Entremeses, Miguel de Cervantes


ENTREMESES

Prólogo al lector

No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vie­res que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modes­tia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal mane­ra las sutilizaron y atildaron que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección. Trató se también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ningu­no le ha llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos ahora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito del prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo de este célebre español, todos los aparatos de un autor de co­medias se encerraban en un costal y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado y en cuatro barbas y cabe­lleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo o ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desa­fibs de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que salie­se o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hom­bre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.

Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la man­ta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta enton­ces ninguno representaba sin barba postiza, e hizo que todos representasen a cureña rasa, si no eran los que habían de representar los viejos u otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramo­yas, nubes, truenos y relámpagos, desafios y batallas; pero esto no llegó al sublime punto en que está ahora.

Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruc­ción de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensa­mientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza: corrieron su carrera sin silbos, gritas ni baraúndas. Tuve otras cosas en que ocupar­me; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de natu­raleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica. Avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas, que es una de las mayores cosas que puede decirse, las ha visto representar u oído decir por lo menos que se han representado; y si algunos, que hay muchos, no han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo.

Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tener en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo extre­mo del lincenciado Miguel Sánchez; la gravedad del doctor Mira de Amescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e innumera­bles conceptos del canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro; la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que ahora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Avila: que todos estos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.

Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a com­poner algunas comedias; pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía, y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso nada; y si voy a decir la ver­dad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo y dije entre mí: «O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos.» Tomé a pasar los ojos por mis comedias y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece; él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con sua­vidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitante s. Querría que fuesen las mejores del mundo, o a lo menos razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se enmiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y el que el lenguaje de los entremeses es propio de las figuras que en ellos se introducen, y que para enmienda de todo esto le ofrezco una comedia que estoy componiendo y la inti­tulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.

Dedicatoria at Conde de Lemos

Ahora se agoste o no el jardín de mi corto ingenio, que los frutos que él ofreciere, en cualquier sazón que sea, han de ser de V. E., a quien ofrezco el de estas comedias y entremeses, no tan desabridos, a mi parecer, que no puedan dar algún gusto; y si alguna cosa llevan razonable es que no van manoseados ni han salido al teatro, merced a los farsantes que, de puro discretos, no se ocupan sino en obras grandes y de graves autores, puesto que tal vez se engañan. Don Quiote de la Mancha queda calzadas las espuelas en su segunda parte para ir a besar los pies a V. E. Creo que llegará quejoso, porque en Tarragona le han asendereado y malparado; aunque, por sí o por no, lleva información hecha de que no es él el contenido en aquella historia, sino otro su­puesto, que quiso ser él y no acertó a serlo. Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín, y luego la segunda parte de La Gala­tea, si tanta carga pueden llevar mis ancianos hombros; y luego y siempre irán las muestras del deseo que tengo de servir a V. E., como a mi verdadero señor, y firme y verdadero amparo, cuya persona, etc.

Criado de V. Exc.

Miguel de Cervantes Saavedra

Entremés del Juez de los divorcios

(Sale EL JUEZ, y otros dos con él, que son ESCRIBANO y PROCURADOR, y siéntase en una silla; salen EL VEJETE Y MARIANA, su mujer.)

MARIANA. Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla de su audiencia. Desta vez tengo de quedar dentro o fuera; desta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el gavilán.

VEJETE. Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees tanto tu negocio; habla paso, por la pasión que Dios pasó; mira que tienes atro­nada a toda la vecindad con tus gritos; y, pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia.

JUEZ. ¿Qué pendencia traéis, buena gente?

MARIANA. Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!

JUEZ. ¿De quién, o por qué, señora?

MARIANA. ¿De quién? Deste viejo, que está presente.

JUEZ. ¿Por qué?

MARIANA. Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera. Muy buen dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que me tiene consu­midos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vue sa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada día, por vernie casada con esta anotomía.

JUEZ. No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.

MARIANA. Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas par­tes.

JUEZ. Si ese arbitrio se pudiera o debiera poner en prática, y por dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad más, señora, las ocasio­nes que os mueven a pedir divorcio.

MARIANA. El ivierno de mi marido, y la primavera de mi edad; el quitarme el sueño, por levantarme a media noche a calentar paños y saquillos de salvado para ponerle en la ijada; el ponerle, ora aquesto, ora aquella ligadura, que ligado le vea yo a un palo por justicia; el cuidado que tengo de ponerle de noche alta cabecera de la cama, jara­bes lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada a sufrirle el mal olor de la boca, que le güele mal a tres tiros de arcabuz.

ESCRIBANO. Debe de ser alguna muela podrida.

VEJETE. No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda ella.

PROCURADOR. Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer.

VEJETE. En verdad, señores, que el mal aliento que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino desa mala intención de su pecho. Mal conocen vuesas mercedes a esta señora; pues a fe que, si la conociesen, que la ayunarían o la santiguarían. Veinte y dos años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus voces y de sus fantasías, y ya va para dos años que cada día me va dando vaivenes y empujones hacia la sepultura, a cuyas voces me tiene medio sordo, y, a puro reñir, sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame a regañadientes; habiendo de ser suave la mano y la condición del médico. En resolución, seño­res, yo soy el que muero en su poder, y ella es la que vive en el mío, porque es señora, con mero mixto imperio, de la hacienda que tengo.

MARIANA. ¿Hacienda vuestra? Y ¿qué hacienda tenéis vos, que no la hayáis ganado con la que llevaste s en mi dote? Y son mío la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese; y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veáis el amor que os tengo.

JUEZ. Decid, señor: cuando entrastes en poder de vuestra mujer, ¿no entrastes gallardo, sano, y bien acondicionado?

VEJETE. Ya he dicho que ha veinte y dos años que entré en su poder, como quien entra en el de un cómitre calabrés a remar en gale­ras de por fuerza, y entré tan sano, que podía decir y hacer como quien juega a las pintas.

MARIANA. Cedacico nuevo, tres días en estaca.

JUEZ. Callad, callad, nora en tal, mujer de bien, y andad con Dios; que yo no hallo causa para descasaros; y, pues comistes las ma­duras, gustad de las duras; que no está obligado ningún marido a tener la velocidad y corrida del tiempo, que no pase por su puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dio cuando pudo; y no repliquéis más palabra.

VEJETE. Si fuese posible, recebiría gran merced que vuesa mer­ced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque, dejándome así, habiendo ya llegado a este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no, hagamos una cosa:

enciérrese ella en un monesterio, y yo en otro; partamos la hacienda, y desta suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.

MARIANA. ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar encerrada! No sino llegaos a la niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas; encerraos vos que lo podréis llevar y sufrir, que ni tenéis ojos con qué ver, ni oídos con qué oír, ni pies con qué andar, ni mano con qué tocar: que yo, que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos ca­bales y vivos, quiero usar dello s a la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa.

ESCRIBANO. Libre es la mujer.

PROCURADOR. Y prudente el marido; pero no puede más.

JUEZ. Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam.

(Entra UN SOLDADO bien aderezado, y su mujer DOÑA GUIOMAR.)

GUIOMAR. ¡ Bendito sea Dios!, que se me ha cumplido el deseo que tenía de yerme ante la presencia de vuesa merced, a quien suplico, cuando encarecidamente puedo, sea servido de descasarme déste.

JUEZ. ¿Qué cosa es déste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades siquiera: «deste hombre». GUIOMAR. Si él fuera hom­bre, no procurara yo descasarme.

JUEZ. Pues ¿qué es?

GUIOMAR. Un leño.

SOLDADO. [Aparte.] Por Dios, que he de ser leño en callar y en sufrir. Quizá con no defenderme ni contradecir a esta mujer, el juez se inclinará a condenarme; y, pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuán.

PROCURADOR. Hablad más comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin improperios de vuestro marido, que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

GUIOMAR. Pues ¿no quieren vuesas mercedes que llame leño a una estatua, que no tiene más acciones que un madero?

MARIANA. Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agra­vio.

GUIOMAR. Digo, en fin, señor mio, que a mí me casaron con este hombre, ya que quiere vuesa merced que así lo llame, pero no es este hombre con quien yo me casé.

JUEZ. ¿Cómo es eso?, que no os entiendo.

GUIOMAR. Quiero decir, que pensé que me casaba con un hom­bre moliente y corriente, y a pocos días me hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un real con que ayude a sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oír misa y en estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y escuchando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas tam­bién, se va de casa en casa de juego, y allí sirve de número a los miro­nes, que, según he oído decir, es un género de gente a quien aborrecen en todo estremo los gariteros. A las dos de la tarde viene a comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo; vuél­vese a ir; vuelve a media noche; cena si lo halla; y si no, santíguase, bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole qué tiene. Respóndeme que está haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.

SOLDADO. Mi señora doña Guiomar, en todo cuanto ha dicho, no ha salido de los límites de la razón; y, si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya había yo de haber procurado algún favor de palillos de aquí o de allí, y procurar yerme, como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le acompañe, porque las tales mulas nunca se alquilan sino a faltas y cuando están de nones; sus alforj itas a las ancas, en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y su bota; sin añadir a los vestidos que trae de ita, para hacellos de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y, con una comisión y aun comezón en el seno, sale por esa Puente Toledana raspahilando, a pesar de las malas mañas de la harona, y, a cabo de pocos días, envía a su casa algún pernil de tocino y algunas varas de lienzo crudo; en fin, de aque­llas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto sustenta su casa como el pecador mejor puede; pero yo, que, ni tengo oficio, ni beneficio, no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado; así que me será forzoso suplicar a vuesa merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfa­dosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte.

GUIOMAR. Y hay más en esto, señor juez: que, como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesidad, muérome por remedialle, pero no puedo, porque, en resolución, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza.

SOLDADO. Por esto solo merecía ser querida esta mujer; pero, debajo deste pundonor, tiene encubierta la más mala condición de la tierra; pide celos sin causa; grita sin por qué; presume sin hacienda; y, como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico; y es lo peor, señor juez, que quiere que, a trueco de la fidelidad que me guar­da, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desa­brimientos que tiene.

GUIOMAR. ¿Pues no? ¿Y por qué no me habéis vos de guardar a mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO. Oid, señora doña Guiomar: aquí delante destos seño­res os quiero decir esto: ¿Por qué me hacéis cargo de que sois buena, estando vos obligada a serlo, por ser de tan bueno s padres nacida, por ser cristiana y por lo que debéis a vos misma? ¡Bueno es que quieran las mujeres que las respeten sus maridos porque son castas y honestas; como si en solo esto consistiese, de todo en todo, su perfección; y no echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan! ¿Qué se me da a mi que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho, si os descuidáis de que lo sea vuestra criada, y si andáis siempre rostrituerta, enojada, celosa, pensa­tiva, manirrota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias deste jaez, que bastan a consumir las vidas de docientos maridos? Pero, con todo esto, digo, señor juez, que ninguna cosa destas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el leño, el inhá­bil, el dejado y el perezoso; y que, por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado a descasarnos; que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y holgaré de ser condenado.

GUIOMAR. ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer a mí, ni a vuestra criada, y monta que no son muchas, sino una, y aun esa sietemesina, que no come por un grillo.

ESCRIBANO. Sosiéguense; que vienen nuevos demandantes.

(Entra uno vestido de médico, y es CIRUJANO; y ALDONZA DE MINJACA, su mujer.)

CIRUJANO. Por cuatro causas bien bastantes, vengo a pedir a vuesa merced, señor juez, haga divorcio entre mí y la señora Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ. Resoluto venís; decid las cuatro causas.

CIRUJANO. La primera, porque no la puedo ver más que a todos los diablos; la segunda, por lo que ella se sabe; la tercera, por lo que yo me callo; la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando desta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

PROCURADOR. Bastantísimamente ha probado su intención.

MINJACA. Señor juez, vuesa merced me oiga, y advierta que, si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocien­tas. La primera, porque, cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer; la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va a decir desto a médico, la mitad del justo precio; la tercera, porque tiene celos del sol que me toca; la cuarta, que, como no le puedo ver, querría estar apartada dél dos millones de leguas.

ESCRIBANO. ¿Quién diablos acertará a concertar estos relojes, estando las ruedas tan desconcertadas?

MINJACA. La quinta…

JUEZ. Señora, señora, si pensáis decir aquí todas las cuatrocientas causas, yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello; vuestro negocio se recibe a prueba, y andad con Dios; que hay otros negocios que despachar.

CIRUJANO. ¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?

JUEZ. Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de sus hombros el yugo del matrimonio.

(Entran uno vestido de GANAPAN, con su caperuza cuarteada.)

GANAPAN. Señor juez: ganapán soy, no lo niego, pero cristiano viejo, y hombre de bien a las derechas; y, si no fuese que alguna vez me tomo del vino, o él me toma a mí, que es lo más cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga; pero, dejando esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor juez que, estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada. Volví en mí, sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer que saqué de pecado; púsela a ser placera; ha salido tan soberbia y de tan mala condición, que nadie llega a su tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan a la fruta, y a dos por tres les da con una pesa en la cabeza, o adonde topa, y los deshonra hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas ya parleras; y yo tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche, para defendella; y no gana­mos para pagar penas de pesos no maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querría, si vuesa merced fuese servido, o que me apartase della, o por lo menos le mudase la condición acelerada que tiene en otra más reportada y más blanda; y prométole a vuesa merced de des­cargalle de balde todo el carbón que comprare este verano; que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla.

CIRUJANO. Ya conozco yo a la mujer deste buen hombre, y es tan mala como mi Aldonza; que no lo puedo más encarecer.

JUEZ. Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estáis ha­béis dado algunas causas que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso, es menester que conste por escrito, y que lo digan testi­gos; y así, a todos os recibo a prueba. Pero ¿qué es esto? ¿Música y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad grande es ésta!

(Entran dos músicos.)

Músicos. Señor juez, aquellos dos casados tan desavenidos que

vuesa merced concertó, redujo y apaciguó el otro día, están esperando

a vuesa merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envían

a suplicar sea servido de hallarse en ella y honrallos.

JUEZ. Eso haré yo de muy buena gana, y pluguiese a Dios que todos los presentes se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR. Desa manera, moriríamos de hambre los escri­banos y procuradores desta audiencia; que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de divorcios, que al cabo, al cabo, los más se quedan

como se estaban, y nosotros habemos gozado del fruto de sus penden­cias y necedades.

MÚSICOS. Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijan­do la fiesta.

(Cantan los músicos.)

«Entre casados de honor,

cuando hay pleito descubierto,

más vale el peor concierto

que no el divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño

simple, en que algunos están,

las riñas de por San Juan

son paz para todo el año.

Resucita allí el honor,

y el gusto, que estaba muerto,

donde vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.

Aunque la rabia de celos

es tan fuerte y rigurosa,

si los pide una hermosa,

no son celos, sino cielos.

Tiene esta opinión Amor,

que es el sabio más experto:

que vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.

Entremés det Rufián viudo llamado Trampagos

(Sale TRAMPAGOS con un capuz de luto, y con él, VADEMÉCUM, su criado con dos espadas de esgrima.)

TRAMPAGOS ¿Vademécum?

VADEMÉCUM ¿Señor?

TRAMPAGOS ¿Traes las morenas?

VADEMÉCUM Tráigolas.

TRAMPAGOS Está bien: muestra y camina,

Y saca aquí la silla de respaldo,

con los otros asientos de por casa.

VADEMÉCUM ¿Qué asientos? ¿Hay algunos por ventura?

TRAMPAGOS Saca el mortero, puerco, el broquel saca,

Y el banco de la cama.

VADEMÉCUM Está impedido;

Fáltale un pie.

TRAMPAGOS ¿Y es tacha?

¡Y no pequeña!

(Entrase VADEMÉCUM.)

TRAMPAGOS ¡Ah Pericona, Pericona mía,

Y aun de todo el concejo! En fin, llegóse 10

El tuyo: yo quedé, tú te has partido,

Y es lo peor que no imagino adónde;

Aunque, según fue el curso de tu vida,

Bien se puede creer piadosamente

Que estás en parte… aun no me determino 15

De señalarte asiento en la otra vida.

Tendréla yo, sin ti, como de muerte.

¡Que no me hallara yo a tu cabecera

Cuando diste el espíritu a los aire s,

Para que le acogiera entre mis labios, 20

Y en mi estómago limpio le envasara!

¡Miseria humana! ¿Quién de ti confia?

Ayer fui Pericona, hoy tierra fría,

Como dijo un poeta celebérrimo.

( Entra CHIQUIZNATE, rufián.)

CHIQUIZNATE Mi so Trampagos, ¿es posible sea 25

Voacé tan enemigo suyo,

Que se entumbe, se encubra y se trasponga

Debajo desa sombra bayetuna

El sol hampesco? So Trampagos, basta

Tanto gemir, tantos suspiros bastan; 30

Trueque voacé las lágrimas corrientes

En limosnas y en misas y oraciones

Por la gran Pericona, que Dios haya;

Que importan más que llantos y sollozos.

TRAMPAGOS Voacé ha garlado como un tólogo, 35

Mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto

Que encarrilo mis cosas de otro modo,

Tome vuesa merced, y platiquemos

Una levada nueva.

CHIQUIZNATE So Trampagos,

No es éste tiempo de levadas: llueven 40

han de llover hoy pésames adunia,

¿hémonos de ocupar en levadicas?

(Entra VADEMÉCUM con la silla, muy vieja y rota.)

VADEMÉCUM ¡Bueno, por vida mía! Quien le quita

A mi señor de líneas y posturas,

Le quita de los días de la vida. 45

TRAMPAGOS Vuelve por el mortero y por el banco,

Y el broquel no se olvide, Vademécum.

VADEMÉCUM Y aun trairé el asador, sartén y platos.

(Vuélvese a entrar.)

TRAMPAGOS Después platicaremos una treta,

Única, a lo que creo, y peregrina;

Que el dolor de la muerte de mi ángel, 50

Las manos ata y el sentido todo.

CHIQUIZNAQUE ¿De qué edad acabó la mal lograda?

TRAMPAGOS Para con sus amigas y vecinas,

Treinta y dos años tuvo.

CHIQUIZNATE ¡Edad lozana! 55

TRAMPAGOS Si va a decir verdad, ella tenía

Cincuenta y seis; pero, de tal manera

Supo encubrir los años, que me admiro.

¡Oh, qué teñir de canas! Oh, qué rizos,

Vueltos de plata en oro los cabellos! 60

A seis del mes que viene hará quince años

Que fue mi tributaría, sin que en ellos

Me pusiese en pendencia ni en peligro

De yerme palmeadas las espaldas.

Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto, 65

Pasaron por la pobre desde el día

Que fue mi cara, agradecida prenda,

En las cuales sin duda susurraron

A sus oídos treinta y más sermones,

Y en todos ellos, por respeto mío, 70

Estuvo firme, cual está a las olas

Del mar movible la inamovible roca.

¡Cuántas veces me dijo la pobreta,

Saliendo de los trances rigurosos

De gritos y plegarias y de ruegos, 75

Sudando y trasudando: «¡Plega al cielo,

Trampagos mío, que en descuento vaya

De mis pecados lo que aquí yo paso

Por ti, dulce bien mío!»

CHIQUIZNAQUE ¡Bravo triunfo!

¡Ejemplo raro de inmortal firmeza! 80

¡Allá lo habrá hallado!

TRAMPAGOS ¿Quién lo duda?

Ni aun una sola lágrima vertieron

Jamás sus ojos en las sacras pláticas,

Cual si de esparto o pedernal su alma

Formada fuera.

CHIQUIZNAQUE ¡Oh, hembra benemérita 85

De griegas y romanas alabanzas!

¿De qué murió?

TRAMPAGOS ¿De qué? Casi de nada:

Los médicos dijeron que tenía

Malos los hipocondrios y los hígados,

Y que con agua de taray pudiera 90

Vivir, si la bebiera, setenta años.

CHIQUIZNAQUE ¿No la bebió?

TRAMPAGOS Murióse.

CHIQUIZNAQUE Fue una necia.

¡Bebiérala hasta el día del juicio,

Que hasta entonces viviera! El yerro estuvo

En no hacerla sudar.

Sudó once veces 95

(Entra VADEMÉCUM con los asientos referidos.)

CHIQUIZNAQUE ¿Y aprovechóle alguna?

TRAMPAGOS Casi todas:

Siempre quedaba como un ginjo verde,

Sana como un peruétano o manzana.

CHIQUIZNAQUE Dícenme que tenía ciertas fuentes

En las piernas y brazos.

TRAMPAGOS La sin dicha 100

Era un Aranjüez; pero, con todo,

Hoy come en ella la que llaman tierra,

De las más blancas y hermosas carnes

Que jamás encerraron sus entrañas;

Y, si no fuera porque habrá dos años 105

Que comenzó a dañársele el aliento,

Era abrazarla como quien abraza

Un tiesto de albahaca o clavellinas.

CHIQUIZNAQUE Neguijón debió ser, o corrimiento,

El que dañó las perlas de su boca,

Quiero decir, sus dientes y sus muelas.

TRAMPAGOS Una mañana amaneció sin ellos.

VADEMÉCUM Así es verdad; mas fue deso la causa

Que anocheció sin ellos. De los finos,

Cinco acerté a contarle; de los falsos, 115

Doce disimulaba en la covacha.

TRAMPAGOS ¿Quién te mete a ti en esto, mentecato?

VADEMÉCUM Acredito verdades.

TRAMPAGOS Chiquiznaque,

Ya se me ha reducido a la memoria

La treta de denantes; toma, y vuelve 120

Al ademán primero.

VADEMÉCUM Pongan pausa

Y quédese la treta en ese punto,

Que acuden moscovitas al reclamo:

La Repulida viene y la Pizpita,

Y la Mostrenca, y el jayán Juan Claros. 125

TRAMPAGOS Vengan en hora buena: vengan ellos

En cien mil norabuenas.

(Entran LA REPULIDA, LA PIZPITA, LA MOSTRENCA, y el rufián JUAN

CLAROS.)

JUAN En las mismas

Esté mi sor Trampagos.

REPULIDA ¡Quiera el cielo

Mudar su escuridad en luz clarísima!

Desollado le viesen ya mis lumbres 130

De aquel pellejo lóbrego y escuro.

MOSTRENCA ¡Jesús, y qué fantasma noturnina!

Quítenmele delante.

VADEMÉCUM ¿Melindricos?

TRAMPAGOS Fuera yo un Polifemo, un antropófago,

Un troglodita, un bárbaro Zoílo, 135

Un caimán, un caribe, un comevivos, Si de otra suerte me adomara, en tiempo

De tamaña desgracia.

JUAN Razón tiene.

TRAMPAGOS ¡He perdido una mina potosisca,

Un muro de la hiedra de mis faltas, 140

Un árbol de la sombra de mis ansias!

JUAN Era la Pericona un pozo de oro.

TRAMPAGOS Sentarse a prima noche, y, a las horas

Que se echa el golpe, hallarse con sesenta

Numos en cuartos, ¿por ventura es barro? 145

Pues todo esto perdí en la que ya pudre.

REPULIDA Confieso mi pecado: siempre tuve

Envidia a su no vista diligencia.

No puedo más; yo hago lo que puedo,

Pero no lo que quiero.

PIZPITA No te penes, 150

Pues vale más aquel que Dios ayuda,

Que el que mucho madruga: ya me entiendes.

VADEMÉCUM El refrán vino aquí como de molde;

¡Tal os dé Dios el sueño, mentecatas!

MOSTRENCA Nacidas somos; no hizo Dios a nadie 155

A quien desamparase. Poco valgo;

Pero, en fin, como y ceno, y a mi cuyo

Le traigo más vestido que un palmito.

Ninguna es fea, como tenga brios;

Feo es el diablo.

VADEMÉCUM Alega la Mostrenca 160

Muy bien de su derecho, y alegara

Mejor si se añadiera el ser muchacha

Y limpia, pues lo es por todo estremo.

CHIQUIZNAQUE En el que está Trampagos me da lástima.

Vestíme este capuz: mis dos lanternas

Convertí en alquitaras.

VADEMÉCUM ¿De aguardiente?

TRAMPAGOS Pues ¿tanto cuelo yo, hi de malicias?

VADEMÉCUM A cuatro lavanderas de la puente

Puede dar quince y falta en la colambre;

Miren qué ha de llorar, sino aguaardiente. 170

JUAN Yo soy de parecer que el gran Trampagos

Ponga silencio a su contino llanto

Y vuelva al sicut erat in principio,

Digo a sus olvidadas alegrías;

Y tome prenda que las suyas quite, 175

Que es bien que el vivo vaya a la hogaza,

Como el muerto se va a la sepultura.

REPULIDA Zonzorino Catón es Chiquiznaque.

PIZPITA Pequeña soy, Trampagos, pero grande

Tengo la voluntad para servirte; 180

No tengo cuyo, y tengo ochenta cobas.

REPULIDA Yo ciento, y soy dispuesta y nada lerda.

MOSTRENCA Veinte y dos tengo yo, y aun veinticuatro,

Y no soy mema.

REPULIDA ¡Oh mi Jezúz! ¿Qué es esto?

¿Contra mi la Pizpita y la Mostrenca? 185

¿En tela quieres competir conmigo,

Culebrilla de alambre, y tú, pazguata?

PIZPITA Por vida de los huesos de mi abuela,

Doña Maribobales, mondaníspolas,

Que no la estimo en un feluz morisco. 190

¡Han visto el ángel tonto almidonado,

Cómo quiere empinarse sobre todas!

MOSTRENCA Sobre mí no, a lo menos, que no sufro

Carga que no me ajuste y me convenga.

JUAN Adviertan que defiendo a la Pizpita. 195

CHIQUIZNAQUE Consideren que está la Repulida

Debajo de las alas de mi amparo.

VADEMÉCUM Aquí fue Troya, aquí se hacen rajas;

Los de las cachas amarillas salen;

Aquí, otra vez, fue Troya.

REPULIDA Chiquiznaque, 200

No he menester que nadie me defienda;

Aparta, tomaré yo la venganza,

Rasgando con mis manos pecadoras

La cara de membrillo cuartanario.

JUAN ¡Repulida, respeto al gran Juan Claros! 205

PIZPITA Dejala, venga: déjala que llegue

Esa cara de masa mal sobada

(Entra UNO muy alborotado.)

UNO Juan Claros, ¡la justicia, la justicia!

El alguacil de la justicia viene

La calle abajo.

(Éntrase luego.)

JUAN ¡Cuerpo de mi padre!

¡No paro máa aquí! 210

TRAMPAGOS Ténganse todos;

Ninguno se alborote: que es mi amigo

El alguacil; no hay que tenerle miedo.

(Torna a entrar.)

UNO No viene acá, la calle abajo cuela.

(Vase.)

CHIQUIZNAQUE El alma me temblaba ya en las carnes, 215

Porque estoy desterrado.

TRAMPAGOS Aunque viniera,

No nos hiciera mal, yo lo sé cierto

Que no puede chillar, porque está untado.

VADEMÉCUM Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea

El que escoja la prenda que le cuadre 220

O le esquine mejor.

REPULIDA Yo soy contenta.

PIZPITA Y yo también

MOSTRENCA Y yo.

VADEMÉCUM Gracias al cielo,

Que he hallado a tan gran mal tan gran remedio.

TRAMPAGOS Abúrrome, y escojo.

MOSTRENCA Dios te guíe.

REPULIDA Si te aburres, Trampagos, la escogida 225

También será aburrida.

TRAMPAGOS Errado anduve;

Sin aburrirme escojo.

MOSTRENCA Dios te guíe.

TRANPAGOS Digo que escojo aquí a la Repulida.

JUAN Con su pan se la coma, Chiquiznaque.

CHIQUIZNAQUE Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier mo­do. 230

REPULIDA Tuya soy: ponme un clavo y una S

En estas dos mejias.

PIZPITA ¡Oh hechicera!

MOSTRENCA No es sino venturosa: no las envidies,

Porque no es muy católico Trampagos,

Pues ayer enterró a la Pericona, 235

Y hoy la tiene olvidada.

REPULIDA Muy bien dices.

TRAMPAGOS Este capuz arruga, Vademécum,

Y dile al padre que sobre él te preste

Una docena de reäles.

VADEMÉCUM Creo

Que tengo yo catorce.

TRAMPAGOS Luego, luego, 240

Parte, y trae seis azumbres de lo caro.

Alas pon en los pies.

VADEMÉCUM Y en las espaldas.

(Éntrase VADEMÉCUM con el capuz, y queda en cuerpo TRAMPAGOS.)

TRAMPAGOS ¡Por Dios, que si durara la bayeta,

Que me pudieran enterrar mañana!

REPULIDA ¡Ay lumbre destas lumbres, que son tuyas, 245

Y cuán mejor estás en este traje,

Que en el otro sombrío y malencónico!

(Entran dos músicos, sin guitarras.)

MUSICO 1º Tras el olor del jarro nos venimos

Yo y mi compadre.

TRAMPAGOS En hora buena sea.

¿Y las guitarras?

MUSICO 1º En la tienda quedan; 250

Vaya por ellas Vademécum.

MUSICO 2º Vaya:

Mas yo quiero ir por ellas.

MUSICO 1º De camino,

(Entrase el un músico.)

Diga a mi oíslo que, si viene alguno

Al rapio rapis, que me aguarde un poco;

Que no haré sino colar seis tragos 255

Y cantar dos tonadas y partirme;

Que ya el señor Trampagos, según muestra,

Está para tomar armas de gusto.

(Vuelve VADEMÉCUM.)

VADEMÉCUM Ya está en el antesala el jarro.

TRAMPAGOS Traile.

VADEMÉCUM No tengo taza.

TRAMPAGOS Ni Dios te la depare. 260

El cuerno de orinar no está estrenado;

Tráele, que te maldiga el cielo santo;

Que eres bastante a deshonrar un duque.

VADEMÉCUM Sosiéguese; que no ha de faltar copa,

Y aun copas, aunque sean de sombreros 265

[Aparte.] A buen seguro que éste es churrullero.

(Entra UNO, como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese a mirar a todos muy atento, y todos a él.)

REPULIDA ¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es aquésto?

¿No es éste Escarramán? Él es, sin duda.

¡Escarramán del alma, dame amores,

Esos brazos, coluna de la hampa! 270

TRAMPAGOS ¡Oh Escarramán, Escarramán amigo!

¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua?

Rompe el silencio y habla a tus amigos.

PIZPITA ¿Qué traje es éste y qué cadena es ésta?

¿Eres fantasma, a dicha? Yo te teco,

Y eres de carne y hueso.

MOSTRENCA Él es amiga;

No lo puede negar, aunque más calle.

ESCARRAMÁN Yo soy Escarramán, y estén atentos

Al cuento breve de mi larga historia.

(Vuelve EL BARBERO con dos guitarras, y da la una al compañero)

Dio la galera al traste en Berbería 280

Donde la furia de un jüez me puso

Por espalder de la siniestra banda;

Mudé de cautiverio y de ventura;

Quedé en poder de turcos por esclavo;

De allí a dos meses, como al cielo plugo 285

Me levanté con una galeota;

Cobré mi libertad y ya soy mío.

Hice voto y promesa inviolable

De no mudar de ropa ni de carga

Hasta colgarla de los muros santos 290

De una devota ermita, que en mi tierra

Llaman de San Millán de la Cogolla;

Y este es el cuento de mi extraña historia;

Digna de atesorarla en mi memoria.

La Méndez no estará ya de provecho, 295

¿Vive?

JUAN Y está en Granada a sus anchuras.

CHIQUIZNAQUE ¡Allí le duele al pobre todavía!

ESCARRAMÁN ¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,

En tanto que en el otro me han tenido

Mis desgracias y gracia?

MOSTRENCA Cien mil cosas: 300

Ya te han puesto en la horca los farsantes.

PEZPITA Los muchachos han hecho pepitoria

De todas tus medulas y tus huesos.

REPULIDA Hante vuelto divino; ¿qué más quieres?

CHIQUIZNAQUE Cántante por las plazas, por las calles; 305

Báilante en los teatros y en las casas;

Has dado que hacer a los poetas,

Más que dio Troya al mantuano Títiro.

JUAN Óyente resonar en los establos.

REPULIDA Las fregonas te alaban en el río; 310

Los mozos de caballos te almohazan.

CHIQUIZNAQUE Túndete el tundidor con sus tijeras;

Muy más que el potro rucio eres famoso.

MOSTRENCA Han pasado a las Indias tus palmeos,

En Roma se han sentido tus desgracias, 315

Y hante dado botines sine numero.

VADEMÉCUM Por Dios que te han molido como alheña,

Y te han desmenuzado como flores,

Y que eres más sonado y más mocoso

Que un reloj y que un niño de dotrina. 320

De ti han dado querella todos cuantos

Bailes pasaron en la edad del gusto,

Con apretada y dura residencia;

Pero llevó se el tuyo la excelencia.

ESCARRAMÁN Tenga yo fama, y hágame pedazos; 325

De Efeso el templo abrasaré por ella.

(Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar este romance.)

MÚSICOS «Ya salió de las gurapas

El valiente Escarramán,

Para asombro de la gura,

Y para bien de su mal.» 330

ESCARRAMÁN ¿Es aquesto brindarme por ventura?

¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?

Pues más ligero vengo que solía;

Si no, toquen, y vaya, y fuera ropa.

PIZPITA ¡Oh flor y fruto de los bailarines! 335

Y ¡qué bueno has quedado!

VADEMÉCUM Suelto y limpio.

JUAN Él honrará las bodas de Trampagos.

ESCARRAMAN Toquen; verán que soy hecho de azogue.

MÚSICOS Váyanse todos por lo que cantare,

Y no será posible que se yerren. 340

ESCARRAMAN Toquen; que me deshago y que me bullo.

REPULIDA Ya me muero por verle en la estacada.

MÚSICOS Estén alerta todos.

CHIQUIZNAQUE Ya lo estamos.

(Cantan.)

MÚSICOS «Ya salió de las gurapas

El valiente Escarramán, 345

Para asombro de la gura,

Y para bien de su mal.

Ya vuelve a mostrar al mundo

Su felice habilidad,

Su ligereza y su brío, 350

Y su presencia reäl.

Pues falta la Coscolina,

Supla agora en su lugar

La Repulida, olorosa

Más que la flor de azahar; 355

Y, en tanto que se remonda

La Pizpita sin igual,

De la gallarda el paseo

Nos muestre aquí Escarramán.»

(Tocan la gallarda; dánzala ESCARRAMAN, que le ha de hacer el hailarin, y,

en habiendo hecho una mudanza, prosíguese el romance.)

«La Repulida comience, 360

Con su brío, a rastrear,

Pues ella fue la primera

Que nos le vino a mostrar.

Escarramán la acompañe;

La Pizpita otro que tal, 365

Chiquiznaque y la Mostrenca,

Con Juan Claros el galán.

¡Vive Dios que va de perlas!

No se puede desear

Mas ligereza o mas garbo, 370

Más certeza o más compás.

¡A ello, hijos, a ello!

No se puede alabar

Otras ninfas ni otros rufos,

Que nos puedan igualar. 375

¡Oh, qué desmayar de manos!

¡Oh, qué huir y qué juntar!

¡Oh, qué nuevos laberintos,

Donde hay salir y hay entrar!

Muden el baile a su gusto, 380

Que yo le sabré tocar:

El canario o las gambetas,

O Al villano se lo daban

Zarabanda o Zambapalo,

El Pésame dello y más; 385

El rey don Alonso el Bueno,

Gloria de la antigüedad.»

ESCARRAMÁN El canario, si le tocan,

A solas quiero bailar.

MÚSICOS Tocaréle yo de plata; 390

Tú de oro le bailarás.

(Toca el canario, y baila solo ESCARRAMÁN; y, en habiendole bailado, diga.)

ESCARRAMÁN Vaya el villano a lo burdo,

Con la cebolla y el pan,

Y acompáñenme los tres.

MÚSICOS Que te bendiga San Juan. 395

(Bailan el villano, como bien saben, y, acabado el villano, pida ESCARRAMÁN el baile que quisiere, y, acabado, diga TRAMPAGOS.)

TRAMPAGOS Mis bodas se han celebrado

Mejor que las de Roldán.

Todos digan como digo:

¡Viva, viva Escarramán!

TODOS ¡Viva, viva! 400

Entremés de La elección de los alcaldes de Daganzo

(Salen EL BACHILLER PESUÑA; PEDRO ESTORNUDO, escribano;

PANDURO, regidor, y ALONSO ALGARROBA, regidor.)

PANDURO Rellánense, que todo saldrá a cuajo, 1

Si es que lo quiere el cielo benditísimo.

ALGARROBA Mas echémoslo a doce, y no se venda.

PANDURO Paz, que no será mucho que salgamos

Bien del negocio, si lo quiere el cielo. 5

ALGARROBA Que quiera, o que no quiera, es lo que importa.

PANDURO ¡Algarroba, la luenga se os deslicia!

Habrad acomedido y de buen rejo,

Que no me suenan bien esas palabras:

«Quiera o no quiera el cielo.» Por San Junco, 10

Que, como presomís de resabido,

Os arrojáis a trochemoche en todo.

ALGARROBA Cristiano viejo soy a todo ruedo,

Y creo en Dios a pies jontillas.

BACHILLER Bueno;

No hay más que desear.

ALGARROBA Y si por suerte 15

Hablé mal, yo confieso que soy ganso,

Y doy lo dicho porno dicho.

ESCRIBANO Basta;

No quiere Dios, del pecador más malo,

Sino que viva y se arrepienta.

ALGARROBA Digo

Que vivo y me arrepiento, y que conozco 20

Que el cielo puede hacer lo que él quisiere,

Sin que nadie le pueda ir a la mano,

Especial cuando llueve.

PANDURO De las nubes,

Algarroba, cae el agua, no del cielo.

ALGARROBA ¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí venimos 25

A reprochar los unos a los otros,

Díganmoslo; que a fe que uno no le falte

Reproches a Algarroba a cada paso.

BACHILLER Redeamus ad rem, ¿señor Panduro

Y señor Algarroba; no se pase 30

El tiempo en niñerías escusadas.

¿Juntámonos aquí para disputas

Impertinentes? ¡Bravo caso es éste,

Que siempre que Panduro y Algarroba

Están juntos, al punto se levantan 35

Entre ellos mil borrascas y tormentas

De mil contraditorias intenciones!

ESCRIBANO El señor bachiller Pesuña tiene

Demasiada razón. Véngase al punto,

Y mírese qué alcaldes nombraremos 40

Para el año que viene, que sean tales,

Que no los pueda calumniar Toledo,

Sino que los confirme y dé por buenos,

Pues para esto ha sido nuestra junta.

PANDURO De las varas hay cuatro pretensores: 45

Juan Berrocal, Francisco de Humillos,

Miguel Jarrete y Pedro de la Rana;

Hombres todos de chapa y de caletre,

Que pueden gobernar, no que a Dagonazo,

Sino a la misma Roma.

ALGARROBA A Romanillos 50

ESCRIBANO ¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San pito,

Que me salga del corro!

ALGARROBA Bien parece

Que se llama Estornudo el escribano,

Que así se le encarama y sube el humo.

Sosiéguese, que yo no diré nada.

PANDURO ¿Hallarse han, por ventura, en todo el sorbete?

ALGARROBA ¿Qué es sorbe, sorbe-huevos? Orbe diga

El discreto Panduro, y serle ha sano.

PANDURO Digo que en todo el mundo no es posible

Que se hallen cuatro ingenios como aquestos 60

De nuestros pretensores.

ALGARROBA Por lo menos,

Yo sé que Berrocal tiene el más lindo Distinto.

ESCRIBANO ¿Para qué?

ALGARROBA Para ser sacre

En esto de mojón y cata-vinos.

En mi casa probó los días pasados 65

Una tinaja, y dijo que sabía

El claro vino a palo, a cuero y hierro.

Acabó la tinaja su camino

Y hallóse en el asiento della un palo

Pequeño, y dél pendía una correa 70

De cordobán y una pequeña llave.

ESCRIBANO ¡ Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio!

Bien puede gobernar, el que tal sabe,

A Alanís y a Cazalla, y aun a Esquivias.

ALGARROBA Miguel Jarrete es águila.

BACHILLER ¿En qué modo? 75

ALGARROBA En tirar con un arco de bodoques.

¿Qué, tan certero es?

ALGARROBA Es de manera,

Que, si no fuese porque los más tiros

Se da en la mano izquierda, no habría pájaro

En todo este contorno.

BACHILLER ¡Para alcalde, 80

Es rara habilidad y necesaria!

ALGARROBA ¿Qué diré de Francisco de Humillos?

Un zapato remienda como un sastre.

Pues ¿Pedro de la Rana? No hay memoria

Que a la suya se iguale; en ella tiene 85

Del antiguo y famoso perro de Alba

Todas las coplas, sin que letra falte.

PANDURO Éste lleva mi voto.

ESCRIBANO Y aun el mío.

ALGARROBA A Berrocal me atengo.

BACHILLER Yo a ninguno

Si es que no dan más pruebas de su ingenio, 90

A la jurisprudencia encaminadas.

ALGARROBA Yo daré un buen remedio, y es aqueste:

Hagan entrar los cuatro pretendientes,

Y el señor Bachiller Pesuña puede

Examinarlos, pues del arte sabe, 95

Y, conforme a su ciencia, así veremos

Quién podrá ser nombrado para el cargo.

ESCRIBANO ¡Vive Dios, que es rarísima advertencia!

PANDURO Aviso es que podrá servir de arbitrio

Para su Jame stad; que, como en corte 100

Hay potra-médicos, haya potra-alcaldes.

ALGARROBA Prota, señor Panduro, que no potra.

PANDURO Como vos no hay fiscal en todo el mundo.

ALGARROBA ¡Fiscal, pese a mis males!

ESCRIBANO ¡Por Dios santo

Que es Algarroba impertinente!

ALGARROBA Digo 105

Que, pues se hace examen de barberos,

De herradores, de sastres, y se hace

De cirujanos y otras zarandajas,

También se examinasen para alcaldes,

Y, al que se hallase suficiente y hábil 110

Para tal menester, que se le diese

Carta de examen, con la cual podría

El tal examinado remediarse;

Porque de lata en una blanca caja

La carta acomodando merecida, 115

A tal pueblo podrá llegar el pobre,

Que le pesen a oro; que hay hogaño

Carestía de alcaldes de caletre

En lugares pequeños casi siempre.

BACHILLER Ello está muy bien dicho y bien pensado. 120

Llamen a Berrocal, entre, y veamos

Dónde llega la raya de su ingenio.

ALGARROBA Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,

Los cuatro pretensores, se han entrado.

(Entran estos cuatro labradores.)

Ya los tienes presentes.

BACHILLER Bien venidos 125

Sean vuesas mercedes.

BERROCAL Bien hallados

Vuesas mercedes sean.

PANDURO Acomódense,

Que asientos sobran.

HUMILLO Siéntome, y me siento

JARRETE Todos nos sentaremos, Dios loado.

RANA ¿De qué os sentís, Humillos?

HUMILLOS De que vaya 130

Tan a la larga nuestro nombramiento.

¿Hémoslo de comprar a gallipavos,

A cántaros de arrope y a abiervadas,

Y botas de lo añejo tan crecidas,

Que se arremetan a ser cueros? Díganlo, 135

Y pondráse remedio y diligencia.

BACHILLER No hay sobornos aquí; todos estamos

De un común parecer, y es, que el que fuere

Más hábil para alcalde, ése se tenga

Por escogido y por llamado.

RANA Bueno; 140

Yo me contento.

BERROCAL Y Yo.

BACHILLER Mucho en buen hora.

HUMILLOS También yo me contento.

JERRETE Dello gusto.

BACHILLER Vaya de examen, pues.

HUMILLOS De examen venga.

BACHILLER ¿Sabéis leer, Humillos?

HUMILLOS No, por cierto,

Ni tal se probará que en mi linaje 145

Haya persona tan de poco asiento,

Que se ponga a aprender esas quimeras,

Que llevan a los hombres al brasero,

Y a las mujeres a la casa llana.

Leer no sé, mas sé otras cosas tales, 150

Que llevan al leer ventajas muchas.

BACHILLER Y ¿cuáles cosas son?

HUMILLOS Sé de memoria

Todas cuatro oraciones, y las rezo

Cada semana cuatro y cinco veces.

RANA Y ¿con eso pensáis de ser alcalde? 155

HUMILLOS Con esto, y con ser yo cristiano viejo,

Me atrevo a ser un senador romano.

BACHILLER Está muy bien. Jarrete diga agora

Qué es lo que sabe.

JARRETE Yo, señor Pesuña,

Sé leer, aunque poco; deletreo, 160

Y ando en el be-a-ba bien ha tres meses,

Y en cinco más daré con ello a un cabo;

Y, además desta ciencia que ya aprendo,

Sé calzar un arado bravamente.

Y herrar, casi en tres horas, cuatro pares 165

De novillos briosos y cerreros;

Soy sano de mis miembros, y no tengo

ordez ni cataratas, tos ni reumas,

Y soy cristiano viejo como todos,

Y tiro con un arco como un Tulio. 170

ALGARROBA ¡Raras habilidades para alcalde,

Necesarias y muchas!

BACHILLER Adelante.

¿Qué sabe Berrocal?

BERROCAL Tengo en la lengua

Toda mi habilidad, y en la garganta;

No hay mojón en el mundo que me llegue: 175

Sesenta y seis sabores estampados

Tengo en el paladar, todos vináticos.

ALGARROBA Y ¿quiere ser alcalde?

BERROCAL Y lo requiero;

Pues cuando estoy armado a lo de Baco,

Así se me aderezan los sentidos, 180

Que me parece a mí que en aquel punto

Podría prestar leyes a Licurgo

Y limpiarme con Bártulo.

PANDURO ¡Pasito,

Que estamos en concejo!

BERROCAL No soy nada

Melindroso ni puerco; sólo digo

Que no se me malogre mi justicia,

Que echaré el bodegón por la ventana.

BACHILLER ¿Amenazas aquí? ¡ Por vida mia,

Mi señor Berrocal, que valen poco!

¿Qué sabe Pedro Rana?

Como Rana, 190

RANA Habré de cantar mal; pero, con todo

Diré mi condición, y no mi ingenio.

Yo, señores, si acaso fuese alcalde,

Mi vara no sería tan delgada

Como las que se usan de ordinario;

De una encina o de un roble la haría

Y gruesa de dos dedos, temeroso

Que no me la encorvase el dulce peso

De un bolsón de ducados, ni otras dádivas,

O ruegos, o promesas, o favores,

Que pesan como plomo, y no se sienten

Hasta que os han brumado las costillas

Del cuerpo y alma; y, junto con aquesto,

Sería bien criado y comedido,

Parte severo y nada riguroso;

Nunca deshonraría al miserable

Que ante mí le trujesen sus delitos;

Que suele lastimar una palabra

De un juez arrojado, de afrentosa,

Mucho más que lastima su sentencia,

Aunque en ella se intime cruel castigo.

No es bien que el poder quite la crianza,

Ni que la sumisión de un delincuente

Haga al juez soberbio y arrogante.

ALGARROBA ¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana

Mucho mejor que un cisne cuando muere!

PANDURO Mil sentencias ha dicho censorinas.

ALGARROBA De Catón Censorino; bien ha dicho

El regidor Panduro.

PANDURO ¡ Reprochadme!

ALGARROBA Su tiempo se vendrá.

ESCRIBANO Nunca acá venga.

¡Terrible inclinación es, Algarroba,

La vuestra en reprochar!

ALGARROBA No más, so escriba.

ESCRIBANO ¿Qué escriba, fariseo?

BACHILLER ¡Por San Pedro,

Que son muy demasiadas demasías

Estas!

ALGARROBA Yo me burlaba.

ESCRIBANO Y yo me burlo. 225

BACHILLER Pues no se burlen más, por vida mia.

ALGARROBA Quien miente, miente.

ESCRIBANO Y quien verdad pronuncia,

Dice verdad.

ALGARROBA Verdad.

ESCRIBANO Pues punto en boca.

HUMILLOS Esos ofrecimientos que ha hecho Rana,

Son desde lejos. A fe que si él empuña 230

Vara, que él se trueque y sea otro hombre

Del que ahora parece.

BACHILLER Está de molde

Lo que Humillos ha dicho.

HUMILLOS Y más añado:

Que si me dan la vara, verán cómo

No me mudo, ni trueco, ni me cambio 235

BACHILLER Pues veis aquí la vara, y haced cuenta

Que sois alcalde ya.

ALGARROBA ¡Cuerpo del mundo!

¿La vara le dan zurda?

HUMILLOS ¿Cómo zurda?

ALGARROBA Pues ¿no es zurda esta vara? Un sordo o mudo

Lo podrá echar de ver desde una legua. 240

HUMILLOS ¿Cómo, pues, si me dan zurda la vara,

Quieren que juzgue yo derecho?

ESCRIBANO El diablo

Tiene en el cuerpo este Algarroba; ¡miren

Dónde jamás se han visto varas zurdas!

(Entra uno.)

UNO Señores, aquí están unos gitanos 245

Con unas gitanillas milagrosas;

Y aunque la ocupación se les ha dicho

En que están sus mercedes, todavía

Porfian que han de entrar a dar solacio

A sus mercedes.

BACHILLER Entren, y veremos 250

Si nos podrán sevir para la fiesta

Del Corpus, de quien yo soy mayordomo.

PANDURO Entren mucho en buena hora.

BACHILLER Entren luego.

HUMILLOS Por mí, ya los deseo.

JARRETE Pues yo, ¡pajas!

RANA ¿Ellos no son gitanos? Pues advierten 255

Que no nos hurten las narices.

UNO Ellos.

Sin que los llamen, vienen; ya están dentro.

(Entran los musicos gitanos, y dos gitanas bien aderezadas, y al son deste

romance, que hande cantar los músicos, ellas dancen)

MÚSICOS «Reverencia os hace el cuerpo,

Regidores de Daganzo,

Hombres buenos de repente 260

Hombres buenos de pensado;

De caletre prevenidos

Para proveer los cargos

Que la ambición solicita

Entre moros y cristianos. 265

Parece que os hizo el cielo,

El cielo, digno, estrellado,

Sansones para las letras,

Y para las fuerzas Bártulos.»

JARRETE Todo lo que se canta toca historia. 270

HUMILLOS Ellas y ellos son únicos y ralos.

ALGARROBA Algo tiene de espesos.

BACHILLER Ea, sufficit.

MÚSICOS «Como se mudan los vientos,

Como se mudan los ramos,

Que, desnudos en invierno, 275

Se visten en el verano

Mudaremos nuestros bailes

Por puntos, y a cada paso,

Pues mudarse las mujeres

No es nuevo ni extraño caso. 280

¡ Vivan de Daganzo los regidores,

Que parecen palmas, puesto que son robles!»

(Bailan.)

JARRETE ¡Brava troya, por Dios!

HUMILLOS Y muy sentida.

BERROCAL Éstas se han de imprimir, para que quede

Memoria de nosotros en los siglos 285

De los siglos. Amén.

BACHILLER Callen, si pueden.

«Vivan y revivan,

Y en siglos veloces

Del tiempo los días

Pasen con las noches, 290

Sin trocar la edad,

Que treinta años forme,

Ni tocar las hojas

De sus alcornoques.

Los vientos, que anegan 295

Si contrarios corren,

Cual céfiros blandos

En sus mares soplen.

¡ Vivan de Daganzo los regidores,

Que palmas parecen, puesto que son robles!»

BACHILLER El estribillo en parte me desplace; 300

Pero, con todo, es bueno.

BERROCAL Ea, callemos.

MÚSICOS «Pisaré yo el polvico,

A tan menudico,

Pisaré yo el polvó,

A tan menudó.» 305

PANDURO Estos músicos hacen pepitoria

De su cantar.

HUMILLOS Son diablos los gitanos.

MÚSICOS «Pisaré yo la tierra

Por más que esté dura,

Puesto que me abra en ella 310

Amor sepultura,

Pues ya mi buena ventura

Amor la pisó

A tan menudó.»

«Pisaré yo lozana 315

El más duro suelo,

Sien él acaso pisas

El cual que recelo;

Mi bien se ha pasado en vuelo,

Y el polvo dejó 320

A tan menudó.»

(Entra UN SOTA SACRISTÁN, muy mal endeliñado)

SACRISTÁN Señores regidores, ¡voto a dico,

Que es de bellacos tanto pasatiempo!

¿Así se rige el pueblo, noramala,

Entre guitarras, bailes y bureos? 325

BACHILLER ¡Agarrale, Jarete!

JARRETE Ya le agarro.

BACHILLER Traigan aquí una manta; que, por Cristo,

Que se ha de mantear este bellaco,

Necio, desvergonzado e insolente,

Y atrevido además.

SACRISTÁN ¡Oigan, señores! 330

ALGARROBA Volverá con la manta a las volantas.

(Éntrase ALGARROBA.)

SACRISTÁN Miren que les intimo que soy présbiter.

BACHILLER ¿Tú presbitero, infame?

SACRISTÁN Yo presbítero,

O de prima tonsura, que es lo mismo.

PANDURO Agora lo veredes, dijo Agrajes.

SACRISTÁN No hay Agrajes aquí.

BACHILLER Pues habrá grajos

Que te piquen la lengua y aun los ojos.

RANA Dime desventurado: ¿qué demonio

Se revistió en tu lengua? ¿Quién te mete

A ti en reprehender a la justicia? 340

¿Has tú de gobemar a la república?

Métete en tus campanas y en tu oficio;

Deja a los que gobieman, que ellos saben

Lo que han de hacer, mejor que no nosotros.

Si fueren malos, ruega por su enmienda; 345

Si buenos, porque Dios no nos los quite.

BACHILLER Nuestro Rana es un santo y un bendito.

(Vuelve ALGARROBA; trae la manta.)

ALGARROBA No ha de quedar por manta.

BACHILLER Asgan, pues, todos,

Sin que queden gitanos ni gitanas.

¡Arriba, amigos!

SACRISTÁN ¡Por Dios, que va de veras!

¡Vive Dios, si me enojo, que bonito 350

Soy yo para estas burlas! ¡Por San Pedro

Que están descomulgados todos cuantos

Han tocado los pelos de la manta!

RANA Basta, no más; aquí cese el castigo; 355

Que el pobre debe estar arrepentido.

SACRISTÁN Y molido, que es más. De aquí adelante

Me coseré la boca con dos cabos

De zapatero.

RANA Aqueso es lo que importa.

BACHILLER Vénganse los gitanos a mi casa, 360

Que tengo qué decilles.

GITANOS Tras ti vamos.

BACHILLER Quedarse ha la elección para mañana,

Y desde luego doy mi voto a Rana.

GITANOS ¿Cantaremos, señor?

BACHILLER Lo que quisiéredes.

PANDURO No hay quien cante cual nuestra Rana canta. 365

JARRETE No solamente canta, sino encanta.

(Éntranse cantando: «Pisaré yo el polvico…»)

Entremés de La guarda cuidadosa

(Sale UN SOLDADO a lo pícaro, con muy mala banda y un antojo, y

detrás dél UN MAL SACRISTÁN.)

SOLDADO. ¿Qué me quieres, sombra vana?

SACRISTÁN. No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.

SOLDADO. Pues, con todo eso, por la fuerza de mi desgracia, te conjuro que me digas quién eres y qué es lo que buscas por esta calle.

SACRISTÁN. A eso te respondo, por la fuerza de mi dicha, que soy Lorenzo Pasillas, sota-sacristán desta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas y no hallas.

SOLDADO. ¿Buscas por ventura a Cristinica, la fregona desta ca­sa?

SACRISTÁN. Tu dixisti.

SOLDADO. Pues ven acá, sota-sacristán de Satanás.

SACRISTÁN. Pues voy allá, caballo de Ginebra.

SOLDADO. Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven acá, digo otra vez. ¿Y tú no sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, que Cristinica es prenda mía?

SACRISTÁN. ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada, que está por sus cabales y por mía?

SOLDADO. ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos!

SACRISTÁN. Con las que le cuelgan de sas calzas, y con los dese vestido, se podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.

SOLDADO. ¿Has hablado alguna vez a Cristina?

SACRISTÁN. Cuando quiero.

SOLDADO. ¿Qué dádivas le has hecho?

SACRISTÁN. Muchas.

SOLDADO. ¿Cuántas y cuáles?

SACRISTÁN. Dile una destas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de cercenaduras de hostias, blancas como la misma nieve, y de añadidura cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.

SOLDADO. ¿Qué más le has dado?

SACRISTÁN. En un billete envueltos, cien mil deseos de servirla.

SOLDADO. Y ella ¿cómo te ha correspondido?

SACRISTÁN. Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.

SOLDADO. Luego ¿no eres de epístola?

SACRISTÁN. Ni aun de completas. Motilón Soy, y puedo casar­me cada y cuando me viniere en voluntad; y presto lo veredes.

SOLDADO. Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme a esto que preguntarte quiero. Si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, a la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá a la grandeza de las mías? Que el otro día le envié un billete amoroso, escrito por lo menos en un revés de un memorial que di a su Majestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes (que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre), el cual memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y, sin atender a que sin duda alguna me podía valer cuatro o seis reales, con liberalidad increíble, y con desenfado notable, escribí en el revés dél, como he dicho, mi bi­llete; y sé que de mis manos pecadoras llegó a las suyas casi santas.

SACRISTÁN. ¿Hasle enviado otra cosa?

SOLDADO. Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayo, con toda la caterva de las demonstraciones necesarias que para descu­brir su pasión los buenos enamorados usan y deben de usar en todo tiempo y sazón.

SACRISTÁN. ¿Hasle dado alguna música concertada?

SOLDADO. La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.

SACRISTÁN. Pues a mí me ha acontecido dársela con mis cam­panas a cada paso, y tanto, que tengo enfadada a toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago, sólo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre ofreciéndome a su servicio; y, aunque haya de tocar a muerto, repico a vísperas solenes.

SOLDADO. En eso me llevas ventaja, porque no tengo qué tocar, ni cosa que lo valga.

SACRISTÁN. ¿Y de qué manera ha correspondido Cristina a la infinidad de tantos servicios como le has hecho?

SOLDADO. Con no yerme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona y el agua de fregar cuando friega; y esto es cada día, porque todos los días estoy en esta calle y a su puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el perro del hortelano, etcétera. Yo no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere; por eso, váyase de aquí el señor sota-sacristán, que, por haber tenido y tener respeto a las órdenes que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.

SACRISTÁN. A rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.

SOLDADO. El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho añicos, porque en él se muestra la antigüedad de sus estu­dios; ¡y váyase, que haré lo que dicho tengo!

SACRISTÁN. ¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Callejas.

SOLDADO. ¿Qué puede ser un Pasillas?

SACRISTÁN. Ahora lo veredes, dijo Agrajes.

(Entrase el SACRISTÁN.)

SOLDADO. ¡Oh, mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas! ¿Dejas, Cristina, a esta flor, a este jardín de la soldadesca, y acomódaste con el muladar de un sota-sacristán, pudiendo acomo­darte con un sacristán entero, y aun con un canónigo? Pero yo procura­ré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear desta calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna vía pueden ser tus amantes; y así vendré a alcanzar nombre de la guarda cuidado­sa.

(Entra UN MOZO con su caja y ropa verde, como estos que piden limosna para alguna imagen.)

MOZO. ¡ Den por Dios, para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía, que les guarde la vista de los ojos. ¡Ha de casa! ¿Dan limosna?

SOLDADO. ¡Hola, amigo Santa Lucía! Venid acá. ¿Qué es lo que queréis en esa casa?

MOZO. ¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía.

SOLDADO. ¿Pedís para la lámpara, o para el aceite de la lámpa­ra? Que, como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, y no el aceite de la lámpara.

MOZO. Ya todos entienden que pido para aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite.

SOLDADO. ¿Y suelen-os dar limosna en esta casa?

MOZO. Cada día, dos maravedís.

SOLDADO. ¿Y quién sale a dároslos?

MOZO. Quien se halla más a mano; aunque las más veces sale una fregoncita que se llama Cristina, bonita como un oro.

SOLDADO. ¿Así que es la fregoncita bonita como un oro?

MOZO. ¡Y como unas pelras!

SOLDADO. ¿De modo que no os parece mal a vos la muchacha?

MOZO. Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecer­me mal.

SOLDADO. ¿Cómo os llamáis? Que no querría volveros a llamar Santa Lucía.

MOZO. Yo, señor, Andrés me llamo.

SOLDADO. Pues, señor Andrés, esté en lo que quiero decirle:

tome este cuarto de a ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro días de la limosna que le dan en esta casa y suele recebir por mano de Cristina; y váyase con Dios, y séale aviso que por cuatro días no vuel­va a llegar a esta puerta ni por lumbre, que le romperé las costillas a coces.

MOZO. Ni aun volveré en este mes, si es que me acuerdo; no to­me vuesa merced pesadumbre, que ya me voy. (Vase.)

SOLDADO. ¡No, sino dormíos, guarda cuidadosa!

(Entra OTRO mozo vendiendo ypregonando tranzaderas holanda, de

Cambray, randas de Flandes y hilo portugués.)

UNO. ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, holanda, cam­bray, hilo portugués?

(CRISTINA, a la ventana.)

CRISTINA. ¡Hola, Manuel!, ¿traéis vivos para unas camisas?

UNO. Sí traigo; y muy buenos.

CRISTINA. Pues entrá, que mi señora los ha menester.

SOLDADO. ¡Oh, estrella de mi perdición, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, o como os llamáis, ¿conocéis aquella doncella que os llamó desde la ventana?

UNO. Sí conozco. Pero, ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?

SOLDADO. ¿No tiene muy buen rostro y muy buena gracia?

UNO. A mí así me lo parece.

SOLDADO. Pues también me parece a mí que no entre dentro de-sa casa; si no, ¡por Dios que ha de molelle los huesos, sin dejarle nin­guno sano!

UNO. ¿Pues no puedo yo entrar adonde me llaman para comprar mi mercadería?

SOLDADO. ¡Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y lue­go!

UNO. ¡ Terrible caso! Pasito, señor soldado, que ya me voy. (Vase ManueL)

(CRISTINA, a la ventana.)

CRISTINA. ¿No entras, Manuel?

SOLDADO. Ya se fue Manuel, señora la de los vivos, y aun seño­ra la de los muertos, porque a muertos y a vivos tienes debajo de tu mando y señorío.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta?

(Entrase CRISTINA.)

SOLDADO. Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.

(Entra UN ZAPATERO con unas chinelas pequeñas, nuevas, en la

mano, y, yendo a entrar en casa de CRISTINA, detiénele el SOLDADO.)

SOLDADO. Señor bueno, ¿busca vuesa merced algo en esta casa?

ZAPATERO. Sí busco.

SOLDADO. ¿Y a quién, si fuere posible saberlo?

ZAPATERO. ¿Por qué no? Busco a una fregona que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer.

SOLDADO. ¿De manera que vuesa merced es su zapatero?

ZAPATERO. Muchas veces la he calzado.

SOLDADO. ¿Y hale de calzar ahora estas chinelas?

ZAPATERO. No será menester; si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele traer, si calzara.

SOLDADO. ¿Y estás, están pagadas, o no?

ZAPATERO. No están pagadas; que ellas me las ha de pagar ago­ra.

SOLDADO. ¿No me haría vuesa merced una merced, que sería para mí muy grande, y es que me fiase estas chinelas, dándole yo pren­das que lo valiesen, hasta desde aquí a dos días, que espero tener dine­ros en abundancia?

ZAPATERO. Sí haré, por cierto. Venga la prenda, que, como soy pobre oficial no puedo fiar a nadie.

SOLDADO. Yo le daré a vuesa merced un mondadientes que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene vuesa merced la tienda, para que vaya a quitarle?

ZAPATERO. En la calle Mayor, en un poste de aquéllos, y llá­mome Juan Juncos.

SOLDADO. Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es éste, y estímele vuesa merced en mucho, porque es mío.

ZAPATERO. ¿Pues una biznaga que apenas vale dos maravedís, quiere vuesa merced que estime en mucho?

SOLDADO. ¡Oh, pecador de mi! No la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque, cuando vaya a echar mano a la faldriquera y no halle la biznaga, me venga a la memoria que la tiene vuesa merced y

vaya luego a quitalla; sí a fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero, si no está contento con ella, añadiré esta banda y este antojo: que al buen pagador no le duelen prendas.

ZAPATERO. Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar a vuesa merced de sus joyas y preseas; vuesa merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está más a cuento.

SOLDADO. ¿Cuántos puntos tienen?

ZAPATERO. Cinco escasos.

SOLDADO. Más escaso Soy yo chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales para pagaros, ¡Chinelas de mis entrañas! Escuche vuesa merced, señor zapatero, que quiero glosar aquí de repente este verso, que me ha salido medido: Chinelas de mis entrañas.

ZAPATERO. ¿Es poeta vuesa merced?

SOLDADO. Famoso, y agora lo verá; estéme atento.

Chinelas de mis entrañas.

GLOSA

Es amor tan gran tira­no,

Que, olvidado de la fe

Que le guardo siempre en vano,

Hoy con la funda de un pie,

Da a mi esperanza de mano.

Estas son vuestras hazañas,

Fundas pequeñas y hu­rañas;

Que ya mi alma imagina

Que sois, por ser de

Cristina,

Chinelas de mis entra­ñas.

ZAPATERO. A mí poco se me entiende de trovas; pero éstas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas.

SOLDADO. Pues, señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y más sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, a lo menos, de que vuesa merced me las guarde hasta desde aquí a dos días, que yo vaya por ellas; y por ahora, digo, por esta vez, el señor zapatero no ha de ver ni hablar a Cristina.

ZAPATERO. Yo haré lo que me manda el señor soldado, porque se me trasluce de qué pies cojea, que son dos: el de la necesidad y el de los celos.

SOLDADO. Ése no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilin­güe.

ZAPATERO. ¡Oh, celos, celos, cuán mejor os llamaran duelos, duelos!

(Entrase el ZAPATERO.)

SOLDADO. No, sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y ve­réis cómo se os entran mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento. Pero ¿qué voz es ésta? Sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre o friega.

(Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan.)

Sacristán de mi vida,

tenme por tuya, y,

fiado en mi fe,

canta alleluia

SOLDADO. ¡Oídos que tal oyen! Sin duda el sacristán debe de ser el brinco de su alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?

(Entra EL AMO de CRISTINA.)

AMO. Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta?

SOLDADO. Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo. Pero ¿quién es vuesa merced, que me lo pregunta?

AMO. Soy el dueño desta casa.

SOLDADO. ¿El amo de Cristinica?

AMO. El mismo.

SOLDADO. Pues lléguese vuesa merced a esta parte, y tome este envoltorio de papeles; y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y dos fees de veinte y dos generales debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo que se han dignado de honrarme con ellas.

AMO. ¡Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años a esta parte!

SOLDADO. Vuesa merced es hombre pacífico, y no está obligado a entendérsele mucho de las cosas de la guerra. Pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maes­tres de campo que he dicho.

AMO. Yo los doy pasados y vistos; pero, ¿de qué sirve darme cuenta desto?

SOLDADO. De que hallará vuesa merced por ellos ser posible ser en verdad una que agora diré, y es, que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene a saber: Gaeta, Barleta y Rijobes.

AMO. Hasta agora, ninguna cosa me importa a mí estas relacio­nes que vuesa merced me da.

SOLDADO. Pues yo sé que le han de importar, siendo Dios ser­vido.

AMO. ¿En qué manera?

SOLDADO. En que, por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de sa­lir proveído en una destas plazas, y quiero casarme agora con Cristini­ca; y, siendo yo su marido, puede vuesa merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda como cosa propria; que no tengo de mostrarme desagradecido a la crianza que vuesa merced ha hecho a mi querida y amada consorte.

AMO. Vuesa merced lo ha de los cascos más que de otra parte.

SOLDADO. ¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce? Que me la ha de entregar luego, luego, o no ha de atravesar los umbrales de su casa.

AMO. ¿Hay tal disparate? ¿Y quién ha de ser bastante para qui­tarme que no entre en mi casa?

(Vuelve el SOTA-SACRISTÁN PASILLAS, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa, viene con él OTRO SACRISTÁN, con un morrión y una vara o palo, atado a él un rabo de zorra.)

SACRISTÁN. ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el turbador de mi sosiego!

GRAJALES. No me pesa sino que traigo las armas endebles y al­go tiernas; que ya le hubiera despachado al otro mundo a toda diligen­cia.

AMO. ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué aceci­namiento es éste?

SOLDADO. ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? ¡ Sacristanes falsos, voto a tal que os tengo que horadar, aunque tengáis más órdenes que un Ceremonial! ¡Cobarde! ¿A mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a alguna imagen de bulto?

GRAJALES. No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.

(A la ventana, CRISTINA y su AMA.)

CRISTINA. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! Más de dos mil espadas están sobre él, que relumbran que me quitan la vista.

ELLA. Dices verdad, hija mía; Dios sea con él; santa Úrsola, con las once mil vírgines, sea en su guarda. Ven, Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos.

AMO. ¡Por vida de vuesas mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie!

SOLDADO. ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo! no acabéis de despertar mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os co-meré, y os arroj aré por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno!

AMO. ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo que pese a alguno!

SOLDADO. Por mí, tenido soy; que te tengo respeto, por la ima­gen que tienes en tu casa.

SACRISTÁN. Pues, aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer esta vez.

SOLDADO. ¿Han visto la desvergüenza deste bellaco, que me viene a hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?

(Entran CRISTINA y su SEÑORA.)

ELLA. ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, herido, bien de mi alma?

CRISTINA. ¡Ay desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristán y mi soldado.

SOLDADO. Aun bien que voy a la parte con también dijo: «mi soldado».

AMO. No estoy herido, señora, pero sabed que toda esta penden-cia es por Cristinica.

ELLA. ¿Cómo por Cristinica?

AMO. A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella.

ELLA. ¿Y es esto verdad, muchacha?

CRISTINA. Sí, señora.

ELLA. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dice! Y, ¿hate deshon­rado alguno dellos?

CRISTINA. Sí, señora.

ELLA. ¿Cuál?

CRISTINA. El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro.

ELLA. ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?

CRISTINA. A ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.

ELLA. ¿Cómo en mitad de la calle?

CRISTINA. Allí, en mitad de la calle de Toledo, a vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca ver­güenza y menos miramiento, y otros muchos baldones deste jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado.

AMO. Luego ¿no ha pasado otra cosa entre ti ni él sino esa deshonra que en la calle te hizo?

CRISTINA. No por cierto, porque luego se le pasa la cólera.

ELLA. ¡ El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi de­samparado!

CRISTINA. Y más, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.

AMO. Muestra; veamos.

ELLA. Leedla alto, marido.

AMO. Así dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristán desta parroquia, que quiero bien, y muy bien, a la señora Cristiana de Perra­zes; y en fee desta verdad, le di ésta, firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, a seis de mayo deste presente año de mil y seiscientos y once. Testigos: mi corazón, mi entendi­miento, mi voluntad y mi memoria. LORENZO PASILLAS.» ¡Gentil manera de cédula de matrimonio!

SACRISTÁN. Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere que yo haga por ella; porque quien da la vo­luntad, lo da todo.

AMO. ¿Luego, si ella quisiese, bien os casaríades con ella?

SACRISTÁN. De bonísima gana, aunque perdiese la expectativa de tres mil maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mía, según me han escrito de mi tierra.

SOLDADO. Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve dí­as hace hoy que, al entrar de la Fluente Segoviana, di yo a Cristina la

mía, con todos los anejos a mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa, algo irá a decir de ser castellano de un famoso castillo, a un sacristán no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo.

AMO. ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?

CRISTINA. Sí tengo.

AMO. Pues escoge, destos dos que se te ofrecen, el que más te agradare.

CRISTINA. Tengo vergüenza.

ELLA. No la tengas; porque el comer y el casar ha de ser a gusto proprio, y no a voluntad ajena.

CRISTINA. Vuesas mercedes, que me han criado, me darán ma­rido como me convenga; aunque todavía quisiera escoger.

SOLDADO. Niña, échame el ojo; mira mi garbo; soldado soy, castellano pienso ser; brío tengo de corazón; soy el más galán hombre del mundo; y por el hilo deste vestidillo, podrás sacar el ovillo de mi gentileza.

SACRISTÁN. Cristina, yo soy músico, aunque de campanas; para adornar una tumba y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningún sacristán me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejer­citar casado, y ganar de comer como un príncipe.

AMO. Ahora bien, muchacha: escoge de los dos el que te agrada; que yo gusto dello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes com­petidores.

SOLDADO. Yo me allano.

SACRISTÁN. Y yo me rindo.

CRISTINA. Pues escojo al sacristán.

(Han entrado los músicos.)

AMO. Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus guitarras y voces nos entremos a celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor soldado será mi convidado.

SOLDADO. Acepto:

«Que, donde hay fuerza de he­cho,

Se pierde cualquier derecho».

MÚSICOS. Pues hemos llegado a tiempo, éste será el estribillo de nuestra letra.

(Cantan el estribillo.)

SOLDADO.

«Siempre escogen las mujeres

Aquello que vale menos,

Porque excede su mal gusto

A cualquier merecimiento.

Ya no se estima el valor,

Porque se estima el dinero,

Pues un sacristán prefieren

A un roto soldado lego.

Mas no es mucho: que ¿quién vio

Que fue su voto tan necio,

Que a sagrado se acogiese,

Que es de delincuentes puerto?

Que adonde hay fuerza, etc.»

SACRISTÁN

«Como es proprio de un soldado

Que es sólo en los años viejo,

Y se halla sin un cuarto

Porque ha dejado su tercio,

Imaginar que ser puede

Pretendiente de Gaiferos,

Conquistando por lo bravo

Lo que yo por manso adquiero,

No me afrentan tus razones,

Pues has perdido en el juego;

Que siempre un picado

tiene Licencia para hacer fieros.

Que adonde, etc.»

(Entranse cantando y bailando)

Entremés del Vizcaíno fingido

( SOLÓRZANOy QUIÑONES.)

SOLÓRZANO. Estas son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas, y las cadenas que van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento: que, a pesar de la taimería desta sevi­llana, ha de quedar esta vez burlada.

QUIÑONES. ¿Tanta honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a una mujer, que lo tomáis con tanto ahínco y po­néis tanta solicitud en ello?

SOLÓRZANO. Cuando las mujeres son como éstas, es gusto el burlallas; cuanto más que esta burla no ha de pasar de los tejados arri­ba; quiero decir que ni ha de ser con ofensa de Dios ni con daño de la burlada; que no son burlas las que redundan en desprecio ajeno.

QUIÑONES. Alto; pues vos lo queréis, sea así. Digo que yo os ayudaré en todo cuanto me habéis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más encarecer. ¿Adónde vais agora?

SOLÓRZANO. Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os llamaré a su tiempo.

QUIÑONES. Allí estaré clavado, esperando.

(Éntranse los dos.)

(Salen DOÑA CRISTINA y DOÑA BRÏGIDA: Cristina sin manto, y

BRÍGIDA con él, toda asustada y turbada.)

CRISTINA. ¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga doña BRÏGIDA, que parece que quieres dar el alma a su Hacedor?

BRÏGIDA. ¡Doña Cristina, amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me muero, que me fino, que se me arran­ca el alma! ¡Dios sea conmigo! ¡Confesión a toda priesa!

CRISTINA. ¿Qué es esto? ¡Desdichada de mi! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es muerta tu madre, o de que viene tu marido, o hante robado tus joyas?

BRÏGIDA. Ni he visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aun le faltan tres meses para acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis joyas; pero hame sucedido otra cosa peor.

CRISTINA. Acaba, dímela, doña Brígida mía; que me tienes tur­bada y suspensa hasta saberla.

BRÏGIDA. ¡Ay, querida, que también te toca a ti parte deste mal suceso! Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve. ¡Desdichadas de aquellas que andan en la vida libre, que, si quieren tener algún poquito de autoridad, granjeadas de aquí o de allí, se la dejarretan y se la quitan al mejor tiempo!

CRISTINA. Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo que te ha suce­dido, y qué es la desgracia de quien yo también tengo de tener parte.

BRÏGIDA. ¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has de saber, hermana, que, viniendo agora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara, oí que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando que quitaban los coches, y que las mujeres descubriesen los rostros por las calles.

CRISTINA. ¿Y esa es la mala nueva?

BRÏGIDA. Pues para nosotras, ¿puede ser peor en el mundo?

CRISTINA. Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reforma­ción de los coches; que no es posible que los quiten de todo punto. Y será cosa muy acertada, porque, según he oído decir, andaba muy de­caída la caballería en España, porque se empanaban diez o doce caba­lleros mozos en un coche y azotaban las calles de noche y de día, sin acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y, como les falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches, volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se honraron.

BRÏGIDA. ¡Ay, Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan algunos, es con condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna… ya me entiendes.

CRISTINA. Ese mal nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión, entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería, y hase averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones. Y agora podremos las alegres mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra bizarría, y más yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que ninguno se llame a engaño si nos sirviese, pues nos ha visto.

BRÏGIDA. ¡Ay, Cristina! ¡No me digas eso! ¡Qué linda cosa era ir sentada en la popa de un coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien y como y cuando quería. Y en Dios y en mi ánima te digo, que cuando alguna vez me le prestaban, y me vía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía tanto, que creía bien y ver­daderamente que era mujer principal, y que más de cuatro señoras de título pudieran ser mis criadas.

CRISTINA. ¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien quitar los coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? Y más, que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues viendo los ojos estranjeros a una per­sona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaría a perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a una principal señora. Así que, amiga, no debes acongoj arte, sino acomoda tu brío y tu limpieza, y tu manto de Soplillo sevillano, y tus nuevos chapines, en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles; que yo te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar que a ti se lleguen: que engaño en más va que en besarla durmiendo.

BRÏGIDA. Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos; y en verdad que los pienso poner en prácti­ca, y pulirme y repulirme, y dar el rostro a pie, y pisar el polvico a tan menudico, pues no tengo quien me corte la cabeza; que este que pien­san que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.

CRISTINA. ¡Jesús! ¿Tan a la sorda y sin llamar se entra en mi ca­sa? Señor, ¿qué es lo que vuestra merced manda?

(Entra SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. Vuestra merced perdone el atrevimiento, que la ocasión hace al ladrón: hallé la puerta abierta, y entréme, dándome ánimo al entrarme, venir a servir a vuestra merced, y no con palabras, sino con obras; y si es que puedo hablar delante desta señora, diré a lo que vengo y la intención que traigo.

CRISTINA. De la buena presencia de vuestra merced, no se pue­de esperar sino que han de ser buenas sus palabras y sus obras. Diga vuestra merced lo que quisiere, que la señora doña BRÏGIDA es tan mi amiga, que es otra yo misma.

SOLÓRZANO. Con ese seguro y con esa licencia, hablaré con verdad; y con verdad, señora, soy un cortesano a quien vuestra merced no conoce.

CRISTINA. Así es la verdad.

SOLÓRZANO. Y ha muchos días que deseo servir a vuestra mer­ced, obligado a ello de su hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han sido freno a las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve a Sala­manca y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe. Porque, para decir la verdad a vuestra merced, él es un poco burro y tiene algo de mentecapto; y añádesele a esto una tacha que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un si es no es del vino; pero no de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se le turba; y cuando está asomado, y aun casi todo el cuer­po fuera de la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad:

da todo cuanto tiene a quien se lo pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovechar­me de alguna cosa, y no he hallado mejor medio que traerle a casa de vuestra merced, porque es muy amigo de damas, y aquí le de sollare­mos cerrado como a gato; y para principio traigo aquí a vuestra merced esta cadena en este bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará vuestra merced y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas co sillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como dicen, y a dos idas y venidas se quedará vuestra merced con toda la cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora. La cadena es bonísima y de muy buen oro, y vale algo de hechura. Héla aquí; vuestra merced la tome.

CRISTINA. Beso a vuestra merced las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me tiene algo confusa y algún tanto sospechosa.

SOLÓRZANO. ¿Pues de qué es la sospecha, señora nia?

CRISTINA. De que podrá ser esta cadena de alquimia; que se suele decir que no es oro todo lo que reluce.

SOLÓRZANO. Vuestra merced habla discretísimamente, y no en balde tiene vuestra merced fama de la más discreta dama de la corte; y hame dado mucho gusto el ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte. Vuestra merced se cubra su manto, o envíe si tiene de quién fiarse, y vaya a la Platería, y en el contraste se pese y toque esa cadena; y cuando fuera fina, y de la bondad que yo he dicho, entonces vuestra merced me dará los diez escudos, harále una regalaría al borrico, y se quedará con ella.

CRISTINA. Aquí, pared y medio, tengo yo un platero mi conoci­do, que con facilidad me sacará de duda.

SOLÓRZANO. Eso es lo que yo quiero, y lo que amo y lo que estimo, que las cosas claras Dios las bendijo.

CRISTINA. Si es que vuestra merced se atreve a fiarme esta ca­dena en tanto que me satisfago, de aquí a un poco podrá venir, que yo tendré los diez escudos en oro.

SOLÓRZANO. ¡Bueno es eso! ¿Fío mi honra de vuestra merced y no le había de fiar la cadena? Vuestra merced la haga tocar y retocar; que yo me voy, y volveré de aquí a media hora.

CRISTINA. Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.

(Entrase SOLÓRZANO.)

BRÏGIDA. Esta, Cristina mía, no sólo es ventura, sino venturón llovido. Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de agua sin que me cueste mi trabajo primero. Sólo me encontré el otro día en la calle a un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de la historia de Píra­mo y Tisbe, y me ofreció trecientos en mi alabanza.

CRISTINA. Mejor fuera que te hubieras encontrado con un gino­vés que te diera trecientos reales.

BRÏGIDA. Sí, por cierto, ¡Ahí están los ginoveses de manifiesto y para venirse a la mano, como halcones al señuelo! Andan todos malen­cónicos y tristes con el decreto.

CRISTINA. Mira, BRÏGIDA, desto quiero que estés cierta: que vale más un ginovés quebrado que cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa; mi platero es éste. ¿Y que quiere mi buen veci­no? Que a fe que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le quería cubrir para buscarle.

(Entra el PLATERO.)

PLATERO. Señora doña Cristina, vuestra merced me ha de hacer una merced: de hacer todas sus fuerzas por llevar mañana a mi mujer a la comedia, que me conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga.

CRISTINA. Eso haré yo de muy buena gana; y aun si el señor ve­cino quiere mi casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desem­barazada; que bien sé en qué caen estos negocios.

PLATERO. No, señora; entretener a mi mujer me basta. Pero ¿qué quería vuestra merced de mí, que quería ir a buscarme?

CRISTINA. No más sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si es fina, y de qué quilates.

PLATERO. Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas ve­ces, y sé que pesa ciento y cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que si vuestra merced la compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.

CRISTINA. Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.

PLATERO. Mire cómo la concierta la señora vecina que yo le ha­ré dar, cuando se quisiere deshacer della, diez ducados de hechura.

CRISTINA. Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el ve­cino no se engañe en lo que dice de la fineza del oro y cantidad del peso.

PLATERO. ¡Bueno sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos veces la he tocado eslabón por eslabón, y la he pesado; y la conozco como a mis manos.

BRÏGIDA. Con eso nos contentamos.

PLATERO. Y por más señas, sé que la ha llegado a pesar y a to­car un gentil hombre cortesano que se llama Tal de Solórzano.

CRISTINA. Basta, señor vecino; vaya con Dios, que yo haré lo que me deja mandado. Yo la llevaré y entretendré dos horas más, si fuere menester; que bien sé que no podrá dañar una hora más de entre­tenimiento.

PLATERO. Con vuestra merced me entierren, que sabe de todo, y adiós, señora mía.

(Entrase el PLATERO.)

BRÏGIDA. ¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin duda, que truj ese con el vizcaíno para mi alguna ayuda de costa, aunque fuese de algún borgoñón más borracho que un zaque?

CRISTINA. Por decírselo no quedará; pero vesle, aquí vuelve:

priesa trae; diligente anda; sus diez escudos le aguijan y espolean. (Entra SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho vuestra merced sus diligencias? ¿Está acreditada la cadena?

CRISTINA. ¿Cómo es el nombre de vuestra merced, por su vida?

SOLÓRZANO. Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa. Pero, ¿por qué me lo pregunta vuestra merced?

CRISTINA. Por acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga vuestra merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez escudos.

(Entrase CRISTINA.)

BRÏGIDA. Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuestra merced por ahí algún mondadientes para mí? Que en verdad no soy para desechar, y que tengo buenas entradas y salidas en mi casa como la señora doña Cristina; que, a no temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene las tetas como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y con todo eso la buscan, solicitan y quieren; que estoy por arañarme esta cara, más de rabia que de envidia, porque no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie; en fin, la ventura de las feas…

SOLÓRZANO. No se desespere vuestra merced, que si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero.

(Vuelve a entrar CRISTINA.)

CRISTINA. He aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará esta noche como para un príncipe.

SOLÓRZANO. Pues nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él. Vuestra merced me le acaricie, aunque sea como quien toma una píldora.

(Vase SOLÓRZANO.)

BRÏGIDA. Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase a mí, y dijo que sí haría, andando el tiempo.

CRISTINA. Andando el tiempo en nosotras no hay quien nos re­gale, amiga; los pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.

BRÏGIDA. También le dije cómo vas muy limpia, muy linda, y muy agraciada, y que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodo­nes.

CRISTINA. Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.

BRÏGIDA.

parte.] ¡Mirad quién tiene amartelados, que vale más la suela de mi botín que las arandelas de su cuello! Otra vez vuel­vo a decir: la ventura de las feas…

(Entran QUIÑONES y SOLÓRZANO.)

QUIÑONES. Vizcaíno, manos bésame vuestra merced, que mán­deme.

SOLÓRZANO. Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuestra merced y que le mande.

BRÏGIDA. ¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme muy linda.

CRISTINA. Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante.

QUIÑONES. Pareces buena, hermosa; también noche esta cena­mos; cadena quedas, duermes nunca, basta que doyla.

SOLÓRZANO. Dice mi compañero que vuestra merced le parece buena y hermosa; que se apareje la cena; que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez la haya dado.

BRÏGIDA. ¿Hay tal Alejandro en el mundo? Venturón, venturón y cien mil veces venturón.

SOLÓRZANO. Si hay algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento.

CRISTINA: ¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello y se lo daré mejor que al Preste Juan de las Indias.

(Entrase CRISTINA.)

QUIÑONES. Dama que quedaste, tan buena como entraste. BRÏGIDA. ¿Qué ha dicho, señor Solórzano? SOLÓRZANO. Que la dama que se queda, que es vuestra merced,

es tan buena como la que se ha entrado.

BRÏGIDA. ¡Y cómo que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer que no es nada burro.

QUIÑONES. Burro el diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando te­nerlo.

BRÏGIDA. Ya le entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos cuando quieren tener ingenio le tienen.

SOLÓRZANO. Así es, sin faltar un punto.

(Vuelve a salir CRISTINA con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta.)

CRISTINA. Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco, que todo cuanto hay en esta casa es la quinta esencia de la limpieza.

QUIÑONES. Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras; ésta le bebo y otra también.

BRÏGIDA. ¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo!

SOLÓRZANO. Dice que con lo dulce también bebe vino como agua; y que este vino es de San Martín, y que beberá otra vez.

CRISTINA. Y aun otras ciento; su boca puede ser medida.

SOLÓRZANO. No le den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha.

QUIÑONES. Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es gri­llos y corma es pies. Tarde vuelvo, señora; Dios que te guárdate.

SOLÓRZANO. ¡Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón!

CRISTINA. ¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá esta tarde, y que vuestras mercedes se queden con Dios.

BRÏGIDA. ¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor lástima es ésta que he visto en mi vida. ¡ Miren qué mocedad y qué borrachera!

SOLÓRZANO. Ya venía él refrendado de casa. Vuestra merced, señora Cristina, haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde.

(Entranse el vizcaíno y SOLÓRZANO.)

CRISTINA. Todo estará como de molde; vayan vuestras merce­des en hora buena.

BRÏGIDA. Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos al deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluciente y qué barata! Digo, Cristina, que sin saber cómo ni cómo no, llueven los bienes sobre ti, y se te entra la ventura por las puertas, sin solicitalla. En efeto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merece tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico término: hechizos bastantes a rendir las más descuidadas y esentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato. Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia que a ti te tengo, sino de lástima que me tengo a mí.

(Vuelve a entrar SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. ¡ La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo!

BRÏGIDA. ¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. A la vuelta desta calle, yendo a la casa, encon­tramos con un criado del padre de nuestro vizcaíno, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda a punto de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego. Yo le he tomado diez escudos para vues­tra merced, y velos aquí, con los diez que vuestra merced me dio de­nantes, y vuélvaseme la cadena, que si el padre vive, el hijo volverá a darla, o yo no seré don Esteban de Solórzano.

CRISTINA. En verdad que a mí me pesa, y no por mi interés, sino por la desgracia del mancebo, que ya le había tomado afición.

BRÏGIDA. Buenos son diez escudos ganados tan holgando; tó­malo s, amiga, y vuelve la cadena al señor Solórzano.

CRISTINA. Véla aquí, y venga el dinero; que en verdad que pen­saba gastar más de treinta en la cena.

SOLÓRZANO. Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus; estas tretas, con los de las galleruzas, y con este perro a otro hueso.

CRISTINA. ¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. Para que entienda vuestra merced que la codicia rompe el saco. ¿Tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso vuestra merced curarse en salud y salir al lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese vuestra merced su falsa, que no ha de haber conmigo transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa, y qué bien que la amol­daron, y qué presto!

CRISTINA. ¿Qué dice vuestra merced, señor mio, que no le en­tiendo?

SOLÓRZANO. Digo que no es ésta la cadena que yo dejé a vues­tra merced, aunque le parece; que ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates.

BRÏGIDA. En mi ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero.

CRISTINA. ¿Aun el diablo sería eso?

SOLÓRZANO. El diablo o la diabla, mi cadena venga, y dejémo­nos de voces, y escúsense juramentos y maldiciones.

CRISTINA. El diablo me lleve, lo cual querría que no me llevase, si no es ésa la cadena que vuestra merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos. ¡Justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase!

SOLÓRZANO. Que no hay para qué dar gritos, y más estando ahí el señor Corregidor, que guarda su derecho a cada uno.

CRISTINA. Si a las manos del Corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada; que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mí verdad por mentira, y mi virtud por vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.

(Entra un ALGUACIL.)

ALGUACIL. ¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?

SOLÓRZANO. Vuestra merced, señor alguacil, ha venido aquí como de molde. A esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto efecto; vuelvo agora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia a la venta de la Zarza, a voces y a gritos, sabiendo que será testigo desta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo.

BRÏGIDA. ¡Y cómo si ha pasado!, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima que estoy por decir que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda haber hecho el trueco, porque la cade­na no ha salido de aquesta sala.

SOLÓRZANO. La merced que el señor alguacil me ha de hacer es llevar a la señora al Corregidor, que allá nos averiguaremos.

CRISTINA. Otra vez torno a decir que, si ante el Corregidor me lleva, me doy por condenada.

BRÏGIDA. Sí, porque no estoy bien con sus huesos.

CRISTINA. ¡Desta vez me ahorco! ¡Desta vez me desespero! ¡Desta vez me chupan brujas!

SOLÓRZANO Ahora bien; yo quiero hacer una cosa por vuestra merced, señora Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, o por lo menos se ahorque: esta cadena se parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecapto y algo borrachuelo; yo se la quiero llevar y darle a entender que es la suya, y vuestra merced contente aquí al señor algua­cil y gaste la cena desta noche, y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.

CRISTINA. ¡Págueselo a vuestra merced todo el cielo! Al señor alguacil daré media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpetua del señor Solórzano.

BRÏGIDA. Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.

ALGUACIL. Vuestra merced ha hecho como liberal y buen caba­llero, cuyo oficio ha de ser servir a las mujeres.

SOLÓRZANO. Vengan los diez escudos que di demasiados.

CRISTINA. Helos aquí, y más los seis para el señor alguacil.

(Entran dos Músicos, y QUIÑONES, el vizcaíno.)

MÚSICOS. Todo lo hemos oído, y acá estamos.

QUIÑONES. Ahora sí que puede decir a mi señora Cristina: ma­móla una y cien mil veces.

BRÏGIDA. ¿Han visto qué claro que habla el vizcaíno?

QUIÑONES. Nunca hablo yo turbio, si no es cuando quiero.

CRISTINA. ¡Que me maten si no me la han dado a tragar estos bellacos!

QUIÑONES. Señores músicos, el romance que les di y que saben, ¿para qué se hizo?

MÚSICOS

«La mujer más avisada,

O sabe poco, o no nada.

La mujer que más presume

De cortar como navaja

Los vocablos repulgados

Entre las godeñas pláticas;

La que sabe de memoria,

A Lo Fraso y a Diana,

Y al Caballero del Febo,

Con Olivante de Laura;

La que seis veces al mes

Al gran Don Quijote pasa,

Aunque más sepa de aquesto,

O sabe poco, o no nada.

La que se fia en su ingenio,

Lleno de fingidas trazas,

Fundadas en interés

Y en voluntades tiranas;

La que no sabe guardarse,

Cual dicen, del agua mansa,

Y se arroja a las corrientes

Que ligeramente pasan;

La que piensa que ella sola

Es el colmo de la nata

En esto del trato alegre,

O sabe poco, o no nada.»

CRISTINA. Ahora bien, yo quedo burlada, y, con todo esto con­vido a vuestras mercedes para esta noche.

QUIÑONES. Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada.

Entremés del Retablo de las maravi­llas

(Salen CHANFALLA y la CHIRINOS.)

CHANFALLA. No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis ad­vertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo em­buste, que ha de salir tan a luz como el pasado del llovista.

CHIRINOS. Chanfalla ilustre, lo que en mi fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás poten­cias; pero dime: ¿de qué te sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA. Habíamosle menester como el pan de la boca, pa­ra tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.

CHIRINOS. Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabe­lín, porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días demivida.

(Entra EL RABELÏN.)

RABELÏN. ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor Autor? Que ya me muero porque vuestra merced vea que no me tomó a carga ce­rrada.

CHIRINOS. Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga. Si no sois más gran músico que grande, medra­dos estamos.

RABELÏN. Ello dirá; que en verdad que me han escrito para en­trar en una compañía de partes, por chico que soy.

CHANFALLA. Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. -Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

(Salen el GOBERNADOR y BENITO REPOLLO, alcalde, JUAN CASTRADO, regidor, y PEDRO CAPACHO, escribano.)

Beso a vuestras mercedes las manos. ¿Quién de vuestras mercedes es el Gobernador deste pueblo?

GOBERNADOR. Yo soy el Gobernador. ¿Qué es lo que queréis, buen hombre?

CHANFALLA. A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo, que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, los deseche vuestra merced.

CHIRINOS. En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.

CAPACHO. No es casado el señor Gobemador. CHIRINOS. Para cuando lo sea, que no se perderá nada. GOBERNADOR. Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honra­do?

CHIRINOS. Honrados días viva vuestra merced, que así nos hon­ra. En fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el hon­rado, honra, sin poder hacer otra cosa.

BENITO. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto. CAPACHO. Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Re­pollo.

BENITO. Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto. En fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA. Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Re­tablo de las Maravillas. Hanme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mí ida se remediará todo.

GOBERNADOR. ¿Y qué quiere decir Retablo de las Maravillas?

CHANFALLA. Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matri­monio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.

BENITO. Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo co­sas nuevas. ¡Y qué! ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?

CHIRINOS. Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tonto­nela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.

BENITO. Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabihondos.

GOBERNADOR. Señor regidor Juan Castrado, yo determino, de­bajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su Retablo.

JUAN. Eso tengo yo por servir al señor Gobemador, con cuyo pa­recer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contra­rio.

CHIRINOS. La cosa que hay en contrario es que, si no se nos pa­ga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda. ¿Y vuestras mercedes, señores Justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia, y viese lo contenido en el tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al pueblo, no hubiese ánima que le viese! No, señores; no, señores; ante omnia nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO. Señora Autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona ni ningún Antoño; el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por no so­tros. CAPACHO. ¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la señora Autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia.

BENITO. Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me ha­blen a derechas, que yo entenderé a pie llano. Vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no.

JUAN. Ahora bien, ¿contentarse ha el señor Autor con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuida­do que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA. Soy contento, porque yo me fío de la diligencia de vuestra merced y de su buen término.

JUAN. Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa y la comodidad que hay en ella para mostrar ese Retablo.

CHANFALLA. Vamos, y no se les pase de las mientes las calida­des que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Reta­blo.

BENITO. A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal Retablo!

CAPACHO. Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.

JUAN. No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR. Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde, Regidor y Escribano.

JUAN. Vamos, Autor, y manos a la obra, que Juan Castrado me Hamo, hijo de Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más, en abono y seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del referido retablo.

CHIRINOS. ¡Dios lo haga!

(Entranse JUAN CASTRADO y CHANFALLA.)

GOBERNADOR. Señora Autora, ¿qué poetas se usan ahora en la corte, de fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Por­que yo tengo mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula. Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se veen las unas a las otras; y estoy aguardando coyuntura para ir a la corte y enri­quecer con ellas media docena de autores.

CHIRINOS. A lo que vuestra merced, señor gobernador, me pre­gunta de los poetas, no le sabré responder; porque hay tantos que qui­tan el sol, y todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame vuestra merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?

GOBERNADOR. A mí, señora Autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.

CHIRINOS. ¡Válame Dios! ¡Y que vuesa merced es el señor Li­cenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de Lucifer estaba malo y Tómale mal defuera!

GOBERNADOR. Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y así fueron nias como del Gran Turco. Las que yo com­puse, y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que, puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.

(Vuelve CHANFALLA.)

CHANFALLA. Señores, vuestras mercedes vengan, que todo está a punto, y no falta más que comenzar.

CHIRINOS. ¿Está ya el dinero in corhona?

CHANFALLA. Y aun entre las telas del corazón.

CHIRINOS. Pues doite por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es poeta.

CHANFALLA. ¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por enga­ñado, porque todos los de humor semejante son hechos a la mazacona:

gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.

BENITO. Vamos, Autor, que me saltan los pies por ver esas ma­ravillas.

(Entranse todos.)

(Salen JUANA CASTRADA y TERESA REPOLLA, labradoras: la

una como desposada, que es la CASTRADA.)

CASTRADA. Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el Retablo enfrente; y pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del Retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.

TERESA. Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. ¡Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el Retablo mostrare! ¡Por el siglo de mi madre que me sacase los mismos ojos de mi cara si alguna desgracia me aconteciese! ¡Bonita soy yo para eso!

CASTRADA. Sosiégate, prima, que toda la gente viene.

(Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN

CASTRADO, PEDRO CAPACHO, EL AUTOR y LA AUTORA,y EL MÚSICO, y otra gente del pueblo, y UN SOBRINO de Benito, que ha de ser aquel gentil hombre que baila.)

CHANFALLA. Siéntense todos; el Retablo ha de estar detrás deste repostero, y la Autora también, y aquí el músico.

BENITO. ¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero, que, a trueco de no velle, daré por bien empleado el no oílle.

CHANFALLA. No tiene vuestra merced razón, señor alcalde Re­pollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, y hidalgo de solar conocido.

GOBERNADOR. ¡Calidades son bien necesarias para ser buen músico!

BENITO. De solar, bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.

RABELÏN. ¡ Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de…!

BENITO. ¡Pues por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros mú­sicos tan…!

GOBERNADOR. Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del Alcalde, que será proceder en infinito, y el señor Montiel comience su obra.

BENITO. ¡Poca balumba trae este autor para tan gran Retablo!

JUAN. Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA. ¡Atención, señores, que comienzo! -~Oh tú, quien quiera que fuiste, que fabricaste este Retablo con tan maravilloso arti­ficio, que alcanzó renombre de las Maravillas: por la virtud que en él se encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinenti mues­tres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo para derriba­11e por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisa­do, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan noble gente co­mo aquí se ha juntado!

BENITO. ¡Téngase, cuerpo de tal conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!.

CAPACHO. ¿Veisle vos, Castrado?

JUAN. ¿Pues no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colo­drillo?

GOBERNADOR.

parte.] ¡Milagroso caso es éste! Así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco. Pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

CHIRINOS. ¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en Salamanca! ¡Échate, hombre; échate, hombre; Dios te libre, Dios te libre!

CHANFALLA. ¡Échense todos, échense todos! ¡Húcho ho!, !hú­choho!, !húchoho!

(Echanse todos, y alborótanse.)

BENITO. ¡El diablo lleva en el cuerpo el torillo! Sus partes tiene de hosco y de bragado. Si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN. Señor Autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.

CASTRADA. ¡Y cómo, padre! No pienso volver en mí en tres dí­as; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

JUAN. No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

GOBERNADOR. [Aparte.] Basta; que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS. Esa manada de ratones que allá va, deciende por lí­nea recta de aquellos que se criaron en el arca de Noé; dello s son blan­cos, dello s albarazados, dello s jaspeados y dello s azules; y, finalmente, todo son ratones.

CASTRADA. ¡Jesús! ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan; ¡Y monta que son pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta!

REPOLLA. Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin re­paro ninguno. Un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡ Soco­rro venga del cielo, pues en la tierra me falta!

BENITO. Aun bien que tengo gregüecos: que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea.

CHANFALLA. Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán. Toda mujer a quien tocare en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.

CASTRADA. ¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre; no se moje.

JUAN. Todos nos cubrimos, hija.

BENITO. Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO. Yo estoy más seco que un esparto.

GOBERNADOR. [Aparte.] ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota donde todos se ahogan? ¿Mas si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos?

BENITO. Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a Dios que me vaya sin ver más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear sin cítola y sin son!

RABELÏN. Señor alcalde, no tome conmigo la hincha, que yo to­co como Dios ha sido servido de enseñarme.

BENITO. ¿Dios te había de enseñar, sabandija? ¡Métete tras la manta; si no, por Dios que te arroje este banco!

RABELÏN. El diablo creo que me ha traído a este pueblo.

CAPACHO. ¡Fresca es el agua del santo río Jordán! Y aunque me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y aposta-ré que los tengo rubios como un oro.

BENITO. Y aun peor cincuenta veces.

CHIRINOS. Allá van hasta dos docenas de leones rapantes y de osos colmeneros. Todo viviente se guarde, que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hér­cules, con espadas desenvainadas.

JUAN. Ea, señor Autor, ¡cuerpo de nosla! ¿Y agora nos quiere llenar la casa de osos y de leones?

BENITO. ¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontone­lo, sino leones y dragones! Señor Autor, o salgan figuras más apaci­bles, o aquí nos contentamos con las vistas, y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento.

CASTRADA. Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.

JUAN. Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los ratones, y agora pides osos y leones?

CASTRADA. Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS. Esa doncella que agora se muestra tan galana y tan compuesta es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida. Si hay quien la ayude a bailar, verán maravillas.

BENITO. ¡Esta sí, cuerpo del mundo!, que es figura hermosa, apacible y reluciente. ¡Hideputa, y cómo que se vuelve la mochacha! – Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro capas.

SOBRINO. Que me place, tío Benito Repollo.

(Tocan la zarabanda.)

CAPACHO. ¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la zara­banda y de la chacona!

BENITO. Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca jodía. Pero, si ésta es jodía, ¿cómo vee estas maravillas?

CHANFALLA. Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.

(Suena una trompeta o corneta dentro del teatro, y entra UN FURRIER de compañías.)

FURRIER. ¿Quién es aquí el señor Gobernador?

GOBERNADOR. Yo soy. ¿Qué manda vuestra merced?

FURRIER. Que luego, al punto, mande hacer alojamiento para treinta hombres de armas que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya suena la trompeta; y adiós.

(Vase)

BENITO. Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo

CHANFALLA. No hay tal; que ésta en una compañía de caballos que estaba alojada dos leguas de aquí.

BENITO. Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois unos grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mirá que os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros.

CHANFALLA. ¡Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las sabandijas que yo he visto.

CAPACHO. Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.

BENITO. No digo yo que no, señor Pedro Capacho. -¡ No toques más músico de entre sueños, que te romperé la cabeza!

(Vuelve el FURRIER.)

FURRIER. Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? Que ya están los caballos en el pueblo.

BENITO. ¿Qué, todavía ha salido con la suya Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal, Autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pegar!

CHANFALLA. Séanme testigos que me amenaza el Alcalde.

CHIRINOS. Séanme testigos que dice el Alcalde que, lo que manda S.M., lo manda el sabio Tontonelo.

BENITO. ¡Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios Todopoderoso!

GOBERNADOR. Yo para mi tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben de ser de burlas.

FURRIER. ¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su seso?

JUAN. Bien pudieran ser atontoneleados; como esas cosas habe­mos visto aquí. Por vida del Autor, que haga salir otra vez a la doncella Herodias, porque vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.

CHANFALLA. Eso en buen hora, y véisla aquí a do vuelve, y ha­ce de señas a su bailador a que de nuevo la ayude.

SOBRINO. Por mí no quedará, por cierto.

BENITO. ¡Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas; ¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello, a ello!

FURRIER. ¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta, y qué baile, y qué Tontonelo?

CAPACHO. ¿Luego no vee la doncella herodiana el señor Furrier?

FURRIER. ¿Qué diablos de doncella tengo de ver?

CAPACHO. Basta: de ex illis es.

GOBERNADOR. De ex illis es, de ex illis es.

JUAN. Dellos es, dellos el señor Furrier; dellos es.

FURRIER. ¡Soy de la mala puta que los parió; y, por Dios vivo, que, si echo mano a la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta!

CAPACHO. Basta: de ex illis es.

BENITO. Basta: dellos es, pues no vee nada.

FURRIER. ¡Canalla barretina!: si otra vez me dicen que soy de­lbs, no les dejaré hueso sano!

BENITO. Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos dejar de decir: dellos es, dellos es.

FURRIER. ¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!

(Mete mano a la espada, y acuchillase con todos; y el ALCALDE aporrea al RABELLEJO; y la CHIRINOS descuelga la manta y dice.)

CHIRINOS. El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hom­bres de armas; parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA. El suceso ha sido extraordinario; la virtud del Retablo se queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar el pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el triunfo desta batalla, diciendo:

¡Vivan Chirinos y Chanfalla!

Entremés de ta Cueva Satamanca

(Salen PANCRACIO, LEONARDAy CRISTINA.)

PANCRACIO. Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros, considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, a lo más largo, a los cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra y dejar esta jornada, que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.

LEONARDA. No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos parezcáis descortés. Id en hora buena, y cumplid con vuestras obligaciones, pues las que os llevan son precisas, que yo me apretaré con mi llaga, y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del término que habéis puesto. -¡Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazón!

(Desmáyase LEONARDA.)

CRISTINA. ¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En ver­dad, señor, que, si yo fuera vuestra merced, que nunca allá fuera.

PANCRACIO. Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el rostro. Mas espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud para hacer volver de los desmayos.

(Dicele las palabras; vuelve LEONARDA diciendo.)

LEONARDA. Basta; ello ha de ser forzoso; no hay sino tener pa­ciencia, bien mío; cuanto más os detuviéredes, más dilatáis mi conten­to. Vuestro compadre Leoniso os debe de aguardar ya en el coche. Andad con Dios: que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.

PANCRACIO. Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que una estatua.

LEONARDA. No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y, por agora, más que os váis que no os quedéis, pues es vues­tra honra la mía.

CRISTINA. ¡Oh espejo del matrimonio! A fe que si todas las ca­sadas quisiesen tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase.

LEONARDA. Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a tu señor hasta dejarle en el coche.

PANCRACIO. No, por mi amor; abrazadme, y quedaos, por vida mia.-Cristinica, ten cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado cuando vuelva, como tú le quisieres.

CRISTINA. Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso persuadir de manera a que nos holguemos, que no imagine en la falta que vuestra merced le ha de hacer.

LEONARDA. ¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de mi gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mi; penas y dolores, si.

PANCRACIO. Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos, los cuales no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.

(Entrase PANCRACIO.)

LEONARDA. ¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Diaz! ¡Vayas, y no vuelvas! La ida del humo. ¡Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentias ni vuestros recatos!

CRISTINA. Mil veces temi que con tus estremos habias de estor­bar su partida y nuestros contentos.

LEONARDA. ¿Si vendrán esta noche los que esperamos?

CRISTINA. ¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta tarde enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar, llena de mil regalos y de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el Jueves Santo a sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aun no están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y, sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino de lo de una oreja, que huele que traciende.

LEONARDA. Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Reponce, sacristán de las telas de mis entrañas.

CRISTINA. ¿Pues qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis hígados y navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera tenido?

LEONARDA. ¿Pusiste la canasta en cobro?

CRISTINA. En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.

(Llama a la puerta el ESTUDIANTE CARRAOLANO, y, en llaman­do, sin esperar que le respondan, entra.)

LEONARDA. Cristina, mira quién llama.

ESTUDIANTE. Señoras, soy yo, un pobre estudiante.

CRISTINA. Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra vuestro vestido , y el ser pobre vuestro atrevimiento. ¡ Co­sa estraña es ésta, que no hay pobre que espere a que le saquen la li­mosna a la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincón, sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no!

ESTUDIANTE. Otra más blanda respuesta esperaba yo de la bue­na gracia de vuestra merced; cuanto más que yo no quería ni buscaba otra limosna, sino alguna caballeriza o pajar donde defenderme esta noche de las inclemencias del cielo, que, según se me trasluce, parece que con grandísimo rigor a la tierra amenazan.

LEONARDA. ¿Y de dónde bueno Sois, amigo?

ESTUDIANTE. Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Salamanca. Iba a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia. Vine solo; determiné volverme a mi tierra:

robáronme los lacayos o compañeros de Roque Guinarde en Cataluña, porque él estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y además limosne­ro. llame tomado a estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi remedio.

LEONARDA. ¡En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante! CRISTINA. Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa esta noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir, que en las reliquias de la canasta habrá en quien adore su hambre; y más, que me ayudará a pelar la volatería que viene en la cesta.

LEONARDA. ¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de nuestras liviandades?

CRISTINA. Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca. -Venga acá, amigo: ¿sabe pelar?

ESTUDIANTE. ¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pe­lar, si no es que quiere vuesa merced motej arme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso por el mayor pelón del mundo.

CRISTINA. No lo digo yo por eso, en mí ánima, sino por saber si sabía pelar dos o tres pares de capones.

ESTUDIANTE. Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios, soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo…

LEONARDA. Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo capones, sino gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y, a dicha, es tentado de decir todo lo que vee, imagina o siente?

ESTUDIANTE. Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en el Rastro, que yo desplegue mis labios para decir pala­bra alguna.

CRISTINA. Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama.

ESTUDIANTE. Con siete tendré demasiado: que no soy nada co­dicioso ni regalado.

(Entran el SACRISTÁN REPONCE y el BARBERO.)

SACRISTÁN. ¡Oh, que en hora buena estén los automedones y guías de los carros de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades que sirven de basas y colunas a la amoro­sa fábrica de nuestros deseos!

LEONARDA. ¡Esto sólo me enfada défi Reponce mío: habla, por tu vida, a lo moderno y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.

BARBERO. Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de zapato; pan por vino y vino por pan, o como suele decirse.

SACRISTÁN. Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gra­mático a un barbero romancista.

CRISTINA. Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aun más, que supo Antonio de Nebrija. Y no se dispute agora de ciencia ni de modos de hablar; que cada uno habla, si no como debe, a lo menos como sabe; y entrémonos, y manos a la labor, que hay mu­cho que hacer.

ESTUDIANTE. Y mucho que pelar.

SACRISTÁN. ¿Quién es este buen hombre?

LEONARDA. Un pobre estudiante salamanqueso que pide alber­go para esta noche.

SACRISTÁN. Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.

ESTUDIANTE. Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna; pero yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella que me tiene convidado; y voto a… de no irme esta noche desta casa, si todo el mundo me lo manda. Confiese vuestra merced mucho de enhoramala de un hombre de mis prendas que se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el Turco y cómanselos ellos, y nunca del cuero les salgan.

BARBERO. Éste más parece rufián que pobre; talle tiene de al­zarse con toda la casa.

CRISTINA. No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos orden en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como en misa.

ESTUDIANTE. Y aun como en vísperas.

SACRISTÁN. Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo aposta­ré que sabe más latín que yo.

LEONARDA. De ahi le deben de nacer los brios que tiene; pero no te pese, amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas.

(Éntranse todos, y salen LEONISO, compadre de Pancracio, y

PANCRACIO.)

COMPADRE. Luego lo vi yo que nos habia de faltar la rueda. No hay cochero que no sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya estuviéramos dos leguas de aqui.

PANCRACIO. A mi no se me da nada; que antes gusto de vol­verme y pasar esta noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi para espirar, del sentimiento de mi parti­da.

COMPADRE. ¡Gran mujer! De buena os ha dado el cielo, señor compadre. Dadle gracias por ello.

PANCRACIO. Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que se le llegue, ni Porcia que se le iguale: la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su morada.

COMPADRE. Si la mia no fuera celosa, no tenia yo más que de­sear. Por esta calle está más cerca mi casa: tomad, compadre, por éstas, y estaréis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que no me faltará coche para la jornada. Adiós.

PANCRACIO. Adiós.

(Éntranse los dos.)

(Vuelven a salir el SACRISTÁN y el BARBERO, con sus guitarras; LEONARDA, CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el Sacristán con

la sotana alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma guitarra; y, a cada cabriola, vaya diciendo estas palabras.)

SACRISTÁN. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor! CRISTINA. Señor sacristán Reponce, no es éste tiempo de dan­zar; dése orden en cenar, y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.

SACRISTÁN. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor! LEONARDA. Déj ale, Cristina; que en estremo gusto de ver su

agilidad.

(Llama PANCRACIO a la puerta, y dice.)

PANCRACIO. Gente dormida, ¿no ois? ¡Cómo! ¿Y tan temprano tenéis atrancada la puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aqui.

LEONARDA. ¡Ay, desdichada! A la voz, y a los golpes, mi mari­do Pancracio es éste; algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, a recogerse a la carbonera: digo al desván, donde está el car­bón.-Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a Pancracio de modo que tengas lugar para todo.

ESTUDIANTE. ¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!

CRISTINA. ¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!

PANCRACIO. ¿Qué diablo es esto? ¿Cómo no me abris, lirones?

ESTUDIANTE. Es el toque, que yo no quiero coner la suerte destos señores. Escóndanse ellos donde quisieren, y llévenme a mi al pajar, que si alli me hallan, antes pareceré pobre que adúltero.

CRISTINA. Caminen, que se hunde la casa a golpes.

SACRISTÁN. El alma llevo en los dientes.

BARBERO. Y yo en los carcañares.

(Entranse todos y asómase LEONARDA a la ventana.)

LEONARDA. ¿Quién está ahi? ¿Quién llama?

PANCRACIO. Tu marido soy, Leonarda mia; ábreme, que ha media hora que estoy rompiendo a golpes estas puertas.

LEONARDA. En la voz, bien me parece a mi que oigo a mi cepo Pancracio; pero la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro.

PANCRACIO. ¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mia, tu marido Pancracio. Ábreme con toda seguridad.

LEONARDA. Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta tarde?

PANCRACIO. Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.

LEONARDA. Verdad; pero, con todo esto, digame: ¿qué señales tengo yo en uno de mis hombros?

PANCRACIO. En el izquierdo tienes un lunar del grandor de me­dio real, con tres cabellos como tres mil hebras de oro.

LEONARDA. Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?

PANCRACIO. ¡Ea, boba, no seas enfadosa: Cristinica se llama! ¿Qué más quieres?

LEONARDA ¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña!

CRISTINA. Ya voy señora; que él sea muy bien venido. -c,Qué es esto, señor de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?

LEONARDA. ¡Ay, bien mio! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso me tiene ya sin pulsos.

PANCRACIO. No ha sido otra cosa sino que en un bananco se quebró la rueda del coche, y mi compadre y yo determinamos volve­mos, y no pasar la noche en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces hay?

(Dentro, y como de muy lejos, diga el ESTUDIANTE.)

ESTUDIANTE. ¡Abranme aquí, señores, que me ahogo!

PANCRACIO. ¿Es en casa o en la calle?

CRISTINA. Que me maten si no es el pobre estudiante que ence-né en el pajar para que durmiese esta noche.

PANCRACIO. ¿Estudiante encerrado en mi casa, y en ausencia? ¡Malo! En verdad, señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causara algún recelo este encerramiento. Pero ve, Cristina, y ábrele; que se le debe de haber caído toda la paja acues­tas.

CRISTINA. Ya voy. [ Vase.]

LEONARDA. Señor, que es un pobre salamanqueso que pidió que le acogiésemos esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi condición, quer no puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle; pero veile aquí, y mirad cuál sale.

(Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de paja

las barbas, cabeza y vestido.)

ESTUDIANTE. Si yo no tuviera tanto miedo y fuera menos escrupuloso, yo hubiera excusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.

PANCRASIO. ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?

ESTUDIANTE. ¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos.

PANCRACIO. ¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la justicia!

ESTUDIANTE. La ciencia que aprendí en la Cueva de Salaman­ca, de donde yo soy natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.

PANCRACIO. No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisie­re, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dice que se aprenden en la Cueva de Salamanca.

ESTUDIANTE. ¿No se contentará vuestra merced con que le sa­que de aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan acuestas una canasta llena de cosas fiambres y comederas?

LEONARDA. ¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de lo que librarme no sé.

CRISTINA. ¡El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo! ¡ Plega a Dios que vaya a buen viento esta parva! ¡ Temblándome está el corazón en el pecho!

PANCRACIO. Ahora bien: si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de ver esos señores demonios y a la canasta de las fiam­breras; y tomo a advertir que las figuras no sean espantosas.

ESTUDIANTE. Digo que saldrán en figura del sacristán de la pa­noquia y en la de un barbero su amigo.

CRISTINA. ¿Mas que lo dice por el sacristán Reponce y por mae­se Roque, el barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos bautizados?

ESTUDIANTE. ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.

LEONARDA. [Aparte.] ¡Ay, sin ventura! ¡Aquí se descose! ¡Aquí salen nuestras maldades a plaza! ¡Aquí soy muerta!

CRISTINA. [Aparte.] ¡Animo, señora, que buen corazón que­branta mala ventura!

ESTUDIANTE. Vosotros, mezquinos, que en la carbonera

Hallaste s amparo a vuestra desgracia,

Salid, y en los hombros, con priesa y con gra­cia,

Sacad la canasta de la fiambrera.

No me incitáis a que de otra manera

Más dura os conjure. Salid; ¿qué esperáis?

Mirad que si a dicha el salir rehusáis,

Tendrá mal suceso mi nueva quimera.

Hora bien: yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos: quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos demonios, más está en sabellos aconsejar que en conjurallos. (Entrase el ESTUDIANTE.)

PANCRACIO. Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más nueva y más rara que se haya visto en el mundo. LEONARDA. Sí saldrá, ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos de enga­ñar?

CRISTINA. Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca. Pero vee aquí do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta. (Salen el ESTUDIANTE, el SACRISTÁN y el BARBERO.) LEONARDA. ¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al barbero de la plazuela!

CRISTINA. Mirá, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.

SACRISTÁN. Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los penos del herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.

LEONARDA. Lléguense a que yo coma de lo que viene de la ca­nasta; no tomen menos.

ESTUDIANTE. Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe.) ¡Bueno es! ¿es de Esquivias, señor sacridiablo? SACRISTÁN. De Esquivias es, juro a…

ESTUDIANTE. Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Ami-guito soy yo de diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasa­tiempo, y cenar, y irnos con Cristo.

CRISTINA. ¿Y éstos, han de cenar con nosotros? PANCRACIO. Sí, que los diablos no comen. BARBERO. Sí comen algunos, pero no todos, y nosotros somos de los que comen.

CRISTINA. ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.

LEONARDA. Como no nos espanten, y si mi marido gusta, qué­dense en buen hora.

SACRISTÁN «Oigan los que poco saben

Lo que con mi lengua franca

Digo del bien que en si tiene

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN Oigan lo que dejó escrito

Della el Bachiller Tudanca

En el cuero de una yegua

Que dicen que fue potranca,

En la parte de la piel

Que confina con el anca,

Poniendo sobre las nubes

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN En ella estudian los ricos

Y los que no tienen blanca,

Y sale entera y rolliza

La memoria que está manca.

Siéntanse los que alli enseñan

De alquitrán en una banca,

Porque estas bombas encierra

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN En ella se hacen discretos

Los moros de la Palanca;

Y el estudiante más burdo

Ciencias de su pecho arranca.

A los que estudian en ella,

Ninguna cosa les manca;

Viva, pues, siglos eternos

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN Y nuestro conjurador,

Si es a dicha de Loranca,

Tenga en ella cien mil vides

De uva tinta y de uva blanca.

Y al diablo que le acusare,

Que le den con una tranca,

Y para el tal jamás sirva

BARBERO La Cueva de Salamanca

CRISTINA. Basta; ¿que también los diablos son poetas?

BARBERO. Y aun todos los poetas son diablos.

PANCRACIO. Digame, señor mío, pues los diablos lo saben todo,

¿dónde se inventaron todos estos bailes de las Zarabandas, Zambapalo y Dello me pesa, con el famoso del nuevo Escarramán?

BARBERO. ¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y principio.

PANCRACIO. Yo así lo creo.

LEONARDA. Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien soy, no me atrevo a bailarle.

SACRISTÁN. Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuestra merced cada día, en una semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien poco.

ESTUDIANTE. Todo se andará; por agora entrémonos a cenar, que es lo que importa.

PANCRACIO. Entremos; que quiero averiguar si los diablos co­men o no, con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en la Cueva de Salamanca.

Entremés del viejo celoso

(Salen DOÑA LORENZA, y CRISTINA, su criada, y ORTIGOSA, su

vecina.)

LORENZA. Milagro ha sido éste, señora Ortigosa, el no haber dado la vuelta a la llave mi duelo, mi yugo y mi desesperación. Éste es el primero dia, después que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa. ¡Que fuera le vea yo desta vida a él y a quien con él me casó!

ORTIGOSA. Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto, que con una caldera vieja se compra otra nueva.

LORENZA. Y aun con esos y otros semejantes villancicos o re­franes me engañaron a mi. ¡Que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete! ¿De qué me sirve a mi todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia, con hambre?

CRISTINA. En verdad, señora tia, que tienes razón; que más qui­siera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que yerme casada y enlodada con ese viejo podrido que tomaste por esposo.

LORENZA. ¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele quien pudo, y yo, como muchacha, fui más presta al obedecer que al contradecir; pero, si yo tuviera tanta experiencia destas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes que pronunciar aquel si, que se pronuncia con dos letras y da que llorar dos mil años; pero yo imagino que no fue otra cosa sino que habia de ser ésta, y que las que han de suceder forzosa­mente, no hay prevención ni diligencia humana que las prevenga.

CRISTINA. ¡Jesús, y del mal Viejo! Toda la noche: «Daca el ori­nal, toma el orinal, levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la ijada; dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra.» Con más ungüentos y medicinas en el aposento que si fuera una botica; y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera. ¡Pux, pux, pux, viejo clueco, tan potroso como celoso, y el más celoso del mundo!

LORENZA. Dice la verdad mi sobrina.

CRISTINA. ¡Pluguiera a Dios que nunca yo la dijera en esto!

ORTIGOSA. Ahora bien, señora doña Lorenza; vuestra merced haga lo que le tengo aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un ginjo verde; quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por él se hace; y pues los celos y el recato del viejo no nos dan lugar a demandas ni a respuestas, resolución y buen ánimo:

que, por la orden que hemos dado, yo le pondré al galán en su aposento de vuestra merced y le sacaré, si bien tuviese el viejo más ojos que Argos y viese más que un zahori, que dicen que vee siete estados de­bajo de la tierra.

LORENZA. Como soy primeriza, estoy temerosa, y no querría, a trueco del gusto, poner a riesgo la honra.

CRISTINA. Eso me parece, señora tía, a lo del cantar de Gómez Arias:

«Señor Gómez Arias,

Doleos de mí;

Soy niña y muchacha,

Nunca en tal me vi.»

LORENZA. Algún espíritu malo debe de hablar en ti, sobrina, se­gún las cosas que dices.

CRISTINA. Yo no sé quién habla; pero yo sé que haría todo aquello que la señora Ortigosa ha dicho, sin faltar punto.

LORENZA. ¿Y la honra, sobrina?

CRISTINA. ¿Y el holgamos, tía?

LORENZA. ¿Y si se sabe?

CRISTINA. ¿Y si no se sabe?

LORENZA. ¿Y quién me asegurará a mí que no se sepa?

ORTIGOSA. ¿Quién? La buena diligencia, la sagacidad, la in­dustria; y, sobre todo, el buen ánimo y mis trazas.

CRISTINA. Mire, señora Ortigosa, tráyanosle galán, limpio, de­senvuelto, un poco atrevido, y, sobre todo, mozo.

ORTIGOSA. Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos más, que es rico y liberal.

LORENZA. Que no quiero riquezas, señora Ortigosa; que me so­bran las joyas, y me ponen en confusión las diferencias de colores de mis muchos vestidos; hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud a Cañizares; más vestida me tiene que un palmito, y con más joyas que la vedriera de un platero rico. No me clavara él las ventanas, cerrara las puertas, visitara a todas horas la casa, desterrara della los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varón; que, a trueco de que no hiciera esto y otras cosas no vistas en materia de re­cato, yo le perdonara sus dádivas y mercedes.

ORTIGOSA. ¿Que tan celoso es?

LORENZA. ¡Digo! Que le vendían el otro día una tapicería a bo­nísimo precio, y por ser de figuras no la quiso, y compró otra de verdu­ras por mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que se llegue a mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche.

CRISTINA. Tía, la llave de loba creo que se la pone entre las fal­das de la camisa.

LORENZA. No lo creas, sobrina; que yo duermo con él, y jamás le he visto ni sentido que tenga llave alguna.

CRISTINA. Y más, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan. Es un malo, es un brujo, es un viejo, que no tengo más que decir.

LORENZA. Señora Ortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo, que sería echarlo a perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego; que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al cuello, por salir de tan mala vida.

ORTIGOSA. Quizá con ésta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana y le vendrá otra más saludable y que más la con­tente.

CRISTINA. Así suceda, aunque me costase a mí dedo de la mano:

que quiero mucho a mi señora tía, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en poder deste viejo, y reviejo, y más que viejo; y no me puedo hartar de decille viejo.

LORENZA. Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.

CRISTINA. ¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto más, que yo he oído decir que siempre los viejos son amigos de niñas.

ORTIGOSA. Así es la verdad, Cristina, y adiós, que, en acabando de comer, doy la vuelta. Vuestra merced esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y entramos bien en ello.

CRISTINA. Señora Ortigosa, hágame merced de traerme a mí un frailecico pequeñito con quien yo me huelgue.

ORTIGOSA. Yo se lo traeré a la niña pintado.

CRISTINA. ¡Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito, como unas perlas!

LORENZA. ¿Y si lo vee tío?

CRISTINA. Diréle yo que es un duende, y tendrá dél miedo, y holgaréme yo.

ORTIGOSA. Digo que yo le trairé, y adiós.

(Vase ORTIGOSA.)

CRISTINA. Mire, tía: si Ortigosa trae al galán y mi frailecico, y si señor los viere, no tenemos más que hacer sino cogerle entre todos y ahogarle, y echarle en el pozo o enterrarle en la caballeriza.

LORENZA. Tal eres tú, que creo lo harías mejor que lo dices.

CRISTINA. Pues no sea el viejo celoso, y déjenos vivir en paz, pues no le hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.

(Entranse.)

(Entran CAÑIZARES, Viejo, y UN COMPADRE suyo.)

CAÑIZARES. Señor compadre, señor compadre: el setentón que se casa con quince, o carece de entendimiento, o tiene gana de visitar el otro mundo lo más presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me embistieron una turba multa de trabajos y desasosiegos; tenía casa, y busqué casar; estaba posado, y desposéme.

COMPADRE. Compadre, error fue, pero no muy grande; porque, según el dicho del Apóstol, mejor es casarse que abrasarse.

CAÑIZARES. ¡Qué no había que abrasar en mí, señor compadre, que con la menor llamarada quedara hecho ceniza! Compañía quise, compañía busqué, compañía hallé; pero Dios lo remedie, por quien él es.

COMPADRE. ¿Tiene celos, señor compadre?

CAÑIZARES. Del sol que mira a Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que la vapulan.

COMPADRE. ¿Dale ocasión?

CAÑIZARES. Ni por pienso, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuán­do, ni adónde: las ventanas, amén de estar con llave, las guarnecen rejas y celosías; las puertas, jamás se abren: vecina no atraviesa mis umbrales, ni los atravesará mientras Dios me diere vida. Mirad, com­padre: no les vienen los malos aires a las mujeres de ir a los jubileos ni a las procesiones, ni a todos los actos de regocijos públicos; donde ellas se mancan, donde ellas se estropean, y adonde ellas se dañan, es en casa de las vecinas y de las amigas. Más maldades encubre una mala amiga que la capa de la noche; más conciertos se hacen en su casa y más se concluyen que en una semblea.

COMPADRE. Yo así lo creo; pero, si la señora doña Lorenza no sale de casa, ni nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?

CAÑIZARES. De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le falta; que será un mal caso, y tan malo, que en sólo pensallo le temo, y de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.

COMPADRE. Y con razón se puede tener ese temor, porque las mujeres querrían gozar enteros los frutos del matrimonio.

CAÑIZARES. La mía los goza doblados.

COMPADRE. Ahí está el daño, señor compadre.

CAÑIZARES. No, no, ni por pienso; porque es más simple Lo­rencica que una paloma, y hasta agora no entiende nada de sas filate­rías; y adiós, señor compadre, que me quiero entrar en casa.

COMPADRE. Yo quiero entrar allá, y ver a mí señora doña Lo­renza.

CAÑIZARES. Habéis de saber, compadre, que los antiguos lati­nos usaban de un refrán, que decía: Amicus us que ad aras, que quiere decir: «El amigo, hasta el altar»; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo aquello que no fuere contra Dios; y yo digo que mi amigo, us que adportam, hasta la puerta; que ninguno ha de pasar mis quicios; y adiós, señor compadre, y perdóneme.

(Entrase CAÑIZARES.)

COMPADRE. En mi vida he visto hombre más recatado, ni más celoso, ni más impertinente; pero éste es de aquellos que traen la soga arrastrando y de los que siempre vienen a morir del mal que temen.

(Entrase el COMPADRE.)

(Salen DOÑA LORENZA y CRISTINA.)

CRISTINA. Tía, mucho tarda tío, y más tarda Ortigosa.

LORENZA. Mas que nunca él acá viniese, ni ella tampoco, por­que él me enfada, y ella me tiene confusa.

CRISTINA. Todo es probar, señora tía; y, cuando no saliere bien, darle del codo.

LORENZA. ¡Ay, sobrina! Que estas cosas, o yo sé poco, o sé que todo el daño está en probarlas.

CRISTINA. A fe, señora tía, que tiene poco ánimo, y que si yo fuera de su edad, que no me espantaran hombres armados.

LORENZA. Otra vez torno a decir, y diré cien mil veces, que Sa­tanás habla en tu boca. Mas ¡ ay! ¿cómo se ha entrado señor?

CRISTINA. Debe de haber abierto con la llave maestra.

LORENZA. ¡Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves!

(Entra CAÑIZARES.)

CAÑIZARES. ¿Con quién hablábades, doña Lorenza?

LORENZA. Con Cristinica hablaba.

CAÑIZARES. Miradlo bien, doña Lorenza.

LORENZA. Digo que hablaba con Cristina. ¿Con quién había de hablar? ¿Tengo yo, por ventura, con quién?

CAÑIZARES. No querría que tuviésedes algún soliloquio con vos misma, que redundase en mi perjuicio.

LORENZA. Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender; y tengamos la fiesta en paz.

CAÑIZARES. Ni aun las vísperas no querría yo tener en guerra con vos. ¿Pero quién llama a aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica, quién es, y, si es pobre, dale limosna y despídele.

CRISTINA. ¿Quién está ahí?

ORTIGOSA. La vecina Ortigosa es, señora Cristina. CAÑIZARES. ¿Ortigosa y vecina? ¡Dios sea conmigo! Pregún­tale, Cristina, lo que quiere, y dáselo, con condición que no atraviese esos umbrales.

CRISTINA. ¿Y qué quiere, señora vecina?

CAÑIZARES. El nombre de vecina me turba y sobresalta. Llá­mala por su propio nombre, Cristina.

CRISTINA. Responda: ¿y qué quiere, señora Ortigosa?

ORTIGOSA. Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la vida y el alma.

CAÑIZARES. Decidle, sobrina, a esa señora, que a mí me va todo eso y más en que no entre acá dentro.

LORENZA. ¡Jesús, y qué condición tan extravagante! ¿Aquí no estoy delante de vos? ¿Hanme de comer de ojo? ¿Hanme de llevar por los aires?

CAÑIZARES. ¡Entre con cien mil Bercebuyes, pues vos lo que­réis!

CRISTINA. Entre, señora vecina.

CAÑIZARES. ¡Nombre fatal para mi es el de vecina!

(Entra ORTIGOSA, y tray un guadamecí, y en las pieles de las cuatro

esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo, Rugero y

Gradaso; y Rodamonte venga pintado como arrebozado.)

ORTIGOSA. Señor mío de mi alma, movida y incitada de la bue­na fama de vuestra merced, de su gran caridad y de sus muchas limos­nas, me he atrevido de venir a suplicar a vuestra merced me haga tanta merced, caridad y limosna y buena obra de comprarme este guadamecí, porque tengo un hijo preso por unas heridas que dio a un tundidor, y ha mandado la Justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué paga-11e, y corre peligro no le echen otros embargos, que podrían ser mu­chos, a causa que es muy travieso mi hijo; y querría echarle hoy o mañana, si fuese posible, de la cárcel. La obra es buena, el guadamecí nuevo, y, con todo eso, le daré por lo que vuestra merced quisiere dar­me por él; que en más está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta vida. Tenga vuestra merced desa punta, señora mía, y descojá­mosle, porque no vea el señor Cañizares que hay engaño en mis pala­bras; alce más, señora mia, y mire cómo es bueno de caída y las pinturas de los cuadros parece que están vivas.

(Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás dél UN GALÁN, y, como CAÑIZARES ve los retratos, dice.)

CAÑIZARES. ¡Oh, qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo destas cosas y destos rebocitos, espantarse ía.

CRISTINA. Señor tío, yo no sé nada de rebozados; y si él ha en­trado en casa, la señora Ortigosa tiene la culpa; que a mí, el diablo me lleve si dije ni hice nada para que él entrase. No, en mi conciencia; aun el diablo sería si mi señor tío me echase a mí la culpa de su entrada.

CAÑIZARES. Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Ortigosa tiene la culpa; pero no hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condición, ni cuán enemigo soy de aquestas pinturas.

LORENZA. Por las pinturas lo dice, Cristinica, y no por otra cosa.

CRISTINA. Pues por esas digo yo. ¡Ay, Dios sea conmigo! Vuelto se me ha el ánima al cuerpo, que ya andaba por los aires.

LORENZA. ¡Quemado vea yo ese pico de once varas! En fin, quien con muchachos se acuesta, etc.

CRISTINA. ¡Ay, desgraciada, y en qué peligro pudiera haber puesto toda esta baraja!

CAÑIZARES. Señora Ortigosa, yo no soy amigo de figuras rebo­zadas ni por rebozar. Tome este doblón, con el cual podrá remediar su necesidad, y váyase de mi casa lo más presto que pudiere; y ha de ser luego, y llévese su guadamecí.

ORTIGOSA. Viva vuestra merced más años que Matute el de Je­rusalén, en vida de mi señora doña…, no se cómo se llama, a quien suplico me mande, que la serviré de noche y de día, con la vida y con el alma, que la debe de tener ella como la de una tortolica simple.

CAÑIZARES. Señora Ortigosa, abrevie y váyase, y no se esté agora juzgando almas ajenas.

ORTIGOSA. Si vuestra merced hubiere menester algún pegadillo para la madre, téngolos milagrosos; y si para mal de muelas, sé unas palabras que quitan el dolor como con la mano.

CAÑIZARES. Abrevie, señora Ortigosa, que doña Lorenza, ni tiene madre, ni dolor de muelas; que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha sacado muela alguna.

ORTIGOSA. Ella se las sacará, placiendo al cielo, porque le dará muchos años de vida; y la vejez es la total destruición de la dentadura.

CAÑIZARES.~Aquí de Dios! ¿Que no será posible que me deje esta vecina? ¡Ortigosa, o diablo, o vecina, o lo que eres, vete con Dios y déjame en mi casa!

ORTIGOSA. Justa es la demanda, y vuestra merced no se enoje, que ya me voy.

(Vase ORTIGOSA.)

CAÑIZARES. ¡Oh, vecinas, vecinas! Escaldado quedo aun de las buenas palabras desta vecina, por haber salido por boca de vecina.

LORENZA. Digo que tenéis condición de bárbaro y de salvaje; ¿Y qué ha dicho esta vecina para que quedéis con la ojeriza contra ella? Todas vuestras buenas obras las hacéis en pecado mortal. ¡ Dís­tesle dos docenas de reales, acompañados con otras dos docenas de injurias, ¡boca de lobo, lengua de escorpión y silo de malicias!

CAÑIZARES. No, no; a mal viento va esta parva. No me parece bien que volváis tanto por vuestra vecina.

CRISTINA. Señora tía, éntrese allá dentro y desenój ese, y deje a tío, que parece que está enojado.

LORENZA. Así lo haré, sobrina, y aun quizá no me verá la cara en estas dos horas; y a fe que yo se la dé a beber, por más que la rehu­se.

(Entrase DOÑA LORENZA.)

CRISTINA. Tío, ¿no ve cómo ha cerrado de golpe? Y creo que va a buscar una tranca para asegurar la puerta.

(DOÑA LORENZA, por dentro.)

LORENZA. ¿Cristinica? ¿Cristinica?.

CRISTINA. ¿Qué quiere, tía?

LORENZA. ¡Si supieses qué galán me ha deparado la buena suerte! Mozo, bien dispuesto, pelinegro y que le huele la boca a mil azahares.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! ¿Está loca, tía?

LORENZA. No estoy sino en todo mi juicio; y en verdad que, si le vieses, que se te alegrase el alma.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Ríñala, tío, por­que no se atreva, ni aun burlando, a decir deshonestidades.

CAÑIZARES. ¿Bobeas, Lorenza? ¡Pues a fe que no estoy yo de gracia para sufrir esas burlas!

LORENZA. Que no son sino veras; y tan veras, que en este géne­ro no pueden ser mayores.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Y dígame, tía, ¿está ahí también mi frailecito?

LORENZA. No, sobrina; pero otra vez vendrá, si quiere Ortigosa la vecina.

CAÑIZARES. Lorenza, di lo que quisieres, pero no tomes en tu boca el nombre de vecina, que me tiemblan las cames en oírle.

LORENZA. También me tiemblan a mí por amor de la vecina.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías!

LORENZA. ¡Ahora echo de ver quién eres, viejo maldito, que hasta aquí he vivido engañada contigo!

CRISTINA. ¡Ríñala, tío; ríñala, tío; que se desvergüenza mucho!

LORENZA. Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! ¡Despedácela, tío!

CAÑIZARES. No la despedazaré yo a ella, sino a la puerta que la encubre.

LORENZA. No hay para qué; véla aquí abierta. Entre, y verá co­mo es verdad cuanto le he dicho.

CAÑIZARES. Aunque sé que te burlas, sí entraré para de seno-j arte.

(Al entrar CAÑIZARES, dánle con una bacía de agua en los ojos; él vase a limpiar; acuden sobre él CRISTINA y DOÑA LORENZA, y en este ínterin sale el galán y vase.)

CAÑIZARES. ¡Por Dios, que por poco me cegaras, Lorenza! ¡Al diablo se dan las burlas que se arremeten a los ojos!

LORENZA. ¡Mirad con quién me casó mi suerte, sino con el hombre más malicioso del mundo! ¡Mirad cómo dio crédito a mis mentiras, por su…, fundadas en materia de celos, que menoscabada y asendereada sea mi ventura! ¡Pagad vosotros, cabellos, las deudas deste viejo! ¡Llorad vosotros, ojos, las culpas deste maldito! ¡Mirad en lo que tiene mi honra y mi crédito, pues de las sospechas hace certezas, de las mentiras verdades, de las burlas veras y de los entretenimientos maldiciones! ¡Ay, que se me arranca el alma!

CRISTINA. Tía, no dé tantas voces, que se juntará la vecindad.

ALGUACIL. (De dentro.) ¡Abran esas puertas! Abran luego; si no, echarélas en el suelo.

LORENZA. Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo mi inocencia y la maldad deste viejo.

CAÑIZARES. ¡Vive Dios, que creí que te burlabas, Lorenza! Ca­lla.

(Entran el ALGUACIL y los MÚSICOS, y el BAILAR!N y

ORTIGOSA.)

ALGUACIL. ¿Qué es esto? ¿Qué pendencia es ésta? ¿Quién daba aquí voces?

CAÑIZARES. Señor, no es nada; pendencias son entre marido y mujer, que luego se pasan.

MÚSICOS. ¡Por Dios, que estábamos mis compañeros y yo, que somos músicos, aquí pared y medio, en un desposorio, y a las voces hemos acudido, con no pequeño sobresalto, pensando que era otra cosa!

ORTIGOSA. Y yo también, en mi ánima pecadora.

CAÑIZARES. Pues en verdad, señora Ortigosa, que si no fuera por ella, que no hubiera sucedido nada de lo sucedido.

ORTIGOSA. Mis pecados lo habrán hecho; que soy tan desdicha­da, que, sin saber por dónde ni por dónde no, se me echan a mí las culpas que otros cometen.

CAÑIZARES. Señores, vuestras mercedes todos se vuelvan nora­buena, que yo les agradezco su buen deseo; que ya yo y mi esposa quedamos en paz.

LORENZA. Sí quedaré, como le pida primero perdón a la vecina, si alguna cosa mala pensé contra ella.

CAÑIZARES. Si a todas las vecinas de quien yo pienso mal hu­biese de pedir perdón, sería nunca acabar; pero, con todo eso, yo se le pido a la señora Ortigosa.

ORTIGOSA. Y yo le otorgo para aquí y para delante de Pero Gar­cía.

MÚSICOS. Pues, en verdad, que no habemos de haber venido en balde: toquen mis compañeros, y baile el bailarín, y regocíjense las paces con esta canción.

CAÑIZARES. Señores, no quiero música; yo la doy por recebida.

MÚSICOS. Pues aunque no la quiera.

(Cantan.)

«El agua de por San Juan

Quita vino y no da pan.

Las riñas de por San Juan

Todo el año paz nos dan.

Llover el trigo en las eras,

Las viñas estando en cierne,

No hay labrador que gobierne

Bien sus cubas y paneras;

Mas las riñas más de veras,

Si suceden por San Juan,

Todo el añopaz nos dan.»

(Bailan.)

«Por la canícula ardiente

Está la cólera a punto;

Pero, pasando aquel punto,

Menos activa se siente.

Y así, el que dice no miente

Que las riñas por San Juan

Todo el año paz nos dan.»

(Bailan.)

«Las riñas de los casa­dos

Como aquesta siempre sean,

Para que después se vean,

Sin pensar, regocijados.

Sol que sale tras nubla­dos,

Es contento tras afán:

Las riñas de por San Juan,

Todo el año paz nos dan.»

CAÑIZARES. Porque vean vuesas mercedes las revueltas y vueltas en que me ha puesto una vecina, y si tengo razón de estar mal con las vecinas.

LORENZA. Aunque mi esposo está mal con las vecinas, yo beso a vuesas mercedes las manos, señoras vecinas.

CRISTINA. Y yo también; mas si mi vecina me hubiera traído mi frailecico, yo la tuviera por mejor vecina; y adiós, señoras vecinas.

FIN

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One Response to Entremeses, Miguel de Cervantes

  1. Araceli dice:

    Tengo que investigar en un trabajo ,de Lengua Castellana, sobre dónde están los diecisiete paños de losa, que se colocaron por Sevilla capital, en honor a la muerte de Miguel de Cervantes. Están puestas por Sevilla capital, pero no consigo saber dónde están situadas concretamente, o lo más cercano posible a su exactitud.Por favor, pediría que se me intentara informar de su localización, o sitios en la web donde podría encontrar los datos pedidos y rogados por mí anteriormente. Cualquier información, verdadera, sobre su localización, o sitios y páginas en la web donde yo podría encontrar su exactitud, o cercanía a su localización.

    Si están leyendo esto, es que han leído entera mi petición, o se han saltado ciertas partes y han llegado a esta parte, porque les parecía interesante o bastante curiosa.
    De todas formas, les quiero pedir gracias al lector que esté informándose de esto hablado anteriormente en mi petición. Gracias, es un honor tener un sitio en esta web.
    Un saludo, atentamente: Araceli, desde Sevilla un abrazo.

    Si saben la respuesta a mi petición, o tienen alguna idea aproximada a lo que busco en mi petición anterior, informar por este correo electrónico: ideassulake@hotmail.com

    Un saludo.

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