La Señorita de Trevélez, Carlos Arniches

Carlos ARNICHES

(1866-1943)

La señorita de Trevélez

Farsa cómica en tres actos (1916)

A EMILIO THUILLIER

Con un efusivo y fraternal abrazo.

Fra-ter-nal…

C A R L O S .


ACTO PRIMERO

Sala de lectura de un Casino de provincia. En el centro, una mesa de forma oblonga, forrada de bayeta verde. Sobre ella, periódicos díarios prendidos a sujetadores de madera con mango, y algunas revistas ilustradas españolas y extranjeras metidas en carpetas de piel muy deterioradas con cantoneras metálicas. Pendientes del techo, y dando sobre la mesa, lámparas con pantallas verdes. Junto a las paredes, divanes. Alrededor de la mesa, sillas de rejilla. Al foro, dos balcones grandes, amplios; por cada uno de ellos se verá. toda entera, la ventana correspondiente de una casa vecina. Dichas ventanas tendrán vidrieras y persianas practicables. Las puertas de los balcones del Casino también lo son. En la pared lateral derecha del gabinete de lectura, una puerta mampara con montante de cristales de colores. En la pared izquierda, puertas en primero y segundo término, cubiertas con cortinas de «peluche” raído del tono de los diva­nes. Todo el mobiliario, muy usado. En el lateral derecho, en segundo término, una mesita pequeña con algunos periódicos que todavía conservan la faja, papel de escribir y sobres. Entre la mesa y la pared, una silla. En lugar adecuado, un reloj. Es de día. Sobre la pared de la casa frontera da un sol espléndido.

ESCENA PRIMERA

Menéndez, el criado de enfrente; luego, Tito Guiloya, Manchón y Torrija. Al levantarse el telón aparece Menéndez con el uniforme de ordenanza del Casino y zapatillas de orillo, durmiendo, sentado detrás de la mesita de la derecha. Se escucha en la calle el pregón lejano de un vendedor ambulante, y más lejana aún la música de un piano de la vecindad, en el que alguien ejecuta estudios primarios. Un Cria­do, en la casa de enfrente, limpia los cristales de la ventana de la derecha. La otra permanecerá cerrada. El Criado, subido a una silla y vistiendo delantal de trabajo, canturria un aire popular mientras hace su faena. Por la puerta primera izquierda aparecen Tito Guiloya, Pepe Manchón y Torrija. El primero es un sujeto bastante feo, algo corcovado, de cara cínica, biliosa y atrabiliaria. Salen riendo.

MANCHÓN.

– ¡Eres inmenso!

TORRIJA.

– ¡Formidable!

MANCHÓN.

– ¡Colosal!

TORRIJA.

-¡Estupendo!

TITO.

– Chis… (Imponiendo silencio.) ¡Por Dios, callad! (Seña­lándole y en voz baja. Andan de puntillas.) Menéndez en el primer sueño.

TORRIJA.

– ¡Angelito!

MANCHÓN. (Riendo.)

– ¿Queréis que le dispare un tiro en el oído para que se espabile?

TORRIJA.

– ¡Qué gracioso! Sí; anda, anda…

TITO. (Deteniendo a Manchón, que va a hacerlo.)

– Es una idea muy graciosa, pero para otro día. Hoy no conviene. Y como dice el poeta: “¡Callad, que no se despierte!” Y ahora… (Se acercan.) Ved el reloj… (Se lo señala.)

TORRIJA.

– Las once menos cuarto.

TITO.

– Dentro de quince minutos…

MANCHÓN. (Riendo.)

– ¡Ja, ja; no me lo digas, que estallo de risa!

TITO.

– Dentro de quince minutos ocurrirá en esta destartalada habitación el más famoso y diabólico suceso que pudieron inventar imaginaciones humanas.

TORRIJA.

-¡Ja, ja, ja!… ¡Va a ser terrible!

MANCHÓN.

– ¿De manera que todo lo has resuelto?

TITO.

– Absolutamente todo. Los interesados están prevenidos, las cartas en su destino, las víctimas convencidas, nuestra re­tirada cubierta. No me quedó un cabo suelto.

TORRIJA.

– ¿De modo que tú crees que esta broma insigne, ima­ginada por ti…?

TITO.

– Va a superar a cuantas hemos dado, y las hemos dado inauditas. Va a ser una broma tan estupenda, que quedará en los anales de la ciudad como la burla más perversa de que haya memoria. Ya lo veréis.

TORRIJA.

– Verdaderamente, a mí, a medida que se acerca la hora, me va dando un poco de miedo.

MANCHÓN.

-¡Ja, ja!… ¡Tú, temores pueriles!

TORRIJA.

– ¡Hombre, es una burla tan cruel!…

TITO.

– ¡Qué más da! La burla es conveniente siempre; sanea y purifica; castiga al necio, detiene al osado, asusta al ignorante y previene al discreto. Y, sobre todo, cuando, como en esta ocasión, escoge sus víctimas entre la gente ridícula, la burla divierte y corrige.

MANCHÓN.

– Eres un tipo digno de figurar entre los héroes de la literatura picaresca castellana.

TORRIJA.

– ¡Viva Tito Guiloya!

TITO.

– Yo no, compañeros… Sea toda la gloria para el Guasa­Club, del que soy indigno presidente y vosotros dignísimos miembros.

MANCHÓN.

– ¡Silencio!… (Escucha.) Alguien se acerca.

TORRIJA. (Que ha ido a la puerta derecha.)

– ¡Don Marcelino…, es don Marcelino Córcoles!

TITO.

– ¡Ya van llegando! Ya van llegando nuestros hombres. ¡Chis!… Salgamos por la escalera de servicio.

MANCHÓN.

– Vamos.

TITO.

– Compañeros, empieza la farsa. Jornada primera.

TODOS.

-¡Ja, ja, ja!… (Vanse de puntillas, riendo, por la se­gunda izquierda.)

ESCENA II

Menéndez y Don Marcelino, por la primera derecha.

DON MARCELINO. (Entrando.)

– Nadie. El salón de lectura, desierto, como siempre. Es el Sáhara del Casino. Menéndez, dor­mido, como de costumbre; pues, ¡vive Dios!, que no veo señal de lo que en este anónimo y misterioso papel se me previene. Anoche lo recibí, y dice a la letra… (Leyendo.) “Querido Córcoles: Si quieres ser testigo de un ameno y divertido suceso no faltes mañana, a las once menos cuarto, al salón de lectura del Casino. Llega y espera. No te impacien­tes. Los sucesos se desarrollarán con cierta lentitud, porque la broma es complicada. Salud y alegría, para gozarla. V.” ¿Qué será esto?… Lo ignoro; pero está la vida tan falta de amenidad en estos poblachos, que el más ligero vislumbre de distracción atrae como un imán poderoso. Esperaré leyendo. Veamos qué dice la noble Prensa de la ilustre ciudad de Vi­llanca. (Busca.) Aquí están los periódicos locales “El Baluarte”, “La Muralla”, “La Trinchera”. ¡Y todo esto para defender a un cacique!… “El Grito”, “La Voz”, “El Clamor”, “El Eco”. Y estotro para decir las cuatro necedades que se le ocurran al susodicho cacique… (Deja los periódicos con desprecio.) ¡Bah! Me entretendré con las ilustraciones extranje­ras. (Coge una y lee.) U, u, u, u, u,… (Don Marcelino al leer, produce un monótono ronroneo, que crece y apiana alterna­tivamente, y que no tiene nada que envidiar al zumbido de cualquier moscardón. Menéndez sacude el aire con la mano como espantándose una mosca. Las primeras veces Don Mar­celino no lo advierte y sigue con su ronroneo. Al fin, observa el error de Menéndez.) ¿Qué hace ese?… (Llamándole.) Me­néndez… (Más fuerte.) ¡Menéndez!

MENÉNDEZ. (Despertando.)

¿Eeeh?…

DON MARCELINO.

– No sacudas, que no te pico.

MENÉNDEZ.

– ¡Caramba, señor Córcoles! Hubiera jurado que era un moscón. (Se despereza.)

DON MARCELINO.

– Pues soy yo. Dispensa.

MENÉNDEZ.

– Deje usted; es igual.

DON MARCELINO.

– Tantísimas gracias.

MENÉNDEZ.

– Pero ¿cómo tan de mañana? ¿Es que no ha tenido usté clase en el Estituto?

DON MARCELINO.

– Que los chicos no han querido entrar hoy tampoco.

MENÉNDEZ.

– ¿Pues…?

DON MARCELINO.

– Es el cumpleaños del gobernador civil.

MENÉNDEZ.

– ¡Hombre! ¿Y cuántos cumple?

DON MARCELINO.

– El año pasado cumplió cincuenta y cuatro; este año no sé, porque es una cuenta que le gusta llevar a él solo. ¿Ha venido el correo de Madrid?

MENÉNDEZ.

– Abajo estará.

DON MARCELINO.

– Pues anda a subirlo hombre.

MENÉNDEZ.

– Es que como a mí no me gusta moverme de mi obligación…

DON MARCELINO.

– No, y que además tú, cuando te agarras a la obligación, no te despierta un tiro.

MENÉNDEZ. (Haciendo mutis.)

– ¡Qué don Marcelino; pero cuidao que es usté muerdad! (Vase por la segunda izquierda.)

ESCENA III

Don Marcelino; luego, Picavea, por la puerta derecha.

DON MARCELINO.

– Bueno, y cualquiera que me vea a mí con este periódico en la mano cree que yo sé alemán; pues no, señor. Es que me entretengo en contar las “pes” las “cus” y las “kas” que hay en cada columna. ¡Un diluvio! ¡Qué ganas de complicar! ¡Para qué tanta consonante, señor! Es como añadirle espinas a un pescado.

(Entra Pablito Picavea, mozo vano y elegante, con una elegancia un poco provin­ciana. Entra anheloso, impaciente. Es sujeto rápido de expre­sión y de movimientos.)

PICAVEA.

– Buenos días, don Marcelino. (Deja el bastón y el sombrero, mira por el balcón de la izquierda, consulta su reloj, lo confronta con el del salón y empieza a revolver entre los periódicos.)

DON MARCELINO.

– Hola, Pablito. ¡Qué raro!… ¡Tú por el ga­binete de lectura!

PICAVEA.

– Que no tengo más remedio.

DON MARCELINO.

– Ya decía yo.

PICAVEA. (Rebuscando entre los periódicos.)

– ¿Está “El Ba­luarte” ?

DON MARCELINO. – Sí; aquí lo tienes. (Se lo da, cada vez más asombrado.) ¡Pero tú leyendo un periódico! ¡No salgo de mi asombro!

PICAVEA.

– Que no tengo más remedio. Quiero enterarme de una cosa.

DON MARCELINO.

– ¿Ciencias, política, literatura?

PICAVEA.

– ¡Ca, hombre! ¡Que quiero enterarme de una cosa que va a pasar en la casa de enfrente, y para ello cojo el periódico, ¿entiende usted? Le hago un agujero como la muestra (Se lo hace.) y por él, sentado estratégicamente, ave­riguo cuándo se asoma Solita, la doncella de los Trevélez. (Hace cuanto dice, colocándose frente a la ventana de la de­recha y mirando a ella por el roto del periódico.)

DON MARCELINO.

– ¡Ah, granuja! ¡Conque Solita! ¡Buen bo­cadito!

PICAVEA.

– Eso no es un bocadito, don Marcelino; eso es un banquete de cincuenta cubiertos.

DON MARCELINO.

– Con brindis y todo… Pero lo que no me explico es lo del agujero que haces en el diario…

PICAVEA.

– Muy sencillo. Como Solita tiene relaciones con el criado de la casa, que es un animal, con un carácter que se pega con su sombra, yo vengo, agujereo la sección de espec­táculos, y a la par que atisbo, evito el peligro de una sor­presa y la probabilidad de un puñetazo, ¿usted me com­prende?

DON MARCELINO.

– ¡Ah libertino!

PICAVEA.

– ¡Si viera usted “Los Baluartes” que llevo agujerea­dos!

DON MARCELINO.

– Eres un mortero del cuarenta y dos.

PICAVEA.

– Calle usté… ¡Ella!… La absorbo como una vorágine, don Marcelino. ¡Verá usté qué demencia!

DON MARCELINO.

– Yo os observaré desde aquí. (Coge un pe­riódico.) Me conformaré con “El Eco”.

PICAVEA.

– No; que es muy pequeño; coja usted “La Voz”.

DON MARCELINO.

– Cogeré “La Voz”. (Coge el periódico “La Voz”. Mete los dedos, arranca un trazo de papel, hace un agujero y mira.)

ESCENA IV

Dichos y Soledad, por la ventana de la derecha. Con unos vestidos y una mano de mimbre se asoma a la ventana y comienza a sacudir, cantando el “couplet” de “Ladrón…, ladrón…”

PICAVEA.(Por encima de “El Baluarte.”)

– ¡Chis…, Solita!

SOLEDAD. (Dejando de sacudir y cantar.)

– ¡Hola, don Pablito; usted!

PICAVEA.

– Perdona que te hable por encima de “El Baluarte…”; pero hasta vista así, por encima, me gustas…

SOLEDAD.

– Que me mira usted con buenos ojos…

PICAVEA.

– Gracias. Oye, eso que cantabas de ladrón…, ladrón, digo yo que no sería por mí, ¿eh?

SOLEDAD.

– Quia. Usted no le quita nada a nadie…

PICAVEA.

– Eso de que no le quito nada a nadie, es mucho decir.

SOLEDAD.

– Digo en metálico.

PICAVEA.

– En metálico, no te quitaré nada; pero en ropas y efectos, no te descuides. (Ríen.)

SOLEDAD.

– Y qué, ¿leyendo la sección de espectáculos?

PICAVEA.

– Sí; aquí echando una miradita a los teatros.

SOLEDAD.

– ¿Y qué hacen esta noche en el Principal?

PICAVEA. (Con gran malicia.)

– En el principal no sé lo que ha­cen. En el segundo izquierda sé lo que harían.

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Muy bueno, muy bueno!

SOLEDAD.

– ¿Y qué harían, vamos a ver?

PICAVEA.

– ”Locura de amor.”

SOLEDAD.

– ¿Y eso es de risa?

PICAVEA.

– Según como se tome. A la larga, casi siempre. Y oye, Solita: ¿vendrías tú conmigo al teatro una noche?

SOLEDAD.

– De buena gana; pero donde usté va no podemos ir los pobres, don Pablito.

PICAVEA.

– Es que yo, por acompañarte, soy capaz de ir contigo al gallinero.

SOLEDAD.

– ¡Ay, quite usté, por Dios!… Una criada en el ga­llinero y con un pollo…, creerían que lo iba a matar…

DON MARCELINO. (Riendo, aparte.)

– ¡Muy salada, muy salada!

SOLEDAD. (Por Don Marcelino.)

– ¡Ay!, ¿pero qué voz es ésa?

DON MARCELINO.(Asomando por encima del periódico.)

– “La Voz de la Región… “, una cosa de Lerroux ; pero no te asustes…

PICAVEA.

– Oye, Solita…

SOLEDAD.

– Mande…

PICAVEA.

– No dejes de salir esta tarde, que tengo gana de es­trenar dos piropos que se me han ocurrido.

SOLEDAD.

– ¿Ay, sí?… A ver, adelánteme usté uno al menos.

PICAVEA.

– Verás. (Se asoma y habla en voz baja.)

SOLEDAD.(Riendo.)

– ¡Ja, ja, ja!…

(Sale el Criado y, furioso y violento, coge a Soledad de un brazo.)

CRIADO.

– ¡Maldita sea!… Adentro.

SOLEDAD.

– ¡Ay hijo…! ¡Jesús!

PICAVEA. (Cubriéndose con “El Baluarte”.)

– ¡Atiza!

DON MARCELINO. (Idem con “La Voz”.)

– ¡El novio!

CRIADO.

– ¡Hale pa dentro!

SOLEDAD.

– ¡Pues, hijo, qué modales!

CRIADO.

– Y más valía que en vez de estar de palique con los sucios del Casino…

DON MARCELINO.(Detrás de “La Voz”.)

– Socios.

CRIADO.

– Sucios… Te estuvieras en tu obligación. Pa adentro.

SOLEDAD.

– ¡Pero, hijo; Jesús, si estaba sacudiendo!

CRIADO.

– Ya sacudiré yo, ya… ¡Y menudo que voy a sacudir!

DON MARCELINO.

– ¡Qué bruto!

PICAVEA.(Sujetándole el periódico.)

– No levante usted “La Voz”, que le va a ver por debajo.

CRIADO.

– Y en cuanto yo consiga verle la jeta a uno de esos letorcitos, va a ir pa la Casa de Socorro, pero que deletreando. ¡Ay, cómo voy a sacudir! ¡A cuatro manos! (Él Criado cierra los cristales. Se los ve discutir acaloradamente. El dirige mi­radas y gestos amenazadores al Casino. Al fin, hace una mueca de ira y cierra maderas y todo.)

DON MARCELINO.

– ¡Qué hombre más bestia!

PICAVEA.

– Habrá usted comprendido la utilidad de “El Baluarte”.

DON MARCELINO.

– Como que a mí me ha dado un susto que he perdido “La Voz”.

ESCENA V

Don Marcelino y Pablito Picavea.

PICAVEA.

– Bueno; pero al mismo tiempo habrá usted compren­dido también que a ese monumento de criatura le he puesto verja.

DON MARCELINO.

– ¿Cómo verja?

PICAVEA.

– Que esa chiquilla es de mi absoluta pertenencia, vamos.

DON MARCELINO.(Sonriendo irónicamente.)

– Hombre, Pablito, no quisiera quitarte las ilusiones; pero tampoco quiero que vivas engañado.

PICAVEA.

– ¿Yo engañado?

DON MARCELINO.

– Las mismas coqueterías que ha hecho Solita contigo se las vi hacer, ayer tarde, con el más terrible de tus rivales, con Numeriano Galán, para que lo sepas.

PICAVEA.

– ¡Con Numeriano Galán!… ¡Ja, ja, ja! ¡Ella con Galán! ¡Ja, ja, ja! (Ríe a todo reír.) ¡Galán con…, ja, ja, ja!

DON MARCELINO.

– ¿Pero de qué te ríes?

PICAVEA. (Con misterio. Cambiando su actitud jovial por una expresión de gran seriedad.)

– Venga usted acá, don Marcelino. (Le coge de la mano.)

DON MARCELINO. (Intrigado.)

– ¿Qué pasa?

PICAVEA.

– Que esa mujer no puede ser de. nadie más que mía. Oígalo usted bien, ¡mía! …

DON MARCELINO.

– ¡Caramba!

PICAVEA.

– Es un acuerdo de Junta general.

DON MARCELINO.

– ¿Cómo de Junta general?… No comprendo…

PICAVEA.

– Va usted a comprenderlo en seguida. ¿No nos oirá nadie?

DON MARCELINO.

– Creo que no.

PICAVEA.

– Usted sabe, don Marcelino, que yo pertenezco al Guasa-Club, misterioso y secreto Katipunán, formado por toda la gente joven y bullanguera del Casino, para auxiliarnos en nuestras aventuras galantes, para fomentar francachelas y jolgorios y para organizar bromas, chirigotas y tomaduras de pelo de todas clases. Como nos hemos constituido imitando esas sociedades secretas de película, nos reunimos con antifaz y nos escribimos con signos.

DON MARCELINO.

– Sí; alguna noticia tenía yo de esas bromas; pero vamos…

PICAVEA.

– Pues bien: a Numeriano Galán y a mí nos gustó Solita a un tiempo mismo y empezamos a hacerla el amor los dos. Yo, como él no es socio del Guasa-Club, denuncié al tribunal secreto su rivalidad para que me lo quitaran de en medio, y a la noche siguiente Galán encontró clavada con un espetón de ensartar riñones, en la cabecera de su cama, una orden para que renunciara a esa mujer; no hizo caso y se burló de la amenaza, y, en consecuencia, ha sido condenado a una broma tan tremenda, que si nos sale bien, no sólo aban­donará a Solita, dejándome el campo libre, sino que tendrá que huir de la ciudad renunciando hasta su destino de oficial de Correos; no le digo a usted más.

DON MARCELINO.

– ¡Demontre !, ¿y qué broma es ésa?

PICAVEA.

– No puedo decirla; pero dentro de unos instantes, y en esta misma habitación, verá usted a Galán debatirse lloroso, angustiado e indefenso en la tela de araña que ha tejido el Guasa-Club, y lo comprenderá usted todo.

DON MARCELINO.

– Os tengo miedo. Recuerdo la broma que le disteis al pintor Carrasco el mes pasado y se me ponen los pelos de punta.

PICAVEA.

– Aquello no fue nada; que le hicimos creer que su marina titulada “Ola, ola…” había sido premiada con se­gunda medalla en la Exposición de pinturas.

DON MARCELINO.

– ¡Una friolera!… Y el pobre hombre asistió tan satisfecho al banquete que le disteis para festejar su triun­fo. ¡Sois tremendos!

PICAVEA.

– ¡Damos cada broma!… ¡Ja, ja, ja! … (Empieza a tocar en la calle, un cuarteto de músicos ambulantes, la despedida del bajo de “El barbero de Sevilla”, que canta un individuo con muy mala voz y peor entonación.) ¡Hombre, a propósito!

DON MARCELINO.

– ¿Qué pasa?

PICAVEA.

– ¿Oye usted eso?… ¿Oye usted esa música?… Otra broma nuestra.

DON MARCELINO.

– ¿También esa música?

PICAVEA.

– También. La música está dedicada a don Gonzalo de Trevélez, nuestro vecino. Es la hora en que se afeita, y como se afeita solo, hemos gratificado a un cuarteto ambulante para que todos los días, a estas horas, vengan a tocarle una cosa que le recuerde al barbero.

DON MARCELINO.

– Hombre, qué mala intención.

PICAVEA.

– Verá usted cómo se asoma indignado.

DON MARCELINO.

– Ya está ahí.

PICAVEA.(Riendo.)

– Ja, ja,… ¡No lo dije!… ¡Y a medio afei­tar!… ¡Verá usted, verá usted!

ESCENA VI

Dichos y don Gonzalo; luego, Menéndez.

DON GONZALO. (Que se asoma por la ventana de la izquierda de la casa vecina. Aparece despeinado, con un peinador pues­to, media cara llena de jabón y una navaja en la mano.)

– ¡Pero hoy también el “Barbero…”! ¡Caramba qué latita! ¡Quince días con lo mismo, y a la hora de afeitarme! Esto parece una burla. (Mirando a la calle y en voz alta.) Chis…, ejecutantes… (Más alto.) Ejecutantes… Tengan la bondad de evadirse y continuar el concierto extramuros… ¿Qué?… ¿Que si no me gusta la voz del bajo? No, señor. ¡Eso no es voz de bajo, es voz de enano todo lo más. (Como siguiendo la conversación con alguien de abajo.) Y como me estoy afei­tando y desentona de una forma que me crispa, me he dado un tajo que se me ven las muelas… ¿Cómo? ¿Que si las postizas?… ¡Hombre, si no hubiera señoritas en los balcones, ya le diría yo a usted…!; pero ahora le bajará un criado el adjetivo que merece esa estupidez para que se lo repartan entre los cinco del cuarteto. ¡So sinvergüenzas!… ¡No, señor; no echo de menos al barbero!… ¡Vayan muy enhoramala, rasca intestinos!

DON MARCELINO.

– No les hagas caso, Gonzalo.

MENÉNDEZ. (Que se ha asomado también.)

– Ya se van.

DON MARCELINO.

– Y no es el cuarteto de ciegos.

DON GONZALO.

– ¡No; es un cuarteto de cojos!… Unos cojos que se atreven con todo. Ayer ejecutaron un andante de Mendelssohn. ¡Figúrate cómo les saldría el andante!

DON MARCELINO.

– ¡Desprécialos!

DON GONZALO. (Gesto de desprecio.)

– ¡Aaaah!…

(Don Mar­celino y Picavea entran del balcón. Picavea, dando suelta a una risa contenida, habla en voz baja con Don Marcelino.)

DON GONZALO. (A Menéndez y en tono confidencial.)

– Chis… Menéndez.

MENÉNDEZ.

– Mande usted, don Gonzalo.

DON GONZALO.

– ¿He tenido cartas?

MENÉNDEZ.

– Cinco.

DON GONZALO.

– Masculinas o… (Gesto picaresco.)

MENÉNDEZ.

– Tres masculinas y dos o… (Imita el gesto.) Una de ellas perfumada.

DON GONZALO.

– ¿A qué huele?

MENÉNDEZ.

– A heno.

DON GONZALO.

– Ya sé de quién es. No me la extravíes, que me matas. ¿Y la otra?

MENÉNDEZ.

– Tiene letra picuda.

DON GONZALO.

– De la de Avecilla.

MENÉNDEZ.

– Viene dirigida al señor presidente del Real Aero­Club de Villanea.

DON GONZALO.

– Sí sí… ; ya sé… Esa puedes extraviármela si te place. Es pidiéndome un donativo para un ropero. El ropero de San Sebastián. ¡Figúrate tú, San Sebastián con ropero! ¡Nada; es la monomanía actual de las señoras! Empeñadas en hacer mucha ropa a los pobres y ellas cada vez con menos.

MENÉNDEZ.

– Que no quieren pedricar con el ejemplo.

DON GONZALO.

– Se dice predicar, querido Menéndez; de ha­blar bien a hablar mal, hay gran diferencia. Hasta luego. (Entra y cierra la ventana.)

MENÉNDEZ.

– Adiós, don Gonzalo. Otro muerdaz. (Vase iz­quierda.)

ESCENA VII

Don Marcelino y Pablito Picavea.

DON MARCELINO.

– Vamos, no seas terco.

PICAVEA.

– Nada, que no insista usted. No desplego mis labios.

DON MARCELINO.

– Anda, dime: ¿qué broma es la que prepa­ráis a Galán?, que tengo impaciencia…

PICAVEA.

– ¿No dice usted que ha sido invitado misteriosamente a presenciarla?… Pues un poco de calma… (Atendiendo.), que poco será…, porque, si no me equivoco… (Va a mirar ha­cia la derecha.), sí… ¡El es!… ¡Galán!…

DON MARCELINO.

– ¿Galán?…

PICAVEA.

– Ya está aquí la víctima. Aquí la tenemos. Va usted a satisfacer su curiosidad. ¡Pobre Galán! ¡Ja, ja!

DON MARCELINO.

– Pero…

PICAVEA.

– ¡Dejémosle solo!… ¡Ay de él!… ¡Ay de él!… Por aquí. Pronto. (Vanse primera izquierda.)

ESCENA VIII

Numeriano Galán y Menéndez.

NUMERIANO. (Sale por la derecha. Entra y mira a un lado y otro.)

– “Personne…”, que dicen los franceses cuando no hay ninguna persona. Faltan tres minutos para la hora: ¡hora su­prema y deliciosa! La ventana frontera cerrada todavía. Me alegro. Colocaré las puertas de los balcones en forma propicia para la observación. (Las entorna.) ¡Ajajá! Y ahora a esperar a mi víctima, como espera el tigre a la cordera: cauteloso, agazapado y voraz. ¡Manes de don Juan, acorredme! (Pausa.)

MENÉNDEZ. (Por la segunda izquierda.)

– ¡Caray! (Andando a tientas.) Pero ¿quién ha cerrado?

NUMERIANO.

– Chis, por Dios querido Menéndez… (Detenién­dole.) Que es un plan estratégico. No me abras el balcón, que me lo fraguas.

MENÉNDEZ.

– Pero, don Numeriano, ¿y no se puede saber por qué ha entornado usted?

NUMERIANO.

– ¿Que por qué he entornado?… ¡Ah plácido y patriarcal Menéndez! … Tú; sí, tú puedes saberlo. Ven, que voy a abrir mi pecho a tu cariñosa amistad.

MENÉNDEZ.

– Abra usted.

NUMERIANO.

– Menéndez, yo te debo a ti…

MENÉNDEZ.

– Trescientas cuarenta y cinco pesetas de bocadillos.

NUMERIANO.

– Y un cariño muy grande, porque si no me qui­sieras, ¿cómo me ibas a haber dado tantos bocadillos?…

MENÉNDEZ.

– Que le tengo a usted ley.

NUMERIANO.

– Pues por eso, como sé que me quieres… y que te alegras de mis triunfos amorosos…

MENÉNDEZ.

– Por descontado…

NUMERIANO.

– Voy a hacerte una revelación sensacional.

MENÉNDEZ.

– ¡Carape!

NUMERIANO.

– Sensacionalísima.

MENÉNDEZ.

– ¿Ha caído la viuda?

NUMERIANO.

– Ha tropezado nada más; pero no es eso. Atiende. Muchos días, efusivo Menéndez, ¿no te ha chocado a ti verme entrar a deshora en este salón de lectura?

MENÉNDEZ.

– Mucho; sí, señor.

NUMERIANO.

– Pues bien: ¿al entrar yo en el salón de lectura tú no leías nada en mis ojos?

MENÉNDEZ.

– No, señor; yo casi nunca leo nada.

NUMERIANO.

– Pero ¿no te chocaba verme huraño, triste y solo, metido en ese rincón?

MENÉNDEZ.

– Sí, señor; pero yo decía, será que le gusta la soledad.

NUMERIANO.

– Y eso era, perspicaz Menéndez, que me gusta la Soledad… Pero no la de aquí, sino la de ahí enfrente.

MENÉNDEZ.

– ¡La doncellita de los Trevélez!

NUMERIANO.

– La misma que viste y calza…, de una manera que conmociona.

MENÉNDEZ.

– Entonces, ahora me explico por qué teniendo usté tanta ilustración aquí dentro…

NUMERIANO.

– No hacía más que tonterías ahí fuera…, como señas, sonrisitas, juegos de fisonomía… ¿Lo comprendes ahora?

MENÉNDEZ.

– ¡Ya lo creo!… ¡Menudo pimpollo está la niña!

NUMERIANO.

– ¿Qué Soledad más apetecible, verdad, Menéndez?

MENÉNDEZ.

– Es una Soledad pa no juntarse con nadie, don Numeriano.

NUMERIANO.

– Para no juntarse con nadie más que con ella.

MENÉNDEZ.

– Natural.

NUMERIANO.

– A mí, Menéndez, esa chiquilla me inspira un sen­timiento de deseo, un sentimiento de pasión, un sentimien­to de…

MENÉNDEZ.

(Dándole la mano.) Acompaño a usted en el sen­timiento.

NUMERIANO.

– Muchas gracias, incondicional Menéndez. Pues bien: por conseguir los favores de esa monada andábamos a la greña Pablito Picavea y yo.

MENÉNDEZ.

– ¿Y qué?

NUMERIANO.

– Que lo he arrollado… ¡Que esa bizcotela ya es mía!

MENÉNDEZ.

– ¡Arrea!

NUMERIANO.

– Aquí tengo los títulos de propiedad. (Saca una carta.) Atiende y deduce. Por la tarde la pedí relaciones y por la noche me trajo el cartero del interior esta expresiva y se­ductora cartita. Juzga: “Señorito Numeriano : De palabra no me he atrevido esta tarde a darle una contestación aparente, porque no me dejó el reparo.” ¡El reparo!… ¡Qué monísi­ma!… “Pero si usted quiere que le diga lo que sea, estése mañana a las once en el salón de lectura del Casino, y si tiene valor una servidora se asomará y se lo dirá, aunque sé que es usted muy mal portao con las mujeres…” ¡Mal por­tao!… ¡Me ha cogido el flaco!

MENÉNDEZ.

– ¡La fama, que vola!

NUMERIANO. (Sigue leyendo)

– “No falte. Saldré a sacudir… No vuelva… (Vuelve la hoja.) No vuelva a asomarse esta mañana, porque mi señorita está escamada. Sulla. Ese.” ¡Sulla! (Guardándose la carta.) ¡Ah, estupefacto Menéndez, este “sulla” no lo cambio yo por una dolora de Campoamor, por­que estas cuatro letras quieren decir que esa fruta sazonada y exquisita ha caído en mi implacable banasta.

MENÉNDEZ.

– ¡Pero qué suerte tiene usted!

NUMERIANO. (Por sus ojos.)

– ¡Le llaman suerte a estas dos ametralladoras!

MENÉNDEZ.

– ¡Hombre!…

NUMERIANO.

– Lo que hay es que tengo una mirada que es para sacar patente. La fijo cuarenta segundos en un puro, y lo enciendo. No te digo más. Y hay días que los enciendo de reojo.

MENÉNDEZ.

– ¿De modo que viene usted a la cita?

NUMERIANO.

– Di más bien a la toma de posesión.

MENÉNDEZ.

– Poquito que va a rabiar el señor Picavea.

NUMERIANO.

– El señor Picavea y todos esos imbéciles del Guasa-Club, que hasta me amenazaron con no sé qué vengan­zas si no abandonaba mi conquista… ¡Abandonarla yo!… Cuando es ella la que… ¡Ja, ja, ja!

MENÉNDEZ.

– ¿Y a que hora es la cita?

NUMERIANO.

– ¿No lo has oído? A las once. Faltan sólo unos segundos.

MENÉNDEZ.

– Pues miremos a ver… (Dan las once en el reloj.)

NUMERIANO.

– ¡Ya dan!… ¡Estoy emocionado!… (A Menén­dez, que mira.) ¿Ves algo?

MENÉNDEZ.

– No…; aún nada… ¡Pero calle!… Sí…; los vi­sillos se menean.

NUMERIANO. (Mira.)

– Es verdad, algo se mueve detrás.

MENÉNDEZ.

– ¿Será ella?…

NUMERIANO.

– Sí; ella, ella es; veo su silueta hermosísima. Aparta, Menéndez. (Se retoca y acicala.)

MENÉNDEZ.

– Salga usted.

NUMERIANO.

– Sí; voy a salir, porque hasta que no me vea, no se asoma.

MENÉNDEZ.

– Ya va a abrir, ya va a abrir…

NUMERIANO.

– Ahora verás aparecer su juvenil y linda ca­rita… Ahora verás como fulgen sus ojos africanos. ¡Fíja­te!… (Sale.) ¡Ejem, ejem!… (Tose delicadamente. Se abre la ventana poco a poco y asoma entre las persianas la cara ridícula, pintarrajeada y sonriente de la Señorita de Tre­vélez.)

ESCENA IX

Dichos y FLORITA.

FLORITA. (Después de mirar con rubor a un lado y otro.)

– Buenos días, amigo Galán.

NUMERIANO. (Aparte, aterrado.)

– ¡Cielos!

MENÉNDEZ.(Aparte.)

– ¡Atiza! ¡Doña Florita!

NUMERIANO.

– Muy buenos los tenga usted, amiga Flora.

FLORITA.

– Es usted cronométrico.

NUMERIANO.

– ¿Un servidor?

FLORITA.

– Y no tiene usted idea de todo lo que me expresa su puntualidad.

NUMERIANO.

– ¿Mi puntualidad?… (Aparte.) ¿Sabrá algo?

MENÉNDEZ. (Aparte, muerto de risa.)

– ¡Qué plancha!

NUMERIANO. (A Menéndez)

– No te rías, que me azoras.

FLORITA. (Acariciando las flores de un tiesto.)

– ¡Galán!

NUMERIANO.

– Florita.

FLORITA. (Con rubor.)

– He recibido eso.

NUMERIANO.

– ¿Qué ha recibido usted eso?… (Aparte.) ¿Qué se­rá eso?

FLORITA.

– Lo he leído diez veces, y a las diez, su fina galante­ría ha vencido mi natural rubor.

NUMERIANO.

– ¿A las diez?… De modo que dice usted que a las diez… (Aparte.) Pero ¿de qué me hablará esta señorita? (Alto.) Florita, usted perdone; pero no comprendo, y yo desearía que me dijese de una manera breve y concreta…

FLORITA.(Con vivo rubor.)

– ¡Ah, no; no, no, no!… Eso es mu­cho pedir a una novicia en estas lides… Hágase usted cargo… Mi cortedad es muy larga, Galán.

NUMERIANO.

– Bueno; pero por muy larga que sea su cortedad, si a uno no le dicen claramente las cosas…

FLORITA.

– Sí; pero repare usted que hay gente en los balcones…

NUMERIANO.

– Ya lo veo; pero qué importa eso para…

FLORITA.

– Y como yo presumía que no podíamos hablar sin testigos, le he escrito en este papel unas líneas que expresarán a usted debidamente mi gratitud y mi resolución.

NUMERIANO.

– ¿Dice usted su gratitud y su…?

FLORITA. (Tirando el papel, que cae en la habitación.)

– Ahí va mi alma.

NUMERIANO. (Esquivando el golpe. Aparte.)

– Caray, de poco me deja tuerto.

FLORITA.

– Galán…, en el texto de esa carta voy yo misma. Léalo, compréndala y júzguele. (Entorna.)

NUMERIANO.

– Bueno; pero…

FLORITA.

– Voy tal cual soy: sin malicia, sin reserva, sin doblez (Cierra.)

NUMERIANO.

– ¡Pero, Florita!

FLORITA.(Abre.)

– Sin doblez. Adiós, Galán. (Cierra.)

ESCENA X

Numeriano y Menéndez.

NUMERIANO. (A Menéndez, que está muerto de risa en una si­lla.)

– ¡Dios mío!… Ay Menéndez, pero ¿qué es esto?

MENÉNDEZ. (Señalando la carta que está en el suelo.)

– Parece un papel.

NUMERIANO.

– No; eso ya lo sé; mi pregunta es abstracta; digo, ¿qué es esto?, ¿qué me pasa a mí?, ¿por qué en vez de Solita sale ese estafermo y me arroja una carta?

MENÉNDEZ.

– ¡Qué sé yo! Ábrala, léala y averigüelo.

NUMERIANO.

– Tienes razón. (Coge el papel y empieza a desdo­blarlo, tarea dificilísima por los muchos dobleces que trae.) ¡Caramba, y decía sin doblez!… ¿Y qué viene aquí dentro?

MENÉNDEZ.

– Ella ha dicho que venía su alma.

NUMERIANO.

– Pues es una perra gorda.

MENÉNDEZ.

– Que ha metido pa darle impulso al papel.

NUMERIANO.

– Veamos qué trae la perra. (Leyendo.) “Apasionado Galán.”

MENÉNDEZ.

– ¡Atiza!

NUMERIANO.

– ¡Yo apasionado! (Lee.) “Después de leída y releída su declaración amorosa…”

MENÉNDEZ.

– ¡Repeine!

NUMERIANO.

– ¡Pero qué dice esta anciana! (Lee.) “Y sus entu­siastas elogios a mi belleza estética, que sólo puedo atribuir a una bondad insólita…” (Aparte.) ¡Qué tía más esdrújula! (Alto.) “Consultéle a mi corazón, pedíle consejo a mi hermano como usted indicóme…” ¡Cuerno! “Y mi hermano y mi co­razón, de consuno, decídenme a aceptar las formales relaciones que usted me ofrenda…” ¡ Me ofrenda!… ¡Mi madre!

MENÉNDEZ.

– Pero ¿usted la ha ofrendido?

NUMERIANO.

– Yo qué la voy a ofrender, hombre! (Lee.) “¡Ah Galán, el amor que usted me brinda es una suerte…” ¡Pero, Dios mío, si yo no la he brindado ninguna suerte a esta señora! “Es una suerte, porque prendióse en mi alma con tan firmes raíces, que nadie podrá ya arrancarlo, y si quieren hacer la prueba, háganla cuanto antes. ¡Ah Galán! ¿Se lo digo todo en esta carta? … Yo creo que sí.”

MENÉNDEZ.

– Y yo creo que también.

NUMERIANO.

– ”Nada reservéme, y sepa que al escribirla entre­guéle mi alma… Adiós.”

MENÉNDEZ.

– ¿Se ha muerto?

NUMERIANO.

– Se ha vuelto loca. (Lee.) ”Suya hasta la ultratum­ba, Flora de Trevélez.” ¡Pero, Dios mío, yo me vuelvo loco!… Pero ¿qué es esto?

MENÉNDEZ. (Señalándole los ojos.)

– Las ametralladoras.

NUMERIANO. – ¿A qué viene esta carta?… Pero… ¿quién le ha dicho a ese pliego de aleluyas que yo la amo? Pero ¿qué es esto?… ¡Dios mío, qué es esto!

ESCENA XI

Dichos, Tito Guiloya, Picavea, Torrija y Pepe Manchón; luego, Don Marcelino.

TODOS. (Riendo.)

– ¡Ja, ja, ja!

TITO.

– Pues esto es, amigo Galán, que el Guasa-Club ha triun­fado.

TORRIJA.

– ¡Viva el Guasa-Club!

NUMERIANO.

– Pero vosotros!… ¿Pero es que vosotros?…

MANCHÓN.

– Que sea enhorabuena, Galán; ya eres dueño de esa beldad.

TITO.

– ¡Querías a la doncella y te entregamos a la señora!

PICAVEA.

– ¡La doncellita, para mí!

NUMERIANO.

– ¡Ah, pero vosotros!… ¡Pero esta canallada!

PICAVEA.

– Ardides del juego son.

TODOS. (Vanse riendo por la derecha.) ¡Ja, ja, ja! (Menéndez los sigue estupefacto y haciéndose cruces.) Hagan la prueba que hagan. ¡Ah Galán!… ¡Ja, ja, ja!

ESCENA XII

Numeriano Galán y don Marcelino.

NUMERIANO. (Desesperado.)

– ¿Pero qué han hecho esos cafres, don Marcelino?

DON MARCELINO.

– ¿No lo adivinas, infeliz? Pues que imitando tu letra han escrito una carta de declaración a Florita de Tre­vélez firmada por ti.

NUMERIANO.

– ¡Dios mío!

DON MARCELINO.

– Que ella, romántica y presumida como un diantre, te ha visto mil veces al acecho en ese balcón, y cre­yendo que salías por ella ha caído fácilmente en el engaño, y que te contesta aceptando tu amor.

NUMERIANO.

– ¡Cuerno!

DON MARCELINO.

– Y de ese modo te inutilizan para que sigas cortejando a la doncellita, y Picavea se sale con la suya. ¿Ves que sencillo?

NUMERIANO.

– ¡Dios mío, pero esto es una felonía, una canallada que no estoy dispuesto a consentir! Yo deshago el error inme­diatamente. (Llamando desde el balcón.) ¡Flora…, Flora…, Florita; amiga Flora!…

DON MARCELINO.

– Aguarda, hombre, aguarda. Así, a voces y desde el balcón, no me parece procedimiento para deshacer una broma que pone en ridículo a personas respetables.

NUMERIANO.

– ¿Y qué hago yo, don Marcelino? Porque ya cono­ce usted el carácter de don Gonzalo.

DON MARCELINO.

– ¡Qué si le conozco! Pues eso es lo único gra­ve de este asunto.

NUMERIANO.

– Y por lo que aquí dice, se ha enterado.

DON MARCELINO.

– Como que esta burla puede acabar en trage­dia: porque Gonzalo, en su persona, tolera toda clase de chan­zas; pero con su hermana, que es todo su amor… ¡Acuérdate que tuvo a Martínez cuatro meses en cama de una estocada, sólo porque la llamó la jamona de Trevélez!… ¡Conque si se entera de que esto es una guasa, hazte cargo de lo que sería capaz! …

NUMERIANO.

– ¡Ay, calle usted, por Dios!… Pero yo le diré que la carta no es mía, que compruebe la letra.

DON MARCELINO.

– Sí; pero ellos pueden decirle que la has des­figurado para asegurarte la impunidad, y entre que si sí y que si no, el primer golpe lo disfrutas tú.

NUMERIANO.

– ¡Miserables, canallas!… ¿Y qué hago yo, don Marcelino, qué hago yo? (Se oye rumor de voces.)

DON MARCELINO.

– ¡Silencio!… ¿Oyes?…

NUMERIANO.-¡Madre!… ¡Es don Gonzalo! ¡Don Gonzalo que viene!

DON MARCELINO.

– Y viene con esos bárbaros.

NUMERIANO.

– ¡Ay don Marcelino!…, ¡ay! ¿Qué hago yo?

DON MARCELINO.

– Ocúltate. En cuanto nos dejen solos yo procuraré tantearle. Le dejaré entrever la posibilidad de una bro­ma… Tú oyes detrás de una puerta, y según oigas, procede.

NUMERIANO.

– Sí; eso haré. ¡Canallas! ¡Bandidos! (Vase segun­da izquierda.)

ESCENA XIII

Don Marcelino, don Gonzalo, Tito Guiloya, Pepe Manchón, Torrija y Pablito Picavea; salen por la derecha. El rumor de las voces ha ido creciendo; al fin, aparecen por la puerta de la derecha, prece­diendo a don Gonzalo, Manchón, Picavea y Torrija, que bulliciosa y alegremente, se forman en fila a la parte izquierda de la puerta, y al salir don Gonzalo agitan los sombreros aclamándole con entusiasmo.

TITO.

– ¡Hurra por don Gonzalo!

TODOS.

– ¡Hurra!

DON GONZALO. (Sale sombrero en mano. Viste con elegancia llamativa y extremada para sus años. Va teñido y muy peri­puesto.)

– Gracias, señores, gracias.

TITO.

– ¡Bravo, don Gonzalo bravo!

TORRIJA.

– ¡Elegantísimo! ¡Cada día más elegante!

MANCHÓN.

– ¡Deslumbrador!

PICAVEA.

– ¡Lovelacesco !

DON GONZALO. (Riendo.)

– ¡Hombre, por Dios, no es para tanto!

PICAVEA.

– Inmóvil, y con un letrero debajo, la primera plana del “Pictorial Revieu”.

TITO.

– ¡Si Roma tuvo un Petronio, Villanea tiene un Trevélez!… ¡Digámoslo muy alto!

DON GONZALO.

– Nada, hombre, nada. Total un trajecillo “nigge faeshion”, un chalequito de fantasía, una corbata bien entona­da, una flor bien elegida, un poquito de “caché”, de “chic…” y vuestro afecto. Nada hijos míos, nada. (Los abraza.) ¿Y tú qué tal, Marcelino, cómo estás?

DON MARCELINO.

– Bien, Gonzalo, ¿y tú?

DON GONZALO.

– Ya lo ves, confundido con los elogios de estos tarambanas… ¡Yo!… ¡un pobre viejo!… ¡figúrate!…

PICAVEA..

– ¿Cómo viejo? Usted es como un buen vino, don Gon­zalo: cuantos más años, más fuerza, más aroma, más “bou­quet”.

TITO.

– Y si no, que lo digan las mujeres. Ellas acreditan su mar­ca. Le saborean y se embriagan. ¿Niéguelo usted?

DON GONZALO. (Jovialmente.)

– ¡Hombre, hombre!… Entono y reconforto… “Voila tout…” ¡Ja, ja, ja!

TODOS. (Aplauden.)

– ¡Bravo, bravo!

TORRRIJA.

– ¡Y lo que le ocurre a don Gonzalo es rarísimo: cuan­to más años pasan, menos canas tiene!

TITO.

-Y se acentúa más ese tinte juvenil…, ese tinte de distin­ción, que le da toda la arrogancia de un Bayardo.

DON GONZALO.

– ¡Ah, no, amigos míos; no burlaros de mí! Yo ya no soy nada. Claro está que las altas cimas de mis ilusiones aún tienen resplandores de sol, postrera luz de un ocaso esplén­dido…; pero al fin de mi vida ya no es más que un cre­púsculo…

TODOS.

– ¡ Bravo, bravo!

TITO.

– ¡Qué poetazo!

PICAVEA.

– Pero usted, todavía ama, don Gonzalo, y el amor…

DON GONZALO.

– ¡Amor, amor!… Eterna poesía. Es el dulce ru­mor que va cantando en su marcha hacia el misterio de la muerte el río caudaloso de la vida. Esto es de un poema que tengo empezado.

TODOS.

– ¡Colosal! ¡Colosal!

TORRIJA.

– Gran maestro en amor debe ser usted.

DON GONZALO.

– ¡Maestro!… ¡Ay, hijo mío, en amor, como las que enseñan son las mujeres, cuanto más te enseñan…, más suspenso te dejan!

TODOS.

– ¡Muy bien, muy bien!

DON GONZALO.

– Sin embargo, yo tengo mis teorías.

TODOS.

– Veamos, veamos.

DON GONZALO.

– La mujer es un misterio.

MANCHÓN.

– Muy nuevo, muy nuevo.

DON GONZALO.

– Amar a una mujer es como tirarse al agua sin saber nadar: se ahoga uno sin remedio. Si le dicen a uno que sí, le ahoga la alegría; si le dicen que no, le ahoga la pena.

TITO.

– Y si le dan a uno calabazas?

DON GONZALO.

– ¡Ah, si le dan a uno calabazas, entonces…, nada!

TODOS. (Riendo.)

– ¡Ja, ja, ja!… ¡Muy bien! ¡Bravo!

PICAVEA.

– ¡Graciosísimo !

TITO.

– ¡Y se llama viejo un hombre de tan sutil ingenio!

PICAVEA.

– ¡Viejo, un hombre de contextura tan hercúlea!… ¡Por­que fijaos en este torso!… (Le golpea la espalda.) ¡Qué múscu­los!

TORRIJA.

– ¡Es el “Moisés” de Miguel Angel!

DON GONZALO. (Satisfecho.)

– ¡Ah, eso sí!… ¡Todavía tuerzo una barra de hierro y parto un tablero de mármol!… Hundo un tabique…

TITO.

– ¡Mirad qué bíceps!

MANCHÓN.

– ¡Enorme!

TORRIJA.

– Pues, ¿y los “sports”, como los practica?…

TODOS.

– ¡Oh!

DON GONZALO.

– En fin, pollos, esperadme en la sala de billar, que tengo algo interesante que decir a don Marcelino, y en seguida corro a vuestro encuentro y jugaremos ese “match” pro­metido.

TITO.

– Pues allí esperamos.

PICAVEA.

– ¡Viva don Gonzalo!

TODOS.

– ¡Viva!

TITO.

– “¡Arbites elegantorum civitatis villanearum, salve!”

PICAVEA.

– ¡Salve y Padre nuestro! (Se abrazan.)

DON GONZALO.

– Gracias, gracias. (Vanse riendo por la primera izquierda.)

ESCENA XIV

Don Gonzalo y don Marcelino.

DON GONZALO.

– Marcelino.

DON MARCELINO.

– Gonzalo.

DON GONZALO. (Con gran alegría.)

– Estaba deseando que nos dejasen solos. He venido especialmente a hablar contigo.

DON MARCELINO.

– ¿Pues?

DON GONZALO.

– Abrázame.

DON MARCELINO.

– ¡Hombre!…

DON GONZALO.

– Abrázame, Marcelino. (Se abrazan efusivamen­te.) ¿No has notado desde que traspuse esos umbrales que un júbilo radiante me rebosa del alma?

DON MARCELINO.

– ¿Pero qué te sucede para esa satisfacción?

DON GONZALO.

– ¡Ah mi querido amigo, un fausto suceso llena mi casa de alegres presagios de ventura!

DON MARCELINO.

– ¿Pues qué ocurre?

DON GONZALO.

– Tú, Marcelino, conoces mejor que nadie este amor, qué digo amor, esta adoración inmensa que siento por esta criatura llena de bondad, de perfecciones que Dios me dio por hermana.

DON MARCELINO.

– Sé cuánto quieres a Florita.

DON GONZALO.

– ¡Oh! no; no puedes imaginarlo; porque en este amor fraternal se han fundido para mí todos los amores de la vida. De muy niños quedamos huérfanos. Comprendí que Dios me confiaba la custodia de aquel tesoro y a ella me consagré por entero, y la quise como padre, como hermano, como pre­ceptor, como amigo, y desde entonces, día tras día, con una abnegación y una solicitud maternales, velo su sueño, adivino sus caprichos, calmo sus dolores, alivio sus inquietudes y so­porto sus puerilidades, porque, claro, una juventud defrauda­da produce acritudes e impertinencias muy explicables. Pues bien, Marcelino: mi único dolor, mi único tormento era ver que pasaban los años y que Florita no encontraba un hom­bre…, un hombre que, estimando los tesoros de su belleza y de su bondad en lo que valen, quisiera recoger de su corazón todo el caudal de amor y de ternura que brota de él. ¡Pero, al fin, Marcelino, cuando yo ya había perdido las esperanzas…, ese hombre…!

DON MARCELINO.

– ¿Qué?

DON GONZALO.

– ¡Ese hombre ha llegado! (Galán se asoma por la izquierda con cara de terror.)

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Dios mío!

DON GONZALO.

– Y si lo pintan, no lo encontramos ni más simpá­tico, ni más fino, ni más bondadoso. Edad adecuada, posición decorosa, honorabilidad intachable…, ¡un hallazgo!… ¿Sabes quién es?

DON MARCELINO.

– ¿Quién?

DON GONZALO.

– Numeriano Galán… ¡Nada menos que Nume­riano Galán! (Galán manifiesta un pánico creciente.) ¿Qué te parece?

DON MARCELINO.

– Hombre, bien…; me parece bien. (Galán le hace señas de que no.) Buena persona. (Siguen las señas negati­vas de Galán.) Un individuo honrado… (Galán sigue diciendo que no.); pero yo creo que debías informarte, que antes de aceptarle debías…

DON GONZALO. (Contrariado.)

– Pero ¿qué estás diciendo?

DON MARCELINO.

– Hombre, se trata de un forastero que apenas conocemos, y por consecuencia…

DON GONZALO.

– ¡Bah, bah, bah!… Ya empiezas con tus suspi­cacias, con tus pesimismos de siempre… ¡Has de leer la carta que le ha escrito a Florita!… Una carta efusiva, llena de since­ridad, de pasión, modelo de cortesanía, diciéndola que me ente­re de sus proposiciones y que le fijemos el día de la boda… Conque ya ves si en un hombre que dice esto… ¡Dudar, por Dios! …

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Canallas! (Alto.) No; si yo lo de­cía porque como es una cosa tan inopinada, quién no te dice que alguien… una broma…

DON GONZALO. (Le coge de la mano con expresión trágica.)

– ¡Cómo una broma!

DON MARCELINO.

– Hombre, quiero decir…

DON GONZALO.

– ¿Qué quieres decir?

DON MARCELINO.

– No, nada; pero…

DON GONZALO. (Sonriendo.)

– ¡Una broma!… No sueñes con ese absurdo. Ya sabe todo el mundo que bromas conmigo, cuantas quieran. Las tolero, no con la inconsciencia que suponen, pero en fin, con esa amable tolerancia que dan los años; pero una broma de este jaez con mi hermana sería trágica para todos. Sería jugarse la vida sin apelación, sin remedio, sin pretexto. Te lo juro por mi fe de caballero.

DON MARCELINO.

– No; no te pongas así…; si te creo; sí, figú­rate; pero vamos…

DON GONZALO.

– Además, puedes desechar tus temores, Marceli­no, porque esto no es una cosa tan inopinada como tú supones.

DON MARCELINO.

– ¿Ah, no?

DON GONZALO.

– Hoy, llena de rubor la pobrecilla, me lo ha con­fesado todo. Ella ya tenía ciertos antecedentes. Dudaba entre Picavea y Galán, porque los dos la han cortejado desde esos balcones; pero su preferido era Galán, y por eso se ha apre­surado a aceptarle loca de entusiasmo… ¡Sí, loca! ¡Porque está loca de gozo, Marcelino! Su alegría no tiene límites…, y a ti puedo decírtelo…: ¡ya piensa hasta en el traje de boda!

DON MARCELINO.

– ¡Hombre, tan de prisa!…

DON GONZALO.

– Quiere que sea liberty… ¡Yo no sé lo qué es liberty ; pero ella dice que liberty, y liberty ha de ser! … ¡Florita.es dichosa, Marcelino!… ¡Mi hermana es feliz!… ¿Comprendes ahora este gozo, que no cambiaría yo por to­das las riquezas de la Tierra?… ¡Ah, qué contento estoy! ¡Y es tan buena la pobrecilla, que cuando me hablaba de si al casarse tendríamos que separarnos, una nube de honda tristeza nubló su alegría. Yo, emocionado, balbuciente, la dije: “No te aflijas; debes vivir sola con tu marido. Mucho ha de cos­tarme esta separación al cabo de los años; pero por verte di­chosa, ¿qué amargura no soportaría yo? …” Nos miramos, nos abrazamos estrechamente y rompimos a llorar como dos chi­quillos. Yo sentí entonces en mi alma algo así como una blan­dura inefable, Marcelino; algo así como si el espíritu de mi madre hubiera venido a mi corazón para besarla con mis labios. Y ves…, yo… todavía… una lágrima… (Emocionado se en­juga los ojos.) Nada, nada…

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Dios mío, y quién le dice a este hombre que esos desalmados!…

DON GONZALO.

– ¿Comprendes ahora mi felicidad; comprendes ahora mi júbilo?

DON MARCELINO.

– Hombre, claro; pero…

DON GONZALO.

– Conque vas a hacerme un favor, un gran favor, Marcelino.

DON MARCELINO.

– Tú dirás…

DON GONZALO.

– Que llames a Galán…

DON MARCELINO.

– ¿A Galán?

DON GONZALO.

– A Galán. Sé que está aquí, y quiero, sin alu­dir para nada al asunto, claro está, darle un abrazo, un senci­llo y discreto abrazo, en el que note mi complacencia y mi conformidad.

DON MARCELINO.

– Es que, si no estoy equivocado, me parece que ya se marchó.

DON GONZALO.

– No, no,… Está en el Casino; me lo ha dicho el conserje. Y tengo interés, porque además del abrazo traigo un encargo de Florita: invitarle a una “suaré” que daremos dentro de ocho días. (Toca el timbre. Aparece Menéndez.) Menéndez, haz el favor de decir al señor Galán que venga un instante.

MENÉNDEZ.

– Sí, señor. (Vase.)

DON GONZALO.

– ¡Qué boda, Marcelino, qué boda!… Voy a echar la casa por la ventana. Traigo al obispo de Anatolia para que los case, y digo al de Anatolia, porque en obispos es el más raro que conozco.

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Pobre Galán!

ESCENA XV

Dichos y Numeriano Galán, por la segunda izquierda.

NUMERIANO. (Haciendo esfuerzos titánicos para sonreír. Viene pálido, balbuciente.)

– Mi querido don Gon…, don Gon…

DON GONZALO.

– ¡Galán!… ¡Amigo Galán!…

NUMERIANO.

– ¡Don Gonzalo!

DON GONZALO.

– ¡A mis brazos!

NUMERIANO.

– Sí, señor. (Se abrazan efusivamente.)

DON GONZALO.

– ¿No le dice a usted este abrazo mucho más de lo que pudiera expresarse en un libro?

NUMERIANO.

– Sí, señor… Este abrazo es para mí un diccionario enciclopédico, don Gonzalo.

DON GONZALO.

– Reciba usted con él la expresión de mi afecto sincero y fraternal… “ ¡Fra-ter-nal! “

NUMERIANO.

– “Ya lo sé …” Sí, señor… Gracias…, muchas gra­cias, don Gonzalo. (Le suelta.)

DON GONZALO.

– ¿Cómo don? … Sin don, sin don…

NUMERIANO.

– Hombre, la verdad; yo, como…

DON GONZALO.

– Pero parece usted hondamente preocupado… Está usted pálido…

NUMERIANO.

– No ; la emoción…, la…

DON MARCELINO.

– Hazte cargo; le ha pillado tan de sorpresa…, y luego esta acogida…

NUMERIANO.

– Sí, señor… Sobre todo, la acogida…

DON GONZALO.

– ¡Pues venga otro abrazo! (Se abrazan.)

NUMERIANO. (Aparte.)

– ¡Qué bíceps!

DON GONZALO.

– ¿Qué dice?

NUMERIANO.

– Nada, nada. nada…

DON GONZALO.

– Y después de hecha esta ratificación de afecto, diré a usted que le he molestado, querido Galán, para invi­tarle, al mismo tiempo que a Marcelino, a una “suaré” que celebraremos en breve en los jardines de mi casa, que es la de ustedes…

NUMERIANO.

– Con mucho gusto, don Gonzalo.

DON GONZALO.

– Allí será usted presentado a nuestras amistades.

NUMERIANO.

– Tanto honor… (Aparte.) Yo salgo esta noche pa­ra Villanueva de la Serena.

DON GONZALO.

– Bueno, y ahora vamos a otra cosa.

NUMERIANO.

– Vamos donde usté quiera.

DON GONZALO.

– Me ha dicho Torrijita que es usted un entu­siasta aficionado a la caza… ¡Un gran cazador!

NUMERIANO.

– ¿Yo?… ¡Por Dios, don Gonzalo, no haga usted caso de esos guasones!… ¡Yo cazador!… Nada de eso… Que cojo alguna que otra liebre, una perdicilla; pero nada…

DON GONZALO.

– Bueno, bueno… Usted es muy modesto; de todos modos, he oído decir que le gustan a usted mucho mis dos perros “setter”, “Castor” y “Pólux”. Una buena pareji­ta, ¿eh?

NUMERIANO.

– Hombre, como gustarme, ya lo creo. Son dos perros preciosos,

DON GONZALO.

– Pues bien, a la una los tendrá usted en su casa.

NUMERIANO.

– ¡Quia, por Dios, don Gonzalo, de ninguna ma­nera!…

DON GONZALO.

– Le advierto que son muy baratos de mantener. Por cuatro pesetas diarias los tiene usted como dos cebones.

NUMERIANO.

– ¿Cuatro pesetas?… ¡Y dice usted…?

DON GONZALO.

– A la una los tiene en su casa.

NUMERIANO.

– Que no los mande usted, don Gonzalo, que los suelto… ¡No quiero que usted se prive…!

DON GONZALO.

– Pero, hombre…

NUMERIANO.

– Además, a mí se me podían morir. Como no me conocen los animalitos, la hipocondría…

DON GONZALO.

– ¡Ah, eso no; son muy cariñosos, y dándoles bien de comer…!

NUMERIANO.

– Pues ahí está, que en una casa de huéspedes… Ya ve usted, a nosotros nos tratan como perros…

DON GONZALO.

– Pues con que den a los perros el trato general, arreglado.

NUMERIANO.

– Si ya lo comprendo; pero usted se hará cargo…

DON GONZALO.

– A la una los tendrá usted en su casa.

NUMERIANO.

– Bueno…

DON GONZALO.

– Además, también le voy a mandar a usted…

NUMERIANO.

– ¡No, no, por Dios!… No me mande usted nada más…, yo le suplico…

DON GONZALO.

– Ah, sí sí… Ha de ser para mi hermana, conque empiece usted a disfrutarlo. Le voy a mandar mi cuadro, mi célebre cuadro, último vestigio de mi bohemia artística. Una copia que hice de la “Rendición de Breda”, la obra colosal de Velázquez, conocida vulgarmente por el “cuadro de las lanzas…”

NUMERIANO.

– Sí; ya, ya…

DON GONZALO.

– Sino que yo lo engrandecí; el mío tiene mu­chas más lanzas.

DON MARCELINO.

– Que le sobraba lienzo y se quedó solo pin­tando lanzas.

DON GONZALO.

– Ocho metros de lanzas, ¡calcule usted!

NUMERIANO.

– ¡Caramba!… ¡Ocho metros!

DON GONZALO.

– Lo que tendrá usted que comprarle es un mar­quito.

NUMERIANO.

– ¿Ocho metros y dice usted que un marquito? ¿Por qué no espera usted a ver si me cae la lotería de Navi­dad, y entonces…?

DON GONZALO.

– ¡Hombre, no exagere usted; no es para tan­to!… El marco todo lo más se llevará…

NUMERIANO.

– Medio kilómetro de moldura. Lo he calculado “grosso modo”. Además, me parece que no voy a tener dónde colocarle, porque como no dispongo más que de un ga­binete y una alcoba…

DON GONZALO.

– Puede usted echar un tabique.

NUMERIANO.

– Sí; pero ¿cómo le voy a hablar a mi patrona de echar nada…, si está conmigo si me echa o no?

DON MARCELINO.

– Bueno; pero todo puede arreglarse: divides el cuadro en dos partes; pones la mitad en el gabinete y de­bajo una mano indicadora señalando a la alcoba, y el que quiera ver el resto, que pase…

DON GONZALO.

– ¡Ja, ja!… Muy bien…; muy gracioso, Mar­celino, muy gracioso… ¡Qué humorista!… Conque, con el permiso de ustedes, me marcho, reiterándoles la invitación a nuestra próxima “suaré…” (Tendiéndoles la mano.) Querido Marcelino…

DON MARCELINO.

– Adiós, Gonzalo.

DON GONZALO.

– ¡Simpático Galán!…

NUMERIANO.

– Don Gonzalo… (Le va a dar la mano.)

DON GONZALO.

– No, no… La mano, no… Otro efusivo y fra­ternal abrazo. (Se abrazan.) “ ¡Fra-ter-nal! “

ESCENA XVI

Dichos, Torrija, Pepe Manchón, Tito Guiloya y Pablito Picavea.

TODOS. (Desde la primera izquierda, aplaudiendo.)

– ¡Bravo, bravo!

TITO.

– ¡Abrazo fraternal!

PICAVEA.

– ¡Preludio de venturas infinitas!

TORRIJA.

– ¡Hurra! … ¡Tres veces hurra!

TODOS.

– ¡Hurra!

TITO.

– ¿Conque era cierto lo que se susurraba?

DON GONZALO.

– ¡Ah!, ¿pero éstos saben…?

TITO.

– ¿Estas noticias corren como la pólvora!

MANCHÓN.

– ¡Enhorabuena, don Gonzalo!

TORRIJA.

– ¡Enhorabuena, Galán!

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Canallas!

NUMERIANO. (Ídem.)

– ¡Granujas! ¡Por éstas que me las pagáis!

TITO.

– Y aquí traemos una botella de champaña para rociar con el vino de la alegría los albores de una ventura que todos deseamos inacabable.

MANCHÓN.

– Adelante, Menéndez. (Pasa Menéndez, primera iz­quierda, con servicio de copas de champaña.)

DON GONZALO.

– Se acepta y se agradece tan fina y delicada cortesía. Gracias, queridos pollos, muchas gracias.

TITO.

– Escancia, Torrija. (Se sirve el champaña.) Señores: le­vanto mi copa para que este glorioso entronque de Galanes y Trevélez proporcione a un futuro hogar horas de bienan­danza, y a Villanea hijos preclaros que perpetúen sus glorias y enaltezcan sus tradiciones.

TODOS. (Con las copas en alto.)

– ¡Hurra!

DON GONZALO.

– Gracias, señores, gracias… Y yo, profunda­mente emocionado, quiero corresponder con un breve dis­curso a la… (En este momento, se escucha en el piano de enfrente el “Torna a Sorrento”, y a poco la voz de Florita, que lo canta de un modo exagerado y ridículo.)

TITO.

– ¡ Silencio!

TORRIJA.

– ¡Callad!… (Quedan exageradamente atentos.)

DON GONZALO. (Casi con emoción.)

– ¡Es ella!… ¡Es ella, Ga­lán!… ¡Es un ángel!

TITO.

– ¡Qué voz! ¡Qué extensión!… (Suena un timbre.) ¡Qué timbre!

TORRIJA.

– ¡Qué timbre más inoportuno!

DON GONZALO. (Indignado.)

– ¡Pararle, hombre, pararle!

TORRIJA.

– ¡A don Gonzalo!… Eso es, en una pieza, la Pareto y la Galicursi.

MANCHÓN.

– ¡Yo la encuentro más de lo último que de lo pri­mero!

TODOS.

– Mucho más, mucho más…

DON GONZALO.

– Silencio…; no perder estas notas… (Todos ca­llan. Florita acaba con una nota aguda y estalla una ovación.)

TODOS.

– ¡Bravo, bravo!… (Aplauden.)

DON MARCELINO.

– ¡Bravo, FLORITA, bravo!

FLORITA.(Levanta la persiana a manera de telón y se asoma saludando.)

– Gracias, gracias. (Baja la persiana.)

TODOS. (Volviendo a aplaudir.)

– ¡Bravo, bravo!

DON GONZALO.

– ¡Es un ángel! ¡Es un ángel!

FLORITA. (Volviendo a levantar la persiana)

– Gracias, gracias… ¡Muchas gracias! (Vuelve a bajarla.)

MANCHóN.

– ¡Admirable!

TORRIJA.

– ¡Suprema!

DON GONZALO. (Se limpia los ojos.)

– ¡Son lágrimas!… ¡Son lágrimas!… ¡Cada vez que canta me hace llorar!

TITO. (Fingiendo aflicción.)

– ¡Y a todos, y a todos!

FLORITA. (Vuelven a aplaudir. Levanta la persiana, sonríe y tira un beso.)

– ¡Para Galán! (Felicitaciones, abrazos y ví­tores.)

TELÓN


ACTO SEGUNDO

Jardín de la casa de Trevélez. Es por la noche. Luces artísticamente combinadas entre el follaje y las ramas de los árboles. A la derecha, en primer término, hay un poético rincón esclarecido por la luz de la luna y en el que se verá una pequeña fuente con un surtidor; a los lados, dos banquillos rústicos. A la izquierda, hacia el foro, fi­gura que está la casa. En este punto resplandece una mayor ilumina­ción y se escucha la música de un sexteto y gran rumor de gente.

ESCENA PRIMERA

Maruja, Conchita, Quique y Nolo, por el foro izquierda.

MARUJA.

– ¡Ay, sí, hija; sí, por Dios!… Vamos hacia este rincón.

QUIQUE.

– Esto está muy poético.

CONCHITA.

– Por lo menos muy solo.

NOLO.

– Solísimo.

MARUJA.

– A mí estas cachupinadas me ponen frenética.

QUIQUE.

– ¡Pero, por Dios, qué gente tan cursi hay aquí!

MARUJA.

– No ; allí, allí…

QUIQUE.

– Eso he querido decir.

MARUJA.

– Pues ha dicho usted lo contrario, hijo mío.

CONCHITA.

– ¿Y has visto a Florita?

NOLO.

– ¡Qué esperpento!

CONCHITA.

– La visten sus enemigos.

MARUJA.

– ¡Eso quisiera ella!… Ni eso.

CONCHITA.

– ¡Con ese pelo y con esa figura que me gasta, po­nerse un traje salmón! … Ja, ja! …

MARUJA.

– Está como para tomar bicarbonato.

QUIQUE.

– ¿Y qué me dicen ustedes de su amiguita inseparable, de Nilita, la de Palacios?…

CONCHITA.

– ¡Cuidado que es orgullosa!… Acaba de decirme que ella no baila más que con los muchachos de mucho di­nero.

MARUJA.

– Ya lo dice Catalina Ansúrez, que ésa es como un trompo; sin guita, no hay quien la baile.

QUIQUE.

– ¡Ja, ja!

CONCHITA.

– ¡ Y mire usté que llamarse Nilita!

NOLO.

– Yo, cuando voy a su casa, no fumo.

CONCHITA.

– ¿Por qué?

NOLO.

– Me da miedo. Eso de Nilita me parece un explosivo… ¡La «nilita»!

MARUJA.

– ¡No tiene el valor de su Petronila!

TODOS. (Riendo.)

– ¡Ja, ja!

CONCHITA.

– Y habrán comprendido ustedes que esta cachupi­nada la dan los Trevélez para presentarnos al novio, a Galán.

MARUJA.

– No lo presentarán como galán joven ¿eh?

QUIQUE.

– Ni mucho menos. (Ríen todos.)

ESCENA II

Dichos, Tito y Torrija, por la izquierda.

TITO.

– ¡Caramba!… ¡Coro de murmuración; como si lo viera!

MARUJA.

– Ay, hijo, ¿en qué lo ha conocido usted?

TITO.

– Mujeres junto a una fuente, y con cacharros…, a mur­murar, ya se sabe.

QUIQUE.

– Oiga usted, señor Guiloya: eso de cacharros, ¿es por nosotros?

TITO.

– Es por completar la figura retórica.

QUIQUE.

– ¿Y por qué no la completa usted con sus deudos?

TITO.

– No los tengo.

QUIQUE.

– Bueno; pues con sus deudas, que ésas no dirá usted que no las tiene.

TORRIJA.

– ¡Ja, ja!… (Fingiendo una gran risa.) ¡Pero has vis­to qué gracioso!…

TITO.

– ¡Calla, hombre! Si este joven creo que hace unos chis­tes con los apellidos, que dice su padre que por qué no será todo el mundo expósito…

MARUJA.

– Es que si el chico fuera muy gracioso, ¿qué iban a hacer los demás?

TITO.

– Bueno; pero vamos a ver. ¿Se murmuraba o no se mur­muraba?

MARUJA.

– No se murmuraba, hijo; sencillos comentarios.

TITO.

– No; si no me hubiesen extrañado las represalias, por­que hay que oír cómo las están poniendo a ustedes allí, en aquel cenador precisamente.

MARUJA.

– ¡Ay, sí! ¿Y quién se ocupa de nosotros, hijo?

TORRIJA.

– Pues Florita, su despiadada, su eterna rival de usted.

MARUJA.

– ¿Y qué decía, si puede saberse?

TORRIJA.

– Que no puede usted remediarlo, que desde que sabe usted que ella se casa, que se la come la envidia. Que por eso se han venido ustedes tan lejos.

TITO.

– Y que toda la vida se la ha pasado usted poniéndole dos luces a San Antonio, una para que le dé a usted novio y otra para que se lo quite a las amigas.

TORRIJA.

– Pero que ya puede usted apagar la segunda.

TITO.

-Y la primera.

MARUJA.

– ¿Y les ha mandado a ustedes a soplar, eh?… ¡Muy bien, muy bien!… (Todos ríen.)

QUIQUE. (Aparte.)

– Chúpate esa.

NOLO. (Ídem.)

– Tiene gracia.

TITO.

– Pues si oye usted a Aurorita Méndez…, ¡qué horror!…, decía que no sabe qué atractivo tiene usted para que la asedien tantos pipiolos.

NOLO.

– Oiga usted, señor Guiloya: ¿eso de pipiolos es por nosotros?

TITO.

– Es por completar la figura retórica.

TORRIJA.

– Y la ha puesto a usted un mote que ha sido un éxito.

TITO.

– La llama “El Paraíso de los niños”.

MARUJA.

– ¡Muy gracioso, muy gracioso!… ¿Y eso lo ha dicho Aurorita Méndez? ¡Me parece mentira que diga esas cosas la hija de un catedrático!

CONCHITA.

– Una pobrecita más flaca que un fideo y que lleva un escote hasta aquí.

MARUJA.

– Y no sé para qué, porque enseña menos que su padre…

QUIQUE.

– ¡Que es el colmo!

MARUJA.

– Como que cuando esa marisabia hizo el bachillerato, decían los chicos que el latín era lo único que tenía sobre­saliente.

CONCHITA.

– ¡Déjalas…; ya quisieran!

NOLO.

– No haga usted caso. Siempre ha habido clases.

MARUJA.

– Eso lo dirá el padre, porque ella tiene vacaciones para un rato… “¡El Paraíso de los niños!…” Vamos hacia allá, que voy a ver si le digo dos cositas y me convierto en “El infierno de los viejos…”

NOLO Y QUIQUE.

– Muy bien, muy bien. ¡Bravo bravo! (Vanse izquierda.)

TITO.

– Va que trina. (Riendo.)

TORRIJA.

– ¡Esta noche se pegan!…

TITO.

– Eso voy buscando.

TORRIJA.

– ¡Eres diabólico!

ESCENA III

Dichos, Picavea y Manchón.

PICAVEA.

– Oye, ¿qué le habéis dicho a Maruja Peláez, que va echando chispas?

TORRIJA.

– Las cosas de éste; que ya le conoces.

TITO.

– ¿Y Galán, y Galán?…; ¿cómo anda, tú?

MANCHÓN.

– ¡Calla, chico; medio muerto!

PICAVEA.

– Allí le tenéis al pobre, en brazos de Florita, lívido, sudoroso, jadeante… Pasan del “Fox trot” al “Guau Step”, y del “Guan step” al “tuesten” sin tomar aliento.

MANCHÓN.

– Y en el tuesten le hemos dejado.

PICAVEA.

– Está que echa hollín.

TITO.

– ¡Formidable, hombre; os digo que formidable!…

PICAVEA.

– Bueno, tú; pero yo creo que debías ir pensando en buscar una solución a esta broma, porque el pobre Galán, en estos quince días, se ha quedado en los huesos.

MANCHÓN.

– ¡Está que no se le conoce!

TORRIJA.

– ¡Da lástima!

TITO.

– Señor; ¿pero no era esto lo que nos proponíamos? Las bromas, pesadas, o no darlas.

MANCHÓN.

– Sí; pero es que este hombre está en un estado de excitación, que ya has visto los dos puntapiés que le ha dado a Picavea en el vestíbulo.

PICAVEA.

– ¡Qué animal!… ¡Como que si no le sujetáis, me tienen que extraer la bota quirúrgicamente!

TITO.

– ¿Se ha enterado don Gonzalo del jaleo?

TORRIJA.

– Creo que no. Pero, en fin, yo también temo que Galán, si apuramos mucho la broma, en su desesperación, confiese la verdad y se produzca una catástrofe.

TITO.

– No asustarse, hombre; si le tiene a don Gonzalo más miedo que nosotros.

PICAVEA.

– Bueno; pero es que, además, estos pobres ancianos han tomado la cosa tan en serio, que, según dicen, Florita

se está haciendo hasta el “trousseau”. Y vamos, hasta este extremo, yo creo que…

TITO.

– Nada, hombre; no apuraros. Ya me conocéis… ¿Habéis visto la gracia con que he complicado todo esto?… Pues mucho más gracioso es lo que estoy tramando para des­hacerlo.

LOS TRES.

– ¿Y qué es?, ¿qué es?

TITO.

– Permitidme que me lo reserve. Lo tengo todavía medio urdido. Os anticiparé, sin embargo, que es un drama pasional, que voy a complicar en él nuevos personajes y que tiene un desenlace muy poético, inesperado y sentimental…

PICAVEA.

– Bueno; pero…

TITO.

– Ni una palabra más. Pronto lo sabréis todo.

MANCHóN.

– Chis…, silencio. Mirad: Galán que viene agoni­zante en brazos de don Marcelino.

TORRIJA.

– ¡Pobrecillo!

TITO.

– Huyamos. (Vanse izquierda riendo.)

ESCENA IV

Numeriano Galán y don Marcelino, por la derecha.

NUMERIANO. (Desesperado, deprimido, con cara de fatiga y medio llorando.)

– ¡Ay, que no…; ay, que no puedo más, se­ñor Córcoles!… Yo me marcho, yo huyo, yo me suicido. Todo menos otro “fox trot”.

DON MARCELINO. (Conteniéndole.)

– Pero espera, hombre, por Dios: ten calma.

NUMERIANO.

– No; no puedo. ¡Otro “guan step” y fallezco! Esta broma está tomando para mí proporciones trágicas, espeluznantes, aterradoras… Yo me voy, me voy… ¡Déjeme usted!…

DON MARCELINO.

– ¡Pero, por Dios, Galán, no seas loco! Ten calma…

NUMERIANO.

– No; no puedo más, don Marcelino; porque, apar­te del terror que me inspira don Gonzalo…, es que, Florita… ¡ Florita me inspira mucho más terror todavía!… (Se vuelve aterrado.) ¿Viene?

DON MARCELINO.

– No; no tengas miedo, hombre.

NUMERIANO.

– No; si no es miedo, ¡es pánico!…; porque sé­palo usted todo, don Marcelino… ¡Es que la he vuelto loca!

DON MARCELINO.

– ¿Loca?

NUMERIANO.

– ¡Está loca por mí!… ¡pero loca furiosa!

DON MARCELINO.

– ¿Es posible?

NUMERIANO.

– Lo que sintió Eloísa por Abelardo fue casi una antipatía personal comparado con la pasión que he encendido en el alma volcánica de esta señorita…, y la llamo señorita por no agraviar a ninguna especie zoológica. Figúrese usted que me obliga a estar a su lado para hablarme de amor durante ¡nueve horas diarias!

DON MARCELINO.

– ¡Nueve!

NUMERIANO.

– ¡Y cuando me voy, me escribe!

DON MARCELINO.

– ¡Atiza!

NUMERIANO.

– Mientras estoy en la oficina me escribe… Me voy a comer y me escribe… Me meto en el baño…

DON MARCELINO.

– ¿Y te escribe?

NUMERIANO.

– Me cablegrafía. ¡Lleva en el bolsillo una caja de pastillas de sublimado y una “browing” por si la aban­dono! Las pastillas, para mí; la “browing”, para…; digo, no… Bueno; no me acuerdo; pero yo en el reparto salgo muy malparado. ¡Dice que me mata si la dejo!

DON MARCELINO.

– Eso es lo peor.

NUMERIANO.

– No, quia. Lo peor es que como sabe usted que pinta, me está haciendo un retrato.

DON MARCELINO.

– ¿Al óleo?

NUMERIANO.

– Al pastel. Y tengo que poner la mirada dulce…

DON MARCELINO.

– Es natural.

NUMERIANO.

– Y estarme hora y media inmóvil, vestido de ca­zador, con aquellos dos perros del regalito, que se me están comiendo el sueldo, y una liebre en la mano, en esta actitud. (Hace una postura ridícula.)

DON MARCELINO.

– Como diciendo: ¡ahí va la liebre!

NUMERIANO.

– ¡Sí, señor, y así quince días!… ¡Quince!… ¡Fí­gúrese usted cómo estaré yo y cómo estará la liebre!

DON MARCELINO.

– ¡Y cómo estarás de pastel!

NUMERIANO.

– Que paso por una pastelería y me vuelvo de espaldas. No le digo a usted más. ¡Con lo goloso que yo era!

DON MARCELINO.

– ¡Qué horror!

NUMERIANO.

– Bueno; pues mientras me acaba el pictórico, me ha pedido el retrato fotográfico, ha mandado sacar ocho am­pliaciones y dice que me tiene en el gabinete y en el co­medor y en los pasillos…, ¡Y yo no paso de aquí, don Marcelino, no paso de aquí!

DON MARCELINO.

– ¡Pobre Galán!…; pero, claro, lo que sucede es lógico. Una mujer que ya había perdido sus ilusiones ve renacer de pronto…

NUMERIANO.

– Lo ve renacer todo. ¡Qué ímpetu, qué fogosi­dad!… ¡Con decirle a usted que ya está bordando el juego de novia!

DON MARCELINO.

– ¡Hombre, por Dios, procura evitarlo!

NUMERIANO.

– ¿Pero cómo?… Si para disuadirla hasta la he di­cho que está prohibido el juego y no me hace caso. Ayer me enseñó dos saltos de cama (figúrese usted el salto mío) para preguntarme que cómo me gustaban más los saltos, si con caídas o sin ellas.

DON MARCELINO.

– Tú le dirías que los saltos sin caídas.

NUMERIANO.

– Yo no sé lo que le dije, don Marcelino, porque yo estoy loco. Puedo jurarle a usted que, en mi desesperación, más de tres veces he venido a esta casa resuelto a confesarle la verdad a don Gonzalo; pero, claro, le encuentro siempre tirando a las armas, o con los guantes de boxeo puestos, dán­dole puñetazos a una pelota que tiene sujeta entre el techo y el suelo…

DON MARCELINO.

– Un “punching-ball”.

NUMERIANO.

– No sé cómo se llama; pero como a cada puñe­tazo la pelota oscila de un modo terrible y la habitación re­tiembla, yo me digo: ¡Dios mío, si le confieso la verdad y se ciega y me da a mí uno de ésos en el balón (Por la cabeza.), pasado mañana estoy prestando servicio en el Pur­gatorio.

DON MARCELINO.

– No, hombre, no, por Dios… Ten ánimo, no te apures.

NUMERIANO.

– Sí, no te apures; pero el compromiso va crecien­do y esos miserables burlándose de mí. ¡Maldita sea…!

DON MARCELINO.

– ¡Ah, oye; lo que te aconsejo es que te moderes, porque Gonzalo me acaba de preguntar que por qué le has dado dos puntapiés a Picavea en el vestíbulo, y no he sabido qué decirle.

NUMERIANO.

– Y los mato, no lo dude usted; los mato como no busquen a este conflicto en que me han metido una so­lución rápida, inmediata. ¡Es necesario, es urgentísimo!

DON MARCELINO.

– Descuida, que creo lo mismo, y en ese sen­tido voy a hablarle a Tito Giloya.

NUMERIANO.

– ¡Sí; porque yo no espero más que esta noche para tomar una resolución heroica!

DON MARCELINO.

– Aguárdame aquí. Voy a hablarles seriamen­te. No tardo.

NUMERIANO.

– Oiga usted, don Marcelino: si Flora le pregunta que dónde estoy, dígale que me he subido a la azotea, há­game el favor. Siquiera que tarde en encontrarme, porque me andará buscando, de seguro.

DON MARCELINO.

– Descuida. (Vase izquierda.)

ESCENA V

Numeriano Galán; luego, Florita.

NUMERIANO. (Cae desfallecido sobre un banco.)

– ¡Ay, Dios mío! Bueno; yo hace quince días que no duermo, ni como, ni vivo… ¡Y yo que nunca he debido un céntimo, me he hecho hasta tramposo!… Porque entre los dos perros y el marco, que lo estoy pagando a plazos, se me va la mitad del sueldo. ¡Qué cuadrito!… Don Gonzalo le llama “la mancha”, pero quia. Es muchísimo más grande. La Mancha y la Alcarria, todo junto. ¡No le he puesto más que un listón alrededor y me ha subido a veinticinco duros!… ¡Ay!, yo estoy enfer­mo, no me cabe duda. Tengo dolor de cabeza, inquietud, espasmos nerviosos; porque además de todo esto, esa mujer me tiene loco. Es de una exaltación, de una vehemencia y de una fealdad que consternan. Y luego tiene unas indirec­tas… Ayer me preguntó si yo había leído una novela que se titula “El primer beso”, y yo no la he leído; pero aunque me la supiera de memoria… ¡Esas bromitas, no! Y para colmo, habla con un léxico tan empalagoso, que para estar a su altura me veo negro. Aquí me he venido huyendo de ella… Aquí, siquiera por unos momentos, estoy libre de esa visión horrenda, de esa visión…

FLORITA. (Apartando el ramaje del fondo de la fuente, asoma su cara risueña y dice melodiosamente.)

– ¡Nume!

NUMERIANO.(Levantándose de un salto tremendo. Aparte.)

– ¡Cuerno!… ¡La visión!

FLORITA.

– Adorado Nume.

NUMERIANO. (Con desaliento.)

– ¡ Florita!

FLORITA.(Saliendo, lo mira.)

– ¡Pero cuán pálido! ¡Estás in­coloro! ¿Te has asustado?

NUMERIANO. (Desfallecido.)

– Si me sangran, no me sacan un coágulo.

FLORITA.

– Pues yo, errabunda, hace un rato que de un lado a otro del parterre vago en tu busca, ¿Y tú, amor mío?

NUMERIANO.

– ¡Yo vago también; pero más vago que tú, me había sentado un instante a delectarme en la contemplación de la noche serena y estrellada!…

FLORITA.

– ¡Oh Nume!… Pues yo te buscaba.

NUMERIANO.

– Pues si yo sé que me buscas, te juro que corro, que corro a tu encuentro.

FLORITA.

– Y dime, Nume: ¿qué hacías en este paradisíaco rincón?

NUMERIANO.

– Rememorarte. (Aparte.) Con más elegancia, ni D’Anunzzio.

FLORITA.

– ¡Ah Nume mío, gracias, gracias! ¡Ah, no puedes suponerte cuánto me alegro encontrarte en este lugar recón­dito!

NUMERIANO.

– Bueno; pero, sin embargo, yo creo que debíamos irnos, porque si alguien nos sorprendiera arrinconados y extá­ticos, podía macular tu reputación incólume, y eso molesta­ríame.

FLORITA.

– ¿Y qué importa, Nume?… ¡La felicidad es un pá­jaro azul que se posa en un minuto de nuestra vida y des­pués levanta el vuelo, y Dios sabe en qué otro minuto se volverá a posar!

NUMERIANO.

– Sí ; pero figúrate que ahora viene el pájaro y se posa; pero luego pasa uno y nos lo espanta y encima lo divulga, y ¿qué pasa? Pues que te pesa. Hay que estar en todo. (Intenta irse.)

FLORITA. (Deteniéndole.)

– Nume, no seas tímido. La dicha es efímera. Siéntate, Nume.

NUMERIANO.

– No me siento, Florita. (Aparte.) ¡A solas la tengo pánico!

FLORITA.

– Anda, siéntate, porque quiero en este rincón de en­sueño pedirte una revelación… (Le obliga a sentarse.)

NUMERIANO.

– ¡Una revelación!… Bueno; si eres rápida y sin­tética, atenderéte ; pero si no, alejaréme. Habla.

FLORITA.

– Vamos a ver, Nume, con franqueza: ¿por qué te he gustado yo?

NUMERIANO.

– Por nada.

FLORITA.

– ¿Cómo?

NUMERIANO.

– Quiero decir que no me has gustado por nada y… me has gustado por todo. Te he encontrado…

FLORITA.

-¿Qué?… ¿Qué?…

NUMERIANO.-Te he encontrado un no sé qué…, un qué sé yo…, un algo así, indefinible; un algo raro. ¡Raro, esa es la pa­labra!

FLORITA.

– Bueno; ¿qué te han gustado más, los ojos, la boca, el pie?

NUMERIANO.

– Ah, eso, no, no…; detallar, no he detallado. Me gustas en globo, vamos…

FLORITA.

– ¡En globo! ¡Qué concepto tan elevado!

NUMERIANO.

– Sí; elevadísimo; lo más elevado posible…, como corresponde a mi admiración.

FLORITA.

– ¡Ah Nume mío, gracias, gracias!

NUMERIANO.

– No hay de qué.

FLORITA.

-Y dime, Nume, una simple pregunta: ¿tú has visto por acaso en el “cine” una película que se titula “Luchando en la oscuridad”?

NUMERIANO.

– ¿En la oscuridad?… No; yo en la oscuridad no he visto nada.

FLORITA.

– ¡Lo decía, porque en una de sus partes hay una escena tan parecida a ésta!

NUMERIANO. (Aterrado.)

– ¿Sí? (Intenta levantarse. Ella le de­tiene.)

FLORITA.

– Es un jardín. Un rincón poético, una fontana rumo­rosa, la luna discreta, dos amantes apasionados…

NUMERIANO. (Con miedo creciente.)

– ¡Qué casualidad!

FLORITA.

– De pronto los amantes, yo no sé por qué, se miran, se prenden de las manos, se atraen.

NUMERIANO. (Aparte.)

– ¡Cielos!

FLORITA.

– Y un beso une sus labios; un beso largo, prolon­gado; uno de esos besos de “cine”, durante los cuales todo se atenúa, se desvanece, se esfuma, se borra, y… aparece un letrero que dice “Milano Films”. Pues bien, Nume: ese final…

NUMERIANO.

– ¡No, no…; jamás…, Florita! Cálmate o pido socorro… No quiero dejarme llevar de la embriaguez. ¡Yo no llego al Milano ni aunque me emplumen!…

FLORITA.

– ¡Pero, Nume mío!…

NUMERIANO.

– No, Flora; hay que hacerse fuertes… Vámonos, vida mía. Vámonos o llamo. (Se escucha planísimo el vals de “Eva”.)

FLORITA. (Exaltada.)

– Espera…, atiende… ¡Oh, esto es un pa­raíso! … ¿No escuchas?

NUMERIANO.

– Sí ; el vals de “Eva”.

FLORITA.

– ¡Delicioso!

NUMERIANO.

– Delicioso; pero vámonos.

FLORITA.

– ¡Divina, suave, enloquecedora melodía de amor! ¿Quieres que nos vayamos como en las operetas?…

NUMERIANO.

– Vámonos, y vámonos como te dé la gana.

FLORITA.-¡Oh Nume!… (Se van bailando el vals.)

NUMERIANO.

– ¡Por Dios, Florita, no aprietes, que congestionas! (Hacen mutis bailando. Vanse por la izquierda.)

ESCENA VI

Dichos y don Gonzalo, por la izquierda.

DON GONZALO. (Los saca cogidos cariñosamente, a ella de una mano y a él de una oreja. Ella baja la cabeza risueña y ru­borosa, ocultando la cara tras el abanico; él aterrado, aunque tratando inútilmente de sonreír.)

– ¡Venid, venid acá, pi­carillos irreflexivos, imprudentes!…

FLORITA—¡Ay, por Dios, Gonzalo! … ¡Cogiónos!

DON GONZALO.

– ¡Aquí, en un rincón, y los dos solitos…!

NUMERIANO.

– Don Gonzalo, por Dios, yo neguéme; pero ella insistióme y complacíla ; ¿qué iba a hacer?

DON GONZALO. (Cambiando la fingida expresión de enfado por otra risueña.)

– No, hombre, no; si lo comprendo. Los enamo­rados son como los pájaros: siempre buscando las frondas apartadas, los lugares silenciosos…

FLORITA. (Muy digna.)

– ¡Pero, por Dios, Gonzalo!, a pesar de la soledad, no vayas a creer que nosotros…!

NUMERIANO.

– Yo aseguro a usted que ha sido una cosa mera­mente fortuita.

DON GONZALO.

– ¿Fortuita?… ¡Cállese el seductor!

FLORITA.

– ¡Huy, seductor!…

NUMERIANO.

– Don Gonzalo, yo le juro…

DON GONZALO.

– Ahora que yo confío, amigo Galán, en su caballerosidad, y espero que este tesoro encomendado a su hidalguía…

NUMERIANO.

– ¡Por Dios!, ¿quiere usted enmudecer?… ¡Ni aunque nos sorprendiese usted en el Trópico!

DON GONZALO.

– Ya lo sé, ya lo sé… Y vaya, pase esto como una ligereza de chiquillos, y ahora que estamos los tres jun­titos, venid acá, parejita feliz. Venid y decidme…: ¿sois muy dichosos, muy dichosos?… La verdad…

NUMERIANO.

– Hombre, don Gonzalo…, yo…

DON GONZALO.

– No me diga usted más. (A Flora.) ¿Y tú?

FLORITA.

– Mucho, mucho, mucho. No hay paleta, por muy pa­leta que sea, que tenga colores suficientes para pintar mi felicidad.

DON GONZALO.

– ¡Oh, qué feliz, qué venturoso me hacéis!… ¡Ah querido Galán, ya lo ve usted…, en ese corazoncito ya no vivo yo solo. (Con pena.)

FLORITA.

– ¡Por Dios, Gonzalo!

DON GONZALO.

– Sí. ¡Otro cariñito ha penetrado en él artera­mente y apenas queda ya sitio para el pobre hermano!…

NUMERIANO.

– ¡Hombre, don Gonzalo, yo sentiría que por mí…!

DON GONZALO.

– ¡Ah, pero no me importa!… Ámela usted con este acendrado amor con que yo la amo, y si la veo dichosa, me resignaré contento a la triste soledad en que voy a que­darme.

NUMERIANO.

– Don Gonzalo, por Dios; si le va a usted a servir esto de un disgusto tan grande…, yo estoy dispuesto incluso a renunciar a…

FLORITA.

– ¡Pero calla, por Dios!…; ¿qué estás diciendo?… Si son tonterías de éste… Chocheces. ¡Egoísmos de viejo! …

DON GONZALO.

– Sí, sí…; egoísmos. Pero, por Dios, riquita, no te enfades. Y ¡ea!… Perdonad a un hermano impertinente esta pequeña molestia… Y venga usted acá… ¡Oh amigo mío, ha elegido usted tarde; pero ha elegido usted bien!

FLORITA.

– Vamos, calla; por favor, Gonzalo.

DON GONZALO.

– ¡Yo no digo que físicamente Florita sea una perfección; pero es un conjunto tan armónico, tan suges­tivo, tan atrayente!… Ni es alta ni baja, ni rubia ni more­na…; es más bien castaña…; ¡pero qué castaña!… Y mi­rándola…, cuántas…, cuántas veces he recordado los versos del jocundo, del galante arcipreste de Hita: “Cata, mujer fermosa, donosa e lozana, que non sea mucho luenga, otro si nin enana.”

FLORITA.

– Estatura regular, vamos. (Alardeando de la suya.)

DON GONZALO.

– “Que teña ojos grandes, fermosos, relucientes, e de luengas pestañas, bien claros e reyentes.”

FLORITA. (Los abre mucho.)

– Como, por ejemplo…

DON GONZALO.

– “Las orejas pequeñas, delgadas. Para al mientes. Si ha el cuello alto, que a tal quieren las gentes La nariz afilada…”

FLORITA.

– Bueno; eso…

DON GONZALO.

– “Los dientes menudillos, los labios de la boca bermejos, angostillos. La su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa. Puña de haber mujer que la veas de prisa, que la talla del cuerpo te dirá esto a guisa e complida de hombros e con seno de peña, ancheta de caderas; esta es talla de dueña”

(Flora ha ido siguiendo el relato con gesto y ac­titudes que demuestran su identidad con las versos.)

FLORITA.

– El señor arcipreste parece que me conocía de toda la vida.

DON GONZALO.

– ¿Qué tal, qué tal el retratito?

NUMERIANO.

– Un verdadero calco.

DON GONZALO. (A Flora.)

– Y respecto a ti, vamos, que tam­poco te llevas costal de paja.

NUMERIANO.

– Hombre, tanto como costal…

FLORITA. (Riendo coquetonamente.)

– ¡Y aunque fuera costal, cargaría con él!

DON GONZALO. (Riendo.)

– ¿Oyóla usted, afortunado Galán?…

NUMERIANO.

– Oíla, oíla…

DON GONZALO.

– Bueno, y ahora, como recuerdo de esta noche memorable, voy a hacerle a usted un regalito.

NUMERIANO.

– ¡No; eso sí que no; regalitos de ninguna manera, don Gonzalo, por lo que más quiera usted en el mundo!

DON GONZALO.

– No; si no nos causa extorsión… Es un reta­blo gótico, estofado, siglo diecisiete, con un tríptico atribuido a Valdés Leal, nueve metros de altura por seis de ancho; una verdadera joya. Manda usted restaurar el estofado, que es lo que está peor…

NUMERIANO.

– Claro, figúrese usted, un estofado de tantos siglos.

DON GONZALO.

– Y por tres mil pesetas…

NUMERIANO.

– Sí, bueno; pero tres mil pesetas por un estofado, comprenderá usted… Además, que es cosa a la que no he tenido nunca gran afición…

DON GONZALO.

– Entonces, nada digo… Y ea, amigo Galán, ade­lántesenos usted; evitemos la maledicencia, que no nos vean llegar juntos. Les separo a ustedes, pero sólo unos minutos. No me guarde usted rencor.

NUMERIANO.

– No, no; quia… ¡Cómo rencor!…, ¡por Dios!… Aprovecharé para ir a la sala de billar.

FLORITA.

– Bueno ; pero no tardes, ¿eh?

NUMERIANO.

– Descuida.

FLORITA.

– ¡Como tardes, te escribo!

NUMERIANO.

– No, no; por Dios… Seguiréte raudo… ¡Adiós! (Aparte.) ¡Maldita sea! ¡No sé a qué sabrá el ácido prúsico, pero esto es cincuenta veces peor! (Vase por la izquierda.)

ESCENA VII

Flora y don Gonzalo.

DON GONZALO.

– Habrás comprendido que, aun a trueque de enojarte, he alejado a Galán intencionadamente.

FLORITA.

– Figurémelo.

DON GONZALO.

– ¿Te ha dicho al fin por qué le dio las dos punteras a Picavea?

FLORITA.

– ¡Ay!, ni me he acordado de preguntárselo; ¿que­rrás creerlo?

DON GONZALO.

– ¡Pero, mujer!…

FLORITA.

– ¡No te extrañe, Gonzalo; el amor es tan egoísta!… Pero, ah, yo lo sospecho todo.

DON GONZALO.

– ¿Qué sospechas?

FLORITA.

– Que Picavea y Galán se han ido a las manos; mejor dicho, se han ido a los pies por causa mía.

DON GONZALO.

– ¿Será posible?

FLORITA.

– Como sabes que los dos me hacían el amor desde los balcones del Casino y he preferido a Galán, observo que Picavea está así como celoso, como sombrío, como despecha­do. No se aparta de Tito Guiloya. Los dos miran a Nume­riano y se ríen. Y, además, hace unos minutos he visto a Picavea en un rincón del jardín hablando misteriosamente con Solita.

DON GONZALO.

– ¿Con tu doncella?

FLORITA.

– Con mi doncella. ¿Tratará de comprarla?

DON GONZALO.

– ¿De comprarla qué?

FLORITA.

– De ganar su voluntad para que le ayude, quiero de­cir… Lo sospecho, porque al pasar por entre los evónivus, sin que me vieran, le oí decir a ella: “¡Pero por qué ha hecho usted eso, señorito; qué locura!” Y él la contestaba: “¡Por derrotar a Galán haré hasta lo imposible; llegaré hasta la infamia, no lo dudes!”

DON GONZALO.

– ¡Oh, qué iniquidad! ¿Pero has oído bien, Florita?

FLORITA.

– Relatélo según oílo, Gonzalo. No palabra más ni palabra menos. Yo estoy aterrada, porque en el fondo de todo esto veo palpitar un drama pasional.

DON GONZALO.

– Verdaderamente, hemos debido alejar de nues­tra casa a Picavea con cualquier pretexto.

FLORITA.

– Al menos, no haberle invitado.

DON GONZALO.

– Sí; pero a mí me parecía incorrecto sin mo­tivo alguno hacer una excepción en contra suya.

FLORITA.

– Sí, es verdad; pero ¡ay!, Gonzalo. No sé qué me temo. ¿Tramará algo en la sombra ese hombre?

DON GONZALO.

– No temas; descuida. Por todo cuanto has di­cho, yo también sospecho que algo trama. Pero estaré vi­gilante y a la primera incorrección, ¡ay de él!

FLORITA.

– Por Dios, Gonzalo, ¡efusión de sangre, no!

DON GONZALO.

– Descuida. Sé lo que me cumple. No le perderé de vista. (Canse por la izquierda.)

ESCENA VIII

Don Marcelino, Numeriano, Tito, Torrija, Picavea y Manchón, por el foro izquierda.

DON MARCELINO.

– Oye, pero venid, venid en silencio… Venid acá… Pero ¿es posible lo que decís?

TITO.

– Lo que oye usted, don Marcelino.

PICAVEA.

– ¡Albricias! ¡Albricias, Galán! ¡Estás salvado!

NUMERIANO.

– Yo no lo creo, no me fío.

TORRIJA.

– Que sí, hombre, que se le ha ocurrido a éste una solución ingeniosísima, formidable. ¡No puedes imaginártela!

PICAVEA.

– Prodigiosa, estupenda… Ya lo verás…

MANCHÓN.

-Y que lo acaba felizmente, sin que nadie sospeche que esto ha sido una broma.

NUMERIANO. (A Don Marcelino.)

– ¿Será posible?

DON MARCELINO.

– Veamos de qué se trata.

TITO.

– Te advierto que es una cosa que requiere algún valor.

NUMERIANO.

– Sacadme de este conflicto en que me habéis me­tido, y Napoleón a mi lado es una señorita de compañía.

MARCELINO.

– Bueno; decid, decid pronto… ¿Qué es?

PICAVEA.

– Cuéntalo tú. Verán ustedes qué colosal.

TITO.

– Acercaos, no nos oigan. Es una cosa que tiene su asunto.

NUMERIANO.

– ¿Asunto? (Se agrupan con interés.)

TITO.

– Se trata de representar un drama romántico. Decora­ción: este jardín; la noche, la luna… Argumento: con cual­quier motivo se procura que la señorita de Trevélez venga hacia aquí. Tras ella viene Picavea…

PICAVEA.

– Aparezco yo…

TITO.

– Siguiendo solapado y cauteloso sus pasos leves.

NUMERIANO.

– Leves para vosotros; para mí, de pronóstico. Adelante.

TITO.

– Picavea, apelando a un recurso cualquiera, denota su presencia. Ella, sorprendida, al verle, dirá: “¡Ah! ¡Oh!”; en fin, la exclamación que sea de su agrado y entonces éste, con frase primero emocionada; luego vibrante, y, al fin, trá­gica, le da a entender en una forma discreta que hace tiempo que la ama de un modo ígneo. Como Florita le ha visto muchas veces en los balcones del Casino atisbando sus ven­tanas, caerá fácilmente en engaño, como cayó contigo. Y una vez conseguido esto, Picavea se manifiesta francamente ri­val tuyo. Le dice que te confió el secreto de su amor, y que tú te anticipaste, traicionándole, y a partir de esta acusación te insulta, te injuria, te calumnia… En esto, surges tú de la enramada, como aparición trágica, lívido, descompuesto, con los ojos centelleantes, las manos crispadas, y te increpa, le vituperas, le agredes… Suena un ¡ay!, dos gritos, y éste te da a ti cuatro bofetadas…

NUMERIANO.

– ¿Cuatro bofetadas a mí? Encima de…

TITO.

– Son indispensables.

DON MARCELINO.

– Pero ¿no se podría hacer un reparto más proporcional?

TITO.

– No, porque las bofetadas han de dar lugar a un duelo, y el duelo es precisamente la clave de mi solución.

NUMERIANO.

– ¿De modo que tras lo uno…, lo otro…? (Acción de pegar.)

DON MARCELINO.

– Cállate… Sigue.

TITO.

– Galán, ofendido por la calumnia y por los golpes, le envía a éste los padrinos; pero Picavea se niega en absoluto a batirse, alegando que éste, encima de robarle el amor de Florita, le quiere quitar la vida, y que él rendirá la vida a manos de Galán, pero el amor de Florita, no. Y en con­secuencia, que impone como condición precisa para batirse que los dos han de renunciar a ella, sea cual fuere el re­sultado del lance.

MANCHÓN.

– ¡ Admirable!

NUMERIANO.

– ¡Lo de renunciar yo, colosal!

TITO.

– Tú en seguida la escribes a tu prometida una carta he­roica, diciendo que por no aparecer como un cobarde sa­crificas tu inmenso amor, y al día siguiente se simula el duelo, y tú, fingiéndote herido, te estás en cama ocho días con una pierna vendada.

NUMERIANO.

– No, las piernas déjamelas libres por lo que pueda suceder.

DON MARCELINO.

– Sí, no metas las piernas en el argumento.

TITO.

– Las amigas consolarán a Florita; nosotros convence­remos a don Gonzalo para que vuelva a dedicarse a la aeros­tación y se distraiga, y “tuti contenti”. ¿Eh, qué tal?

MANCHÓN.

– ¡Estupendo!

NUMERIANO.

– ¿Qué le parece a usted, don Marcelino?

DON MARCELINO.

– Mal, hijo; ¿cómo quieres que me parezca?… Ahora, que como yo no veo solución ninguna, lo que me im­porta es que termine pronto el engaño de estas pobres perso­nas, sea como sea. Haced lo que queráis. (Vase por la izquier­da.)

NUMERIANO.

– Entonces, yo debo limitarme a salir cuando éste…

MANCHÓN.

– Tú vienes con nosotros, que ya te diremos.

TITO.

– ¡Callad! Florita viene hacia aquí…, y viene sola…

PICAVEA.

– Como anillo al dedo. Pues no perdamos la ocasión. Cuanto antes mejor. ¿No os parece? Dejadme solo. Marchaos pronto.

TORRIJA.

– ¡Que te portes como quien eres!

PICAVEA.

– Zacconi me envidiaría. ¡Ya me conocéis cuando me pongo lánguido y persuasivo!

NUMERIANO.

– ¡Oye, y a ver cómo me das esas dos bofetadas, que no me molesten mucho!

PICAVEA.

– ¡Cuatro, cuatro!…

TITO.

– Por aquí…; silencio. (Vanse por el foro derecha. Picavea se oculta en el follaje.)

ESCENA IX

Picavea y Florita, por la primera izquierda.

FLORITA. (Como buscándole.)

– ¡Nume!… ¡Nume!… ¡No está! (Llama otra vez.) ¡Nume!… Pero ¿qué ha sido de ese hom­bre, si dijo que vendría en seguida?… ¿Estará acaso…? ¡Dios mío, cuando se ama ya no se vive! (Llama de nuevo.) ¡Nu­me!…

PICAVEA. (Apareciendo.)

– ¡ Florita!

FLORITA.

– ¡Ah!…, ¿quién es?

PICAVEA.

– Soy yo.

FLORITA. (Aparte.)

– ¡Él! (Alto.) ¡Picavea!… ¿Usted?

PICAVEA.

– Soy yo, que venía siguiéndola.

FLORITA.

– ¿Siguiéndome?… ¡Qué extraño!… Pues… es la pri­mera vez que no noto que me siguen…

PICAVEA.

– Es que he procurado recatarme todo lo posible.

FLORITA.

– ¿Recatarse, por qué?

PICAVEA.

– Porque deseaba ardientemente una ocasión para poder hablar a solas con usted.

FLORITA.

– ¿A solas conmigo?… (Aparte.) ¡Ay, lo que yo te­míame! (Alto.) ¿Y dice usted que a solas?

PICAVEA.

– A solas, sí.

FLORITA. (Con gran dignidad.)

– Señor Picavea, usted no ignora que en mis actuales circunstancias yo no puedo hablar a solas con un hombre sin infringirle un agravio a otro. Ya no dis­pongo de mi libre albedrío. Beso a usted la mano, como suele decirse. (Hace una reverencia y se dispone a marchar.)

PICAVEA. (Le coge la mano para retenerla.) ¡Por Dios, Florita, un instante!

FLORITA.

– He dicho que beso a usted la mano, conque suélteme usted la mano.

PICAVEA.

– Yo la ruego que me escuche una palabra, una sola palabra.

FLORITA.

– Si no es más que una, oiréla por cortesía. Hable.

PICAVEA.

– Florita, yo no ignoro su situación de usted, desgra­ciadamente.

FLORITA.

– ¿Cómo desgraciadamente?

PICAVEA.

– Desgraciadamente, sí… No quito una letra. Y com­prenderá usted que cuando ni el respeto a las circunstancias en que usted se halla ni el temor a ninguna otra clase de inci­dentes me detiene, muy grave y muy hondo debe ser lo que pretendo decirla.

FLORITA. (Aparte.)

– ¡Dios mío! (Alto.) ¡Pero, Picaveal…

PICAVEA.

– ¡Más bajo!… ¡Pueden oírnos!

FLORITA.

– ¡Ay; pero por Dios, Picavea!…

PICAVEA.

– ¡Más bajo!… ¡Pueden oírnos!

FLORITA.

– ¡Ay; pero por Dios, Picavea!… Ese tono, esa emo­ción… Está usted pálido, tembloroso… Me asusta usted. ¿De qué se trata? Hable usted pronto… Hable usted deprisa.

PICAVEA.

– ¿De prisa?

FLORITA.

– De prisa, sí; me desagradaría que nos sorprendieran. Nume es muy celoso. Hable.

PICAVEA.

– Florita, ¿usted no ha observado nunca que yo, día tras día, me he estado asomando al gabinete de lectura del Casino, para mirar melancólicamente a sus ventanas?

FLORITA.

– ¡Oh, Picavea!

PICAVEA.

– Conteste usted… Diga usted.

FLORITA.

– Pues bien, sí; la verdad, lo he notado. Muchas veces le he visto a usted con una “Ilustración” muy deteriorada en la mano, ojeando las viñetas y soslayando de vez en vez la mirada hacia mi casa; pero yo atribuílo a mera curiosidad.

PICAVEA.

– ¿De modo que no ha caído usted en el verdadero motivo?

FLORITA.

– No ; yo me asomaba a la ventana, pero no caía.

PICAVEA.

– Pues ha debido usted de caer.

F LORITA.

– ¡Picavea!

PICAVEA.

– Ha debido usted de caer. El poema de las miradas saben leerlo todas las mujeres.

FLORITA.

– ¡Oh Dios mío!… ¿De modo, Picavea, que usted tam­bién…?

PICAVEA.

-¡Sí, Florita, sí…; yo también la amo!

FLORITA. (Aparte.)

– ¡Dios mío! Pero ¿qué tendré yo de un mes a esta parte que cada hombre que miro es un torrezno?

PICAVEA. (Cogiéndola de la mano.)

– Y si usted quisiera, Florita; si usted quisiera, todavía…

FLORITA. (Tratando de desasirse.)

– ¡Ay, no!, por Dios, Picavea, suélteme usted; suélteme usted, por compasión, que no me pertenezco.

PICAVEA.

– ¿Y qué me importa?

FLORITA.

– Suélteme usted, por Dios… Repare usted que aún no estoy casada.

PICAVEA.

– Sí, es verdad. No sé lo que hago. Usted perdone.

FLORITA. (Aparte.)

– ¡Pobrecillo! (Alto.) ¡Pero oiga usted, Pi­cavea, por Dios!… ¿Usted por qué ha de amarme?… No tiene usted motivos…

PICAVEA.

– ¡El amor no se escoge ni se calcula, Florita!

FLORITA.

– Olvídeme usted.

PICAVEA.

– No es posible.

FLORITA.

– Acepte usted una amistad cordial. No puedo ofre­cerle más. Déjeme usted ser dichosa con Galán: le quiero. Es mi primer amor, mi único amor, y por nada del mundo de­jaríale.

PICAVEA. (Aparte.)

– Esta señora es un Vesubio ambulante. Ten­go que apretar. (Alto.) ¿De modo, Florita, que no aborre­cería usted a ese hombre de ninguna manera?

FLORITA.

– Ni aunque me dijesen que era Pasos Largos, ya ve usted.

PICAVEA.

– ¿Y si fuera tan miserable que hubiese jugado con su amor de usted?…

FLORITA.

– ¡Oh, eso no es posible!… (Sonriendo.) ¡Pero si no vive más que para mí! ¿Lo sabré yo?

PICAVEA.

– Bueno; pero si a pesar de todo a usted le probaran que ese hombre había jugado vilmente con su corazón, ¿qué haría?

FLORITA.

– ¡Oh, entonces mataríale; mataríale, sí, lo juro!

PICAVEA.

– Pues bien, Florita, lo que va usted a oír es muy cruel, pero hace falta que yo lo diga y que usted lo sepa. Galán no es digno del amor de usted.

FLORITA. (Aterrada.) ¡Picavea!

PICAVEA.

– ¡Galán es un miserable!

FLORITA.

– ¡Jesús! Pero ¿qué está usted diciendo? ¡Miente usted! ¡El despecho, la envidia, los celos, le hacen hablar así!

PICAVEA.

– ¡No, no; es un bandido, porque le confié el amor que usted me inspiraba y se me adelantó como un miserable! Además, ese hombre es un criminal que no merece su ca­riño, porque sépalo de una vez… ¡Ese hombre tiene cuatro hijos con otra mujer!

FLORITA. (Aterrada, enloquecida.)

– ¡Ah!… ¡Oh!… ¡Cuatro hijos! ¡Falso, eso es falso! ¡Pruebas, pruebas!

PICAVEA.

– Sí, lo probaré. Traeré los cuatro hijos si hace falta. Esa mujer se llama Segunda Martínez.

FLORITA.

– ¡Oh, cuatro hijos de Segunda!

PICAVEA.

– Vive en Madrid, Jacometrezo, noventa y dos. Galán es un canalla. Yo lo sostengo. (Picavea hace señas con la mano para que salga Galán.)

ESCENA X

Dichos, Don Gonzalo; después, Galán, Torrija, Guiloya y Manchón; luego, don Marcelino. Don Gonzalo sale cautelosamente y cae de un modo fiero y terrible sobre Picavea, cogiéndole por el cuello.

DON GONZALO.

– ¡Ah, granuja! ¡Te has vendido!

PICAVEA. (Trémulo de dolor.) ¡Don Gonzalo!

FLORITA.

– ¡Por Dios, Gonzalo! ¡No le mates!

DON GONZALO.

– Lo que sospechábamos… ¿Lo ves? ¿Lo estás viendo?

PICAVEA.

– Pero don Gonzalo, por Dios, que yo…

DON GONZALO.

– ¡Silencio, o te ahogo, miserable!

FLORITA.

– Ay, Gonzalo, cálmate!

DON GONZALO.

– ¡Quieres con tus calumnias destrozar la felici­dad de dos almas, pero no te vale, reptil! Te hemos descu­bierto el juego.

PICAVEA.

– ¡Don Gonzalo, que yo no he dicho… que no era esa!… ¡Ay, que me ahoga!

DON GONZALO.

– ¡Baja la voz, canalla, y escúchame! No mereces honores de caballero, pero yo no puedo prescindir de mi no­ble condición. Mañana te mataré en duelo.

FLORITA.

– ¡Ay, no, Gonzalo!

PICAVEA.

– No, don Gonzalo, eso sí que no…; en duelo no, que yo soy inocente.

DON GONZALO.

– Te mataré como a un perro; y ahora, a la ca­lle, en silencio, sin escándalo, sin ruido… que no se entere nadie… (Se lo lleva hacia la izquierda.)

PICAVEA.

– ¡Pero, don Gonzalo!

DON GONZALO. (Dándole un puntapié.)

– ¡Largo de aquí, calum­niador!…

PICAVEA.

– ¡Pero atiéndame usted!

DON GONZALO.

– ¡A la calle!… Ni una palabra más. (Picavea vase despavorido por la primera izquierda.)

NUMERIANO. (Saliendo aterrado.)

– Pero don Gonzalo, ¿qué es esto? ¿Qué pasa? (Le siguen Torrija, Guiloya y Manchón.) ¡Está usted lívido!

FLORITA.

– ¡Ay Nume, Nume !… (Se acerca a él.)

DON MARCELINO. (Saliendo.)

– ¿Qué sucede? ¿Qué ha ocurrido?

DON GONZALO.

– Nada, nada, que voy a matar a un calumniador, nada más. Ya te lo explicaré todo. Ahora basta que diga de­lante de todos que mi hermana es para usted. Esto nadie ten­drá poder para impedirlo, y ahora, como desagravio, un abra­zo Galán, un fuerte y fraternal abrazo.

NUMERIANO.

– ¡Don Gonzalo! (Cae desfallecido en sus brazos.)

DON GONZALO. (Mirándole.)

– ¿Pero qué es esto? ¡Esa inercia!… ¡Esa palidez!… (Sacudiéndole.) ¡Galán!… ¡Galán!… ¡Se ha desvanecido!

FLORITA.

– Nume, Nume… ¡Ay, que no me oye!… (Sacudién­dole.) Nume, escucha… Nume, mira…

DON GONZALO.

– ¿Pero qué será esto?

DON MARCELINO.

– La emoción, la sorpresa, el disgusto quizá… Hacedle aire…

FLORITA.

– ¡Llevémosle a la cama!…

NUMERIANO. (Recobrándose súbitamente.)

– No, nada, nada…, ya se me pasa; no es nada. El sombrero, el bastón…

DON GONZALO.

– De ninguna manera. Usted no sale de esta ca­sa. Va usted a tomar un poco éter. A mi cuarto, a mi cuarto. Y por Dios, señores… Confío en su discreción. Ni una palabra de todo esto… Silencio, silencio… (Don Gonzalo y Florita se llevan a Galán por la izquierda.)

DON MARCELINO. (A los guasones, que quedan aterrados.) ¡Pi­cavea ha subido al cielo!

TELÓN


ACTO TERCERO

Cuarto gimnasio en casa de don Gonzalo. Puertas practicables en primer término izquierda y segundo derecha. Un balcón grande al foro. Por la escena, aparatos de gimnasia: escaleras, pesas, poleas; en la pared, panoplias con armas y caretas de esgrima, y por el suelo una tira de linóleo y una colchoneta. Cerca del foro, un “punching-ball” prendido del techo y del suelo. A la izquierda, una mesita con una botella de agua y dos vasos. En primer término izquierda, mesa, y encima algunos libros, periódicos, escribanía, carpeta, papel, caja con cigarros, etc., etc. En segundo término izquierda, un bargueño, y en uno de sus cajones, un revólver. Junto a las paredes, divanes; en la pared del primer término derecha, una percha con dos toallas grandes. Sillas y sillón de cuero. Es de dia. En el balcón, una gran cortina.

ESCENA PRIMERA

Don Gonzalo y don Arístides. Aparecen los dos en traje de esgrima con las caretas de sable puestas. Don Arístides da a don Gonzalo una lección de duelo.

DON ARÍSTIDES.

– Marchar, marchar. Encima. En guardia. (Don Gonzalo va ejecutando todos estos movimientos de esgrima que el profesor le manda.) Marchar. Batir bajo. Otra vez. Uno, dos. Uno, dos, tres. Marchar. Finta de estocada y encima. En guar­dia. Romper. (La segunda vez que Don Gonzalo retrocede obedeciendo la voz de mando del profesor, tropieza con la mesita que habrá al foro y derriba los cacharros que habrá en ella.) Pero no tanto.

DON GONZALO.

– ¡Demonio, qué contrariedad! En fin, adelante.

DON ARÍSTIDES.

– Marchar cambiando. Estocada. Encima. Otra vez pare y conteste. Otra vez. Batir. Revés. Pequeño descanso. (Se quita la careta.)

DON GONZALO. (Quitándosela también.)

– ¿Y cómo me encuentra usted, amigo Arístides?

DON ARÍSTIDES.

– ¿A qué hora es el duelo?

DON GONZALO.

– A las seis de la tarde.

DON ARÍSTIDES.

– Se merienda usted al adversario. Seguro.

DON GONZALO.

– ¿Estoy fuerte?

DON ARÍSTIDES.

– Superabundantemente fuerte. Pétreo.

DON GONZALO.

– Picavea creo que no tira.

DON ARÍSTIDES.

– Ni enganchado. Si se pueden emplear en estos lances los términos taurinos, diré a usted que en la corridita de esta tarde, más bien becerrada, por lo que al adversario se refiere, se viene usted a su casa con una ovación y una oreja… más las dos suyas naturalmente.

DON GONZALO.

– Pues a mí me habían dicho que Picavea en cuestión de sable era un practicón.

DON ARÍSTIDES.

– Cuando estaba sin destino, sí, señor. Pero aho­ra…, ¿lo sabré yo, que he sido su maestro?…

DON GONZALO.

– En fin, ¿reanudamos?

DON ARÍSTIDES.

– Vamos allá. (Requieren las armas y vuelven a la lección.) Finta de estocada marchando. Encima. Romper. Uno, dos. Marchar. Dos llamadas.

DON GONZALO.

– Con permiso. Un momento. Voy a llamar al criado que se lleve estos cacharros. (Hace que toca un timbre.)

DON ARÍSTIDES.

– En guardia. Uno, dos. Marchar. Revés. Rom­per. Encima, pare y conteste. Marchar. Batir. Salto atrás.

CRIADO.

– ¡Señor! (No le hacen caso.)

DON ARÍSTIDES.

– Marchar. A ver cómo se para, vivo… (Comien­za un asalto movidísimo. Las armas chocan con violencia.)

CRIADO. (Vuelve a acercarse temeroso.)

– Señor… (Siguen el asal­to, avanzando y retrocediendo, sin hacerle caso, y el Criado, viéndose en el peligro, se pone una careta de esgrima y se acer­ca decididamente.) Señor…

DON GONZALO.

– ¿Qué quieres, hombre?

CRIADO.

– No, yo es que como me ha llamado el señor…

DON GONZALO.

– Sí, hombre, que recojas esos cacharros.

CRIADO.

– Está bien señor. (Los recoge sin quitarse la careta, lue­go se marcha huyendo de los golpes de sable, que continúan.)

DON ARÍSTIDES.

– Tajo. Uno, dos. Salto atrás. Marchar. Uno, dos, tres. Salto atrás. Marchar.

DON GONZALO.

– ¿Vamos?

DON ARÍSTIDES.

– No. (Quitándose la careta.) Con eso y los padri­nitos que trae usted, no hace falta más, porque creo que sus padrinos son Lacasa y Peña.

DON GONZALO.

– Lacasa y Peña.

DON ARÍSTIDES.

– Entonces las condiciones serán durísimas, es­toy seguro.

DON GONZALO.

– Imagínese usted.

DON ARÍSTIDES.

– Para intervenir ésos, el duelo tiene que ser a muerte. No rebajan ni tanto así. Los conozco.

DON GONZALO.

– Además, las instrucciones que yo les he dado son severísimas: nada de transigencias, nada de blanduras.

DON ARÍSTIDES.

– Pues no doy veinticinco centavos por la epi­dermis de Picavea.

(Se cambian las chaquetas de esgrima, Don Arístides por su americana y Don Gonzalo por una chaqueta elegante de caza.)

DON GONZALO.

– ¡Oh, ese canalla!… ¿No sabe usted lo que hizo anoche en el Casino a última hora?

DON ARÍSTIDES.

– Sabe Dios.

DON GONZALO.

– Abofeteó e injurió a Galán horriblemente.

DON ARÍSTIDES.

– ¡Qué bárbaro!

DON GONZALO.

– En tales términos, que Galán me ha escrito agradeciendo la defensa que hice de su honor, pero recabando el derecho de batirse con Picavea antes que yo.

DON ARÍSTIDES.

– No lo consienta usted de ninguna manera.

DON GONZALO.

– Ni soñarlo. Picavea ofendió en mi propia casa a mi hermana, proponiéndola una indignidad, valido de una calumnia. Yo soy, pues, el primer ofendido.

DON ARÍSTIDES.

– Sin duda ninguna.

DON GONZALO.

– Lacasa y Peña harán valer mis derechos.

DON ARÍSTIDES.

– ¡Buenos son ellos!

DON GONZALO.

– Y además, cuando Galán le envió los padrinos, ¿sabe usted la condición que imponía Picavea para batirse?… ¡Pues que fuese cual fuese el resultado del lance, los dos habían de renunciar a mi hermana, so pretexto de no sé qué lirismos ridículos!…

DON ARÍSTIDES.

– ¡Es un hombre perverso!

DON GONZALO.

– Ni más ni menos. Pero figúrese el disgusto de la pobre Flora cuando supo por Marcelino que Galán quizás tu­viese que aceptar la tremenda condición para que no pueda atribuirse su negativa a cobardía… ¡Un disgusto de muerte! En vano trato de tranquilizarla. No descansa, no duerme, no vive. ¡Cuando más feliz se creía!… ¡Y todo por culpa de ese miserable! ¡Ah, no tengo valor para hacer daño a nadie pero la vida le hace a uno cruel, y como pueda, mato a Pica­vea! Se lo juro a usted.

DON ARÍSTIDES.

– Lo merece, lo merece… Pues nada, don Gon­zalo, hágame usted piernas y hasta luego. (Poniéndose el som­brero.) Voy a ver a Valladares, que está muy grave.

DON GONZALO.

– ¡Ah, Valladares, sí; ya me han dicho… que se concertó el duelo en condiciones terribles!

DON ARÍSTIDES.

– A espada francesa. Con todas las agravantes.

DON GONZALO.

– ¿Y Valladares está en cama?

DON ARÍSTIDES.

– Si se va o no se va. Y el adversario también.

DON GONZALO.

– ¿También? ¿Y qué es lo que tienen?

DON ARÍSTIDES.

– Gastritis tóxica por indigestión.

DON GONZALO.

– ¡Ah! ¿Pero no es herida?

DON ARÍSTIDES.

– No, no es herida; porque desoyendo mis con­sejos, en lugar de batirse, se fueron a almorzar al Hotel Patro­cinio, y claro, les pusieron unos calamares en tinta que están los dos si se las lían. ¡Mucha más cuenta les hubiese tenido celebrar un duelo a muerte, como yo les propuse! A estas ho­ras los dos en la calle. ¡Pero calamares! ¡Quién calcula las consecuencias!… Son unos temerarios. ¡Le digo a usted!…

DON GONZALO.

– ¡ Ya, ya! … ¡Qué gentes!

DON ARÍSTIDES.

– Conque hasta luego; hágame piernas y no me olvide esa finta de estocada marchando, ¿eh?… Un, dos…, a fondo. Rápido, ¿eh?… (Vase derecha.)

DON GONZALO.

– Sí, sí; descuide, descuide… (Vuelve y toca el timbre.) Voy a ver cómo sigue esa criatura. Cree que le ocul­tamos la verdad; que Galán es quien va a batirse y está que no vive. ¡Pobre Florita! … ¡Calle! ¡Ella viene hacia aquí!

ESCENA II

Don Gonzalo y Florita.

FLORITA. (Por la izquierda, con una bata y el pelo suelto.)

– La felicidad es un pájaro azul que se posa en un minuto de nues­tra vida y que cuando levanta el vuelo, Dios sabe en qué otro minuto se volvera a posar.

DON GONZALO.

– ¡Florita!

FLORITA.

– ¡Ay Gonzalo de mi alma!… (Llora amargamente abrazada a su hermano.)

DON GONZALO.

– ¡Por Dios, Flora; no llores, que me partes el corazón!

FLORITA.

– El hado fatal cebóse en mí… Clavóme su garra si­niestra.

DON GONZALO.

– ¡Por Dios, Florita; si no hay motivo! No desesperes.

FLORITA.

– ¿Qué no hay motivo? ¿Que no desespere? … ¿Pero no te has enterado de lo que proyectan?

DON GONZALO.

– Me he enterado de todo.

FLORITA.

– Picavea ha impuesto la condición de que los dos han de renunciar a mí, sea cual fuere el resultado del lance, y cla­ro, Galán se considera en la necesidad de aceptar para que no lo crean un cobarde… ¡Y me dejarán los dos!… Y esto es demasiado, porque quedarme sin el que sucumba, bueno; pero sin el superviviente, ¿por qué, Dios mío, por qué?

DON GONZALO.

– No llores, Florita; no llores; estáte tranquila, ya te he dicho que no se baten; yo sabré evitarlo.

FLORITA.

– ¡Qué espantosa tragedia! Toda mi juventud suspiran­do por un hombre, y de pronto me surgen dos; venme, inflá­manse, insúltanse, péganse y de repente se me esfuman. ¡Esto es espantoso!… ¡Horrible!… ¿Qué tendré yo, Gonzalo, que no puedo ser dichosa?

DON GONZALO.

– Cálmate, Florita, que yo te juro que lo serás. Cálmate.

FLORITA.

– Si no puedo calmarme, Gonzalo, no puedo…; porque encima de esta amargura, Maruja Peláez me ha hecho un chiste, ¡un chiste!… en esta situación…, ¡miserable!… Dice que mi boda era imposible, porque hubiera sido una boda de un Ga­lán con una característica!… ¡Figúrate!… (Llora amargamen­te.) ¡Yo característica!…

DON GONZALO.

– ¡Infame!… ¡Escándalos, ultrajes, burlas…, y todo sobre esta criatura infeliz! ¡No, no, Florita!… No llores, seca tus ojos. ¡Ni una lágrima más! ¡Bandidos!… No; yo te juro que te casas con Galán, te casas con Galán aunque se hunda el mundo, porque el que mata a Picavea soy yo…, ¡yo!…

FLORITA.

– ¡No, eso no, Gonzalo; eso tampoco! ¡A costa de tu vida, cómo iba ya a ser dichosa!… No, déjalo; he tenido la desgracia de enloquecer a dos hombres… ¡Lo sufriré yo sola!… Entraré en un convento…

DON GONZALO.

– ¿Tú en un convento?

FLORITA.

– Sí, en un convento; profesaré en las Capuchinas…; seré Capuchina… Ya he cogido hasta el nombre. Sor María de la Luz; creo que para una Capuchina…

DON GONZALO.

– ¡Pero qué locuras estás diciendo!… ¿Crees que lejos de ti podría yo vivir tranquilo?… Calla, Florita, calla; ¡no me partas el alma!

ESCENA III

Dichos y el criado; luego, Peña y Lacasa.

CRIADO. (Por la derecha.)

– Señor…

DON GONZALO.

– ¿Quién?

CRIADO.

– Los señores Peña y Lacasa.

FLORITA.

– ¡Peña y Lacasa!… ¿Qué quieren? ¿Qué buscan aquí esos hombres siniestros?

DON GONZALO.

– Nada, nada… Déjame unos instantes. Luego ha­blaremos. Ten calma. Todo se resolverá felizmente. ¡Te lo aseguro!

FLORITA.

– ¡Ah, no, no!… La felicidad es un pájaro azul que se posa en un minuto de nuestra vida, pero levanta el vuelo…

CRIADO.

– ¿Qué?…

FLORITA.

– No te digo a ti…, ¿eres tú pájaro acaso? ¿O azul, por una casualidad? …

CRIADO.

– Es que creí…

FLORITA.

– ¡Estúpido!

DON GONZALO.

– Que pasen esos señores.

FLORITA.

– Pero levanta el vuelo y Dios sabe en qué otro minuto se volverá a posar. ¡Ah!… (Vase por la izquierda.)

CRIADO.(Asomándose a la puerta de la derecha.)

– ¡Señores!… (Los deja pasar y se retira.)

PEÑA.

– ¡Gonzalo!…

LACASA.

– ¡Querido Gonzalo!

DON GONZALO.

– Pasad, pasad y hablemos en voz baja. ¿Qué tal?

LACASA.

– ¡Horrible!

PEÑA.

– ¡Espantoso!

LACASA.

– ¡Trágico!

PEÑA.

– ¡Funesto!

DON GONZALO.

– ¿Pero qué sucede?

PEÑA.

– ¡Un duelo tan bien concebido!..

LACASA.

– ¡Una verdadera obra de arte!

PEÑA.

– Tres disparos simultáneos apuntando seis segundos.

LACASA.

– Y cada disparo avanzando cinco pasos.

PEÑA.

– Y en el supuesto desgraciado de que los dos saliesen ile­sos, continuar a sable.

LACASA.

– Filo, contrafilo y punta; a todo juego, asaltos de seis minutos… uno de descanso, permitiendo la estocada…

PEÑA.

– ¡En fin, que no había escape! Un duelo como para servir a un amigo.

LACASA.

– ¡Oh, qué ira! ¡La primera vez que me sucede!

PEÑA.

– ¡Y a mí!

DON GONZALO.

– ¡Bueno, estoy que no respiro!… ¿Queréis de­cirme al fin qué pasa?

PEÑA.

– ¡Una desdicha! Que el duelo no puede verificarse.

LACASA..

– Todo se nos ha venido a tierra.

DON GONZALO.

– ¿Pues?

PEÑA.

– Que no encontramos a Picavea ni vivo ni muerto.

DON GONZALO.

– ¿Cómo que no?

LACASA.

– Ni ofreciendo hallazgo. Unos dicen que después de la cuestión le vieron salir de tu casa y desaparecer por la boca de una alcantarilla.

PEÑA.

– Otros aseguran que no fue por la boca, sino que desde que supo que tenía que batirse contigo, marchó a su casa por un retrato, tomó un kilométrico de doce mil kilómetros y se metió en el rápido.

LACASA.

– Corren distintas versiones.

PEÑA.

– Pero Picavea, por lo visto, ha corrido mucho más que las versiones, porque no damos con él por parte alguna; ¡ni con el rastro siquiera!

LACASA.

– ¡Qué fatalidad!

DON GONZALO.

– ¿Habéis ido a su casa?

PEÑA.

– Lo primero que hicimos. Y dice la patrona que la mis­ma noche de la cuestión llegó lívido, sin apetito, y que, a ins­tancias suyas, lo único que pudo hacerle tomar fueron unas patas de liebre, unas alas de pollo y un poco de gaseosa…; cosas ligeras como ves, fugitivas…

LACASA.

– Y tan fugitivas.

PEÑA.

– Como que después de lo de las patas y las alas desapare­ció con un aviador; sospechan si para emprender el “raid” Ma­drid-San Petersburgo.

DON GONZALO.

– ¡Miserable! Pone tierra por medio.

LACASA.

– Aire, aire.

PEÑA.

– Otros compañeros de hospedaje relatan que le oyeron preguntar qué punto de Oceanía es el más distante de la Pe­nínsula.

DON GONZALO.

– ¡Cobarde!… ¡Ha huido!

PEÑA.

– ¡Los datos son para sospecharlo!

DON GONZALO.

– ¡Oh!, ¿veis?… Eso prueba que lo de Galán fue una calumnia… ¡Una repugnante calumnia! ¡Oh, que alegría, qué alegría va a tener mi hermana!… ¡Pobre Galán!… Yo que hasta había llegado a sospechar… ¡Le haré un regalo!

LACASA.

– ¡Gonzalo, ese granuja nos ha privado de complacerte!

PEÑA.

– Gonzalo, no hemos podido servirte; pero si a consecuen­cia de este asunto tuvieses que matar a otro amigo, acuérdate de nosotros.

DON GONZALO.

– Descuidad.

LACASA.

– Te serviremos con muchísimo placer. Ya nos conoces.

PEÑA.

– ¡Lances de “menu” o de papel secante, no!… Ni almuer­zos, ni actas. ¡Duelos serios, especialidad de Lacasa y mía!

DON GONZALO.

– Os estimo en lo que valéis. Gracias por todo. Adiós, Peña… Adiós, Lacasa.

LACASA.

– ¡A dos pasos de tus órdenes!

PEÑA.

– Disparando por servirte. (Saludan. Vanse por la derecha.)

DON GONZALO.

– Ha huido. Era un calumniador y un envidioso. Voy a contárselo todo a Florita; se va a volver loca de alegría. ¡Oh! Ya no hay obstáculo para su felicidad. Dentro de un mes, la boda. No la retraso ni un solo minuto. Y en cuanto a Galán, como compensación le regalaré la estatua de Saturno comién­dose a sus hijos que tengo en el jardín. Dos metros de base por tres de altura. Está algo deteriorada, porque al hijo que Saturno se está comiendo le falta una pierna…; pero, en fin, así está más en carácter. (Vase por la izquierda.)

ESCENA IV

Criado, don Marcelino y Numeriano Galán, por la derecha.

CRIADO.

– Pasen los señores. (Les deja paso y se va.)

NUMERIANO.

– ¿Ha visto usted qué par de chacales esos que salían?

DON MARCELINO.

– Peña y Lacasa. Son los padrinos de Gonzalo. Iban furiosos, y con un juego de pistolas debajo del brazo.

NUMERIANO.

– A cualquier cosa le llaman juego.

DON MARCELINO.

– Bueno, Galancito, ¿y a qué me traes aquí, si puede saberse?

NUMERIANO.

– Pues a que me ayude usted a convencer a don Gon­zalo para que me deje batirme antes con Picavea. Si no, esta­mos perdidos.

DON MARCELINO.

– Me parece que no conseguiremos nada. ¡Tú no sabes cómo está Gonzalo!

NUMERIANO.

– Entonces ¿qué hacemos, don Marcelino, qué ha­cemos?

DON MARCELINO.

– A mi juicio lo primero que hay que hacer es el borrador para la esquela de Picavea, porque Picavea sube hoy al cielo. A patadas, pero sube.

NUMERIANO.

– ¡Ay, Dios mío!… ¡Y Florita estará…?

DON MARCELINO.

– Medrosa del todo. Desde que supone que Pi­cavea y tú vais a batiros por ella, se ha puesto mucho más ro­mántica.

NUMERIANO.

– ¡Qué horror!

DON MARCELINO.

– Se ha soltado el pelo, o por lo menos el aña­dido; ha extraviado los ojos en una forma que ni anunciándolos en los periódicos se los encuentran, y anda deshojando flo­res por el jardín y preguntándoles unas cosas a las margaritas, que un día le van a contestar mal, 1o vas a ver.

NUMERIANO.

– ¡Virgen Santa!

DON MARCELINO.

– Y se ha encerrado en este dilema pavoroso: “O Galán, o Capuchina.”

NUMERIANO. (Aterrado.)

– ¿Y qué es eso?

DON MARCELINO.

– ¡No sé; pero debe ser algo terrible!

NUMERIANO.

– ¡Ay, qué miedo! ¡Por Dios, don Marcelino, ayú­deme usted a convencer a don Gonzalo! ¡Sálveme usted! ¡Es­toy desesperado! ¡Maldita sea!… De algún tiempo a esta parte todo se vuelve contra mí, ¡todo!… (Furioso, da un pu­ñetazo al “punching-ball” y, naturalmente la pelota se vuelve contra él.) ¡Caray!… ¡Hasta la pelota!…

DON MARCELINO.

– ¡Calla! Gonzalo viene.

NUMERIANO.

– ¡Elocuencia, Dios mío!

ESCENA V

Dichos y don Gonzalo, por la izquierda.

DON GONZALO. (Tendiéndoles las manos.)

– ¿Ustedes?

DON MARCELINO.

– Querido Gonzalo, vengo porque no puedes imaginar lo que está sufriendo este hombre.

DON GONZALO.

– Pero ¿por qué, amigo Galán, por qué?

NUMERIANO.

– ¡Ah, don Gonzalo, una tortura horrible me des­troza el alma! Usted sabe como nadie que el honor es mi único patrimonio; por consecuencia, de rodillas suplico a usted me permita que sea yo el que mate a ese granuja que aquella no­che nefasta enlodó mi honradez acrisolada…

DON GONZALO.

– Bueno, Galán; pero…

NUMERIANO.

– ¡No olvide usted que el miserable dijo que yo te­nía no sé que de Segunda, y yo no tengo nada de Segunda, don Gonzalo, se lo juro a usted!…

DON GONZALO.

– No, hombre; si lo creo… Y por mí, mátelo usted cuando quiera, amigo Galán.

NUMERIANO. (Abrazando a don Gonzalo.)

– ¡Gracias, gracias! ¡Oh, qué alegría! ¡Ser yo el que le atraviese el corazón!

DON GONZALO.

– Lo malo es que no va usted a poder.

DON MARCELINO. (Aterrado.)

– ¿Le has matado tú ya?

DON GONZALO.

– No me ha sido posible.

NUMERIANO.

– ¿Entonces, por qué no voy a ser yo el que le arranque la lengua?

DON GONZALO.

– Porque se la ha llevado con todo lo demás.

NUMERIANO.

– ¿Cómo que se la ha llevado?

DON MARCELINO.

– ¿Qué quieres decir?

DON GONZALO. (Riendo francamente.)

– Sí, hombre sí. Sabedlo de una vez. ¡Picavea, asustado de su crimen, ha huido!

LOS DOS. (Con espanto.)

– ¿Que ha huido?…

DON GONZALO.

– ¡Ha huido!

DON MARCELINO.

– ¡Pero no es posible!

NUMERIANO.

– ¡Eso no puede ser, don Gonzalo!

DON GONZALO.

– Y en aeroplano, según me aseguran.

DON MARCELINO.

– ¡Atiza!

NUMERIANO.

– ¡Qué ha huido!… ¡Dios mío; pero está usted oyendo qué canallada!

DON MARCELINO.

– ¡Qué sinvergüenza!

NUMERIANO.

– ¡Irse y dejarme de esta manera! ¿Es esto forma­lidad, don Marcelino?

DON GONZALO.

– ¡Cálmese, amigo Galán!

NUMERIANO.

– ¡Qué voy a calmarme, hombre!… ¡Esto no se hace con un amigo…, digo, con un enemigo! (A don Marce­lino.) ¡Irse en aeroplano!

DON MARCELINO. (Aparte.)

– ¡Y no invitarte! (Alto.) Ya, ya… ¡Qué canalla!

DON GONZALO.

– Calme, calme su justa cólera, amigo Galán. Su honor queda inmaculado, y puesto que la dicha renace para nosotros, no pensemos ya sino en la felicidad de Florita y de usted, porque mi deseo es que se casen a escape.

NUMERIANO.

– Hombre, don Gonzalo, yo a escape, la verdad…. No quiero que surjan otros incidentes. La vida está llena de asechanzas. Acaba usted de verlo.

DON MARCELINO.

– Bueno; pero Galán lo que desea es un pla­zo para…

DON GONZALO.

– No le pongo un puñal al pecho, naturalmente; pero vamos, ¿le parecería a usted bien que para la boda fi­járamos el día del Corpus? Faltan dos meses.

NUMERIANO.

– Hombre, Corpus, Corpus… No tengo yo el Cor­pus por una fecha propicia para nupcias…; no me hace a mí…

DON GONZALO.

– ¿Entonces quiere usted que lo adelantemos para la Pascua?

NUMERIANO.

– ¡Qué sé yo!

DON GONZALO.

– ¿Tampoco le hace la Pascua?

NUMERIANO.

– Como hacerme, sí me hace la Pascua; pero va­mos, es que yo…, es que yo, don Gonzalo, la verdad, quiero serle a usted franco, hablarle con toda el alma.

DON GONZALO.

– Dígame, dígame, amigo Galán.

NUMERIANO.

– ¿Dice usted que Picavea ha huido?

DON GONZALO.

– Ha huido. Indudable.

NUMERIANO.

– Pues bien: yo tengo que decirle a usted que has­ta que ese hombre parezca y yo le mate, yo no puedo casar­me, don Gonzalo.

DON GONZALO.

– ¡Por Dios, es un escrúpulo exagerado.!

NUMERIANO.

– Hágase usted cargo: si yo no vuelvo por los fueros de mi honor, ¿qué dignidad le llevo a mi esposa?

DON MARCELINO.

– Hombre; en eso el muchacho tiene algo de razón.

NUMERIANO.

– Ahora, eso sí, don Gonzalo, que parece Picavea, y al día siguiente, la boda.

CRIADO. (Desde la puerta.)

– El señor Picavea.

DON GONZALO.

– ¿Qué?

CRIADO.

– Su tarjeta.

DON GONZALO. (La toma y lee.)

– ¡Picavea! (Mostrándoles la tarjeta.)

LOS DOS.

– ¡Picavea! (Galán cae aterrado sobre una silla.)

DON GONZALO.

– Se conoce que han aterrizado. (Al Criado.) ¿Y este hombre?…

CRIADO.

– Aguarda en la antesala. Debe encontrarse algo enfer­mo. Está pálido, tembloroso. Me ha pedido un vaso de agua con azahar. Por cierto, que al ir a traérsela he visto que escondía todos los bastones del perchero.

DON GONZALO.

– ¡Ah canalla!

CRIADO.

– Dice que tiene algo extraordinario y urgente que de­cirle al señor, y que le suplica de rodillas, si es preciso, que le reciba…

DON GONZALO.

– Yo no sé hasta qué punto será correcto…

CRIADO.

– Dice que se acoge a la hidalguía del señor.

DON GONZALO.

– Basta. Dile que pase.

NUMERIANO.

– Pero ¿le va usted a recibir?

DON GONZALO.

– ¡Qué remedio!… ¿No oye usted cómo lo suplica?

NUMERIANO. (Aparte, a Don Marcelino.)

– ¡Estoy aterrado! ¿A qué vendrá ese bruto?

DON MARCELINO. (Ídem.)

– No me llega la camisa al cuerpo.

DON GONZALO.

– Vosotros pasad a esa habitación y oíd. Y por Dios, Galán, conténgase usted oiga lo que oiga. Marcelino, no le abandones.

DON MARCELINO.

-Descuida. (Vanse izquierda.)

ESCENA VI

Don Gonzalo y Picavea; luego, don Marcelino y Numeriano Galán.

PICAVEA. (Dentro.)

– ¿Da… da… da…, dada… dada… usted su per… su permiso?

DON GONZALO.

– Adelante. (Aparte.) ¡Dame calma, Dios mío; que yo no olvide que estoy en mi casa! Apartaré este sable, no me dé una mala tentación… (Coge un sable para reti­rarlo.)

PICAVEA. (Asomando la cabeza.)

– Muy bue… ¡Caray! (Se re­tira en seguida, al ver a Don Gonzalo con el sable.)

DON GONZALO.

– ¿Pero qué hace ese hombre? (Alto.) Pase usted sin miedo.

PICAVEA.

– ¡Papa… papa… pa…, pasaré, sí, señor; pe … pe… pero sin miedo es impo… es imposible!… Com… com… comprendo su… su indignación, don Gon…, don Gonzalo, y por eso…

DON GONZALO.

– Sí, señor; mi indignación es mucha y muy justa; pero acogido a la hospitalidad de estas nobles paredes nada tiene usted que temer por ahora. Tranquilícese y diga cuanto quiera.

PICAVEA.

– Don Gon…, don Gon…, don Gonzalo, yo no sé cómo agradecer a usted que me haya re… re… recibido des­pués de la su… su… susu…

DON GONZALO.

– Abrevie usted los períodos, porque entre la tartamudez y la abundancia retórica no acabaríamos nunca.

PICAVEA.

– Lo que quiero decir es que mi gratitud por la bondad de recibirme…

DON GONZALO.

– Nada tiene que agradecerme. Cumplo con mi deber de caballero. Hable.

PICAVEA. (Cayendo súbitamente de rodillas a los pies de Don Gonzalo.)

– ¡Ah, don Gonzalo, escúpame usted, máteme usted! Coja usted una de esas nobles tizonas y déme usted una es­tocada.

DON GONZALO.

– Señor mío, eso no sería digno…

PICAVEA.

– Pues una media estocada…, ¡un bajonazo!… ¡Sí! ¡Lo merezco, don Gonzalo, lo merezco por buey!

DON GONZALO.

– ¿Pero qué está usted diciendo?

PICAVEA.

– La verdad, don Gonzalo; vengo a decir toda la verdad. Yo seguramente habré aparecido a los ojos de usted como un canalla.

DON GONZALO.

– Se califica usted con una justeza que me ahorra a mí esa molestia.

PICAVEA.

– Pues bien, don Gonzalo; de todo esto tiene la culpa…

DON GONZALO.

– Ya sé lo que va usted a decirme: ¿que tiene la culpa el que mi hermana le ha vuelto a usted loco?

PICAVEA.

– ¡Quia, no, señor; qué me ha de volver a mí loco la pobre señora! Yo sólo siento por ella una admiración simplemente amistosa.

DON GONZALO.

– Entonces, ¿por qué dio usted lugar a aquella trágica escena?

PICAVEA.

– Yo, don Gonzalo, todo lo que dije y lo que hice, lo hice y lo dije por salvar a Galán únicamente.

DON GONZALO.

– ¿Cómo por salvar a Galán?… ¡No compren­do! … Salvar a Galán, ¿de qué?…

PICAVEA.

– Es que Galán, usted perdone; pero a Galán tam­poco le gusta su hermana de usted.

DON GONZALO. (Con tremenda sorpresa.)

– ¿Eh?… ¿Cómo? … ¿Qué está usted diciendo?

PICAVEA.

– Que no le gusta.

DON GONZALO.

– ¡Pero este hombre se ha vuelto loco!

PICAVEA.

– No, don Gonzalo, no. Ustedes, Galán y yo, hemos sido víctimas de un juego inicuo, y permítame que le supli­que toda la calma de que sea capaz para escucharme hasta el fin.

DON GONZALO. (Con ansiedad.)

– Hable, hable usted pronto.

PICAVEA.

– Don Gonzalo, la declaración amorosa que recibió Florita no era de Galán.

DON GONZALO.

– ¿Cómo que no?

PICAVEA.

– Fue escrita por Tito Guiloya, imitando su letra, para darle una broma de las que han hecho famoso al Guasa-Club.

DON GONZALO.

– ¡Oh! ¿Pero qué dice este necio?… ¿Qué nue­va mentira inventa este canalla?… (Va a acometerle.)

PICAVEA.

– ¡Por Dios, don Gonzalo!…

DON GONZALO.

– Yo te juro que vas a pagar ahora mismo…

ESCENA VII

Dichos, Numeriano Galán y don Marcelino.

NUMERIANO. (Saliendo.)

– Deténgase usted, don Gonzalo. Este hombre dice la verdad.

DON GONZALO. (Aterrado.)

– ¿Qué?

DON MARCELINO.

– Una verdad como un templo, Gonzalo.

DON GONZALO.

– ¿Pero qué dices?

DON MARCELINO.

– Mátanos, desuéllanos…, porque cada uno tiene en esta culpa una parte proporcional. Éste, por debili­dad, por miedo; éste, por inducción; yo, por silencio, por tolerancia…; pero lo que oyes es la verdad.

DON GONZALO. (Como enloquecido.)

– ¿Pero no sueño?… ¿Pero es esto cierto, Marcelino?

NUMERIANO.

– Sí, don Gonzalo; hemos sido víctimas de una burla cruel. Yo no me he declarado jamás a su hermana de usted. Yo no he tenido nunca intención de casarme con ella, porque ni mi posición ni mi deseo me habían determinado a semejante cosa.

DON GONZALO.

– ¿De modo que es verdad?… ¿De modo que…?

DON MARCELINO.

– Han sido esos bandidos, Tito Guiloya, Man­chón y Torrija, los que, aprovechando hábilmente una si­tuación equívoca, que ya te explicaré, y con propósitos de in­sano regocijo, de burla indigna, fraguaron esta iniquidad… ¡Una broma del Casino!

DON GONZALO.

– ¡Dios mío!

NUMERIANO.

– Y yo también soy culpable, don Gonzalo, lo re­conozco. Soy culpable, porque debí, en el primer momento, decir a ustedes lo que pasaba. Pero me faltó valor. Aparte la condición pusilánime de mi carácter, la acogida cordial, efusiva, que usted me dispensó, henchido de gozo por el bien de su hermana a la que adora en términos tan conmo­vedores, me hizo ser cobarde y preferí aguardar a que. una solución imprevista resolviera el conflicto.

DON GONZALO. (Repuesto del estupor, se levanta airado, vio­lento, tembloroso.)

– ¡Ah!…, ¡de modo que una burla!…, ¡que todo ha sido una burla!… ¿Y por el placer de una grosera carcajada no han vacilado en amargar con el ridículo el fracaso de una vida?… ¡Y para este escarnio, cien veces infame, escogen a mi hermana, alma sencilla, cuyo único delito es que se resiste a perder el derecho a una felicidad que ha visto disfrutar fácilmente a otras mujeres sólo porque la Naturaleza ha sido más piadosa con ellas! ¡Pues no, no será!

DON MARCELINO.

– ¡Gonzalo!

DON GONZALO.

– No será, y a este crimen de la burla, frío, cruel, pérfido, premeditado…, responderé yo con la violencia, con la barbarie, con la crueldad. ¡Yo mato a uno, mato a uno, Marcelino, te lo juro!

DON MARCELINO.

– ¡Cálmate, cálmate, por Dios, Gonzalo!…

DON GONZALO.

– No puedo, no puedo calmarme, Marcelino, no puedo. ¡Burlarse de mi hermana adorada, de mi hermana que­rida, a la que yo he consagrado con mi amor y mi ternura una vida de renunciaciones y de sacrificios! De sacrificios, sí. Porque vosotros, como todo el mundo, me suponéis un solterón egoísta, incapaz de sacrificar la comodidad personal a los desvelos e inquietudes que impone el matrimonio. Pues sabedlo de una vez: nada más lejos de mi alma. En mi co­razón, Marcelino, he ahogado muchas veces (y algunas Dios sabe con cuánta amargura) el germen de nobles amores que me hubiesen llevado a un hogar feliz, a una vida fecunda. Pero surgía en mi corazón un dilema pavoroso; u obligaba a mi hermana a soportar en su propia casa la vida triste de un papel secundario, o había yo de marcharme, dejándola en una orfandad que mis nuevos afectos hubiesen hecho más triste y más desconsoladora. ¡Y por su felicidad he renunciado siempre a la mía!

DON MARCELINO.

– Eres un santo, Gonzalo.

DON GONZALO.

– Hay más. Ésta es para mí una hora amarga de confesión; quiero que lo sepáis todo, todo… Yo he lle­gado por ella, entiéndelo bien, sólo por ella, hasta el ridículo.

DON MARCELINO.

– ¡Gonzalo!

DON GONZALO. (Con profunda amargura.)

– Sí; porque yo, yo soy un viejo ridículo, ya lo sé.

DON MARCELINO.

– ¡Hombre!…

DON GONZALO.

– Sí, Marcelino, sí; hasta el ridículo. Un ridículo consciente, que es el más triste de todos. Yo, y per­donadme estas grotescas confesiones, yo me tiño el pelo; yo, impropiamente, busco entre la juventud mis amistades. Yo visto con un acicalamiento amanerado, llamativo, inconve­niente a la seriedad de mis años. Y todo esto, que ha sido y es en el pueblo motivo de burla, de chacota, de escarnio, yo lo he padecido con resignación y lo he tolerado con hu­mildad, porque lo he sufrido por ella.

DON MARCELINO.

– ¿Por ella?

DON GONZALO.

– Sí; por ella. Como entre Florita y yo la di­ferencia de años es poca, las canas, las arrugas, los achaques en mí la producían un profundo horror, una espantosa cons­ternación. Veía en mi vejez acercarse la suya, y yo entonces quise parecer joven solamente para que Florita no se creyese vieja. Y para atenuarla el espectáculo del desastre, puse sobre esta cabeza, que para ser respetada debía ser blanca, y so­bre este cuerpo ya caduco unas ridículas mentiras que con­servaran en ella la pueril ilusión de una falsa juventud. Esto ha sido todo. (Llora.)

DON MARCELINO. (Conmovido.) ¡Gonzalo!…

PICAVEA.

– Don Gonzalo, perdón; somos unos miserables.

NUMERIANO.

– Usted es un santo, don Gonzalo, un santo, y si no le pareciese absurdo lo que voy a decirle, yo me ofrezco a reparar esta broma infame casándome con Florita, si usted quiere.

DON GONZALO.

– No, gracias, amigo Galán; muchas gracias. Pasado ese impulso generoso de su alma buena, quedaría la realidad: mi hermana, con sus años…; usted, con su natural desamor… Imagínese el espanto. Quedémonos en el ridículo; no demos paso a la tragedia.

NUMERIANO.

– Sí, sí, don Gonzalo; lo comprendo; pero por lo que se refiere a Tito Guiloya, a Manchón, a Torrija…, a todos los del Guasa-Club, yo ruego a usted que me conceda el derecho a una venganza bárbara, ejemplar…; a una ven­ganza…

ESCENA VIII

Dichos, el criado; luego, Tito Guiloya, por la puerta de la derecha.

CRIADO.

– Señor…, este caballero.

DON GONZALO. (Leyendo la tarjeta.) ¡Hombre…, Dios le trae! Aquí le tenemos.

DON MARCELINO.

– ¿Quién?

DON GONZALO.

– Tito Guiloya.

PICAVEA y NUMERIANO.

– ¡Él!

DON GONZALO.

– Viene a continuar la burla.

PICAVEA. (Coge un sable.)

– Pues permítame usted que yo…

NUMERIANO. (Coge una espada.)

– Y déjeme usted a mí que le…

DON GONZALO.

– Quietos. En mi casa, y en cosas que a mí tan tristemente se refieren, yo soy quien debo hablar.

DON MARCELINO.

– Pero, por Dios, Gonzalo…

DON GONZALO.

– Descuida, estoy tranquilo.

NUMERIANO.

– Pero nosotros…

DON GONZALO.

– Métanse ustedes ahí. Les suplico un silencio absoluto. (Al Criado.) Que pase ese señor. (Se meten los tres detrás de las cortinas de la ventana, de modo que al entrar el visitante no los vea.) Un silencio absoluto, vean lo que vean y oigan lo que oigan.

TITO. (Desde la puerta.)

– ¿Da usted su permiso, queridísimo don Gonzalo?

DON GONZALO.

– Adelante.

TITO.

– Perdone usted, mi predilecto y cordial amigo, que venga a molestarle; pero… altos dictados de caballerosidad, que los hombres de honor no podemos desatender, me impelen a esta lamentable visita.

DON GONZALO.

– Tome asiento y dígame lo que guste. (Se sientan.)

TITO.

– Don Gonzalo, usted y yo somos dos hombres de honor.

DON GONZALO.

– Uno.

TITO.

– Usted perdone: dos, o yo no sé matemáticas.

DON GONZALO.

– Sabe usted matemáticas. Uno. Adelante.

TITO.

– Bueno ; pues yo vengo con la desagradable misión de convencer a usted de que el señor Picavea, mi apadrinado, debe batirse, antes que con usted, con ese canalla, con ese reptil, con ese bandido de Galán, cuyas infamias probaremos cumplidamente.

DON GONZALO.

– ¡Chis!… No levante usted la voz, no sea que le oiga.

TITO.

– Pero ¿cómo va a oírme?

DON GONZALO.

– Fíjese.

(Galán le saluda con la mano.)

TITO. (Dando un salto.)

– ¡Carape! (Lleno de asombro.) Pero ¿qué es esto? (A Picavea.) ¿Tú aquí?… ¿Y con Galán?… Pero ¿no habíamos quedado en que yo vendría a buscar una solución honrosa al…? (Picavea hace un gesto encogiendo los hombres, como el que quiere expresar: “Qué quieres que te diga”) Pero ¿cómo se justifica la presencia aquí de Pi­cavea, cuando habíamos quedado en que tú…? (Galán hace el mismo gesto de Picavea.) Don Marcelino, yo ruego a us­ted que justifique esta situación inexplicable en que me hallo, porque es preciso que yo quede como debo. (Don Marcelino hace el mismo gesto.) ¿Es decir, que ninguno de los tres…? Señores, por Dios, que yo necesito que a mí se me deje en el sitio… (Los tres indican con la mano que espere, que no tenga prisa.), en el sitio que me corresponde, no confundamos. (Pausa. Ya muy azorado.) Bueno, don Gonzalo; en vista de la extraña actitud de estos señores, yo me atrevería a supli­car a usted unas ligeras palabras que hicieran más airosa esta anómala situación. (Don Gonzalo hace el mismo gesto.) ¡Tampoco!… ¡Caray, comparado con esta casa el colegio de sordomudos es una grillera… ¡Caramba, don Gonzalo, por Dios!… Yo ruego a usted…, yo suplico a usted…, que acabe esta broma del silencio, si es broma, y que se me abra siquiera… un portillo por donde yo pueda dar una excusa y oír una réplica, buena o mala, pero una réplica! Yo, hasta ahora, no sé qué es lo que sucede. Hablo, y la con­testación que se me da es un movimiento de gimnasia sueca. (Lo remeda.) Interrogo, y no se me responde.

DON GONZALO. (Se levanta y, clavándole los ojos, se dirige a él. Guiloya retrocede aterrado. Al fin le coge la mano.)

– Y más vale que sea así.

TITO.

– -Don Gonzalo, por Dios; que yo no venía aquí…

DON GONZALO.

– Usted venía aquí a lo que va a todas partes: a escarnecer a las personas honradas, a burlar a aquellos in­felices que por achaques de la vida o ingratitudes de la Naturaleza considera víctimas inofensivas de su cinismo.

TITO. (Aterrado.)

– ¿Yo?…

DON GONZALO.

– ¡Usted!… Y por eso, creyéndonos dos viejos ridículos, ha cogido usted el corazón de mi hermana y el mío y los ha paseado por la ciudad, entre la rechifla de la gente, como un despojo, como un airón de mofa.

TITO.

– ¿Que yo he hecho eso?… ¡Don Gonzalo, por la Santa Virgen!… Hombre, decidle, habladle, hacer el favor. (Los tres el gesto.)

DON GONZALO.

– Pero para todos llega en la vida una hora im­placable de expiación. Usted, hombre jovial, cínico, desapren-

sivo, cruel, no la sentía venir, ¿verdad?… Pues para usted esa hora ha llegado, y es ésta. Siéntese ahí.

TITO. (Muerto de miedo, tembloroso.)

– ¡Don Gonzalo!

DON GONZALO.

– Siéntese ahí. Si usted estuviese en mi lugar y mi hermana fuera la suya y sintiera usted caer sobre su vida adorada ese dolor amargo y lacerante de la burla de todo un pueblo, ¿qué haría usted conmigo?…

TITO.

– ¡Bueno, don Gonzalo;pero es que yo…! ¡Hombre, por Dios, salvadme!…

DON GONZALO.

– Aquí tiene usted papel, pluma y una pistola…

TITO. (Dando un salto.)

– ¡Don Gonzalo!

DON GONZALO.

– Si conserva un resto de caballerosidad, escriba una ligera exculpación para nosotros y hágase justicia.

TITO. (Enloquecido de horror, coge la pistola tembloroso.)

-¡Ay, por Dios, don Gonzalo, perdón!

DON GONZALO.

– ¡Hágase justicia!

DON MARCELINO.

– ¡Oye; pero hazte justicia hacia aquel lado, que nos vas a dar a nosotros!

TITO. (Cayendo de rodillas.)

– Don Gonzalo, perdón. ¡Ya estoy arrepentido!… Le juro a usted que no volveré más…

DON GONZALO. (Quitándole la pistola violentamente.)

– ¡Cobar­de, mal nacido!… ¡Vas a morir!

TITO. (En el colmo del terror, da un salto y se esconde detrás de los tres.)

– ¡Socorro!… ¡Socorro!… ¡Salvadme!

NUMERIANO. (Aterrado.)

– ¡Por Dios, don Gonzalo, desvíe el cañón… ; que está usted muy tembloroso!

DON GONZALO.

– ¡Canalla! ¡Miserable!… ¡Que se vaya pronto, que se vaya o le mato!

DON MARCELINO.

– ¡A la calle!…, ¡a la calle! ¡Fuera de aquí, granuja!… (Le da un puntapié y lo echa puertas afuera.)

PICAVEA.

– Vamos a hacerle los honores de la casa… (Coge un sable y sale tras él.)

NUMERIANO.

– ¡De la Casa de Socorro! (Coge otro sable y sale escapado.)

DON GONZALO. (Todavia excitado.)

– ¡Cobarde! ¡Infame! ¡Lo he debido estrangular…, he debido matarlo!

DON MARCELINO.

– Cálmate, Gonzalo, cálmate. ¡No vale la pena! ¿Qué hubieras conseguido? ¡Matas a Guiloya!, ¿y qué?… Guiloya no es un hombre; es el espíritu de la raza, cruel, agresivo, burlón, que no ríe de su propia alegría, sino del dolor ajeno. ¡Alegría!… ¿Qué alegría va a tener esta ju­ventud que se forma en un ambiente de envidia, de ocio, de miseria moral, en esas charcas de los cafés y de los casinos barajeros? ¿Qué ideales van a tener estos jóvenes que en vez de estudiar e ilustrarse se quiebran el magín y consumen el ingenio buscando una absurda similitud entre las cosas más heterogéneas y desemejantes?… ¿En qué se parece un mem­brillo a la catedral de Burgos? ¿En qué se parece una lenteja a un caballo a galope? Y, claro, luego surge rápida esta natural pregunta: ¿En qué se parecen estos muchachos a los hombres cultos, interesados en el porvenir de la patria? Y la respuesta es tan consoladora como trágica… ¡En nada, en nada; absolutamente en nada!

DON GONZALO.

– ¡Tienes razón, Marcelino, tienes razón!

MARCELINO.

– Pues si tengo razón, calma tu justa cólera y pien­sa, como yo, que la manera de acabar con este tipo tan na­cional del guasón es difundiendo la cultura. Es preciso ma­tarlos con libros, no hay otro remedio. La cultura modifica la sensibilidad, y cuando estos jóvenes sean inteligentes, ya no podrán ser malos, ya no se atreverán a destrozar un co­razón con un chiste, ni a amargar una vida con una broma.

DON GONZALO.

– ¡Ah!, ¡mi pobre hermana! ¡Qué cruel dolor! Pero ¿qué remedio? La llamaré. La diremos la verdad.

DON MARCELINO.

– No. La burla humilla, degrada. Proyecta un viaje, te la llevas y estáis ausentes algún tiempo. Y ahora, si te parece, la diremos que no has podido evitar el duelo; que Galán está herido; que aceptó la condición de Picavea; que no vuelva a pensar en él.

DON GONZALO.

– Sí; quizá es lo mejor. ¡Pero cómo va a llorar! ¡Ay mi hermana, mi adorada hermana!

DON MARCELINO.

-¡Pobre Florita!

DON GONZALO.

– ¡Qué amargura, Marcelino! ¡Ver llorar a un ser que tanto quieres con unas lágrimas que ha hecho de­rramar la gente sólo para reírse! ¡No quiero más venganza sino que Dios, como castigo, llene de este dolor mío el alma de todos los burladores! (Telón.)

FIN DE “LA SEÑORITA DE TREVELEZ”


AUTORRETRATO

de CARLOS ARNICHES

Soy un hombre viejo, de muchos años; pongan ustedes los que quieran que no me molesto. Yo tengo la culpa por ha­berles vivido. Alto, todavía esbelto, hasta cierto punto; co­rrecto y moderado en el vestir, y de no mala facha, pues, según han dicho varios biógrafos, tengo un cierto aire de personaje yanki. No sé si esto será cierto, porque yo no me he sentido nunca ni personaje ni yanki, pero como el trazo no me dis­gusta, aquí queda. Guapo, no lo soy -no quiero engañar a nadie-, y además, a estas alturas ¿para qué? Tengo los ojos pequeños…, y cuidado que he visto cosas… ¡Y la nariz grande y de mala calidad; me acatarro mucho! La boca…, no sé cómo la tengo…; desde luego, harta de decir lo que no quiere, y, claro, así, ¡quién la tiene presentable! Yo soy un poco car­gado de espaldas; de espaldas y de otras muchas cosas. ¡Hay en la vida tanta cosa cargante!

Esta es mi cuadratura física. La moral es peor…, pero para mí, naturalmente. Soy un trabajador infatigable. Presumo de esto con cierta razón. Estoy en el yunque desde los catorce años. Al principio, de dependiente de comercio; luego, de aprendiz de periodista, y, por último, desde los dieciocho, de autor cómico. Y aquí me quedé, y con mala suerte. Cuando cumplí veinte primaveras y se cobraba por una obra en un acto ocho o diez pesetas, a repartir entre los dos o tres co­laboradores -y ahora se explicarán ustedes lo de primavera-, me llamaban el rey del trimestre; porque los hubo que llegué a cobrar tres y cuatro mil pesetas, que es lo que se cobra ahora en dos días de buena entrada con una comedia de re­gular fortuna. El público me ha querido bien; la prensa, así, así…

Con mis colaboradores también he tenido suerte. Mucha parte de mi labor teatral está hecha en colaboración; y todos mis colaboradores han sido superiores a mí en talento y aptitud. Se ha llegado a decir -impreso está- que a alguno de ellos los he explotado. Esto es una pequeña exageración. Explotar a nadie, no. No sé. Si hubiera sabido explotar me hubiera ex­plotado a mí mismo y no hubiera colaborado con nadie.

Ni he sabido explotar ni adular. Por eso, mis éxitos me han costado carísimos; y, por eso, me ha ocurrido con ellos lo que le ocurría al individuo aquél que pescaba las truchas con mazo. Y al que una vez, ante aquel extraño sistema, le pre­guntó un curioso:

-Oiga usted, amigo, ¿y así, con el macito, pesca usted muchas?

-Hombre, no; pesco pocas; ahora que las que pesco ¡las hago polvo!

Eso me ha pasado a mí con mis éxitos. No sé cuántos, pero el que que he pescado, extraordinario. Díganlo Alma de Dios, El santa de la Isidra, El puñao de rosas, Es mi hombre, El Padre Pitillo; en Buenos Aires, La chica del gato y varias más. Cuatrocientas, quinientas, setecientas representaciones. Pero cifras todas de una exactitud capaz de complacer a Pitágoras. Tan exactas han sido mis numeraciones que, a este propósito, voy a referir una anécdota curiosa.

En una ocasión, para que coincidieran las doscientas repre­sentaciones de una comedia mía con el día de mi cumpleaños (todos proyectamos tonterías), le pedí a Valeriano León que adelantara la numeración tres fechas:

– No es serio, don Carlos -me dijo.

– ¡Hombre, ya lo sé; pero hazme ese favor, que se trata de mi cumpleaños!

– Pues cúmplalos usted tres días después.

Y así lo hice: en vez de cumplirlos el miércoles los cumplí el sábado.

Y volvamos a mi autorretrato. Tengo grandes defectos. El primero, que no soy hombre práctico; y lo sospecho porque he ganado varios millones y no tengo ninguno. Otros: no voy a los cafés, ni hablo mal de los compañeros por motivos que tenga, y no he negado nunca favor que haya podido hacer.

Ahora, eso sí, he tenido, en cambio, dos condiciones mag­níficas. La primera, que he sido un trabajador de una perse­verancia heroica. Todos los días, a las nueve, estoy trabajando. Estreno; tengo un gran éxito; al día siguiente, a las nueve, tra­bajando. Estreno; me dan una grita que me aturden; al día siguiente, a las nueve, trabajando. ¡Que se necesita ánimo!…, después de un fracaso… «Probad y os convenceréis», como se recomienda en algunos anuncios. Pero así he podido sobrellevar cincuenta y cuatro años de profesión y hacer trescientas co­medias.

Y otra cualidad magnífica que me adorna -y esta sí que es de excepción y se la recomiendo a ustedes- es que toda mi vida no me he movido de mi localidad. Ustedes se preguntarán un tanto asombrados: «¿Y qué es esto de no haberse movido de su localidad?» ¡Ah, pues una cosa interesantísima, que les voy a explicar y que es lo que nos trae revueltos a casi todos! Verán ustedes: yo creo que cada uno tenemos designado, por nuestro mérito, un sitio en él para asistir a este espectáculo de la vida. Pero el mal gra­vísimo es que en este teatro casi nadie está en su localidad. Todos nos creemos preteridos con la que nos repartieron, y, desde luego, mal acomodados. ¿Por qué voy a estar yo en la fila vigésima y Fulanito en la primera? -se preguntan mu­chos-. Y se busca un acomodador amigo y se le dice:

– Oye, yo me voy a sentar en las primeras filas; tengo más derecho que los que están.

– Bueno, pues siéntese aquí, en la segunda, en el dieciocho, que está vacía. Si viene el ocupante yo le avisaré.

Y como casi todo el público se halla colocado en iguales condiciones de interinidad que nuestro amigo, en cuanto se oye el taconeo de un nuevo espectador que entra todo el mundo se siente desasosegado e inquieto, pensando «ese viene a echar­me», creyendo, claro, que le van a someter al bochorno de levantarlo, enviándole a la última fia, que es donde tiene su sitio. Y aquí viene el hablar mal de los que están delante, el renegar de los que llegan, la hostilidad hacia el que pide ser justamente acomodado, etc.

Pues bien; a mí ese malestar no me ha torturado nunca. A mí me dieron una localidad, fila catorce, número veintidós, y fui y me senté en ella, y en ella estoy; y no ha habido, en los años que tengo usufructuados, quien me eche de ella; y desde ella he visto el trasiego de tantos desesperados, que, de las primeras, han tenido que irse a las últimas filas y no los han echado del local porque no estaba reservado el derecho de admisión.

Mi localidad es modesta, sí, ¡pero qué tranquilidad, qué apaciblemente leo el periódico en los entreactos, contemplando el ir y venir de los ambiciosos, de los envidiosos, de los auda­ces que no acaban de encontrar su puesto; y no lo encuentran porque la vanidad tiene mala acomodación!

Tan tranquilo estoy en mi modesta butaquita que yo me permitiría decir a todos: «¡Señores, cada cual a su sitio!» Es lo justo y lo razonable; porque piensen ustedes que, al fin, cuando el espectáculo de la vida termine, hemos de ir a otro, donde no hay manera de sobornar al acomodador, porque el acomodador es el Tiempo, que no tiene amigos y que ha de colocar a cada uno, sin apelación, en el sitio que merezca, el que lo merezca: o en el recuerdo o en el olvido.

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