra cosa que saber la causa del desmayo y tristeza suya, le aseguró que ninguna cosa le sería a él nueva, como tocase a los males que el amor suele hacer. Y así, Elicio, con este seguro, y con el ma­yor que de su amistad tenía, prosiguió diciendo:

-Ya sabes, amigo Damón, cómo la buena suerte mía -que este nombre de buena le daré siempre, aunque me cueste la vida el haberla tenido-; digo, pues, que la bue­na suerte mía quiso, como todo el cielo y todas estas ri­beras saben, que yo amase, ¿qué digo amase?, que adora­se a la sin par Galatea, con tan limpio y verdadero amor cual a su merescimiento se debe; juntamente lo confieso, amigo, que, en todo el tiempo que ha que ella tiene noti­cia de mi cabal deseo, no ha correspondido a él con otras muestras que las generales que suele y debe dar un casto y agradescido pecho; y así, ha algunos años que, susten­tada mi esperanza con una honesta correspondencia amo­rosa, he vivido tan alegre y satisfecho de mis pensa­mientos, que me juzgaba por el más dichoso pastor que jamás apascentó ganado, contentándome sólo de mirar a Galatea y de ver que, si no me quería, no me aborrecía, y que otro ningún pastor no se podría alabar que aun della fuese mirado; que no era poca satisfación de mi deseo tener puestos mis pensamientos en tan segura parte que de otros algunos no me recelaba, confirmándome en esta verdad la opinión que conmigo tiene el valor de Galatea, que es tal, que no da lugar a que se le atreva el mesmo atrevimiento. Contra este bien que tan a poca costa el amor me daba, contra esta gloria tan sin ofensa de Gala­tea gozada, contra este gusto tan justamente de mi deseo merescido, se ha dado hoy irrevocable sentencia: que el bien se acabe, que la gloria fenezca, que el gusto se cam­bie y que, finalmente, se concluya la tragedia de mi dolo­rosa vida. Porque sabrás, Damón, que esta mañana, vi­niendo con Aurelio, padre de Galatea, a buscaros a la ermita de Silerio, en el camino me dijo cómo tenía con­certado de casar a Galatea con un pastor lusitano que en las riberas del blando Lima gran número de ganado apas­cienta. Pidióme que le dijese qué me parescía, porque, de la amistad que me tenía y de mi entendimiento, esperaba ser bien aconsejado. Lo que yo le respondí fue que me parescía cosa recia poder acabar con su voluntad privarse de la vista de tan hermosa hija, desterrándola a tan apar­tadas tierras, y que si lo hacía llevado y cebado de las ri­quezas del estranjero pastor, que considerase que no ca­recía él tanto dellas que no tuviese para vivir en su lugar mejor que cuantos en él de ricos presumían, y que ninguno de los mejores de cuantos habitan las riberas de Tajo dejaría de tenerse por venturoso cuando alcanzase a Galatea por esposa. No fueron mal admitidas mis razones del venerable Aurelio; pero, en fin, se resolvió diciendo que el rabadán mayor de todos los aperos se to mandaba, y él era el que to había concertado y tratado, y que era imposible deshacerse. Preguntéle con qué semblante Ga­latea había rescibido las nuevas de su destiero. Díjome que se había conformado con su voluntad, y que disponía la suya a hacer todo lo que él quisiese, como obediente hija. Esto supe de Aurelio, y ésta es, Damón, la causa de mi desmayo, y la que será de mi muerte, pues de ver a Galatea en poder ajeno y ajena de mi vista, no se puede esperar otra cosa que el fin de mis días.

Acabó su razón el enamorado Elicio y comenzaron sus lágrimas, derramadas en tanta abundancia que, enter­necido el pecho de su amigo Damón, no pudo dejar de acompañarle en ellas; más, a cabo de poco espacio, co­menzó, con las mejores razones que supo, a consolar a Elicio; pero todas sus palabras en ser palabras paraban, sin que ningún otro efecto hiciesen. Todavía quedaron de acuerdo que Elicio a Galatea hablase y supiese della si de su volun[t]ad consintía en el casamiento que su padre le trataba; y que, cuando no fuese con el gusto suyo, se le ofreciese de librarla de aquella fuerza, pues para ello no le faltaría ayuda. Parecióle bien a Elicio to que Damón decía, y determinó de ir a buscar a Galatea, para decla­rarle su voluntad y saber la que ella en su pecho encerra­ba. Y así, trocando el camino que de su cabaña llevaban, hacia el aldea se encaminaron; y, llegando a una encru­cijada que junto a ella cuatro cantinos dividía, por uno dellos vieron venir hasta ocho dispuestos pastores, todos con azagayas en las manos, excepto uno dellos, que a ca­ballo venía sobre una hermosa yegua, vestido con un ga­bán morado, y los demás a pie, y todos rebozados los rostros con unos pañizuelos. Damón y Elicio se pararon hasta que los pastores pasasen, los cuales, pasando junto a ellos, bajando las cabezas, cortésmente les saludaron, sin que alguno alguna palabra hablase. Maravillados que­daron los dos de ver la estrañeza de los ocho, y estuvie­ron quedos por ver qué camino seguían; pero luego vie­ron que el de la aldea tomaban, aunque por otro diferente que por el que ellos iban. Dijo Damón a Elicio que los siguiesen, mas no quiso, diciendo que por aquel camino que él quería seguir, junto a una fuente que no lejos dél estaba, solía estar muchas veces Galatea con algunas pas­toras del lugar, y que sería bien ver si la dicha se la ofrescía tan buena que allí la hallasen. Contentóse Da­món de to que Elicio quería; y así, le dijo que guiase por do quisiese. Y sucedióle la suerte como él mesmo se ha­bía imaginado, porque no anduvieron mucho cuando lle­gó a sus oídos la zampoña de Florisa, acompañada de la voz de la hermosa Galatea, que, como de los pastores fue oída, quedaron enajenados de sí mesmos. Entonces acabó de conoscer Damón cuánta verdad decían todos los que las gracias de Galatea alababan, la cual estaba en compa­ñía de Rosaura y Florisa, y de la hermosa y recién casada Silveria, con otras dos pastoras de la mesma aldea. Y, puesto que Galatea vio venir a los pastores, no por eso quiso dejar su comenzado canto; antes, pareció dar mues­tras de que recibía contento en que los pastores la escu­chasen, los cuales ansí to hicieron con toda la atención posible; y lo que alcanzaron a oír de lo que la pastora cantaba fue lo siguiente:

GALATEA

¿A quién volveré los ojos

en el mal que se apareja,

si, cuanto mi bien se aleja,

se acercan más mis enojos?

A duro mal me condemna

el dolor que me destierra,

que si me acaba en mi tierra,

¿qué bien me hará en el ajena?

¡Oh justa amarga obediencia,

que por cumplirte he de dar

el sí que ha de confirmar

de mi muerte la sentencia!

Puesta estoy en tanta mengua,

que por gran bien estimara

que la vida me faltara,

o, por lo menos, la lengua.

Breves horas y cansadas

fueron las de mi contento;

eternas las del tormento,

mas confusas y pesadas.

Gocé de mi libertad

en mi temprana sazón;

pero ya la subjeción

anda tras mi voluntad.

Ved si es el combate fiero

que dan a mi fantasía,

si al cabo de su porfía

he de querer y no quiero.

¡Oh fastidioso gobiemo,

que a los respectos humanos

tengo de cruzar las manos

y abajar el cuello tierno!

¿Que tengo de despedirme

de ver el Tajo dorado?

¿Que ha de quedar mi ganado,

y yo, triste, he de partirme?

¿Que estos árboles sombríos

y estos anchos verdes prados

no serán ya más mirados

de los tristes ojos míos?

Severo padre, ¿qué haces?

Mira que es cosa sabida

que a mí me quitas la vida

con to que a ti satisfaces.

Si mis sospiros no valen

a descubrirte mi mengua,

lo que no puede mi lengua

mis ojos te lo señalen.

Ya triste se me figura

el punto de mi partida,

la dulce gloria perdida

y la amarga sepultura.

El rostro que no se alegra

del no conoscido esposo,

el camino trabajoso,

la antigua enfadosa suegra,

y otros mil inconviniente;

todos para mí contrarios;

los gustos extraordinarios

del esposo y sus parientes.

Mas todos estos temores

que me figura mi suerte

se acabarán con la muerte,

que es el fin de los dolores.

No cantó más Galatea, porque las lágrimas que de­rramaba le impidieron la voz, y aun el contento a todos los que escuchado la habían, porque luego supieron cla­ramente lo que en confuso imaginaban del casamiento de Galatea con el lusitano pastor, y cuán contra su voluntad se hacía; pero a quien más sus lágrimas y sospiros lasti­maron fue a Elicio, que diera él por remediarlas su vida, si en ella consistiera el remedio dellas; pero, aprove­chándose de su discreción y disimulando el rostro el do­for que el alma sentía, él y Damón se llegaron adonde las pastoras estaban, a las cuales cortésmente saludaron, y con no menos cortesía fueron dellas rescibidos. Pregun­tó luego Galatea a Damón por su padre, y respondióle que en la ermita de Silerio quedaba, en compañía de Timbrio y Nísida y de todos los otros pastores que a Tim­brio acompañaron; y asimesmo le dio cuenta del conos­cimiento de Silerio y Timbrio y de los amores de Da­rinto y Blanca, la hermana de Nísida, con todas las particularidades que Timbrio había contado de to que en el discurso de sus amores le había sucedido, a lo cual Galatea dijo:

-Dichoso Timbrio y dichosa Nísida, pues en tanta fe­licidad han parado los desasosiegos hasta aquí padecidos, con la cual pondréis en olvido los pasados desastres; an­tes servirán ellos de acrescentar vuestra gloria, pues se suele decir que la memoria de las pasadas calamidades augmenta el contento en las alegrías presentes. Mas, ¡ay del alma desdichada que se vee puesta en términos de acordarse del bien perdido, y con temor del mal que está por venir, sin que vea ni halle remedio ni medio alguno para estorbar la desventura que le está amenazando, pues tanto más fatigan los dolores cuanto más se temen!

-Verdad dices, hermosa Galatea -lijo Damón-, que no hay duda sino que el repentino y no esperado dolor que viene no fatiga tanto, aunque sobresalta, como el que con largo discurso de tiempo amenaza y quita todos los caminos de remediarse. Pero, con todo eso, digo, Gala­tea, que no da el cielo tan apurados los males que quite de todo en todo el remedio dellos, principalmente cuando nos los deja ver primero, porque parece que entonces quiere dar lugar al discurso de nuestra razón para que se ejercite y ocupe en templar o desviar las venideras desdi­chas, y muchas veces se contenta de fatigarnos con sólo tener ocupados nuestros ánimos con algún espacioso te­mor, sin que se venga a la ejecución del mal que se teme; y, cuando a ella se viniese, como no acabe la vida, nin­guno, por ningún mal que padezca, debe desesperar del remedio.

-No dudo yo deso -replicó Galatea-, si fuesen tan li­geros los males que se temen o se padecen, que dejasen libre y desembarazado el discurso de nuestro entendi­miento; pero bien sabes, Damón, que, cuando el mal es tal que se le puede dar este nombre, to primero que hace es añublar nuestro sentido y aniquilar las fuerzas de nuestro albedrío, descaeciendo nuestra virtud de manera que apenas puede levantarse aunque más la solicite la es­peranza.

-No sé yo, Galatea -respondió Damón-, cómo en tus verdes años puede caber tanta experiencia de los males, si no es que quieres que entendamos que to mucha dis­creción se estiende a hablar por sciencia de las cosas; que, por otra manera, ninguna noticia dellas tienes.

-Pluguiera al cielo, discreto Damón -replicó Galatea- que no pudiera contradecirte lo que dices, pues en ello granjeara dos cosas: quedar en la buena opinión que de mí tienes, y no sentir la pena que me hace hablar con tanta experiencia en ella.

Hasta este punto estuvo callando Elicio; pero, no pu­diendo sufrir más ver a Galatea dar muestras del amargo dolor que padecía, le dijo:

-Si imaginas, por ventura, sin par Galatea, que la des­dicha que te amenaza puede por alguna ser remediada, por to que debes a la voluntad que para servirte de mí tienes conoscida, te ruego me la declares; y si esto no quisieres, por cumplir con to que a la paternal obediencia debes, dame, a lo menos, licencia para que yo me oponga contra quien quisiere llevamos destas riberas el tesoro de tu hermosura, que en ellas se ha criado. Y no entiendas, pastora, que presumo yo tanto de mí mesmo, que solo me atreva a cumplir con las obras lo que agora por palabras te ofrezco; que, puesto que el amor que te tengo para mayor empresa me da aliento, desconfío de mi ventura; y así, la habré de poner en las manos de la razón y en las de todos los pastores que por estas riberas de Tajo apas­cientan sus ganados, los cuales no querrán consentir que se les arrebate y quite delante de sus ojos el sol que los alumbra, y la discreción que los admira, y la belleza que los incita y anima a mil honrosas competencias. Ansí que, hermosa Galatea, en fe de la razón que he dicho y de la que tengo de adorarte, te hago este ofrescimiento, el cual te ha de obligar a que tu voluntad me descubras, pa­ra que yo no caiga en error de ir contra ella en cosa algu­na; pero, considerando que la bondad y honestidad in­comparable tuya te ha de mover a que correspondas antes al querer de tu padre que al tuyo, no quiero, pastora, que me le declares, sino tomar a mi cargo hacer lo que me pareciere, con presupuesto de mirar por tu honra con el cuidado que tú mesma has mirado siempre por ella.

Iba Galatea a responder a Elicio y a agradecerle su buen deseo, mas estorbólo la repentina llegada de los ocho rebozados pastores que Damón y Elicio habían vis­to pasar poco antes hacia el aldea. Llegaron todos donde las pastoras estaban, y, sin hablar palabra, los seis dellos, con increíble celeridad, arremetieron a abrazarse con Da­món y con Elicio, teniéndolos tan fuertemente apretados que en ninguna manera pudieron desasirse. En este en­tretanto, los otros dos, que era el uno el que a caballo venía, se fueron adonde Rosaura estaba dando gritos por la fuerza que a Damón y a Elicio se les hacía; pero, sin aprovecharle defensa alguna, uno de los pastores la tomó en brazos y púsola sobre la yegua y en los del que en ella venía, el cual, quitándose el rebozo, se volvió a los pas­tores y pastoras, diciendo:

-No os maravilléis, buenos amigos, de la sinrazón que al parecer aquí se os ha hecho, porque la fuerza de amor y la ingratitud de esta dama han sido causa della; ruégoos me perdonéis, pues no está más en mi mano; y si por estas partes llegare, como creo que presto llegará, el conoscido Grisaldo, diréisle cómo Artandro se lleva a Rosaura, porque no pudo sufrir ser burlado della; y que si el amor y esta injuria le movieren a querer ven­garse, que ya sabe que Aragón es mi patria y el lugar donde vivo.

Estaba Rosaura desmayada sobre el arzón de la silla, y los demás pastores no querían dejar a Elicio ni a Da­món, hasta que Artandro mandó que los dejasen, los cuales, viéndose libres, con valeroso ánimo sacaron sus cuchillos y arremetieron contra los siete pastores, los cuales todos juntos les pusieron las azagayas que traían a los pechos, diciéndoles que se tuviesen, pues veían cuán poco podían ganar en la empresa que tomaban.

-Harto menos podrá ganar Artandro -les respondió Elicio- en haber cometido tal traición.

-No la llames traición -respondió uno de los otros-, porque esta señora ha dado la palabra de ser esposa de Artandro, y agora, por cumplir con la condición mudable de mujer, la ha negado y entregádose a Grisaldo, que es agravio tan manifiesto, y tal, que no pudo ser disimulado de nuestro amo Artandro. Por eso, sosegaos, pastores, y tenednos en mejor opinión que hasta aquí, pues el servir a nuestro amo en tan justa ocasión nos disculpa.

Y, sin decir más, volvieron las espaldas, recelándose todavía de los malos semblantes con que Elicio y Damón quedaron, los cuales estaban con tanto enojo por no po­der deshacer aquella fuerza, y por hallarse inhabilitados de vengarse de lo que a ellos se les hacía, que ni sabían qué decirse ni qué hacerse. Pero los estremos que Gala­tea y Florisa hacían, por ver llevar de aquella manera a Rosaura, eran tales, que movieron a Elicio a poner su vi­da en manifesto peligro de perderla, porque, sacando su honda, y haciendo Damón lo mesmo, a todo correr fue siguiendo a Artandro, y desde lejos, con mucho ánimo y destreza, comenzaron a tirarles tantas piedras que les hi­cieron detener y tomarse a poner en defensa. Pero, con todo esto, no dejara de sucederles mal a los dos atrevidos pastores, si Artandro no mandara a los suyos que se adelantaran y los dejaran, como lo hicieron, hasta entrar­se por un espeso montezuelo que a un lado del camino estaba, y con la defensa de los árboles hacían poco efecto las hondas y piedras de los enojados pastores. Y, con to­do esto, los siguieran, si no vieran que Galatea y Florisa y las otras dos pastoras a más andar hacia donde ellos estaban se venían, y por esto se detuvieron, haciendo fuerza al enojo que los incitaba y a la deseada venganza que pretendían; y, adelantándose a rescebir a Galatea, ella les dijo:

-Templad vuestra ira, gallardos pastores, pues a la ventaja de nuestros enemigos no puede igualar vuestra diligencia, aunque ha sido tal, cual nos la ha mostrado el valor de vuestros ánimos.

-El ver el tuyo descontento, Galatea -dijo Elicio-, creí yo que diera tales fuerzas al mío, que no se alabaran aquellos descomedidos pastores de la que nos han hecho; pero en mi ventura cabe no tenerla en cuanto deseo.

-El amoroso que Artandro tiene -dijo Galatea- fue el que le movió a tal descomedimiento; y así, conmigo en parte queda desculpado.

Y luego, punto por punto, les contó la historia de Ro­saura, y cómo estaba esperando a Grisaldo para resce­birle por esposo, lo cual podría haber llegado a noticia de Artandro, y que la celosa rabia le hubiese movido a hacer to que habían visto.

-Si así pasa como dices, discreta Galatea -dijo Da­món-, del descuido de Grisaldo, y atrevimiento de Ar­tandro, y mudable condición de Rosaura, temo que han de nascer algunas pesadumbres y diferencias.

-Eso fuera -respondió Galatea- cuando Artandro re­sidiera en Castilla, pero si él se encierra en Aragon, que es su patria, quedarse ha Grisaldo con sólo el deseo de vengarse.

-¿No hay quien le pueda avisar deste agravio? -dijo Elicio.

-Sí -respondió Florisa-; que yo seguro que, antes que la noche llegue, él tenga dél noticia.

-Si eso así fuese -respondió Damón-, podría ser co­brar su prenda antes que a Aragón llegasen; porque un pecho enamorado no suele ser perezoso.

-No creo yo que to será el de Grisaldo -dijo Florisa-; y, porque no le falte tiempo y ocasión para mostrarlo, suplícote, Galatea, que al aldea nos volvamos, porque yo quiero enviar a avisar a Grisaldo de su desdicha.

-Hágase como to mandas, amiga -respondió Galatea-, que yo te daré un pastor que lleve la nueva.

Y con esto se querían despedir de Damón y de Elicio, si ellos no porfiaran a querer ir con ellas; y ya que se encaminaban al aldea, a su mano derecha sintieron la zampoña de Erastro, que luego de todos fue conoscida, el cual venía en siguimiento de su amigo Elicio. Paráronse a escucharlo, y oyeron que, con muestras de tierno dolor, esto venía cantando:

ERASTRO

Por ásperos caminos voy siguiendo

eÎ fin dudoso de mi fantasía,

siempre en cerrada noche escura y fría

las fuerzas de la vida consumiendo.

Y, aunque morir me veo, no pretendo

salir un paso de la estrecha vía;

que en fe de la alta fe sin igual mía,

mayores miedos contrastar entiendo.

Mi fe es la luz que me señala el puerto

seguro a mi tormenta, y sola es ella

quien promete buen fin a mi viaje,

por más que el medio se me muestre incierto,

por más que el claro rayo de mi estrella

me encubra amor, y el cielo más me ultraje.

Con un profundo sospiro acabó el enamorado canto el lastimado pastor, y, creyendo que ninguno le oía, soltó la voz a semejantes razones:

-¡Amor, cuya poderosa fuerza, sin hacer ninguna a mi alma, fue parte para que yo la tuviese de tener tan bien ocupados mis pensamientos! Ya que tanto bien me he­ciste, no quieras mostrarte agora, haciéndome el mal en que me amenazas, que es más mudable to condición que la de la variable Fortuna. Mira, señor, cuán obediente he estado a tus leyes, cuán prompto a seguir tus manda­mientos, y cuán subjeta he tenido mi voluntad a la tuya. Págame esta obediencia con hacer lo que a ti tanto im­porta que hagas: no permitas que estas riberas nuestras queden desamparadas de aquella hermosura que la ponía y la daba a sus frescas y menudas yerbas, a sus humildes plantas y levantados árboles; no consientas, señor, que al claro Tajo se le quite la prenda que le enriquece y por quien él tiene más fama que no por las arenas de oro que en su seno cría; no quites a los pastores destos prados la luz de sus ojos, la gloria de sus pensamientos y el honro­so estímulo que a mil honrosas y virtuosas empresas les incitaba. Considera bien que, si desta a la ajena tierra consientes que Galatea sea llevada, que te despojas del dominio que en estas riberas tienes, pues por Galatea sola le usas, y si ella falta, ten por averiguado que no se­rás en todos estos prados conoscido, que todos cuantos en ellos habitan to negarán la obediencia y no te acudirán con el usado tributo. Advierte que lo que te suplico es tan conforme y llegado a razón, que irías de todo en todo fuera della si no me lo concedieses. Porque, ¿qué ley or­dena, o qué razón consiente que la hermosura que noso­tros criamos, la discreción que en estas selvas y aldeas nuestras tuvo principio, el donaire por particular don del cielo a nuestra patria concedido, agora que esperábamos coger el honesto fruto de tantos bienes y riquezas, se ha­ya de llevar a estraños reinos, a ser poseído y tratado de ajenas y no conoscidas manos? No, no quiera el cielo piadoso hacemos tan notable daño. ¡Oh verdes prados, que con su vista os alegrábades! ¡Oh flores olorosas, que de sus pies tocadas, de mayor fragancia érades llenas! ¡Oh plantas, oh árboles desta deleitosa selva!, haced to­dos, en la mejor forma que pudiéredes, aunque a vuestra naturaleza no se conceda, algún género de sentimiento que mueva al cielo a concederme lo que le suplico!

Decía esto derramando tantas lágrimas el enamorado pastor, que no pudo Galatea disimular las suyas, ni me­nos ninguno de los que con ella iban, haciendo todos un tan notable sentimiento, como si lloraran en las obse­quias de su muerte. Llegó a este punto a ellos Erastro, a quien rescibieron con agradable comedimiento, el cual, como vio a Galatea con señales de haberle acompañado en las lágrimas, sin apartar los ojos della, la estuvo atento mirando por un rato, al cabo del cual dijo:

-Agora acabo de conoscer, Galatea, que ninguno de los humanos se escapa de los golpes de la variable For­tuna, pues tú, de quien yo entendía que, por particular privilegio, habías de estar esenta dellos, veo que con ma­yor ímpetu te acometen y fatigan, de donde averiguo que ha querido el cielo con un solo golpe lastimar a todos los que to conoscen y a todos los que del valor tuyo tienen alguna noticia; pero, con todo eso, tengo esperanza que no se ha de estender tanto su rigor que lleve adelante la comenzada desgracia, viniendo tan en perjuicio de tu contento.

-Antes, por esa mesma razón -respondió Galatea­estoy yo menos segura de mi desdicha, pues jamás la tuve en to que desease; mas, porque no está bien a la honestidad de que me precio que tan a la clara descu­bra cuán por los cabellos me lleva tras sí la obediencia que a mis padres debo, ruégote, Erastro, que no me des ocasión de renovar mi sentimiento, ni de ti ni de otro al­guno se trate cosa que antes de tiempo despierte en mí la memoria del disgusto que temo. Y con esto asimesmo os ruego, pastores, me dejéis adelantar a la aldea, porque, siendo avisado Grisaldo, le quede tiempo para satisfacer­se del agravio que Artandro le ha hecho.

Ignorante estaba Erastro del suceso de Artandro, pero la pastora Florisa, en breves razones, se lo contó todo; de que se maravilló Erastro, estimando que no debía de ser poco el valor de Artandro, pues a tan dificultosa empresa se había puesto. Querían ya los pastores hacer lo que Galatea les mandaba, si en aquella sazón no descubrieran toda la compañía de caballeros, pastores y damas que la noche antes en la ermita de Silerio se quedaron, los cua­les, en señal de grandísimo contento, a la aldea se ve­nían, trayendo consigo a Silerio con diferente traje y gusto que hasta allí había tenido, porque ya había dejado el de ermitaño, mudándole en el de alegre desposado, como ya lo era de la hermosa Blanca, con igual contento y satisfación de entrambos y de sus buenos amigos Tim­brio y Nísida, que se lo persuadieron, dando con aquel casamiento fin a todas sus miserias, y quietud y reposo a los pensamientos que por Nísida le fatigaban. Y así, con el regocijo que tal suceso les causaba, venían todos dan­do muestras dél con agradable música y discretas y amo­rosas canciones, de las cuales cesaron cuando vieron a Galatea y a los demás que con ella estaban, rescibiéndose unos a otros con mucho placer y comedimiento, dándole Galatea a Silerio el parabién de su suceso, y a la hermosa Blanca el de su desposorio; y lo mesmo hicieron los pastores Damón, Elicio y Erastro, que en estremo a Sile­rio estaban aficionados. Luego que cesaron entre ellos los parabienes y cortesías, acordaron de proseguir su ca­mino al aldea; y para entretenerle, rogó Tirsi a Timbrio que acabase el soneto que había comenzado a decir cuando de Silerio fue conoscido; y, no escusándose Tim­brio de hacerlo, al son de la flauta del celoso Orfinio, con estremada y suave voz, le cantó y acabó; que era éste:

TIMBRIO

Tan bien fundada tengo la esperanza,

que, aunque más sople riguroso viento,

no podrá desdecir de su cimiento:

tal fe, tal fuerza y tal valor alcanza.

Tan lejos voy de consentir mudanza

en mi firme amoroso pensamiento,

cuan cerca de acabar en mi tormento

antes la vida que la confianza.

Que si al contraste del amor vacila

el pecho enamorado, no meresce

del mesmo amor la dulce paz tranquila.

Por esto el mío, que su fe engrandece,

rabie Caribdis o amenace Cila,

al mar se arroja y al amor se ofresce.

Pareció bien el soneto de Timbrio a los pastores, y no menos la gracia con que cantado le había, y fue de mane­ra que le rogaron que otra alguna cosa dijese; mas escu­sóse con decir a su amigo Silerio respondiese por él en aquella causa, como lo había hecho siempre en otras más peligrosas. No pudo Silerio dejar de hacer to que su ami­go le mandaba; y así, con el gusto de verse en tan felice estado, al son de la mesma flauta de Orfinio, cantó lo que se sigue:

SILERIO

Gracias al cielo doy, pues he escapado

de los peligros deste mar incierto,

y al recogido favorable puerto,

tan sin saber por dónde, he ya llegado.

Recójanse las velas del cuidado,

repárese el navío pobre abierto,

cumpla los votos quien con rostro muerto

hizo promesas en el mar airado.

Beso la tierra, reverencio al cielo,

mi suerte abrazo mejorada y buena,

llamo dichoso a mi fatal destino,

y a la nueva sin par blanda cadena,

con nuevo intento y amoroso celo,

el lastimado cuello alegre inclino.

Acabó Silerio y rogó a Nísida fuese servida de alegrar aquellos campos con su canto, la cual, mirando a su que­rido Timbrio, con los ojos le pidió licencia para cumplir lo que Silerio le pedía; y, dándosela él ansimesmo con la vista, ella, sin más esperar, con mucho donaire y gracia, cesando el son de la -flauta de Orfinio, al de la zampoña de Orompo, cantó este soneto:

NISIDA

Voy contra la opinión de aquel que jura

que jamás del amor llegó el contento

a do llega el rigor de su tormento,

por más que al bien ayude la ventura.

Yo sé qué es bien, yo sé qué es desventura,

y sé de sus efectos claro, y siento

que cuanto más destruye el pensamiento

el mal de amor, él bien más lo asegura.

No el verme en brazos de la amarga muerte,

por la mal referida triste nueva,

ni a los cosarios bárbaros rendida,

fue dura pena, fue dolor tan fuerte,

que agora no conozca y haga prueba

que es más el gusto de mi alegre vida.

Admiradas quedaron Galatea y Florisa de la estrema­da voz de la hermosa Nísida, la cual, por parecerle que por entonces en cantar Timbrio y los de su parte habían tomado la mano, no quiso que su hermana quedase sin hacerlo; y así, sin importunarle mucho, con no menos gracia que Nísida, haciendo señal a Orfinio que su flauta tocase, al son della, cantó desta manera:

BLANCA

Cual si estuviera en la arenosa Libia,

o en la apartada Citia siempre helada,

tal vez del frío temor me vi asaltada,

y tal del fuego que jamás se entibia.

Mas la esperanza, que el dolor alivia,

en uno y otro estremo, disfrazada

tuvo la vida en su poder guardada,

cuándo con fuerzas, cuándo flaca y tibia.

Pasó la furia del invierno helado,

y, aunque el fuego de amor quedó en su punto,

llegó la deseada primavera,

donde, en un solo venturoso punto,

gozo del dulce fruto deseado,

con largas pruebas de una fe sincera.

No menos contentó a los pastores la voz y to que cantó Blanca, que todas las demás que habían oído. Y, ya que ellos querían dar muestras de que no toda la habili­dad se encerraba en los cortesanos caballeros, y para es­to, casi de un mesmo pensamiento movidos, Orompo, Crisio, Orfinio y Marsilo comenzaban a templar sus ins­trumentos, les forzó a volver las cabezas un ruido que a sus espaldas sintieron, el cual causaba un pastor que con furia iba atravesando por las matas del verde bosque, el cual fue de todos conoscido, que era el enamorado Lau­so, de que se maravilló Tirsi, porque la noche antes se había despedido dél, diciendo que iba a un negocio que importaba el acabarle acabar su pesar y comenzar su gusto, y que, sin decirle más, con otro pastor su amigo se había partido, y que no sabía qué podía haberle sucedido agora, que con tanta priesa caminaba. Lo que Tirsi dijo movió a Damón a querer llamar a Lauso, y así, le dio vo­ces que viniese; mas, viendo que no las oía y que ya a más andar iba traspuniendo un recuesto, con toda ligere­za se adelantó, y desde encima de otro collado le tornó a llamar con mayores voces, las cuales oídas por Lauso, y conosciendo quién le llamaba, no pudo dejar de volver, y, en llegando a Damón, le abrazó con señales de estraño contento, y tanto, que admiraron a Damón las muestras que de estar alegre daba; y así, le dijo:

-¿Qué es esto, amigo Lauso? ¿Has, por ventura, al­canzado el fin de tus deseos, o hante desde ayer acá co­rrespondido a ellos de manera que halles con facilidad to que pretendes?

-Mucho mayor es el bien que traigo, Damón, verda­dero amigo -respondió Lauso-, pues la causa que a otros suele ser desesperación y muerte, a mí me ha servido de esperanza y vida; y ésta ha sido de un desdén y desenga­ño, acompañado de un melindroso donaire que en mi pastora he visto, que me ha restituido a mi ser primero. Ya, ya, pastor, no siente mi trabajado cuello el pesado yugo amoroso, ya se han deshecho en mi sentido las en­cumbradas máquinas de pensamientos que desvanecido me traían, ya tornaré a la perdida conversación de mis amigos, ya me parescerán lo que son las verdes yerbas y olorosas flores destos apacibles campos, ya tendrán tre­guas mis sospiros, vado mis lágrimas y quietud mis desa­sosiegos; porque consideres, Damón, si es causa ésta bastante para mostrarme alegre y regocijado.

-Sí es, Lauso -respondió Damón-, pero temo que ale­gría tan repentinamente nascida no ha de ser duradera, y tengo ya experiencia que todas las libertades que de des­denes son engendradas se deshacen como el humo, y tor­na luego la enamorada intención con mayor priesa a se­guir sus intentos. Así que, amigo Lauso, plega al cielo que sea más firme tu contento de lo que yo imagino, y goces largos tiempos la libertad que pregonas; que no sólo me holgaría por lo que debo a nuestra amistad, sino por ver un no acostumbrado milagro en los deseos amo­rosos.

-Comoquiera que sea, Damón -respondió Lauso-, yo me siento agora libre y señor de mi voluntad; y, porque se satisfaga la tuya de ser verdad lo que digo, mira qué quieres que haga en prueba dello. ¿Quieres que me au­sente? ¿Quieres que no visite más las cabañas donde imaginas que puede estar la causa de mis pasadas penas y presentes alegrías? Cualquiera cosa haré por satisfa­certe.

-La importancia está en que tú, Lauso, estés satisfe­cho -respondió Damón-; y veré yo que lo estás cuando de aquí a seis días te vea en ese mesmo propósito. Y por agora no quiero otra cosa de ti sino que dejes el camino que llevabas y te vengas conmigo adonde todos aquellos pastores y damas nos esperan, y que la alegría que traes la solemnices con entretenernos con tu canto mientras que al aldea llegamos.

Fue contento Lauso de hacer lo que Damón le manda­ba, y así, volvió con él a tiempo que Tirsi estaba hacien­do señas a Damón que se volviese; y, en llegando que él y Lauso llegaron, sin gastar palabras de comedimiento, Lauso dijo:

-No vengo, señores, para menos que para fiestas y contentos; por eso, si le rescibiréis de escucharme, suene Marsilo su zampoña, y aparejaos a oír lo que jamás pen­sé que mi lengua tuviera ocasión de decirlo, ni aun mi pensamiento para imaginarlo.

Todos los pastores respondieron a una que les sería de gran gusto el oírle. Y luego Marsilo, con el deseo que te­nía de escucharle, tocó su zampoña, al son de la cual Lauso comenzó a cantar desta manera:

LAUSO

¡Con las rodillas en el suelo hincadas,

las manos en humilde modo puestas

y el corazón de un justo celo lleno,

te adoro, desdén sancto, en quien cifradas

están las causas de las dulces fiestas

que gozo en tiempo sosegado y bueno!

¡Tú del rigor del áspero veneno

que el mal de amor encierra

fuiste la cierta y presta medicina;

tú mi total ruïna

volviste en bien, en sana paz mi guerra,

y así como a mi rico almo tesoro,

no una vez sola, mas cien mil te adoro!

Por ti la luz de mis cansados ojos,

tanto tiempo turbada, y aun perdida,

al ser primero ha vuelto que tenía;

por ti torno a gozar de los despojos

que de mi voluntad y de mi vida

llevó de amor la antigua tiranía;

por ti la noche de mi error en día

de sereno discurso

se ha vuelto, y la razón, que antes estaba

en posesión de esclava,

con sosegado y advertido curso,

siendo agora señora, me conduce

do el bien eterno más se muestra y luce.

Mostrásteme, desdén, cuán engañosas,

cuán falsas y fingidas habían sido

las señales de amor que me mostraban,

y que aquellas palabras amorosas,

que tanto regalaban el oído

y al alma de sí mesma enajenaban,

en falsedad y en burla se forjaban,

y el regalado y tierno

mirar de aquellos ojos sólo era

porque mi primavera

se convirtiese en desabrido invierno,

cuando llegase el claro desengaño;

mas tú, dulce desdén, curaste el daño.

¡Desdén, que sueles ser espuela aguda

que hace caminar al pensamiento

tras la amorosa deseada empresa!

En mí tu efecto y condición se muda,

que yo por ti me aparto del intento

tras quien corría con no vista priesa,

y, aunque contino el fiero amor no cesa,

mal de mí satisfecho,

tender de nuevo el lazo por cogerme,

y por más ofenderme,

encarar mil saetas a mi pecho,

tú, desdén, solo, sólo tú bien puedes

romper sus flechas y rasgar sus redes.

No era mi amor tan flaco, aunque sencillo,

que pudiera un desdén echarle a tierra;

cien mil han sido menester primero:

que fue, cual suele, sin poder sufrillo,

venir al suelo el pino que le atierra,

en virtud de otros golpes, el postrero.

Grave desdén, de parecer severo,

en desamor fundado

y en poca estimación de ajena suerte:

dulce me ha sido el verte,

el oírte y tocarte, y que gustado

haya sido del alma en coyuntura

que derribas y acabas mi locura.

Derribas mi locura y das la mano

al ingenio, desdén, que se levante

y sacuda de sí el pesado sueño,

para que con mejor intento sano,

nuevas grandezas, nuevos loores cante

de otro, si le halla, agradescido dueño.

Tú has quitado las fuerzas al beleño

con que el amor ingrato

adormecía a mi virtud doliente,

y con la tuya ardiente,

soy reducido a nueva vida y trato:

que ahora entiendo que yo soy quien puedo

temer con tasa, y esperar sin miedo.

No cantó más Lauso, aunque bastó lo que cantado ha­bía para poner admiración en los presentes; que, como todos sabían que el día antes, estaba tan enamorado y tan contento de estarlo, maravillábales verle en tan pequeño espacio de tiempo tan mudado y tan otro del que solía. Y, considerando bien esto, su antigo Tirsi le dijo:

-No sé si te dé el parabién, amigo Lauso, del bien en tan breves horas alcanzado, porque temo que no debe de ser tan firme y seguro como tú imaginas; pero todavía me huelgo de que goces, aunque sea pequeño espacio, del gusto que acarrea al alma la libertad alcanzada, pues podría ser que, conosciendo agora en to que se debe es­timar, aunque tornases de nuevo a las rotas cadenas y la­zos, hicieses más fuerza para romperlos, atraído de la dulzura y regalo que goza un libre entendimiento y una voluntad desapasionada.

-No tengas temor alguno, discreto Tirsi -respondió Lauso-, que ninguna otra nueva asechanza sea bastante a que yo tome a poner los pies en el cepo amoroso, ni me tengas por tan liviano y antojadizo que no me haya cos­tado ponerme en el estado en que estoy infinitas conside­raciones, mil averiguadas sospechas y mil cumplidas promesas hechas al cielo porque a la perdida luz me tor­nase; y, pues en ella veo agora cuán poco antes veía, yo procuraré conservarla en el mejor modo que pudiere.

-Ninguno otro será tan bueno -dijo Tirsi- como no volver a mirar to que atrás dejas, porque perderás, si vuelves, la libertad que tanto to ha costado, y quedarás cual quedó aquel incauto amante, con nuevas ocasiones de perpetuo llanto. Y ten por cierto, Lauso amigo, que no hay tan enamorado pecho en el mundo, a quien los des­denes y arrogancias escusadas no entibien y aun le hagan retirar de sus mal colocados pensamientos; y háceme creer más esta verdad saber yo quién es Silena, aunque tú jamás no me lo has dicho, y saber ansimesmo la mudable condición suya, sus acelerados ímpetus y la llaneza, por no darle otro nombre, de sus deseos; cosas que, a no templarlas y disfrazarlas con la sin igual hermosura de que el cielo la ha dotado, fuera por ellas de todo el mun­do aborrescida.

-Verdad dices, Tirsi -respondió Lauso-, porque, sin duda alguna, la singular belleza suya y las aparencias de la incomparable honestidad de que se arrea, son partes para que no sólo sea querida, sino adorada de todos cuantos la miraren; y así, no debe maravillarse alguno que la libre voluntad mía se haya rendido a tan fuertes y poderosos contrarios: sólo es justo que se maraville de cómo me he podido escapar dellos, que, puesto que salgo de sus manos tan maltratado, estragada la voluntad, tur­bado el entendimiento, descaecida la memoria, todavía me parece que puedo triunfar de la batalla.

No pasaron más adelante en su plática los dos pasto­res, porque a este punto vieron que, por el mesmo cami­no que ellos iban, venía una hermosa pastora, y poco desviado della un pastor, que luego fue conoscido que era el anciano Arsindo, y la pastora era la hermana de Galercio, Maurisa; la cual, como fue conoscida de Gala­tea y de Florisa, entendieron que con algún recaudo de Grisaldo para Rosaura venía; y, adelantándose las dos a rescebirla, Maurisa llegó a abrazar a Galatea, y el ancia­no Arsindo saludó a todos los pastores y abrazó a su amigo Lauso, el cual estaba con grande deseo de saber to que Arsindo había hecho después que le dijeron que en seguimiento de Maurisa se había partido; y, viéndole ago­ra volver con ella, luego comenzó a perder con él y con todos el crédito que sus blancas canas le habían adquiri­do; y aun le acabara de perder, si los que allí venían no supieran tan de experiencia adónde y a cuánto la fuerza del amor se estendía; y así, en los mesmos que le culpa­ban halló la disculpa de su yerro. Y paresce que, adivi­nando Arsindo to que los pastores dél adivinaban, como en satisfación y disculpa de su cuidado, les dijo:

-Oíd, pastores, uno de los más estraños sucesos amo­rosos que por largos años en estas nuestra riberas ni en las ajenas se habrá visto. Bien creo que conoscéis y co­noscemos todos al nombrado pastor Lenio, aquel cuya desamorada condición le adquirió renombre de desamo­rado; aquel que no ha muchos días que, por sólo decir mal de amor, osó tomar competencia con el famoso Tirsi, que está presente; aquel, digo, que jamás supo mover la lengua que para decir mal de amor no fuese; aquel que con tantas veras reprehendía a los que de la amorosa do­lencia veía lastimados. Éste, pues, tan declarado enemigo del amor, ha venido a término que tengo por cierto que no tiene el amor quien con más veras le siga, ni aun él tiene vasallo a quien más persiga, porque le ha hecho enamorar de la desamorada Gelasia, aquella cruel pastora que al hermano désta -señalando a Maurisa-, que tanto en la condición se le parece, tuvo el otro día, como vis­tes, con el cordel a la garganta, para fenecer a manos de su crueldad sus cortos y mal logrados días. Digo, en fin, pastores, que Lenio el desamorado muere por la endures­cida Gelasia, y por ella llena el aire de sospiros y la tierra de lágrimas; y lo que hay más malo en esto es que me pa­rece que el amor ha querido vengarse del rebelde cora­zón de Lenio, rindiéndole a la más dura y esquiva pasto­ra que se ha visto, y conosciéndolo él, procura agora en cuanto dice y hace reconciliarse con el amor, y por los mesmos términos que antes le vituperaba, ahora le ensal­za y honra; y, con todo esto, ni el amor se mueve a favo­rescerle, ni Gelasia se inclina a remediarle, como lo he visto por los ojos, pues no ha muchas horas que, vinien­do yo en compañía desta pastora, le hallamos en la fuente de las Pizarras, tendido en el suelo, cubierto el rostro de un sudor frío y anhelando el pecho con una estraña prie­sa. Lleguéme a él y conocíle, y con el agua de la fuente le rocié el rostro, con que cobró los perdidos espíritus; y, sentándome junto a él, le pregunté la causa de su dolor, la cual él me dijo sin faltar punto, contándomela con tan tierno sentimiento que le puso en esta pastora, en quien creo que jamás cupo señal de compasión alguna. Encare­cióme la crueldad de Gelasia y el amor que la tenía, y la sospecha que en él reinaba de que el amor le había traído a cal estado por vengarse en un solo punto de las muchas ofensas que le había hecho. Consoléle yo lo mejor que supe, y, dejándole libre del pasado parasismo, [vengo] acompañando a esta pastora, y a buscarte a ti, Lauso, pa­ra que si fueres servido, volvamos a nuestras cabañas, pues ha ya diez días que dellas nos partimos, y podrá ser que nuestros ganados sientan el ausencia nuestra mas que nosotros la suya.

-No sé si te responda, Arsindo -respondió Lauso-, que creo que más por cumplimiento que por otra cosa me convidas a que a nuestras cabañas nos volvamos, tenien­do canto que hacer en las ajenas, cuanto la ausencia que de mí has hecho estos días to ha mostrado. Pero, dejando lo más que en esto te pudiera decir para mejor sazón y coyuntura, tórname a decir si es verdad to que de Lenio dices, porque, si así es, podré yo afirmar que ha hecho amor en estos días de los mayores milagros que en todos los de su vida ha hecho, como son rendir y avasallar el duro corazón de Lenio y poner en libertad el tan subjeto mío.

-Mira to que dices -dijo entonces Orompo-, amigo Lauso, que si el amor te tenía subjeto, como hasta aquí has significado, ¿cómo el mesmo amor ahora te ha pues­to en la libertad que publicas?

-Si me quieres entender, Orompo -replicó Lauso-, verás que en nada me contradigo, porque digo, o quiero decir, que el amor que reinaba y reina en el pecho de aquella a quien yo tan en estremo quería, como se enca­mina a diferente intento que el mío, puesto que todo es amor, el efecto que en mí ha hecho es ponerme en liber­tad, y a Lenio en servidumbre; y no me hagas, Orompo, que cuente con éstos otros milagros.

Y, diciendo esto, volvió los ojos a mirar al anciano Arsindo, y con ellos dijo to que con la lengua callaba, porque todos entendieron que el tercero milagro que pu­diera contar fuera ver enamoradas las canas de Arsindo de los pocos y verdes años de Maurisa, la cual todo este tiempo estuvo hablando aparte con Galatea y Florisa, di­ciéndoles cómo otro día sería Grisaldo en el aldea en há­bito de pastor, y que allí pensaba desposarse con Rosaura en secreto, porque en público no podía, a causa que los parientes de Leopersia, con quien su padre tenía concer­tado de casarle, habían sabido que Grisaldo quería faltar en la prometida palabra, y en ninguna manera querían que cal agravio se les hiciese; pero que, con todo esto, estaba Grisaldo determinado de corresponder antes a to que a Rosaura debía, que no a la obligación en que a su padre estaba.

-Todo esto que os he dicho, pastoras -prosiguió Mau­risa-, mú hermano Galercio me dijo que os lo dijese, el cual a vosotras con este recaudo venía; pero la cruel Ge­lasia, cuya hermosura lleva siempre tras sí el alma de mi desdichado hermano, fue la causa que él no pudiese venir a deciros lo que he dicho, pues, por seguir a ella, dejó de seguir el camino que traía, fiándose de mí como de her­mana. Ya habéis entendido, pastoras, a lo que vengo; de­cidme dó está Rosaura, para decírselo, o decídselo voso­tras, porque la angustia en que mi hermano queda puesto no consiente que un punto más aquí me detenga.

En tanto que la pastora esto decía, estaba Galatea con­siderando la amarga respuesta que pensaba darle, y las tristes nuevas que habían de llegar a los oídos del desdi­chado Grisaldo; pero, viendo que no escusaba de darlas y que era peor detenerla, luego le contó todo to que a Ro­saura había sucedido, y cómo Artandro la llevaba, de que quedó maravillada Maurisa; y al instante quisiera dar la vuelta a avisar a Grisaldo, si Galatea no la detuviera, preguntándole qué se habían hecho las dos pastoras que con ella y con Galercio se habían ido, a lo que respondió Maurisa:

-Cosas te pudiera contar dellas, Galatea, que te pusie­ran en mayor admiración que no en la en que a mí me ha puesto el suceso de Rosaura, pero el tiempo no me da lu­gar a ello; sólo te digo que, la que se llamaba Leonarda se ha desposado con mi hermano Artidoro por el más so­til engaño que jamás se ha visto, y Teolinda, la otra, está en término de acabar la vida o de perder eljuicio, y sólo la entretiene la vista de Galercio, que, como se parece tanto a la de mi hermano Artidoro, no se aparta un punto de su compañía, cosa que es a Galercio tan pesada y enojosa, cuanto le es dulce y agradable la compañía de la cruel Gelasia. El modo como esto pasó te contaré más despacio, cuando otra vez nos veamos, porque no será razón que por mi tardanza se impida el remedio que Gri­saldo puede tener en su desgracia, usando en remediarla la diligencia posible, porque si no ha más que esta mañana que Artandro robó a Rosaura, no se podrá ha­ber alejado tanto destas riberas que quite la esperanza a Grisaldo de cobrarla, y más si yo aguijo los pies, como pienso.

Parecióle bien a Galatea to que Maurisa decía; y así, no quiso más detenerla; sólo le rogó que fuese servida de tomarla a ver lo más presto que pudiese, para contarle el suceso de Teolinda y lo que haría en el hecho de Rosau­ra. La pastora se lo prometió, y, sin más detenerse, des­pidiéndose de los que allí estaban, se volvió a su aldea, dejando a todos satisfechos de su donaire y hermosura; pero quien más sintió su partida fue el anciano Arsindo, el cual, por no dar claras muestras de su deseo, se hubo de quedar tan solo sin Maurisa, cuanto acompañado de sus pensamientos. Quedaron también las pastoras sus­pensas de lo que de Teolinda habían oído, y en estremo deseaban saber su suceso. Y, estando en esto, oyeron el claro son de una bocina que a su diestra mano sonaba, y, volviendo los ojos a aquella parte, vieron encima de un recuesto algo levantado dos ancianos pastores, que en medio tenían un antiguo sacerdote, que luego conoscie­ron ser el anciano Telesio; y, habiendo uno de los pasto­res tocado otra vez la bocina, todos tres se bajaron del recuesto y se encaminaron hacia otro que allí junto esta­ba, donde subidos, de nuevo tornaron a tocarla, a cuyo son de diferentes partes se comenzaron a mover muchos pastores, para venir a ver lo que Telesio quería, porque con aquella señal solía él convocar todos los pastores de aquella ribera cuando quería hacerles algún provechoso razonamiento, o decirles la muerte de algún conoscido pastor de aquellos contornos, o para traerles a la memo­ria el día de alguna solemne fiesta o el de algunas tristes obsequias. Tiniendo, pues, Aurelio, y casi los más pasto­res que allí venían, conoscida la costumbre y condición de Telesio, todos se fueron acercando adonde él estaba, y cuando llegaron, ya se habían juntado. Pero, como Tele­sio vio venir tantas gentes y conosció cuán principales todos eran, bajando de la cuesta, los fue a rescebir con mucho amor y cortesía, y con la mesma fue de todos res­cibido, y, llegándose Aurelio a Telesio, le dijo:

-Cuéntanos, si fueres servido, honrado y venerable Telesio, qué nueva causa to mueve a quererjuntar los pastores destos prados. ¿Es, por ventura, de alegres fies­tas o de tristes y fúnebres sucesos? ¿O quiéresnos mos­trar alguna cosa pertenesciente al mejoranvento de nues­tras vidas? Dinos, Telesio, lo que tu voluntad ordena, pues sabes que no saldrán las nuestras de todo aquello que la tuya quisiere.

-Págueos el cielo, pastores -respondió Telesio-, la sinceridad de vuestras intenciones, pues tanto se confor­man con la de aquel que sólo vuestro bien y provecho pretende. Mas, por satisfacer el deseo que tenéis de saber lo que quiero, quiéroos traer a la memoria la que debéis tener perpetuamente del valor y fama del famoso y aven­tajado pastor Meliso, cuyas dolorosas obsequias se re­nuevan y se irán renovando de año en año tal día como mañana, en tanto que en nuestras riberas hubiere pastores y en nuestras almas no faltare el conoscimiento de lo que se debe a la bondad y valor de Meliso. A lo menos, de mí os sé decir que, en tanto que la vida me durare, no dejaré de acordaros a su tiempo la obligación en que os tiene puestos la habilidad, cortesía y virtud del sin par Meliso; y así, agora os la acuerdo, y os advierto que mañana es el día en que se ha de renovar el desdichado, donde tanto bien perdimos, como fue perder la agradable presencia del prudente pastor Meliso. Por lo que a la bondad suya debéis, y por lo que a la intención que tengo de serviros estáis obligados, os ruego, pastores, que mañana, al rom­per del día, os halléis todos en el Valle de los Cipreses, donde está el sepulcro de las honradas cenizas de Meliso, para que allí, con tristes cantos y piadosos sacrificios, procuremos alegerar la pena, si alguna padece, a aquella venturosa alma, que en tanta soledad nos ha dejado.

Y, diciendo esto, con el tierno sentimiento que la memoria de la muerte de Meliso le causaba, sus venera­bles ojos se llenaron de lágrimas, acompañándole en ellas casi los más de los circunstantes; los cuales, todos de una mesma conformidad, se ofrecieron de acudir otro día adonde Telesio les mandaba, y lo mesmo hicieron Timbrio y Silerio, Nísida y Blanca, por parecerles que no sería bien dejar de hallarse en ocasión tan piadosa y en junta de tan célebres pastores como allí imaginaron que se juntarían. Con esto se despidieron de Telesio y torna­ron a seguir el comenzado camino de la aldea; mas no se habían apartado mucho de aquel lugar, cuando vieron venir hacia ellos al desamorado Lenio, con semblante tan triste y pensativo que puso admiración en todos; y tan transportado en sus imaginaciones venía, que pasó lado con lado de los pastores, sin que los viese; antes, torcien­do el camino a la izquierda mano, no hubo andado mu­chos pasos, cuando se arrojó al pie de un verde sauce, y, dando un recio y profundo sospiro, levantó la mano, y, puniéndola por el collar del pellico, tiró tan recio que le hizo pedazos hasta abajo, y luego se quitó el zurrón del lado, y, sacando dél un pulido rabel, con grande aten­ción y sosiego se le puso a templár, y, a cabo de poco espacio, con lastimada y concertada voz, comenzó a cantar, de manera que forzó a todos los que le habían visto a que se parasen a escucharle hasta el fin de su canto, que fue éste:

LENIO

¡Dulce amor, ya me arrepiento

de mis pasadas porfías;

ya de hoy más confieso y siento

que fue sobre burlerías

levantado su cimiento;

ya el rebelde cuello erguido

humilde pongo y rendido

al yugo de tu obediencia;

ya conozco la potencia

de tu valor estendido!

Sé que puedes cuanto quieres,

y que quieres lo imposible;

sé que muestras bien quién eres

en tu condición terrible,

en tus penas y placeres;

y sé, en fin, que yo soy quien

tuvo siempre a mal tu bien,

tu engaño por desengaño,

tus certezas por engaño,

por caricias tu desdén.

Estas cosas, bien sabidas,

han agora descubierto

en mis entrañas rendidas

que tú solo eres el puerto

do descansan nuestras vida:

tú la implacable tormenta

que al alma más atormenta

vuelves en serena calma;

tú eres gusto y luz del alma,

y manjar que la sustenta.

Pues esto juzgo y confieso,

aunque tarde vengo en ello,

tiempla tu rigor y exceso,

amor, y del flaco cuello

aligera un poco el peso.

Al ya rendido enemigo,

no se ha de dar el castigo

como a aquél que se defiende;

cuanto más, que aquí se ofende

quien ya quiere ser tu amigo.

Salgo de la pertinacia

do me tuvo mi malicia

y el estar en tu desgracia,

y apelo de tu justicia

ante el rostro de tu gracia;

que si a mi poco valor

no le quilata en favor

de tu gracia conoscida,

presto dejaré la vida

en las manos del dolor.

Las de Gelasia me han puesto

en tan estraña agonía,

que si más porfía en esto,

mi dolor y su porfía

sé que acabarán bien presto.

¡Oh dura Gelasia, esquiva,

zahareña, dura, altiva!,

¿por qué gustas, di, pastora,

que el corazón que te adora

en tantos tormentos viva?

Poco fue lo que cantó Lenio, pero lo que lloró fue tanto que allí quedara deshecho en lágrimas, si los pasto­res no acudieran a consolarle. Mas, como él los vio ve­nir, y conosció entre ellos a Tirsi, sin más detenerse, se levantó y fue a arrojar a sus pies, abrazándole estrecha­mente las rodillas; y, sin dejar las lágrimas, le dijo:

-Ahora puedes, famoso pastor, tomar justa venganza del atrevimiento que tuve de competir contigo, defen­diendo la injusta causa que mi ignorancia me proponía. Ahora digo que puedes levantar el brazo y con algún agudo cuchillo traspasar este corazón, donde cupo tan notoria simpleza como era no tener al amor por universal señor del mundo. Pero de una cosa te quiero advertir: que si quieres tomar al justo la venganza de mi yerro, que me dejes con la vida que sostengo, que es tal, que no hay muerte que se le compare.

Había ya Tirsi levantado del suelo al lastimado Lenio, y, teniéndole abrazado, con discretas y amorosas pala­bras procuraba consolarle, diciéndole:

-La mayor culpa que hay en las culpas, Lenio amigo, es el estar pertinaces en ellas, porque es de condición de demonios el nunca arrepentirse de los yerros cometidos, y, asimesmo, una de las principales causas que mueve y fuerza a perdonar las ofensas es ver el ofendido arrepen­timiento en el que ofende; y más cuando está el perdonar en manos de quien no hace nada en hacerlo, pues su no­ble condición le tira y compele a que lo haga, quedando más rico y satisfecho con el perdón que con la venganza, como se ve esto a cada paso en los grandes señores y re­yes, que más gloria granjean en perdonar las injurias que en vengarlas. Y, pues tú, Lenio, confiesas el error en que has estado, y conosces agora las poderosas fuerzas del amor, y entiendes dél que es señor universal de nuestros corazones, por este nuevo conoscimiento, y por el arre­pentimiento que tienes, puedes estar confiado y vivir se­guro que el generoso y blando amor te reducirá presto a sosegada y amorosa vida; que si ahora te castiga con darte la penosa que tienes, hácelo porque le conozcas y porque después tengas y estimes en más la alegre que sin duda piensa darte.

A estas razones añadieron otras muchas Elicio y los demás pastores que allí estaban, con las cuales pareció que quedó Lenio algo más consolado. Y luego les contó cómo moría por la cruel pastora Gelasia, exagerándoles la esquiva y desamorada condición suya, y cuán libre y esenta estaba de pensar en ningún efecto amoroso, enca­reciéndoles también el insufrible tormento que por ella el gentil pastor Galercio padecía; de quien ella hacía tan poco caso, que mil veces le había puesto en términos de desesperarse. Mas, después que por un rato en estas co­sas hubieron razonado, tornaron a seguir su camino, lle­vando consigo a Lenio; y, sin sucederles otra cosa, llega­ron al aldea, llevándose consigo Elicio a Tirsi, Damón, Erastro, Lauso y Arsindo. Con Daranio se fueron Crisio, Orfinio, Marsilo y Orompo. Florisa y las otras pastoras se fueron con Galatea y con su padre, Aurelio, quedando primero concertado que otro día, al salir del alba, se jun­tasen para it al valle de los Cipreses, como Telesio les había mandado, para celebrar las obsequias de Meliso, en las cuales, como ya está dicho, quisieron hallarse Tim­brio, Silerio, Nísida y Blanca, que con el venerable Au­relio aquella noche se fueron.

Fin del libro quinto

Sexto y último libro de Galatea

Apenas habían los rayos del dorado Febo comenza­do a dispuntar por la más baja línea de nuestro hori­zonte, cuando el anciano y venerable Telesio hizo llegar a los oídos de todos los que en el aldea estaban el lasti­mero son de su bocina, señal que movió a los que le es­cucharon a dejar el reposo de los pastorales lechos y acudir a to que Telesio pedía. Pero los primeros que en esto tomaron la mano fueron Elicio, Aurelio, Daranio y todos los pastores y pastoras que con ellos estaban, no faltando las hermosas Nísida y Blanca y los venturosos Timbrio y Silerio, con otra cantidad de gallardos pastores y bellas pastoras que a ellos se juntaron y al número de treinta llegarían, entre los cuales iban la sin par Galatea, nuevo milagro de hermosura, y la recién desposada Sil­veria, la cual llevaba consigo a la hermosa y zahareña Belisa, por quien el pastor Marsilo tan amorosas y mor­tales angustias padecía. Había venido Belisa a visitar a Silveria y darle el parabién del nuevo rescibido estado, y quiso ansimesmo hallarse en tan célebres obsequias co­mo esperaba serían las que tantos y tan famosos pastores celebraban.

Salieron, pues, todos juntos de la aldea, fuera de la cual hallaron a Telesio con otros muchos pastores que le acompañaban, todos vestidos y adornados de manera que bien mostraban que para triste y lamentable negocio ha­bían sido juntados. Ordenó luego Telesio, porque con intenciones más puras y pensamientos más reposados se hiciesen aquel día los solemnes sacrificios, que todos los pastores fuesen juntos por su parte y desviados de las pastoras, y que ellas to mesmo hiciesen, de que los me­nos quedaron contentos y los más no muy satisfechos, especialmente el apasionado Marsilo, que ya había visto a la desamorada Belisa, con cuya vista quedó tan fuera de sí y tan suspenso, cual to conoscieron bien sus amigos Orompo, Crisio y Orfinio, los cuales, viéndole tal, se lle­garon a él, y Orompo le dijo:

-Esfuerza, amigo Marsilo, esfuerza y no des ocasión con to desmayo a que se descubra el poco valor de to pe­cho. ¿Qué sabes si el cielo, movido a compasión de to pena, ha traído a tal tiempo a estas riberas a la pastora Belisa para que las remedie?

-Antes para más acabarme, a to que yo creo -respon­dió Marsilo-, habrá ella venido a este lugar, que de mi ventura esto y más se debe temer; pero yo haré, Orompo, to que mandas, si acaso puede conmigo en este duro trance más la razón que mi sentimiento.

Y con esto volvió algo más en sí Marsilo, y luego los pastores por una parte y las pastoras por otra, como de Telesio estaba ordenado, se comenzaron a encaminar al Valle de los Cipreses, llevando todos un maravilloso si­lencio, hasta que, admirado Timbrio de ver la frescura y belleza del claro Tajo, por do caminaba, vuelto a Elicio, que al lado le venía, le dijo:

-No poca maravilla me causa, Elicio, la incomparable belleza destas frescas riberas; y no sin razón, porque quien ha visto, como yo, las espaciosas del nombrado Betis y las que visten y adornan al famoso Ebro y al co­noscido Pisuerga, y en las apartadas tierras ha paseado las del sancto Tiber y las amenas del Po, celebrado por la caída del atrevido mozo, sin dejar de haber rodeado las frescuras del apascible Sebeto, grande ocasión había de ser la que a maravilla me moviese de ver otras algunas.

-No vas tan fuera de camino en to que dices, según yo creo, discreto Timbrio -respondió Elicio-, que con los ojos no veas la razón que de decirlo tienes; porque, sin duda, puedes creer que la amenidad y frescura de las ri­beras deste río hace notoria y conoscida ventaja a todas las que has nombrado, aunque entrase en ellas las del apartado Janto, y del conoscido Anfriso y el enamorado Alfeo; porque tiene y ha hecho cierto la experiencia que, casi por derecha línea, encima de la mayor parte destas riberas se muestra un cielo luciente y claro, que con un largo movimiento y con vivo resplandor, parece que convida a regocijo y gusto al corazón que dél está más ajeno. Y si ello es verdad que las estrellas y el sol se mantienen, como algunos dicen, de las aguas de acá bajo, creo firmemente que las deste río sean en gran parte oca­sión de causar la belleza del cielo que le cubre, o creeré que Dios, por la mesma razón que dicen que mora en los cielos, en esta parte haga to más de su habitación. La tie­rra que lo abraza, vestida de mil verdes ornamentos, pa­rece que hace fiesta y se alegra de poseer en sí un don tan raro y agradable, y el dorado río, como en ca[m]bio, en los abrazos della dulcemente entretejiéndose, forma como de industria mil entradas y salidas, que a cualquie­ra que las mira llenan el alma de placer maravilloso, de donde nasce que, aunque los ojos tomen de nuevo mu­chas veces a mirarle, no por eso dejan de hallar en él co­sas que les causen nuevo placer y nueva maravilla. Vuel­ve, pues, los ojos, valeroso Timbrio, y mira cuánto adornan sus riberas las muchas aldeas y ricas caserías que por ellas se ven fundadas. Aquí se vee en cualquiera sazón del año andar la risueña primavera con la hermosa Venus en hábito subcinto y amoroso, y Céfiro que la acompaña, con la madre Flora delante, esparciendo a manos llenas varias y odoríferas flores. Y la industria de sus moradores ha hecho tanto, que la naturaleza, encor­porada con el arte, es hecha artífice y connatural del arte, y de entrambas a dos se ha hecho una tercia naturaleza, a la cual no sabré dar nombre. De sus cultivados jardi­nes, con quien los huertos Hespérides y de Alcino pueden callar; de los espesos bosques, de los pacíficos olivos, verdes laureles y acopados mirtos; de sus abun­dosos pastos, alegres valles y vestidos collados, arroyos y fuentes que en esta ribera se hallan, no se espere que yo diga más, sino que, si en alguna parte de la tierra los Campos Elíseos tienen asiento, es, sin duda, en ésta. ¿Qué diré de la industria de las altas ruedas, con cuyo continuo movimiento sacan las aguas del profundo río y humedecen abundosamente las eras que por largo espa­cio están apartadas? Añádese a todo esto criarse en estas riberas las más hermosas y discretas pastoras que en la redondez del suelo pueden hallarse, para cuyo testimo­nio, dejando aparte el que la experiencia nos muestra y lo que tú, Timbrio, ha que estás en ellas y que has visto, bastará traer por ejemplo a aquella pastora que allí ves, ¡oh Timbrio!

Y, diciendo esto, señaló con el cayado a Galatea; y, sin decir más, dejó admirado a Timbrio de ver la discre­ción y palabras con que había alabado las riberas de Tajo y la hermosura de Galatea. Y, respondiéndole que no se le podía contradecir ninguna cosa de las dichas, en aque­llas y en otras entretenían la pesadumbre del camino, hasta que, llegados a vista del Valle de los Cipreses, vie­ron que dél salían casi otros tantos pastores y pastoras como los que con ellos iban. Juntáronse todos, y con so­segados pasos comenzaron a entrar por el sagrado valle, cuyo sitio era tan estraño y maravilloso que, aun a los mesmos que muchas veces le habían visto, causaba nue­va admiración y gusto. Levántanse en una parte de la ri­bera del famoso Tajo, en cuatro diferentes y contrapues­tas partes, cuatro verdes y apacibles collados, como por muros y defensores de un hermoso valle que en medio contienen, cuya entrada en él por otros cuatro lugares es concedida, los cuales mesmos collados estrechan de mo­do que vienen a formar cuatro largas y apacibles calles, a quien hacen pared de todos lados altos a infinitos cipre­ses, puestos por tal orden y concierto que hasta las mes­mas ramas de los unos y de los otros paresce que igual­mente van cresciendo, y que ninguna se atreve a pasar ni salir un punto más de la otra. Cierran y ocupan el espacio que entre ciprés y ciprés se hace, mil olorosos rosales y suaves jazmines, tan juntos y entretejidos como suelen estar en los vallados de las guardadas viñas las espinosas zarzas y puntosas cambroneras. De trecho en trecho des­tas apacibles entradas, se ven correr por entre la verde y menuda yerba claros y frescos arroyos de limpias y sa­brosas aguas, que en las faldas de los mesmos collados tienen su nascimiento. Es el remate y fin destas calles una ancha y redonda plaza, que los recuestos y los cipre­ses forman, en medio de la cual está puesta una artificio­sa fuente de blanco y precioso mármol fabricada, con tanta industria y artificio hecha, que las vistosas del co­noscido Tíbuli y las soberbias de la antigua Tinacrya no le pueden ser comparadas. Con el agua desta maravillosa fuente se humedecen y sustentan las frescas yerbas de la deleitosa plaza; y lo que más hace a este agradable sitio digno de estimación y reverencia es ser previlegiado de las golosas bocas de los simples corderuelos y mansas ovejas, y de otra cualquier suerte de ganado: que sólo sirve de guardador y tesorero de los honrados huesos de algunos famosos pastores que, por general decreto de to­dos los que quedan vivos en el contorno de aquellas ribe­ras, se determina y ordena ser digno y merescedor de tener sepultura en este famoso valle. Por esto se veían, en­tre los muchos y diversos árboles que por las espaldas de los cipreses estaban, en el lugar y distancia que había dellos hasta las faldas de los collados, algunas sepulturas, cuál de jaspe y cuál de mármol fabricada, en cuyas blan­cas piedras se leían los nombres de los que en ellas esta­ban sepultados. Pero la que más sobre todas resplande­cía, y la que más a los ojos de todos se mostraba, era la del famoso pastor Meliso, la cual, apartada de las otras, a un lado de la ancha plaza, de lisas y negras pizarras y de blanco y bien labrado alabastro hecha parecía. Y, en el mesmo punto que los ojos de Telesio la miraron, vol­viendo el rostro a toda aquella agradable compañía, con sosegada voz y lamentables acentos, les dijó:

-Veis allí, gallardos pastores, discretas y hermosas pastoras; veis allí, digo, la triste sepultura donde reposan los honrados huesos del nombrado Meliso, honor y glo­ria de nuestras riberas. Comenzad, pues, a levantar al cielo los humildes corazones, y con puros afectos, abun­dantes lágrimas y profundos sospiros, entonad los sanc­tos himnos y devotas oraciones, y rogalde tenga por bien de acoger en su estrellado asiento la bendita alma del cuerpo que allí yace.

Y, en diciendo esto, se llegó a un ciprés de aquéllos, y, cortando algunas ramás, hizo dellas una funesta guir­nalda con que coronó sus blancas y venerádas sienes, ha­ciendo señal a los demás que lo mesmo hiciesen; de cuyo ejemplo movidos todos, en un momento se coronaron de las tristes ramas, y, guiados de Telesio, llegaron a la se­pultura, donde lo primero que Telesio hizo fue inclinar las rodillas y besar la dura piedrá del sepulcro. Hicieron todos lo mesmo, y algunos hubo que, tiernos con la me­moria de Meliso, dejaban regado con lágrimas el blanco mármol que besaban. Hecho esto, mandó Telesio encen­der el sacro fuego, y en un momento, alrededor de la se­pultura, se hicieron muchas, aunque pequeñas, hogueras, en las cuales solas ramas de ciprés se quemaban; y el ve­nerable Telesio, con graves y sosegados pasos, comenzó a rodear la pira y a echar en todos los ardientes fuegos alguna cantidad de sacro y oloroso incienso, diciendo cada vez que to esparcía alguna breve y devota oración, a rogar por el alma de Meliso encaminada, al fin de la cual levantaba la tremante voz, y todos los circunstantes, con triste y piadoso acento, respondían: “Amén, amén”, tres veces; a cuyo lamentable sonido resonaban los cercanos collados y apartados valles, y las ramas de los altos ci­preses y de los otros muchos árboles de que el valle esta­ba lleno, heridas de un manso céfiro que soplaba, hacían y formaban un sordo y tristísimo susurro, casi como en señal de que por su parte ayudaban a la tristeza del fu­nesto sacrificio.

Tres veces rodeó Telesio la sepultura, y tres veces dijo las piadosas plegarias, y otras nueve se escucharon los llorosos acentos del “amén”, qúe los pastores repi­tían. Acabada esta ceremonia, el anciano Telesio se arri­mó a un subido ciprés que a la cabecera de la sepultura de Meliso se levantaba, y con volver el rostro a una y otra parte, hizo que todos los circunstantes estuviesen atentos a to que decir quería; y luego, levantando la voz todo lo que pudo conceder la antigüedad de sus años, con maravillosa elocuencia comenzó a alabar las vir­tudes de Mélíso, la integridad de su inculpable vida, la alteza de su ingenio, la entereza de su ánimo; la gra­ciosa gravedad de su plática y la excelencia de su poe­sía; y, sobre todo, la solicitud de su pecho en guardar y cumplir la sancta religión que profesado había, jun­tando a estas otras tantas y tales virtudes de Meliso, que, aunque el pastor no fuera tan conoscido de todos los que a Telesio escuchaban, sólo porlo que él decía, quedaran aficionados a amarle si fuera vivo, y a reveren­ciarle después de muerto. Concluyó, pues, el viejo su plática diciendo:

-Si a do llegaron, famosos pastores, las bondades de Meliso, y adonde llega el deseo que tengo de alabarlas, llegara la bajeza de mi corto entendimiento, y las flacas y pocas fuerzas adquiridas de mis tantos y tan cansados años no me acortaran la voz y el aliento, primero este sol que nos alumbra le viérades bañar una y otra vez en el grande océano, que yo cesara de la comenzada plática; mas, pues esto en mi marchita edad no se permite, suplid vosotros mi falta, y mostraos agradecidos a las frías ce­nizas de Meliso, celebrándolas en la muerte como os obliga el amor que él os tuvo en la vida. Y, puesto que a todos en general nos toca y cabe parte desta obligación, a quien en particular más obliga es .a los famosos Tirsi y Damón, como a tan conoscidos amigos y familiares su­yos; y así, les ruego, cuan encarecidamente puedo, co­rrespondan a esta deuda supliendo y cantando ellos con más reposada y sonora voz lo que yo he faltado llorando con la trabajosa mía.

No dijo más Telesio, ni aun fuera menester decirlo pa­ra que los pastores se moviesen a hacer to que se les ro­gaba; porque luego, sin replicar cosa alguna, Tirsi sacó su rabel y hizo señal a Damón que lo mesmo hiciese, a quien acompañaron luego Elicio y Lauso y todos los pas­tores que allí instrumentos tenían, y a poco espacio for­maron una tan triste y agradable música que, aunque re­galaba los oídos, movía los corazones a dar señales de tristeza con lágrimas que los ojos derramaban. Juntábase a esto la dulce armonía de los pintados y muchos pajari­llos que por los aires cruzaban, y algunos sollozos que las pastoras, ya tiernas y movidas con el razonamiento de Telesio y con lo que los pastores hacían, de cuando en cuando, de sus hermosos pechos arrancaban; y era de suerte que, concordándose el son de la triste música y el de la alegre armonía de los jilguerillos, calandrias y rui­señores, y el amargo de los profundos gemidos, formaba todo junto un tan estraño y lastimoso concento que no hay lengua que encarecerlo pueda. De allí a poco espa­cio, cesando los demás instrumentos, solos los cuatro de Tirsi, Damón, Elicio y de Lauso se escucharon, los cuales, llegándose al sepulcro de Meliso, a los cuatro lados del sepulcro, señal por donde todos los presentes entendieron que alguna cosa cantar querían; y así, les prestaron un maravilloso y sosegado silencio; y luego el famoso Tirsi, con levantada, triste y sonora voz, ayudán­dole Elicio, Damón y Lauso, desta manera comenzó a cantar:

TIRSI

Tal cual es la ocasión de nuestro llanto,

no sólo nuestro, más de todo el suelo,

pastores, entonad el triste canto.

DAMON

El aire rompan, lleguen hasta el cielo

los sospiros dolientes, fabricados

entre justa piedad y justo duelo.

ELICIO

Serán de tierno humor siempre bañados

mis ojos, mientras viva la memoria,

Meliso, de tus hechos celebrados.

LAUSO

Meliso, digno de inmortal historia,

digno que goces en el cielo sancto

de alegre vida y de perpetua gloria.

TIRSI

Mientras que a las grandezas me levanto

de cantar sus hazañas, como pienso,

pastores, entonad el triste canto.

DAMON

Como puedo, Meliso, recompenso

a tu amistad: con lágrimas vertidas,

con ruegos píos y sagrado incienso.

ELICIO

Tu muerte tiene en llanto convertidas

nuestras dulces pasadas alegrías,

y a tierno sentimiento reducidas.

LAUSO

Aquellos claros, venturosos días,

donde el mundo gozó de tu presencia,

se han vuelto en noches miserables frías.

TIRSI

¡Oh muerte, que con presta violencia

tal vida en poca tierra reduciste!

¿A quién no alcanzará tu diligencia?

DAMON

Después, ¡oh muerte!, que aquel golpe diste

que echó por tierra nuestro fuerte arrimo,

de yerba el prado ni de flor se viste.

ELICIO

Con la memoria deste mal reprimo

el bien, si alguno llega a mi sentido,

y con nueva aspereza me lastimo.

LAUSO

¿Cuándo suele cobrarse el bien perdido?

¿Cuándo el mal sin buscarle no se halla?

¿Cuándo hay quietud en el mortal ruïdo?

TIRSI

¿Cuándo de la mortal fiera batalla

triunfó la vida, y cuándo contra el tiempo

seopuso o fuerte arnés o dura malla?

DAMON

Es nuestra vida un sueno, un pasatiempo,

un vano encanto que desaparece

cuando más firme pareció en su tiempo.

ELICIO

Día que al medio curso se escuresce,

y le sucede noche tenebrosa,

envuelta en sombras qu’el temor ofrece.

LAUSO

Mas tú, pastor famoso, en venturosa

hora pasaste deste mar insano

a la dulce región maravillosa.

TIRSI

Después que en el aprisco veneciano

las causas y demandas decidiste

del gran pastor del ancho suelo hispano.

DAMON

Después también que con valor sufriste

el trance de fortuna acelerado

que a Italia hizo, y aun a España, triste.

ELICIO

Y después que, en sosiego reposado,

con las nueve doncellas solamente

tanto tiempo estuviste retirado.

LAUSO

Sin que las fieras armas del oriente

ni la francesa furia inquietase

tu levantada y sosegada mente.

TIRSI

Entonces quiso el cielo que llegase

la fría mano de la muerte airada,

y en tu vida el bien nuestro arrebatase.

DAMON

Quedó to suerte entonces mejorada,

quedó la nuestra a un triste amargo lloro

perpetua, eternamente condemnada.

ELICIO

Viose el sacro virgíneo hermoso coro

de aquellas moradoras del Parnaso

romper llorando sus cabellos de oro.

LAUSO

A lágrimas movió el doliente caso

al gran competidor del niño ciego,

que entonces de dar luz se mostró escaso.

TIRSI

No entre las armas y el ardiente fuego

los tristes teucros tanto se afligieron

con el engaño del astuto griego,

como lloraron, como repitieron

el nombre de Meliso los pastores

cuando informados de su muerte fueron.

DAMÓN

No de olorosas variadas flores

adornaron sus frentes, ni cantaron

con voz suave algún cantar de amores.

De funesto ciprés se coronaron,

y en triste repetido amargo llanto

lamentables canciones entonaron.

ELICIO

Y así, pues hoy el áspero quebranto

y la memoria amarga se renueva,

pastores, entonad el triste canto,

qu’el duro caso que a doler nos lleva

es tal, que será pecho de diamante

el que a llorar en él no se conmueva.

LAUSO

El firme pecho, el ánimo constante,

qu’en las adversidades siempre tuvo

este pastor por mil lenguas se cante,

como al desdén que de contino hubo

en el pecho de Filis indignado

cual firme roca contra el mar estuvo.

TIRSI

Repítanse los versos que ha cantado,

queden en la memoria de las gentes

por muestras de su ingenio levantado.

DAMÓN

Por tierras de las nuestras diferentes,

lleve su nombre la parlera fama

con pasos prestos y alas diligentes.

ELICIO

Y de su casta y amorosa llama

ejemplo tome el más lascivo pecho

y el que en ardor menos cabal se inflama.

LAUSO

¡Venturoso Meliso, que a despecho

de mil contrastes fieros de fortuna,

vives ahora alegre y satisfecho!

TIRSI

Poco te cansa, poco te importuna

esta mortal bajeza que dejaste,

llena de más mudanzas que la luna.

DAMÓN

Por firme alteza la humildad trocaste,

por bien el mal, la muerte por la vida

tan seguro temiste y esperaste.

ELICIO

Desta mortal, al parecer, caída,

quien vive bien, al cabo se levanta,

cual tú, Meliso, a la región florida,

donde por más de una inmortal garganta

se despide la voz, que gloria suena,

gloria repite, dulce gloria canta;

donde la hermosa clara faz serena

se ve, en cuya visión se goza y mira

la summa gloria más perfecta y buena.

Mi flaca voz a tu alabanza aspira,

y tanto cuanto más cresce el deseo,

tanto, Meliso, el miedo le retira.

Que aquello que contemplo agora, y veo

con el entendimiento levantado,

del sacro tuyo sobrehumano arreo,

tiene mi entendimiento acobardado,

y sólo paro en levantar las cejas

y en recoger los labios de admirado.

LAUSO

Con tu partida, en triste llanto dejas

cuantos con tu presencia se alegraban,

y el mal se acerca porque tú te alejas.

TIRSI

En tu sabiduría se enseñaban

los rústicos pastores, y en un punto,

con nuevo ingenio y discreción quedaban.

Pero llegóse aquel forzoso punto

donde tú te partiste y do quedamos

con poco ingenio y corazón difunto.

Esta amarga memoria celebramos

los que en la vida te quisimos tanto,

cuanto ahora en la muerte te lloramos.

Por esto, al son de tan confuso llanto,

cobrando de contino nuevo aliento,

pastores, entonad el triste canto.

Lleguen do llega el duro sentimiento

las lágrimas vertidas y sospiros,

con quien se augmenta el presuroso viento.

Poco os encargo, poco sé pediros;

más habéis de sentir que cuanto ahora

puede mi atada lengua referiros.

Mas, pues Febo se ausenta, y descolora

la tierra, que se cubre en negro manto,

hasta que venga la esperada aurora,

pastores, cesad ya del triste canto.

Tirsi, que comenzado había la triste y dolorosa elegía, fue el que la puso fin, sin que- le pusiesen por un buen espacio a las lágrimas todos los que el lamentable canto escuchado habían. Mas, a está sazón, el venerable Tele­sio les dijo:

-Pues habemos cumplido en parte, gallardos y come­didos pastores, con la obligación que al venturoso Meliso tenemos, poned por agora silencio a vuestras tiernas lá­grimas, y dad algún vado a vuestros dolientes sospiros, pues ni por ellas ni ellos podemos cobrar la pérdida que lloramos; y, puesto que el humano sentimiento no pueda dejar de mostrarle en los adversos acaecimientos, todavía es menester templar la demasía de sus accidentes con la razón que al discreto acompaña; y, aunque las lágrimas y sospiros sean señales del amor que se tiene al que se flo­ra, más provecho consiguen las almas por quien se de­rraman con los píos sacrificios y devotas oraciones que por ellas se hacen, que si todo el mar océano por los ojos de todo el mundo hecho lágrimas se destilase. Y, por esta razón, y por la que tenemos de dar algún alivio a nues­tros cansados cuerpos, será bien que, dejando lo que nos resta de hacer para el venidero día, por agora visitéis vuestros zurrones y cumpláis con lo que naturaleza os obliga.

Y, en diciendo esto, dio orden como todas las pastoras estuviesen a una parte del valle, junto a la sepultura de Meliso, dejando con ellas seis de los más ancianos pasto­res que allí había, y los demás, poco desviados dellas, en otra parte se estuvieron. Y luego, con lo que en los zu­rrones traían, y con el agua de la clara fuente, satisfcie­ron a la común necesidad de la hambre, acabando a tiempo que ya la noche vestía de una mesma color todas las cosas debajo de nuestro horizonte contenidas, y la lu­ciente luna mostraba su rostro hermoso y claro en toda la entereza que tiene cuando más el rubio hermano sus ra­yos le comunica. Pero, de allí a poco rato, levantándose un alterado viento, se comenzaron a ver algunas negras nubes, que algún tanto la luz de la casta diosa encubrían, haciendo sombras en la tierra, señales por donde algunos pastores que allí estaban, en la rústica astrología maes­tros, algún venidero turbión y borrasca esperaban. Mas todo paró en no más de quedar la noche parda y serena, y en acomodarse ellos a descansar sobre la fresca yerba, entregando los ojos al dulce y reposado sueño, como lo hicieron todos, si no algunos que repartieron como en centinelas la guarda de las pastoras, y la de algunas an­torchas que alrededor de la sepultura de Meliso ardiendo quedaban. Pero ya que el sosegado silencio se estendió por todo aquel sagrado valle, y ya que el perezoso Mor­feo había con el bañado ramo tocado las sienes y párpa­dos de todos los presentes, a tiempo que a la redonda de nuestro polo buena parte las errantes estrellas andado ha­bían, señalando los puntuales cursos de la noche, en aquel instante, de la mesma sepultura de Meliso se le­vantó un grande y maravilloso fuego, tan luciente y claro que en un momento todo el escuro valle quedó con tanta claridad como si el mesmo sol le alumbrara; por la cual improvisa maravilla, los pastores que despiertos junto a la sepultura estaban, cayeron atónitos en el suelo, des­lumbrados y ciegos con la luz del transparente fuego, el cual hizo contrario efecto en los demás que durmiendo estaban, porque, heridos de sus rayos, huyó dellos el pe­sado sueño, y; aunque con dificultad alguna; abrieron los dormidos ojos, y, viendo la estrañeza de la luz que se les mostraba, confusos y admirados quedaron. Y así, cuál en pie, cuál recostado, y cuál sobre las rodillas puesto, cada uno, con admiración y espanto, el claro fuego miraba. Todo lo cual visto por Telesio, adornándose en un punto de las sacras vestiduras, acompañado de Elicio, Tirsi, Damón, Lauso y otros animosos pastores, poco a poco se comenzó a llegar al fuego, con intención de, con algunos lícitos y acomodados exorcismos, procurar deshacer o entender de dó procedía la estraña visión que se les mos­traba. Pero, ya que llegában cerca de las encendidas lla­mas, vieron que, dividiéndose en dos partes, en medio dellas parecía una tan hermosa y agraciada ninfa, que en mayor admiración les puso que la vista del ardiente fue­go. Mostraba estar vestida de una rica y sotil tela de pla­ta, recogida y retirada a la cintura, de modo que la mitad de las piernas se descubrían, adornadas con unos cotur­nos, o calzado justo, dorados, llenos de infinitos lazos de listones de diferentes colores; sobre la tela de plata traía otra vestidura de verde y delicado cendal, que, llevado a una y a otra parte por un ventecillo que mansamente so­plaba, estremadamente parecía; por las espaldas traía es­parcidos los más luengos y rubios cabellos que jamás ojos humanos vieron, y sobre ellos una guirnalda sólo de verde laurel compuesta; la mano derecha ocupaba con un alto ramo de amarilla y vencedora palma, y la izquierda con otro de verde y pacífica oliva, con los cuales orna­mentos tan hermosa y admirable se mostraba, que a todos los que la miraban tenía colgados de su vista; de cal ma­nera que, desechando de sí el temor primero, con seguros pasos alrededor del fuego se llegaron, persuadiéndose que, de tan hermosa visión, ningún daño podía suceder­les. Y estando, como se ha dicho, todos transportados en mirarla, la bella ninfa abrió los brazos a una y a otra par­te, y hizo que las apartadas llamas más se apartasen y di­vidiesen, para dar lugar a que mejor pudiese ser mirada; y luego, levantando el sereno rostro, con gracia y grave­dad estraña, a semejantes razones dio principio:

-Por los efectos que mi improvisa vista ha causado en vuestros corazones, discreta y agradable compañía, po­déis considerar que no en virtud de malignos espíritus ha sido formada esta figura mía que aquí se os representa; porque una de las razones por do se çonosce ser una vi­sión buena o mala es por los efectos que hace en el áni­mo de quien la mira; porque la buena, aunque cause en él admiración y sobresalto, el tal sobresalto y admiración viene mezclado con un gustoso alboroto, que a poco rato le sosiega y satisface; al revés de lo que causa la visión perversa, la cual sobresalta, descontenta, atemoriza y jamás asegura. Esta verdad os aclarará la experiencia cuando me conozcáis y yo os diga quién soy y la ocasión que me ha movido a venir de mis remotas moradas a vi­sitaros. Y, porque no quiero teneros colgados del deseo que tenéis de saber quién yo sea, sabed, discretos pasto­res y bellas pastoras, que yo soy una de las nueve donce­llas que en las altas y sagradas cumbres de Parnaso tienen su propria y conoscida morada. Mi nombre es Calíope; mi oficio y condición es favorescer y ayudar a los divinos espíritus, cuyo loable ejercicio es ocuparse en la maravi­llosa y jamás como debe alabada sciencia de la poesía. Yo soy la que hice cobrar eterna fama al antiguo ciego natural de Esmirna, por él solamente famosa; la que hará vivir el mantuano Títiro por todos los siglos venideros, hasta que el tiempo se acabe; y la que hace que se tengan en cuenta, desde la pasada hasta la edad presente, los es­criptos tan ásperos como discretos del antiquísimo Enio. En fin, soy quien favoresció a Catulo, la que nombró a Horacio, eternizó a Propercio, y soy la que con inmortal fama tiene conservada la memoria del conoscido Petrar­ca, y la que hizo bajar a los escuros infiernos y subir a los claros cielos al famoso Dante. Soy la que ayudó a te­jer al divino Ariosto la variada y hermosa tela que com­puso; la que en esta patria vuestra tuvo familiar amistad con el agudo Boscán y con el famoso Garcilaso, con el docto y sabio Castillejo y el artificioso Torres Naharro, con cuyos ingenios, y con los frutos dellos, quedó vues­tra patria enriquescida y yo satisfecha. Yo soy la que mo­ví la pluma del celebrado Aldana, y la que no dejó jamás el lado de don Fernando de Acuña, y la que me precio de la estrecha amistad y conversación que siempre tuve con la bendita alma del cuerpo que en esta sepultura yace, cuyas obsequias, por vosotros celebradas, no sólo han alegrado su espíritu, que ya por la región eterna se pasea, sino que a mí me han satisfecho de suerte que, forzada, he venido a agradeceros tan loable y piadosa costumbre como es la que entre vosotros se usa; y así, os prometo, con las veras que de mi virtud pueden esperarse, que en pago del beneficio que a las cenizas de nú querido y amado Meliso habéis hecho, de hacer siempre que en vuestras riberas jamás falten pastores que en la alegre sciencia de la poesía a todos los de las otras riberas se aventajen; favoresceré ansimesmo siempre vuestros con­sejos, y guiaré vuestros entendimientos, de manera que nunca deis torcido voto cuando decretéis quién es meres­cedor de enterrarse en este sagrado valle; porque no será bien que, de honra tan particular y señalada, y que sólo es merescida de los blancos y canoros cisnes, la vengan a gozar los negros y roncos cuervos.. Y así, me parece que será bien datos alguna noticia agora de algunos señala­dos varones que en esta vuestra España viven, y algunos en las apartadas Indias a ella subjetas; los cuales, si todos o alguno dellos su buena ventura le trujere a acabar el curso de sus días en estas riberas, sin duda alguna le po­déis conceder sepultura en este famoso sitio. Junto con esto, os quiero advertir que no entendáis que los prime­ros que nombrare son dignos de más honra que los pos­treros, porque en esto no pienso guardar orden alguna: que, puesto que yo alcanzo la diferencia que el uno al otro y los otros a los otros hacen, quiero dejar esta decla­ración en duda, porque vuestros ingenios en entender la diferencia de los suyos tengan en qué ejercitarse, de los cuales darán testimonio sus obras. Irélos nombrando co­mo se me vinieren a la memoria, sin que ninguno se atri­buya a que ha sido favor que yo le he hecho en haberme acordado dél primero que de otro; porque, como digo, a vosotros, discretos pastores, dejo que después les deis el lugar que os paresciere que de justicia se les debe. Y, pa­ra que con menos pesadumbre y trabajo a mi larga rela­ción estéis atentos, haréla de suerte que sólo sintáis dis­gusto por la brevedad della.

Calló diciendo esto la bella ninfa, y luego tomó una arpa que junto a sí tenía, que hasta entonces de ninguno había sido vista; y, en comenzándola a tocar, parece que comenzó a esclarecerse el cielo, y que la luna, con nuevo y no usado resplandor, alumbraba la tierra; los árboles, a despecho de un blando céfiro que soplaba, tuvieron que­das las ramas; y los ojos de todos los que allí estaban no se atrevían a abajar los párpados, porque aquel breve punto que se tardaban en alzarlos, no se privasen de la gloria que en mirar la hermosura de la ninfa gozaban; y aun quisieran todos que todos sus cinco sentidos se con­virtieran en el del oír solamente: con tal estrañeza, con tal dulzura, con tanta suavidad tocaba la arpa la bella musa; la cual, después de haber tañido un poco, con la más sonora voz que imaginarse puede, en semejantes versos dio principio:

CANTO DE CALÍOPE

Al dulce son de mi templada lira,

prestad, pastores, el oído atento:

oiréis cómo en mi voz y en él respira

de mis hermanas el sagrado aliento.

Veréis cómo os suspende, y os admira,

y colma vuestras almas de contento,

cuando os dé relación, aquí en el suelo,

de los ingenios que ya son del cielo.

Pienso cantar de aquellos solamente

a quien la Parca el hilo aún no ha cortado,

de aquéllos que son dignos justamente

d’en tal lugar tenerle señalado,

donde, a pesar del tiempo diligente,

por el laudable oficio acostumbrado

vuestro, vivan mil siglos sus renombres,

sus claras obras, sus famosos nombres.

Y el que con justo título meresce

gozar de alta y honrosa preeminencia,

un don ALONSO es, en quien floresce

del sacro Apolo la divina sciencia;

y en quien con alta lumbre resplandece

de Marte el brío y sin igual potencia,

DE LEIVA tiene el sobrenombre ilustre,

que a Italia ha dado, y aun a España, lustre.

Otro del mesmo nombre, que de Arauco

cantó las guerras y el valor de España,

el cual los reinos donde habita Glauco

pasó y sintió la embravescida saña.

No fue su voz, no fue su acento rauco,

que uno y otro fue de gracia estraña,

y tal, que ERCIL[L]A, en este hermoso asiento

meresce eterno y sacro monumento.

Del famoso don JUAN DE SILVA os digo

que toda gloria y todo honor meresce,

así por serle Febo tan amigo,

como por el valor que en él floresce.

Serán desto sus obras buen testigo,

en las cuales su ingenio resplandece

con claridad que al ignorante alumbra

y al sabio agudo a veces le deslumbra.

Crezca el número rico desta cuenta

aquel con quien la tiene tal el cielo,

que con febeo aliento le sustenta,

y con valor de Marte acá en el suelo.

A Homero iguala si a escrebir intenta,

y a tanto llega de su pluma el vuelo,

cuanto es verdad que a todos es notorio

el alto ingenio de don DIEGO OSORIO.

Por cuantas vías la parlera fama

puede loar un caballero ilustre,

por tantas su valor claro derrama,

dando sus hechos a su nombre lustre.

Su vivo ingenio, su virtud, inflama

más de una lengua, a que de lustre en lustre.

sin que cursos de tiempos las espanten,

de don FRANCISCO DE MENDOZA canten.

¡Feliz don DIEGO DE SARMIENTO, ilustre,

y Carvajal, famoso, producido

de nuestro coro y de Hipocrene lustre,

mozo en la edad, anciano en el sentido,

de siglo en siglo irá, de lustre en lustre,

a pesar de las aguas del olvido,

tu nombre, con tus obras excelentes,

de lengua en lengua y de gente en gentes!

Quiéro[o]s mostrar por cosa soberana,

en tierna edad, maduro entendimiento,

destreza y gallardía sobrehumana,

cortesía, valor, comedimiento,

y quien puede mostrar en la toscana

como en su propria lengua aquel talento

que mostró el que cantó la casa d’Este:

un don GUTIERRE CARVAJAL es éste.

Tú, don LUIS DE VARGAS, en quien veo

maduro ingenio en verdes pocos días,

procura de alcanzar aquel trofeo

que te prometen las hermanas mías;

mas tan cerca estás dél, que, a lo que creo,

ya triunfas, pues procuras por mil vías

virtuosas y sabias que tu fama

resplandezca con viva y clara llama.

Del claro Tajo la ribera hermosa

adornan mil espíritus divinos,

que hacen nuestra edad más venturosa

que aquélla de los griegos y latinos.

Dellos pienso decir sola una cosa:

que son de vuestro valle y honra dignos

tanto cuanto sus obras nos lo muestran,

que al camino del cielo nos adiestran.

Dos famosos doctores, presidentes

en las sciencias de Apolo, se me ofrescen,

que no más que en la edad son diferentes,

y en el trato a ingenio se parecen.

Admíranlos ausentes y presentes,

y entre unos y otros tanto resplandecen

con su saber altísimo y profundo,

que presto han de admirar a todo el mundo.

Y el nombre que me viene más a mano,

estos dos que a loar aquí me atrevo,

es del doctor famoso CAMPUZANO,

a quien podéis llamar segundo Febo.

El alto ingénio suyo, el sobrehumano

discurso nos descubre un mundo nuevo,

de tan mejores Indias y excelencias,

cuanto mejor qu’el oro son las sciencias.

Es el doctor SUÁREZ, que DE SOSA

el sobrenombre tiene, el que se sigue,

que de una y otra lengua artificiosa

lo más cendrado y lo mejor consigue.

Cualquiera que en la fuente milagrosa,

cual él la mitigó, la sed mitigue,

no tendrá que envidiar al docto griego,

ni a aquél que nos cantó el troyano fuego.

Del doctor VACA, si decir pudiera

lo que yo siento dél, sin duda creo

que cuantos aquí estáis os suspendiera:

tal es su sciencia, su virtud y arreo.

Yo he sido en ensalzarle la primera

del sacro coro, y soy la que deseo

eternizar su nombre en cuanto al suelo

diere su luz el gran señor de Delo.

Si la fama os trujere a los oídos

de algún famoso ingenio maravillas,

conceptos bien dispuestos y subidos,

y sciencias que os asombren en oíllas,

cosas que paran sólo en los sentidos

y la lengua no puede referillas,

el dar salida a todo dubio y traza,

sabed que es el licenciado DAZA.

Del maestro GARAY las dulces obras

me incitan sobre todos a alabarle;

tú, Fama, que al ligero tiempo sobras,

ten por heroica empresa el celebrarle.

Verás cómo en él más fama cobras,

Fama, que está la tuya en ensalzarle,

que hablando desta fama, en verdadera

has de trocar la fama de parlera.

Aquel ingenio que al mayor humano

se deja atrás, y aspira al que es divino,

y, dejando a una parte el castellano,

sigue el heroico verso del latino;

el nuevo Homero, el nuevo mantuano,

es el maestro CÓRDOBA, que es digno

de celebrarse en la dichosa España,

y en cuanto el sol alumbra y el mar baña.

De ti, el doctor FRANCISCO DÍAZ, puedo

asegurar a estos mis pastores

que con seguro corazón y ledo,

pueden aventajarse en tus loores.

Y si en ellos yo agora corta quedo,

debiéndose a tu ingenio los mayores,

es porque el tiempo es breve y no me atrevo

a poderte pagar lo que te debo.

LUJÁN, que con la toga merescida

honras el proprio y el ajeno suelo,

y con tu dulce musa conoscida

subes tu fama hasta el más alto cielo,

yo te daré después de muerto vida,

haciendo que, en ligero y presto vuelo,

la fama de tu ingenio único, solo,

vaya del nuestro hasta el contrario polo.

El alto ingenio y su valor declara

un licenciado tan amigo vuestro

cuanto ya sabéis que es JUAN DE VERGARA,

honra del siglo venturoso nuestro.

Por la senda qu’él sigue, abierta y clara,

yo mesma el paso y el ingenio adiestro,

y adonde él llega, de llegar me pago,

y en su ingenio y virtud me satisfago.

Otros quiero nombrar, porque se estime

y tenga en precio mi atrevido canto,

el cual hará que ahora más le anime

y llegue allí donde el deseo levanto.

Y es este que me fuerza y que me oprime

a decir sólo dél, y cantar cuanto canto

de los ingenios más cabales,

el licenciado ALONSO DE MORALES.

Por la difícil cumbre va subiendo

al temp[l]o de la Fama, y se adelanta,

un generoso mozo, el cual, rompiendo

por la dificultad que más espanta,

tan presto ha de llegar allá, que entiendo

que en profecía ya la fama canta

del lauro que le tiene aparejado

al licenciado HERNANDO MALDONADO.

La sabia frente del laurel honroso

adornada veréis de aquél que ha sido

en todas sciencias y artes tan famoso

que es ya por todo el orbe conoscido.

Edad dorada, siglo venturoso,

que gozar de tal hombre has merescido:

¿cuál siglo, cuál edad ahora te llega,

si en ti está MARCO ANTONIO DE LA VEGA?

Un DIEGO se me viene a la memoria,

que DE MENDOZA es cierto que se llama,

digno que sólo dél se hiciera historia

tal que llegara allí donde su fama.

Su sciencia y su virtud, que es tan notoria,

que ya por todo el orbe se derrama,

admira a los ausentes y presentes

de las remotas y cercanas gentes.

Un conoscido el alto Febo tiene;

¿qué digo un conoscido?, un verdadero

amigo, con quien sólo se entretiene,

que es de toda sciencia tesorero.

Y es éste que de industria se detiene

a no comunicar su bien entero,

DIEGO DURÁN, en quien contino dura

y durará el valor, ser y cordura.

¿Quién pensáis que es aquél que en voz sonora

sus ansias canta regaladamente,

aquél en cuyo pecho Febo mora,

el docto Orfeo y Arïón prudente?

Aquel que de los reinos del aurora

hasta los apartados de occidente

es conoscido, amado y estimado

por el famoso LÓPEZ MALDONADO.

¿Quién pudiera loaros, mis pastores,

un pastor vuestro amado y conoscido,

pastor mejor de cuantos son mejores,

que de Fílida tiene el apellido?

La habi[li]dad, la sciencia, los primores,

el raro ingenio y el valor subido

de LUIS DE MONTALVO, le aseguran

gloria y honor mientras los cielos duran.

El sacro Ibero, de dorado acanto,

de siempre verde yedra y blanca oliva

su frente adorne, y en alegre canto

su gloria y fama para siempre viva,

pues su antiguo valor ensalza tanto

que al fértil Nilo de su nombre priva

de PEDRO DE LIÑÁN la sotil pluma,

de todo el bien de Apolo cifra y suma.

De ALONSO DE VALDÉS me está incitando

el raro y alto ingenio a que dél cante,

y que os vaya, pastores, declarando

que a los más raros pasa, y va adelante.

Halo mostrado ya, y lo va mostrando

en el fácil estilo y elegante

con que descubre el lastimado pecho

y alaba el mal qu’el fiero amor l’ha hecho.

Admíreos un ingenio en quien se encierra

todo cuanto pedir puede el deseo,

ingenio que, aunque vive acá en la tierra,

del alto cielo es su caudal y arreo.

Ora trace de paz, ora de guerra,

todo cuanto yo miro, escucho y leo

del celebrado PEDRO DE PADILLA,

me causa nuevo gusto y maravilla.

Tú, famoso GASPAR ALFONSO, ordenas,

según aspiras a inmortal subida,

que yo no pueda celebrarte apenas,

si te he de dar loor a tu medida.

Las plantas fertilísimas amenas

que nuestro celebrado monte anida,

todas ofrescen ricas laureolas

para ceñir y honrar tus sienes solas.

De CRISTÓBAL DE MESA os digo cierto

que puede honrar vuestro sagrado valle;

no sólo en vida, más después de muerto

podéis con justo título alaballe.

De sus heroicos versos el concierto,

su grave y alto estilo, pueden dalle

alto y honroso nombre, aunque callara

la fama dél, y yo no me acordara.

Pues sabéis cuánto adorna y enriquece

vuestras riberas PEDRO DE RIBERA,

dalde el honor, pastores, que meresce,

que yo seré en honrarle la primera.

Su dulce musa, su virtud, ofresce

un subjeto cabal donde pudiera

la fama y cien mil famas ocuparse,

y en solos sus loores estremarse.

Tú que de Luso el sin igual tesoro

trujiste en nueva forma a la ribera

del fértil río, a quien el lecho de oro

tan famoso le hace adonde quiera,

con el debido aplauso y el decoro

debido a ti, BENITO DE CALDERA,

y a tu ingenio sin par, prometo honrarte

y de lauro y de yedra coronarte.

De aquel que la cristiana poesía

tan en su punto ha puesto en tanta gloria,

haga la fama y la memoria mía

famosa para siempre su memoria.

De donde nasce adonde muere el día,

la sciencia sea y la bondad notoria

del gran FRANCISCO DE GUZMÁN, qu’el arte

de Febo sabe, ansí como el de Marte.

Del capitán SALCEDO está bien claro

que llega su divino entendimiento

al punto más subido, agudo y raro

que puede imaginar el pensamiento.

Si le comparo, a él mesmo le comparo,

que no hay comparación que llegue a cuento

de tamaño valor, que la medida

ha de mostrar ser falta o ser torcida.

Por la curiosidad y entendimiento

de TOMÁS DE GRACIÁN, dadme licencia

que yo te escoja en este valle asiento

igual a su virtud, valor y sciencia,

el cual, si llega a su merescimiento,

será de tanto grado y preeminencia,

que, a lo que creo, pocos se le iguale

tanto su ingenio y sus virtudes valen.

Agora, hermanas bellas, de improviso

BAPTISTA DE VIVAR quiere alabaros

con tanta discreción, gala y aviso,

que podáis, siendo musas, admiraros.

No cantará desdenes de Narciso,

que a Eco solitaria cuestan caros,

sino cuidados suyos que han nascido

entre alegre esperanza y triste olvido.

Un nuevo espanto, un nuevo asombro y miedo

me acude y sobresalta en este punto,

sólo por ver que quiero y que no puedo

subir de honor al más subido punto

al grave BALTASAR, que DE TOLEDO

el sobrenombre tiene, aunque barrunto

que de su docta pluma el alto vuelo

le ha de subir hasta el impíreo cielo.

Muestra en un ingenio la experiencia

que en años verdes y en edad temprana

hace su habitación ansí la sciencia,

como en la edad madura, antigua y cana.

No entraré con alguno en competencia

que contradiga una verdad tan llana,

y más si acaso a sus oídos llega

que lo digo por vos, LOPE DE VEGA.

De pacífica oliva coronado,

ante mi entendimiento se presenta

agora el sacro Betis, indignado,

y de mi inadvertencia se lamenta.

Pide que en el discurso comenzado,

de los raros ingenios os dé cuenta

que en sus riberas moran, y yo ahora

harélo con la voz muy más sonora.

Mas, ¿qué haré, que en los primeros pasos

que doy descubro mil estrañas cosas,

otros mil nuevos Pindos y Parnasos,

otros coros de hermanas más hermosas,

con que mis altos bríos quedan lasos,

y más cuando, por causas milagrosas,

oigo cualquier sonido servir de eco,

cuando se nombra el nombre de PACHECO?

Pacheco es éste, con quien tiene Febo

y las hermanas tan discretas mías

nueva amistad, discreto trato y nuevo

desde sus tiernos y pequeños días.

Yo desde entonces hasta agora llevo

por tan estrañas desusadas vías

su ingenio y sus escriptos, que han llegado

al título de honor más encumbrado.

En punto estoy donde, por más que diga

en alabanza del divino HERRERA,

será de poco fruto mi fatiga,

aunque le suba hasta la cuarta esfera.

Mas, si soy sospechosa por amiga,

sus obras y su fama verdadera

dirán que en sciencias es HERNANDO solo

del Gange al Nilo, y de uno al otro polo.

De otro FERNANDO quiero daros cuenta,

que DE CANGAS se nombra, en quien se admira

el suelo, y por quien vive y se sustenta

la sciencia en quien al sacro lauro aspira.

Si al alto cielo algún ingenio intenta

de levantar y de poner la mira,

póngala en éste sólo, y dará al punto

en el más ingenioso y alto punto.

De don CRISTóBAL, cuyo sobrenombre

es de VILLAR(RIOEL, tened creído

que bien meresce que jamás su nombre

toque las aguas negras del olvido.

Su ingenio admire, su valor asombre,

y el ingenio y valor sea conoscido

por el mayor estremo que descubre

en cuanto mira el sol o el suelo encubre.

Los ríos de elocuencia que del pecho

del grave antiguo Cicerón manaron;

los que al pueblo de Atenas satisfecho

tuvieron y a Demóstenes honraron;

los ingenios qu’el tiempo ha ya deshecho,

que canto en los pasados se estimaron,

humíllense a la sciencia alta y divina

del maestro FRANCISCO DE MEDINA.

Puedes, famoso Betis, dignamente

al Mincio, al Amo, al Tibre aventajarte,

y alzar contento la sagrada frente

y en nuevos anchos senos dilatarte,

pues quiso el cielo, que en tu bien consiste,

tal gloria, tal honor, tal fama darte,

cual te la adquiere a tus riberas bellas

BALTASAR DEL ALCÁZAR, que está en ellas.

Otro veréis en quien veréis cifrada

del sacro Apolo la más rara sciencia,

que en otros mil subjectos derramada,

hace en todos de sí grave aparencia.

Mas, en este subjeto mejorada,

asiste en tantos grados de excelencia,

que bien puede MOSQUERA, el licenciado,

ser como el mesmo Apolo celebrado.

No se desdeña aquel varón prudente,

que de sciencias adorna y enriquesce

su limpio pecho, de mirar la fuente

que en nuestro monte en sabias aguas cresce;

antes, en la sin par clara corriente

tanto la sed mitiga, que floresce

por ello el claro nombre acá en la tierra

del gran doctor DOMINGO DE BECERRA.

Del famoso ESPINEL cosas diría

que exceden al humano entendimiento,

de aquellas sciencias que en su pecho cría

el divino de Febo sacro aliento;

mas, pues no puede de la lengua mía

decir lo menos de lo más que siento,

no diga más sino que al cielo aspira,

ora tome la pluma, ora la lira.

Si queréis ver en una igual balanza

al rubio Febo y colorado Marte,

procurad de mirar al gran CARRANZA,

de quien el uno y otro no se parte.

En él veréis, amigas, pluma y lanza

con tanta discreción, destreza y arte,

que la destreza, en partes dividida,

la tiene a sciencia y arte reducida.

De LÁZARO LUIS IRANZO, lira

templada había de ser más que la mía,

a cuyo son cantase el bien que inspira

en él el cielo, y el valor que cría.

Por las sendas de Marte y Febo aspira

a subir do la humana fantasía

apenas llega; y él, sin duda alguna,

llegará contra el hado y la fortuna.

BALTASAR DE ESCOBAR, que agora adorna

del Tiber las riberas tan famosas,

y con su larga ausencia desadorna

las del sagrado Betis espaciosas;

fértil ingenio, si por dicha torna

al patrio amado suelo, a sus honrosas

y juveniles sienes les ofrezco

el lauro y el honor que yo merezco.

¿Qué título, qué honor, qué palma o lauro

se le debe a JUAN SANZ, que DE ZUMETA

se nombra, si del Indo al Rojo Mauro

cual su musa no hay otra tan perfecta?

Su fama aquí de nuevo le restauro

con deciros, pastores, cuán acepta

será de Apolo cualquier honra y lustre

que a Zumeta hagáis que más le lustre:

Dad a JUAN DE LAS CUEVAS el debido

lugar, cuando se ofrezca en este asiento,

pastores, pues lo tiene merescido

su dulce musa y raro entendimiento.

Sé que sus obras del eterno olvido,

a despecho y pesar del violento

curso del tiempo, librarán su nombre,

quedando con un claro alto renombre.

Pastores, si le viéredes, honraldo

al famoso varón que os diré ahora

y en graves dulces versos celebraldo,

como a quien tanto en ellos se mejora.

El sobrenombre tiene DE VIVALDO;

de ADAM el nombre, el cual ilustra y dora

con su florido ingenio y excelente

la venturosa nuestra edad presente.

Cual suele estar de variadas flores

adorno y rico el más florido mayo,

tal de mil varias sciencias y primores

está el ingenio de don JUAN AGUAYO.

Y, aunque más me detenga en sus loores,

sólo sabré deciros que me ensayo

ahora, y que otra vez os diré cosas

tales que las tengáis por milagrosas.

De JUAN GUTIÉRREZ RUFO el claro nombre

quiero que viva en la inmortal memoria,

y que al sabio y al simple admire, asombre

la heroica que compuso ilustre historia.

Déle el sagrado Betis el renombre

que su estilo meresce; denle gloria

los que pueden y saben; déle el cielo

igual la fama a su encumbrado vuelo.

En don LUIS DE GÓNGORA os ofrezco

un vivo raro ingenio sin segundo;

con sus obras me alegro y enriquezco

no sólo yo, mas todo el ancho mundo.

Y si, por lo que os quiero, algo merezco,

haced que su saber alto y profundo

en vuestras alabanzas siempre viva

contra el ligero tiempo y muerte esquiva.

Ciña el verde laurel, la verde yedra,

y aun la robusta encina, aquella frente

de GONZALO CERVANTES SAAVEDRA,

pues la deben ceñir tan justamente.

Por él la sciencia más de Apolo medra;

en él Marte nos muestra el brío ardiente

de su furor, con tal razón medido

que por él es amado y es temido.

Tú, que de Celidón, con dulce plectro

heciste resonar el nombre y fama,

cuyo admirable y bien limado metro

a lauro y triunfo te convida y llama,

rescibe el mando, la corona y cetro,

GONZALO GÓMEZ, désta que te ama,

en señal que meresce tu persona

el justo señorío de Helicona.

Tú, Dauro, de oro conoscido río,

cual bien agora puedes señalarte,

y con nueva corriente y nuevo brío

al apartado Idaspe aventajarte,

pues GONZALO MATEO DE BERRÍO

tanto procura con su ingenio honrarte,

que ya tu nombre la parlera fama,

por él, por todo el mundo le derrama.

Tejed de verde lauro una corona,

pastores, para honrar la digna frente

del licenciado SOTO BARAHONA,

varón insigne, sabio y elocuente.

En él el licor sancto de Helicona,

si se perdiera en la sagrada fuente,

se pudiera hallar, ¡oh estraño caso!,

como en las altas cumbres del Pamaso.

De la región antártica podría

Eternizar ingenios soberanos,

que si riquezas hoy sustenta y cría,

también entendimientos sobrehumanos.

Mostrarlo puedo en muchos este día,

y en dos os quiero dar llenas las manos:

uno, de Nueva España y nuevo Apolo;

del Perú, el otro, un sol único y solo.

FRANCISCO, el uno, DE TERRAZAS, tiene

el nombre acá y allá tan conoscido,

cuya vena caudal nueva Hipocrene

ha dado al patrio venturoso nido.

La mesma gloria al otro igual le viene,

pues su divino ingenio ha producido

en Arequipa eterna primavera,

que éste es DIEGO MARTINEZ DE RIBERA.

Aquí, debajo de felice estrella,

un resplandor salió tan señalado,

que de su lumbre la menor centella

nombre de oriente al occidente ha dado.

Cuando esta luz nasció, nasció con ella

todo el valor, nasció ALONSO PICADO;

nasció mi hermano y el de Palas junto,

que ambas vimos en él vivo transumpto.

Pues si he de dar la gloria a ti debida,

gran ALONSO DE ESTRADA, hoy eres digno

que no se cante así tan de corrida

tu ser y entendimiento peregrino.

Contigo está la tierra enriquescida

que al Betis mil tesoros da contino,

y aun no da el cambio igual: que no hay tal paga

que a tan dichosa deuda satisfaga.

Por prenda rara desta tierra ilustre,

claro don JUAN, to nos ha dado el cielo,

DE AVALOS gloria, Y DE RIBERA lustre,

honra del proprio y del ajeno suelo.

Dichosa España, do por más de un lustre

muestra serán tus obras y modelo

de cuanto puede dar naturaleza

de ingenio claro y singular nobleza.

El que en la dulce patria está contento,

las puras aguas de Limar gozando,

la famosa ribera, el fresco viento

con sus divinos versos alegrando,

venga, y veréis por summa deste cuento,

su heroico brio y discreción mirando,

que es SANCHO DE RIBERA, en toda parte

Febo primero, y sin segundo Marte.

Este mesmo famoso insigne valle

un tiempo al Betis usurpar solía

un nuevo Homero, a quien podemos dalle

la corona de ingenio y gallardía.

Las Gracias le cortaron a su talle,

y el cielo en todas to mejor le envía;

éste, ya en vuestro Tajo conoscido,

PEDRO DE MONTESDOCA es su apellido.

En todo cuanto pedirá el deseo,

un DIEGO ilustre DE AGUILAR admira,

un águila real que en vuelo veo

alzarse a do llegar ninguno aspira.

Su pluma entre cien mil gana trofeo,

que, ante ella, la más alta se retira;

su estilo y su valor tan celebrado

Guánuco lo dirá, pues to ha gozado.

Un GONZALO FERNÁNDEZ se me ofresce,

gran capitán del escuadrón de Apolo,

que hoy DE SOTOMAYOR ensoberbece

el nombre, con su nombre heroico y solo.

En verso admira, y en saber floresce

en cuanto mira el uno y otro polo;

y si en la pluma en tanto grado agrada,

no menos es famoso por la espada.

De un ENRIQUE GARCÉS, que al piruano

reino enriquece, pues con dulce rima,

con subtil, ingeniosa y fácil mano,

a la más ardua empresa en él dio cima,

pues en dulce español al gran toscano

nuevo lenguaje ha dado y nueva estima,

¿quién será tal que la mayor le quite,

aunque el mesmo Petrarca resucite?

Un RODRIGO FERNÁNDEZ DE PINEDA,

cuya vena inmortal, cuya excelente

y rara habilidad gran parte hereda

del licor sacro de la equina fuente,

pues cuanto quiere dél no se le veda,

pues de tal gloria goza en occidente,

tenga también aquí tan larga parte,

cual la merescen hoy su ingenio y parte.

Y tú, que al patrio Betis has tenido

lleno de envidia, y con razón quejoso

de que otro cielo y otra tierra han sido

testigos de to canto numeroso,

alégrate, que el nombre esclarescido

tuyo, JUAN DE MESTANZA, generoso,

sin segundo será por todo el suelo

mientras diere su luz el cuarto cielo.

Toda la suavidad que en dulce vena

se puede ver, veréis en uno solo,

que al son sabroso de su musa enfrena

la furia al mar, el curso al dios Eolo.

El nombre déste es BALTASAR DE ORENA,

cuya fama del uno al otro polo

corre ligera, y del oriente a ocaso,

por honra verdadera de Parnaso.

Pues de una fértil y preciosa planta,

de allá traspuesta en el mayor collado

que en toda la Tesalia se levanta,

planta que ya dichoso fruto ha dado,

callaré yo to que la fama canta

del ilustre don PEDRO DE ALVARADO,

ilustre, pero ya no menos claro,

por su divino ingenio, al mundo raro.

Tú, que con nueva musa extraordinaria,

CAIRASCO, cantas del amor el ánimo

y aquella condición del vulgo varia

donde se opone al fuerte el pusilánimo;

si a este sitio de la Gran Canaria

vinieres, con ardor vivo y magnánimo

mis pastores ofrecen a tus méritos

mil lauros, mil loores beneméritos.

¿Quién es, ¡oh anciano Tormes!, el que niega

que no puedes al Nilo aventajarte,

si puede sólo el licenciado VEGA

más que Títiro al Mincio celebrarte?

Bien sé, DAMIÁN, que vuestro ingenio llega

do alcanza deste honor la mayor parte,

pues sé, por muchos años de experiencia,

vuestra tan sin igual virtud y sciencia.

Aunque el ingenio y la elegancia vuestra,

FRANCISCO SÁNCHEZ, se me concediera,

por torpe me juzgara y poco diestra,

si a querer alabaros me pusiera.

Lengua del cielo única y maestra

tiene de ser la que por la carrera

de vuestras alabanzas se dilate,

que hacerlo humana lengua es disparate.

Las raras cosas y en estilo nuevas

que un espíritu muestran levantado,

en cien mil ingeniosas, arduas pruebas,

por sabio conoscido y estimado,

hacen que don FRANCISCO DE LAS CUEVAS

por mí sea dignamente celebrado,

en tanto que la fama pregonera

no detuviere su veloz carrera.

Quisiera rematar mi dulce canto

en cal sazón, pastores, con loaros

un ingenio que al mundo pone espanto

y que pudiera en éstasis robaros.

En él cifro y recojo todo cuanto

he mostrado hasta aquí y he de mostraros:

FRAY LUIS DE LEÓN es el que digo,

a quien yo reverencio, adoro y sigo.

¿Qué modos, qué caminos o qué vías

de alabar buscaré para qu’el nombre

viva mil siglos de aquel gran MATIAS

que DEZÚÑIGA tiene el sobrenombre?

A él se den las alabanzas mías,

que, aunque yo soy divina y él es hombre,

por ser su ingenio, como lo es, divino,

de mayor honra y alabanza es digno.

Volved el presuroso pensamiento

a las riberas de Pisuerga bellas:

veréis que augmentan este rico cuento

claros ingenios con quien se honran ellas.

Ellas no sólo, sino el firmamento,

do lucen las claríficas estrellas,

honrarse puede bien cuando consigo

tenga allá los varones que aquí digo.

Vos, DAMASIO DE FRÍAS, podéis solo

loaros a vos mismo, pues no puede

hacer, aunque os alabe el mesmo Apolo,

que en tan justo loor corto no quede.

Vos sois el cierto y el seguro polo

por quien se guía aquel que le sucede

en el mar de las sciencias buen pasaje,

propicio viento y puerto en su viaje.

ANDRÉS SANZ DE PORTILLO, tú me envía

aquel aliento con que Febo mueve

tu sabia pluma y alta fantasía,

porque te dé el loor que se te debe.

Que no podrá la ruda lengua mía,

por más caminos que aquí tiente y pruebe,

hallar alguno así cual le deseo

para loar to que en ti siento y veo.

Felicísimo ingenio, que te encumbras

sobre el que más Apolo ha levantado,

y con tus claros rayos nos alumbras

y sacas del camino más errado;

y, aunque ahora con ella me deslumbras

y tienes a mi ingenio alborotado,

yo te doy sobre muchos palma y gloria,

pues a mí me la has dado, doctor SORIA.

Si vuestras obras son tan estimadas,

famoso CANTORAL, en toda parte,

serán mis alabanzas escusadas,

si en nuevo modo no os alabo, y arte.

Con las palabras más calificadas,

con cuanto ingenio el cielo en mí reparte,

os admiro y alabo aquí callando,

y llego do llegar no puedo hablando.

Tú, HIERÓNIMO VACA Y DE QUIÑONES,

si canto me he tardado en celebrarte,

mi pasado descuido es bien perdones,

con la enmienda que ofrezco de mi parte.

De hoy más en claras voces y pregones,

en la cubierta y descubierta parte

del ancho mundo, haré con clara llama

lucir to nombre y estender tu fama.

Tu verde y rico margen, no d’enebro,

ni de ciprés funesto enriquescido,

claro, abundoso y conoscido Ebro,

sino de lauro y mirto florescido,

ahora como puedo le celebro,

celebrando aquel bien qu’han concedido

el cielo a tus riberas, pues en ellas

moran ingenios claros más que estrellas.

Serán testigo desto dos hermanos,

dos luceros, dos soles de poesía,

a quien el cielo con abiertas manos

dio cuanto ingenio y arte dar podía.

Edad temprana, pensamientos canos,

maduro trato, humilde fantasía,

labran eterna y digna laureola

a LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA.

Con sancta envidia y competencia sancta

parece qu’el menor hermano aspira

a igualar al mayor, pues se adelanta

y sube do no llega humana mira.

Por esto escribe y mil sucesos canta

con tan suave y acordada lira,

que este BARTOLOMÉ menor meresce

lo que al mayor, Lupercio, se le ofresce.

Si el buen principio y medio da esperanza

que el fin ha de ser raro y excelente,

en cualquier caso ya mi ingenio alcanza

qu’el tuyo has de encumbrar, COSME PARIENTE

Y así, puedes, con cierta confianza,

prometer a tu sabia honrosa frente

la corona que tiene merescida

tu claro ingenio, tu inculpable vida.

En soledad, del cielo acompañado,

vives, ¡oh gran MORILLO!, y allí muestras

que nunca dejan tu cristiano lado

otras musas más sanctas y más diestras.

De mis hermanas fuiste alimentado,

y ahora, en pago dello, nos adiestras

y enseñas a cantar divinas cosas,

gratas al cielo, al suelo provechosas.

Turia, tú que otra vez con voz sonora

cantaste de tus hijos la excelencia,

si gustas de escuchar la mía ahora,

formada no en envidia o competencia,

oirás cuánto tu fama se mejora

con los que yo diré, cuya presencia,

valor, virtud, ingenio, te enriquecen

y sobre el Indo y Gange te engrandecen.

¡Oh tú, don JUAN COLOMA, en cuyo seno

tanta gracia del cielo se ha encerrado,

que a la envidia pusiste en duro freno

y en la fama mil lenguas has criado,

con que del gentil Tajo al fértil Reno

tu nombre y uo valor va levantado!

Tú, conde de Elda, en todo tan dichoso,

haces el Turia más qu’el Po famoso.

Aquel en cuyo pecho abunda y llueve

siempre una fuente que es por él divina,

y a quien el coro de sus lumbres nueve

como a señor con gran razón se inclina,

a quien único nombre se le debe

de la etíope hasta la gente austrina,

don Luis GARCERÁN es sin segundo,

maestre de Montesa y bien del mundo.

Meresce bien en este insigne valle

lugar ilustre, asiento conoscido,

aquel a quien la fama quiere dalle

el nombre que su ingenio ha merescido

Tenga cuidado el cielo de loalle,

pues es del cielo su valor crescido:

el cielo alabe to que yo no puedo

del sabio don ALONSO REBOLLEDO.

Alzas, doctor FALCÓN, tan alto el vuelo,

que al águila caudal atrás te dejas,

pues te remontas con tu ingenio. al cielo.

y deste valle mísero te alejas.

Por esto temo y con razón recelo

que, aunque te alabe, formarás mil quejas

de mí, porque en tu loa noche y día

no se ocupa la voz y lengua mía.

Si tuviera, cual tiene la Fortuna,

la dulce poesía varia rueda,

ligera y más movible que la luna,

que ni estuvo, ni está, ni estará queda,

en ella, sin hacer mudanza alguna,

pusiera sólo a MICER ARTIEDA,

y el más alto lugar siempre ocupara,

por sciencias, por ingenio y virtud rara.

Todas cuantas bien dadas alabanzas

diste a raros ingenios, ioh GIL POLO!,

tú las mereces solo y lás alcanzas,

tú las alcanzas y mereces solo.

Ten ciertas y seguras esperanzas

que en este valle un nuevo mauseolo

te harán estos pastores, do guardadas

tus cenizas serán y celebradas.

CRISTÓBAL DE VIRUÉS, pues se adelanta

tu sciencia y tu valor tan a tus años,

tú mesmo aquel ingenio y virtud canta

con que huyes del mundo los engaños.

Tierna, dichosa y bien nascida planta,

yo haré que en proprios reinos y en estraños

el fruto de tu ingenio levantado

se conozca, se admire y sea estimado.

Si conforme al ingenio que nos muestra

SILVESTRE DE ESPINOSA, así se hubiera

de loar, otra voz más viva y diestra,

más tiempo y más caudal menester fuera.

Mas, pues la mía a su intención adiestra,

yo [le] daré por paga verdadera,

con el bien que del dios de Delo tiene,

el mayor de las aguas de Hipocrene.

Entre éstos, como Apolo, venir veo,

hermoseando al mundo con su vista,

al discreto galán GARCÍA ROMEO,

dignísimo de estar en esta lista.

Si la hija del húmido Peneo,

de quien ha sido Ovidio coronista,

en campos de Tesalia le hallara,

en él y no en laurel se transformara.

Rompe el silencio y sancto encerramiento,

traspasa el aire, al cielo se levanta

de fray PEDRO DE HUETE aquel acento

de su divina musa, heroica y sancta.

Del alto suyo raro entendimiento

cantó la fama, ha de cantar y canta,

llevando, para dar al mundo espanto,

sus obras por testigos de su canto.

Tiempo es ya de llegar al fin postrero,

dando principio a la mayor hazaña

que jamás emprendí, la cual espero

que ha de mover al blando Apolo a saña,

pues, con ingenio rústico y grosero,

a dos soles que alumbran vuestra España

-no sólo a España, mas al mundo todo­-

pienso loar, aunque me falte el modo.

De Febo la sagrada honrosa sciencia,

la cortesana discreción madura,

los bien gastados años, la experiencia,

que mil sanos consejos aségura;

la agudeza de ingenio, el advertencia

en apuntar y en descubrir la escura

dificultad y duda que se ofrece,

en estos soles dos sólo floresce.

En ellos un epílogo, pastores,

del largo canto mío ahora hago,

y a ellos enderezo los loores

cuantos habéis oído, y no los pago:

que todos los ingenios son deudores

a estos de quien yo me satisfago;

satisfácese dellos todo el suelo,

y aun los admira, porque son del cielo.

Estos quiero que den fin a mi canto,

y a nueva admiración comienzo;

y si pensáis que en esto me adelanto,

cuando os diga quién son, veréis que os venzo.

Por ellos hasta el cielo me levanto,

y sin ellos me corro y me avergüenzo:

tal es LANEZ, cal es FIGUEROA,

dignos de eterna y de incesable loa.

No había aún bien acabado la hermosa ninfa los últi­mos acentos de su sabroso canto, cuando, tornándose a juntar las llamas, que divididas estaban, la cerraron en medio, y luego, poco a poco consumiéndose, en breve espacio desapareció el ardiente fuego y la discreta musa delante de los ojos de todos, a tiempo que ya la clara au­rora comenzaba a descubrir sus frescas y rosadas mejillas por el espacioso cielo, dando alegres muestras del veni­dero día. Y luego el venerable Telesio, puniéndose enci­ma de la sepultura de Meliso, y rodeado de toda la agra­dable compañía que allí estaba, prestándole todos una agradable atención y estraño silencio, desta manera co­menzó a decirles:

-Lo que esta pasada noche en este mesmo lugar y por vuestros mesmos ojos habéis visto, discretos y gallardos pastores y hermosas pastoras, os habrá dado a entender cuán acepta es al cielo la loable costumbre que tenemos de hacer estos anales sacrificios y honrosas obsequias por las felices almas de los cuerpos que por decreto vuestro en este famoso valle tener sepultura merescieron. Dígoos esto, amigos míos, porque de aquí adelante con más fervor y diligencia acudáis a poner en efecto tan sancta y famosa obra, pues ya veis de cuán raros y altos espíritus nos ha dado noticia la bella Calíope, que todos son dignos, no sólo de las vuestras, pero de todas las posibles alabanzas. Y no penséis que es pequeño el gusto que he rescibido en saber por tan verdadera relación cuán grande es el número de los divinos ingenios que en nuestra España hoy viven, porque siempre ha estado y está en opinión de todas las naciones estranjeras que no son muchos, sino pocos, los espíritus que en la sciencia de la poesía en ella muestran que le tienen levantado, siendo tan al revés como se parece, pues cada uno de los que la ninfa ha nombrado al más agudo estranjero se aventaja, y darían claras muestras dello, si en esta nues­tra España se estimase en tanto la poesía como en otras provincias se estima. Y así, por esta causa, los insignes y claros ingenios que en ella se aventajan, con la poca es­timación que dellos los príncipes y el vulgo hacen, con solos sus entendimientos comunican sus altos y estraños conceptos, sin osar publicarlos al mundo; y tengo para mí que el cielo debe de ordenarlo desta manera, porque no meresce el mundo ni el mal considerado siglo nuestro gozar de manjares al alma tan gustosos. Mas, porque me parece, pastores, que el poco sueño desta pasada noche y las largas ceremonias nuestras os tendrán algún tanto fa­tigados y deseosos de reposo, será bien que, haciendo lo poco que nos falta para cumplir nuestro intento, cada uno se vuelva a su cabaña o al aldea, llevando en la memoria lo que la musa nos deja encomendado.

Y, en diciendo esto, se abajó de la sepultura; y, tor­nándose a coronar de nuevas y funestas ramas, tomó a rodear la pira tres veces, siguiéndole todos y acompa­ñándole en algunas devotas oraciones que decía. Esto acabado, teniéndole todos en medio, volvió el grave ros­tro a una y otra parte, y, bajando la cabeza y mostrando agradescido semblante y amorosos ojos, se despidió de toda la compañía, la cual, yéndose quién por una y quién por otra parte de las cuatro salidas que aquel sitio tenía, en poco espacio se deshizo y dividió toda, quedando so­los los del aldea de Aurelio, y con ellos Timbrio, Silerio, Nísida y Blanca, con los famosos pastores Elicio, Tirsi, Damón, Lauso, Erastro, Daranio, Arsindo y los cuatro lastimados Orompo, Marsilo, Crisio y Orfinio, con las pastoras Galatea, Florisa, Silveria y su amiga Belisa, por quien Marsilo moría. Juntos, pues, todos estos, el vene­rable Aurelio les dijo que sería bien partirse luego de aquel lugar, para llegar a tiempo de pasar la siesta en el Arroyo de las Palmas, pues tan acomodado sitio era para ello. A todos pareció bien to que Aurelio decía; y luego, con reposados pasos, hacia donde él dijo se encaminaron. Mas, como la hermosa vista de la pastora Belisa no deja­se reposar los espíritus de Marsilo, quisiera él, si pudiera y le fuera lícito, llegarse a ella y decirle la sinrazón que con él usaba; mas, por no perder el decoro que a la ho­nestidad de Belisa se debía, estábase el triste más mudo de to que había menester su deseo. Los mesmos efectos y accidentes hacía amor en las almas de los enamorados Elicio y Erastro, que cada cual por sí quisiera decir a Galatea to que ya ella bien sabía. A esta sazón, dijo Au­relio:

-No me parece bien, pastores, que os mostréis tan avaros que no queráis corresponder y pagar lo que debéis a las calandrias y ruiseñoles y a los otros pintados pajarillos que por entre estos árboles con su no aprendida y maravillosa armonía os van entretiniendo y regocijando. Tocad vuestros instrumentos y levantad vuestras sonoras voces, y mostraldes que el arte y destreza vuestra en la música a la natural suya se aventaja; y con tal entreteni­miento sentiremos menos la pesadumbre del camino y los rayos del sol, que ya parece que van amenazando el rigor con que esta siesta han de herir la tierra.

Poco fue menester para ser Aurelio obedecido, porque luego Erastro tocó su zampoña y Arsindo su rabel, al son de los cuales instrumentos, dando todos la mano a Elicio, él comenzó a cantar desta manera:

ELICIO

Por lo imposible peleo,

y si quiero retirarme,

ni paso ni senda veo;

que hasta vencer o acabarme,

tras sí me lleva el deseo.

Y, aunque sé que aquí es forzoso

antes morir que vencer,

cuando estoy más peligroso,

entonces vengo a tener

mayor fe en lo más dudoso.

El cielo que me condemna

a no esperar buena andanza,

me da siempre a mano llena,

sin las sombras de esperanza,

mil certidumbres de pena.

Mas mi pecho valeroso,

que se abrasa y se resuelve

en vivo fuego amoroso,

en contracambio, le vuelve

mayor fe en lo más dudoso.

Inconstancia, firme duda,

falsa fe, cierto temor,

voluntad de amor desnuda,

nunca turban el amor

que de firme no se muda.

Vuele el tiempo presuroso,

suceda ausencia o desdén,

crezca el mal, mengüe el reposo,

que yo tendré por mi bien

mayor fe en lo más dudoso.

¿No es conoscida locura

y notable desvarío

querer yo lo que ventura

me niega, y el hado mío

y la suerte no asegura?

De todo estoy temeroso;

no hay gusto que me entretenga,

y en trance tan peligroso,

me hace el amor que tenga

mayor fe en lo más dudoso.

Alcanzo de mi dolor

que está en cal término puesto,

que llega donde el amor;

y el imaginar en esto,

tiempla en parte su rigor.

De pobre y menesteroso,

doy a la imaginación

alivio tan congojoso,

porque tenga el corazón

mayor fe en lo más dudoso.

Y más agora, que vienen

de golpe todos los males;

y para que más me penen,

aunque todos son mortales,

en la vida me entretienen.

Mas, en fin, si un fin hermoso

nuestra vida en honra sube,

el mío me hará famoso,

porque en muerte y vida tuve

mayor fe en lo más dudoso.

Parecióle a Marsilo que lo que Elicio había cantado tan a su propósito hacía, que quiso seguirle en el mesmo concepto; y así, sin esperar que otro le tomase la mano, al son de los mesmos instrumentos, desta manera comen­zó a cantar:

MARSILO

¡Cuán fácil cosa es llevarse

el viento las esperanzas

que pudieron fabricarse

de las vanas confianzas

que suelen imaginarse!

Todo concluye y fenece:

las esperanzas de amor,

los medios qu’el tiempo ofresce;

mas en el buen amador

sola la fe permanece.

Ella en mí tal fuerza alcanza,

que, a pesar de aquel desdén,

lleno de desconfianza,

siempre me asegura un bien

que sustenta la esperanza.

Y, aunqu’el amor desfallece

en el blanco, airado pecho

que tanto mis males cresce,

en el mío, a su despecho,

sola la fe permanece.

Sabes, amor, tú, que cobras

tributo de mi fe cierta,

y tanto en cobrarle sobras,

que mi fe nunca fue muerta,

pues se aviva con mis obras.

Y sabes bien que descrece

toda mi gloria y contento

cuanto más to furia cresce,

y que en mi alma de asiento

sola la fe permanece.

Pero si es cosa notoria,

y no hay poner duda en ella,

que la fe no entra en la gloria,

yo, que no estaré sin ella,

¿qué triunfo espero o victoria?

Mi sentido desvanece

con el mal que se figura;

todo el bien desaparece;

y entre tanta desventura,

sola la fe permanece.

Con un profundo sospiro dio fin a su canto el lastima­do Marsilo; y luego Erastro, dando su zampoña, sin más detenerse, desta manera comenzó a cantar:

ERASTRO

En el mal que me lastima

y en el bien de mi dolor,

es mi fe de tanta estima

que ni huye del temor,

ni a la esperanza se arrima.

No la turba o desconcierta

ver que está mi pena cierta

en su difícil subida,

ni que consumen la vida

fe viva, esperanza muerta.

Milagro es éste en mi mal;

mas eslo porque mi bien,

si viene, venga a ser tal,

que, entre mil bienes, le den

la palma por principal.

La fama, con lengua experta,

dé al mundo noticia cierta

qu’el firme amor se mantiene

en mi pecho, adonde tiene

fe viva, esperanza muerta.

Vuestro desdén riguroso

y mi humilde merescer,

me tienen tan temeroso

que, ya que os supe querer,

ni puedo hablaros, ni oso.

Veo de contino abierta

a mi desdicha la puerta,

y que acabo poco a poco,

porque con vos valen poco

fe viva, esperanza muerta.

No llega a mi fantasía

un tan loco desvaneo,

como es pensar que podría

el menor bien que deseo

alcanzar por la fe mía.

Podéis, pastora, estar cierta

qu’el alma rendida acierta

a amaros cual merecéis,

pues siempre en ella hallaréis

fe viva, esperanza muerta.

Calló Erastro; y luego, el ausente Crisio, al son de los mesmos instrumentos, desta suerte comenzó a cantar:

CRISIO

Si a las veces desespera

del bien la firme afición,

quien desmaya en la carrera

de la amorosa pasión,

¿qué fruto o qué premio espera?

Yo no sé quien se asegura

gloria, gustos y ventura

por un ímpetu amoroso,

si en él y en el más dichoso

no es fe la fe que no dura.

En mil trances ya sabidos

se han visto, y en los de amores,

los soberbios y atrevidos,

al principio vencedores,

y a la fin quedar vencidos.

Sabe el que tiene cordura

que en la firmeza se apura

el triunfo de la batalla,

y sabe que, aunque se halla,

no es fe la fe que no dura.

En el que quisiere amar

no más de por su contento,

es imposible durar

en su vano pensamiento

la fe que se ha de guardar.

Si en la mayor desventura

mi fe tan firme y segura

como en el bien no estuviera,

yo mismo della dijera:

no es fe la fe que no dura.

El ímpetu y ligereza

de un nuevo amador insano,

los llantos y la tristeza,

son nubes que en el verano

se deshacen con presteza.

No es amor el que le apura,

sino apetito y locura,

pues cuando quiere, no quiere:

no es amante el que no muere,

no es fe la fe que no dura.

A todos pareció bien la orden que los pastores en sus canciones guardaban, y con deseo atendían a que Tirsi o Damón comenzasen; mas presto se le cumplió Damón, pues, en acabando Crisio, al son de su mesmo rabel, cantó desta manera:

DAMÓN

Amarili, ingrata y bella,

¿quién os podrá enternecer,

si os vienen a endurescer

las ansias de mi querella

y la fe de mi querer?

¡Bien sabéis, pastora, vos

que en el amor que mantengo

a tan alto estremo vengo

que, después de la de Dios,

sola es fe la fe que os tengo!

Y, puesto que subo tanto

en amar cosa mortal,

tal bien encierra mi mal,

que al alma por él levanto

a su patria natural.

Por esto conozco y sé

que tal es mi amor, tan luengo

como muero y me entretengo,

y que, si en amor hay fe,

sola es fe la fe que os tengo.

Los muchos años gastados

en amorosos servicios,

del alma los sacrificios,

de mi fe y de mis cuidados

dan manifiestos indicios.

Por esto no os pediré

remedio al mal que sostengo;

y si a pedírosle vengo, e

s, Amarili, porque

sola es fe la fe que os tengo.

En el mar de mi tormenta

jamás he visto bonanza,

y aquella alegre esperanza

con quien la fe se sustenta,

de la mía no se alcanza.

Del amor y de fortuna

me quejo; mas no me vengo,

pues por ellas a tal vengo

que, sin esperanza alguna,

sola es fe la fe que os tengo.

El canto de Damón acabó de confirmar en Timbrio y en Siletio la buena opinión que del raro ingenio de los pastores que allí estaban habían concebido; y más cuan­do, a persuasión de Tirsi y de Elicio, el ya libre y desde­ñoso Lauso, al son de la flauta de Arsindo, soltó la voz en semejantes versos:

LAUSO

Rompió el desdén tus cadenas,

falso amor, y a mi memoria

el mesmo ha vuelto la gloria

de la ausencia de tus penas.

Llame mi fe quien quisiere

antojadiza, y no firme,

y en su opinión me confirme

como más le pareciere.

Diga que presto olvidé,

y que de un sotil cabello,

que un soplo pudo rompello,

colgada estaba mi fe.

Digan que fueron fingidos

mis llantos y mis sospiros,

y que del Amor los tiros

no pasaron mis vestidos.

Que no el ser llamado vano

y mudable me atormenta,

a trueco de ver esenta

mi cerviz del yugo insano.

Sé yo bien quién es Silena

y su condición estraña,

y que asegura y engaña

su apácible faz serena.

A su estraña gravedad

y a sus bajos bellos ojos,

no es mucho dar los despojos

de cualquiera voluntad.

Esto en la vista primera;

mas, después de conoscida,

por no verla, dar la vida,

y más, si más se pudiera.

Silena del cielo y mía,

muchas veces la llamaba

porque tan hermosa estaba

que del cielo parecía;

Mas ahora, sin recelo,

mejor la podré llamar

serena falsa del mar,

que no Silena del cielo.

Con los ojos, con la pluma,

con las veras y los juegos,

de amantes vanos y ciegos

prende innumerable suma.

Siempre es primero el postrero;

mas el más enamorado

al cabo es tan maltratado

cuanto querido primero.

¡Oh cuánto más se estimara

de Silena la hermosura,

si el proceder y cordura

a su belleza igualara!

No le falta discreción;

mas empléala tan mal,

que le sirve de dogal

que ahoga su presumpción.

Y no hablo de corrido,

pues sería apasionado,

pero hablo de engañado

y sin rázón ofendido.

Ni me ciega la pasión,

ni el deseo de su mengua:

que siempre siguió mi lengua

los términos de razón.

Sus muchos antojos varios,

su mudable pensamiento,

le vuelven cada momento

los amigos en contrarios.

Y pues hay por tantos modos

enemigos de Silena,

o ella no es coda buena,

o son ellos malos todos.

Acabó Lauso su canto; y, aunque él creyó que ningu­no le entendía, por ignorar el disfrazado nombre de Sile­na, más de tres de los que allí iban la conoscieron, y aun se maravillaron que la modestia de Lauso a ofender al­guno se estendiese: principalmente a la disfrazada pastora, de quien tan enamorado le habían visto. Pero en la opinión de Damón, su amigo, quedó bien disculpado, porque conoscía el término de Silena y sabía el que con Lauso había usado, y de to que no dijo se maravillaba. Acabó, como se ha dicho, Lauso; y, como Galatea estaba informada del estremo de la voz de Nísida, quiso, por obligarla, cantar ella primero; y por esto, antes que otro pastor comenzase, haciendo señal a Arsindo que en tañer su flauta procediese, al son della, con su estremada voz, cantó desta manera:

GALATEA

Tanto cuanto el amor convida y llama

al alma con sus gustos de aparencia,

tanto más huye su mortal dolencia

quien sabe el nombre que le da la fama.

Y el pecho opuesto a su amorosa llama,

armado de una honesta resistencia,

poco puede empecerle su inclemencia,

poco su fuego y su rigor le inflama.

Segura está, quien nunca fue querida

ni supo querer bién, de aquella lengua

que en su deshonrä se adelgaza y lima;

mas si el querer y el no querer da mengua,

¿en qué ejercicios pasará la vida

la que más que al vivir la honra estima?

Bien se echó de ver en el canto de Galatea que res­pondía al malicioso dè Lauso, y que no estaba mal con las voluntades libres, sino con las lenguas maliciosas y los ánimos dañados, que, en no alcanzando lo que quie­ren, convierten el amor que un tiempo mostraron en un odio malicioso y detestable, como ella en Lauso imagi­naba; pero quizá saliera deste engaño, si la buena condi­ción de Lauso conosciera y la mala de Silena no ignorara. Luego que Galatea acabó de cantar, con corteses pala­bras rogó a Nísida que lo mesmo hiciese; la cual, como era tan comedida como hermosa, sin hacerse de rogar, al son de la zampoña de Florisa, cantó desta suerte:

NÍSIDA

Bien puse yo valor a la defensa

del duro encuentro y amoroso asalto;

bien levanté mi presumpción en alto

contra el rigor de la notoria ofensa.

Mas fue tan reforzada y tan intensa

la batería, y mi poder tan falto,

que sin cogerme amor de sobresalto,

me dio a entender su potestad inmensa.

Valor, honestidad, recogimiento,

recato, ocupación, esquivo pecho,

amor con poco premio lo conquista.

Ansí que, para huir el vencimiento,

consejos jamás fueron de provecho:

desta verdad testigo soy de vista.

Cuando Nísida acabó de cantar y acabó de admirar a Galatea y a los que escuchado la habían, estaban ya bien cerca del lugar adonde tenían determinado de pasar la siesta; pero en aquel poco espacio le tuvo Belisa para cumplir to que Silveria le rogó, que fue que algo cantase; la cual, acompañándola el son de la flauta de Arsindo, cantó lo que se sigue:

BELISA

Libre voluntad esenta,

atended a la razón

que nuestro crédito augmenta;

dejad la vana afición,

engendradora de afrenta;

que cuando el alma se encarga

de alguna amorosa carga,

a su gusto es cualquier cosa

compusición venenosa

con jugo de adelfa amarga.

Por la mayor cantidad

de la riqueza subida

en valor y en calidad,

no es bien dada ni vendida

la preciosa libertad.

¿Pues, quién se pondrá a perdella

por una simple querella

de un amador porfiado,

si cuanto bien hay crïado

no se compara con ella?

Si es insufrible dolor

tener en prisión esquiva

el cuerpo libre de amor,

tener el alma captiva

¿no será pena mayor?

Sí será, y aun de tal suerte,

que remedio a mal tan fuerte

no se halla en la paciencia,

en años, valor o sciencia,

porque sólo está en la muerte.

Vaya, pues, mi sano intento

lejos deste desvarío;

huiga tan falso contento;

rija mi libre albedrío

a su modo el pensamiento;

mi tiema cerviz esenta

no permita ni consienta

sobre sí el yugo amoroso,

por quien se turba el reposo

y la libertad se ausenta.

Al alma del lastimado Marsilo llegaron los libres ver­sos de la pastora, por la poca esperanza que sus palabras prometían de ser mejoradas sus obras; pero, como era tan firme la fe con que la amaba, no pudieron las notorias muestras de libertad que había oído hacer que él no que­dase tan sin ella como hasta entonces estaba. Acabóse en esto el camino de llegar al Arroyo de las Palmas, y, aun­que no llevaran intención de pasar allí la siesta, en Ile­gando a él y en viendo la comodidad del hermoso sitio, él mismo a no pasar adelante les forzara. Llegados, pues, a él, luego el venerable Aurelio ordenó que todos se sentasen junto al claro y espejado arroyo, que por entre la menuda yerba corría, cuyo nascimiento era al pie de una altísima y antigua palma, que por no haber en todas las riberas de Tajo sino aquélla y otra que junto a ella estaba, aquel lugar y arroyo el de las Palmas era llamado. Y, después de sentados, con más voluntad y llaneza que de costosos manjares, de los pastores de Aurelio fueron servidos, satisfaciendo la sed con las claras y frescas aguas que el limpio arroyo les ofrescíá; y, en acabando la breve y sabrosa comida, algunos de los pastores se divi­dieron y apartaron a buscar algún apartado y sombrío lu­gar donde restaurar pudiesen las no dormidas horas de la pasada noche; y sólo se quedaron solos los de la com­pañía y aldea de Aurelio, con Timbrio, Silerio, Nísida y Blanca, Tirsi y Damón, a quien les pareció ser mejor gustar de la buena conversación que allí se esperaba, que de cualquier otro gusto que el sueño ofrecerles podía. Adivinada, pues, y casi conoscida esta su intención de Aurelio, les dijo:

-Bien será, señores, que los que aquí estamos, ya que entregamos al dulce sueño no habemos querido, que este tiempo que le hurtamos no dejemos de aprovecharle en cosa que más de nuestro gusto sea; y la que a mí me pa­rece que no podrá dejar de dárnosle, es que cada cual, como mejor supiere, muestre aquí la agudeza de su inge­nio, proponiendo alguna pregunta o enigma, a quien es­té obligado a responder el compañero que a su lado estuviere; pues con este ejercicio se granjearán dos co­sas: la una, pasar con menos enfado las horas que aquí estuviéremos; la otra, no cansar tanto nuestros oídos con oír siempre lamentaciones de amor y endechas enamoradas.

Conformáronse todos luego con la voluntad de Aure­lio; y, sin mudarse del lugar do estaban, el primero que comenzó a preguntar fue el mesmo Aurelio, diciendo desta manera:

AURELIO

¿Cuál es aquel poderoso

que desde oriente a occidente

es conoscido y famoso?

A veces, fuerte y valiente:

otras, flaco y temeroso;

quita y pone la salud,

muestra y cubre la virtud

en muchos más de una vez,

es más fuerte en la vejez

que en la alegre joventud.

Múdase en quien no se muda

por estraña preeminencia,

hace temblar al que suda,

y a la más rara elocuencia

suele tornar torpe y muda;

con diferentes medidas,

anchas, cortas y estendidas,

mide su ser y su nombre,

y suele tomar renombre

de mil tierras conoscidas.

Sin armas vence al armado,

y es forzoso que le venza,

y aquél que más le ha tratado,

mostrando tener vergüenza,

es el más desvergonzado.

Y es cosa de maravilla

que en el campo y en la villa,

a capitán de tal prueba

cualquier hombre se le atreva,

aunque pierda en la rencilla.

Tocó la respuesta desta pregunta al anciano Arsindo, que junto a Aurelio estaba; y, habiendo un poco conside­rado to que significar podía, al fin le dijo:

-Paréceme, Aurelio, que la edad nuestra nos fuerza a andar más enamorados de lo que significa tu pregunta que no de la más gallarda pastora que se nos pueda ofre­cer, porque si no me engaño, el poderoso y conoscido que dices es el vino, y en él cuadran todos los atributos que le has dado.

-Verdad dices, Arsindo -respondió Aurelio-, y estoy para decir que me pesa de haber propuesto pregunta que con tanta facilidad haya sido declarada; mas di tú latuya, que al lado tienes quien te la sabrá desatar, por más añu­dada que venga.

-Que me place -dijo Arsindo.

Luego propuso la siguiente:

ARSINDO

¿Quién es quien pierde el color

donde se suele avivar,

y luego toma a cobrar

otro más vivo y mejor?

Es pardo en su nascimiento,

y después negro atezado,

y al cabo tan colorado,

que su vista da contento.

No guarda fueros ni leyes,

tiene amistad con las llamas,

visita a tiempos las camas

de señores y de reyes.

Muerto, se llama varón,

y vivo, hembra se nombra;

tiene el aspecto de sombra;

de fuego, la condición.

Era Damón el que al lado de Arsindo estaba, el cual, apenas había acabado Arsindo su pregunta, cuando le dijo:

-Paréceme, Arsindo, que no es tan escura tu demanda como lo que significa, porque si mal no estoy en ella, el carbón es por quien dices que muerto se llama varón y encendido y vivo brasa, que es nombre de hembra, y Co­das las demás partes le convienen en todo como ésta; y si quedas con la mesma pena que Aurelio, por la facilidad con que tu pregunta ha sido entendida, yo os quiero tener compañía en ella, pues Tirsi, a quien toca responderme, nos hará iguales.

Y luego dijo la suya:

DAMÓN

¿Cuál es la dama polida,

aseada y bien compuesta,

temerosa y atrevida,

vergonzosa y deshonesta,

y gustosa y desabrida?

Si son muchas -porque asombre-,

mudan de mujer el nombre

en varón; y es cierta ley

que va con ellas el rey

y las lleva cualquier hombre.

-Bien es, amigo Damón -dijo luego Tirsi-, que salga verdadera tu porfía, y que quedes con la pena de Aurelio y Arsindo, si alguna tienen, porque te hago saber que sé que lo qu