La Galatea, Miguel de Cervantes Saavedra

Dividida en seis libros

[Tasa]

Yo, Miguel de Ondarza Zavala, escribano de Cámara de Su Majestad, de los que residen en el su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los dichos señores del Consejo un libro que con privilegio real imprimió Miguel de Cer­vantes, intitulado Los seis libros de Galatea, tasaron a tres maravedís el pliego escripto en molde, para que sin pena alguna se pueda vender. Y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen de los que ansí fueren impresos, para que no se exceda dello; y, en fe dello, lo firmé de mi nombre. Fecha en Madrid, a trece días del mes de marzo de mil y quinientos y ochenta y cinco años.

Miguel de Ondarza Zavala.

Erratas

Folio 2, página 2, línea 1: la desdeñaba, le desdeñaba; folio 3, página 1, línea 8: tal mala, tan mala; folio 20, página 2, línea 9: acababan, acababa; folio 25, página 1, línea 14: sus a padres, a sus padres; folio 29, página 2, línea 15: esfogado, desfogado; folio 69, página 2, línea última: por toda, por todo; folio 90, página 1, línea pe­núltima: valla, allá; folio 90, página 2, línea 10: ne se diese, no se diese; folio 93, página 2, línea 5: que tan doloroso, que en tan doloroso; folio 98, página 2, línea 1: no da la luz, no da luz; folio 105, página 2, línea 18: se hallase, me hallase; folio 107, página 1, línea 2: acor­dara, acobardara; folio 119, página 1, línea 11: ePro, Pero; folio 138, página 1, línea penúltima: no pudo, no puedo; folio 144, página 1, línea 4: tierra, tierna; folio 147, página 1, línea 2: flor tierra, flor tierna; folio 203, página 2, línea 22: derriban, derivan; folio 214, página 1, línea 13: deleitar, dilatar; folio 219, página 1, línea 4: alegar, alegra; folio 221, página 1, línea 5: creer que, creer lo que; folio 223, página 1, línea 14; es gusto, es justo; folio 229, página 1, línea 17: al te adora, al que te adora; folio 262, página 2, línea 8: ímpelu, ímpetu; folio 278, página 1, línea 19: valeroso amo, valeroso ánimo; folio 330, página 2, línea 2: Y así, Y si; folio 335, página 1, línea 2: León el que, León es el que; folio 339, página 1, línea 10: Romero, Romeo; folio 343, página 1, línea 14: sin las obras, sin las sombras; folio 344, página 1, lí­nea 16: un fin hermoso, si un fin hermoso; folio 354, pá­gina 2, línea 5: desechas, endechas; folio 355, página 1, tras el verso 5: di este, anchas, cortas y extendidas; folio 362, página 2, línea 1: a[r]diente, ardientes; folio 193, página 1, línea 13: después que dice el oro, el brocado, diga que sobre nuestros cuerpos echamos. Como, &c.

Yo, el licenciado Várez de Castro, corrector por Su Majestad en esta Universidad de Alcalá, vi este libro, in­titulado Primera parte de la Galatea, y le hallé bien im­preso conforme a su original, sacadas las erratas arriba dichas; y por la verdad, di ésta, firmada de mi nombre. Fecha hoy, postrero de febrero de ochenta y cinco años.

El licenciado Várez de Castro.

[Aprobación]

Por mandado de los señores del Real Consejo, he visto este libro, intitulado Los seis libros de Galatea, y lo que me parece es que se puede y debe imprimir, atento a ser tratado apacible y de mucho ingenio, sin perjuicio de na­die, así la prosa como el verso; antes, por ser libro prove­choso, de muy casto estilo, buen romance y galana inven­ción, sin tener cosa malsonante, deshonesta ni contraria a buenas costumbres, se le puede dar al autor, en premio de su trabajo, el privilegio y licencia que pide. Fecha en Madrid, a primero de febrero de MDLXXXIIII.

Lucas Gracián de Antisco.

El rey

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, es­tante en nuestra Corte, nos ha sido hecha relación que vos habíades compuesto un libro intitulado Galatea, en verso y en prosa castellano, y que os había costado mu­cho trabajo y estudio, por ser obra de mucho ingenio, su­plicándonos os mandásemos dar licencia para lo poder imprimir, y privilegio por doce años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hizo en el dicho libro la dili­gencia que la pregmática por nos ahora nuevamente he­cha sobre ello dispone, fue acordado que debíamos man­dar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón, e nos tuvímoslo por bien, por to cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo de diez años primeros si­guientes, que corren y se cuentan desde el día de la data della, vos, o la persona que vuestro poder hubiere, podáis imprinúr y vender el dicho libro, que desuso se hace mención, en estos nuestros reinos. Y por la presente da­mos licencia y facultad a cualquier impresor dellos que vos nombráredes para que por esta vez le pueda imprimir por el original que en el nue[stro] Consejo se vio, que van rubricadas las planas y firmado al fin dél de Miguel de Ondarza Zavala, nuestro escribano de Cámara de los que en el nuestro Consejo residen; y con que, antes que se venda, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o trayáis fe en pública forma en cómo por el corretor nombrado por nuestro mandado se vio y co­rrigió la dicha impresión con el original, y se imprimió conforme a él, y quedan asimismo impresas las erratas por él apuntadas para cada un libro de los que así fueren impresos; y tase el precio que por cada volumen hubiére­des de haber, so pena de caer a incurrir en las penas con­tenidas en la dicha pregmática y leyes de nuestros reinos. Y mandamos que, durante el dicho tiempo, persona al­guna, sin vuestra licencia, no to pueda imprintir, so pena que el que le imprimiere o vendiere en estos nuestros reinos haya perdido y pierda todos y cualesquier libros y moldes que dél tuviere y vendiere; y más, incurra en pe­na de cincuenta mil maravedís: la tercera parte para el denunciador, y la otra tercera parte para la nuestra Cáma­ra, y la otra tercera parte para el juez que to sentenciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, presidentes, oi­dores de las nuestras audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte y chancillerías, y a todos los co­rregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de nuestros reinos y seño­ríos, así a los que ahora son como los que serán de aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta cédula y mer­ced que así vos hacemos, y contra el tenor y forma della no vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nues­tra merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cá­mara. Fecha en Madrid, a XXII días del mes de febrero de mil y quinientos y ochenta y cuatro años.

Yo, el rey.

Por mandado de Su Majestad:

Antonio de Eraso.

Dedicatoria

Al Ilustrísimo señor Ascanio Colona,

abad de Sancta Sofía.

Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilust[r]ísima, que me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener en osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio. Mas, considerando que el estremado de V. S. Ilustrísima no sólo vino a España para ilustrar las mejores universi­dades della, sino también para ser norte por donde se en­caminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, espe­cialmente los que en la de la poesía se ejercitan, no he querido perder la ocasión de seguir esta guía, pues sé que en ella y por ella todos hallan seguro puerto y favorable acogimiento. Hágale V. S. Ilustrísima bueno a mi deseo, el cual envío delante, para dar algún ser a este mi peque­ño servicio. Y si por esto no lo meresciere, merézcalo, a lo menos, por haber seguido algunos años las vencedoras banderas de aquel sol de la milicia que ayer nos quitó el cielo delante de los ojos, pero no de la memoria de aque­llos que procuran tenerla de cosas dignas della, que fue el Excelentísimo padre de V. S. Ilustrísima. Juntando a esto el efecto de reverencia que hacían en mi ánimo las cosas que, como en profecía, oí muchas veces decir de V. S. Ilustrísima al cardenal de Aquaviva, siendo yo su ca­marero en Roma, las cuales ahora no sólo las veo cum­plidas, sino todo el mundo que goza de la virtud, cris­tiandad, magnificiencia y bondad de V. S. Ilustrísima, con que da cada día señales de la clara y generosa estir­pe do deciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana, y en las virtudes y heroicas obras con la mesma virtud y más en­cumbradas hazañas, como nos lo certifican mil verdade­ras historias, llenas de los famosos hechos del tronco y ramos de la real casa Colona, debajo de cuya fuerza y si­tio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmu­radores que ninguna cosa perdonan; aunque si V. S. Ilustrísima perdona este mi atrevimiento, ni tendré qué temer, ni más que desear, sino que Nuestro Señor guarde la llustrísima persona de V. S. con el acrescentamiento de dignidad y estado que sus servidores deseamos.

Ilustrísimo Señor,

B. L. M. de V. S.

Su mayor servidor:

Miguel de Cervantes Saavedra.

Curiosos lectores

La ocupación de escrebir églogas en tiempo que, en ge­neral, la poesía anda tan desfavorescida, bien recelo que no será tenido por ejercicio tan loable que no sea necesa­rio dar alguna particular satisfación a los que, siguiendo el diverso gusto de su inclinación natural, todo lo que es diferente dél estiman por trabajo y tiempo perdido. Mas, pues a ninguno toca satisfacer a ingenios que se encie­rran en términos tan limitados, sólo quiero responder a los que, libres de pasión, con mayor fundamento se mue­ven a no admitir las diferencias de la poesía vulgar, cre­yendo que los que en esta edad tratan della se mueven a publicar sus escriptos con ligera consideración, llevados de la fuerza que la pasión de las composiciones proprias suele tener en los autores dellas; para lo cual puedo ale­gar de mi parte la inclinación que a la poesía siempre he tenido y la edad, que, habiendo apenas salido de los lí­mites de la juventud, parece que da licencia a semejantes ocupaciones. De más de que no puede negarse que los estudios desta facultad (en el pasado tiempo, con razón, tan estimada) traen consigo más que medianos prove­chos, como son enriquecer el poeta, considerando su pro­pria lengua, y enseñorearse del artificio de la elocuencia que en ella cabe, para empresas más altas y de mayor im­portancia, y abrir camino para que, a su imitación, los ánimos estrechos, que en la brevedad del lenguaje anti­guo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana, entiendan que tienen campo abierto, fértil y espacioso, por el cual, con facilidad y dulzura, con gra­vedad y elocuencia, pueden correr con libertad, descubriendo la diversidad de conceptos agudos, graves, soti­les y levantados que en la fertilidad de los ingenios espa­ñoles la favorable influencia del cielo con tal ventaja en diversas partes ha producido, y cada hora produce en la edad dichosa nuestra, de to cual puedo ser yo cierto tes­tigo, que conozco algunos que, con justo derecho, y sin el empacho que yo llevo, pudieran pasar con seguridad carrera tan peligrosa.

Mas son tan ordinarias y tan diferentes las humanas dificultades, y tan varios los fines y las acciones, que unos, con deseo de gloria, se aventuran; otros, con temor de infamia, no se atreven a publicar lo que, una vez des­cubierto, ha de sufrir el juicio del vulgo, peligroso y casi siempre engañado. Yo, no porque tenga razón para ser confiado, he dado muestras de atrevido en la publicación deste libro, sino porque no sabría determinarme destos dos inconvinientes cuál sea el mayor: o el de quien con ligereza, deseando comunicar el talento que del cielo ha rescib[id]o, temprano se aventura a ofrescer los frutos de su ingenio a su patria y amigos, o el que, de puro escru­puloso, perezoso y tardío, jamás acabando de contentarse de lo que hace y entiende, tiniendo sólo por acertado lo que no alcanza, nunca se determina a descubrir y comu­nicar sus escriptos. De manera que, así como la osadía y confianza del uno podría condemnarse por la licencia demasiada, que con seguridad se concede, asimesmo el recelo y la tardanza del otro es vicioso, pues tarde o nun­ca aprovecha con el fruto de su ingenio y estudio a los que esperan y desean ayudas y ejemplos semejantes para pasar adelante en sus ejercicios.

Huyendo destos dos inconvinientes, no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerle para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento. Bien sé lo que suele condemnarse exceder nadie en la materia del estilo que debe guardarse en ella, pues el príncipe de la poesía latina fue calumniado en alguna de sus églogas por ha­berse levantado más que en las otras; y así, no temeré mucho que alguno condemne haber mezclado razones de filosofía entre algunas amorosas de pastores, que pocas veces se levantan a más que a tratar cosas del campo, y esto con su acostumbrada llaneza. Mas, advirtiendo, co­mo en el discurso de la obra alguna vez se hace, que mu­chos de los disfrazados pastores della lo eran sólo en el hábito, queda llana esta objectión. Las demás que en la invención y en la disposición se pudieren poner, discúl­pelas la intención segura del que leyere, como lo hará siendo discreto, y la voluntad del autor, que fue de agra­dar, haciendo en esto lo que pudo y alcanzó; que, ya que en esta parte la obra no responda a su deseo, otras ofres­ce para adelante de más gusto y de mayor artificio.

De Luis Gálvez de Montalvo

al autor

Soneto

Mientra del yugo sarracino anduvo

tu cuello preso y tu cerviz domada,

y allí tu alma, al de la fe amarrada,

a más rigor, mayor firmeza tuvo,

gozóse el cielo; mas la tierra estuvo

casi viuda sin ti, y, desamparada

de nuestras musas, la real morada

tristeza, llanto, soledad mantuvo.

Pero después que diste al patrio suelo

tu alma sana y tu garganta suelta

dentre las fuerzas bárbaras confusas,

descubre claro tu valor el cielo,

gózase el mundo en tu felice vuelta

y cobra España las perdidas musas.

De don Luis de Vargas Manrique

Soneto

Hicieron muestra en vos de su grandeza,

gran Cervantes, los dioses celestiales,

y, cual primera, dones inmortales

sin tasa os repartió naturaleza.

Jove su rayo os dio, que es la viveza

de palabras que mueven pedemales;

Dïana, en exceder a los mortales

en castidad de estilo con pureza;

Mercurio, las historias marañadas;

Marte, el fuerte vigor que el brazo os mueve;

Cupido y Venus, todos sus amores;

Apolo, las canciones concertadas;

su sciencia, las hermanas todas nueve;

y, al fin, el dios silvestre, sus pastores.

De López Maldonado

Soneto

Salen del mar, y vuelven a sus senos,

después de una veloz, larga carrera,

como a su madre universal primera,

los hijos della largo tiempo ajenos.

Con su partida no la hacen menos,

ni con su vuelta más soberbia y fiera,

porque tiene, quedándose ella entera,

de su humor siempre sus estanques llenos.

La mar sois vos, ¡oh Galatea estremada!,

los ríos, los loores, premio y fruto

con que ensalzáis la más ilustre vida.

Por más que deis, jamás seréis menguada,

y menos cuando os den todos tributo,

con él vendréis a veros más crescida.

Primero libro de Galatea

Mientras que al triste, lamentable acento

del mal acorde son del canto mío,

en eco amarga de cansado aliento,

responde el monte, el prado, el llano, el río,

demos al sordo y presuroso viento

las quejas que del pecho ardiente y frío

salen a mi pesar, pidiendo en vano

ayuda al río, al monte, al prado, al llano.

Crece el humor de mis cansados ojos

las aguas deste río, y deste prado

las variadas flores son abrojos

y espinas que en el alma s’han entrado.

No escucha el alto monte mis enojos,

y el llano de escucharlos se ha cansado;

y así, un pequeño alivio al dolor mío

no hallo en monte, en llano, en prado, en río.

Creí que el fuego que en el alma enciende

el niño alado, el lazo con que aprieta,

la red sotil con que a los dioses prende

y la furia y rigor de su saeta,

que así ofendiera como a mí me ofende

al subjeto sin par que me subjeta;

mas contra un alma que es de mármol hecha,

la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.

Yo sí que al fuego me consumo y quemo,

y al lazo pongo humilde la garganta,

y a la red invisible poco temo,

y el rigor de la flecha no me espanta.

Por esto soy llegado a tal estremo,

a tanto daño, a desventura tanta,

que tengo por mi gloria y mi sosiego

la saeta, la red, el lazo, el fuego.

Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal, cuanto la fortuna y el amor escasos, aunque los discursos del tiempo, con­sumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdicha­dos en que se había visto, y en los que su deseo le había puesto, por la incomparable belleza de la sin par Galatea, pastora en las mesmas riberas nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subi­do entendimiento, que las discretas damas, en los reales palacios crescidas y al discreto tracto de la corte acostumbradas, se tuvieran por dichosas de parescerla en al­go, así en la discreción como en la hermosura. Por los in­finitos y ricos dones con que el cielo a Galatea había adornado, fue querida, y con entrañable ahínco amada, de muchos pastores y ganaderos que por las riberas de Tajo su ganado apascentaban; entre los cuales se atrevió a quererla el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.

De Galatea no se entiende que aborresciese a Elicio, ni menos que le amase; porque a veces, casi como con­vencida y obligada a los muchos servicios de Elicio, con algún honesto favor le subía al cielo; y otras veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba que el enamorado pastor la suerte de su estado apenas conoscía. No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para abo­rrecerse, ni la hermosura, gracia y bondad de Galatea pa­ra no amarse. Por lo uno, Galatea no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro, Elicio no podía, ni debía, ni quería olvidar a Galatea. Parescíale a Galatea que, pues Elicio con tanto miramiento de su honra la amaba, que sería demasiada ingratitud no pagarle con algún honesto favor sus honestos pensamientos. Imaginábase Elicio que, pues Galatea no desdeñaba sus servicios, que ten­drían buen suceso sus deseos. Y cuando estas imagina­ciones le aviva[ba]n la esperanza, hallábase tan contento y atrevido, que mil veces quiso descubrir a Galatea lo que con tanta dificultad encubría. Pero la discreción de Galatea conoscía bien, en los movimientos del rostro, lo que Elicio en el alma traía; y tal el suyo mostraba, que al enamorado pastor se le helaban las palabras en la boca, y quedábase solamente con el gusto de aquel primer mo­vimiento, por parescérle que a la honestidad de Galatea se le hacía agravio en tratarle de cosas que en alguna manera pudiesen tener sombra de no ser tan honestas que la misma honestidad en ella[s] se transformase.

Con estos altibajos de su vida, la pasaba el pastor tan mala que a veces tuviera por bien el mal de perderla, a trueco de no sentir el que le causaba no acabarla. Y así, un día, puesta la consideración en la variedad de sus pen­samientos, hallándose en medio de un deleitoso prado, convidado de la soledad y del murmurio de un deleitoso arroyuelo que por el llano corría, sacando de su zurrón un polido rabel, al son del cual sus querellas con el cielo cantando comunicaba, con voz en estremo buena, cantó los siguientes versos:

Amoroso pensamiento,

si te precias de ser mío,

camina con tan buen tiento

que ni te humille el desvío

ni ensoberbezca el contento.

Ten un medio-si se acierta

a tenerse en tal porfía-:

no huyas el alegría,

ni menos cierres la puerta

al llanto que amor envía.

Si quieres que de mi vida

no se acabe la carrera,

no la lleves tan corrida

ni subas do no se espera

sino muerte en la caída.

Esa vana presumpción

en dos cosas parará:

la una, en tu perdición;

la otra, en que pagará

tus deudas el corazón.

Dél naciste, y en naciendo,

pecaste, y págalo él;

huyes dél, y si pretendo

recogerte un poco en él,

ni te alcanzo ni te entiendo.

Ese vuelo peligroso

con que te subes al cielo,

si no fueres venturoso,

ha de poner por el suelo

mi descanso y tu reposo.

Dirás que quien bien se emplea

y se ofrece a la ventura,

que no es posible que sea

del tal juzgado a locura

el brío de que se arrea.

Y que, en tan alta ocasión,

es gloria que par no tiene

tener tanta presumpción,

cuanto más si le conviene

al alma y al corazón.

Yo lo tengo así entendido,

mas quiero desengañarte;

que es señal ser atrevido

tener de amor menos parte

qu’el humilde y encogido.

Subes tras una beldad

que no puede ser mayor:

no entiendo tu calidad,

que puedas tener amor

con tanta desigualdad.

Que si el pensamiento mira

un subjeto levantado,

contémplalo y se retira,

por no ser caso acertado

poner tan alta la mira,

Cuanto más, que el amor nasce

junto con la confianza,

y en ella [se] ceba y pace;

y, en faltando la esperanza,

como niebla se deshace.

Pues tú, que vees tan distante

el medio del fin que quieres,

sin esperanza y constante,

si en el camino murieres,

morirás como ignorante.

Pero no se te dé nada,

que en esta empresa amorosa,

do la causa es sublimada,

el morir es vida honrosa,

la pena, gloria estremada.

No dejara tan presto el agradable canto el enamorado Elicio, si no sonaran a su derecha mano las voces de Erastro, que con el rebaño de sus cabras hacia el lugar donde él estaba se venía. Era Erastro un rústico ganade­ro, pero no le valió tanto su rústica y selvática suerte que defendiese que de su robusto pecho el blando amor no tomase entera posesión, haciéndole querer más que a su vida a la hermosa Galatea, a la cual sus querellas, cuando ocasión se le ofrecía, declaraba. Y, aunque rústico, era, como verdadero enamorado, en las cosas del amor tan discreto que, cuando en ellas hablaba, parecía que el mesmo amor se las mostraba y por su lengua las profería; pero, con todo eso, puesto que de Galatea eran escucha­das, eran en aquella cuenta tenidas en que las cosas de burla se tienen. No le daba a Elicio pena la competencia de Erastro, porque entendía del ingenio de Galatea que a cosas más altas la inclinaba. Antes tenía lástima y envi­dia a Erastro: lástima, en ver que al fin amaba, y en parte donde era imposible coger el fruto de sus deseos; envi­dia, por parescerle que quizá no era tal su entendimiento, que diese lugar al alma a que sintiese los desdenes o fa­vores de Galatea, de suerte, o que los unos le acabasen, o los otros to enloqueciesen.

Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los ham­brientos lobos), holgándose con ellos, y por sus nombres los llamaba, dando a cada uno el título que su condición y ánimo merescía: a quién llamaba León, a quién Gavi­lán, a quién Robusto, a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados, con el mover las ca­bezas, viniéndose para él, daban a entender el gusto que de su gusto sentían. Desta manera llegó Erastro adonde de Elicio fue agradablemente rescibido, y aun rogado que, si en otra parte no había determinado de pasar el sol de la calurosa siesta, pues aquella en que estaban era tan aparejada para ello, no le fuese enojoso pasarla en su compañía.

-Con nadie -respondió Erastro- la podría yo tener mejor que contigo, Elicio, si ya no fuese con aquella que está tan enrobrescida a mis demandas, cuan hecha encina a tus continuos quejidos.

Luego los dos se sentaron sobre la menuda yerba, de­jando andar a sus anchuras el ganado despuntando con los rumiadores dientes las tiernas yerbezuelas del herbo­so llano. Y como Erastro, por muchas y descubiertas se­ñales, conocía claramente que Elicio a Galatea amaba, y que el merescimiento de Elicio era de mayores quilates que el suyo, en señal de que reconoscía esta verdad, en medio de sus pláticas, entre otras razones, le dijo las si­guientes:

-No sé, gallardo y enamorado Elicio, si habrá sido causa de darte pesadumbre el amor que a Galatea tengo; y si lo ha sido, debes perdonarme, porque jamás imaginé de enojarte, ni de Galatea quise otra cosa que servirla. Mala rabia o cruda roña consuma y acabe mis retozado­res chivatos, y mis ternezuelos corderillos, cuando deja­ren las tetas de las queridas madres, no hallen en el verde prado para sustentarse sino amargos tueros y ponzoñosas adelfas, si no he procurado mil veces quitarla de la me­moria, y si otras tantas no he andado a los medicos y cu­ras del lugar a que me diesen remedio para las ansias que por su causa padezco. Los unos me mandan que tome no sé qué bebedizos de paciencia; los otros dicen que me encomiende a Dios, que todo lo cura, o que todo es locu­ra. Permíteme, buen Elicio, que yo la quiera, pues puedes estar seguro que si tú con tus habilidades y estremadas gracias y razones no la ablandas, mal podré yo con mis simplezas enternecerla. Esta licencia te pido por lo que estoy obligado a tu merescimiento; que, puesto que no me la dieses, tan imposible sería dejar de amarla, como hacer que estas aguas no mojasen, ni el sol con sus pei­nados cabellos no nos alumbrase.

No pudo dejar de reírse Elicio de las razones de Eras­tro y del comedimiento con que la licencia de amar a Galatea le pedía; y ansí, le respondió:

-No me pesa a mí, Erastro, que tú ames a Galatea; pé­same bien de entender de su condición que podrán poco para con ella tus verdaderas razones y no fingidas pala­bras; déte Dios tan buen suceso en tus deseos, cuanto meresce la sinceridad de tus pensamientos. Y de aquí adelante no dejes por mi respecto de querer a Galatea, que no soy de tan ruin condición que, ya que a mí me falte ventura, huelgue de que otros no la tengan; antes te ruego, por lo que debes a la voluntad que te muestro, que no me niegues tu conversación y amistad, pues de la mía puedes estar tan seguro como te he certificado. Anden nuestros ganados juntos, pues andan nuestros pensa­mientos apareados. Tú, al son de tu zampoña, publicarás el contento o pena que el alegre o triste rostro de Galatea te causare; yo, al de mi rabel, en el silencio de las sose­gadas noches, o en el calor de las ardientes siestas, a la fresca sombra de los verdes árboles de que esta nuestra ribera está tan adornada, te ayudaré a llevar la pesada carga de tus trabajos, dando noticia al cielo de los míos. Y, para señal de nuestro buen propósito y verdadera amistad, en tanto que se hacen mayores las sombras destos árboles y el sol hacia el occidente se declina, acor­demos nuestros instrumentos y demos principio al ejerci­cio que de aquí adelante hemos de tener.

No se hizo de rogar Erastro; antes, con muestras de estraño contento por verse en tanta amistad con Elicio, sacó su zampoña y Elicio su rabel; y, comenzando el uno y replicando el otro, cantaron lo que sigue:

ELICIO

Blanda, süave, reposadamente,

ingrato Amor, me subjetaste el día

que los cabellos de oro y bella frente

miré del sol que al sol escurecía;

tu tósigo cruel, cual de serpiente,

en las rubias madejas se escondía;

yo, por mirar el sol en los manojos,

todo vine a beberle por los ojos.

ERASTRO

Atónito quedé y embelesado,

como estatua sin voz de piedra dura,

cuando de Galatea el estremado

donaire vi, la gracia y hermosura.

Amor me estaba en el siniestro lado,

con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,

haciéndome una puerta por do entrase

Galatea y el alma me robase.

ELICIO

¿Con qué milagro, amor, abres el pecho

del miserable amante que te sigue,

y de la llaga interna que le has hecho

crecida gloria muestra que consigue?

¿Cómo el daño que haces es provecho?

¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?

L’alma que prueba estos efectos todos

la causa sabe, pero no los modos.

ERASTRO

No se ven tantos rostros figurados

en roto espejo o hecho por tal arte

que, si uno en él se mira, retratados

se ve una multitud en cada parte,

cuantos nacen cuidados y cuidados

de un cuidado crüel que no se parte

del alma mía a su rigor vencida,

hasta apartarse junto con la vida.

ELICIO

La blanca nieve y colorada rosa,

qu’el verano no gasta ni el invierno;

el sol de dos luceros, do reposa

el blandó amor, y a do estará in eterno;

la voz, cual la de Orfeo poderosa

de suspender las furias del infierno,

y otras cosas que vi quedando ciego,

yesca me han hecho al invisible fuego.

ERASTRO

Dos hermosas manzanas coloradas,

que tales me semejan dos mejillas,

y el arco de dos cejas levantadas,

quel de Iris no llegó a sus maravillas;

dos rayos, dos hileras estremadas

de perlas entre grana y, si hay decillas,

mil gracias que no tienen par ni cuento,

niebla m’han hecho al amoroso viento.

ELICIO

Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;

estoy lejos y cerca de mí mismo;

espero en solo un punto y desespero;

súbome al cielo, bájome al abismo;

quiero lo que aborrezco, blando y fiero;

me pone el amaros parasismo;

y con estos contrarios, paso a paso,

cerca estoy ya del último traspaso.

ERASTRO

Yo te prometo, Elicio, que le diera

todo cuanto en la vida me ha quedado

a Galatea, porque me volviera

el alma y corazón que m’ha robado;

y después del ganado, le añadiera

mi perro Gavilán con el Manchado;

pero, como ella debe de ser diosa,

el alma querrá más que no otra cosa.

ELICIO

Erastro, el corazón que en alta parte

es puesto por el hado, suerte o signo,

quererle derribar por fuerza o arte

o diligencia humana, es desatino.

Debes de su ventura contentarte;

que, aunque mueras sin ella, yo imagino

que no hay vida en el mundo más dichosa

como el morir por causa tan honrosa.

Ya se aparejaba Erastro para seguir adelante en su canto, cuando sintieron, por un espeso montecillo que a sus espaldas estaba, un no pequeño estruendo y ruido; y, levantándose los dos en pie por ver lo que era, vieron que del monte salía un pastor corriendo a la mayor priesa del mundo, con un cuchillo desnudo en la mano y la color del rostro mudada; y que tras él venía otro ligero pastor, que a pocos pasos alcanzó al primero; y, asiéndole por el cabezón del pellico, levantó el brazo en el aire cuanto pudo, y un agudo puñal que sin vaina traía se le escondió dos veces en el cuerpo, diciendo:

-Recibe, ¡oh mal lograda Leonida!, la vida deste trai­dor, que en venganza de tu muerte sacrifico.

Y esto fue con tanta presteza hecho que no tuvieron lugar Elicio y Erastro de estorbárselo, porque llegaron a tiempo que ya el herido pastor daba el último aliento, envuelto en estas pocas y mal formadas palabras.

-Dejárasme, Lisandró, satisfacer al cielo con más lar­go arrepentimiento el agravio que te hice, y después quitárasme la vida, que agora, por la causa que he dicho, mal contenta destas carnes se aparta.

Y, sin poder decir más, cerró los ojos en sempiterna noche.

Por las cuales palabras imaginaron Elicio y Erastro que no con pequeña causa había el otro pastor ejecutado en él tan cruda y violenta muerte. Y, por mejor informar­se de todo el suceso, quisieran preguntárselo al pastor homicida, pero él, con tirado paso, dejando al pastor muerto y a los dos admirados, se tomó a entrar por el montecillo adelante. Y, queriendo Elicio seguirle y saber dél to que deseaba, le vieron tomar a salir del bosque; y, estando por buen espacio desviado dellos, en alta voz les dijo:

-Perdonadme, comedidos pastores, si yo no lo he sido en haber hecho en vuestra presencia lo que habéis visto, porque la justa y mortal ira que contra ese traidor tenía concebida no me dio lugar a más moderados discursos. Lo que os aviso es que, si no queréis enojar a la deidad que en el alto cielo mora, no hagáis las obsequias ni ple­garias acostumbradas por el alma traidora dese cuerpo que delante tenéis, ni a él deis sepultura, si ya aquí en vuestra tierra no se acostumbra darla a los traidores.

Y, diciendo esto, a todo correr se volvió a entrar por el monte, con tanta priesa que quitó la esperanza a Elicio de alcanzarle aunque le siguiese. Y así, se volvieron los dos con tiernas entrañas a hacer el piadoso oficio y dar sepultura, como mejor pudiesen, al miserable cuerpo que tan repentinamente había acabado el curso de sus cortos días. Erastro fue a su cabaña, que no lejos estaba, y, tra­yendo suficiente aderezo, hizo una sepultura en el mes­mo lugar do el cuerpo estaba, y, dándole el último vale, le pusieron en ella; y, no sin compasión de su desdichado caso, se volvieron a sus ganados, y, recogiéndolos con alguna priesa, porque ya el sol se entraba a más andar por las puertas de occidente, se recogieron a sus acos­tumbrados albergues, donde no su sosiego dellos, ni el poco que sus cuidados le concedían, podían apartar a Elicio de pensar qué causas habían movido a los dos pastores para venir a tan desesperado trance; y ya le pe­saba de no haber seguido al pastor homicida, y saber dél, si fuera posible, to que deseaba.

Con este pensamiento y con los muchos que sus amo­res le causaban, después de haber dejado en segura parte su rebaño, se salió de su cabaña, como otras veces solía; y con la luz de la hermosa Diana, que resplandeciente en el cielo se mostraba, se entró por la espesura de un espe­so bosque adelante, buscando algún solitario lugar adon­de en el silencio de la noche con más quietud pudiese soltar la rienda a sus amorosas imaginaciones, por ser co­sa ya averiguada que a los tristes imaginativos corazones ninguna cosa les es de mayor gusto que la soledad, des­pertadora de memorias tristes o alegres. Y así, yéndose poco a poco gustando de un templado céfiro que en el rostro le hería, lleno del suavísimo olor que de las oloro­sas flores, de que el verde suelo estaba colmado, al pasar por ellas blandamente robaba, envuelto en el aire delica­do, oyó una voz como de persona que dolorosamente se quejaba; y, recogiendo por un poco en sí mismo el alien­to, porque el ruido no le estorbase de oír to que era, sin­tió que de unas apretadas zarzas que poco desviadas dél estaban, la entristecida voz salía; y, aunque interrota de infinitos sospiros, entendió que estas tristes razones pro­nunciaba:

-Cobarde y temeroso brazo, enemigo mortal de lo que a ti mesmo debes; mira que ya no queda de quién tomar venganza, sino de ti mesmo. ¿De qué to sirve alargar la vida que tan aborrecida tengo? Si piensas que es nuestro mal de los que el tiempo suele curar, vives engañado, porque no hay cosa más fuera de remedio que nuestra desventura; pues quien la pudiera hacer buena la tuvo tan corta que en los verdes años de su alegre juventud ofre­ció la vida al carnicero cuchillo, que se la quitase por la traición del malvado Carino, que hoy, con perder la suya, habrá aplacado en parte a aquella venturosa alma de Leonida, si en la celeste parte donde mora puede caber deseo de venganza alguna. ¡Ah, Carino, Carino! Ruego yo a los altos cielos, si dellos las justas plegarias son oí­das, que no admitan la disculpa, si alguna dieres, de la traición que me heciste, y que permitan que to cuerpo ca­rezca de sepultura, así como tu alma careció de miseri­cordia. Y tú, hermosa y mal lograda Leonida, recibe en muestra del amor que en vida te tuve, las lágrimas que en tu muerte derramo; y no atribuyas a poco sentimiento el no acabar la vida con el que de tu muerte recibo, pues sería poca recompensa a lo que debo y deseo sentir el dolor que tan presto se acabase. Tú verás, si de las cosas de acá tienes cuenta, cómo este miserable cuerpo quedará un día consumido del dolor poco a poco, para mayor pe­na y sentimiento: bien ansí como la mojada y encendida pólvora, que, sin hacer estrépito ni levantar llama en alto, entre sí mesma se consume, sin dejar de sí sino el rastro de las consumidas cenizas. Duéleme cuanto puede do­lerme, ¡oh alma del alma mía!, que ya que no pude go­zarte en la vida, en la muerte no puedo hacerte las obse­quias y honras que a tu bondad y virtud se convenían. Pero yo te prometo y juro que el poco tiempo -que será bien poco- que esta apasionada ánima mía rigiere la pe­sada carga deste miserable cuerpo, y la voz cansada tu­viere aliento que la forme, de no tratar otra cosa en mis tristes y amargas canciones que de tus alabanzas y me­rescimientos.

A este punto cesó la voz, por la cual Elicio conoció claramente que aquél era el pastor homicida, de que reci­bió mucho gusto, por parecerle que estaba en parte donde podría saber dél lo que deseaba. Y, queriéndose llegar más cerca, hubo de tornarse a parar, porque le pareció que el pastor templaba un rabel, y quiso escuchar prime­ro si al son dél alguna cosa diría; y no tardó mucho que con suave y acordada voz oyó que desta manera cantaba:

LISANDRO

¡Oh alma venturosa,

que del humano velo

libre al alta régibn viva volaste,­

dejando en tenebrosa

cárcel de desconsuelo

mi vida, aunque contigo la llevaste!

Sin ti, escura dejaste

la luz clara del día;

por tierra derribada,

la esperanza fundada

en el más firme asiento de alegría;

en fin, con tu partida

quedó vivo el dolor, muerta la vida.

Envuelta en tus despojos,

la muerte s’ha llevado

el más subido estremo de belleza,

la luz de aquellos ojos

qu’en haberte miradó

tenían encerrada su riqueza;

con presta ligereza,

del alto pensamiento

y enamorado pecho,

la gloria se ha deshecho,

como la cera al sol o niebla al viento;

y toda mi ventura

cierra la piedra de tu sepultura.

¿Cómo pudo la mano

inexorable y cruda,

y el intento cruel, facinoroso,

del vengativo hermano

dejar libre y desnuda

tu alma del mortal velo hermoso?

¿Por qué tu[r]bó el reposo

de nuestros corazones?

Que, si no se acabaran,

en uno se juntaran

con honestas y sanctas condiciones.

¡Ay, fiera mano esquiva!,

¿cómo ordenaste que muriendo viva?

En llanto sempiterno

mi ánima mezquina

los años pasará, mews y días;

la tuya, en gozo eterno

y edad firme y contina,

no temerá del tiempo las porfías;

con dulces alegrías

verás firme la gloria

que tu loable vida

te tuvo merescida;

y si puede caber en tu memoria

del suelo no perderla,

de quien tanto te amó debes tenerla.

Mas, ¡oh!, cuán simple he sido,

alma bendita y bella,

de pedir que te acuerdes, ni aun burlando

de mí que t’he querido,

pues sé que mi querella

se irá con tal favor eternizando.

Mejor es que, pensando

que soy de ti olvidado,

me apriete con mi llaga,

hasta que se deshaga

con el dolor la vida, qu’ha quedado

en tan estraña suerte,

que no tiene por mal el de la muerte.

Goza en el sancto coro

con otras almas sanctas,

alma, de aquel seguro bien entero,

alto, rico tesoro,

mercedes, gracias tantas

que goza el que no huye el buen sendero;

allí gozar espero,

si por tus pasos guío,

contigo en paz entera

de eterna primavera,

sin terror, sobresalto ni desvío;

a esto me encamina,

pues será hazaña de tus obras digna.

Y, pues vosotras, celestiales almas,

veis el bien que deseo,

creced las alas a tan buen deseo.

Aquí cesó la voz, pero no los sospiros del desdichado que cantado había, y lo uno y lo otro fue parte de acres­centar en Elicio la gana de saber quién era. Y, rompiendo por las espinosas zarzas, por llegar más presto a do la voz salía, salió a un pequeño prado, que todo en redondo, a manera de teatro, de espesísimas a intrincadas matas estaba ceñido, en el cual vio un pastor que con estrema­do brío estaba con el pie derecho delante y el izquier­do atrás, y el diestro brazo levantado, a guisa de quien esperaba hacer algún recio tiro. Y así era la verdad, por­que, con el ruido que Elicio al romper por las matas ha­bía hecho, pensando ser alguna fiera de la cual convenía defenderse, el pastor del bosque se había puesto a punto de arrojarle una pesada piedra que en la mano tenía. Eli­cio, conociendo por su postura su intento, antes que le efectuase le dijo:

-Sosiega el pecho, lastimado pastor, que el que aquí viene trae el suyo aparejado a lo que mandarle quisieres, y quien el deseo de saber tu ventura le ha hecho romper tus lágrimas y turbar el alivio que de estar solo se te po­dría seguir.

Con estas blandas y comedidas palabras de Elicio, se sosegó el pastor, y con no menos blandura le respondió diciendo:

-Tu buen ofrecimiento agradezco, cualquiera que tú seas, comedido pastor, pero si ventura quieres saber de mí, que nunca la tuve, mal podrás ser satisfecho.

-Verdad dices -respondió Elicio-, pues por las pala­bras y quejas que esta noche te he oído, muestras bien claro la poca o ninguna que tienes; pero no menos satis­farás mi deseo con decirme tus trabajos que con decia­rarme tus contentos; y así la Fortuna te los dé en to que deseas, que no me niegues lo que te suplico si ya el no conocerme no lo impide; aunque, para asegurarte y mo­verte, te hago saber que no tengo el alma tan contenta que no sienta en el punto que es razón las miserias que me contares. Esto te digo porque sé que no hay cosa más escusada, y aun perdida, que contar el miserable sus des­dichas a quien tiene el pecho colmo de contentos.

-Tus buenas razones me obligan -respondió el pas­tor- a que te satisfaga en lo que me pides, así porque no imagines que de poco y acobardado ánimo nacen las que­jas y lamentaciones que dices que de mí has oído, como porque conozcas que aún es muy poco el sentimiento que muestro a la causa que tengo de mostrarlo.

Elicio se lo agradeció mucho; y, después de haber pa­sado entre los dos más palabras de comedimiento, dan­do señales Elicio de ser verdadero amigo del pastor del bosque, y conociendo él que no eran fingidos ofreci­mientos, vino a conceder to que Elicio rogaba. Y, sentán­dose los dos sobre la verde yerba, cubiertos con el res­plandor de la hermosa Diana, que en claridad aquella noche con su hermano competir podía, el pastor del bos­que, con muestras de un interno dolor, comenzó a decir desta manera:

-«En las riberas de Betis, caudalosísimo río que la gran Vandalia enriquece, nació Lisandro -que éste es el nombre desdichado mío-, y de tan nobles padres cual pluviera al soberano Dios que en más baja fortuna fuera engendrado; porque muchas veces la nobleza del linaje pone alas y esfuerza el ánimo a levantar los ojos adonde la humilde suerte no osara jamás levantarlos, y de tales atrevimientos suelen suceder a menudo semejantes calamidades como las que de mí oirás si con atención me es­cuchas.

»Nació ansimesmo en mi aldea una pastora, cuyo nombre era Leonida, summa de toda la hermosura que en gran parte de la tierra -según yo imagino- pudiera ha­llarse; de no menos nobles y ricos padres nacida que su hermosura y virtud merescían. De do nació que, por ser los parientes de entrambos de los más principales del lu­gar y estar en ellos el mando y gobernación del pueblo, la envidia, enemiga mortal de la sosegada vida, sobre al­gunas diferencias del gobierno del pueblo, vino a poner entre ellos cizaña y mortalísima discordia; de manera que el pueblo fue dividido en dos parcialidades: la una seguía la de mis parientes, la otra la de los de Leonida, con tan arraigado rencor y mal ánimo, que no ha sido parte para ponerlos en paz ninguna humana diligencia. Ordenó, pues, la suerte, para echar de todo punto el sello a nues­tra enemistad, que yo me enamorase de la hermosa Leo­nida, hija de Parmindro, principal cabeza del bando con­trario. Y fue mi amor tan de veras que, aunque procuré con infinitos medios quitarle de mis entrañas, el fin de todos venía a parar a quedar más vencido y subjeto. Po­níaseme delante un monte de dificultades que conseguir el fin de mi deseo me estorbaban, como eran el mucho valor de Leonida, la endurecida enemistad de nuestros padres, las pocas coyunturas, o ninguna, que se me ofre­cían para descubrirle mi pensamiento; y, con todo esto, cuando ponía los ojos de la imaginación en la singular belleza de Leonida, cualquiera dificultad se allanaba, de suerte que me parecía poco romper por entre agudas puntas de diamantes, para llegar al fin de mis amorosos y honestos pensamientos. Habiendo, pues, por muchos días combatido conntigo mesmo, por ver si podria apar­tar el alma de tan ardua empresa, y viendo ser imposible, recogí toda mi industria a considerar con cuál podría dar a entender a Leonida el secreto amor de mi pecho; y, como los principios en cualquier negocio sean siempre dificultosos, en los que tratan de amor son, por la mayor parte, dificultosísimos, hasta que el mesmo Amor, cuan­do se quiere mostrar favorable, abre las puertas del re­medio donde parece que están más cerradas. Y así se pa­reció en mí, pues, guiado por su pensamiento el mío, vine a imaginar que ningún medio se ofrecía mejor a mi deseo que hacerme amigo de los padres de Silvia, una pastora que era en estremo amiga de Leonida, y muchas veces la una a la otra, en compañía de sus padres, en sus casas se visitaban. Tenía Silvia un pariente que se llama­ba Carino, compañero familiar de Crisalbo, hermano de la hermosa Leonida, cuya bizarría y aspereza de costum­bres le habían dado renombre de cruel; y así, de todos los que le conoscían, “el cruel Crisalbo” era llamado; y ni más ni menos a Carino, el pariente de Silvia y compañe­ro de Crisalbo, por ser entremetido y agudo de ingenio, “el astuto Carino” le llamaban; del cual y de Silvia, por parecerme que me convenía, con el medio de muchos presentes y dádivas, forjé la amistad -al parecer- posi­ble; a lo menos, de parte de Silvia fue más firme de lo que yo quisiera, pues los regalos y favores que ella con limpias entrañas me hacía, obligada de mis continuos servicios, tomó por instrumentos mi fortuna para poner­me en la desdicha en que agora me veo.

»Era Silvia hermosa en estremo, y de tantas gracias adornada que la dureza del crudo corazón de Crisalbo se movió a amarla; y esto yo no lo supe sino con mi daño, y de allí a muchos días. Y, ya que con la larga experiencia estuve seguro de la voluntad de Silvia, un día, ofrecién­doseme comodidad, con las más tiernas palabras que pu­de, le descubrí la llaga de mi lastimado pecho, diciéndole que, aunque era tan profunda y peligrosa, no la sentía tanto, sólo por imaginar que en su solicitud estaba el re­medio della; advirtiéndole ansimesmo el honesto fin a que mis pensamientos se encaminaban, que era a juntar­me por legítimo matrimonio con la bella Leonida; y que, pues era causa tan justa y buena, no se había de desdeñar de tomarla a su cargo.

»En fin, por no serte prolijo, el amor me ministró tales palabras que le dijese, que ella, vencida dellas, y más por la pena que ella, como discreta, por las señales de mi rostro conoció que en mi alma moraba, se deterntinó de tomar a su cargo mi remedio y decir a Leonida lo que yo por ella sentía, prometiendo de hacer por mí todo cuanto su fuerza a industria alcanzase, puesto que se le hacía di­ficultosa tal empresa, por la inimicicia grande que entre nuestros padres conocía, aunque, por otra parte, imagi­naba poder dar principio al fin de sus discordias si Leo­nida conmigo se casase. Movida, pues, con esta buena intención, y enternecida de las lágrimas que yo derrama­ba -como ya he dicho-, se aventuró a ser intercesora de mi contento. Y, discurriendo consigo qué entrada tendría para con Leonida, me mandó que le escribiese una carta, la cual ella se ofrecía a darla cuando tiempo le parecie­se. Parecióme a mí bien su parecer, y aquel mesmo día le envié una que, por haber sido principio del contento que por su respuesta sentí, siempre la he tenido en la memoria, puesto que fuera mejor no acordarme de cosas alegres en tiempo tan triste como es el en que agora me hallo. Recibió la carta Silvia, y aguardaba ocasión de po­nerla en las manos de Leonida.»

-No -dijo Elicio, atajando las razones de Lisandro-, no es justo que me dejes de decir la carta que a Leonida enviaste, que por ser la primera y por hallarte tan enamo­rado en aquella sazón, sin duda debe de ser discreta. Y, pues me has dicho que la tienes en la memoria y el gusto que por ella granjeaste, no me lo niegues agora en no de­círmela.

-Bien dices, amigo -respondió Lisandro-; que yo es­taba entonces tan enamorado y temeroso, como agora descontento y desesperado, y por esta razón me parece que no acerté a decir alguna, aunque fue harto acerta­miento que Leonida las creyese las que en la carta iban. Ya que tanto deseas saberlas, decía desta manera:

« LISANDRO A LEONIDA

Mientras que he podido, aunque con grandísimo do­lor mío, resistir con las proprias fuerzas a la amorosa llama que por ti, ¡oh, hermosa Leonida!, me abrasa, jamás he tenido ardimiento, temeroso del subido valor que en ti conozco, de descubrirte el amor que te tengo; mas, ya que es consumida aquella virtud que hasta aquí me ha hecho fuerte, hame sido forzoso, descu­briendo la llaga de mi pecho, tentar con escrebirte su primero y último remedio. Que sea el primero, tú lo sabes, y de ser el último está en tu mano, de la cual espero la misericordia que tu hermosura promete y mis honestos deseos merescen, los cuales y el fin adonde se encaminan conoscerás de Silvia, que ésta te dará. Y, pues ella se ha atrevido, con ser quien es, a llevártela, entiende que son tan justos cuanto a tu me­rescimiento se deben.»

No le parecieron mal a Elicio las razones de la carta de Lisandro, el cual, prosiguiendo la historia de sus amo­res, dijo:

-«No pasaron muchos días sin que esta carta viniese a las hermosas manos de Leonida, por medio de las piado­sas de Silvia, mi verdadera amiga, la cual, junto con dár­sela, le dijo tales cosas que con ellas templó en gran parte la ira y alteración que con mi carta Leonida había recebido: como fue decide cuánto bien se siguiría si por nuestro casamiento la enemistad de nuestros padres se acababa, y que el fin de tan buena intención la había de mover a no desechar mis deseos; cuanto más, que no se debía compadecer con su hermosura dejar morir sin más respecto a quien tanto como yo la amaba; añadiendo a estas otras razones que Leonida conoció que lo eran. Pe­ro, por no mostrarse al primer encuentro rendida y a los pdmeros pasos alcanzada, no dio tan agradable respuesta a Sílvia como ella quisiera. Pero, con todo esto, por in­tercesión de Silvia, que a ello le forzó, respondió con es­ta carta que agora te diré:

LEONIDA A LISANDRO

Si entendiera, Lisandro, que tu mucho atrevimiento había nacido de mi poca honestidad, en mí mesma ejecutara la pena que tu culpa meresce; pero, por ase­gurarme desto lo que yo de mí conozco, vengo a cono­cer que más ha procedido tu osadía de pensamientos ociosos que de enamorados. Y, aunque ellos sean de la manera que dices, no pienses que me has de mover a mí para remediallos como a Silvia para creellos, de la cual tengo más queja por haberme forzado a res­ponderte que de ti que te atreviste a escrebirme, pues el callar fuera digna respuesta a tu locura. Si te retraes de lo comenzado, harás como discreto, porque te hago saber que pienso tener más cuenta con mi honra que con tus vanidades.

»Esta fue la respuesta de Leonida, la cual, junto con las esperanzas que Silvia me dio, aunque ella parecía al­go áspera, me hizo tener por el más bien afortunado del mundo.

»Mientras estas cosas entre nosotros pasaban, no se descuidaba Crisalbo de solicitar a Silvia con infinitos mensajes, presentes y servicios; mas, era tan fuerte y de­sabrida la condición de Crisalbo, que jamás pudo mover a la de Silvia a que un pequeño favor le diese, de lo cual estaba tan desesperado a impaciente como un agarrocha­do y vencido toro.

»Por causa de sus amores había tomado amistad con el astuto Carino, pariente de Silvia, habiendo los dos sido primero mortales enemigos, porque, en cierta lucha que un día de una grande fiesta delante de todo el pueblo los zagales más diestros del lugar tuvieron, Carino fue ven­cido de Crisalbo y maltratado; de manera que concibió en su corazón odio perpetuo contra Crisalbo. Y no menos lo tenía contra otro hermano mío, por haberle sido con­trario en unos amores, de los cuales mi hermano llevó el fruto que Carino esperaba. Este rancor y mala voluntad tuvo Carino secreta, hasta que el tiempo le descubrió ocasión cómo a un mesmo punto se vengase de entram­bos por el más cruel estilo que imaginarse puede.

» Yo le tenía por amigo, porque la entrada en casa de Silvia no se me impidiese; Crisalbo le adoraba, porque favoreciese sus pensamientos con Silvia; y era de suerte su amistad, que todas las veces que Leonida venía a casa de Silvia Carïno la acompañaba. Por la cual causa le pa­reció bien a Silvia darle cuenta, pues era mi amigo, de los amores que yo con Leonida trataba, que en aquella sazón andaban ya tan vivos y venturosos, por la buena intercesión de Silvia, que ya no esperábamos sino tiempo y lugar donde coger el honesto fruto de nuestros limpios deseos, los cuales sabidos de Carino, tomó por instru­mento para hacer la mayor traición del mundo. Porque un día, haciendo del leal con Crisalbo, y dándole a en­tender que tenía en más su amistad que la honra de su pa­rienta, le dijo que la principal causa porque Silvia no le amaba ni favorescía era por estar de mí enamorada, y que él lo sabía inefaliblemente; y que ya nuestros amores iban tan al descubierto, que si él no hubiera estado ciego de la pasión amorosa, en mil señales lo hubiera ya co­nocido; y que para certificarse más de la verdad que le decía, que de allí adelante mirase en ello, porque vería claramente cómo, sin empacho alguno, Silvia me daba extraordinarios favores. Con estas nuevas debió de que­dar tan fuera de sí Crisalbo, como pareció por lo que de­llas sucedió.

» De allí adelante Crisalbo traía espías por ver lo que yo con Silvia pasaba; y, como yo muchas veces procura­se hallarme solo con ella para tratar, no de los amores que él pensaba, sino de lo que a los míos convenía, éran­le a Crisalbo referidas, con otros favores que, de limpia amistad procedidos, Silvia a cada paso me hacía; por lo que vino Crisalbo a términos tan desesperados que mu­chas veces procuró matarme, aunque yo no pensaba que era por semejante ocasión, sino por lo de la antigua ene­mistad de nuestros padres. Mas, por ser él hermano de Leonida, tenía yo más cuenta con guardarme que con ofenderle, teniendo por cierto que, si yo con su hermana me casaba, tendrían fin nuestras enemistades; de lo que él estaba bien ajeno, antes se pensaba que por serle yo enemigo, había procurado tratar amores con Silvia, y no porque yo bien la quisiese. Y esto le acrescentába la có­lera y enojo de manera que le sacaba de juicio, aunque él tenía tan poco, que poco era menester para acabárselo. Y pudo tanto en él este mal pensamiento, que vino a abo­rrecer a Silvia tanto cuanto la había querido, sólo porque a mí me favorecía, no con la voluntad que él pensaba, sino como Carino le decía. Y así, en cualesquier corrillos y juntas que se hallaba, decía mal de Silvia, dándole títulos y renombres deshonestos; pero, como todos conoscían su terrible condición y la bondad de Silvia, daban poco o ningún crédito a sus palabras.

»En este medio, había concertado Silvia con Leonida que los dos nos desposásemos y que, para que más a nuestro salvo se hiciese, sería bien que un día que con Carino Leonida viniese a su casa, no volviese por aquella noche a la de sus padres, sino que desde allí, en compa­ñía de Carino, se fuese a una aldea que media legua de la nuestra estaba, donde unos ricos parientes míos vivían, en cuya casa con más quietud podíamos poner en efecto nuestras intenciones; porque si del suceso dellas los pa­dres de Leonida no fuesen contentos, a lo menos estando ella ausente sería más fácil el concertarse. Tomado, pues, este apuntamiento y dada cuenta dél a Carino, se ofreció, con muestras de grandísimo ánimo, que llevaría a Leoni­da a la otra aldea, como ella fuese contenta. Los servicios que yo hice a Carino por la buena voluntad que mostra­ba, las palabras de ofrecimiento que le dije, los abrazos que le di, me parece que bastaran a deshacer en un cora­zón de acero cualquiera mala intención que contra mí tuviera. Pero el traidor de Carino, echando a las espal­das mis palabras, obras y promesas, sin tener cuenta con la que a sí mesmo debía, ordenó la traición que agora oirás.

»Informado Carino de la voluntad de Leonida, y vien­do ser conforme a la que Silvia le había dicho, ordenó que la primera noche que, por las muestras del día, en­tendiesen que había de ser escura, se pusiese por obra la ida de Leonida, ofreciéndose de nuevo a guardar el se­creto y lealtad posible. Después de hecho este concierto que has oído, se fue a Crisalbo, según después acá he sa­bido, y le dijo que su parienta Silvia iba tan adelante en los amores que conmigo traía, que en una cierta noche había determinado de sacarla de casa de sus padres y lle­varía a la otra aldea, do mis parientes moraban; donde se le ofrecía coyuntura de vengar su corazón en entrambos: en Silvia, por la poca cuenta que de sus servicios había hecho; en mí, por nuestra vieja enemistad y por el enojo que le había hecho en quitarle a Silvia, pues por sólo mi respecto le dejaba. De tal manera le supo encarecer y de­cir Carino lo que quiso, que con mucho menos a otro co­razón no tan cruel como el suyo moviera a cualquier mal pensamiento.

»Llegado, pues, ya el día que yo pensé que fuera el de mi mayor contento, dejando dicho a Carino, no lo que hizo, sino lo que había de hacer, me fui a la otra aldea a dar orden cómo recebir a Leonida. Y fue el dejarla en­comendada a Carino como quien deja a la simple corde­ruela en poder de los hambrientos lobos, o a la mansa pa­loma entre las uñas del fiero gavilán que la despedace. ¡Ay, amigo!, que llegando a este paso con la imagina­ción, no sé cómo tengo fuerzas para sostener la vida, ni pensamiento para pensarlo, cuanto más, lengua para de­cirlo. ¡Ay, mal aconsejado Lisandro!, ¿cómo, y no sabías tú las condiciones dobladas de Carino? Mas; ¿quién no se fiara de sus palabras, aventurando él tan poco en hacerlas verdaderas con las obras? ¡Ay, mal lograda Leoni­da, cuán mal supe gozar de la merced que me heciste en escogerme por tuyo!

»En fin, por concluir con la tragedia de mi desgracia, sabrás, discreto pastor, que la noche que Carino había de traer consigo a Leonida a la aldea donde yo la esperaba, él llamó a otro pastor, que debía de tener por enemigo, aunque él se lo encubría debajo de su falsa acostumbrada disimulación, el cual Libeo se llamaba, y le rogó que aquella noche le hiciese compañía, porque determinaba llevar una pastora, su aficionada, a la aldea que te he di­cho, donde pensaba desposarse con ella. Libeo, que era gallardo y enamorado, con facilidád le ofreció su com­pañía. Despidióse Leonida de Silvia con estrechos abra­zos y amorosas lágrimas, como présaga que había de ser la última despedida. Debía de considerar entonces la sin ventura la traición que a sus padres hacía, y no la que a ella Carino le ordenaba, y cuán mala cuenta daba de la buena opinión que della en el pueblo se tenía. Mas, pa­sando de paso por todos estos pensamientos, forzada del enamorado que la vencía, se entregó a la guardia de Ca­rino, que adonde yo la aguardaba la trujese.

» ¡Cuántas veces se me viene a la memoria, llegando a este punto, lo que soñé el día que le tuviera yo por dicho­so, si en él feneciera la cuenta de los de mi vida! Acuér­dome que, saliendo del aldea un poco antes que el sol acabase de quitar sus rayos de nuestro horizonte, me senté al pie de un alto fresno, en el mesmo camino por donde Leonida había de venir, esperando que cerrase al­go más la noche para adelantarme y recebilla; y, sin sa­ber cómo y sin yo quererlo, me quedé dormido. Y apenas hube entregado los ojos al sueño, cuando me pareció que el árbol donde estaba atrimado, rindiéndose a la furia de un recísimo viento que soplaba, desarraigando las hondas raíces de la tierra, sobre mi cuerpo se caía; y que, procu­rando yo evadirme del grave peso, a una y otra parte me revolvía. Y, estando en esta pesadumbre, me pareció ver una blanca cierva junto a mí, a la cual yo ahincadamente suplicaba que, como mejor pudiese, apartase de mis hom­bros la pesada carga; y que, queriendo ella, movida de compasión, hacerlo, al mismo instante salió un fiero león del bosque, y, cogiéndola entre sus agudas uñas, se metía con ella por el bosque adelante; y que, después que con gran trabajo me había escapado del grave peso, la iba a buscar al monte, y la hallaba despedazada y herida por mil partes; de lo cual tanto dolor sentía, que el alma se me arrancaba sólo por la compasión que ella había mos­trado de mi trabajo. Y así, comencé a llorar entre sueños de manera que las mismas lágrimas me despertaron, y, hallando las mejillas bañadas del llanto quedé fuera de mí, considerando lo que había soñado. Pero con la ale­gría que esperaba tener de ver a mi Leonida; no eché de ver entonces que la fortuna en sueños me mostraba lo que de allí a poco rato despierto me había de suceder.

»A la sazón que yo desperté, acababa de cerrar la no­che, con tanta escuridad, con tan espantosos truenos y relámpagos, como convenía para cometerse con más fa­cilidad la crueldad que en ella se cometió. Así como Ca­rino salió de casa de Silvia con Leonida, se la entregó a Libeo, diciéndole que se fuese con ella por el camino de la aldea que he dicho; y, aunque Leonida se alteró de ver a Libeo, Carino le aseguró que no era menor amigo mío Libeo que él proprio, y que con toda seguridad podía ir con él poco a poco, en tanto que él se adelantaba a dar­me a mí las nuevas de su llegada. Creyó la simple -en fin, como enamorada- las palabras del falso Carino, y, cón menor recelo del que convenía, guiada del comedi­do Libeo, tendía los temerosos pasos para venir a bus­car el último de su vida, pensando hallar el mejor de su contento.

»Adelantóse Carino de los dos, como ya lo he dicho, y vino a dar aviso a Crisalbo de lo que pasaba, el cual, con otros cuatro parientes suyos, en el mesmo camino por donde habían de pasar, que todo era cerrado de bosque de una y otra parte, escondidos estaban. Y díjoles cómo Silvia venía, y solo yo que la acompañaba, y que se ale­grasen de la buena ocasión que la suerte les ponía en las manos para vengarse de la injuria que los dos les había­mos hecho; y que él sería el primero que en Silvia, aun­que era parienta suya, probase los filos de su cuchillo. Apercibiéronse luego los cinco crueles carniceros para colorarse en la inocente sangre de los dos que tan sin cuidado de traición semejante por el camino se venían, los cuales, llegados a do la celada estaba, al instante fue­ron con ellos los pérfidos homicidas y cerráronlos en medio. Crisalbo se llegó a Leonida, pensando ser Silvia, y con injuriosas y turbadas palabras, con la infernal cóle­ra que le señoreaba, con seis mortales heridas la dejó tendida en el suelo, a tiempo que ya Libeo por los otros cuatro -creyendo que a mí me las daban- con infinitas puñaladas se revolcaba por la tierra. Carino, que vio cuán bien había salido el traidor intento suyo, sin aguardar ra­zones, se les quitó delante, y los cinco traidores, conten­tísimos, como si hubieran hecho alguna famosa hazaña, se volvieron a su aldea; y Crisalbo se fue a casa de Silvia a dar él mesmo a sus padres la nueva de lo que había he­cho, por acrescentarles el pesar y sentimiento, diciéndo­les que fuesen a dar sepultura a su hija Silvia, a quien él había quitado la vida por haber hecho más caudal de la fría voluntad de Lisandro, su enemigo, que no de los con­tinuos sirvicios suyos. Silvia, que sintió lo que Crisalbo decía, dándole el alma lo que había sido, le dijo cómo ella estaba viva, y aun libre de todo lo que la imputaba, y que mirase no hubiese muerto a quien le doliese más sú muerte que perder él mismo la vida. Y con esto le dijo que su hermana Leonida se había partido aquella noche de su casa en traje no acostumbrado. Atónito quedó Cri­salbo de ver a Silvia viva, teniendo él por cierto que la dejaba ya muerta, y con no pequeño sobresalto acudió luego a su casa, y, no hallando en ella a su hermana, con grandísima confusión y furia volvió él solo a ver quién era la que había muerto, pues Silvia estaba viva.

»Mientras todas estas cosas pasaban, estaba yo con una ansia estraña esperando a Carino y Leonida, y, pare­ciéndome que ya tardaban más de lo que debían, quise ir a encontrarlos, o a saber si por algún caso aquella noche se habían detenido, y no anduve mucho por el camino cuando oí una lastimada voz que decía: “¡Oh soberano hacedor del cielo!, encoge la mano de tu justicia y abre la de tu misericordia, para tenerla desta alma, que presto te dará cuenta de las ofensas que te ha hecho. ¡Ay, Lisan­dro, Lisandro!, y cómo la amistad de Carino te costará la vida, pues no es posible sino que te la acabe el dolor de haberla yo por ti perdido. ¡Ay, cruel hermano!, ¿es posi­ble que sin oír mis disculpas tan presto me quesiste dar la pena de mi yerro?” Cuando estas razones oí, en la voz y en ellas conocí luego ser Leonida la que las decía, y pré­sago de mi desventura, con el sentido turbado, fui a tiento a dar adonde Leonida estaba envuelta en su pro­pria sangre; y, habiéndola conocido luego, dejándome caer sobre el herido cuerpo, haciendo los estremos de dolor posible, le dije: “¿Qué desdicha es esta, bien mío? Ánima mía, ¿cuál fue la cruel mano que no ha tenido respecto a tanta hermosura?” En estas palabras fui cono­cido de Leonida, y, levantando con gran trabajo los can­sados brazos, los echó por cima de mi cuello, y, apretan­do con la mayor fuerza que pudo, juntando su boca con la mía, con flacas y mal pronunciadas razones, me dijo solas estas: “Mi hermano me ha muerto; Carino, vendi­do; Libeo está sin vida, la cual te dé Dios a ti, Lisandro mío, largos y felices años, y a mí me deje gozar en la otra del reposo que aquí me ha negado”. Y, juntando más su boca con la mía, habiendo cerrado los labios para darme el primero y último beso, al abrillos se le salió el alma y quedó muerta en mis brazos. Cuando yo lo sentí, abandonándome sobre el helado cuerpo, quedé sin nin­gún sentido. Y si como era yo el vivo, fuera el muerto, quien en aquel trance nos viera, el lamentable de Píramo y Tisbe trujera a la memoria. Mas, después que volví en mí, abriendo ya la boca para llenar el aire de voces y sospiros,sentí que hacia donde yo estaba venía uno con apresurados pasos; y, llegándose cerca, aunque la noche hacía escura, los ojos del alma me dieron a conoscer que el que allí venía era Crisalbo; como era la verdad, porque él tomaba a certificarse si por ventura era su hermana Leonida la que había muerto. Y, como yo le conocí, sin que de mí se guardase, llegué a él como sañudo león y, dándole dos heridas, di con él en tierra; y, antes que aca­base de espirar, le llevé arrastrando adonde Leonida es­taba; y, puniendo en la mano muerta de Leonida el puñal que su hermano traía, que era el mesmo con que él la ha­bía muerto, ayudándole yo a ello, tres veces se le hinqué por el corazón. Y, consolado en algo el mío con la muerte de Crisalbo, sin más detenerme, tomé sobre mis hombros el cuerpo de Leonida y llevéle al aldea donde mis parientes vivían; y, contándoles el caso, les rogué le diesen honrada sepultura, y luego puse por obra y deter­miné de tomar en Carino la venganza que en Crisalbo; la cual, por haberse él ausentado de nuestra aldea, se ha tardado hasta hoy, que le hallé a la salida deste bosque, después de haber seis meses que ando en su demanda. Él ha hecho ya el fin que su traición merescía, y a mí no me queda ya de quién tomar venganza, si no es de la vida que tan contra mi voluntad sostengo.» Esta es, pastor, la causa de do proceden los lamentos que me has oído. Si te parece que es bastante para causar mayores sentimientos, a tu buena discreción dejo que lo considere.

Y con esto dio fin a su plática y principio a tantas lá­grimas, que no pudo dejar Elicio de tenerle compañía en ellas. Pero, después que por largo espacio habían desfo­gado con tiernos sospiros, el uno la pena que sentía, el otro la compasión que della tomaba, Elicio comenzó con las mejores razones que supo a consolar a Lisandro, aun­que era su mal tan sin consuelo como por el suceso dél había visto. Y entre otras cosas que le dijo, y la que a Li­sandro más le cuadró, fue decirle que en los males sin remedio, el mejor era no esperarles ninguno; y que, pues de la honestidad y noble condición de Leonida se podría creer -según él decía- que de dulce vida gozaba, antes debía alegrarse del bien que ella había ganado, que no entristecerse por el que él había perdido. A lo cual res­pondió Lisandro:

-Bien conozco, amigo, que tienen fuerza tus razones para hacerme creer que son verdaderas, pero no que la tienen, ni la tendrán las que todo el mundo decirme pu­diere, para darme consuelo alguno. En la muerte de Leo­nida comenzó mi desventura, la cual se acabará cuando yo la tome a ver; y, pues esto no puede ser sin que yo muera, al que me induciere a procurar la muerte tendré yo por más amigo de mi vida.

No quiso Elicio darle más pesadumbre con sus con­suelos, pues él no los tenía por tales; sólo le rogó que se viniese con él a su cabaña, en la cual estaría todo el tiempo que gusto le diese, ofreciéndole su amistad en to­do aquello que podía ser buena para servirle. Lisandro se lo agradeció cuanto fue posible; y, aunque no quería acetar el venir con Elicio, todavía lo hubo de hacer for­zado de su importunación; y así, los dos se levantaron y se vinieron a la cabaña de Elicio, donde reposaron lo po­co que de la noche quedaba. Pero ya que la blanca Auro­ra dejaba el lecho del celoso marido y comenzaba a dar muestras del venidero día, levantándose Erastro, comen­zó a poner en orden el ganado de Elicio y suyo, para sa­carle al pasto acostumbrado. Elicio convidó a Lisandro a que con él se viniese, y así, viniendo los tres pastores con el manso rebaño de sus ovejas por una cañada abajo, al subir de una ladera oyeron el sonido de una suave zam­poña, que luego por Elicio y Erastro fue conocido que era Galatea quien la sonaba. Y no tardó mucho que por la cumbre de la cuesta se comenzaron a descubrir algunas ovejas, y luego tras ellas Galatea, cuya hermosura era tanta que sería mejor dejarla en su punto, pues faltan pa­labras para encarecerla. Venía vestida a la serrana, con los luengos cabellos sueltos al viento, de quien el mesmo sol parescía tener envidia, porque, hiriéndoles con sus rayos, procuraba quitarles la luz si pudiera, mas la que la salía de la vislumbre dellos, otro nuevo sol semejaba. Estaba Erastro fuera de sí mirándola, y Elicio no podía apartar los ojos de verla. Cuando Galatea vio que el re­baño de Elicio y Erastro con el suyo se juntaba, mostran­do no gustar de tenerles aquel día compañía, llamó a la borrega mansa de su manada, a la cual siguieron las de­más, y encaminóla a otra parte diferente de la que los pastores llevaban. Viendo Elicio lo que Galatea hacía, sin poder sufrir tan notorio desdén, llegándose a do la pastora estaba, le dijo:

-Deja, hermosa Galatea, que tu rebaño venga con el nuestro, y si no gustas de nuestra compañía, escoge la que más te agradare; que no por tu ausencia dejarán tus ovejas de ser bien apacentadas, pues yo, que nací para servirte, tendré más cuenta dellas que de las mías pro­prias. Y no quieras tan a la clara desdeñarme, pues no lo merece la limpia voluntad que te tengo; que, según el viaje que traías, a la fuente de las Pizarras le encamina­bas, y agora que me has visto quieres torcer el camino. Y si esto es así como pienso, dime adónde quieres hoy y siempre apascentar tu ganado, que yo te juro de no llevar allí jamás el mío.

-Yo te prometo, Elicio -respondió Galatea-, que no por huir de tu compañía ni de la de Erastro he vuelto del camino que tú imaginas que llevaba, porque mi intención es pasar hoy la siesta en el arroyo de las Palmas, en compañía de mi amiga Florisa, que allá me aguarda, por­que desde ayer concertamos las dos de apascentar hoy alí nuestros ganados; y, como yo venía descuidada so­nando mi zampoña, la mansa borrega tomó el camino de las Pizarras, como della más acostumbrado. La voluntad que me tienes y ofrecimientos que me haces te agra­dezco, y no tengas en poco haber dado yo disculpa a tu sospecha.

-¡Ay, Galatea! -replicó Elicio-, y cuán bien que fin­ges lo que te parece, teniendo tan poca necesidad de usar conmigo artificio, pues al cabo no tengo de querer más de lo que tú quisieres. Ora vayas al arroyo de las Palmas, al soto del Concejo o a la fuente de las Pizarras, ten por cierto que no has de ir sola, que siempre mi alma te acompaña, y si tú no la vees, es porque no quieres verla, por no obligarte a remediarla.

-Hasta agora -respondió Galatea- tengo por ver la primera alma, y así no tengo culpa si no he remediado a ninguna.

-No sé cómo puedes decir eso -respondió Elicio-, hermosa Galatea, que las veas para herirlas y no para cu­rarlas.

-Testimonio me levantas -replicó Galatea- en decir que yo, sin armas, pues a mujeres no son concedidas, ha­ya herido a nadie.

-¡Ay, discreta Galatea! -dijo Elicio-, cómo te burlas con lo que de mi alma sientes, a la cual invisiblemente has llagado, y no con otras armas que con las de tu her­mosura. Y no me quejo yo tanto del daño que me has he­cho, como de que le tengas en poco.

-En menos me tendría yo -respondió Galatea- si en más le tuviese.

A esta sazón llegó Erastro, y, viendo que Galatea se iba y les dejaba, le dijo:

-¿Adónde vas, o de quién huyes, hermosa Galatea? Si de nosotros, que te adoramos, te alejas, ¿quién esperará de ti compañía? ¡Ay, enemiga!, cuán al desgaire te vas, triunfando de nuestras voluntades. El cielo destruya la buena que tengo, si no deseo verte enamorada de quien estime tus quejas en el grado que tú estimas las mías. ¿Ríeste de lo que digo, Galatea? Pues yo lloro de lo que tú haces.

No pudo Galatea responder a Erastro, porque andaba guiando su ganado hacia el arroyo de las Palmas, y, aba­jando desde lejos la cabeza en señal de despedirse, los dejó. Y, como se vio sola, en tanto que llegaba adonde su amiga Florisa creyó que estaría, con la estremada voz que al cielo plugo darle, fue cantando este soneto:

GALATA

Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha

de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;

que tal llama mi alma no la quiere,

ni queda de tal ñudo satisfecha.

Consuma, ciña, yele, mate; estrecha

tenga otra la voluntad cuanto quisiere;

que por dardo, o por nieve, o red no’spere

tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,

el ñudo romperé por fuerza o arte,

la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;

y así, no temeré en segura parte

de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo.

Con más justa causa se pudieran parar los brutos, mo­ver los árboles y juntar las piedras a escuchar el suave canto y dulce armonía de Galatea, que cuando a la cítara de Orfeo, lira de Apolo y música de Anfión los muros de Troya y Tebas por sí mismos se fundaron, sin que artífi­ce alguno pusiese en ellos las manos, y las hermanas, ne­gras moradoras del hondo caos, a la estremada voz del in­cauto amante se ablandaron. El acabar el canto Galatea y llegar adonde Florisa estaba, fue todo a un tiempo, de la cual fue con alegre rostro recebida, como aquella que era su amiga verdadera y con quien Galatea sus pensamien­tos comunicaba. Y, después que las dos dejaron ir a su al­bedrío a sus ganados a que de la verde yerba paciesen, convidadas de la claridad del agua de un arroyo que allí corría, determinaron de lavarse los hermosos rostros, pues no era menester para acrecentarles hermosura el vano y enfadoso artificio con que los suyos martirizan las damas que en las grandes ciudades se tienen por más hermosas. Tan hermosas quedaron después de lavadas como antes lo estaban, excepto que por haber llegado las manos con movimiento al rostro, quedaron sus mejillas encendidas y sonroseadas, de modo que un no sé qué de hermosura les acrescentaba; especialmente a Galatea, en quien se vie­ron juntas las tres Gracias, a quien los antiguos griegos pintaban desnudas por mostrar, entre otros efectos, que eran señoras de la belleza. Comenzaron luego a coger di­versas flores del verde prado, con intención de hacer sen­das guirnaldas con que recoger los desornados cabellos que sueltos por las espaldas traían.

En este ejercicio andaban ocupadas las dos hermosas pastoras, cuando por el arroyo abajo vieron al improviso venir una pastora de gentil donaire y apostura, de que no poco se admiraron, porque les pareció que no era pastora de su aldea ni de las otras comarcanas a ella, a cuya cau­sa con más atención la miraron, y vieron que venía poco a poco hacia donde ellas estaban. Y, aunque estaban bien cerca, ella venía tan embebida y transportada en sus pensamientos, que nunca las vio hasta que ellas quisieron mostrarse. De trecho en trecho se paraba, y, vueltos los ojos al cielo, daba unos sospiros tan dolorosos que de lo más íntimo de sus entrañas parecían arrancados. Torcía asimesmo sus blancas manos y dejaba correr por sus me­jillas algunas lágrimas, que líquidas perlas semejaban. Por los estremos de dolor que la pastora hacía, conocie­ron Galatea y Florisa que de algún interno dolor traía el alma ocupada, y por ver en qué paraban sus sentimientos, entrambas se escondieron entre unos cerrados mirtos, y desde allí con curiosos ojos miraban lo que la pastora ha­cía. La cual, llegándose al margen del arroyo, con atentos ojos se paró a mirar el agua que por él corría, y, dejándo­se caer a la orilla dél como persona cansada, corvando una de sus hermosas manos, cogió en ella del agua clara, con la cual lavándose los húmidos ojos, con voz baja y debilitada dijo:

-¡Ay, claras y frescas aguas!, ¡cuán poca parte es vuestra frialdad para templar el fuego que en mis entra­ñas siento! Mal podré esperar de vosotras, ni aun de to­das las que contiene el gran mar océano, el remedio que he menester, pues, aplicadas todas al ardor que me con­sume, haríades el mesmo efecto que suele hacer la pe­queña cantidad en la ardiente fragua, que más su llama acrecienta. ¡Ay, tristes ojos, causadores de mi perdición, y en qué fuerte punto os alcé para tan gran caída! ¡Ay, Fortuna, enemiga de mi descanso, con cuánta velocidad me derribaste de la cumbre de mis contentos al abismo de la miseria en que me hallo! ¡Ay, cruda hermana!, ¿cómo no aplacó la ira de tu desamorado pecho la hu­milde y amorosa presencia de Artidoro? ¿Qué palabras te pudo decir él para que le dieses tan aceda y cruel res­puesta? Bien parece, hermana, que tú no le tenías en la cuenta que yo le tengo, que si así fuera, a fe que tú te mostraras tan humilde cuanto él a ti subjeto.

Todo esto que la pastora decía mezclaba con tantas lágrimas, que no hubiera corazón que escuchándola no se enterneciera. Y, después que por algún espacio hubo sosegado el afligido pecho, al son del agua que man­samente corría, acomodando a su propósito una copla antigua, con suave y delicada voz cantó esta glosa:

Ya la esperanza es perdida,

y un solo bien me consuela:

qu’el tiempo, que pasa y vuela,

llevará presto la vida.

Dos cosas hay en amor

con que su gusto se alcanza:

deseo de lo mejor,

es la otra la esperanza

que pone esfuerzo al temor.

Las dos hicieron manida

en mi pecho, y no las veo;

antes en l’alma afligida,

porque me acabe el deseo,

ya la esperanza es perdida.

Si el deseo desfallece

cuando la esperanza mengua,

al contrario en mí parece,

pues cuanto ella más desmengua

tanto más él s’engrandece.

Y no hay usar de cautela

con las llagas que me atizan,

que en esta amorosa escuela

mil males me martirizan,

y un solo bien me consuela.

Apenas hubo llegado

el bien a mi pensamiento,

cuando el cielo, suerte y hado,

con ligero movimiento

l’han del alma arrebatado.

Y si alguno hay que se duela

de mi mal tan lastimero,

al mal amaina la vela,

y al bien pasa más ligero

qu’el tiempo, que pasa y vuela.

¿Quién hay que no se consuma

con estas ansias que tomo?,

pues en ellas se ve en suma

ser los cuidados de plomo

y los placeres de pluma.

Y aunque va tan de caída

mi dichosa buena andanza

en ella este bien se anida:

que quien llevó la esperanza

llevará presto la vida.

Presto acabó el canto la pastora, pero no las lágrimas con que lo solemnizaba, de las cuales movidas a compa­sión Galatea y Florisa, salieron de do escondidas estaban, y con amorosas y corteses palabras a la triste pastora sa­ludaron, diciéndole, entre otras razones:

-Así los cielos, hermosa pastora, se muestren favora­bles a lo que pedirles quisieres, y dellos alcances lo que deseas, que nos digas, si no lo es enojoso, qué ventura o qué destino te ha traído por esta tierra, que según la plá­tica que nosotras tenemos della, jamás por estas riberas te habemos visto. Y por haber oído lo que poco ha can­taste, y entender por ello que no tiene tu corazón el so­siego que ha menester, y por las lágrimas que has derra­mado, de que dan indicio tus húmidos y hermosos ojos, en ley de buen comedimiento estamos obligadas a procu­rarte el consuelo que de nuestra parte fuere posible. Y si fuere tu mal de los que no sufren ser consolados, a lo menos conoscerás en nosotras una buena voluntad de servirte.

-No sé con qué poder pagaros -respondió la forastera pastora-, hermosas zagalas, los corteses ofrecimientos que me hacéis, si no es con callar y agradecello, y esti­marlos en el punto que merescen, y con no negaros lo que de mí saber quisiéredes, puesto que me sería mejor pasar en silencio los sucesos de mi ventura, que no, con decirlos, daros indicios para que me tengáis por liviana.

-No muestra tu rostro y gentil apostura, hermosa pastora -respondió Galatea-, que el cielo te ha dado tan grosero entendimiento que con él hicieses cosa que después hubieses de perder reputación en decirla. Y, pues tu vista y palabras en tan poco ha hecho esta impresión en nosotras, que ya te tenemos por discreta, muéstranos, con contarnos tu vida, si llega a tu discreción tu ventura.

-A lo que yo creo -respondió la pastora-, en un igual andan entrambas, si ya no me ha dado la suerte más jui­cio para que sienta más los dolores que se ofrecen. Pero yo estoy bien cierta que sobrepujan tanto mis males a mi discreción, cuanto dellos es vencida toda mi habilidad, pues no tengo ninguna para saber remediallos. Y, porque la experiencia os desengañe, si quisiéredes oírme, bellas zagalas, yo os contaré con las más breves razones que pudiere, cómo, del mucho entendimiento que juzgáis que tengo, ha nascido el mal que le hace ventaja.

-Con ninguna cosa, discreta zagala, satisfarás más nues­tros deseos -respondió Florisa-, que con damos cuenta de lo que te hemos rogado.

-Apartémonos, pues -dijo la pastora-, deste lugar y busquemos otro donde, sin ser vistas ni estorbadas, pue­da deciros lo que me pesa de haberos prometido, porque adivino que no estará más en perderse la buena opinión que con vosotras he cobrado, que cuanto tarde en descu­briros mis pensamientos, si acaso los vuestros no han si­do tocados de la enfermedad que yo padezco.

Deseosas de que la pastora cumpliese lo que prometía, se levantaron luego las tres y se fueron a un lugar secreto y apartado que ya Galatea y Florisa sabían, donde, de­bajo de la agradable sombra de unos acopados mirtos, sin ser vistas de alguno, podían todas tres estar sentadas. Y luego, con estremado donaire y gracia, la forastera pasto­ra comenzó a decir desta manera:

-«En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo, fui yo nascida y criada, y no en tan baja fortuna que me tuviese por la peor de mi aldea. Mis padres son labradores y a la labranza del campo acos­tumbrados, en cuyo ejercicio les imitaba, trayendo yo una manada de simples ovejas por las dehesas concejiles de nuestra aldea, acomodando tanto mis pensamientos al estado en que mi suerte me había puesto, que ningu­na cosa me daba más gusto que ver multiplicar y crecer mi ganado, sin tener cuenta con más que con procurarle los más fructíferos y abundosos pastos, claras y frescas aguas que hallar pudiese. No tenía ni podía tener más cuidados que los que podían nascer del pastoral oficio en que me ocupaba. Las selvas eran mis compañeras, en cu­ya soledad muchas veces, convidada de la suave armonía de los dulces pajarillos, despedía la voz a mil honestos cantares, sin que en ellos mezclase sospiros ni razones que de enamorado pecho diesen indicio alguno. ¡Ay!, cuántas veces, sólo por contentarme a mí mesma y por dar lugar al tiempo que se pasase, andaba de ribera en ri­bera, de valle en valle, cogiendo aquí la blanca azucena, allí el cárdeno lirio, acá la colorada rosa, acullá la oloro­sa clavellina, haciendo de todas suertes de odoríferas flo­res una tejida guimalda, con que adornaba y recogía mis cabellos; y después, mirándome en las claras y reposa­das aguas de alguna fuente, quedaba tan gozosa de ha­berme visto que no trocara mi contento por otro alguno. Y cuántas hice burla de algunas zagalas que, pensando hallar en mi pecho alguna manera de compasión del mal que los suyos sentían, con abundancia de lágrimas y sospiros, los secretos enamorados de su alma me des­cubrían.

»Acuérdome agora, hermosas pastoras, que llegó a mí un día una zagala amiga mía, y, echándome los brazos al cuello y juntando su rostro con el mío, hechos sus ojos fuentes, me dijo: “¡Ay, hermana Teolinda -que éste es el nombre desta desdichada-, y cómo creo que el fin de mis días es llegado, pues amor no ha tenido la cuenta conmi­go que mis deseos merescían!”. Yo, entonces, admirada de los estremos que la veía hacer, creyendo que algún gran mal le había sucedido de pérdida de ganado, o de muerte de padre o hermano, limpiándole los ojos con la manga de mi camisa, le rogué que me dijese qué mal era el que tanto la aquejaba. Ella, prosiguiendo en sus lágri­mas y no dando tregua a sus sospiros, me dijo: “¿Qué mayor mal quieres, ¡oh Teolinda!, que me haya sucedido que el haberse ausentado sin decirme nada el hijo del mayoral de nuestra aldea, a quien yo quiero más que a los proprios ojos de la cara; y haber visto esta mañana en poder de Leocadia, la hija del rabadán Lisalco, una cinta encarnada que yo había dado a aquel fementido de Eu­genio, por donde se me ha confirmado la sospecha que yo tenía de los amores que el traidor con ella trataba?” Cuando yo acabé de entender sus quejas, os juro, amigas y señoras mías, que no pude acabar conmigo de no reírme y decirle: “Mía fe, Lidia -que así se llama la sin ventura-, pensé que de otra mayor llaga venías herida, según te quejabas, pero agora conozco cuán fuera de sentido andáis vosotras, las que presumís de enamoradas, en hacer caso de semejantes niñerías. Dime, por tu vida, Lidia amiga: ¿cuánto vale una cinta encarnada, para que te duela de verla en poder de Leocadia, ni de que se la haya dado Eugenio? Mejor harías de tener cuenta con tu honra y con lo que conviene al pasto de tus ovejas, y no entremeterte en estas burlerías de amor, pues no se saca dellas, según veo, sino menoscabo de nuestras honras y sosiego”. Cuando Lidia oyó de mi boca tan contraria res­puesta de la que esperaba de mi piadosa condición, no hizo otra cosa sino abajar la cabeza, y, acrescentando lá­grimas a lágrimas y sollozos a sollozos, se apartó de mí; y, volviendo a cabo de poco trecho el rostro, me dijo: “Ruego yo a Dios, Teolinda, que presto te veas en estado que tengas por dichoso el mío, y que el amor te trate de manera que cuentes tu pena a quien la estime y sienta en el grado que tú has hecho la mía”. Y con esto se fue, y yo me quedé riyendo de sus desvaríos. Mas, ¡ay, desdi­chada, y cómo a cada paso conozco que me va alcanzan­do bien su maldición, pues aun agora temo que estoy contando mi pena a quien se dolerá poco de haberla sa­bido!»

A esto respondió Galatea:

-Pluviera a Dios, discreta Teolinda, que así como ha­llarás en nosotras compasión de tu daño, pudieras hallar el remedio dél, que presto perdieras la sospecha que de nuestro conocimiento tienes.

-Vuestra hermosa presencia y agradable conversación, dulces pastoras -respondió Teolinda-, me hace es­perar eso, pero mi corta ventura me fuerza a temer esto­tro. Mas, suceda lo que sucediere, que al fin habré de contaros lo que os he prometido.

«Con la libertad que os he dicho, y en los ejercicios que os he contado, pasaba yo mi vida tan alegre y sose­gadamente que no sabía qué pedirme el deseo, hasta que el vengativo Amor me vino a tomar estrecha cuenta de la poca que con él tenía, y alcanzóme en ella de manera que, con quedar su esclava, creo que aún no está pagado ni satisfecho.

»Acaeció, pues, que un día -que fuera para mí el más venturoso de los de mi vida, si el tiempo y las ocasiones no hubieran traído tal descuento a mis alegrías-, vinien­do yo con otras pastoras de nuestra aldea a cortar ramos y a coger juncia y flores y verdes espadañas para adornar el templo y calles de nuestro lugar, por ser el siguiente día solemnísima fiesta y estar obligados los moradores de nuestro pueblo por promesa y voto a guardalla, acer­tamos a pasar todas juntas por un deleitoso bosque que entre el aldea y el río está puesto, adonde hallamos una junta de agraciados pastores, que a la sombra de los ver­des árboles pasaban el ardor de la caliente siesta, los cuales, como nos vieron, al punto fuimos dellos conosci­das, por ser todos cuál primo y cuál hermano y cuál pa­riente nuestro. Y, saliéndonos al encuentro y entendido de nosotras el intento que llevábamos, con corteses pala­bras nos persuadieron y forzaron a que adelante no pasá­semos, porque algunos dellos tomarían el trabajo de traer hasta allí los ramos y flores por que íbamos. Y así, ven­cidas de sus ruegos, por ser ellos tales, hubimos de con­ceder lo que querían; y luego seis de los más mozos, apercebidos de sus hocinos, se partieron con gran con­tento a traernos los verdes despojos que buscábamos. Nosotras, que seis éramos, nos juntamos donde los de­más pastores estaban, los cuales nos recibieron con el comedimiento posible, especialmente de un pastor fo­rastero que allí estaba, que de ninguna de nosotras fue conoscido, el cual era de tan gentil donaire y brío que quedaron todas admiradas en verle; pero yo quedé admi­rada y rendida. No sé qué os diga, pastoras, sino que, así como mis ojos le vieron, sentí entemecérseme el cora­zón, y comenzó a discurrir por todas mis venas un yelo que me encendía, y, sin saber cómo, sentí que mi alma se alegraba de tener puestos los ojos en el hermoso rostro del no conocido pastor. Y en un punto, sin ser en los ca­sos de amor experimentada, vine a conoscer que era amor el que salteado me había. Y luego quisiera que­jarme dél, si el tiempo y la ocasión me dieran lugar a ello.

» En fin, yo quedé cual ahora estoy, vencida y enamo­rada, aunque con más confianza de salud que la que aho­ra tengo. ¡Ay!, cuántas veces en aquella sazón me quise llegar a Lidia, que con nosotras estaba y decirle: “Perdó­name, Lidia hermana, de la desabrida respuesta que te di el otro día, porque te hago saber que ya tengo más expe­riencia del mal de que te quejabas que tú mesma”. Una cosa me tiene maravillada: de cómo cuantas allí estaban no conocieron, por los movimientos de mi rostro, los secretos de mi corazón; y debiólo de causar que todos los pastores se volvieron al forastero y le rogaron que acaba­se de cantar una canción que había comenzado antes que nosotras llegásemos; el cual, sin hacerse de rogar, siguió su comenzado canto con tan estremada y maravillosa voz, que todos los que la escuchaban estaban transporta­dos en oírla. Entonces acabé yo de entregarme de todo en todo a todo to que el amor quiso, sin quedar en mí más voluntad que si no la hubiera tenido para cosa alguna en mi vida. Y, puesto que yo estaba más suspensa que todos escuchando la suave armonía del pastor, no por eso dejé de poner grandísima atención a lo que en sus versos cantaba, porque me tenía ya el amor puesta en tal estre­mo que me llegara al alma si le oyera cantar cosas de enamorado, que imaginara que ya tenía ocupados sus pensantientos, y quizá en parte que no tuviesen alguna los míos en lo que deseaban. Mas lo que él entonces cantó no fueron sino ciertas alabanzas del pastoral estado y de la sosegada vida del campo, y algunos avisos útiles a la conservación del ganado, de que no poco quedé yo contenta, pareciéndome que si el pastor estuviera enamo­rado, que de ninguna cosa tratara que de sus amores, por ser condición de los amantes parecerles mal gastado el tiempo que en otra cosa que en ensalzar y alabar la causa de sus tristezas o contentos se gasta. Ved, amigas, en cuán poco espacio estaba ya maestra en la escuela de amor.

»El acabar el pastor su canto y el descubrir los que con los ramos venían fue todo a un tiempo; los cuales, a quien de lejos los miraba, no parecían sino un pequeño montecillo que con todos sus árbores se movia, segun venían pomposos y enramados. Y, llegando ya cerca de nosotras, todos seis entonaron sus voces, y comenzando el uno y respondiendo todos, con muestras de grandísimo contento, y con muchos placenteros alaridos, dieron prin­cipio a un gracioso villancico. Con este contento y ale­gría llegaron más presto de lo que yo quisiera, porque me quitaron la que yo sentía de la vista del pastor. Descar­gados, pues, de la verde carga, vimos que traía cada uno una hermosa guirnalda enroscada en el brazo, compuesta de diversas y agradables flores, las cuales con graciosas palabras a cada una de nosotras la suya presentaron, y se ofrecieron de llevar los ramos hasta el aldea. Mas, agra­deciéndoles nosotras su buen comedimiento, llenas de alegría, queríamos dar la vuelta al lugar, cuando Eleuco, un anciano pastor que allí estaba, nos dijo: “Bien será, hermosas pastoras, que nos paguéis lo que por vosotras nuestros zagales han hecho, con dejarnos las guirnaldas, que demasiadas lleváis de lo que a buscar veníades; pero ha de ser con condición que de vuestra mano las deis a quien os pareciere”. “Si con tan pequeña paga quedaréis de nosotras satisfechos -respondió la una—, yo por mí soy contenta”. Y, tomando la guirnalda con ambas ma­nos, la puso en la cabeza de un gallardo primo suyo. Las otras, guiadas deste ejemplo, dieron las suyas a diferen­tes zagales que allí estaban; que todos, sus parientes eran. Yo, que a lo último quedaba, y que allí deudo algu­no no tenía, mostrando hacer de la desenvuelta, me lle­gué al forastero pastor, y, puniéndole la guimalda en la cabeza, le dije: “Ésta te doy, buen zagal, por dos cosas: la una, por el contento que a todos nos has dado con tu agradable canto; la otra, porque en nuestra aldea se usa honrar a los estranjeros”. Todos los circunstantes recibie­ron gusto de lo que yo hacía; pero, ¿qué os diré yo de lo que mi alma sintió, viéndome tan cerca de quien me la tenía robada, sino que diera cualquiera otro bien que acertara a desear en aquel punto, fuera de quererle, por poder ceñirle con mis brazos al cuello, como le ceñí las sienes con la guirnalda? El pastor se me humilló y con discretas palabras me agradeció la merced que le hacía, y, al despedirse de mí, con voz baja, hurtando la ocasión a los muchos ojos que allí había, me dijo: “Mejor te he pagado de lo que piensas, hermosa pastora, la guirnalda que me has dado: prenda llevas contigo que, si la sabes estimar, conocerás que me quedas deudora”. Bien quisie­ra yo responderle, pero la priesa que mis compañeras me daban era tanta, que no tuve lugar de replicarle.

»Desta manera me volví al aldea, con tan diferente co­razón del con que había salido, que yo mesma de mí mesma me maravillaba. La compañía me era enojosa, y cualquiera pensamiento que me viniese, que a pensar en mi pastor no se encaminase, con gran presteza procuraba luego de desecharle de mi memoria, como indigno de ocupar el lugar que de amorosos cuidados estaba lleno. Yo no sé cómo en tan pequeño espacio de tiempo me transformé en otro ser del que tenía, porque yo ya no vi­vía en mí, sino en Artidoro -que ansí se llama la mitad de mi alma que ando buscando-: doquiera que volvía los ojos me parecía ver su figura; cualquiera cosa que escu­chaba, luego sonaba en mis oídos su suave música y ar­monía; a ninguna parte movía los pies, que no diera por hallarle en ella mi vida, si él la quisiera; en los manjares no hallaba el acostumbrado gusto, ni las manos acertaban a tocar cosa que se le diese. En fin, todos mis sentidos estaban trocados del ser que primero tenían, ni el alma obraba por ellos como era acostumbrada.

»En considerar la nueva Teolinda que en mí había na­cido, y en contemplar las gracias del pastor, que impresas en el alma me quedaron, se me pasó todo aquel día y la noche antes de la solemne fiesta, la cual venida, fue con grandísimo regocijo y aplauso de todos los moradores de nuestra aldea y de los circunvecinos lugares solemniza­da. Y, después de acabadas en el templo las sacras obla­ciones, y cumplidas las debidas ceremonias, en una an­cha plaza que delante del templo se hacía, a la sombra de cuatro antiguos y frondosos álamos que en ella estaban, se juntó casi la más gente del pueblo, y, haciéndose todos un corro, dieron lugar a que los zagales vecinos y foras­teros se ejercitasen, por honra de la fiesta, en algunos pastoriles ejercicios. Luego en el instante, se mostraron en la plaza un buen número de dispuestos y gallardos pastores, los cuales, dando alegres muestras de su juven­tud y destreza, dieron principios a mil graciosos juegos: ora tirando la pesada barra, ora mostrando la ligereza de sus sueltos miembros en los desusados saltos, ora descu­briendo su crescida fuerza a industriosa maña en las in­trincadas luchas, ora enseñando la velocidad de sus pies en las largas carreras, procurando cada uno de ser tal en todo, que el primero premio alcanzase de muchos que los mayorales del pueblo tenían puestos para los mejores que en tales ejercicios se aventajasen. Pero, en estos que he contado, ni en otros muchos que callo por no ser prolija, ningunos de cuantos allí estaban, vecinos y comarcanos, llegó al punto que mi Artidoro, el cual con su presencia quiso honrar y alegrar nuestra fiesta, y llevarse el prime­ro honor y premio de todos los juegos que se hicieron. Tal era, pastoras, su destreza y gallardía; las alabanzas que todas le daban eran tantas, que yo mesma me enso­berbecía, y un desusado contento en el pecho me retoza­ba, sólo en considerar cuán bien había sabido ocupar mis pensamientos. Pero, con todo esto, me daba grandísima pesadumbre que Artidoro, como forastero, se había de partir presto de nuestra aldea, y que si él se iba sin saber, a lo menos, lo que de mí llevaba -que era el alma-, ¿qué vida sería la mía en su ausencia, o cómo podría yo aliviar mi pena siquiera con quejarme, pues no tenía de quién, sino de mí mesma? Estando yo, pues, en estas imagina­ciones, se acabó la fiesta y regocijo, y, queriendo Artido­ro despedirse de los pastores sus amigos, todos ellos juntos le rogaron que, por los días que había de durar el octavario de la fiesta, fuese contento de pasarlos con ellos, si otra cosa de más gusto no se lo impidía. “Ningu­na me la puede dar a mí mayor, graciosos pastores -res­pondió Artidoro-, que serviros en esto y en todo lo que más fuere vuestra voluntad, que, puesto que la mía era por agora querer buscar a un hermano mío que pocos días ha falta de nuestra aldea, cumpliré vuestro deseo, por ser yo el que gano en ello”. Todos se lo agradecieron mucho, y quedaron contentos de su quedada, pero más lo quedé yo, considerando que en aquellos ocho días no po­día dejar de ofrecérseme ocasión donde le descubriese lo que ya encubrir no podía. Toda aquella noche casi se nos pasó en bailes y juegos, y en contar unas a otras las prue­bas que habíamos visto hacer a los pastores aquel día, di­ciendo: “Fulano bailó mejor que fulano, puesto que el tal sabía más mudanzas que el tal; Mingo derribó a Bras, pe­ro Bras corrió más que Mingo”. Y, al fin fin, todas con­cluían que Artidoro, el pastor forastero, había llevado la ventaja a todos, loándole cada una en particular sus par­ticulares gracias; las cuales alabanzas, como ya he dicho, todas en mi contento redundaban.

»Venida la mañana del día después de la fiesta, antes que la fresca aurora perdiese el rocío aljofarado de sus hermosos cabellos, y que el sol acabase de descubrir sus rayos por las cumbres de los vecinos montes, nos junta­mos hasta una docena de pastoras, de las más miradas del pueblo, y asidas unas de otras de las manos, al son de una gaita y de una zampoña, haciendo y deshaciendo in­tricadas vueltas y bailes, nos salimos de la aldea a un verde prado que no lejos della estaba, dando gran con­tento a todos los que nuestra enmarañada, danza miraban. Y la ventura, que hasta entonces mis cosas de bien en mejor iba guiando, ordenó que en aquel mesmo prado hallásemos todos los pastores del lugar, y con ellos a Ar­tidoro, los cuales, como nos vieron, acordando luego el son de un tamborino suyo con el de nuestras zampoñas, con el mesmo compás y baile nos salieron a recebir, mezclándonos unos con otros confusa y concertadamente, y mudando los instrumentos el son, mudamos el baile, de manera que fue menester que las pastoras nos desasiése­mos y diésemos las manos a los pastores; y quiso mi buena dicha que acerté yo a dar la mía a Artidoro. No sé cómo os encarezca, amigas, lo que en tal punto sentí, si no es deciros que me turbé de manera que no acertaba a dar paso concertado en el baile; tanto, que le convenía a Artido­ro llevarme con fuerza tras sí, porque no rompiese, soltán­dome, el hilo de la concertada danza. Y, tomando dello oca­sión, le dije: “¿En qué te ha ofendido mi mano, Artidoro, que ansí la aprietas?” Él me respondió, con voz que de ninguno pudo ser oída: “Mas, ¿qué te ha hecho a ti mi alma, que así la maltratas?” “Mi ofensa es clara -respon­dí yo mansamente-; mas la tuya, ni la veo ni podrá ver­se”. “Y aun ahí está el daño -replicó Artidoro-: que ten­gas vista para hacer el mal y te falte para sanarle”. En esto cesaron nuestras razones, porque los bailes cesaron, quedando yo contenta y pensativa de lo que Artidoro me había dicho; y, aunque consideraba que eran razones enamoradas, no me aseguraban si era de enamorado.

»Luego nos sentamos todos los pastores y pastoras sobre la verde yerba; y, habiendo reposado un poco del cansancio de los bailes pasados, el viejo Eleuco, acor­dando su instrumento, que un rabel era, con la zampoña de otro pastor, rogó a Artidoro que alguna cosa cantase, pues él más que otro alguno lo debía hacer, por haberle dado el cielo tal gracia que sería ingrato si encubrirla quisiese. Artidoro, agradeciendo a Eleuco las alabanzas que le daba, comenzó luego a cantar unos versos, que, por haberme puesto en mí sospecha [a]quel[l]as palabras que antes me había dicho, los tomé tan en la memoria que aun hasta agora no se me han olvidado; los cuales, aunque os dé pesadumbre oírlos, sólo porque hacen al caso para que entendáis punto por punto por los que me ha traído el amor al desdichado en que me hallo, os los habré de decir, que son estos:

En áspera, cerrada, escura noche,

sin ver jamás el esperado día,

y en contino, crecido, amargo llanto,

ajeno de placer, contento y risa,

meresce estar, y en una viva muerte,

aquel que sin amor pasa la vida.

¿Qué puede ser la más alegre vida,

sino una sombra de una breve noche,

o natural retrato de la muerte,

si en todas cuantas horas tiene el día,

puesto silencio al congojoso llanto,

no admite del amor la dulce risa?

Do vive el blando amor, vive la risa,

y adonde muere, muere nuestra vida,

y e1 sabroso placer se vuelve en llanto,

y en tenebrosa sempiterna noche

la clara luz del sosegado día,

y es el vivir sin él amarga muerte.

Los rigurosos trances de la muerte

no huye el amador; antes con risa

desea la ocasión y espera el día

donde pueda ofrescer la cara vida

hasta ver la tranquila última noche,

al amoroso fuego, al dulce llanto.

No se llama de amor el llanto, llanto,

ni su muerte llamarse debe muerte,

ni a su noche dar título de noche;

[que] su risa llamarse debe risa,

y su vida tener por cierta vida,

y sólo festejar su alegre día.

¡Oh venturoso para mí este día,

do pude poner freno al triste llanto,

y alegrarme de haber dado mi vida

a quien dármela puede, o darme muerte!

Mas ¿qué puede esperarse, si no es risa,

de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?

Vuelto ha mi escura noche en claro día

amor, y en risa mi crescido llanto,

y mi cercana muerte en larga vida.

» Estos fueron los versos, hermosas pastoras, que con maravillosa gracia y no menos satisfacción de los que le escuchaban aquel día, cantó mi Artidoro, de los cuales y de las razones que antes me había dicho, tomé yo oca­sión de imaginar si por ventura mi vista algún nuevo accidente amoroso en el pecho de Artidoro había causa­do; y no me salió tan vana mi sospecha que él mesmo no me la certificase al volvernos al aldea.»

A este punto del cuento de sus amores llegaba Teolin­da, cuando las pastoras sintieron grandísimo estruendo de voces de pastores y ladridos de perros, que fue causa para que dejasen la comenzada plática y se parasen a mi­rar por entre las ramas to que era. Y así, vieron que por un verde llano que a su mano derecha estaba, atravesa­ban una multitud de perros, los cuales venían siguiendo una temerosa liebre, que a toda furia a las espesas matas venía a guarecerse. Y no tardó mucho que por el mesmo lugar donde las pastoras estaban la vieron entrar y irse derecha al lado de Galatea; y allí, vencida del cansa[n]­cio de la larga carrera y casi como segura del cercano peligro, se dejó caer en el suelo con tan cansado aliento que parecía que faltaba poco para dar el espíritu. Los pe­rros, por el olor y rastro, la siguieron hasta entrar adonde estaban las pastoras; mas Galatea, tomando la temerosa liebre en los brazos, estorbó su vengativo intento a los cobdiciosos perros, por parecerle no ser bien si dejaba de defender a quien della había querido valerse. De allí a poco llegaron algunos pastores, que en seguimiento de los perros y de la liebre venían, entre los cuales venía el padre de Galatea, por cuyo respecto ella, Florisa y Teo­linda le salieron a rescebir con la debida cortesía. Él y los pastores quedaron admirados de la hermosura de Teolinda, y con deseo de saber quién fuese, porque bien conocieron que era forastera. No poco les pesó desta lle­gada a Galatea y Florisa, por el gusto que les había qui­tado de saber el suceso de los amores de Teolinda, a la cual rogaron fuese servida de no partirse por algunos días de su compañía, si en ello no se estorbaba acaso el cumplimiento de sus deseos.

-Antes, por ver si pueden cumplirse -respondió Teo­linda-, me conviene estar algún día en esta ribera; y, así por esto como por no dejar imperfecto mi comenzado cuento, habré de hacer lo que me mandáis.

Galatea y Florisa la abrazaron y le ofrecieron de nue­vo su amistad, y de servirla en cuanto sus fuerzas alcan­zasen. En este entre tanto, habiendo el padre de Galatea y los otros pastores en el margen del claro arroyo tendido sus gabanes y sacado de sus zurrones algunos rústicos manjares, convidaron a Galatea y a sus compañeras a que con ellos comiesen. Acetaron ellas el convite; y, sentán­dose luego, desecharon la hambre, que por ser ya subido el día comenzaba a fatigarles. En estos y en algunos cuentos que, por entretener el tiempo, los pastores conta­ron, se llegó la hora acostumbrada de recogerse al aldea. Y luego Galatea y Florisa, dando vuelta a sus rebaños, los recogieron, y en compañía de Teolinda y de los otros pastores hacia el lugar poco a poco se encaminaron; y, al quebrar de la cuesta donde aquella mañana habían topa­do a Elicio, oyeron todos la zampoña del desamorado Lenio, el cual era un pastor en cuyo pecho el amor jamás pudo hacer morada, y desto vivía él tan alegre y satisfe­cho que, en cualquiera conversación y junta de pastores que se hallaba, no era otro su intento sino decir mal de amor y de los enamorados, y todos sus cantares a este fin se encaminaban. Y por esta tan estraña condición que te­nía, era de los pastores de todas aquellas comarcas cono­cido, y de unos aborrecido y de otros estimado. Galatea y los que allí venían se pararon a escuchar, por ver si Le­nio, como de costumbre tenía, alguna cosa cantaba. Y luego vieron que, dando su zampoña a otro compañero suyo, al son della comenzó a cantar lo que se sigue:

LENIO

Un vano, descuidado pensamiento,

una loca, altanera fantasía,

un no sé qué, que la memoria cría,

sin ser, sin calidad, sin fundamento;

una esperanza que se lleva el viento,

un dolor con renombre de alegría,

una noche confusa do no hay día,

un ciego error de nuestro entendimiento,

son las raíces proprias de do nasce

esta quimera antigua celebrada

que amor tiene por nombre en todo el suelo.

Y el alma qu’en amor cal se complace,

meresce ser del suelo desterrada,

y que no la recojan en el cielo.

A la sazón que Lenio cantaba lo que habéis oído, ha­bían ya llegado con sus rebaños Elicio y Erastro, en com­pañía del lastimado Lisandro; y, pareciéndole a Elicio que la lengua de Lenio en decir mal de amor a más de lo que era razón se estendía, quiso mostrarle a la clara su engaño; y, aprovechándose del mesmo concepto de los versos que él había cantado, al tiempo que ya llega­ban Galatea, Florisa y Teolinda y los demás pastores, al son de la zampoña de Erastro, comenzó a cantar desta manera:

ELICIO

Meresce quien en el suelo

en su pecho a amor no encierra

que lo desechen del cielo

y no le sufra la tierra.

Amor, que es virtud entera,

con otras muchas que alcanza,

de una en otra semejanza

sube a la causa primera.

Y meresce el que su celo

de tal amor le destierra,

que le desechen del cielo

y no le acoja la tierra.

Un bello rostro y figura,

aunque caduca y mortal,

es un traslado y señal

de la divina hermosura.

Y el que lo hermoso en el suelo

desama y echa por tierra,

desechado sea del cielo

y no le sufra la tierra.

Amor tomado en sí solo,

sin mezcla de otro accidente,

es al suelo conviniente,

como los rayos de Apolo.

Y el que tuviere recelo

de amor que tal bien encierra,

meresce no ver el cielo

y que le trague la tierra.

Bien se conoce que amor

está de mil bienes lleno,

pues hace del malo bueno

y del qu’es bueno, mejor.

Y así el que discrepa un pelo

en limpia amorosa guerra,

ni meresce ver el cielo,

ni sustentarse en la tierra.

El amor es infinito,

si se funda en ser honesto,

y aquel que se acaba presto,

no es amor sino apetito.

Y al que sin alzar el vuelo,

con su voluntad se cierra,

mátele rayo del cielo

y no le cubra la tierra.

No recibieron poco gusto los enamorados pastores de ver cuán bien Elicio su parte defendía, pero no por esto el desamorado Lenio dejó de estar firme en su opinión; antes, quería de nuevo volver a cantar y a mostrar en lo que cantase de cuán poco momento eran las razones de Elicio para escurecer la verdad tan clara que él a su parecer sustentaba. Mas el padre de Galatea, que Aurelio el Venerable se llamaba, le dijo:

-No te fatigues por agora, discreto Lenio, en querer­nos mostrar en tu canto lo que en tu corazón sientes, que el camino de aquí al aldea es breve, y me parece que es menester más tiempo del que piensas para defenderte de los muchos que tienen tu contrario parescer. Guarda tus razones para lugar más oportuno, que algún día te junta­rás tú y Elicio con otros pastores en la fuente de las Piza­rras o arroyo de las Palmas, donde con más comodidad y sosiego podáis argüir y aclarar vuestras diferentes opi­niones.

-La que Elicio tiene es opinion ~respondió Lenio-, que la mía no es sino sciencia averiguada, la cual en bre­ve o en largo tiempo, por traer ella consigo la verdad, me obligo a sustentarla; pero no faltará tiempo, como dices, más aparejado para este efecto.

-Ese procuraré yo -respondió Elicio-, porque me pe­sa que tan subido ingenio como el tuyo, amigo Lenio, le falte quien le pueda requintar y subir de punto, como es el limpio y verdadero amor, de quien te muestras tan ene­migo.

-Engañado estás, ¡oh Elicio! -replicó Lenio-, si pien­sas con afeitadas y sofísticas palabras hacerme mudar de lo que no me tendría por hombre si me mudase.

-Tan malo es -dijo Elicio- ser pertinaz en el mal, como bueno perseverar en el bien, y siempre he oído de­cir a mis mayores que de sabios es mudar consejo.

-No niego yo eso -respondió Lenio-, cuando yo en­tendiese que mi parecer no es justo, pero en tanto que la esperiencia y la razón no me mostraren el contrario de lo que hasta aquí me han mostrado, yo creo que mi opinión es tan verdadera cuanto la tuya falsa.

-Si se castigasen los herejes de amor -dijo a esta sa­zón Erastro-, desde agora comenzara yo, amigo Lenio, a cortar leña con que te abrasaran, por el mayor hereje y enemigo que el amor tiene.

-Y aun si yo no viera otra cosa del amor sino que tú, Erastro, le sigues, y eres del bando de los enamorados -respondió Lenio-, sola ella me bastara a renegar dél con cien mil lenguas, si cien mil lenguas tuviera.

-Pues, ¿parécete, Lenio -replicó Erastro-, que no soy bueno para enamorado?

-Antes me parece -respondió Lenio- que los que fue­ren de tu condición y entendimiento son proprios para ser ministros suyos; porque quien es cojo, con el más mínimo traspié da de ojos; y el que tiene poco discurso, poco ha menester para que le pierda del todo. Y los que siguen la bandera deste vuestro valeroso capitán, yo tengo para mí que no son los más sabios del mundo, y si lo han sido, en el punto que se enamoraron dejaron de serlo.

Grande fue el enojo que Erastro recibió de lo que Le­nio le dijo, y así le respondió:

-Paréceme, Lenio, que tus desvariadas razones me­rescen otro castigo que palabras, mas yo espero que al­gún día pagarás lo que agora has dicho, sin que te valga lo que en tu defensa dijeres.

-Si yo entendiese de ti, Erastro -respondió Lenio-, que fueses tan valiente como enamorado, no dejarían de darme temor tus amenazas; mas, como sé que te quedas tan atrás en lo uno como vas adelante en lo otro, antes me causan risa que espanto.

Aquí acabó de perder la paciencia Erastro, y si no fue­ra por Lisandro y por Elicio, que en medio se pusieron, él respondiera a Lenio con las manos, porque ya su len­gua, turbada con la cólera, apenas podía usar su oficio. Grande fue el gusto que todos recibieron de la graciosa pendencia de los pastores, y más de la cólera y enojo que Erastro mostraba, que fue menester que el padre de Ga­latea hiciese las amistades de Lenio y suyas; aunque Eras­tro, si no fuera por no perder el respecto al padre de su señora, en ninguna manera las hiciera. Luego que la cues­tión fue acabada, todos con regocijo se encaminaron al aldea; y, en tanto que llegaban, la hermosa Florisa, al son de la zampoña de Galatea, cantó este soneto:

FLORISA

Crezcan las simples ovejuelas mías

en el cerrado bosque y verde prado,

y el caluroso estío a invierno helado

abunde en yerbas verdes y aguas frias.

Pase en sueños las noches y los días,

en lo que toca al pastoral estado,

sin que de amor un mínimo cuidado

sienta, ni sus ancianas niñerías.

Éste mil bienes del amor pregona;

aquél publica dél vanos cuidados;

yo no sé si los dos andan perdidos,

ni sabré al vencedor dar la corona:

sé bien que son de amor los escogidos

tan pocos, cuanto muchos los llamados.

Breve se les hizo a los pastores el camino, engañados y entretenidos con la graciosa voz de Florisa, la cual no dejó el canto hasta que estuvieron bien cerca del aldea y de las cabañas de Elicio y Erastro, que con Lisandro se quedaron en ellas, despidiéndose primero del venerable Aurelio, de Galatea y Florisa, que con Teolinda al aldea se fueron, y los demás pastores cada cual adonde tenía su cabaña. Aquella mesma noche pidió el lastimado Lisan­dro licencia a Elicio para volverse a su tierra, o adonde pudiese, conforme a sus deseos, acabar lo poco que, a su parecer, le quedaba de vida. Elicio, con todas las razones que supo decirle y con infinitos ofrecimientos de verda­dera amistad que le ofreció, jamás pudo acabar con él que en su compañía, siquiera algunos días, se quedase. Y así, el sin ventura pastor, abrazando a Elicio, con abun­dantes lágrimas y sospiros se despidió dél, prometiendo de avisarle de su estado donde quiera que estuviese. Y, habiéndole acompañado Elicio hasta media legua de su cabaña, le tomó a abrazar estrechamente; y, tomándose a hacer de nuevo nuevos ofrecimientos, se apartaron, que­dando Elicio con harto pesar del que Lisandro llevaba. Y así, se volvió a su cabaña a pasar lo más de la noche en sus amorosas imaginaciones, y a esperar el venidero día para gozar el bien que de ver a Galatea se le causaba. La cual, después que llegó a su aldea, deseando saber el suceso de los amores de Teolinda, procuró hacer de manera que aquella noche estuviesen solas ella y Florisa y Teo­linda; y, hallando la comodidad que deseaba, la enamo­rada pastora prosiguió su cuento, como se verá en el se­gundo libro.

Fin del primero libro de Galatea

Segundo libro de Galatea

Libres ya y desembarazadas de lo que aquella noche con sus ganados habían de hacer, procuraron reco­gerse y apartarse con Teolinda en parte donde, sin ser de nadie impedidas, pudiesen oír to que del suceso de sus amores les faltaba. Y así, se fueron a un pequeño jardín que estaba en casa de Galatea; y, sentándose las tres de­bajo de una verde y pomposa parra que entricadamente por unas redes de palos se entretejía, tomando a repetir Teolinda algunas palabras de to que antes había dicho, prosiguió diciendo:

-«Después de acabado nuestro baile y el canto de Ar­tidoro -como ya os he dicho, bellas pastoras-, a todos nos pareció volvernos al aldea a hacer en el templo los solemnes sacrificios, y por parecemos asimesmo que la solemnidad de la fiesta daba en alguna manera licencia para [que], no teniendo cuenta tan a punto con el reco­gimiento, con más libertad nos holgásemos; y por esto, todos los pastores y pastoras, en montón confuso, alegre y regocijadamente al aldea nos volvimos, hablando cada uno con quien más gusto le daba. Ordenó, pues, la suerte y mi diligencia, y aun la solicitud de Artidoio, que sin mostrar artificio en ello, los dos nos apareamos, de ma­nera que a nuestro salvo pudiéramos hablar en aquel ca­mino más de lo que hablamos, si cada uno por sí no tu­viera respecto a lo que a sí mesmo y al otro debía. En fin, yo, por sacarle a barrera -como decirse suele-, le dije: “Años se te harán, Artidoro, los días que en nuestra aldea estuvieres, pues debes de tener en la tuya cosas en que ocuparte que lo deben de dar más gusto”. “Todo el que yo puedo esperar en mi vida trocara yo -respondió Arti­doro- porque fueran, no años, sino siglos, los días que aquí tengo de estar, pues, en acabándose, no espero tener otros que más contento me hagan”. “¿Tanto es el que rescibes -respondí yo- en mirar nuestras fiestas?” “No nasce de ahí -respondió él-, sino de contemplar la her­mosura de las pastoras desta vuestra aldea”. “¡Es verdad -repliqué yo-, que deben de faltar hermosas zagalas en la tuya!”. “Verdad es que allá no faltan -respondió él-, pero aquí sobran, de manera que una sola que yo he vis­to, basta para que, en su comparación, las de allá se ten­gan por feas”. “Tu cortesía te hace decir eso, ¡oh Artido­ro! -respondí yo-, porque bien sé que en este pueblo no hay ninguna que tanto se aventaje como dices”. “Mejor sé yo ser verdad lo que digo -respondió él-, pues he visto la una y mirado las otras”. “Quizá la miraste de lejos, y la distancia del lugar -dije yo- te hizo parecer otra cosa de lo que debe de ser”. “De la mesma manera -res­pondió él- que a ti te veo y estoy mirando agora, la he mirado y visto a ella; y yo me holgaría de haberme enga­ñado, si no conforma su condición con su hermosura”. “No me pesara a mí ser la que dices, por el gusto que de­be sentir la que se vee pregonada y tenida por hermosa”. “Harto más -respondió Artidoro- quisiera yo que tú no fueras”. “Pues, ¿qué perdieras tú -respondí yo- si, co­mo yo no soy la que dices, lo fuera?” “Lo que he ganado -respondió él- bien lo sé; de lo que he de perder estoy incierto y temeroso”. “Bien sabes hacer del enamorado -dije yo-, ¡oh Artidoro!” “Mejor sabes tú enamorar, ¡oh Teolinda!”, respondió él. A esto le dije: “No sé si te diga, Artidoro, que deseo que ninguno de los dos sea el en­gañado”. A lo que él respondió: “De que yo no me en­gaño estoy bien seguro, y de querer tú desengañarte, está en tu mano, todas las veces que quisieres hacer ex­periencia de la limpia voluntad que tengo de servirte”. “Ésa te pagaré yo con la mesma -repliqué yo-, por pare­cerme que no sería bien a tan poca costa quedar en deuda con alguno”.

» A esta sazón, sin que él tuviese lugar de responder­me, llegó Eleuco, el mayoral, y dijo con voz alta: “¡Ea, gallardos pastores y hermosas pastoras!, haced que sien­tan en el aldea vuestra venida, entonando vosotras, za­galas, algún villancico, de modo que nosotros os respon­damos; porque vean los del pueblo cuánto hacemos al caso los que aquí vamos para alegrar nuestra fiesta”. Y porque en ninguna cosa que Eleuco mandaba dejaba de ser obedecido, luego los pastores me dieron a mí la mano para que comenzase. Y así, yo, sirviéndome de la oca­sión y aprovechándome de lo que con Artidoro había pa­sado, di principio a este villancico:

En los estados de amor,

nadie llega a ser perfecto,

sino el honesto y secreto.

Para llegar al süave

gusto de amor, si se acierta,

es el secreto la puerta,

y la honestidad la llave.

Y está entrada no la sabe

quien presume de discreto,

sino el honestó y secreto.

Amar humana beldad

suele ser reprehendido,

si tal amor no es medido

con razón y honestidad.

Y amor de tal calidad

luego le alcanza, en efecto

el qu’es honesto y secreto.

Es ya caso averiguado,

que no se puede negar,

que a veces pierde el hablar

lo qu’el callar ha ganado.

Y el que fuere enamorado,

jamás se verá en aprieto

si fuere honesto y secreto

Cuanto una parlera lengua

y unos atrevidos ojos

suelen causar mil enojos

y poner al alma en mengua,

tanto este dolor desmengua

y se libra deste aprieto

el qu’es honesto y secreto.

»No sé si acerté, hermosas pastoras, en cantar lo que habéis oído, pero sé bien que se supo aprovechar dello Artidoro, pues, en todo el tiempo que en nuestra aldea estuvo, puesto que me habló muchas veces, fue con tanto recato, secreto y honestidad, que los ociosos ojos y len­guas parleras ni tuvieron ni vieron que decir cosa que a nuestra honra perjudicase. Mas con el temor que yo tenía que, acabado el término que Artidoro había prometido de estar en nuestra aldea, se había de ir a la suya, procuré, aunque a costa de mi vergüenza, que no quedase mi co­razón con lástima de haber callado lo que después fuera escusado decirse estando Artidoro ausente. Y así, des­pués que mis ojos dieron licencia que los suyos amoro­samente me mirasen, no estuvieron quedas las lenguas, ni dejaron de mostrar con palabras lo que hasta entonces por señas los ojos habían bien claramente manifestado.

» En fin, sabréis, amigas mías, que un día, hallándome acaso sola con Artidoro, con señales de un encendido amor y comedimiento, me descubrió el verdadero y ho­nesto amor que me tenía; y, aunque yo quisiera entonces hacer de la retirada y melindrosa, porque temía, como ya os he dicho, que él se partiese, no quise desdeñarle ni despedirle; y también por parecerme que los sinsabores que se dan y sienten en el principio de los amores son causa de que abandonen y dejen la comenzada empresa los que en sus sucesos no son muy experimentados. Y por esto le di respuesta tal cual yo deseaba dársela, que­dando, en resolución, concertados en que él se fuese a su aldea, y que, de allí a pocos días, con alguna honrosa ter­cería me enviase a pedir por esposa a mis padres; de lo que él fue tan contento y satisfecho, que no acababa de llamar venturoso el día en que sus ojos me miraron. De mí os sé decir que no trocara mi contento por ningún otro que imaginar pudiera, por estar segura que el valor y ca­lidad de Artidoro era tal, que mi padre sería contento de recebirle por yerno.

»En el dichoso punto que habéis oído, pastoras, estaba el de nuestros amores, que no quedaban sino dos o tres días a la partida de Artidoro, cuando la Fortuna, como aquella que jamás tuvo término en sus cosas, ordenó que una hermana mía de poco menos edad que yo a nuestra aldea tornase, de otra donde algunos días había estado en casa de una tía nuestra que mal dispuesta se hallaba. Y porque consideréis, señoras, cuán estraños y no pensados casos en el mundo suceden, quiero que entendáis una co­sa que creo no os dejará de causar alguna admiración es­traña; y es que esta hermana mía que os he dicho, que hasta entonces había estado ausente, me parece tanto en el rostro, estatura, donaire y brío, si alguno tengo, que no sólo los de nuestro lugar, sino nuestros mismos padres muchas veces nos han desconocido, y a la una por la otra hablado; de manera que, para no caer en este engaño, por la diferencia de los vestidos, que diferentes eran, nos di­ferenciaban. En una cosa sola, a lo que yo creo, nos hizo bien diferentes la naturaleza, que fue en las condiciones, por ser la de mi hermana más áspera de lo que mi con­tento había menester, pues por ser ella menos piadosa que advertida, tendré yo que llorar todo el tiempo que la vida me durare.

»Sucedió, pues, que luego que mi hermana vino al al­dea, con el deseo que tenía de volver al agradable pasto­ral ejercicio suyo, madrugó luego otro día más de lo que yo quisiera, y con las ovejas proprias que yo solía llevar se fue al prado; y, aunque yo quise seguirla, por el con­tento que se me seguía de la vista de mi Artidoro, con no sé qué ocasión, mi padre me detuvo todo aquel día en ca­sa, que fue el último de mis alegrías. Porque aquella no­che, habiendo mi hermana recogido su ganado, me dijo, como en secreto, que tenía necesidad de decirme una co­sa que mucho me importaba. Yo, que cualquiera otra pu­diera pensar de la que me dijo, procuré que presto a solas nos viésemos, adonde ella, con rostro algo alterado, es­tando yo colgada de sus palabras, me comenzó a decir: “No sé, hermana mía, lo que piense de tu honestidad, ni menos sé si calle lo que no puedo dejar de decirte, por ver si me das alguna disculpa de la culpa que imagino que tienes; y, aunque yo, como hermana menor, estaba obligada a hablarte con más respecto, debes perdonarme, porque en lo que hoy he visto hallarás la disculpa de lo que te dijere”. Cuando yo desta manera la oí hablar, no sabía qué responderle, sino decirle que pasase adelante con su plática. “Has de saber, hermana -siguió ella-, que esta mañana, saliendo con nuestras ovejas al prado, y yendo sola con ellas por la ribera de nuestro fresco Hena­res, al pasar por el alameda del Concejo, salió a mí un pastor que con verdad osaré jurar que jamás le he visto en estos nuestros contornos, y, con una estraña desen­voltura, me comenzó a hacer tan amorosas salutaciones que yo estaba con vergüenza y confusa, sin saber qué responderle; y él, no escarmentado del enojo que, a lo que yo creo, en mi rostro mostraba, se llegó a mí dicién­dome: ‘¿Qué silencio es éste, hermosa Teolinda, último refugio de esta ánima que os adora?’. Y faltó poco que no me tomó las manos para besármelas, añadiendo a lo que he dicho un catálogo de requiebros, que parecía que los traía estudiados. Luego di yo en la cuenta, conside­rando que él daba en el error en que otros muchos han dado, y que pensaba que con vos estaba hablando, de donde me nació sospecha que si vos, hermana, jamás le hubiérades visto, ni familiarmente tratado, no fuera posi­ble tener el atrevimiento de hablaros de aquella manera. De lo cual tomé tanto enojo, que apenas podía formar palabra para responderle; pero al fin respondí de la suerte que su atrevimiento merescía, y cual a mí me pareció que estábades vos, hermana, obligada a responder a quien con tanta libertad os hablara. Y si no fuera porque en aquel instante llegó la pastora Licea, yo le añadiera tales razones, que fuera bien arrepentido de haberme dicho las suyas. Y es lo bueno, que nunca le quise decir el engaño en que estaba, sino que así creyó él que yo era Teolinda como si con vos mesma estuviera hablando. En fin, él se fue llamándome ingrata, desagradecida y de poco cono­cimiento; y, a lo que yo puedo juzgar del semblante que él llevaba, a fe, hermana, que otra vez no ose hablaros, aunque más sola os encuentre. Lo que deseo saber es quién es este pastor y qué conversación ha sido la de entrambos, de do nasce que con tanta desenvoltura él se atreviese a hablaros”.

»A vuestra mucha discreción dejo, discretas pastoras, lo que mi alma sintiría, oyendo lo que mi hermana me contaba. Pero al fin, disimulando lo mejor que pude, le dije: “La mayor merced del mundo me has hecho, her­mana Leonarda -que así se llama la turbadora de mi des­canso-, en haberme quitado con tus ásperas razones el fastidio y desasosiego que me daban las importunas de ese pastor que dices, el cual es un forastero que habrá ocho días que está en esta nuestra aldea, en cuyo pensa­miento ha cabido tanta arrogancia y locura que, doquiera que me vee, me trata de la manera que has visto, dándose a entender que tiene granjeada mi voluntad; y, aunque yo le he desengañado, quizá con más ásperas palabras de las que tú le dijiste, no por eso deja él de proseguir en su va­no propósito; y a fe, hermana, que deseo que venga ya el nuevo día, para ir a decirle que si no se aparta de su va­nidad, que espere el fin della que mis palabras siempre le han significado”. Y así era la verdad, dulces amigas, que diera yo porque ya fuera el alba cuanto pedírseme pudiera, sólo por ir a ver a mi Artidoro y desengañarle del error en que había caído, temerosa que con la aceda y desabrida respuesta que mi hermana le había dado, él no se desdeñase y hiciese alguna cosa que en perjuicio de nuestro concierto viniese.

»Las largas noches del escabroso deciembre no dieron más pesadumbre al amante que del venidero día algún contento esperase, cuanto a mí me dio disgusto aquella, puesto que era de las cortas del verano, según deseaba la nueva luz, para ir a ver a la luz por quien mis ojos veían. Y así, antes que las estrellas perdiesen del todo la clari­dad, estando aún en duda si era de noche o de día, forza­da de mi deseo, con la ocasión de ir a apacentar las ove­jas, salí del aldea; y, dando más priesa al ganado de la acostumbrada para que caminase, llegué al lugar adonde otras veces solía hallar a Artidoro, el cual hallé solo y sin ninguno que dél noticia me diese, de que no pocos saltos me dio el corazón, que casi adevinó el mal que le estaba guardado. ¡Cuántas veces, viendo que no le hallaba, gui­se con mi voz herir el aire, llamando el amado nombre de mi Artidoro, y decir: “¡Ven, bien mío, que yo soy la ver­dadera Teolinda, que más que a sí te quiere y ama!”, sino que el temor que de otro que dél fuesen mis palabras oí­das, me hizo tener más silencio del que quisiera. Y así, después que hube rodeado una y otra vez coda la ribera y el soto del manso Henares, me senté cansada al pie de un verde sauce, esperando que del todo el claro sol sus ra­yos por la faz de la tierra estendiese, para que con su cla­ridad no quedase mata, cueva, espesura, choza ni cabaña que de mí mi bien no fuese buscado. Mas, apenas había dado la nueva luz lugar para discernir las colores, cuandol uego se me ofreció a los ojos un cortecido álamo blanco, que delante de mí estaba, en el cual y en otros muchos vi escritas unas letras, que luego conocí ser de la mano de Artidoro allí fijadas; y, levantándome con priesa a ver to que decían, vi, hermosas pastoras, que era esto:

Pastora en quien la belleza

en tanto estremo se halla,

que no hay a quien comparalla

sino a tu mesma crüeza.

Mi firmeza y tu mudanza

han sembrado a mano llena

tus promesas en la arena

y en el viento mi esperanza.

Nunca imaginara yo

que cupiera en lo que vi,

tras un dulce alegre sí,

tan amargo y triste no.

Mas yo no fuera engañado

si pusiera en mi ventura,

así como en tu hermosura,

los ojos que te han mirado.

Pues cuanto tu gracia estraña

promete, alegra y concierta,

tanto turba y desconcierta

mi desdicha, y enmaraña.

Unos ojos me engañaron,

al parecer pïadosos.

¡Ay, ojos falsos, hermosos!,

los que os ven, ¿en qué pecaron?

Dime, pastora crüel:

¿a quién no podrá engañar

tu sabio honesto mirar

y tus palabras de miel?

De mí ya está conoscido

que, con menos que hicieras,

días ha que me tuvieras

preso, engañado y rendido.

Las letras que fijaré

en esta áspera corteza

crecerán con más firmeza

que no ha crecido tu fe;

la cual pusiste en la boca

y en vanos prometimientos,

no firme al mar y a los vientos,

como bien fundada roca.

Tan terrible y rigurosa

como víborá pisada,

tan crüel como agraciada,

tan falsa como hermosa;

lo que manda tu crueldad

cumpliré sin más rodeo,

pues nunca fue mi deseo

contrario a tu voluntad.

Yo moriré desterrado

porque tú vivas contenta,

mas mira que amor no sienta

del modo que me has tratado;

porque, en la amorosa danza,

aunque amor ponga estrecheza,

sobre el compás de firmeza

no se sufre hacer mudanza.

Así como en la belleza

pasas cualquiera mujer,

creí yo que en el querer

fueras de mayor firmeza;

mas ya sé, por mi pasión,

que quiso pintar natura

un ángel en tu figura,

y el tiempo en tu condición.

Si quieres saber dó voy

y el fin de mi triste vida,

la sangre por mí vertida

te llevará donde estoy;

y, aunque nada no te cale

de nuestro amor y concierto,

no niegues al cuerpo muerto

el triste y último vale;

que bien serás rigurosa,

y más que un diamante dura,

si el cuerpo y la sepultura

no te vuelven piadosa.

Y en caso tan desdichado

tendré por dulce partido,

si fui vivo aborrecido,

ser muerto y por ti llorado.

»¿Qué palabras serán bastantes, pastoras, para daros a entender el estremo de dolor que ocupó mi corazón cuando claramente entendí que los versos que había leído eran de mi querido Artidoro? Mas no hay para qué enca­rescérosle, pues no llegó al punto que era menester para acabarme la vida, la cual, desde entonces acá tengo tan aborrecida, que no sentiría ni me podría venir mayor gus­to que perderla. Los sospiros que entonces di, las lágri­mas que derramé, las lástimas que hice, fueron tantas y tales, que ninguno me oyera que por loca no me juz­gara.

»En fin, yo quedé tal que, sin acordarme de lo que a mi honra debía, propuse de desamparar la cara patria, amados padres y queridos hermanos, y dejar con la guar­dia de sí mesmo al simple ganado mío. Y, sin entreme­terme en otras cuentas, mas de en aquellas que para mi gusto entendí ser necesarias, aquella mesma mañana, abrazando mil veces la corteza donde las manos de mi Artidoro habían llegado, me partí de aquel lugar con in­tención de venir a estas riberas, donde sé que Artidoro tiene y hace su habitación, por ver si ha sido tan inconsi­derado y cruel consigo que haya puesto en ejecución lo que en los últimos versos dejó escripto; que si así fuese, desde aquí os prometo, amigas mías, que no sea menor el deseo y presteza con que le siga en la muerte, que ha si­do la voluntad con que le he amado en la vida. Mas, ¡ay de mí!, y cómo creo que no hay sospecha que en mi daño sea que no salga verdadera!, pues ha ya nueve días que a estas frescas riberas he llegado, y en todos ellos no he sabido nuevas de lo que deseo; y quiera Dios que cuando las sepa, no sean las últimas que sospecho.» Veis aquí, discretas zagalas, el lamentable suceso de mi enamorada vida. Ya os he dicho quién soy y lo que busco; si algunas nuevas sabéis de mi contento, así la fortuna os conceda el mayor que deseáis, que no me las neguéis.

Con tantas lágrimas acompañaba la enamorada pas­tora las palabras que decía, que bien tuviera corazón de acero quien dellas no se doliera. Galatea y Florisa, que naturalmente eran de condición piadosa, no pudieron de­tener las suyas, ni menos dejaron, con las más blandas y eficaces razones que pudieron, de consolarla, dándole por consejo que se estuviese algunos días en su compa­ñía; quizá haría la fortuna que en ellos algunas nuevas de Artidoro supiese; pues no permitiría el cielo que, por tan estraño engaño, acabase un pastor tan discreto como ella le pintaba el curso de sus verdes años; y que podría ser que Artidoro, habiendo con el discurso del tiempo vuelto a mejor discurso y propósito su pensamiento, volviese a ver la deseada patria y dulces amigos; y que por esto, allí mejor que en otra parte podía tener esperanza de hallarle. Con estas y otras razones, la pastora, algo consolada, hol­gó de quedarse con ellas, agradeciéndoles la merced que le hacían y el deseo que mostraban de procurar su con­tento. A esta sazón, la serena noche, aguijando por el cielo el estrellado carro, daba señal que el nuevo día se acercaba; y las pastoras, con el deseo y necesidad de re­poso, se levantaron y del fresco jardín a sus estancias se fueron. Mas, apenas el claro sol había con sus calientes rayos deshecho y consumido la cerrada niebla que en las frescas mañanas por el aire suele estenderse, cuando las tres pastoras, dejando los ociosos lechos, al usado ejerci­cio de apascentar su ganado se volvieron, con harto dife­rentes pensamientos Galatea y Florisa del que la hermosa Teolinda llevaba, la cual iba tan triste y pensativa que era maravilla. Y a esta causa, Galatea, por ver si podría en algo divertirla, le rogó que, puesta aparte un poco la me­lancolía, fuese servida de cantar algunos versos al son de la zampoña de Florisa. A esto respondió Teolinda:

-Si la mucha causa que tengo de llorar, con la poca que de cantar tengo, entendiera que en algo se mengua­ra, bien pudieras, hermosa Galatea, perdonarme porque no hiciera to que me mandas; pero, por saber ya por experiencia que lo que mi lengua cantando pronuncia mi corazón llorando lo solemniza, haré lo que quieres, pues en ello, sin ir contra mi deseo, satisfaré el tuyo.

Y luego la pastora Florisa tocó su zampoña, a cuyo son Teolinda cantó este soneto:

TEOLINDA

Sabido he por mi mal adónde llega

la cruda fuerza de un notorio engaño,

y cómo amor procura, con mi daño,

darme la vida qu’el temor me niega.

Mi alma de las carnes se despega,

siguiendo aquella que, por hado estraño,

la tiene puesta en pena, en mal tamaño,

qu’el bien la turba y el dolor sosiega.

Si vivo, vivo en fe de la esperanza,

que, aunque es pequeña y débil, se sustenta

siendo a la fuerza de mi amor asida.

¡Oh firme comenzar, frágil mudanza,

amarga suma de una dulce cuenta,

cómo acabáis por términos la vida!

No había bien acabado de cantar Teolinda el soneto que habéis oído, cuando las tres pastoras sintieron a su mano derecha, por la ladera de un fresco valle, el son de una zampoña, cuya suavidad era de suerte que todas se suspendieron y pararon, para con más atención gozar de la suave armonía. Y de allí a poco oyeron que al son de la zampoña el de un pequeño rabel se acordaba, con tanta gracia y destreza que las dos pastoras Galatea y Flo­risa estaban suspensas, imaginando qué pastores podrían ser los que tan acordadamente sonaban, porque bien vie­ron que ninguno de los que ellas conocían, si Elicio no, era en la música tan diestro. A esta sazón, dijo Teolinda:

-Si los oídos no me engañan, hermosas pastoras, yo creo que tenéis hoy en vuestras riberas a los dos nombra­dos y famosos pastores Tirsi y Damón, naturales de mi patria; a lo menos Tirsi, que en la famosa Compluto, vi­lla fundada en las riberas de nuestro Henares, fue nacido. Y Damón, su íntimo y perfecto amigo, si no estoy mal informada, de las montañas de León trae su origen, y en la nombrada Mantua Carpentanea fue criado: tan aven­tajados los dos en todo género de discreción, sciencia y loables ejercicios, que no sólo en el circuito de nuestra comarca son conocidos, pero por todo el de la tierra co­nocidos y estimados. Y no penséis, pastoras, que el inge­nio destos dos pastores sólo se estiende en saber lo que al pastoral estado se conviene, porque pasa tan adelante que lo escondido del cielo y lo no sabido de la tierra, por términos y modos concertados, enseñan y disputan. Y estoy confusa en pensar qué causa les habrá movido a dejar Tirsi su dulce y querida Fili, y Damón su hermo­sa y honesta Amarili: Fili de Tirsi, Amarili de Damón, tan amadas, que no hay en nuestra aldea, ni en los con­tornos della, persona, ni en la campaña, bosque, prado, fuente o río, que de sus encendidos y honestos amores no tengan entera noticia.

-Deja por agora, Teolinda -dijo Florisa-, de alabar­nos estos pastores, que más nos importa escuchar lo que vienen cantando, pues no menor gracia me parece que tienen en la voz que en la música de los instru­mentos.

-Pues ¿qué diréis -replicó Teolinda- cuando veáis que a todo eso sobrepuja la excelencia de su poesía, la cual es de manera que al uno ya le ha dado renombre de “divino” y al otro de “más que humano”?

Estando en estas razones las pastoras, vieron que por la ladera del valle por donde ellas mesmas iban, se des­cubrían dos pastores de gallarda dispusición y estremado brío, de poca más edad el uno que el otro; tan bien vesti­dos, aunque pastorilmente, que más parescían en su talle y apostura bizarros cortesanos que serranos ganaderos. Traía cada uno un bien tallado pellico de blanca y finísi­ma lana, guamecidos de leonado y pardo, colores a quien más sus pastoras eran aficionadas; pendían de sus hom­bros sendos zurrones, no menos vistosos y adomados que los pellicos; venían de verde laurel y fresca yerba co­ronados, con los retorcidos cayados debajo del brazo puestos. No traían compañía alguna, y tan embebecidos en su música venían, que estuvieron gran espacio sin ver a las pastoras, que por la mesma ladera iban caminando, no poco admiradas del gentil donaire y gracia de los pastores; los cuales, con concertadas voces, comen­zando el uno y replicando el otro, esto que se sigue can­taban:

DAMÓN TIRSI

DAMÓN

Tirsi, qu’e1 solitario cuerpo alejas,

con atrevido paso, aunque forzoso,

de aquella luz con quien el alma dejas:

¿cómo en son no to dueles doloroso,

pues hay tanta razón para quejarte

del fiero turbador de to reposo?

TIRSI

Damón, si el cuerpo miserable parte

sin la mitad del alma en la partida,

dejando della la más alta parte,

¿de qué virtud o ser será movida

mi lengua, que por muerta ya la cuento,

pues con el alma se quedó la vida?

Y, aunque muestro que veo, oigo y siento,

fantasma soy por el amor formada,

que con sola esperanza me sustento.

DAMÓN

¡Oh Tirsi venturoso, y qué invidiada

es tu suerte de mí con causa justa,

por ser de las de amor más estremada!

A ti sola la ausencia te disgusta,

y tienes el arrimo de esperanza

con quien el alma en sus desdichas gusta.

Pero, ¡ay de mi!, que adonde voy me alcanza

la fría mano del temor esquiva

y del desdén la rigurosa lanza.

Ten la vida por muerta, aunque más viva

se te muestre, pastor; que es cual la vela,

que cuando muere, más su luz aviva.

Ni con el tiempo que ligero vuela,

ni con los medios que el ausencia ofrece,

mi alma fatigada se consuela.

TIRSI

El firme y puro amor jamás descrece

en el discurso de la ausencia amarga;

antes en fe de la memoria crece.

Así que, en el ausencia, corta o larga,

no vee remedio el amador perfecto

de dar alivio a la amorosa carga.

Que la memoria puesta en el objecto

que amor puso en el alma, representa

la amada imagen viva al intelecto.

Y allí en blando silencio le da cuenta

de su bien o su mal, según la mira

amorosa, o de amor libre y esenta.

Y si ves que mi alma no sospira,

es porque veo a Fili acá en mi pecho,

de modo que a cantar me llama y tira.

DAMÓN

Si en el hermoso rostro algún despecho

vieras de Fili, cuando te partiste

del bien que así te tiene satisfecho,

yo sé, discreto Tirsi, que tan triste

vinieras como yo cuitado vengo,

que vi al contrario de tu que tú viste.

TIRSI

Damón, con lo que he dicho me entretengo,

y el estremo del mal de ausencia tiemplo,

y alegre voy, si voy, si quedo o vengo.

Que aquella que nasció por vivo ejemplo

de la inmortal belleza acá en el suelo,

digna de mármol, de corona y templo,

con su rara virtud y honesto celo

así los ojos codiciosos ciega,

que de ningún contrario me recelo.

La estrecha sujeción que no le niega

mi alma al alma suya, el alto intento,

que sólo en la adorar para y sosiega,

el tener deste amor conocimiento

Fili, y corresponder a fe tan pura,

destierran el dolor, traen el contento.

DAMÓN

¡Dichoso Tirsi, Tirsi con ventura,

de la cual goces siglos prolongados

en amoroso gusto, en paz segura!

Yo, a quien los cortos implacables hados

trujeron a un estado tan incierto,

pobre en el merecer, rico en cuidados,

bien es que muera; pues, estando muerto,

no temeré a Amarili rigurosa,

ni del ingrato amor el desconcierto.

¡Oh más que el cielo, oh más que el sol hermosa,

y para mí más dura que un diamante,

presta a mi mal y al bien muy perezosa!

¿Cuál ábrego, cuál cierzo, cuál levante

te sopló de aspereza, que así ordenas

que huiga el paso y no te esté delante?

Yo moriré, pastora, en las ajenas

tierras, pues tú lo mandas, condemnado

a hierros, muertes, yugos y cadenas.

TIRSI

Pues con tantas ventajas te ha dotado,

Damón amigo, el pïadoso cielo

de un ingenio tan vivo y levantado,

tiempla con él el llanto, tiempla el duelo,

considerando bien que no contino

nos quema el sol ni nos enfría el yelo.

Quiero decir, que no sigue un camino

siempre con pasos llanos reposados

para darnos el bien nuestro destino;

que alguna vez, por trances no pensados,

lejos, al parecer, de gusto y gloria,

nos lleva a mil contentos regalados.

Revuelve, dulce amigo, la memoria

por los honestos gustos que algún tiempo

amor te dio por prendas de victoria;

y si es posible, busca un pasatiempo

que al alma engañe, en tanto que se pasa

este desamorado airado tiempo.

DAMON

Al yelo que por términos me abrasa,

y al fuego que sin término me yela,

¿quién le pondrá, pastor, término o tasa?

En vano cansa, en vano se desvela

el desfavorecido que procura

a su gusto collar de amor la tela,

que si sobra en amor, falta en ventura.

Aquí cesó el estremado canto de los agraciados pasto­res, pero no el gusto que las pastoras habían recebido en escucharle; antes quisieran que tan presto no se acabara, por ser de aquellos que no todas veces suelen oírse. A esta sazón, los dos gallardos pastores encaminaban sus pasos hacia donde las pastoras estaban, de que pesó a Teolinda, porque temió ser dellos conocida; y por esta causa rogó a Galatea que de aquel lugar se desviasen. Ella lo hizo, y ellos pasaron, y, al pasar, oyó Galatea que Tirsi a Damón decía:

-Estas riberas, amigo Damón, son en las que la her­mosa Galatea apascienta su ganado, y adonde trae el su­yo el enamorado Elicio, íntimo y particular amigo tuyo, a quien dé la ventura tal suceso en sus amores, cuanto me­rescen sus honestos y buenos deseos. Yo ha muchos días que no sé en qué términos le trae su suerte; pero, según he oído decir de la recatada condición de la discreta Ga­latea, por quien él muere, temo que más aína debe de es­tar quejoso que satisfecho.

-No me maravillaría yo deso -respondió Damón-, porque con cuantas gracias y particulares dones que el cielo enriqueció a Galatea, al fin fin la hizo mujer, en cuyo frágil subjeto no se halla todas veces el conoci­miento que se debe, y el que ha menester el que por ellas lo menos que aventura es la vida. Lo que yo he oído de­cir de los amores de Elicio, es que él adora a Galatea sin salir del término que a su honestidad se debe, y que la discreción de Galatea es tanta, que no da muestras de querer ni de aborrecer a Elicio. Y así, debe de andar el desdichado subjeto a mil contrarios accidentes, esperan­do en el tiempo y la fortuna, medios harto perdidos, que le alarguen o acorten la vida, de los cuales está más cierto el acortarla que el entretenerla.

Hasta aquí pudo oír Galatea de lo que della y de Eli­cio los pastores tratando iban, de que no recibió poco contento, por entender que lo que la fama de sus cosas publicaba era lo que a su limpia intención se debía. Y, desde aquel punto, determinó de no hacer por Elicio cosa que diese ocasión a que la fama no saliese verdadera en lo que de sus pensamientos publicaba. A este tiempo, los dos bizarros pastores, con vagarosos pasos, poco a poco hacia el aldea se encaminaban, con deseo de hallarse a las bolos del venturoso pastor Daranio, que con Silveria “de los verdes ojos” se casaba. Y ésta fue una de las causas por que ellos habían dejado sus rebaños y al lugar de Galatea se venían. Pero, ya que les faltaba poco del ca­mino, a la mano derecha dél sintieron el son de un rabel que acordada y suavemente sonaba; y parándose Damón, trabó a Tirsi del brazo, diciéndole:

-Espera y escucha un poco, Tirsi, que si los oídos no me mienten, el son que a ellos llega es del rabel de mi buen amigo Elicio, a quien dio naturaleza tanta gracia en muchas y diversas habilidades, cuanto las oirás si le es­cuchas y conocerás si le tratas.

-No creas, Damón -respondió Tirsi-, que hasta agora estoy por conocer las buenas partes de Elicio, que días ha que la fama me las tiene bien manifiestas. Pero calla ago­ra, y escuchemos si canta alguna cosa que del estado de su vida nos dé algún manifiesto indicio.

-Bien dices -replicó Damón-, mas será menester, pa­ra que mejor le oigamos, que nos lleguemos por entre estas ramas, de modo que, sin ser vistos dél, de más cer­ca le escuchemos.

Hiciéronlo ansí, y pusiéronse en parte tan buena que ninguna palabra que Elicio dijo o cantó dejó de ser de ellos oída, y aun notada. Estaba Elicio en compañía de su amigo Erastro, de quien pocas veces se apartaba por el entretenimiento y gusto que de su buena conversación recibía, y todos o los más ratos del día en cantar y tañer se les pasaba. Y, a este punto, tocando su rabel Elicio y su zampoña Erastro, a estos versos dio principio Elicio:

ELICIO

Rendido a un amoroso pensamiento,

con mi dolor contento,

sin esperar más gloria,

sigo la que persigue mi memoria,

porque contino en ella se presenta

de los lazos de amor libre y esenta.

Con los ojos del alma aun no es posible

ver el rostro apacible

de la enemiga mía,

gloria y honor de cuanto el cielo cría;

y los del cuerpo quedan, sólo en vella,

ciegos por haber visto el sol en ella.

¡Oh dura servidumbre, aunque gustosa!

¡Oh mano poderosa

de Amor, que así pudiste

quitarme, ingrato, el bien que prometiste

de hacerme, cuando libre me burlaba

de ti, del arco tuyo y de to aljaba!

¡Cuánta beIleza, cuánta blanca mano

me mostraste, tirano!

¡Cuánto te fatigaste

primero que a mi cuello el lazo echaste!

Y aun quedaras vencido en la pelea,

si no hubiera en el mundo Galatea.

Ella fue sola la que sola pudo

rendir el golpe crudo

el corazón esento,

y avasallar el libre pensamiento,

el cual, si a su querer no se rindiera,

por de mármol o acero le tuviera.

¿Qué libertad puede mostrar su fuero

ante el rostro severo,

y más quel sol hermoso,

de la que turba y cansa mi reposo?

¡Ay rostro, que en el suelo

descubres cuanto bien encierra el cielo!

¿Cómo pudo juntar naturaleza

tal rigor y aspereza

con tanta hermosura,

tanto valor y condición tan dura?

Mas mi dicha consiente

en mi daño juntar lo diferente.

Esle tan fácil a mi coma suerte

ver con la amarga muerte

junta la dulce vida,

y estar su mal a do su bien se anida,

que entre contrarios veo

que mengua la esperanza y no el deseo.

No cantó más el enamorado pastor, ni quisieron más detenerse Tirsi y Damón; antes, haciendo de sí gallarda e improvisa muestra, hacia donde estaba Elicio se fueron; el cual, como los vio, conociendo a su amigo Damón, con increíble alegría le salió a rescebir, diciéndole:

-¿Qué ventura ha ordenado, discreto Damón, que la des tan buena con tu presencia a estas riberas, que gran­des tiempos ha que te desean?

-No puede ser sino buena -respondió Damón-, pues me ha traído a verte, ¡oh Elicio!, cosa que yo estimo en tanto, cuanto es el deseo que dello tenía, y la larga au­sencia y la amistad que te tengo me obligaba. Pero si por alguna cosa puedes decir lo que has dicho, es porque tie­nes delante al famoso Tirsi, gloria y honor del castellano suelo.

Cuando Elicio oyó decir que aquél era Tirsi, dél so­lamente por fama conocido, rescibiéndole con mucha cortesía, le dijo:

-Bien conforma tu agradable semblante, nombrado Tirsi, con to que de tu valor y discreción en las cercanas y apartadas tierras la parlera fama pregona. Y así, a mí, a quien tus escriptos han admirado a inclinado a desear co­nocerte y servirte, puedes, de hoy más, tener y tratar co­mo verdadero amigo.

-Es tan conocido lo que yo gano en eso -respondió Tirsi-, que en vano pregonaría la fama lo que la afición que me tienes te hace decir que de mí pregona, si no co­nociese la merced que me haces en querer ponerme en el número de tus amigos; y, porque entre los que lo son las palabras de comedimiento han de ser escusadas, cesen las nuestras en este caso, y den las obras testimonio de nuestras voluntades.

-La mía será contino de servirte -replicó Elicio-, co­mo lo verás, ¡oh Tirsi!, si el tiempo o la fortuna me po­nen en estado que valga algo para ello; porque el que agora tengo, puesto que no le trocaría con otro de mayores ventajas, es tal, que apenas me deja con libertad de ofrecer el deseo.

-Tiniendo como tienes el tuyo en lugar tan alto -dijo Damón-, por locura tendría procurar bajarle a cosa que menos fuese. Y así, amigo Elicio, no digas mal del esta­do en que te hallas, porque yo te prometo que, cuando se comparase con el mío, hallaría yo ocasión de tenerte más envidia que lástima.

-Bien parece, Damón -dijo Elicio-, que ha muchos días que faltas destas riberas, pues no sabes lo que en ellas amor me hace sentir; y si esto no es, no debes cono­cer ni tener experiencia de la condición de Galatea; que si della tuvieses noticia, trocarías en lástima la envidia que de mi tendrías.

-Quien ha gustado de la condición de Amarli, ¿qué cosa nueva puede esperar de la de Galatea? -respondió Damón.

-Si la estada tuya en estas riberas -replicó Elicio ­fuere tan larga como yo deseo, tú, Damón, conocerás y verás en ella, y oirás en otros, cómo andan en igual ba­lanza su crueldad y gentileza: estremos que acaban la vi­da al que su desventura trujo a términos de adorarla.

-En las riberas de nuestro Henares -dijo a esta sazón Tirsi- más fama tiene Galatea de hermosa que de cruel; pero, sobre todo, se dice que es discreta; y si esta es la verdad, como lo debe ser, de su discreción nasce cono­cerse, y de conocerse estimarse, y de estimarse no querer perderse, y del no querer perderse viene el no querer contentarte; y viendo tú, Elicio, cuán mal corresponde a tus deseos, das nombre de crueldad a lo que debrías lla­mar honroso recato; y no me maravillo, que, en fin, es condición propria de los enamorados poco favorescidos.

-Razón tendrías en lo que has dicho, ¡oh Tirsi! -repli­có Elicio-, cuando mis deseos se desviaran del camino que a su honra y honestidad conviene; pero si van tan medidos como a su valor y crédito se debe, ¿de qué sirve tanto desdén, tan amargas y desabridas respuestas, y tan a la clara esconder el rostro al que tiene puesta toda su gloria en sólo verle?

-¡Ay, Tirsi, Tirsi! -respondió Elicio-, y cómo te debe tener el amor puesto en lo alto de sus contentos, pues con tan sosegado espíritu hablas de sus efectos. No sé yo có­mo viene bien lo que tú agora dices con lo que un tiempo decías cuando cantabas:

“ ¡Ay, de cuán ricas esperanzas vengo

al deseo más pobre y encogido!”;

con lo demás que a esto añadiste.

Hasta este punto había estado callando Erastro, mi­rando lo que entre los pastores pasaba, admirado de ver su gentil donaire y apostura, con las muestras que cada uno daba de la mucha discreción que tenía. Pero, viendo que, de lance en lance, a razonar de casos de amor se ha­bían reducido, como aquél que tan experimentado en ellos estaba, rompió el silencio y dijo:

-Bien creo, discretos pastores, que la larga experien­cia os habrá mostrado que no se puede reducir a conti­nuado término la condición de los enamorados corazo­nes, los cuales, como se gobiernan por voluntad ajena, a mil contrarios accidentes están subjetos. Y así, tú, famo­so Tirsi, no tienes de qué maravillarte de lo que Elicio ha dicho, ni él tampoco de lo que tú dices, ni traer por ejemplo aquello que él dice que cantabas; ni menos to que yo sé que cantaste cuando dijiste:

“La amarillez y la flaqueza mía”;

donde claramente mostrabas el afligido estado que enton­ces poseías; porque de allí a poco llegaron a nuestras ca­bañas las nuevas de tu contento, solemnizadas en aque­llos versos tan nombrados tuyos, que si mal no me acuerdo comenzaban:

“Sale el aurora y de su fértil manto”;

por do claro se conoce la diferencia que hay de tiempos a tiempos, y cómo con ellos suele mudar amor los estados, haciendo que hoy se ría el que ayer lloraba y que mañana llore el que hoy ríe. Y, por tener yo tan conocida esta su condición, no puede la aspereza y desdén zahareño de Galatea acabar de derribar mis esperanzas, puesto que yo no espero della otra cosa si no es que se contente de que yo la quiera.

-El que no esperase buen suceso de un tan enamora­do y medido deseo como el que has mostrado, ¡oh pas­tor! -respondió Damón-, renombre más que de desespe­rado merescía. Por cierto que es gran cosa la que de Galatea pretendes. Pero dime, pastor, así ella te la conce­da: ¿es posible que tan a regla tienes tu deseo, que no se adelanta a desear más de lo que has dicho?

-Bien puedes creerle, amigo Damón -dijo Elicio-, porque el valor de Galatea no da lugar a que della otra cosa se desee ni se espere; y aun ésta es tan difícil de ob­tenerse, que a veces a Erastro se entibia la esperanza y a mí se enfría, de manera que él tiene por cierto, y yo por averiguado, que primero ha de llegar la muerte que el cumplimiento della. Mas, porque no es razón rescebir tan honrados huéspedes con los amargos cuentos de nuestras miserias, quéde[n]se ellas aquí y recojámonos al aldea, donde descansaréis del pesado trabajo del camino, y con más sosiego, si dello gustáredes, entenderéis el desaso­siego nuestro.

Holgaron todos de acomodarse a la voluntad de Eli­cio, el cual y Erastro, recogiendo sus ganados, puesto que era algunas horas antes de lo acostumbrado, en com­pañía de los dos pastores, hablando en diversas cosas, aunque todas enamoradas, hacia el aldea se encaminaron. Mas, como todo el pasatiempo de Erastro era tañer y cantar, así por esto como por el deseo que tenía de saber si los dos nuevos pastores lo hacían tan bien como dellos se sonaba, por moverlos y convidarlos a que otro tanto hiciesen, rogó a Elicio que su rabel tocase, al son del cu­al así comenzó a cantar:

ERASTRO

Ante la luz de unos serenos ojos

que al sol dan luz con que da luz al suelo,

mi alma así se enciende, que recelo

que presto tendrá muerte sus despojos.

Con la luz se conciertan los manojos

de aquellos rayos del señor de Delo:

tales son los cabellos de quien suelo

adorar su beldad puesto de hinojos.

¡Oh clara luz, oh rayos del sol claro,

antes el mesmo sol! De vos espero

sólo que consintáis que Erastro os quiera.

Si en esto el cielo se me muestra avaro,

antes que acabe del dolor que muero,

haced, ¡oh rayos!, que de un rayo muera.

No les pareció mal el soneto a los pastores, ni les des­contentó la voz de Erastro; que, puesto que no era de las muy estremadas, no dejaba de ser de las acordadas. Y luego Elicio, movido del ejemplo de Erastro, le hizo que tocase su zampoña, al son de la cual este soneto dijo:

ELICIO

¡Ay, que al alto designio que se cría

en mi amoroso firme pensamiento,

contradicen el cielo, el fuego, el viento,

la agua, la tierra y la enemiga mía!

Contrarios son de quien temer debría,

y abandonar la empresa el sano intento;

mas, ¿quién podrá estorbar lo qu’el violento

hado implacable quiere, amor porfía?

El alto cielo, amor, el viento, el fuego,

la agua, la tierra y mi enemiga bella,

cada cual con fuerza, y con mi hado,

mi bien estorbe, esparza, abrase y luego

deshaga mi esperanza; que, aun sin ella,

imposible es dejar lo comenzado.

En acabando Elicio, luego Damón, al son de la mesma zampoña de Erastro, desta manera comenzó a cantar:

DAMÓN

Más blando fui que no la blanda cera,

cuando imprimí en mi alma la figura

de la bella Amarili, esquiva y dura

cual duro mármol o silvestre fiera.

Amor me puso entonces en la esfera

más alta de su bien y su ventura;

y agora temo que la sepultura

ha de acabar mi presumpción primera.

Arrimóse el amor a la esperanza

cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;

mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:

no el de mis ojos, que por larga usanza,

Fortuna sabe bien que jamás cesa

de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.

Acabó Damón y comenzó Tirsi, al son de los instru­mentos de los tres pastores, a cantar este soneto:

TIRSI

Por medio de los filos de la muerte

rompió mi fe, y a tal punto he llegado,

que no envidio el más alto y rico estado

que encierra humana venturosa suerte.

Todo este bien nasció de sólo verte,

hermosa Fili, ¡oh Fili!, a quien el hado

dotó de un ser tan raro y estremado,

que en risa el llanto, el mal en bien convierte.

Como amansa el rigor de la sentencia

si el condenado el rostro del rey mira,

y es ley que nunca tuerce su derecho,

así ante tu hermosísima presencia

la muerte huye, el daño se retira,

y deja en su lugar vida y provecho.

Al acabar de Tirsi, todos los intrumentos de los pasto­res formaron tan agradable música, que causàba grande contento a quien la oía; y más, ayudándoles de entre las espesas ramas mil suertes de pintados pajarillos que,,. con divina armonía, parece que como a coros les iban res­pondiendo. Desta suerte habían caminado un trecho, cuando llegaron a una antigua ermita que en la ladera de un montecillo estaba, no tan desviada del camino que dejase de oírse el son de una arpa que dentro, al parecer, tañían; el cual oído por Erastro, dijo:

-Deteneos, pastores, que según pienso, hoy oiremos todos lo que ha días que yo deseo oír, qué es la voz de un agraciado mozo que dentró de aquella ermita, habrá doce o catorce días se ha venido a vivir una vida más áspera de lo que a mí me parece que puedan llevar sus pocos años, y algunas veces que por aquí he pasado, he sentido tocar una arpa y entonar una voz tan suave que me ha puesto en grandísimo deseo de escucharla; pero siempre he llegado a punto que él le ponía en su canto. Y, aunque con hablarle he procurado hacerme su amigo, ofrecién­dole a su servicio todo lo que valgo y puedo, nunca he podido acabar con él que me descubra quién es y las cau­sas que le han movido a venir de tan pocos años a poner­se en tanta soledad y estrecheza.

Lo que Erastro decía del mozo y nuevo ermitaño puso en los pastores el mesmo deseo de conocerle que él tenía. Y así, acordaron de llegarse a la ermita de modo que, sin ser sentidos, pudiesen entender lo que cantaba antes que llegasen a hablarle; y, haciéndolo así, les sucedió tan bien, que se pusieron de parte donde, sin ser vistos ni sentidos, oyeron que al son de la arpa, el que estaba den­tro semejantes versos decía:

Si han sido el cielo, amor y la fortuna,

sin ser de mí ofendidos,

contentos de ponerme en tal éstado,

en vano al aire envío mis gemidos,

en vano hasta la luna

se vio mi pensamiento levantado.

¡Oh riguroso hado!,

¡por cuán estrañas desusadas vías

mis dulces alegrías

han venido a parar en tal estremo,

que estoy muriendo y aun la vida temo!

Contra mí mesmo estoy ardiendo en ira,

por ver que sufró tanto

sin romper este pecho, y dar al viento

esta alma, qu’en mitad del duro llanto

al corazón redra

las últimas reliquias del aliento;

y allí de nuevo siento

que acude la esperanza a darme fuerza,

y, aunque fingida, a mi vivir es fuerza,

y no es piedad del cielo, porque ordena

a larga vida dar más larga pena.

Del caro amigo el lastimado pecho

enterneció éste mío,

y la empresa difícil tomé a cargo.

¡Oh discreto fingir de desvarío!

¡Oh nunca visto hecho!

¡Oh caso gustosísimo y amargo!

¡Cuán dadivoso y largo

amor se mostró por bien ajeno,

y cuán avaro y lleno

de temor y lealtad para conmigo!

Pero a más nos obliga un firme amigo.

Injustas pagas a voluntades justas

a cada paso vemos,

dadas por mano de fortuna esquiva;

y de ti, falso amor, de quien sabemos

que te alegras y gustas

de que un firme amador muriendo viva,

abrasadora y viva

llama se encienda en tus ligeras alas,

y las buenas y malas

saetas en ceniza se resuelvan,

o al dispararlas, contra ti se vuelvan.

¿Por qué camino, con qué fraude y mañas,

por qué estraño rodeo

entera posesión de mí tomaste?

Y ¿cómo en mi piadoso alto deseo

y en mis limpias entrañas

la sana voluntad, falso, trocaste?

¿Juicio habrá que baste

a llevar en paciencia el ver, perjuro,

que entré libre y seguro

a tratar de tus glorias y tus penas,

y agora al cuello siento tus cadenas?

Mas no de ti, sino de mí sería

razón que me quejáse,

que a tu fuego no hice resistencia.

Yo me entregué, yo hice que soplase

el viento que dormía

de la ocasión con furia y violencia.

Jústísima sentencia

ha dado el cielo contra mí que muera,

aunque sólo se espera

de mi infelice hado y desventura

que no acabe mi mal la sepultura.

¡Oh amigo dulce, oh dulce mi enemiga,

Timbrio y Nísida bella,

dichosos juntamente y desdichados!

¿Cuál dura, inicua, inexorable estrella,

de mi daño enemiga;

cuál fuerza injusta de implacables hados

nos tiene así apartados?

¡Oh miserable, humana, frágil suerte!

¡Cuán presto se convierte

en súbito pesar un alegría,

y sigue escura noche al claro día!

De la instabilidad, de la mudanza

de las humanas cosas,

¿cuál será el atrevido que se fíe?

Con alas vuela el tiempo presurosas,

y tras sí la esperanza

se lleva del que llora y del que ríe;

y ya que el cielo envíe

su favor, sólo sirve al que con celo

sancto levanta al cielo

el alma, en fuego de su amor deshecha,

y al que no, más le daña que aprovecha.

Yo, como puedo, buen señor, levanto

la una y otra palma,

los ojos, la intención al cielo sancto,

por quien espera el alma

ver vuelto en risa su contino llanto.

Con un profundo sospiro dio fin al lastimado canto el recogido mozo que dentro de la ermita estaba. Y, sin­tiendo los pastores que adelante no procedía, sin detener­se más, todos juntos entraron en ella, donde vieron a un cabo, sentado encima de una dura piedra, a un dispuesto y agraciado mancebo, al parecer de edad de veinte y dos años, vestido de un tosco buriel con los pies descalzos y una áspera soga ceñida al cuerpo, que de cordón le ser­vía. Estaba con la cabeza inclinada a un lado, y la una mano asida de la parte de la túnica que sobre el corazón caía, y el otro brazo a la otra parte flojamente derribado. Y, por verle desta manera, y por no haber hecho movi­miento al entrar de los pastores, claramente conocieron que desmayado estaba, como era la verdad, porque la profunda imaginación de sus miserias, muchas veces a semejante término le conducía. Llegóse a él Erastro, y, trabándole recio del brazo, le hizo volver en sí, aunque tan desacordado que parecía que de un pesado sueño re­cordaba, las cuales muestras de dolor no pequeño le cau­saron a los que le veían, y luego Erastro le dijo:

-¿Qué es esto, señor? ¿Qué es lo que siente vuestro fatigado pecho? No dejéis de decirlo, que presentes te­néis quien no rehusará fatiga alguna por dar remedio a la vuestra.

-No son esos -respondió el mancebo con voz algo desmayada- los primeros ofrecimientos, comedido pas­tor, que me has hecho, ni aun serían los últimos que yo acertase a servir si pudiese; pero hame traído la Fortuna a términos, que ni ellos pueden aprovecharme ni yo satis­facerlos más de con el deseo. Éste puedes tomar en cuenta del bueno que me ofreces; y si otra cosa de mí de­seas saber, el tiempo, que no encubre nada, te dirá más de lo que yo quisiera.

-Si al tiempo dejas que me satisfaga de lo que me di­ces -respondió Erastro- poco debe agradecerse tal paga, pues él, a pesar nuestro, echa en las plazas lo más secreto de nuestros corazones.

A este tiempo, todos los demás pastores le rogaron que la ocasión de su tristeza les contase, especialmente Tirsi, que con eficaces razones le persuadió, y dio a en­tender que no hay mal en esta vida que con ella su reme­dio no se alcanzase, si ya la muerte, atajadora de los hu­manos discursos, no se opone a ellos. Y a esto añadió otras palabras que al obstinado mozo movieron a que con la suyas hiciese satisfechos a todos de lo que dél saber deseaban. Y así, les dijo:

-Puesto que a mí me fuera mejor, ¡oh agradable com­pañía!, vivir lo poco que me queda de vida sin ella, y ha­berme recogido a mayor soledad de la que tengo, toda­vía, por no mostrarme esquivo a la voluntad que me ha­béis mostrado, determino de contaros todo aquello que entiendo bastará, y los términos por donde la mudable Fortuna me ha traído al estrecho estado en que me hallo; pero, porque me parece que es ya algo tarde, y, según mis desventuras son muchas, sería posible que antes de contároslas la noche sobreviniese, será bien que todos juntos a la aldea nos vamos, pues a mí no me hace otra descomodidad de hacer el camino esta noche que mañana tenía determinado, y esto me es forzoso, pues de vuestra aldea soy proveído de lo que he menester para mi sus­tento, y por el camino, como mejor pudiere, os haré ciertos de mis desgracias.

A todos pareció bien lo que el mozo ermitaño decía, y, puniéndole en medio dellos, con vagarosos pasos tor­naron a seguir el camino de la aldea, y luego el lastimado ermitaño, con muestras de mucho dolor, desta manera al cuento de sus miserias dio principio:

-«En la antigua y famosa ciudad de Jerez, cuyos mo­radores de Minerva y Marte son favorescidos, nasció Timbrio, un valeroso caballero, del cual, si sus virtudes y generosidad de ánimo hubiese de contar, a difícil empre­sa me pondría. Basta saber que, no sé si por la mucha bondad suya o por la fuerza de las estrellas, que a ello me inclinaban, yo procuré, por todas las vías que pude, serle particular antigo, y fueme el cielo en esto tan favo­rable que, casi olvidándose a los que nos conoscían el nombre de Timbrio y el de Silerio -que es el mío-, so­lamente los dos amigos nos llamaban, haciendo nosotros, con nuestra continua conversación y amigables obras, que tal opinión no fuese vana.

»Desta suerte los dos, con increíble gusto y contento, los mozos años pasábamos, ora en el campo en el ejerci­cio de la caza, ora en la ciudad en el del honroso Marte entreteniéndonos, hasta que un día, de los muchos acia­gos que el enemigo tiempo en el discurso de mi vida me ha hecho ver, le sucedió a mi amigo Timbrio una pesada pendencia con un poderoso caballero, vecino de la mes­ma ciudad. Llegó a término la quistión que el caballero quedó lastimado en la honra, y a Timbrio fue forzoso au­sentarse, por dar lugar a que la furiosa discordia cesase que entre los dos parentales se comenzaba a encender, dejando escrita una carta a su enemigo, dándole aviso que le hallaría en Italia, en la ciudad de Milán o de Ná­poles, todas las veces que, como caballero, de su agra­vio satisfacerse quisiese. Con esto cesaron los bandos entre los parientes de entrambos, y ordenóse que a igual y mortal batalla el ofendido caballero, que Pransiles se Ilamaba, a Timbrio desafiase, y que, en hallando campo seguro para la batalla, se avisase a Timbrio. Ordenó más mi suerte: que al tiempo que esto sucedió yo me hallase tan falto de salud, que apenas del lecho levantarme po­día, y por esta ocasión se me pasó la de seguir a mi ami­go dondequiera que fuese, el cual al partir se despidió de mí con no pequeño descontento, encargándome que, en cobrando fuerzas, le buscase, que en la ciudad de Nápo­les le hallaría. Y así, se partió, dejándome con más pena que yo sabré agora significaros. Mas, al cabo de pocos días, pudiendo en mí más el deseo que de verle tenía, que no la flaqueza que me fatigaba, me puse luego en cami­no; y, para que con más brevedad y más seguro le hicie­se, la ventura me ofreció la comodidad de cuatro galeras que en la famosa Isla de Cádiz, de partida para Italia, prestas y aparejadas estaban. Embarquéme en una dellas, y, con próspero viento, en tiempo breve, las riberas ca­talanas descubrimos; y, habiendo dado fondo en un Puer­to dellas, yo, que algo fatigado de la mar venía, asegura­do primero de que por aquella noche las galeras de allí no partirían, me desembarqué con solo un amigo y un criado mío. Y no creo que debía de ser la media noche, cuando los marineros y los que a cargo las galeras Ileva­ban, viendo que la serenidad del cielo calma o próspero viento señalaba, por no perder la buena ocasión que se les ofrecía, a la segunda guardia hicieron la señal de par­tida, y, zarpando las áncoras, dieron con mucha presteza los remos al sesgo mar y las velas al sosegado viento. Y fue, como digo, con tanta diligencia hecho que, por mu­cha que yo puse para volver a embarcarme, no fui a tiempo; y así, me hube de quedar en la marina con el enojo que podrá considerar quien por semejantes y ordi­narios casos habrá pasado, porque quedaba mal acomo­dado de todas las cosas que para seguir mi viaje por tie­rra eran necesarias. Mas, considerando que, de quedarme allí, poco remedio se esperaba, acordé de volverme a Barcelona, adonde, como ciudad más grande, podría ser hallar quien me acomodase de to que me faltaba, corres­pondiendo a Jerez o a Sevilla con la paga dello.

» Amanecióme en estos pensamientos, y, con determi­nación de ponerlos en efecto, aguardaba a que el día más se levantase; y, estando a punto de partirme, sentí un grande estruendo por la tierra y que toda la gente corría a la calle más principal del pueblo, y, preguntando a uno qué era aquello, me respondió: “Llegaos, señor, aquella esquina, que a voz de pregonero sabréis to que deseáis”. Hícelo así, y lo primero en que puse los ojos fue en un alto crucifijo y en mucho tumulto de gente, señales que alguno sentenciado a muerte entre ellos venía, todo to cual me certificó la voz del pregonero, que declaraba que, por haber sido salteador y bandolero, la justicia mandaba ahorcar un hombre, que, como a mí llegó, lue­go conocí que era el mi buen amigo Timbrio, el cual ve­nía a pie, con unas esposas a las manos y una soga a la garganta, los ojos enclavados en el crucifijo que delante llevaba, diciendo y protestando a los clérigos que con él iban, que por la estrecha cuenta que pensaba dar en bre­ves horas al verdadero Dios, cuyo retrato delante los ojos tenía, que nunca en todo el discurso de su vida había co­metido cosa por donde públicamente meresciese rescebir tan ignominiosa muerte; y que a todos rogaba rogasen a los jueces le diesen algún término para probar cuán ino­cente estaba de to que le acusaban.

»Considérese aquí, si tanto la consideración pudo le­vantarse, cuál quedaría yo al horrendo espectáculo que a los ojos se me ofrecía. No sé qué os diga, señores, sino que quedé tan embelesado y fuera de mí, y de tal modo quedé ajeno de todos mis sentidos, que una estatua de mármol debiera de parecer a quien en aquel punto me miraba. Pero ya que el confuso rumor del pueblo, las le­vantadas voces de los pregoneros, las lastimosas palabras de Timbrio y las consoladoras de los sacerdotes, y el verdadero conocinúento de mi buen amigo, me hubieron vuelto de aquel embelesamiento primero, y la alterada sangre acudió a dar ayuda al desmayado corazón, y des­pertado en él la cólera debida a la notoria venganza de la ofensa de Timbrio, sin mirar al peligro que me ponía, si­no al de Timbrio, por ver si podía librarle, o seguirle hasta la otra vida, con poco temor de perder la mía, eché mano a la espada, y con más que ordinaria furia entré por medio de la confusa turba, hasta que llegué adonde Tim­brio iba, el cual, no sabiendo si en provecho suyo tantas espadas se habían desenvainado, con perplejo y angus­tiado ánimo, estaba mirando to que pasaba, hasta que yo le dije: “¿Adónde está, ¡oh Timbrio!, el esfuerzo de tu valeroso pecho? ¿Qué esperas, o qué aguardas? ¿Por qué no te favoreces de la ocasión presente? Procura, ¡oh ver­dadero amigo!, salvar tu vida, en tanto que esta mía hace escudo a la sinrazón que, según creo, aquí te es hecha”. Estas palabras mías y el conocerme Timbrio, fue pane para que, olvidado todo temor, rompiese las ataduras o esposas de las manos; mas todo su ardimiento fuera poco si los sacerdotes, de compasión movidos, no ayudaran su deseo, los cuales, tomándole en peso, a pesar de los que estorbarlo querían, se entraron con él en una iglesia que allí junto estaba, dejándome a mí en medio de toda la justicia, que con grande instancia procuraba prenderme, como al fin to hizo, pues a tantas fuerzas juntas no fue poderosa la sola mía de resistirlas. Y, con más ofensas que, a mi parecer, mi pecado merescía, a la cárcel públi­ca, herido de dos heridas, me llevaron.

»El atrevimiento mío, y el haberse escapado Timbrio, augmentó mi culpa y el enojo en los jueces, los cuales, condenando bien el exceso por mí cometido, parecién­doles ser justo que yo muriese, y luego luego, la cruel sentencia pronunciaron, y para otro día guardaban la eje­cución. Llegó a Timbrio esta triste nueva allá en la igle­sia donde estaba, y, según yo después supe, más altera­ción le dio mi sentencia que le había dado la de su muerte; y, por librarme della, de nuevo se ofrecía a en­tregarse otra vez en poder de la justicia, pero los sacer­dotes le aconsejaron que servía de poco aquello, antes era añadir mal a mal y desgracia a desgracia, pues no se­ría parte el entregarse él para que yo fuese suelto, pues no lo podía ser sin ser castigado de la culpa cometida. No fueron menester pocas razones para persuadir a Timbrio no se diese a la justicia; pero sosegóse con proponer en su ánimo de hacer otro día por mí to que yo por él había hecho, por pagarme en la mesma moneda, o morir en la demanda. De toda su intención fui avisado por un clérigo que a confesarme vino, con el cual le envié a decir que el mejor remedio que mi desdicha podía tener era que él se salvase, y procurase que, con toda brevedad, el virrey de Barcelona supiese todo el suceso antes que la justicia de aquel pueblo la ejecutase en él. Supe también la causa por que a mi amigo Timbrio llevaban al amargo suplicio, según me contó el mesmo sacerdote que os he dicho; y fue que, viniendo Timbrio caminando por el reino de Ca­taluña, a la salida de Perpiñán, dieron con él una cantidad de bandoleros, los cuales tenían por señor y cabeza a un valeroso caballero catalán, que por ciertas enemistades andaba en la compañía, como es ya antiguo use de aquel reino, cuando los enemistados son personas de cuenta, salirse a ella y hacerse todo el mal que pueden, no sola­mente en las vidas, pero en las haciendas: cosa ajena de toda cristiandad y digna de toda lástima.

»Sucedió, pues, que, al tiempo que los bandoleros es­taban ocupados en quitar a Timbrio lo que llevaba, llegó en aquella sazón el señor y caudillo dellos, y como en fin era caballero, no quiso que delante de sus ojos agravio alguno a Timbrio se hiciese; antes, pareciéndole hombre de valor y prendas, le hizo mil corteses ofrecimientos, rogándole que por aquella noche se quedase con él en un lugar allí cerca, que otro día por la mañana le daría una señal de seguro para que sin temor alguno pudiese seguir su camino hasta salir de aquella provincia. No pudo Timbrio dejar de hacer lo que el cortés caballero le pe­día, obligado de las buenas obras dél rescibidas. Fuéron­se juntos, y llegaron a un pequeño lugar, donde por los del pueblo alegremente rescebidos fueron. Mas la For­tuna, que hasta entonces con Timbrio se había burlado, ordenó que aquella mesma noche diesen con los bandole­ros una compañía de soldados, sólo para este efecto jun­tada; y, habiéndolos cogido de sobresalto, con facilidad los desbarataron, y, puesto que no pudieron prender al caudillo, prendieron y mataron a otros muchos, y uno de los presos fue Timbrio, a quien tuvieron por un famoso salteador que en aquella compañía andaba; y, según se de­be imaginar, sin duda le debía de parecer mucho, pues con atestiguar los demás presos que aquél no era el que pensaban, contando la verdad de todo el caso, pudo tanto la malicia en el pecho de los jueces que, sin más averi­guaciones, le sentenciaron a muerte, la cual fuera puesta en efecto si el cielo, favorescedor de los justos intentos, no ordenara que las galeras se fuesen y yo en tierra quedase, para hacerlo que hasta agora os he contado que hice.

»Estábase Timbrio en la iglesia, y yo en la cárcel, or­denando de partirse aquella noche a Barcelona; y yo, que esperando estaba en qué pararía la furia de los ofendidos jueces, [cuando] con otra mayor desventura suya, Tim­brio y yo de la nuestra fuimos librados. Mas, ¡ójala fuera servido el cielo que en mí solo se ejecutara la furia de su ira, con tai que la alzaran de aquel pequeño y desventu­rado pueblo, que a los filos de mil bárbaras espadas tuvo puesto el miserable cuello! Poco más de media noche sería, hora acomodada a facinorosos insultos, y en la cual la trabajada gente suele entregar los trabajados miembros en brazos del dulce sueño, cuando improvisamente por todo el pueblo se levantó una confusa vocería, diciendo: “¡Al arma, al arma, que turcos hay en tierra!” Los ecos destas tristes voces ¿quién duda que no causaron espanto en los mujeriles.pechos, y aun pusieron confusión en los fuertes ánimos de los varones? No sé qué os diga, seño­res, sino que en un punto la miserable tierra comenzó a arder con tanta gana, que no parecía sino que las mesmas piedras, con que las casas fabricadas estaban, ofrecían acomodada materia al encendido fuego, que todo lo con­sumía. A la luz de las furiosas llamas se vieron relucir los bárbaros alfanjes y parecerse las blancas tocas de la turca gente, que, encendida, con sigures o hachas de duro acero, las puertas de las casas derribaban, y, entrando en ellas, de cristianos despojos salían cargados. Cuál lleva­ba la fatigada madre, y cuál el pequeñuelo hijo, que con cansados y débiles gemidos, la madre por el hijo, y el hijo por la madre, preguntaba; y alguno sé que hubo que con sacrílega mano estorbó el cumplimiento de los justos deseos de la casta recién desposada virgen y del esposo desdichado, ante cuyos llorosos ojos quizá vio coger el fruto de que el sin ventura pensaba gozar en tiempo bre­ve. La confusión era tanta, tantos los gritos y mezclas de las voces tan diferentes, que gran espanto ponían. La fiera y endiablada canalla, viendo cuán poca resistencia se les hacía, se atrevieron a entrar en los sagrados tem­plos y poner las descomulgadas manos en las sanctas re­liquias, poniendo en el seno el oro con que guarnecidas estaban, y arrojándolas en el suelo con asqueroso me­nosprecio. Poco le valía al sacerdote su santimonia, y al fraile su retraimiento, y al viejo sus nevadas canas, y al mozo su juventud gallarda, y al pequeño niño su inocen­cia simple, que de todos llevaban el saco aquellos des­creídos perros; los cuales, después de abrasadas las ca­sas, robado los templos, desflorado las vírgines, muertos los defensores, más cansados que satisfechos de lo he­cho, al tiempo que el alba venía, sin impedimento alguno se volvieron a sus bajeles, habiéndolos ya cargado de to­do lo mejor que en el pueblo había, dejándole desolado y sin gente, porque toda la más gente se llevaban, y la otra a la montaña se había recogido.

» ¿Quién en tan triste espectáculo pudiera tener quedas las manos y enjutos los ojos? Mas, ¡ay!, que está tan lle­na de miserias nuestra vida, que en tan doloroso suceso como el que os he contado, hubo cristianos corazones que se alegraron; y estos fueron los de aquellos que en la cárcel estaban, que con la desdicha general cobraron la dicha propria, porque, en son de ir a defender el pueblo, rompieron las puertas de la prisión y en libertad se pusie­ron, procurando cada uno, no de ofender a los contrarios, sirio de salvar a sí mesmos, entre los cuales yo gocé de la libertad tan caramente adquirida. Y, viendo que no había quien hiciese rostro a los enemigos, por no venir a su po­der ni tornar al de la prisión, desamparando el consumido pueblo, con no pequeño dolor de lo que había visto y con el que mis heridas me causaban, seguí a un hombre que me dijo que seguramente me llevaría a un monasterio que en aquellas montañas estaba, donde de mis llagas se­ría curado, y aun defendido si de nuevo prenderme qui­siesen. Seguíle, en fin, como os he dicho, con deseo de saber qué habría hecho la Fortuna de mi amigo Timbrio, el cual, como después supe, con algunas heridas se había escapado y seguido por la montaña otro camino diferente del que yo llevaba; vino a parar al puerto de Rosas, don­de estuvo algunos días, procurando saber qué suceso ha­bría sido el mío, y que, en fin, sin saber nuevas algunas, se partió en una nave y con próspero viento llegó a la gran ciudad de Nápoles. Yo volví a Barcelona, y allí me acomodé de lo que menester había; y después, ya sano de mis heridas, tomé a seguir mi viaje, y, sin sucederme re­vés alguno, llegué a Nápoles, donde hallé enfermo a Timbrio; y fue tal el contento que en vemos los dos reci­bimos, que no me siento con fuerzas para encarecérosle por agora.

»Allí nos dimos cuenta de nuestras vidas y de todo aquello que hasta aquel momento nos había sucedido; pero todo este placer mío se aguaba con el ver a Timbrio no tan bueno como yo quisiera; antes, tan malo, y de una enfermedad tan estraña, que si yo a aquella sazón no lle­gara, pudiera llegar a tiempo de hacerle las obsequias de su muerte y no solemnizar las alegrías de su vista. Des­pués que él hubo sabido de mí todo to que quiso, con lá­grimas en los ojos, me dijo: “¡Ay, amigo Silerio, y cómo creo que el cielo procura cargar la mano en mis desven­turas, para que, dándome la salud por la vuestra, quede yo cada día con más obligación de serviros!” Palabras fueron estas de Timbrio que me enternecieron; mas, por parecerme de comedimientos, tan poco usados entre no­sotros, me admiraron. Y, por no cansaros en deciros pun­to por punto to que yo le respondí y lo que él más repli­có, sólo os diré que el desdichado de Timbrio estaba enamorado de una señora principal de aquella ciudad, cuyos padres eran españoles, aunque ella en Nápoles ha­bía nascido. Su nombre era Nísida y su hermosura tanta, que me atrevo a decir que la naturaleza cifró en ella el estremo de sus pe[r]fectiones; y andaban tan a una en ella la honestidad y belleza, que to que la una encendía la otra enfriaba, y los deseos que su gentileza hasta el más subido cielo levantaba, su honesta gravedad hasta lo más bajo de la tierra abatía. A esta causa estaba Timbrio tan pobre de esperanza, cuan rico de pensamientos, y sobre todo falto de salud, y en términos de acabar la vida sin descubrirlos: tal era el temor y reverencia que había co­brado a la hermosa Nísida. Pero, después que tuve bien conocida su enfermedad y hube visto a Nísida, y consi­derado la calidad y nobleza de sus padres, determiné de posponer por él la hacienda, la vida y la honra, y más si más tuviera y pudiera. Y así, usé de un artificio, el más estraño que hasta hoy se habrá oído ni leído; y fue que acordé de vestirme como truhán y con una guitarra en­trarme en casa de Nísida, que por ser, como ya he dicho, sus padres de los principales de la ciudad, de otros mu­chos truhanes era continuada. Parecióle bien este acuerdo a Timbrio, y resignó luego en las manos de mi industria todo su contento. Hice yo hacer luego muchas y diferen­tes galas, y, en vistiéndome, comencé a ensayarme en el nuevo oficio delante de Timbrio, que no poco reía de verme tan truhanamente vestido; y, por ver si la habili­dad correspondía al hábito, me dijo que, haciendo cuenta que él era un gran príncipe y que yo de nuevo venía a vi­sitarle, le dijese algo. Y si yo no me acuerdo mal, y si vosotros, señores, no os cansáis de escucharme, diréos to que entonces le canté, con ser la primera vez.»

Todos dijeron que ninguna cosa les daría más con­tento que saber por estenso todo el suceso de su negocio, y que así, le rogaban que ninguna cosa, por de poco mo­mento que fuese, dejase de contarles.

-Pues esa licencia me dais -dijo el ermitaño-, no quiero dejaros de decir cómo comencé a dar muestras de nti locura; que fue con estos versos que a Timbrio canté, imaginando ser un gran señor a quien los decía:

«SILERIO

De príncipe que en el suelo

va por tan justo nivel,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

No se vee en la edad presente,

ni se vio en la edad pasada,

república gobernada

de príncipe tan prudente.

Y del que mide su celo

por tan cristiano nivel,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

Del que trae por bien ajeno,

sin codiciar más despojos,

misericordia en los ojos

y la justicia en el seno;

del que lo más deste suelo

es lo menos que hay en él,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

La liberal fama vuestra,

que hasta’l cielo se levanta,

de que tenéis alma sancta

nos da indicio y clara muestra.

Del que no discrepa un pelo

de ser al cielo fiel,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

Del que con cristiano pecho

siempre en el rigor se tarda,

y a la justicia le guarda,

con clemencia, su derecho;

de aquel que levanta el vuelo

do ninguno llega a él,

¿qué se puede esperar dél

que no sean obras del cielo?

»Estas y otras cosas de más risa y juego canté enton­ces a Timbrio, procurando acomodar el brio y donaire del cuerpo a que en todo diese muestras de ejercitado truhán; y salí tan bien con ello que en pocos días fui co­nocido de toda la más gente principal de la ciudad; y la fama del truhán español por toda ella volaba, hasta tan­to que ya en casa del padre de Nísida me deseaban ver, el cual deseo les cumpliera yo con mucha facilidad, si de industria no aguardara a ser rogado. Mas, en fin, no me pude escusar que un día de un banquete allá no fuese, donde vi más cerca la justa causa que Timbrio tenía de padecer, y la que el cielo me dio para quitarme el con­tento todos los días que en esta vida durare. Vi a Nísida, a Nísida vi, para no ver más, ni hay más que ver después de haberla visto. ¡Oh fuerza poderosa de amor, contra quien valen poco las poderosas nuestras! ¿Y es posible que en un punto, en un momento, los reparos y pertre­chos de mi lealtad pusieses en términos de dar con todos ellos por tierra? ¡Ay, que si se tardara un poco en soco­rrerme la consideración de quien yo era, la amistad que a Timbrio debía, el mucho valor de Nísida, el afrentoso hábito en que me hallaba[...]; que todo era impedimento a que, con el nuevo y amoroso deseo que en mí había nascido, no nasciese también la esperanza de alcanzarla, que es el arrimo con que el amor camina o vuelve atrás en los enamorados principios! En fin, vi la belleza que os he dicho, y, porque me importaba tanto el verla, siempre procuré granjear el amistad de sus padres y de todos los de su casa, y esto con hacer del gracioso y bien criado, haciendo mi oficio con la mayor discreción y gracia a mí posible. Y, rogándome un caballero que aquel día a la mesa estaba que alguna cosa en loor de la hermosura de Nísida cantase, quiso la ventura que me acordase de unos versos que muchos días antes, para otra ocasión casi se­mejante, yo había hecho; y, sirviéndome para la presente, los dije; que eran estos:

SILERIO

Nísida, con quien el cielo

tan liberal se ha mostrado,

que en daros a vos, dio al suelo

una imagen y traslado

de cuanto encubre su velo,

si él no tuvo más que os dar,

ni vos más que desear,

con facilidad se entiende

que lo posible pretende

quien os pretende loar.

Desa beldad peregrina

la perfectión soberana,

que al cielo nos encamina,

pues no es posible la humana,

cante la lengua divina,

y diga: bien se conviene

que al alma que en sí contiene

ser tan alto y milagroso,

se le diese el velo hermoso

más qu’el mundo tuvo o tiene.

Tomó del sol los cabellos;

del sesgo cielo, la frente;

la luz de los ojos bellos,

de la estrella más luciente,

que ya no da luz ante ellos.

Como quien puede y se atreve,

a la grana y a la nieve

robó las colores bellas,

que lo más perfecto dellas

a tus mejillas se debe.

De marfil y de coral

formó los dientes y labios,

do sale rico caudal

de agudos dichos y sabios,

y armonía celestial.

De duro mármol ha hecho

el blanco y hermoso pecho,

y de tal obra ha quedado

tanto el suelo mejorado,

cuanto el cielo satisfecho.

»Con estas y otras cosas que entonces canté, quedaron todos tan mis aficionados, especialmente los padres de Nísida, que me ofrecieron todo lo que menester hubiese y me rogaron que ningún día dejase de visitarlos. Y así, sin descubrirse ni imaginarse mi industria, vine a salir con mi primero disignio, que era facilitar la entrada en casa de Nísida, la cual gustaba en estremo de mis desen­volturas. Pero ya que los muchos días y la mucha con­versación mía, y la grande amistad que todos los de aquella casa me mostraban, hubieron quitado algunas sombras al demasiado temor que de descubrir mi intento a Nísida tenía, determiné ver a do llegaba la ventura de Timbrio, que sólo de mi solicitud la esperaba. Mas, ¡ay de mí!, que yo estaba entonces más para pedir medicina para mi llaga que salud para la ajena, porque el donaire, belleza, discreción, gravedad de Nísida, habían hecho en mi alma tal efecto, que no estaba en menos estremo de dolor y de amor puesta que la del lastimado Timbrio. A vuestra consideración discreta dejo el imaginar lo que podía sentir un corazón a quien de una parte combatían las leyes de la amistad, y de otra las inviolables de Cupi­do; porque si las unas le obligaban a no salir de lo que ellas y la razón le pedían, las otras le forzaban que tuvie­se cuenta con lo que a su contento era obligado.

»Estos sobresaltos y combates me apretaban de mane­ra que, sin procurar la salud ajena, comencé a dudar de la propria y a ponerme tan flaco y amarillo que causaba ge­neral compasión a todos los que me miraban; y los que más la mostraban eran los padres de Nísida; y aun ella mesma, con limpias y cristianas entrañas, me rogó mu­chas veces que la causa de mi enfermedad le dijese, ofre­ciéndome todo lo necesario para el remedio della. “¡Ay -decía yo entre mí cuando Nísida tales ofrecimientos me hacía-, y con cuánta facilidad, hermosa Nísida, podría remediar vuestra mano el mal que vuestra hermosura ha hecho! Pero préciome tanto de buen amigo que, aunque tuviese tan cierto mi remedio como le tengo por imposi­ble, imposible sería que le acetase”. Y, como estas con­sideraciones en aquellos instantes me turbasen la fanta­sía, no acertaba a responder a Nísida cosa alguna, de lo cual ella y otra hermana suya, que Blanca se llamaba, de menos años, aunque no de menos discreción y hermosura que Nísida, estaban maravilladas; y con más deseo de saber el origen de mi tristeza, con muchas importunacio­nes me rogaban que nada de mi dolor les encubriese. Viendo, pues, yo que la ventura me ofrecía la comodidad de poner en efecto to que hasta aquel punto mi industria había fabricado, una vez que, acaso, Nísida y su hermana solas se hallaban, tornando ellas de nuevo a pedirme lo que tantas veces, les dije: “No penséis, señoras, que el silencio que hasta agora he tenido en no deciros la causa de la pena que imagináis que siento lo haya causado te­ner yo poco deseo de obedeceros, pues ya se sabe que si algún bien mi abatido estado en esta vida tiene, es haber granjeado con él venir a términos de conoceros y como criado serviros; sólo ha sido la causa imaginar que, aun­que la descubra, no servirá para más de daros lástima, viendo cuán lejos está el remedio della. Pero, ya que me es forzoso satisfaceros en esto, sabréis, señoras, que en esta ciudad está un caballero natural de mi mesma patria, a quien tengo por señor, por amparo y por amigo, el más liberal, discreto y gentilhombre que en gran parte hallar­se pueda, el cual está aquí ausente de la amada patria por ciertas quistiones que allá le sucedieron, que le forzaron a venir a esta ciudad, creyendo que si allá en la suya de­jaba enemigos, acá en la ajena no le faltarán amigos; más hale salido tan al revés su pensamiento, que un solo enemigo, que él mesmo, sin saber cómo, aquí se ha pro­curado, le tiene puesto en tal estremo, que si el cielo no le socorre, con acabar la vida acabará sus amistades y enemistades. Y como yo conozco el valor de Timbrio -que este es el nombre del caballero cuya desgracia os voy contando-, y sé lo que perderá el mundo en perderle, y lo que yo perderé si le pierdo, doy las muestras de sen­timiento que habéis visto, y aun son pocas, según a lo que me obliga el peligro en que Timbrio está puesto. Bien sé que desearéis saber, señoras, quién es el ene­migo que a tan valeroso caballero, como es el que os he pintado, tiene puesto en tal estremo; pero también sé que, en diciéndoosle, no os maravillaréis sino de cómo ya no le tiene consumido y muerto. Su enemigo es amor, universal destruidor de nuestros sosiegos y bienandan­zas. Este fiero enemigo tomó posesión de sus entrañas. En entrando en esta ciudad, vio Timbrio una hermosa dama, de singular valor y hermosura, mas tan principal y honesta que jamás el miserable se ha aventurado a des­cubrirle su pensamiento”.

»A este punto llegaba yo cuando Nísida me dijo: “Por cierto, Astor -que entonces era este el nombre mío-, que no sé yo si crea que ese caballero sea tan valeroso y dis­creto como dices, pues tan fácilmente se ha dejado rendir a un mal deseo tan recién nacido, entregándose tan sin ocasión alguna en los brazos de la desesperación. Y, aun­que a mí se me alcanza poco destos amorosos efectos, todavía me parece que es simplicidad y flaqueza dejar, el que se vee fatigado dellos, de descubrir su pensamiento a quien se le causa, puesto que sea del valor que imaginar se puede; porque, ¿qué afrenta se le puede seguir a ella de saber que es bien querida, o a él qué mayor mal de su aceda y desabrida respuesta, que la muerte que él mesmo se procura callando? Y no sería bien que por tener un juez fama de riguroso, dejase alguno de alegar de su de­recho. Pero pongamos que sucede la muerte de un aman­te tan callado y temeroso como ese tu amigo; dime, ¿lla­marías tú cruel a la dama de quien estaba enamorado? No, por cierto; que mal puede remediar nadie la necesi­dad que no llega a su noticia, ni cae en su obligación procurar saberla para remediarla. Así que, Astor, perdó­name, que las obras de ese to amigo no hacen muy ver­daderas las alabanzas que le das”.

»Cuando yo oí a Nísida semejantes razones, luego luego quisiera con las mías descubrirle todo el secreto de mi pecho; mas, como yo entendía la bondad y llaneza con que ella las hablaba, hube de detenerme y esperar más sola y mejor coyuntura; y así, le respondí: “Cuando los casos de amor, hermosa Nísida, con libres ojos se mi­ran, tantos desatinos se veen en ellos, que no menos de risa que de compasión son dignos; pero si de la sotil red amorosa se halla enlazada el alma, allí están los sentidos tan trabados y tan fuera de su proprio ser, que la memo­ria sólo sirve de tesorera y guardadora del objecto que los ojos miraron, y el entendimiento en escudriñar y co­nocer el valor de la que bien ama, y la voluntad de con­sentir de que la memoria y entendimiento en otra cosa no se ocupen; y así, los ojos veen como por espejo de alin­de, que todas las cosas se les hacen mayores: ora cresce la esperanza cuando son favorescidos, ora el temor cuan­do desechados; y así, sucede a muchos lo que a Timbrio ha sucedido, que, pareciéndoles a los principios altísimo el objecto a quien los ojos levantaron, pierden la espe­ranza de alcanzarle; pero no de manera que no les diga amor allá dentro en el alma: “¿Quién sabe? Podría ser …… Y con esto anda la esperanza, como decirse suele, entre dos aguas, la cual si del todo les desamparase, con ella huiría el amor. Y de aquí nasce andar, entre el temor y osar, el corazón del amante tan afligido que, sin aventu­rarse a decirla, se recoge y aprieta en su llaga, y espera, aunque no sabe de quién, el remedio de que se vee tan apartado. En este mesmo estremo he yo hallado a Tim­brio, aunque todavía, a persuasiones mías, ha escripto una carta a la dama por quien muere, la cual me dio para que la viese y mirase si en alguna manera se mostraba en ella descomedido, porque la enmendaría. Encargóme asimesmo que buscase orden de ponerla en manos de su señora, que creo será imposible, no porque yo no me aventure a ello, pues lo menos que aventuraré será la vi­da por servirle, mas porque me parece que no he de ha­llar ocasión para darla”. “Veámosla -dijo Nísida-, por­que deseo ver cómo escriben los enamorados discretos” Luego saqué yo una carta del seno, que algunos días an­tes estaba escripta, esperando ocasión de que Nísida la viese; y, ofreciéndome la ventura ésta, se la mostré; la cual, por haberla yo leído muchas veces, se me quedó en la memoria, cuyas razones eran éstas:

»TIMBRIO A NÍSIDA

Determinado había, hermosa señora, que el fin de­sastrado mío os diese noticia de quien yo era, pareciéndome ser mejor que alabárades mi silencio en la muerte, que no que vituperárades mi atrevimiento en la vida; mas, porque imagino que a mi alma conviene partirse deste mundo en gracia vuestra, porque en el otro no le niegue amor el premio de to que ha padeci­do, os hago sabidora del estado en que vuestra rara beldad me tiene puesto, que es tal, que, a poder signi­ficarle, no procurara su remedio, pues por pequeñas cosas nadie se ha de aventurar a ofender el valor es­tremado vuestro, del cual y de vuestra honesta libera­lidad espero restaurar la vida para serviros, o álcanzar la muerte para nunca más ofenderos.

»Con mucha atención estuvo Nísida escuchando esta carta, y, en acabándola de oír, dijo: “No tiene de qué agraviarse la dama a quien esta carta se envía, si ya de puro grave no da en ser melindrosa, enfermedad de quien no se escapa la mayor parte de las damas desta ciudad. Pero, con todo eso, no dejes, Astor, de dársela, pues, co­mo ya te he dicho, no se puede esperar más mal de su respuesta, que no sea peor el que agora dices que tu ami­go padece. Y, para más animarte, te quiero asegurar que no hay mujer tan recatada y tan puesta en atalaya para mirar por su honra, que le pese mucho de ver y saber que es querida, porque entonces conoce ella que no es vana la presumpción que de sí tiene, lo cual sería al revés si viese que de nadie era solicitada”. “Bien sé, señora, que es verdad lo que dices -respondí yo-, mas tengo temor que el atreverme a darla, por lo menos, me ha de costar negarme de allí adelante la entrada en aquella casa, de que no menor daño me vendría a mí que a Timbrio”. “No quieras, Astor -replicó Nísida-, confirmar tú la sentencia que aún el juez no tiene dada. Muestra buen ánimo, que no es riguroso trance de batalla éste a que te aventuras”. “¡Pluguiera al cielo, hermosa Nísida -respondí yo-, que en ese término me viera, que de mejor gana ofreciera el pecho al peligro y rigor de mil contrapuestas armas, que no la mano a dar esta amorosa carta a quien temo que, siendo con ella ofendida, ha de arrojar sobre mis hom­bros la pena que la ajena culpa meresce! Pero, con todos estos inconvinientes, pienso seguir, señora, el consejo que me has dado, puesto que aguardaré tiempo en que el temor no tenga tan ocupados mis sentidos como agora; y en este entretanto te suplico que, haciendo cuenta que tú eres a quien esta carta se envía, me des alguna respuesta que lleve a Timbrio, para que con este engaño él se en­tretenga un poco, y a mí el tiempo y las ocasiones me descubran to que tengo de hacer”. “De mal artificio quie­res usar -respondió Nísida-, porque, puesto caso que yo agora diese en nombre ajeno alguna blanda o esquiva respuesta, ¿no ves que el tiempo, descubridor de nuestros fines, aclarará el engaño y Timbrio quedará de ti más quejoso que satisfecho?; cuanto más que, por no haber dado hasta agora respuesta a semejantes cartas, no que­rría comenzar a darlas mentirosa y fingidamente; mas, aunque sepa ir contra to que a mí mesma debo, si me prometes de decir quién es la dama, yo te diré qué digas a tu amigo, y cosa tal, que él quede contento por agora; y, puesto que después las cosas sucedan al revés de lo que él pensare, no por eso se averiguará la mentira”. “Eso no me to mandes, ¡oh Nísida! -respondí yo-, por­que en tanta confusión me pone decirte yo a ti su nom­bre, como me pondría el darle a ella la carta; basta saber que es principal, y que, sin hacerte agravio alguno, no to debe nada en la hermosura, que con esto me parece que la encarezco sobre cuantas son nascidas”. “No me mara­villo que digas eso de mí -dijo Nísida-, pues los hom­bres de vuestra condición y trato, lisonjear es su propio óficio. Mas, dejando todo esto a una parte, porque deseo que no pierdas la comodidad de un tan buen amigo, te aconsejo que le digas que fuiste a dar la carta a su dama, y que has pasado con ella todas las razones que conmigo, sin faltar punto, y cómo leyó tu carta, y el ánimo que te daba para que a su dama la llevases, pensando que no era ella a quien venía; y que, aunque no te atreviste a decla­rar del todo, que has conoscido della que, cuando sepa ser ella para quien la carta venía, no le causará el engaño y desengaño mucha pesadumbre. Desta suerte rescibirá él algún alivio en su trabajo; y después, al descubrir tu intención a su dama, puedes responder a Timbrio lo que ella te respondiere, pues hasta el punto que ella lo sepa, queda en fuerza esta mentira y la verdad de lo que suce­diere, sin que haga al caso el éngaño de agora”.

»Admirado quedé de la discreta traza de Nísida, y aun no sin sospecha de la verdad de mi artificio. Y así, be­sándole las manos por el buen aviso, y quedando con ella que de cualquiera cosa que en este negocio sucediere le había de dar particular cuenta, vine a contar a Timbrio todo lo que con Nísida me había sucedido, que fue parte para que la tuviese en su alma la esperanza, y volviese de nuevo a sustentarle y a desterrar de su corazón los nubla­dos del frío temor que hasta entonces le tenían ofuscado. Y todo este gusto se le acrescentaba el prometerle yo a cada paso que los míos no serían dados sino en servicio suyo, y que otra vez que con Nísida me hallase, sacaría el juego de maña con tan buen suceso como sus pensa­mientos merecían. Una cosa se me ha olvidado de deci­ros: que en todo el tiempo que con Nísida y su hermana estuve hablando, jamás la menor hermana habló palabra, sino que, con un estraño silencio, estuvo siempre colga­da de las mías. Y seos decir, señores, que si callaba, no era por no saber hablar con toda discreción y donaire, porque en estas dos hermanas mostró naturaleza todo lo que ella puede y vale; y, con todo esto, no sé si os diga que holgara que me hubiera negado el cielo la ventura de haberlas conocido, especialmente a Nísida, principio y fin de toda mi desdicha. Pero, ¿qué puedó hacer, si lo que los hados tienen ordenado no puede por discursos hu­manos estorbarse? Yo quise, quiero y querré bién a Nísi­da, tan sin ofensa de Timbrio cuanto lo ha mostrado bien mi cansada lengua, que jamás la habló que en favor de Timbrio no fuese, encubriendo siempre, con más que or­dinaria discreción, la pena propria por remediar la ajena.

» Sucedió, pues, que, como la belleza de Nísida tan es­culpida en mi alma quedó desde el primer punto que mis ojos la vieron, no pudiendo tener mi pecho tan rico teso­ro encubierto, cuando solo o apartado alguna vez me ha­llaba, con algunas amorosas y lamentables canciones le descubría con velo de fingido nombre. Y así, una noche, pensando que ni Timbrio ni otro alguno me escuchaba, por dar alivio un poco al fatigado espíritu, en un retirado aposento, sólo de un laúd acompañado, canté unos ver­sos, que, por haberme puesto en una confusión gravísi­ma, os los habré de decir, que eran éstos:

» SILERIO

¿Qué laberinto es éste do se encierra

mi loca, levantada fantasía?

¿Quién ha vuelto mi paz en cruda guerra,

y en tal tristeza toda mi alegría?

¿O cuál hado me trujo a ver la tierra

qu’ha de servir de sepoltura mía,

o quién reducirá mi pensamiento

al término que pide un sano intento?

Si por romper este mi frágil pecho

y despojarme de la dulce vida,

quedase el suelo y cielo satisfecho

de que a Timbrio guardé la fe debida,

sin que me acobardara el crudo hecho,

yo fuera de mí mesmo el homicida;

mas si yo acabo, en él acaba luego

la amorosa esperanza y cresce el fuego.

Lluevan y caigan las doradas flechas

del ciego dios, y con rigor insano

al triste corazón vengan derechas,

disparadas con fiera airada mano;

que, aunque ceniza y polvo queden hechas

las heridas entrañas, lo que gano

en encubrir su dolorosa llaga

es rica de mi mal ilustre paga.

Silencio etemo a mi cansada lengua

pondrá la ley de la amistad sincera,

por cuya sin igual virtud desmengua

la pena que acabar jamás espera;

mas, aunque nunca acabe y ponga en mengua

la honra y la salud, será cual era

mi limpia fe: más firme y contrastada

que roca en medio de la mar airada.

Del humor que derraman estos ojos,

y de la lengua el pïadoso oficio;

del bien que se le debe a mis enojos,

y de la voluntad el sacrificio,

lleve los dulces premios y despojos

el caro amigo, y muéstrese propicio

el cielo a mi deseo, que pretende

el bien ajeno y a sí mismo ofende.

Socorre, ¡oh blando amor!, levanta y guía

mi bajo ingenio en la ocasión dudosa;

y al esperado punto esfuerzo envía

al alma y a la lengua temerosa,

la cual podrá, si lleva tu osadía,

facilitar la más difícil cosa,

y romper contra el hado y desventura,

hasta llegar a la mayor ventura.

»El estar tan trasportado en mis continuas imagina­ciones fue ocasión para que yo no tuviese cuenta en cantar estos versos que he dicho con tan baja voz como debiera, ni el lugar do estaba era tan escondido que es­torbara que de Timbrio no fueran escuchados, el cual, así como los oyó, le vino al pensamiento que el mío no esta­ba libre de amor, y que si yo alguno tenía, era a Nísida, según se podía colegir de mi canto. Y, aunque él alcanzó la verdad de mis pensamientos, no alcanzó la de mis de­seos; antes, entendiendo ser al contrario de lo que yo pensaba, determinó de ausentarse aquella mesma noche e irse adonde de ninguno fuese hallado, sólo por dejarme comodidad de que solo a Nísida sirviese. Todo esto supe yo de un paje suyo, sabidor de todos sus secretos, el cual vino a mí muy angustiado y me dijo: “Acudid, señor Si­lerio, que Timbrio, mi señor y vuestro amigo, nos quiere dejar y partirse esta noche, y no me ha dicho adónde, si­no que le apareje no sé qué dineros, y que a nadie diga que se parte. Principalmente me dijo que a vos no lo di­jese. Y este pensamiento le ha venido después que es­tuvo escuchando no sé qué versos que poco ha cantába­des, y, según los estremos que le he visto hacer, creo que va a desesperarse. Y, por parecerme que debo antes acudir a su remedio que a obedecer su mandado, os lo vengo a decir, como a quien puede ser parte para que no ponga en efecto tan dañado propósito”.

»Con estraño sobresalto escuché lo que el paje me de­cía, y fui luego a ver a Timbrio a su aposento, y, antes que dentro entrase, me paré a ver lo que hacía, el cual estaba tendido encima de su lecho boca abajo, derraman­do infinitas lágrimas, acompañadas de profundos sospi­ros, y con baja voz y mal formadas razones me pareció que éstas decía: “Procura, verdadero amigo Silerio, al­canzar el fruto que to solicitud y trabajo tiene bien me­rescido, y no quieras, por lo que te parece que debes a mi amistad, dejar de dar gusto a tu deseo, que yo refrenaré el mío, aunque sea con el medio estremo de la muerte, que, pues tú della me libraste, cuando con tanto amor y fortaleza al rigor de mil espadas te ofreciste, no es mucho que yo agora te pague en parte tan buena obra con dar lugar a que, sin el impedimento que mi presencia cau­sarte puede, goces de aquélla en quien cifró el cielo toda su belleza y puso el amor todo mi contento. De una sola cosa me pesa, dulce amigo, y es que no puedo despedir­me de ti en esta amarga partida; mas, admite por discul­pa el ser tú la causa della. ¡Oh Nísida, Nísida, y cuán cierto está de tu hermosura, que se ha de pagar la culpa del que se atreve a mirarla con la pena de morir por ella! Silerio la vio, y si no quedara cual imagino que ha que­dado, perdiera en gran parte conmigo la opinión que tie­ne de discreto. Mas, pues mi ventura así lo ha querido, sepa el cielo que no soy menos amigo de Silerio que él lo es mío; y, para muestras desta verdad, apártese Tim­brio de su gloria, destiérrese de su contento, vaya pere­grino de tierra en tierra, ausente de Silerio y de Nísida, dos verdaderas y mejores mitades de su alma”. Y luego, con mucha furia, se levantó del lecho y abrió la puerta, y, hallándome allí, me dijo: “¿Qué quieres, amigo, a tales horas? ¿Hay, por ventura, algo de nuevo?” “Hay tanto- le respondí yo- que, aunque hubiera menos no me pesa­ra”. En fin, por no cansaros más, yo llegué a tales térmi­nos con él, que le persuadí y di a entender ser su imagi­nación falsa, no en cuanto estaba yo enamorado, sino en el de quién, porque no era de Nisida, sino de su hermana Blanca; y súpelo decir esto de manera que él lo tuvo por verdadero. Y, porqué más crédito a ello diese, la memo­ria me ofreció unas estancias que muchos días antes yo mesmo había hecho a otra dama del mesmo nombre, y díjele que para la hermana de Nísida las había compues­to, las cuales vinieron tan a propósito que, aunque sea fuera dél decirlas ahora, no las quiero pasar en silencio, que fueron estas:

»SILERIO

¡Oh Blanca, a quien rendida está la nieve,

y en condición más que la nieve helada!,

no presumáis ser mi dolor tan leve

que estéis de remediarle descuidada.

Mirad que si mi mal no ablanda y mueve

vuestra alma, en mi desdicha conjurada,

se volverá tan negra mi ventura

cuanta sois blanca en nombre y hermosura.

¡Blanca gentil, en cuyo blanco pecho

el contento de amor se anida y cierra!:

antes qu’el mío, en lágrimas deshecho,

se vuelva polvo y miserable tierra,

mostrad el vuestro en algo satisfecho

del amor y dolor qu’el mío encierra,

que ésta será tan caudalosa paga,

que a cuanto mal padezco satisfaga.

Blanca, sois vos por quien trocar querría

de oro el más finísimo ducado,

y por tan alta posesión tendría

por bien perder la del más alto estado.

Pues esto conocéis, ¡oh Blanca mía!,

dejad ese desdén desamorado,

y haced, ¡oh Blanca!, que el amor acierte

a sacar, si sois vos, blanca mi suerte.

Puesto que con pobreza tal me hallara

que tan sola una blanca poseyera,

si ella fuérades vos, no me trocara

por el más rico que en el mundo hubiera;

y si mi ser en aquel ser tomara

de Juan de Espera en Dios, dichoso fuera

si al tiempo que las tres blancas buscase,

a vos, ¡oh Blanca!, entre ellas os hallase.»

Adelante pasara con su cuento Silerio, si no lo estor­bara el son de muchas zampoñas y acordados caramillos que a sus espaldas se oía; y, volviendo la cabeza, vieron venir hacia ellos hasta una docena de gallardos pastores puestos en dos hileras, y en medio venía un dispuesto pastor, coronado con una guirnalda de madreselva y de otras diferentes flores. Traía un bastón en la una mano, y con grave paso poco a poco se movía; y los demás pasto­res, andando con el mesmo aplauso y tocando todos sus instrumentos, daban de sí agradable y estraña muestra. Luego que Elicio los vio, conosció ser Daranio el pastor que en medio traían, y los demás ser todos circunvecinos que a sus bodas querían hallarse, a las cuales asimesmo Tirsi y Damón vinieron, y, por alegrar la fiesta del des­posorio y honrar al nuevo desposado, de aquella manera hacia el aldea se encaminaban. Pero, viendo Tirsi que su venida había puesto silencio al cuento de Silerio, le rogó que aquella noche juntos en la aldea la pasasen, donde sería servido con la voluntad posible, y haría satisfechas las suyas con acabar el comenzado suceso. Silerio lo pro­metió. Y a esta sazón llegó el montón alegre de pastores, los cuales conosciendo a Elicio y Daranio, a Tirsi y a Damón, sus amigos, con señales de grande alegría se re­cibieron; y, renovando la música y renovando el conten­to, tomaron a proseguir el comenzado camino; y, ya que llegaban junto al aldea, llegó a sus oídos el son de la zampoña del desamorado Lenio, de que no poco gusto recibieron todos, porque ya conocían la estremada condición suya. Y, así como Lenio los vio y conoció, sin interromper el suave canto, desta manera cantando hacia ellos se vino:

LENIO

Por bienaventurada,

por llena de contento y alegría,

será por mí juzgada

tan dulce compañía,

si no siente de amor la tiranía.

Y besaré la tierra

que pisa aquel que de su pensamiento

el falso amor destierra

y tiene el pecho esento

desta furia cruel, deste tormento.

Y llamaré dichoso

al rústico advertido ganadero

que vive cuidadoso

del pobre manso apero

y muestra el rostro al crudo amor severo.

Deste tal las corderas,

antes que venga la sazón madura,

serán ya parideras,

y en la peña más dura

hallarán claras aguas y verdura.

Si, estando amor airado

con él, pusiere en su salud desvío,

llevaré su ganado,

con el ganado mío,

al abundoso pasto, al claro río.

Y en tanto, del encienso

el humo sancto irá volando al cielo,

a quien decirle pienso

con pío y justo celo,

las rodillas prostradas por el suelo:

‘¡Oh cielo sancto y justo!,

pues eres protector del que pretende

hacer lo que es tu gusto,

a la salud atiende

de aquel que por servirte amor le ofende.

No lleve este tirano

los despojos a ti solo debidos;

antes, con larga mano

y premios merescidos,

restituye su fuerza a los sentidos”.

En acabando de cantar Lenio, fue de todos los pasto­res cortésmente rescibido, el cual, como oyese nombrar a Damón y a Tirsi, a quien él sólo por fama conoscía, que­dó admirado en ver su estremada presencia; y así, les dijo:

-¿Qué encarecimientos bastarían, aunque fueran los mejores que en la elocuencia pudieran hallarse, a poder levantar y encarecer el valor vuestro, famosos pastores, si por ventura las niñerías de amor no se mezclaran con las veras de vuestros celebrados escriptos? Pero, pues ya estáis éticos de amor, enfermedad al parecer incurable, puesto que mi rudeza, con estimar y alabar vuestra rara discreción, os pague to que os debe, imposible será que yo deje de vituperar vuestros pensamientos.

-Si los tuyos tuvieras, discreto Lenio -respondió Tir­si-, sin las sombras de la vana opinión que los ocupa, vieras luego la claridad de los nuestros, y que, por ser amorosos, merescen más gloria y alabanza que por nin­guna otra sutileza o discreción que encerrar pudieran.

-No más, Tirsi, no más -replicó Lenio-, que bien sé que contra tantos y tan obstinados enemigos poca fuerza tendrán mis razones.

-Si ellas lo fueran -respondió Elicio-, tan amigos son de la verdad los que aquí están, que ni aun burlando la contradijeran; y en esto podrás ver, Lenio, cuán fuera vas della, pues no hay ninguno que apruebe tus palabras, ni aun tenga por buenas tus intenciones.

-Pues, a fe -dijo Lenio-, que no te salve a ti la tuya, ¡oh Elicio! Si no, dígalo el aire, a quien contino acres­cientas con sospiros, y la yerba destos prados, que va cresciendo con tus lágrimas, y los versos que el otro día en las hayas de aquel bosque escribiste, que en ellos se verá qué es to que en ti alabas y en mí vituperas.

No quedara Lenio sin respuesta, si no vieran venir ha­cia donde ellos estaban a la hermosa Galatea con las dis­cretas pastoras Florisa y Teolinda, la cual, por no ser co­noscida de Damón y Tirsi, se había puesto un blanco velo ante su hermoso rostro. Llegaron y fueron de los pastores con alegre acogimiento rescebidas, principal­mente de los enamorados Elicio y Erastro, que con la vista de Galatea tan estraño contento rescibieron que, no pudiendo Erastro disimularle, en señal dél, sin mandár­selo alguno, hizo señas a Elicio que su zampoña tocase, al son de la cual, con alegres y suaves acentos, cantó los siguientes versos:

ERASTRO

Vea yo los ojos bellos

deste sol que estoy mirando,

y si se van apartando,

váyase el alma tras ellos.

Sin ellos no hay claridad,

ni mi alma no la espere,

que, ausente dellos, no quiere

luz, salud, ni libertad.

Mire quien puede estos ojos,

que no es posible alaballos;

mas ha de dar por mirallos

de la vida los despojos.

Yo los veo y yo los vi,

y cada vez que los veo

les doy un nuevo deseo

tras el alma que les di.

Ya no tengo más que dar

ni imagino más que dé,

si por premio de mi fe

no se admite el desear.

Cierta está mi perdición

si estos ojos do el bien sobra

los pusieren en la obra

y no en la sana intención.

Aunque durase este día

mil siglos, como deseo,

a mí, que canto bien veo,

un punto parecería.

No hace el tiempo ligero

curso en alterar mi edad,

mientras miro la beldad

de la vida por quien muero.

En esta vista reposa

mi alma y halla sosiego,

y vive en el vivo fuego

de su luz pura, hermosa.

Y hace amor tan alta prueba

con ella, que en esta llama

a dulce vida la llama

y, cual fénix, la renueva.

Salgo con mi pensamiento

buscando mi dulce gloria,

y al fin hallo en mi memoria

encerrado mi contento.

Allí está y allí se encierra,

no en mandos, no en poderíos,

no en pompas, no en señoríos

ni en riquezas de la tierra.

Aquí acabó su canto Erastro, y se acabó el camino de llegar a la aldea, adonde Tirsi y Damón y Silerio en casa de Elicio se recogieron, por no perder la ocasión de saber en qué paraba el comenzado cuento de Silerio. Las her­mosas pastoras Galatea y Florisa, ofreciendo de hallarse el venidero día a las bodas de Daranio, dejaron a los pas­tores, y todos o los más con el desposado se quedaron, y ellas a sus casas se fueron. Y aquella mesma noche, soli­citado Silerio de su amigo Erastro, y por el deseo que le fatigaba de volver a su ermita, dio fin al suceso de su historia, como se verá en el siguiente libro.

Fin del segundo libro

Tercero libro de Galatea

El regocijado alboroto que con la ocasión de las bodas de Daranio aquella noche en el aldea había, no fue pane para que Elicio, Tirsi, Damón y Erastro de­jasen de acomodarse en parte donde, sin ser de alguno estorbados, pudiese seguir Silerio su comenzada historia. El cual, después que todos juntos grato silencio le presta­ron, siguió desta manera:

-«Con las fingidas estancias de Blanca que os he di­cho que a Timbrio dije, quedó él satisfecho de que mi pena procedía, no de amores de Nísida, sino de su her­mana. Y, con este seguro, pidiéndome perdón de la falsa imaginación que de mí había tenido, me tornó a encargar su remedio. Y así, yo, olvidado del mío, no me descuidé un punto de to que al suyo tocaba. Algunos días se pasa­ron, en los cuales la fortuna no me mostró tan abierta ocasión como yo quisiera para descubrir a Nísida la ver­dad de mis pensamientos, aunque ella siempre me pre­guntaba cómo a mi amigo en sus amores le iba, y si su dama tenía ya alguna noticia dellos. A lo que yo le dije que todavía el temor de ofenderla no me dejaba aventu­rar a decirle cosa alguna. De lo cual Nísida se enojaba mucho, y me llamaba cobarde y de poca discreción, aña­diendo a esto que, pues yo me acobardaba, o que Tim­brio no sentía el dolor que yo dél publicaba, o que yo no era tan verdadero amigo suyo como decía. Todo esto fue parte para que me determinase y en la primera ocasión me descubriese, como lo hice un día que sola estaba, la cual escuchó con estraño silencio todo lo que decirle qui­se; y yo, como mejor pude, le encarecí el valor de Tim­brio, el verdadero amor que le tenía, el cual era de suerte que me había movido a mí a tomar tan abatido ejercicio como era el de truhán, sólo por tener lugar de decirle lo que le decía, añadiendo a éstas otras razones que a Nísi­da le debió parecer que lo eran. Mas no quiso mostrar entonces por palabras lo que después con obras no pudo tener cubierto; antes, con gravedad y honestidad estraña, reprehendió mi atrevimiento, acusó mi osadía, afeó mis palabras y desmayó mi confianza; pero no de manera que me desterrase de su presencia, que era to que yo más te­mía. Sólo concluyó con decirme que de allí adelante tu­viese más cuenta con lo que a su honestidad era obliga­do, y procurase que el artificio de mi mentido hábito no se descubriese. Conclusión fue esta que cerró y acabó la tragedia de mi vida, pues por ella entendí que Nísida da­ría oídos a las quejas de Timbrio.

»¿En qué pecho pudo caber ni puede el estremo de dolor que entonces en el mío se encerraba, pues el fin de su mayor deseo era el remate y fin de su contento? Alegrábame el buen principio que al remedio de Timbrio había dado, y esta alegría en mi pesar redundaba, por parecerme, como era la verdad, que en viendo a Nísida en poder ajeno el proprio mío se acababa. ¡Oh fuerza po­derosa de verdadera amistad, a cuánto te estiendes y a cuánto me obligaste, pues yo mismo, forzado de tu obli­gación, afilé con mi industria el cuchillo que había de degollar mis esperanzas, las cuales, muriendo en mi al­ma, vivieron y resucitaron en la de Timbrio cuando de mí supo todo lo que con Nísida pasado había! Pero ella andaba tan recatada con él y conmigo, que nunca de todo punto dio a entender que de la solicitud mía y amor de Timbrio se contentaba, ni menos se desdeñó de suerte que sus sinsabores y desvíos hiciesen a los dos abando­nar la empresa, hasta que, habiendo llegado a noticia de Timbrio cómo su enemigo Pransiles -aquel caballero a quien él había agraviado en Jerez-, deseoso de satisfacer su honra, le enviaba a desafiar, señalándole campo fran­co y seguro en una tierra del estado del duque de Gravi­na, dándole término de seis meses, desde entonces hasta el día de la batalla. El cuidado deste aviso no fue parte para que se descuidase de lo que a sus amores convenía; antes, con nueva solicitud mía y servicios suyos, vino a estar Nísida de manera que no se mostraba esquiva aun­que la mirase Timbrio y en casa de sus padres visitase, guardando en todo tan honesto decoro, cuanto a su valor era obligada. Acercándose ya el término del desafío, y viendo Timbrio serle inescusable aquella jornada, deter­minó de partirse, y, antes que lo hiciese, escribió a Nísi­da una carta tal, que acabó con ella en un punto to que yo en muchos meses atrás y en muchas palabras no había comenzado. Tengo la carta en la memoria, y, por hacer al caso de mi cuento, no os dejaré de decir que así decía:

TIMBRIO A NÍSIDA

Salud te envía aquél que no la tiene,

Nísida, ni la espera en tiempo alguno

si por tus manos mismas no le viene.

El nombre aborrescible de importuno

temo me adquirirán estos renglones,

escriptos con mi sangre de uno en uno.

Mas, la furia cruel de mis pasiones

de tal modo me turba, que no puedo

huir las amorosas sinrazones.

Entre un ardiénte osar y un frío miedo,

arrimado a mi fe y al valor tuyo,

mientras ésta rescibes triste quedo,

por ver que en escrebirte me destruyo,

si tienes a donaire lo que digo

y entregas al desdén lo que no es suyo.

El cielo verdadero me es testigo

si no te adoro desde el mesmo punto

que vi ese rostro hermoso y mi enemigo.

El verte y adorarte llegó junto;

porque, ¿quién fuera aquél que no adorara

de un ángel bello el sin igual trasumpto?

Mi alma tu belleza, al mundo rara,

vio tan curiosamente que no quiso

en el rostro parar la vista clara.

Allá en el alma tuya un paraíso

fue descubriendo de bellezas tantas,

que dan de nueva gloria cierto aviso.

Con estas ricas alas te levantas

hasta llegar al cielo, y en la tierra

al sabio admiras y al que es simple espantas.

Dichosa el alma que tal bien encierra,

y no menos dichoso el que por ella

la suya rinde a la amorosa guerra.

En deuda soy a mi fatal estrella,

que me quiso rendir a quien encubre

en tan hermoso cuerpo alma tan bella.

Tu condición, señora, me descubre

el desengaño de mi pensamiento,

y de temor a mi esperanza cubre.

Pero, en fe de mi justo honroso intento,

hago buen rostro a la desconfianza,

y cobro al postrer punto nuevo aliento.

Dicen que no hay amor sin esperanza;

pienso que es opinión, que yo no espero,

y del amor la fuerza más me alcanza.

Por sola tu bondad te adoro y quiero,

atraído también de tu belleza,

que fue la red que amor tendió primero

para atraer con rara subtileza

al alma descuidada libre mía

al amoroso ñudo y su estrecheza.

Sustenta amor su mando y tiranía

con cualquiera belleza en algún pecho;

pero no en la curiosa fantasía,

que mira, no de amor el lazo estrecho

que tiende en los cabellos de oro fino,

dejando al que los mira satisfecho,

ni en el pecho, a quien llama alabastrino

quien del pecho no pasa más adentro,

ni en el marfil del cuello peregrino,

sino del alma el escondido centro

mira, y contempla mil bellezas puras

que le acuden y salen al encuentro.

Mortales y caducas hermosuras

no satisfacen a la inmortal alma,

si de la luz perfecta no anda a escuras.

Tu sin igual virtud lleva la palma

y los despojos de mis pensamientos,

y a los torpes sentidos tiene en calma.

Y en esta subjeción están contentos,

porque miden su dura amarga pena

con el valor de tus merescimientos.

Aro en el mar y siembró en el arena

cuando la fuerza estraña del deseó

a más que a contemplarte me condemna.

Tu alteza entiendo, mi bajezá veo,

y, en estremos que son tan diferentes,

ni hay medio que esperar ni le poseo.

Ofrécense por esto inconvinientes

tantos a mi remedio, cuantas tiene

el cielo estrellas y la tierra gentes.

Conozco to que al alma le conviene,

sé lo mejor, y a lo peor me atengo,

llevado del amor que me entretiene.

Mas ya, Nísida bella, al paso vengo,

de mí con mortal ansia deseado,

do acabaré la pena que sostengo.

El enemigo brazo levantado

me espera, y la feroz aguda espada,

contra mí con tu saña conjurado.

Presto será tu voluntad vengada

del vano atrevimiento desta mía,

de ti sin causa alguna desechada.

Otro más duro trance, otra agonía,

aunque fuera mayor que de la muerte

no turbara mi triste fantasía,

si cupiera en mi corta amarga suerte

verte de mis deseos satisfecha,

así como al contrario puedo verte.

La senda de mi bien hállola estrecha;

la de mi mal, tan ancha y espaciosa,

cual de mi desventura ha sido hecha.

Por ésta corre airada y presurosa

la muerte, en tu desdén fortalecida,

de triunfar de mi vida deseosa.

Por aquélla mi bien va de vencida,

de tu rigor, señora, perseguido,

qu’es el que ha de acabar mi corta vida.

A términos tan tristes conducido

me tiene mi ventura, que ya temo

al enemigo airado y ofendido,

sólo por ver qu’el fuego en que me quemo

es yelo en ese pecho, y esto es parte

para que yo acobarde al paso estremo;

que si tú no te muestras de mi parte,

¿a quién no temerá mi flaca mano,

aunque más le acompañe esfuerzó y arte?

Pero si me ayudaras, ¿qué romano

o griego capitán me contrastara,

que al fin su intento no saliera vano?

Por el mayor peligro me arrojara,

y de las fieras manos de la muerte

los despojos seguro arrebatara.

Tú sola puedes levántar mi suerte

sobre la humana pompa, o derribarla

al centro do no hay bien con que se acierte;

que, si como ha podido sublimarla

el puro amor, quisiera la fortuna

en la difícil cumbre sustentarla,

subida sobre el cielo de la luna

se viera mi esperanza, que ahora yace

en lugar do no espera en cosa alguna.

Tal estoy ya, que ya me satisface

el mal que tu desdén airado, esquivo,

por tan estraños términos me hace,

sólo por ver que en tu memoria vivo,

y que te acuerdas, Nísida, siquiera

de hacerme mal, que yo por bien rescibo.

Con más facilidad contar pudiera

del mar los granos de la blanca arena,

y las estrellas de la octava esfera,

que no las ansias, el dolor, la pena

a qu’el fiero rigor de tu aspereza,

sin haberte ofendido, me condemna.

No midas tu valor con mi bajeza,

que al respecto de tu ser famoso,

por tier[r]a quedará cualquiera alteza.

Así cual soy te amo, y decir oso

que me adelanto en firme enamorado

al más subido término amoroso.

Por esto no merezco ser tratado

como enemigo; antes, me parece

que debría de ser remunerado.

Mal con tanta beldad se compadece

tamaña crueldad, y mal asienta

ingratitud do tal valor floresce.

Quisiérate pedir, Nísida, cuenta

de un alma que te di: ¿dónde la echaste,

o cómo, estando ausente, me sustenta?

Ser señora de un alma no aceptaste;

pues, ¿qué te puede dar quien más te quiera?

¡Cuán bien tu presumpción aquí mostra[s]te!

Sin alma estoy desde la vez primera

que te vi, por mi mal y por bien mío,

que todo fuera mal si no te viera.

Allí el freno te di de mi albedrío,

tú me gobiernas, por ti sola vivo,

y aun puede mucho más tu poderío.

En el fuego de amor puro me avivo

y me deshago, pues, cual fénix, luego

de la muerte de amor vida rescibo.

En fe desta mi fe, te pido y ruego

sólo que creas, Nísida, que es cierto

que vivo ardiendo en amoroso fuego,

y que tú puedes ya, después de muerto,

reducirme a la vida, y en un punto

del mar airado conducirme al puerto;

que está para conmigo en ti tan junto

el querer y el poder, que es todo uno,

sin discrepar y sin faltar un punto;

y acabo, por no ser más importuno.

»No sé si las razones desta carta, o las muchas que yo antes a Nísida había dicho, asegurándole el verdadero amor que Timbrio la tenía, o los continuos servicios de Timbrio, o los cielos, que así lo tenían ordenado, movie­ron las entrañas de Nísida para que, en el punto que la acabó de leer, me llamase y con lágrimas en los ojos me dijese: “¡Ay, Silerio, Silerio, y cómo creo que a costa de la salud mía has querido granjear la de tu amigo! Hagan los hados, que a este punto me han traído, con las obras de Timbrio verdaderas tus palabras. Y si las unas y las otras me han engañado, tome de mi ofensa venganza el cielo, al cual pongo por testigo de la fuerza que el deseo me hace, para que no le tenga más encubierto. Mas ¡ay, cuán liviano descargo es éste para tan pesada culpa, pues debiera yo primero morir callando porque mi honra vi­viera, que, con decir to que agora quiero decirte, ente­rrarla a ella y acabar mi vida!” Confuso me tenían estas palabras de Nísida, y más el sobresalto con que las decía; y, queriendo con las mías animarla a que sin temor algu­no se declarase, no fue menester importunarla mucho, que al fin me dijo que no sólo amaba, pero que adoraba a Timbrio, y que aquella voluntad tuviera ella cubierta siempre, si la forzosa ocasión de la partida de Timbrio no la forzara a descubrirla.

»Cuál yo quedé, pastores, oyendo lo que Nísida de­cía y la voluntad amorosa que tener a Timbrio mostra­ba, no es posible encarecerlo, y aun es bien que carez­ca de encarecimiento dolor que a tanto se estiende; no porque me pesase de ver a Timbrio querido, sino de verme a mí imposibilitado de tener jamás contento, pues estaba y está claro que ni podía, ni puedo vivir sin Nísida, a la cual, como otras veces he dicho, viéndola en ajenas manos puesta, era enajenarme yo de todo gusto. Y si alguno la suerte en este trance me concedía, era consi­derar el bien de mi amigo Timbrio, y esto fue parte para que no llegase a un mesmo punto mi muerte. Y la decla­ración de la voluntad de Nísida escuchéla como pude, y aseguréla como supe de la entereza del pecho de Tim­brio, a lo cual ella me respondió que ya no había necesi­dad de asegurarle aquello, porque estaba de manera que no podía, ni le convenía, dejar de creerme, y que sólo me rogaba, si fuese posible, procurase de persuadir a Tim­brio buscase algún medio honroso para no venir a batalla con su enemigo; y, respondiéndole yo ser esto imposible sin quedar deshonrado, se sosegó, y, quitándose del cue­llo unas preciosas reliquias, me las dio para que a Tim­brio de su parte las diese. Quedó ansimesmo concertado entre los dos que ella sabía que sus padres habían de it a ver el combate de Timbrio, y que llevarían a ella y a su hermana consigo; mas, porque no le bastaría el ánimo de estar presente al riguroso trance de Timbrio, que ella fin­giría estar mal dispuesta, con la cual ocasión se quedaría en una casa de placer donde sus padres habían de posar, que media legua estaba de la villa donde se había de ha­cer el combate; y que allí esperaría. su buena o mala suerte, según la tuviese Timbrio. Mandóme también que, para acortar el deseo que tendría de saber el suce­so de Timbrio, que llevase yo conmigo una toca blanca que ella me dio, y que si Timbrio venciese, me la atase al brazo y volviese a darle las nuevas; y si fuese ven­cido, que no la atase, y así ella sabría por la señal de la toca desde lejos el principio de su contento o el fin de su vida.

»Prometíle de hacer todo lo que me mandaba, y, to­mando las reliquias y la toca, me despedí della, con la mayor tristeza y el mayor contento que jamás tuve: mi poca ventura causaba la tristeza, y la mucha de Timbrio el alegría. Él supo de mí lo que de parte de Nísida le lle­vaba, y quedó con ello tan lozano, contento y orgulloso, que el peligro de la batalla que esperaba por ninguno le tenía, pareciéndole que en ser favorescido de su señora, aun la mesma muerte contrastar no le podría. Paso agora en silencio los encarecimientos que Timbrio hizo para mostrarse agradecido a lo que a mi solicitud debía, por­que fueron tales, que mostraba estar fuera de seso tratan­do en ello.

»Esforzado, pues, y animado con esta buena nueva, comenzó a aparejar su partida, llevando por padrinos un principal caballero español y otro napolitano. Y a la fama deste particular duelo, se movió a verlo infinita gente del reino, y yendo también allá los padres de Nísida, llevando con ellos a ella y a su hermana Blanca. Y, como a Timbrio tocaba escoger las armas, quiso mostrar que no en la ventaja dellas, sino en la razón que tenía fundaba su derecho; y así, las que escogió fueron espada y daga, sin otra arma defensiva alguna. Pocos días faltaban al térmi­no señalado, cuando de la ciudad de Nápoles se partie­ron, con otros muchos caballeros, Nísida y sus padres, habiendo llegado primero ella, acordá[n]dome muchas veces que no se olvidase nuestro concierto. Pero mi can­sada memoria, que jamás sirvió sino de acordarme solas las cosas de mi desgusto, por no mudar su condición, se olvidó tanto de to que Nísida me había dicho, cuanto vio que convenía para quitarme la vida, o, a lo menos, para ponerme en el miserable estado en que agora me veo.»

Con grande atención estaban los pastores escuchando to que Silerio contaba, cuando interrompió el hilo de su cuento la voz de un lastimado pastor que entre unos ár­boles cantando estaba, y no tan lejos de las ventanas de la estancia donde ellos estaban que dejase de oírse todo to que decía. La voz era de suerte que puso silencio a Silerio, el cual en ninguna manera quiso pasar adelante, antes rogó a los demás pastores que la escuchasen, pues, “para lo poco que de mi cuento quedaba, tiempo habría de acabarlo”. Hiciéraseles de mal esto a Tirsi y Damón, si no les dijera Elicio:

-Poco se perderá, pastores, en escuchar al desdichado Mireno -que, sin duda, es el pastor que canta-, y a quien ha traído la fortuna a términos que imagino que no espe­ra él ninguno en su contento.

-¿Cómo le ha de esperar -dijo Erastro-, si mañana se desposa Daranio con la pastora Silveria, con quien él pensaba casarse? Pero en fin, han podido más con los padres de Silveria las riquezas de Daranio que las habili­dades de Mireno.

-Verdad dices -replicó Elicio-, pero con Silveria más había de poder la voluntad que de Mireno tenía conocida que otro tesoro alguno; cuanto más, que no es Mireno tan pobre que, aunque Silveria se casara con él, fuera su ne­cesidad notada.

Por estas razones que Elicio y Erastro dijeron, creció el deseo en los pastores de escuchar to que Mireno can­taba. Y así, rogó Silerio que más no se hablase, y todos con atento oído se pararon a escucharle, el cual, afligido de la ingratitud de Silveria, viendo que otro día con Da­ranio se desposaba, con la rabia y dolor que le causaba este hecho, se había salido de su casa, acompañado de solo su rabel; y, convidándole la soledad y silencio de un pequeño pradecillo que junto a las paredes de la aldea estaba, y confiado que en tan sosegada noche ninguno le escucharía, se sentó al pie de un árbol, y, templando su rabel, desta manera cantando estaba:

MIRENO

Cielo sereno, que con tantos ojos

los dulces amorosos hurtos miras,

y con to curso alegras o entristeces

a aquel que en tu silencio sus enojos

a quien los causa dice, o al que retiras

de gusto tal y espacio no le ofreces:

si acaso no careces

de tu benignidad para conmigo,

pues ya con sólo hablar me satisfago,

y sabes cuanto hago,

no es mucho que ahora escuches lo que digo,

que mi voz lastimera

saldrá con la doliente ánima fuera.

Ya mi cansada voz, ya mis lamentos

bien poco ofenderán al aire vano,

pues a término tal soy reducido,

que ofrece amor a los airados vientos

mis esperanzas, y en ajena mano

ha puesto el bien que tuve merescido.

Será el fruto cogido

que sembró mi amoroso pensamiento

y regaron mis lágrimas cansadas,

por las afortunadas

manos a quien faltó merescimiento

y sobró la ventura,

que allana lo difícil y asegura.

Pues el que vee su gloria convertida

en tan amarga dolorosa pena,

y tomando su bien cualquier camino,

¿por qué no acaba la enojosa vida?

¿Por qué no rompe la vital cadena

contra todas las fuerzas del destino?

Poco a poco camino

al dulce trance de la amarga muerte,

y así, atrevido aunque cansado brazo,

sufrid el embarazo

del vivir, pues ensalza nuestra suerte

saber que a amor le place

qu’el dolor haga lo qu’el hierro hace.

Cierta mi muerte está, pues no es posible

que viva aquél que tiene la esperanza

tan muerta y tan ajeno está de gloria;

pero temo que amor haga imposible

mi muerte, y que una falsa confianza

dé vida, a mi pesar, a la memoria.

Mas, ¿qué?, si por la historia

de mis pasados bienes la poseo,

y miro bien que todos son pasados,

y los graves cuidados

que triste agora en su lugar poseo,

ella será más parte

para que della y del vivir me aparte.

¡Ay, bien único y solo al alma mía,

sol que mi tempestad aserenaste,

término del valor que se desea!

¿Será posible que se llega el día

donde he de conocer que me olvidaste,

y que permita amor que yo le vea?

Primero que esto sea,

primero que tu blanco hermoso cuello

esté de ajenos brazos rodeado,

primero que el dorado

-oro es mejor decir- de tu cabello

a Daranio enriquezca,

con fenecer mi vida el mal fenezca.

Nadie por fe te tuvo merescida

mejor que yo; mas veo que es fe muerta

la que con obras no se manifiesta.

Si se estimara el entregar la vida

al dolor cierto y a la gloria incierta,

pudiera yo esperar alegre fiesta;

mas no se admite en esta

cruda ley que amor usa el buen deseo,

pues es proverbio antiguo entre amadores,

que son obras amores;

y yo, que por mi mal sólo poseo

la voluntad de hacellas,

¿qué no m’ha de faltar faltando en ellas?

En ti pensaba yo que se rompiera

esta ley del avaro amor usada,

pastora, y que los ojos levantaras

a una alma de la tuya prisionera,

y a tu proprio querer tan ajustada,

que si la conoscieras, la estimaras.

Pensé que no trocaras

una fe que dio muestras de tan buena

por una que quilata sus deseos

con los vanos arreos

de la riqueza, de cuidados llena:

entregástete al oro,

por entregarme a mí contino al lloro.

Abatida pobreza, causadora

deste dolor que me atormenta el alma,

aquel te loa que jamás te mira.

Turbóse en ver tu rostro mi pastora,

a su amor tu aspereza puso en calma;

y así, por no encontrarte, el pie retira.

Mal contigo se aspira

a conseguir intentos amorosos:

tú derribas las altas esperanzas,

y siembras mil mudanzas

en mujeriles pechos codiciosos;

tú jamás perfecionas

con amor el valor de las personas.

Sol es el oro cuyos rayos ciegan

la vista más aguda, si se ceba

en la vana apariencia del provecho.

A liberales manos no se niegan

las que gustan de hacer notoria prueba

de un blando, codicioso, hermoso pecho.

Oro tuerce el derecho

de la limpia intención y fe sincera,

y más que la firmeza de un amante,

acaba un diamante,

pues su dureza vuelve un pecho cera,

por más duro que sea,

pues se le da con él lo que desea.

De ti me pesa, dulce mi enemiga,

que tantas tuyas puras perfectiones

con una avara muestra has afeado.

Tanto del oro te mostraste amiga,

que echaste a las espaldas mis pasiones

y al olvido entregaste mi cuidado.

En fin, ¡que te has casado!

¡Casado te has, pastora! El cielo haga

tan buena tu electión como querrías,

y de las penas mías

injustas no rescibas justa paga;

mas, ¡ay!, que el cielo amigo

da premio a la virtud, y al mal, castigo.

Aquí dio fin a su canto el lastimado Mireno, con muestras de tanto dolor, que le causó a todos los que es­cuchándole estaban, principalmente a los que le conocían y sabían sus virtudes, gallarda dispusición y honroso trato. Y, después de haber dicho entre los pastores algu­nos discursos sobre la estraña condición de las mujeres, en especial sobre el casamiento de Silveria, que, olvidada del amor y bondad de Mireno, a las riquezas de Daranio se había entregado, deseosos de que Silerio diese fin a su cuento, puesto silencio a todo, sin ser menester pedírselo, él comenzó a seguir diciendo:

-«Llegado, pues, el día del riguroso trance, habiéndo­se quedado Nísida media legua antes de la villa en unos jardines, como conmigo había concertado, con escusa que dio a sus padres de no hallarse bien dispuesta, al partirme della me encargó la brevedad de mi tomada con la señal de la toca, porque, en traerla o no, ella entendie­se el bueno o el mal suceso de Timbrio. Tornéselo yo a prometer, agraviándome de que tanto me lo encargase; y con esto me despedí della y de su hermana, que con ella se quedaba. Y, llegado al puesto del combate, y llegada la hora de comenzarle, después de haber hecho los padri­nos de entrambos las ceremonias y amonestaciones que en tal caso se requieren, puestos los dos caballeros en el estacado, al temeroso son de una ronca trompeta, se acometieron con tanta destreza y arte que causaba admi­racion en quien los miraba. Pero el amor, o la razón -que es lo más cierto-, que a Timbrio favorescía, le dio tal es­fuerzo que, aunque a costa de algunas heridas, en poco espacio puso a su contrario de suerte que, tiniéndole a sus pies herido y desangrado, le importunaba que si que­ría salvar la vida, se rindiese. Pero el desdichado Pransi­les le persuadía que le acabase de matar, pues le era más fácil a él, y de menos daño, pasar por mil muertes que rendirse una. Mas el generoso ánimo de Timbrio es de manera que, ni quiso matar a su enemigo, ni menos que se confesase por rendido; sólo se contentó con que dije­se y conociese que era tan bueno Timbrio como él, lo cual Pransiles confesó de buena gana, pues hacía en esto tan poco, que, sin verse en aquel término, pudiera muy bien decirlo.

»Todos los circunstantes, que entendieron lo que Timbrio con su enemigo había pasado, lo alabaron y es­timaron en mucho. Y, apenas hube yo visto el feliz suce­so de mi amigo, cuando, con alegría increíble y presta li­gereza, volví a dar las nuevas a Nísida. Pero, ¡ay de mí!, que el descuido de entonces me ha puesto en el cuidado de agora. ¡Oh memoria, memoria mía! ¿Por qué no la tu­viste para lo que tanto me importaba? Mas creo que esta­ba ordenado en mi ventura que el principio de aquella alegría fuese el remate y fin de todos mis contentos. Yo volví a ver a Nísida con la presteza que he dicho, pero volví sin ponerme la blanca toca al brazo. Nísida, que con crecido deseo estaba esperando y mirando desde unos altos corredores mi tornada, viéndome volver sin la toca, entendió que algún siniestro revés a Timbrio había sucedido, y creyólo y sintiólo de manera que, sin ser parte otra cosa, faltándole todos los espíritus, cayó en el suelo con tan estraño desmayo que todos por muerta la tuvieron. Cuando ya yo llegué, hallé a toda la gente de su casa alborotada, y a su hermana haciendo mil estremos de dolor sobre el cuerpo de la triste Nísida. Cuando yo la vi en tal estado, creyendo firmemente que era muerta y viendo que la fuerza del dolor me iba sacando de sentido, temeroso que, estando fuera dél, no diese o descubriese algunas muestras de mis pensamientos, me salí de la ca­sa, y poco a poco volvía a dar las desdichadas nuevas al desdichado Timbrio. Pero, como me hubiesen privado las ansias de mi fatiga las fuerzas de cuerpo y alma, no fue­ron tan ligeros mis pasos que no lo hubiesen sido más otros que la triste nueva a los padres de Nísida llevasen, certificándoles cierto que de un agudo paracismo había quedado muerta. Debió de oír esto Timbrio, y debió de quedar cual yo quedé, si no quedó peor; sólo sé decir que cuando llegué a do pensaba hallarle, era ya algo anoche­cido, y supe de uno de sus padrinos que con el otro, y por la posta, se había partido a Nápoles, con muestras de tanto descontento, como si de la contienda vencido y deshonrado salido hubiera. Luego imaginé yo lo que ser podía, y púseme luego en camino para seguirle; y, antes que a Nápoles llegase, tuve nuevas ciertas de que Nísida no era muerta, sino que le había dado un desmayo que le duró veinte y cuatro horas, al cabo de las cuales había vuelto en sí con muchas lágrimas y sospiros. Con la cer­tidumbre desta nueva me consolé, y con más contento llegué a Nápoles, pensando hallar allí a Timbrio; pero no fue así, porque el caballero con quien él había venido me certificó que, en llegando a Nápoles, se partió sin decir cosa alguna, y que no sabía a qué parte; sólo imaginaba que, según le vio triste y malencólico después de la ba­talla, que no podía creer sino que a desesperarse hu­biese ido.

» Nuevas fueron estas que me tomaron a mis primeras lágrimas; y aun no contenta mi ventura con esto, ordenó que, al cabo de pocos días, llegasen a Nápoles los padres de Nísida, sin ella y sin su hermana, las cuales, según su­pe y según era pública voz, entrambas a dos se habían ausentado una noche viniendo con sus padres a Nápoles, sin que se supiese dellas nueva alguna. Tan confuso que­dé con esto, que no sabía qué hacerme ni decirme; y, es­tando puesto en esta confusión tan estraña, vine a saber, aunque no muy cierto, que Timbrio, en el puerto de Gaeta, en una gruesa nave que para España iba, se había embarcado. Y, pensando que podría ser verdad, me vine luego a España, y en Jerez y en todas las partes que ima­giné que podría estar, le he buscado sin hallar dél rastro alguno. Finalmente, he venido a la ciudad de Toledo, donde están todos los parientes de los padres de Nísida, y lo que he alcanzado a saber es que ellos se vuelven a Toledo sin haber sabido nuevas de sus hijas. Viéndome, pues, yo ausente de Timbrio, ajeno de Nísida, y conside­rando que ya que los hallase, ha de ser para gusto suyo y perdición mía, cansado ya y desengañado de las cosas deste falso mundo en que vivimos, he acordado de volver el pensantiento a mejor norte, y gastar lo poco que de vi­vir me queda en servicio del que estima los deseos y las obras en el punto que inerescen. Y así, he escogido este hábito que veis y la ermita que habéis visto, adonde en dulce soledad reprima mis deseos y encamine mis obras a mejor paradero, puesto que, como viene de tan atrás la corrida de las malas inclinaciones que hasta aquí he teni­do, no son tan fáciles de parar que no trascorran algo y vuelva la memoria a combatirme, representándome las pasadas cosas; y, cuando en estos puntos me veo, al son de aquella arpa que escogí por compañera en mi soledad, procuro aliviar la pesada carga de mis cuidados, hasta que el cielo le tenga y se acuerde de llamarme a mejor vida.» Éste es, pastores, el suceso de mi desventura; y si he sido largo en contárosle, es porque no ha sido ella corta en fatigarme. Lo que os ruego es me dejéis volver a mi ermita, porque, aunque vuestra compañía me es agra­dable, he llegado a términos que ninguna cosa me da más gusto que la soledad; y de aquí entenderéis la vida que paso y el mal que sostengo.

Acabó con esto Silerio su cuento, pero no las lágrimas con que muchas veces le había acompañado. Los pasto­res le consolaron en ellas lo mejor que pudieron, espe­cialmente Damón y Tirsi, los cuales con muchas razones le persuadieron a no perder la esperanza de ver a su ami­go Timbrio con más contento que él sabría imaginar, pues no era posible sino que tras tanta fortuna aserena­se el cielo, del cual se debía esperar que no consintiría que la falsa nueva de la muerte de Nísida a noticia de Timbrio con más verdadera relación no viniese antes que la desesperación le acabase. Y que de Nísida se podía creer y conjecturar que, por ver a Timbrio ausente, se habría partido en su busca; y que si entonces la Fortu­na por tan estraños accidentes los había apartado, ago­ra por otros no menos estraños sabría juntarlos. Todas estas razones y otras muchas que le dijeron le consolaron algo, pero no de manera que despertase en él la esperan­za de verse en vida más contenta; ni aun él la procuraba, por parecerle que la que había escogido era la que más le convenía.

Gran parte era ya pasada de la noche, cuando los pastores acordaron de reposar el poco tiempo que hasta el día quedaba, en el cual se habían de celebrar las bodas de Daranio y Silveria. Mas, apenas había dejado la Blan­ca aurora el enfadoso lecho del celoso marido, cuando dejaron los suyos todos los más pastores de la aldea, y cada cual, como mejor pudo, comenzó por su parte a re­gocijar la fiesta: cuál trayendo verdes ramos para adornar la puerta de los desposados, y cuál con su tamborino y flauta les daba la madrugada; acullá se oía la regocijada gaita; acá sonaba el acordado rabel; allí, el antiguo salterio; aquí, los cursados albogues; quién con coloradas cintas adomaba sus castañetas para los esperados bailes; quién pulía y repulía sus rústicos aderezos para mostrarse galán a los ojos de alguna su querida pastorcilla; de mo­do que, por cualquier parte de la aldea que se fuese, todo sabía a contento, placer y fiesta. Sólo el triste y desdi­chado Mireno era aquél a quien todas estas alegrías cau­saban summa tristeza; el cual, habiéndose salido de la al­dea por no ver hacer sacrificio de su gloria, se subió en una costezuela que junto al aldea estaba, y allí, sentándo­se al pie de un antiguo fresno, puesta la mano en la meji­lla y la caperuza encajada hasta los ojos, que en el suelo tenía clavados, comenzó a imaginar el desdichado punto en que se hallaba y cuán sin poderlo estorbar, ante sus ojos, había de ver coger el fruto de sus deseos. Y esta consideración le tenía de suerte, que lloraba tan tierna y amargamente, que ninguno en tal trance le viera que con lágrimas no le acompañara. A esta sazón, Damón y Tirsi, Elicio y Erastro se levantaron, y, asomándose a una ven­tana que al campo salía, to primero en quien pusieron los ojos fue en el lastimado Mireno; y, en verle de la suerte que estaba, conocieron bien el dolor que padecía, y, mo­vidos a compasión, determinaron todos de ir a consolar­le, como lo hicieran si Elicio no les rogara que le dejaran ir a él solo, porque imaginaba que por ser Mireno tan amigo suyo, con él más abiertamente que con otro su do­lor comunicaría. Los pastores se lo concedieron, y, yen­do allá Elicio, hallóle tan fuera de sí y tan en su dolor trasportado, que ni le conoció Mireno, ni le habló pala­bra; lo cual visto por Elicio, hizo señal a los demás pas­tores que viniesen, los cuales, temiendo algún estraño accidente a Mireno sucedido, pues Elicio con priesa los llamaba, fueron luego allá, y vieron que estaba Mireno con los ojos tan fijos en el suelo, y tan sin hacer movi­miento alguno, que una estatua semejaba, pues con la llegada de Elicio, ni con la de Tirsi, Damón y Erastro, no volvió de su estraño embelesamiento, si no fue que, a ca­bo de un buen espacio de tiempo, casi como entre dien­tes, comenzó a decir:

-¿Tú eres Silveria, Silveria? Si tú lo eres, yo no soy Mireno; y si soy Mireno, tú no eres Silveria: porque no es posible que esté Silveria sin Mireno, o Mireno sin Sil­veria. Pues, ¿quién soy yo, desdichado? ¿O quién eres tú, desconocida? Yo bien sé que no soy Mireno, porque tú no has querido ser Silveria; a lo menos, la Silveria que ser debías y yo pensaba que fueras.

A esta sazón, alzó los ojos, y, como vio alrededor de sí los cuatro pastores y conoció entre ellos a Elicio, se levantó, y, sin dejar su amargo llanto, le echó los brazos al cuello, diciéndole:

-¡Ay, verdadero amigo mío, y cómo agora no tendrás ocasión de envidiar nù estado, como le envidiabas cuan­do de Silveria me veías favorescido; pues si entonces me llamaste venturoso, agora puedes llamarme desdichado y trocar todos los títulos alegres que en aquel tiempo me dabas, en los de pesar que ahora puedes darme! Yo sí que te podré llamar dichoso, Elicio, pues te consuela más la esperanza que tienes de ser querido, que no te fatiga el verdadero temor de ser olvidado.

-Confuso me tienes, ¡oh Mireno! -respondió Elicio-, de ver los estremos que haces por lo que Silveria ha he­cho, sabiendo que tiene padres a quien ha sido justo ha­ver obedecido.

-Si ella tuviera amor -replicó Mireno-, poco inconvi­niente era la obligación de los padres para dejar de cum­plir con lo que al amor debía; de do vengo a considerar, ¡oh Elicio!, que si me quiso bien, hizo mal en casarse, y si fue fingido el amor que me mostraba, hizo peor en engañarme; y ofréceme el desengaño a tiempo que no puede aprovecharme si no es con dejar en sus manos la vida.

-No está en términos la tuya, Mireno -replicó Elicio-, que tengas por remedio el acabarla, pues podría ser que la mudanza de Silveria no estuviese en la voluntad, sino en la fuerza de la obediencia de sus padres; y si tú la qui­siste limpia y honestamente doncella, también la puedes querer agora casada, correspondiendo ella ahora como entonces a tus buenos y honestos deseos.

-Mal conoces a Silveria, Elicio -respondió Mireno-, pues imaginas della que ha de hacer cosa de que pueda ser notada.

-Esta mesma razón que has dicho te condemna -res­pondió Elicio-, pues si tú, Mireno, sabes de Silveria que no hará cosa que mal le esté, en la que ha hecho no debe de haber errado.

-Si no ha errado -respondió Mireno-, ha acertado a quitarme todo el buen suceso que de mis buenos pensa­mientos esperaba, y sólo en esto la culpo: que nunca me advirtió deste daño; antes, temiéndome dél, con firme ju­ramento que me aseguraba que eran imaginaciones mías, y que nunca a la suya había llegado pensar con Daranio casarse, ni se casaría, si conmigo no, con él ni con otro alguno, aunque aventurara en ello quedar en perpetua desgracia con sus padres y parientes; y, debajo deste si­guro y prometimiento, faltar y romper la fe agora de la manera que has visto, ¿qué razón hay que tal consienta, o qué corazón que tal sufra?

Aquí tomó Mireno a renovar su llanto, y aquí de nue­vo le tuvieron lástima los pastores. A este instante, llega­ron dos zagales adonde ellos estaban, que el uno era pariente de Mireno y el otro criado de Daranio, que a llamar a Elicio, Tirsi, Damón y Erastro venía, porque las fiestas de su desposorio querían comenzarse. Pesábales a los pastores de dejar solo a Mireno, pero aquel pastor su pariente se ofreció a quedar con él. Y aun Mireno dijo a Elicio que se quería ausentar de aquella tierra, por no ver cada día a los ojos la causa de su desventura. Elicio le loó su determinación, y le encargó que, doquiera que estuviese, le avisase de cómo le iba. Mireno se lo pro­metió, y, sacando del seno un papel, le rogó que, en ha­llando comodidad, se le diese a Silveria; y con esto se despidió de todos los pastores, no sin muestras de mucho dolor y tristeza. El cual no se hubo bien apartado de su presencia, cuando Elicio, deseoso de saber lo que en el papel venía, viendo que, pues estaba abierto, importaba poco leerle, le descogió, y, convidando a los otros pas­tores a escucharle, vio que en él venían escriptos estos versos:

MIRENO A SILVERIA

El pastor que te ha entregado

lo más de cuanto tenía,

pastora, agora te envía

lo menos que le’ha quedado;

que es este pobre papel,

adonde claro verás

la fe que en ti no hallarás

y el dolor que queda en él.

Pero poco al caso hace

darte desto cuenta estrecha,

si mi fe no me aprovecha

y mi mal te satisface.

No pienses que es mi intención

quejarme porque me dejas,

que llegan tarde las quejas

de mi temprana pasión.

Tiempo fue ya que escucharas

el cuento de mis enojos,

y aun, si lloraran mis ojos,

las lágrimas enjugaras.

Entonces era Mireno

el que era de ti mirado;

mas ¡ay, cómo te has trocado,

tiempo bueno, tiempo bueno!

Si durara aquel engaño,

templárase mi desgusto,

pues más vale un falso gusto,

que un notorio y cierto daño.

Pero tú, por quien se ordena

mi terrible mala andanza,

has hecho con tu mudanza

falso el bien, cierta la pena.

Tus palabras lisonjeras

y mis crédulos oídos,

me han dado bienes fingidos

y males que son de veras.

Los bienes, con su aparencia,

crescieron mi sanidad;

los males, con su verdad,

han doblado mi dolencia.

Por esto juzgo y discierno,

por cosa cierta y notoria,

que tiene el amor su gloria

a las puertas del infierno,

y que un desdén acarrea

y un olvido en un momento

desde la gloria al tormento

al que en amar no se emplea.

Con tanta presteza has hecho

este mudamiento estraño,

que estoy ya dentro del daño

y no salgo del provecho:

porque imagino que ayer

era cuando me querías,

o a lo menos lo fingías,

que es lo que se ha de creer;

y el agradable sonido

de tus palabras sabrosas

y razones amorosas

aún me suena en el oído.

Estas memorias süaves

al fin me dan más tormento,

pues tus palabras el viento

llevó, y las obras, quien sabes.

¿Eras tú la que jurabas

que se acabasen tus días

si a Mireno no querías

sobre todo cuanto amabas?

¿Eres tú, Silveria, quien

hizo de mí tal caudal,

que siendo todo tu mal,

me tenías por tu bien?

¡Oh, qué títulos te diera

de ingrata, como mereces,

si como tú me aborreces,

también yo te aborreciera!

Mas no puedo aprovecharme

del medio de aborrecerte,

que estimo más el quererte

que tú has hecho el olvidarme.

Triste gemido a mi canto

ha dado tu mano fiera;

invierno a mi primavera,

y a mi risa amargo llanto.

Mi gasajo ha vuelto en luto,

y de mis blandos amores

cambio en abrojos las flores

y en veneno el dulce fruto.

Y aun dirás -y esto me daña-

­que es el haberte casado

y el haberme así olvidado

una honesta honrosa hazaña.

¡Disculpa fuera admitida,

si no te fuera notorio

que estaba en tu desposorio

el fin de mi triste vida!

Mas, en fin, tu gusto fue

gusto; pero no fue justo,

pues con premio tan injusto

pagó mi inviolable fe;

la cual, por ver que se ofrece

de mostrar la fe que alcanza,

ni la muda tu mudanza,

ni mi mal la desfallece.

Quien esto vendrá a entender

cierto estoy que no se asombre,

viendo al fin que yo soy hombre,

y tú, Silveria, mujer,

adonde la ligereza

hace de contino asiento,

y adonde en mí el sufrimiento

es otra naturaleza.

Ya te contemplo casada,

y de serio arrepentida,

porque ya es cosa sabida

que no estarás firme en nada.

Procura alegre llevallo

el yugo que echaste al cuello,

que podrás aborrecello

y no podrás desechallo.

Mas eres tan inhumana

y de tan mudable ser,

que lo que quisiste ayer

has de aborrecer mañana.

Y así, por estraña cosa,

dirá aquél que de ti hable:

“Hermosa, pero mudable;

mudable, pero hermosa”.

No parecieron mal los versos de Mireno a los pasto­res, sino la ocasión a que se habían hecho, considerando con cuánta presteza la mudanza de Silveria le había traí­do a punto de desamparar la amada patria y queridos amigos, temeroso cada uno que en el suceso de sus pre­tensiones lo mesmo le sucediese. Entrados, pues, en el aldea y llegados adonde Daranio y Silveria estaban, la fiesta se comenzó tan alegre y regocijadamente, cuanto en las riberas de Tajo en muchos tiempos se había visto; que, por ser Daranio uno de los más ricos pastores de to­da aquella comarca, y Silveria de las más hermosas pas­toras de toda la ribera, acudieron a sus bodas toda o la más pastoría de aquellos contornos. Y así, se hizo una célebre junta de discretos pastores y hermosas pastoras, y entre los que a los demás en muchas y diversas habilida­des se aventajaron, fueron el triste Orompo, el celoso Or­fenio, el ausente Crisio y el desamado Masilio, mancebos todos y todos enamorados, aunque de diferentes pasiones oprimidos; porque al triste Orompo fatigaba la temprana muerte de su querida Listea; y al celoso Orfenio, la insu­frible rabia de los celos, siendo enamorado de la hermosa pastora Eandra; al ausente Crisio, el verse apartado de Claraura, bella y discreta pastora, a quien él por único bien suyo tenía; y al desesperado Marsilio, el desamor que para con él en el pecho de Belisa se encerraba. Eran todos amigos y de una mesma aldea, y la pasión del uno el otro no la ignoraba; antes, en dolorosa competencia, muchas veces se habían juntado a encarecer cada cual la causa de su tormento, procurando cada uno mostrar, co­mo mejor podía, que su dolor a cualquier otro se aventa­jaba, teniendo por summa gloria ser en la pena mejorado; y tenían todos tal ingenio, o por mejor decir, tal dolor padecían, que comoquiera que le significasen, mostraban ser el mayor que imaginar se podía. Por estas disputas y competencias eran famosos y conocidos en todas las ri­beras de Tajo, y habían puesto deseo a Tirsi y a Damón de conocerlos; y, viéndolos allí juntos, unos a otros se hicieron corteses y agradables rescibimientos; principal­mente, todos con admiración miraban a los dos pastores Tirsi y Damón, hasta allí dellos solamente por fama co­nocidos.

A esta sazón, salió el rico pastor Daranio a la serrana vestido: traía camisa alta de cuello plegado, almilla de frisa, sayo verde escotado, zaragüelles de delgado lienzo, antiparas azules, zapato redondo, cinto tachonado, y de la color del sayo una cuarteada caperuza. No menos salió bien aderezada su esposa Silveria, porque venía con saya y cuerpos leonados guamecidos de raso blanco, camisa de pechos labrada de azul y verde, gorguera de hilo ama­rillo sembrado de argentería (invención de Galatea y Flo­risa, que la vistieron), garbín turquesado con fluecos de encarnada seda, alcorque dorado, zapatillas justas, cora­les ricos y sortija de oro; y, sobre todo, su belleza, que más que todo la adornaba. Salió luego tras ella la sin par Galatea, como sol tras el aurora, y su amiga Florisa, con otras muchas y hermosas pastoras que, por honrar las bodas, a ellas habían venido, entre las cuales también iba Teolinda, con cuidado de hurtar el rostro a los ojos de Damón y Tirsi, por no ser de ellos conocida. Y luego las pastoras, siguiendo a los pastores que guiaban, al son de muchos pastoriles instrumentos, hacia el templo se en­caminaron, en el cual espacio le tuvieron Elicio y Erastro de cebar los ojos en el hermoso rostro de Galatea, de­seando que durara aquel camino más que la larga pere­grinación de Ulises. Y, con el contento de verla, iba tan fuera de sí Erastro que hablando con Elicio le dijo:

-¿Qué miras, pastor, si a Galatea no miras? Pero, ¿cómo podrás mirar el sol de sus cabellos, el cielo de su frente, las estrellas de sus ojos, la nieve de su rostro, la grana de sus mejillas, el color de sus labios, el marfil de sus dientes, el cristal de su cuello, el mármol de su pecho?

-Todo eso he podido ver, ¡oh Erastro! -respondió Elicio-, y ninguna cosa de cuantas has dicho es causa de mi tormento, si no es la aspereza de su condición, que si no fuera tal como tú sabes, todas las gracias y bellezas que en Galatea conoces fueran ocasión de mayor gIo­ria nuestra.

-Bien dices -dijo Erastro-; pero todavía no me podrás negar que a no ser Galatea tan hermosa, no fuera tan de­seada, y a no ser tan deseada, no fuera tanta nuestra pena, pues toda ella nace del deseo.

-No lo puedo yo negar, Erastro -respondió Elicio-, que todo cualquier dolor y pesadumbre no nazca de la privación y falta de aquello que deseamos; mas junta­mente con esto te quiero decir que ha perdido conmigo mucho la calidad del amor con que yo pensé que a Gala­tea querías; porque si solamente la quieres por ser her­mosa, muy poco tiene que agradecerte, pues no habrá ningún hombre, por rústico que sea, que la mire que no la desea, porque la belleza, dondequiera que está, trae consigo el hacer desear. Así que, a este simple deseo, por ser tan natural, ningún premio se le debe, porque si se le debiera, con sólo desear el cielo le tuviéramos meresci­do; mas ya ves, Erastro, ser esto tan al revés como nues­tra verdadera ley nos to tiene mostrado. Y, puesto caso que la hermosura y belleza sea una principal parte para atraemos a desearla y a procurar gozarla, el que fuere verdadero enamorado no ha de tener tal gozo por último fin suyo, sino que, aunque la belleza le acarree este de­seo, la ha de querer solamente por ser bueno, sin que otro algún interese le mueva. Y éste se puede llamar, aun en las cosas de acá, perfecto y verdadero amor, y es digno de ser agradecido y premiado, como vemos que premia conocida y aventajadamente el Hacedor de todas las co­sas a aquellos que sin moverles otro interese alguno de temor, de pena o de esperanza de gloria, le quieren, le aman y le sirven solamente por ser bueno y digno de ser amado; y ésta es la última y mayor perfectión que en el amor divino se encierra, y en el humano también, cuando no se quiere más de por ser bueno to que se ama, sin haber error de entendimiento; porque muchas veces lo malo nos parece bueno y lo bueno malo; y así, amamos lo uno y aborrecemos lo otro, y este tal amor no meresce pre­mio, sino castigo. Quiero inferir de todo to que he dicho, ¡oh Erastro!, que si tú quieres y amas la hermosura de Galatea con intención de gozarla, y en esto para el fin de tu deseo, sin pasar adelante a querer su virtud, su acres­centamiento de fama, su salud, su vida y bienes, entiende que no amas como debes, ni debes ser remunerado como quieres.

Quisiera Erastro replicar a Elicio y darle a entender cómo no entendía bien del amor con que a Galatea ama­ba, pero estorbólo el son de la zampoña del desamorado Lenio, el cual quiso también hallarse a las bodas de Da­ranio y regocijar la fiesta con su canto. Y así, puesto de­lante de los desposados, en tanto que al templo llegaban, al son del rabel de Eugenio, estos versos fue cantando:

LENIO

¡Desconocido, ingrato Amor, que asombras

a veces los gallardos corazones,

y con vanas figuras, vanas sombras,

pones al alma libre mil prisiones!,

si de ser dios te precias, y te nombras

con tan subido nombre, no perdones

al que, rendido al lazo de Himineo,

rindiere a nuevo ñudo su deseo.

En conservar la ley pura y sincera

del sancto matrimonio pon tu fuerza;

descoge en este campo tu bandera;

haz a tu condición en esto fuerza,

que bella flor, que dulce fruto espera,

por pequeño trabajo, el que se esfuerza

a llevar este yugo como debe,

que, aunque parece carga, es carga leve.

Tú puedes, si to olvidas de tus hechos

y de tu condición tan desabrida,

hacer alegres tálamos y lechos

do el yugo conyugal a dos anida.

Enciérrate en sus almas y en sus pechos

hasta que acabe el curso de su vida

y vayan a gozar, como se espera,

de la agradable eterna primavera.

Deja las pastoriles cabañuelas,

y al libre pastorcillo hacer su oficio;

vuela más alto ya, pues tanto vuelas,

y aspira a mejor grado y ejercicio.

En vano te fatigas y desvelas

en hacer de las almas sacrificio,

si no las rindes con mejor intento

al dulce de Himineo ayuntamiento.

Aquí puedes mostrar la poderosa

mano de tu poder maravilloso,

haciendo que la nueva tierna esposa

quiera, y que sea querida de su esposo,

sin que aquella infernal rabia celosa

les turbe su contento y su reposo,

ni el desdén sacudido y zahareño

les prive del sabroso y dulce sueño.

Mas si, ¡pérfido Amor!, nunca escuchadas

fueron de ti plegarias de tu amigo,

bien serán estas mías desechadas,

que te soy y seré siempre enemigo.

Tu condición, tus obras mal miradas,

de quien es todo el mundo buen testigo,

hacen que yo no espere de tu mano

contento alegre, venturoso y sano.

Ya se maravillaban los que al desamorado Lenio es­cuchando iban, de ver con cuanta mansedumbre las cosas de amor trataba, llamándole dios y de mano poderosa, cosa que jamás le habían oído decir. Mas, habiendo oído los versos con que acabó su canto, no pudieron dejar de reírse, porque ya les pareció que se iba colerizando, y, que si adelante en su canto pasara, él pusiera al amor como otras veces solía; pero faltóle el tiempo, porque se acabó el camino. Y así, llegados al templo y hechas en él por los sacerdotes las acostumbradas ceremonias, Dara­nio y Silveria quedaron en perpetuo y estrecho ñudo li­gados, no sin envidia de muchos que los miraban, ni sin dolor de algunos que la hermosura de Silveria codicia­ban; pero a todo dolor sobrepujara el que sintiera el sin ventura Mireno, si a este espectáculo se hallara presente. Vueltos, pues, los desposados del templo con la mesma compañía que habían llevado, llegaron a la plaza de la aldea, donde hallaron las mesas puestas, y adonde quiso Daranio hacer públicamente demostración de sus rique­zas, haciendo a todo el pueblo un generoso y sumptuoso convite. Estaba la plaza tan enramada que una hermosa verde floresta parescía, entretejidas las ramas por cima de tal modo, que los agudos rayos del sol en todo aquel circuito no hallaban entrada para calentar el fresco suelo, que cubierto con muchas espadañas y con mucha diver­sidad de flores se mostraba.

Allí, pues, con general contento de todos, se solemni­zó el generoso banquete, al son de muchos pastorales instrumentos, sin que diesen menos gusto que el que sue­len dar las acordadas músicas que en los reales palacios se acostumbran. Pero lo que más autorizó la fiesta fue ver que, en alzándose las mesas, en el mesmo lugar, con mucha presteza, hicieron un tablado, para efecto de que los cuatro discretos y lastimados pastores, Orompo, Mar­silo, Crisio y Orfenio, por honrar las bodas de su amigo Daranio, y por satisfacer el deseo que Tirsi y Damón te­nían de escucharles, querían allí en público recitar una égloga que ellos mesmos de la ocasión de sus mesmos dolores habían compuesto. Acomodados, pues, en sus asientos todos los pastores y pastoras que allí estaban, después que la zampoña de Erastro y la lira de Lenio y los otros instrumentos hicieron prestar a los presentes un sosegado y maravilloso silencio, el primero que se mos­tró en el humilde teatro fue el triste Orompo, con un pe­llico negro vestido y un cayado de amarillo boj en la ma­no, el remate del cual era una fea figura de la muerte; venía con hojas de funesto ciprés coronado, insinias to­das de la tristeza que en él reinaba por la inmatura muerte de su querida Listea; y, después que con triste semblante los llorosos ojos a una y a otra parte hubo ten­dido, con muestras de infinito dolor y amargura, rompió el silencio con semejantes razones:

OROMPO

Salid de to hondo del pecho cuitado,

palabras sangrientas, con muerte mezcladas;

y si los sospiros os tienen atadas,

abrid y romped el siniestro costado.

El aire os impide, que está ya inflamado

del fiero veneno de vuestros acentos;

salid, y siquiera os lleven los vientos,

que todo mi bien también me han llevado.

Poco perdéis en veros perdidas,

pues ya os ha faltado el alto subjecto

por quien en estilo grave y perfecto

hablábades cosas de punto subidas;

notadas un tiempo y bien conocidas

fuistes por dulces, alegres, sabrosas;

agora por tristes, amargas, llorosas,

seréis de la tierra y del cielo tenidas.

Pero, aunque salgáis, palabras, temblando,

¿con cuáles podréis decir lo que siento?,

si es incapaz mi fiero tormento

de irse cual es al vivo pintando.

Mas, ya que me falta el cómo y el cuándo

de significar mi pena y mi mengua,

aquello que falta y no puede la lengua,

suplan mis ojos, contino llorando.

¡Oh muerte, que atajas y cortas el hilo

de mil pretensiones gustosas humanas,

y en un volver de ojos las sierras allanas

y haces iguales a Henares y al Nilo!

¿Por qué no templaste, traidora, el estilo

tuyo cruel? ¿Por qué a mi despecho,

probaste en el blanco y más lindo pecho,

de tu fiero alfanje la furia y el filo?

¿En qué te ofendían, ¡oh falsa!, los años

tan tiernos y verdes de aquella cordera?

¿Por qué te mostraste con ella tan fiera?

¿Por qué en el suyo creciste mis daños?

¡Oh mi enemiga, y amiga de engaños!,

de mí, que te busco, te escondes y ausentas,

y quieres y trabas razones y cuentas

con el que más teme tus males tamaños.

En años maduros, tu ley, tan injusta,

pudiera mostrar su fuerza crescida,

y no descargar la dura herida

en quien del vivir ha poco que gusta.

Mas esa tu hoz, que todo lo ajusta,

y mando ni ruego jamás la doblega,

así con rigor la flor tierna siega,

como la caña ñudosa y robusta.

Cuando a Listea del suelo quitaste,

tu ser, tu valor, tu fuerza, tu brío,

tu ira, tu mando y tu señorío

con solo aquel triunfo al mundo mostraste.

Llevando a Listea, también te llevaste

la gracia, el donaire, belleza y cordura

mayor de la tierra, y en su sepultura

este bien todo con ella encerraste.

Sin ella, en tiniebla perpetua ha quedado

mi vida penosa, que canto se alarga,

que es insufrible a mis hombros su carga:

que es muerte la vida del que es desdichado.

Ni espero en fortuna, ni espero en el hado,

ni espero en el tiempo, ni espero en el cielo,

ni tengo de quién espere consuelo,

ni es bien que se espere en mal tan sobrado.

¡Oh vos, que sentís qué cosa es dolores!,

venid y tomad consuelo en los míos;

que en viendo su ahínco, sus fuerzas, sus bríos,

veréis que los vuestros son mucho menores.

¿Dó estáis agora, gallardos pastores?

Crisio, Marsilo y Orfenio, ¿qué hacéis?

¿Por qué no venís? ¿Por qué no tenéis

por más que los vuestros mis daños mayores?

Mas, ¿quién es aquel que asoma y que quiebra

por la encrucijada de aqueste sendero?

Marsilo es, sin duda, de amor prisionero:

Belisa es la causa, a quien siempre celebra.

A éste le roe la fiera culebra

del crudo desdén el pecho y el alma,

y pasa su vida en tormenta sin calma,

y aun no es, cual la mía, su suerte tan negra.

Él piensa qu’el mal qu’el alma le aqueja

es más que el dolor de mi desventura.

Aquí será bien que entre esta espesura

me esconda, por ver si acaso se queja.

Mas, ¡ay!, que a la pena que nunca me deja

pensar igualarla es gran desatino,

pues abre la senda y cierra el camino

al mal que se acerca y al bien que se aleja.

MARSILO

¡Pasos que al de la muerte

me lleváis paso a paso,

forzoso he de acusar vuestra pereza!

Seguid tan dulce suerte,

que en este amargo paso

está mi bien y en vuestra ligereza.

Mirad que la dureza

de la enemiga mía

en el airado pecho,

contrario a mi provecho,

en su entereza está cual ser solía;

huigamos, si es posible,

del áspero rigor suyo terrible.

¿A qué apartado clima,

a qué región incierta

iré a vivir, que pueda asegurarme

del mal que me lastima,

del ansia triste y cierta

que no se ha de acabar hasta acabarme?

Ni estar quedo, o mudarme

a la arenosa Libia,

o al lugar donde habita

el fiero y blanco scita,

un solo punto mi dolor alivia:

que no está mi contento

en hacer de lugares mudamiento.

Aquí y allí me alcanza

el desdén riguroso

de la sin par cruel pastora mía,

sin que amor ni esperanza

un término dichoso

me puedan prometer en tal porfía.

¡Belisa, luz del día,

gloria de la edad nuestra,

si valen ya contigo

ruegos de un firme amigo,

tiempla el rigor airado de tu diestra,

y el fuego deste mío

pueda en tu pecho deshacer el frío!

Más sorda a mi lamento,

más implacable y fiera

que a la voz del cansado marinero

el riguroso viento

qu’el mar turba y altera

y amenaza a la vida el fin postrero;

mármol, diamante, acero,

alpestre y dura roca,

robusta, antigua encina,

roble que nunca inclina

la altiva rama al cierzo que le toca:

todo es blando y suave,

comparado al rigor que’n tu alma cabe.

Mi duro amargo hado,

mi inexorable estrella,

mi voluntad, que todo lo consiente,

me tienen condemnado,

Belisa ingrata y bella,

a que te sirva y ame eternamente.

Y, aunque tu hermosa frente,

con riguroso ceño,

y tus serenos ojos

me anuncien mil enojos,

serás desta alma conocida dueño,

en tanto que en el suelo

la cubriere mortal corpóreo velo.

¿Hay bien que se le iguale

al mal que me atormenta?

¿Y hay mal en todo el mundo tan esquivo?

El uno y otro sale

de toda humana cuenta,

y aun yo sin ella en viva muerte vivo.

En el desdén avivo

mi fe, y allí se enciende

con el helado frío;

mirad qué desvarío,

y el dolor desusado que me ofende,

y si podrá igualarse

al mal que más quisière aventajarse.

Mas, ¿quién es el que mueve

las ramas intricadas

deste acopado mirto y verde asientö?

OROMPO

Un pastor que se atreve,

conrazonesfundadas

en la pura verdad de su tormento,

mostrar que el sentimiento

de su dolor crescido

al tuyo se aventaja,

por más que tú le estimes,

levantes y sublimes.

MARSILO

Vencido quedarás en tal baraja,

Orompo, fiel amigo,

y tú mesmo serás dello testigo.

Si de las ansias mías,

si de mi mal insano

la más mínima parte conocieras,

cesaran tus porfías,

Orompo, viendo llano

que tú penas de burla y yo de veras.

OROMPO

Haz, Marsilo, quimeras

de tu dolor estraño,

y al mío menoscaba

que la vida me acaba,

que yo espero sacarte d’ese engaño,

mostrando al descubierto

que el tuyo es sombra de mi mal, que’s cierto.

Pero la voz sonora

de Crisio oigo que suena,

pastor que en la opinión se te parece;

escuchémosle ahora,

que su cansada pena

no menos que la tuya la engrandece.

MARSILO

Hoy el tiempo me ofrece

lugar y coyuntura

donde pueda mostraros

a entrambos y enteraros

de que sola la mía es desventura.

OROMPO

Atiende ahora, Marsilo,

la voz de Crisió y lamentable estilo.

CRISIO

¡Ay dura, ay importuna, ay triste ausencia! ¡

cuán fuera debió estar de conocerte

el que igualó tu fuerza y violencia

al poder invencible de la muerte!

Que, cuando con mayor rigor sentencia,

¿qué puede más su limitada suerte

que deshacer el ñudo y recia liga

que a cuerpo y alma estrechamente liga?

Tu duro alfanje a mayor mal se estiende,

pues un espíritu en dos mitades parte.

¡Oh milagros de amor que nadie entiende,

ni se alcanzan por sciencia ni por arte!

¡Que deje su mitad con quien la enciende

allá mi alma, y traiga acá la parte

más frágil, con la cual más mal se siente

que estar mil veces de la vida ausente!

Ausente estoy de aquellos ojos bellos

que serenaban la tormenta mía;

ojos vida de aquél que pudo vellos,

si de allí no pasó la fantasía:

que verlos y pensar de merescellos

es loco atrevimiento y demasía.

Yo los vi, ¡desdichado!, y no los veo,

y mátame de verlos el deseo.

Deseo, y con razón, ver dividida,

por acortar el término a mi daño,

esta antigua amistad, que tiene unida

mi alma al cuerpo con amor tamaño,

que siendo de las carnes despedida

con ligereza presta y vuelo estraño,

podrá tornar a ver aquellos ojos,

que son descanso y gloria a sus enojos.

Enojos son la paga y recompensa

que amor concede al amador ausente,

en quien se cifra el mayor mal y ofensa

que en los males de amor s’encierra y siente.

Ni poner discreción a la defensa,

ni un querer firme, levantado, ardiente,

aprovecha a templar deste tormento

la dura pena y el furor violento.

Violento es el rigor desta dolencia;

pero junto con esto, es tan durable,

que se acaba primero la paciencia,

y aun de la vida el curso miserable.

Muertes, desvíos, celos, inclemencia

de airado pecho, condición mudable,

no atormentan así ni dañan tanto

como este mal, que’1 nombre aun pone espanto.

Espanto fuera si dolor tan fiero

dolores tan mortales no causara;

pero todos son flacos, pues no muero,

ausente de mi vida dulce y cara.

Mas cese aquí mi canto lastimero,

que a compañía tan discreta y rara

como es la que allí veo, será justo

que muestre al verla más sabroso gusto.

OROMPO

Gusto nos da, buen Crisio, tu presencia,

y más viniendo a tiempo que podremos

acabar nuestra antigua diferencia.

CRISIO

Orompo, si es tu gusto, comencemos,

pues que juez de la contienda nuestra

tan recto aquí en Marsilo le tendremos.

MARSILO

Indicio dais y conocida muestra

del error en que os trae tan embebidos

esa vana opinión notoria vuestra,

pues queréis que a los míos preferidos

vuestros dolores, tan pequeños, sean,

harto llorados más que conoscidos.

Mas, porque el suelo y cielo juntos vean

cuánto vuestro dolor es menos grave

que las ansias que el alma me rodean,

la más pequeña que en mi pecho cabe

pienso mostrar en vuestra competencia,

así como mi ingenio torpe sabe;

y dejaré a vosotros la sentencia

y el juzgar si mi mal es muy más fuerte

qu’el riguroso de la larga ausencia,

o el amargo espantoso de la muerte,

de quien entrambos os quejáis sin tiento,

llamando dura y corta a vuestra suerte.

OROMPO

Deso yo, soy, Marsilo, muy contento,

pues la razón que tengo de mi parte

el triunfo le asegura a mi tormento.

CRISIO

Aunque de exagerar me falta el arte,

veréis, cuando yo os muestre mi tristeza,

cómo quedan las vuestras a una parte.

MARSILO

¿Qué ausencia llega a la inmortal dureza

de mi pastora?, que es, con ser tan dura,

señora universal de la belleza.

OROMPO

¡Oh, a qué buen tiempo llega y coyuntura

Orfenio! ¿Veisle?, asoma. Estad atentos:

oiréisle ponderar su desventura.

Celos es la ocasión de sus tormentos:

celos, cuchillo y ciertos turbadores

de las paces de amor y los contentos.

CRISIO

Escuchad, que ya canta sus dolores.

ORPINIO

¡Oh sombra escura que contino sigues

a mi confusa triste fantasía;

enfadosa tiniebla, siempre fría,

que a mi contento y a mi luz persigues!

¿Cuándo será que tu rigor mitigues,

monstruo cruel y rigurosa harpía?

¿Qué ganas en turbarme la alegría,

o qué bien en quitármele consigues?

Mas, si la condición de que te arreas

se estiende a pretender quitar la vida

al que te dio la tuya y te ha engendrado,

no me debe admirar que de mí seas

y de todo mi bien fiero homicida,

sino de verme vivo en tal estado.

OROMPO

Si el prado deleitoso,

Orfinio, te es alegre, cual solía

en tiempo más dichoso,

ven; pasarás el día

en nuestra lastimada compañía.

Con los tristes el triste

bien ves que se acomoda fácilmente;

ven, que aquí se resiste,

par desta clara fuente,

del levantado sol el rayo ardiente.

Ven, y el usado estilo

levanta, y como sueles te defiende

de Crisio y de Marsilio,

que cada cual pretende

mostrar que sólo es mal el que le ofende.

Yo solo, en este caso

contrario habré de ser a ti y a ellos,

pues los males que paso

bien podré encarecellos,

mas no mostrar la menor parte dellos.

ORFINIO

No al gusto le es sabrosa

así a la corderuela deshambrida

la yerba, ni gustosa

salud restituida

a aquel que ya la tuvo por perdida,

como es a mí sabroso

mostrar en la contienda que se ofrece

que el dolor riguroso

que el corazón padece

sobr’el mayor del suelo se engrandece.

Calle su mal sobrado

Orompo; encubra Crisio su dolencia;

Marsilo esté callado:

muerte, desdén ni ausencia

no tengan con los celos competencia.

Pero si el cielo quiere

que hoy salga a campo la contienda nuestra,

comience el que quisiere,

y dé a los otros muestra

de su dolor con torpe lengua o diestra:

que no está en la elegancia

y modo de decir el fundamento

y principal sustancia

del verdadero cuento

que en la pura verdad tiene su asiento.

CRISIO

Siento, pastor, que tu arrogancia mucha

en esta lucha depasiones nuestras

dará mil muestras de tu desvarío.

ORFINIO

Tiempla ese brío, o muéstralo a su tiempo;

que es pasatiempo, Crisio, tu congoja:

que el mal que afloja con volver el paso

no hay que hacer caso de su sentimiento.

CRISIO

Es mi tormento tan estraño y fiero,

que presto espero que tú mesmo digas

que a mis fatigas no se iguala alguna.

MARSILO

Desde la cuna,soy yo desdichado.

OROMPO

Aun engendrado creo que no estaba,

cuando sobraba en mí la desventura.

ORFINIO

En mí se apura la mayor desdicha.

CRISIO

Tu mal es dicha, comparado al mío.

MARSILO

Opuesto al brío de mi mal estraño,

es gloria el daño que a vosotros daña.

OROMPO

Esta maraña quedará muy clara

cuando a la clara mi dolor descubra.

Ninguno encubra agora su tormento,

que yo del mío doy principio al cuento.

Mis esperanzas, que fueron

sembradas en parte buena,

dulce fruto prometieron,

y cuando darle quisieron

convirtióle el cielo en pena.

Vi su flor maravillosa

en mil muestras deseosa

de darme una rica suerte,

y en aquel punto la muerte

cortómela de envidiosa.

Yo quedé cual labrador

que del trabajo contino

de su espaciosa labor

fruto amargo de dolor

le concede su destino;

y aun le quita la esperanza

de otra nueva buena andanza,

porque cubrió con la tierra

el cielo donde se encierra

de su bien la confianza.

Pues si a término he llegado

que de tener gusto o gloria

vivo ya desesperado,

de que yo soy más penado

es cosa cierta y notoria:

que la esperanza asegura

en la mayor desventura

un dichoso fin que viene;

mas, ¡ay de aquél que la tiene

cerrada en la sepultura!

MARSILO

Yo, qu’el humor de mis ojos

siempre derramado ha sido

en lugar donde han nascido

cien mil espinas y abrojos

qu’el corazón m’han herido;

yo sí soy el desdichado,

pues con nunca haber mostrado

un momento el rostro enjuto,

ni hoja, ni flor, ni fruto

he del trabajo sacado.

Que si alguna muestra viera

de algún pequeño provecho,

sosegárase mi pecho;

y, aunque nunca se cumpliera,

quedara al fin satisfecho,

porque viera que valía

mi enamorada porfía

con quien es tan desabrida,

que a mi yelo está encendida

y a mi fuego helada y fría.

Pues si es el trabajo vano

de mi llanto y sospirar,

y dél no pienso cesar,

a mi dolor inhumano,

¿cuál se le podrá igualar?

Lo que tu dolor concierta

es que está la causa muerta,

Orompo, de tu tristeza;

la mía, en más entereza,

cuanto más me desconcierta.

CRISIO

Yo, que tiniendo en sazón

el fruto que se debía

a mi contina pasión,

una súbita ocasión

de gozarle me desvía;

muy bien podré ser llamado

sobretodos desdichado,

pues que vendré a perecer,

pues no puedo parecer

adonde el alma he dejado.

Del bien que lleva la muerte

el no poder recobrallo

en alivio se convierte,

y un corazón duro y fuerte

el tiempo suele ablandallo.

Mas en ausencia se siente,

con un estraño accidente,

sin sombra de ningún bien,

celos, muertes y desdén,

que esto y más teme el ausente.

Cuando tarda el cumplimiento

de la cercana esperanza,

aflige más el tormento,

y allí llega el sufrimiento

adonde ella nunca alcanza.

En las ansias desiguales,

el remedio de los males

es el no esperar remedio;

mas carecen deste medio

las de ausencia más mortales.

ORFINIO

El fruto que fue sembrado

por mi trabajo contino,

a dulce sazón llegado,

fue con próspero destino

en mi poder entregado.

Y apenas pude llegar

a términos tan sin par,

cuando vine a conocer

la ocasión de aquel placer

ser para mí de pesar.

Yo tengo el fruto en la mano,

y el tenerle me fatiga,

porque en mi mal inhumano,

a la más granada espiga

la roe un fiero gusano.

Aborrezco lo que quiero,

y por lo que vivo muero,

y yo me fabrico y pinto

un revuelto laberinto

de do salir nunca espero.

Busco la muerte en mi daño,

que ella es vida a mi dolencia;

con la verdad más me engaño,

y en ausencia y en presencia

va creciendo un mal tamaño.

No hay esperanza que acierte

a remediar mal tan fuerte,

ni por estar ni alejarme

es imposible apartarme

desta triste viva muerte.

OROMPO

¿No es error conocido

decir que el daño qué la muerte hace,

por ser tan estendido,

en parte satisface,

pues la esperanza quita

qu’el dolor administra y solicita?

Si de la gloria muerta

no se quedara viva la memoria

qu’el gusto desconcierta,

es cosa ya notoria

que el no esperar tenella,

tiempla el dolor en parte de perdella.

Pero si está presente

la memoria del bien ya fenescido,

más viva y más ardiente

que cuando poseído,

¿quién duda que esta pena

no está más que otras de miserias llena?

MARSILO

Si a un pobre caminante

le sucediese, por estraña vía,

huírsele delante,

al fenecer del día,

el albergue esperado

y con vana presteza procurado,

quedaría, sin duda,

confuso del temor que allí le ofrece

la escura noche y muda,

y más si no amanesce,

que el cielo a su ventura

no concede la luz serena y pura.

Yo soy el que camino

para llegar a un albergue venturoso,

y cuando más vecino

pienso estar del reposo,

cual fugitiva sombra,

el bien me huye y el dolor me asombra.

CRISIO

Cual raudo y hondo río

suele impedir al caminante el paso,

y al viento, nieve y frío

le tiene en campo raso,

y el albergue delante

se le muestra de allí poco distante,

tal mi contento impide

esta penosa y tan prolija aúsencia,

que nunca se comide

a aliviar su dolencia,

y casi ante mis ojos

veo quien remediará mis enojos.

Y el ver de mis dolores

tan cerca la salud, tantó me aprieta,

que los hace mayores,

pues por causa secreta,

cuanto el bien es cercano,

tanto más lejos huye de mi mano.

ORFINIO

Mostróseme a la vista

un rico albergue de mil bienes lleno;

triunfé de su conquista,

y, cuando más sereno

se me mostraba el hado,

vilo en escuridad negra cambiado.

Allí donde consiste

el bien de los amantes bien queridos,

allí mi mal asiste;

allí se ven unidos

los males y desdenes

donde suelen estar todos los bienes.

Dentro desta morada

estoy, de do salir nunca procuro,

por mi dolor fundada

de tan estraño muro,

que pienso que le abaten

cuantos le quieren, miran y combaten.

OROMPO

Antes el sol acabará el camino

que es proprio suyo, dando vuelta al cielo

después de haber tocado en cada signo,

que la parte menor de nuestro duelo

podamos declarar como se siente,

por más q[u]‘[ell bien hablar levante el vuelo.

Tú dices, Crisio, qu'el que vive ausente

muere; yo, que estoy muerto, pues mi

vida a muerte la entregó el hado inclemente.

Y tú, Marsilo, afirmas que perdida

tienes de gusto y bien toda esperanza,

pues un hero desdén es tu homicida.

Tú repites, Orfinio, que la lanza

aguda de los celos te traspasa,

no sólo el pecho, que hasta el alma alcanza.

Y como el uno to que el otro pasa

no siente, su dolor solo exagera,

y piensa que al rigor del otro pasa.

Y, por nuestra contienda lastimera,

de tristes argumentos está llena

del caudaloso Tajo la ribera.

Ni por esto desmengua nuestra pena;

antes, por el tratar la llaga tanto,

a mayor sentimiento nos condemna.

Cuanto puede decir la lengua, y cuanto

pueden pensar los tristes pensamientos,

es ocasión de renovar el llanto.

Cesen, pues, los agudos argumentos,

que en fin no hay mal que no fatigue y pene,

ni bien que dé siguros los contentos.

¡Harto mal tiene quien su vida tiene

cerrada en una estrecha sepultura,

y en soledad amarga se mantiene!

¡Desdichado del triste sin ventura

que padece de celos la dolencia,

con quien no valen fuerzas ni cordura,

y aquel que en el rigor de larga ausencia

pasa los tristes miserables días,

llegado al flaco arrimo de paciencia,

y no menos aquel qu'en sus porfías

siente, cuando más arde, en su pastora

entrañas duras a intenciones frías!

CRISIO

Hágase lo que pide Orompo agora,

pues ya de recoger nuestro ganado

se va llegando a más andar la hora;

y, en tanto que al albergue acostumbrado

llegamos, y que el sol claro se aleja,

escondiendo su faz del verde prado,

con voz amarga y lamentable queja,

al son de los acordes instrumentos,

cantemos el dolor que nos aqueja.

MARSILO

Comienza, pues, ¡oh Crisio!, y tus acentos

lleguen a los oídos de Claraura,

llevados mansamente de los vientos,

como a quien todo tu dolor restaura.

CRISIO

Al que ausencia viene a dar

su cáliz triste a beber,

no tiene mal que temer,

ni ningún bien que esperar.

En esta amarga dolencia

no hay mal que no esté cifrado:

temor de ser olvidado,

celos de ajena presencia;

quien la viniere a probar

luego vendrá a conocer

que no hay mal de que temer,

ni menos bien que esperar.

OROMPO

Ved si es mal el que me aqueja

más que muerte conoscida,

pues forma quejas la vida

de que la muerte la deja.

Cuando la muerte llevó

toda mi gloria y contento,

por darme mayor tormento,

con la vida me dejó.

El mal viene, el bien se aleja

con tan ligera corrida,

que forma quejas la vida

de que la muerte la deja.

MARSILO

En mi terrible pesar

ya faltan, por más enojos,

las lágrimas a los ojos

y el aliento al sospirar.

La ingratitud y desdén

me tienen ya de tal suerte,

que espero y llamo a la muerte

por más vida y por más bien.

Poco se podrá tardar,

pues faltan en mis enojos

las lágrimas a los ojos

y el aliento al sospirar.

ORFINIO

Celos, a fe, si pudiera,

que yo hiciera por mejor

que fueran celos amor,

y que el amor celos fuera.

Deste trueco granjeara

tanto bien y tanta gloria,

que la palma y la victoria

de enamorado llevara.

Y aun fueran de tal manera

los celos en mi favor,

que a ser los celos amor,

el amor yo solo fuera.

Con esta última canción del celoso Orfinio dieron fin a su égloga los discretos pastores, dejando satisfechos de su discreción a todos los que escuchado los habían; espe­cialmente a Damón y a Tirsi, que gran contento en oírlos rescibieron, paresciéndoles que más que de pastoril inge­nio parescían las razones y argumentos que para salir con su propósito los cuatro pastores habían propuesto. Pero, habiéndose movido contienda entre muchos de los cir­cunstantes sobre cuál de los cuatro había alegado mejor de su derecho, en fin se vino a conformar el parecer de todos con el que dio el discreto Damón, diciéndoles que él para sí tenía que, entre todos los disgustos y sinsabores que el amor trae consigo, ninguno fatiga tanto al enamo­rado pecho como la incurable pestilencia de los celos; y que no se podían igualar a ella la pérdida de Orompo, au­sencia de Crisio, ni la desconfianza de Marsilo.

-La causa es -dijo- que no cabe en razón natural que las cosas que están imposibilitadas de alcanzarse, puedan por largo tiempo apremiar la voluntad a quererlas, ni fa­tigar al deseo por alcanzarlas, porque el que tuviese vo­luntad y deseo de alcanzar lo imposible, claro está que, cuanto más el deseo le sobrase, tanto más el entendi­miento le faltaría. Y por esta mesma razón digo que la pena que Orompo padece no es sino una lástima y com­pasión del bien perdido; y, por haberle perdido de mane­ra que no es posible tornarle a cobrar, esta imposibilidad ha de ser causa para que su dolor se acabe; que, puesto que el humano entendimiento no puede estar tan unido siempre con la razón que deje de sentir la pérdida del bien que cobrar no se puede, y que en efecto, ha de dar muestras de su sentimiento con tiernas lágrimas, ardien­tes sospiros y lastimosas palabras, so pena de que quien esto no hiciese, antes por bruto que por hombre racional sería tenido, en fin fin, el discurso del tiempo cura esta dolencia, la razón la mitiga y las nuevas ocasiones tienen mucha parte para borrarla de la memoria.

»Todo esto es al revés en el ausencia, como apuntó bien Crisio en sus versos, que, como la esperanza en el ausente ande tan junta con el deseo, dale terrible fatiga la dilación de la tomada, porque, como no le impide otra cosa el gozar su bien sino algún brazo de mar, o alguna distancia de tierra, parécele que tiniendo lo principal, que es la voluntad de la persona amada, que se hace notorio agravio a su gusto que cosas que son tan menos como un poco de agua o tierra le impidan su felicidad y gloria. Júntase asimesmo a esta pena el temor de ser olvidado, las mudanzas de los humanos corazones; y, en tanto que la ausencia dura, sin duda alguna que es estraño el rigor y aspereza con que trata al alma del desdichado ausente; pero, como tiene tan cerca el remedio, que consiste en la tornada, puédese llevar con algún alivio su tormento, y si sucediere ser la ausencia de manera que sea imposible volver a la presencia deseada, aquella imposibilidad vie­ne a ser el remedio, como en el de la muerte.

»El dolor de que Marsilo se queja, puesto que es co­mo el mesmo que yo padezco, y por esta causa me había de parescer mayor que otro alguno, no por eso dejaré de decir to que en él la razón me muestra, antes que aquello a que la pasión me incita. Confieso que es terrible dolor querer y no ser querido, pero mayor sería amar y ser abo­rrecido. Y si los nuevos amadores nos guiásemos por lo que la razón y la experiencia nos enseña, veríamos que todos los principios en cualquier cosa son dificultosos, y que no padece esta regla excepción en los casos de amor, antes en ellos más se confirma y fortalece; así que, que­jarse el nuevo amante de la dureza del rebelde pecho de su señora, va fuera de todo razonable término, porque, como el amor sea y ha de ser voluntario, y no forzoso, no debo yo quejarme de no ser querido de quien quiero, ni debo hacer caudal del cargo que le hago, diciéndole que está obligada a amarme porque yo la amo; que, puesto que la persona amada debe, en ley de naturaleza y en buena cortesía, no mostrarse ingrata con quien bien la quiere, no por eso le ha de ser forzoso y de obligación que corresponda del todo y por todo a los deseos de su amante; que si esto así fuese, mil enamorados importu­nos habría que por su solicitud alcanzasen lo que quizá no se les debría de derecho. Y, como el amor tenga por padre al conocimiento, puede ser que no halle en mí la que es de mí bien querida, partes tan buenas que la mue­van a inclinen a quererme; y así, no está obligada, como ya he dicho, a amarme, como yo estaré obligado a ado­rarla, porque hallé en ella lo que a mí me falta. Y por esta razón no debe el desdeñado quejarse de su amada, sino de su ventura, que le negó las gracias que al cono­cimiento de su señora pudieran mover a bien quererle. Y así, debe procurar con continos servicios, con amorosas razones, con la no importuna presencia, con las ejercita­das virtudes, adobar y enmendar en él la falta que natu­raleza hizo, que este es tan principal remedio, que estoy por afirmar que será imposible dejar de ser amado el que con tan justos medios procurase granjear la voluntad de su señora. Y, pues este mal del desdén tiene el bien deste remedio, consuélese Marsilo y tenga lástima al desdicha­do y celoso Orfinio, en cuya desventura se encierra la mayor que en las de amor imaginar se puede.

»¡Oh celos, turbadores de la sosegada paz amorosa; celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mesmo caso de­jara el amor de serio si tales hijos engendrara. ¡Oh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues, para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nascer alguna centella de amor en algún pecho, luego procuráis mezcla­ros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío que tiene! Y de aquí nasce que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a conoscer que no sois el mesmo amor, todavía procuráis que entienda el ignorante que sois sus hijos, siendo, como lo sois, nascidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, cria­dos a los pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras. Y, porque se vea la destruición que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos, en siendo el amante celoso, conviene -con paz sea dicho de los celosos enamorados-, conviene, digo, que sea, como to es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se estiende la celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea. Querría el amante celoso que sólo para él su dama fuese hermosa, y fea para todo el mundo; desea que no tenga ojos para ver más de lo que él quisiere, ni oídos para oír, ni lengua para hablar; que sea retirada, desabrida, soberbia y mal acondicionada; y aun a veces desea, apretado desta pasión diabólica, que su dama se muera y que todo se acabe.

»Todas estas pasiones engendran los celos en los áni­mos de los amantes celosos; al revés de las virtudes que el puro y sencillo amor multiplica en los verdaderos y comedidos amadores, porque en el pecho de un buen enamorado se encierra discreción, valentía, liberalidad, comedimiento y todo aquello que le puede hacer loable a los ojos de las gentes. Tiene más, asimesmo, la fuerza deste crudo veneno: que no hay antídoto que le preserve, consejo que le valga, amigo que le ayude, ni disculpa que le cuadre; todo esto cabe en el enamorado celoso, y más: que cualquiera sombra le espanta, cualquiera niñería le turba y cualquier sospecha, falsa o verdadera, le deshace; y a toda esta desventura se le añade otra: que con las dis­culpas que le dan, piensa que le engañan. Y no habiendo para la enfermedad de los celos otra medicina que las disculpas, y no queriendo el enfermo celoso admitirlas, síguese que esta enfermedad es sin remedio, y que a to­das las demás debe anteponerse. Y así, es mi parecer que Orfinio es el más penado, pero no el más enamorado, porque no son los celos señales de mucho amor, sino de mucha curiosidad impertinente; y si son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el te­nerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dis­puesta; y así, el enamorado celoso tiene amor, mas es amor enfermo y mal acondicionado. Y también el ser ce­loso es señal de poca confianza del valor de sí mesmo. Y que sea esto verdad nos lo muestra el discreto y firme enamorado, el cual, sin llegar a la escuridad de los celos, toca en las sombras del temor, pero no se entra tanto en ellas que le escurezcan el sol de su contento, ni dellas se aparta tanto que le descuiden de andar solícito y temero­so; que si este discreto temor faltase en el amante, yo le tendría por soberbio y demasiadamente confiado, porque, como dice un común proverbio nuestro: “quien bien ama, teme”; teme, y aun es razón que tema el amante que, co­mo la cosa que ama es en estremo buena, o a él le pare­ció serlo, no parezca to mesmo a los ojos de quien la mi­rare, y por la mesma causa se engendre el amor en otro que pueda y venga a turbar el suyo. Teme y tema el buen enamorado las mudanzas de los tiempos, de las nuevas occasiones que en su daño podrían ofrecerse, de que con brevedad no se acabe el dichoso estado que goza; y este temor ha de ser tan secreto que no le salga a la lengua para decirle, ni aun a los ojos para significarle; y hace tan contrarios efectos este temor del que los celos hacen en los pechos enamorados, que cría en ellos nuevos de­seos de acrescentar más el amor, si pudiesen; de procurar con toda solicitud que los ojos de su amada no vean en ellos cosa que no sea digna de alabanza, mostrándose li­berales, comedidos, galanes, limpios y bien criados; y tanto cuanto este virtuoso temor es justo se alabe, tanto y más es digno que los celos se vituperen.

Calló en diciendo esto el famoso Damón, y llevó tras la suya las contrarias opiniones de algunos que escucha­do le habían, dejando a todos satisfechos de la verdad que con tanta llaneza les había mostrado. Pero no se que­dara sin respuesta si los pastores Orompo, Crisio, Mar­silo y Orfinio hubieran estado presentes a su plática, los cuales, cansados de la recitada égloga, se habían ido a casa de su amigo Daranio.

Estando todos en esto, ya que los bailes y danzas que­rían renovarse, vieron que por una parte de la plaza en­traban tres dispuestos pastores, que luego de todos fue­ron conoscidos, los cuales eran el gentil Francenio, el libre Lauso y el anciano Arsindo, el cual venía en medio de los dos pastores con una hermosa guirnalda de verde lauro en las manos; y, atravesando por medio de la plaza, vinieron a parar adonde Tirsi, Damón, Elicio y Erastro y todos los más principales pastores estaban, a los cuales con corteses palabras saludaron, y con no menor cortesía fueron dellos rescebidos, especialmente Lauso de Da­món, de quien era antiguo y verdadero amigo. Cesando los comedimientos, puestos los ojos Arsindo en Damón y en Tirsi, comenzó a hablar desta manera:

-La fama de vuestra sabiduría, que cerca y lejos se estiende, discretos y gallardos pastores, es la que a estos pastores y a mí nos trae a suplicaros queráis ser jueces de una graciosa contienda que entre estos dos pastores ha nascido; y es que la fiesta pasada, Francenio y Lauso, que están presentes, se hallaron en una conversación de hermosas pastoras, entre las cuales, por pasar sin pesa­dumbre las horas ociosas del día, entre otros muchos juegos, ordenaron el que se llama de los propósitos. Su­cedió, pues, que, llegando la vez de proponer y comenzar a uno destos pastores, quiso la suerte que la pastora que a su lado estaba y a la mano derecha tenía, fuese, según él dice, la tesorera de los secretos de su alma, y la que por más discreta y más enamorada en la opinión de todos estaba. Llegándosele, pues, al oído, le dijo: “Huyendo va la esperanza”. La pastora, sin detenerse en nada, prosi­guió adelante, y al decir después cada uno en público lo que al otro había dicho en secreto, hallóse que la pastora había seguido el propósito, diciendo: “Tenella con el de­seo”. Fue celebrada por los que presentes estaban la agu­deza desta respuesta, pero el que más la solemnizó fue el pastor Lauso; y no menos le pareció bien a Francenio. Y así, cada uno, viendo que to propuesto y respondido eran versos medidos, se ofreció de glosallos; y, después de haberlo hecho, cada cual procura que su glosa a la del otro se aventaje; y, para asegurarse desto, me quisieron hacer juez dello. Pero, como yo supe que vuestra presen­cia alegraba nuestras riberas, aconsejéles que a vosotros viniesen, de cuya estremada sciencia y sabiduría questio­nes de mayor importancia pueden bien fiarse. Han segui­do ellos mi parecer, y yo he querido tomar trabajo de ha­cer esta guirnalda, para que sea dada en premio al que vosotros, pastores, viéredes que mejor ha glosado.

Calló Arsindo y esperó la respuesta de los pastores, que fue agradecerle la buena opinión que dellos tenía, y ofrecerse de ser jueces desapasionados en aquella honro­sa contienda. Con este seguro, luego Francenio tomó a repetir los versos y a decir su glosa, que era ésta:

Huyendo va la esperanza;

tenella con el deseo.

GLOSA

Cuando me pienso salvar

en la fe de mi querer,

me vienen luego a espantar

las faltas del merescer

y las sobras del pesar.

Muérese la confianza,

no tiene pulsos la vida,

pues se ve en mi mala andanza

que, del temor perseguida,

huyendo va la esperanza.

Huye y llévase consigo

todo el gusto de mi pena,

dejando, por más castigo,

las llaves de mi cadena

en poder de mi enemigo.

Tanto se aleja que creo

que presto se hará invisible,

y en su ligereza veo

que, ni puedo, ni es posible

tenerla con el deseo.

Dicha la glosa de Francenio, Lauso comenzó la suya, que así decía:

En el punto que os miré,

como tan hermosa os vi,

luego temí y esperé;

pero, en fin, tanto temí

que con el temor quedé.

De veros, esto se alcanza:

una flaca confianza

y un temor acobardado,

que, por no verle a su lado,

huyendo va la esperanza.

Y, aunque me deja y se va

con tan estraña corrida,

por milagro se verá

que se acabará mi vida

y mi amor no acabará.

Sin esperanza me veo;

mas, por llevar el trofeo

de amador sin interese,

no querría, aunque pudiese,

tenella con el deseo.

En acabando Lauso de decir su glosa, dijo Arsindo:

-Veis aquí, famosos Damón y Tirsi, declarada la cau­sa sobre que es la contienda destos pastores; sólo resta agora que vosotros deis la guirnalda a quien viéredes que con más justo título la meresce: que Lauso y Francenio son tan amigos, y vuestra sentencia será tan justa, que ellos tendrán por bien lo que por vosotros fuere juzgado.

-No entiendas Arsindo -respondió Tirsi-, que con tanta presteza, aunque nuestros ingenios fueran de la calidad que tú los imaginas, se puede ni debe juzgar la diferencia, si hay alguna, destas discretas glosas. Lo que yo sé decir dellas, y lo que Damón no querrá con­tradecirme, es que igualmente entrambas son buenas, y que la guirnalda se debe dar a la pastora que dio la oca­sión a tan curiosa y loable contienda. Y si deste parecer quedáis satisfechos, pagádnosle con honrar las bodas de nuestro amigo Daranio, alegrándolas con vuestras agra­dables canciones y autorizándolas con vuestra honrosa presencia.

A todos pareció bien la sentencia de Tirsi; los dos pastores la consintieron y se ofrecieron de hacer lo que Tirsi les mandaba. Pero las pastoras y pastores que a Lauso conoscían se maravillaban de ver la libre condi­ción suya en la red amorosa envuelta, porque luego vie­ron en la amarillez de su rostro, en el silencio de su len­gua y en la contienda que con Francenio había tomado, que no estaba su voluntad tan esenta como solía; y anda­ban entre sí imaginando quién podría ser la pastora que de su libre corazón triunfado había. Quién imaginaba que la discreta Belisa, y quién que la gallarda Leandra, y al­gunos que la sin par Arminda, moviéndoles a imaginar esto la ordinaria costumbre que Lauso tenía de visitar las cabañas destas pastoras, y ser cada una dellas pará sub­jectar con su gracia, valor y hermosura otros tan libres corazones como el de Lauso. Y desta duda tardaron mu­chos días en certificarse, porque el enamorado pastor apenas de sí mesmo fiaba el secreto de sus amores. Aca­bado esto, luego toda la joventud del pueblo renovó las danzas, y los pastorales instrumentos formaron una agra­dable música. Pero, viendo que ya el sol apresuraba su carrera hacia el ocaso, cesaron las concertadas voces, y todos los que allí estaban determinaron de llevar a los desposados hasta su casa. Y el anciano Arsindo, por cumplir to que a Tirsi había prometido, en el espacio que había desde la plaza hasta la casa de Daranio, al son de la zampoña de Erastro, estos versos fue cantando:

ARSINDO

Haga señales el cielo

de regocijo y contento

en tan venturoso día;

celébrese en todo el suelo

este alegre casamiento

con general alegría.

Cámbiese de hoy más el llanto

en süave y dulce canto,

y, en lugar de los pesares,

vengan gustos a millares

que destierren el quebranto.

Todo el bien suceda en colmo

entre desposados tales,

tan para en uno nascidos:

peras les ofrezca el olmo,

cerezas los carrascales,

guindas los mirtos floridos;

hallen perlas en los riscos,

uvas les den los lentiscos,

manzanas los algarrobos,

y sin temor de los lobos

ensanchen más sus apriscos.

Y sus machorras ovejas

vengan a ser parideras,

con que doblen su ganancia;

las solícitas abejas

en los surcos de sus eras

hagan miel en abundancia;

logren siempre su semilla

en el campo y en la villa,

cogida a tiempo y sazón;

no entre en sus viñas pulgón

ni en su trigo la neguilla.

Y dos hijos presto tengan,

tan hechos en paz y amor

cuanto pueden desear;

y, en siendo crescidos, venga

ser el uno doctor,

y otro, cura del lugar.

Sean siempre los primeros

en virtudes y en dineros,

que sí serán, y aun señores,

si no salen fiadores

de agudos alcabaleros.

Más años que Sarra vivan

con salud tan confirmada

que dello pese al doctor;

y ningún pesar resciban,

ni por hija mal casada,

ni por hijo jugador.

Y, cuando los dos estén

viejos cual Matusalén,

mueran sin temor de daño,

y háganles su cabo de año

por siempre jamás, amén.

Con grandísimo gusto fueron escuchados los rústicos versos de Arsindo, en los cuales más se alargara si no lo impidiera el llegar a la casa de Daranio, el cual, convi­dando a todos los que con él venían, se quedó en ella, si no fue que Galatea y Florisa, por temor que Teolinda de Tirsi y Damón no fuese conocida, no quisieron quedarse a la cena de los desposados. Bien quisiera Elicio y Eras­tro acompañar a Galatea hasta su casa, pero no fue posi­ble que lo consintiese; y así, se hubieron de quedar con sus amigos, y ellas se fueron cansadas de los bailes de aquel día; y Teolinda con más pena que nunca, viendo que en las solemnes bodas de Daranio, donde tantos pas­tores habían acudido, sólo su Artidoro faltaba. Con esta penosa imaginación, pasó aquella noche en compañía de Galatea y Florisa, que con más libres y desapasio­nados corazones la pasaron, hasta que, en el nuevo ve­nidero día, les sucedió lo que se dirá en el libro que se sigue.

Fin del tercero libro

Cuarto libro de Galatea

Con gran deseo esperaba la hermosa Teolinda el venidero día, para despedirse de Galatea y Florisa y acabar de buscar por todas las riberas de Tajo a su queri­do Artidoro, con intención de fenecer la vida en triste y amarga soledad, si fuese tan corta de ventura que del amado pastor alguna nueva no supiese. Llegada, pues, la hora deseada, cuando el sol comenzaba a tender sus ra­yos por la faz de la tierra, ella se levantó, y, con lágrimas en sus ojos, pidió licencia a las dos pastoras para prose­guir su demanda, las cuales con muchas razones la per­suadieron que en su compañía algunos días más esperase, ofreciéndole Galatea de enviar algún pastor de los de su padre a buscar a Artidoro por todas las riberas de Tajo y por donde se imaginase que podría ser hallado. Teolinda agradeció sus ofrecimientos, pero no quiso hacer lo que le pedían; antes, después de haber mostrado, con las mejores palabras que supo, la obligación en que quedaba de servir todos los días de su vida las obras que deltas había rescebido, abrazándolas con tierno sentimiento, les rogaba que una sola hora no la detuviesen. Viendo, pues, Galatea y Florisa cuán en vano trabajaban en pensar de­tenerla, le encargaron que de cualquier suceso bueno o malo que en aquella amorosa demanda le sucediese, pro­curase de avisarlas, certificándola del gusto que de su contento o la pena que de su desgracia rescibirían. Teo­linda se ofreció ser ella mesma quien las nuevas de su buena dicha trujese, pues las malas no tendría sufri­miento la vida para resistirlas, y así, sería escusado que della saberse pudiesen. Con esta promesa de Teolinda se satisficieron Galatea y Florisa, y determinaron de acom­pañarla algún trecho fuera del lugar. Y así, tomando las dos solos sus cayados, y habiendo proveído el zurrón de Teolinda de algunos regalos para el trabajoso camino, se salieron con ella del aldea a tiempo que ya los rayos del sol más derechos y con más fuerzas comenzaban a herir la tierra.

Y, habiéndola acompañado casi media legua del lu­gar, al tiempo que ya querían volverse y dejarla, vieron atravesar, por una quebrada que poco desviada dellas estaba, cuatro hombres de a caballo y algunos de a pie, que luego conoscieron ser cazadores en el hábito y en los halcones y perros que llevaban. Y, estándolos con aten­ción mirando, por ver si los conoscían, vieron salir de entre unas espesas matas que cerca de la quebrada esta­ban, dos pastoras de gallardo talle y brío. Traían los rostros rebozados con dos blancos lienzos; y, alzando la una dellas la voz, pidió a los cazadores que se detuviesen, los cuales así lo hicieron, y, llegándose entrambas a uno de­llos, que en su talle y postura el principal de todos pare­cía, le asieron las riendas del caballo y estuvieron un po­co hablando con él, sin que las tres pastoras pudiesen oír palabra de las que decían, por la distancia del lugar, que lo estorbaba. Solamente vieron que, a poco espacio que con él hablaron, el caballero se apeó, y, habiendo, a lo que juzgarse pudo, mandado a los que le acompañaban que se volviesen, quedando sólo un mozo con el caballo, trabó a las dos pastoras de las manos, y poco a poco co­menzó a entrar con ellas por medio de un cerrado bosque que allí estaba. Lo cual visto por las tres pastoras, Gala­tea, Florisa y Teolinda, determinaron de ver, si pudiesen, quién eran las disfrazadas pastoras y el caballero que las llevaba; y así, acordaron de rodear por una parte del bos­que, y mirar si podían ponerse en alguna que pudiese serlo para satisfacerles de lo que deseaban. Y, haciéndolo así como pensado lo habían, atajaron al caballero y a las pastoras, y, mirando Galatea por entre las ramas lo que hacían, vio que, torciendo sobre la mano derecha, se em­boscaban en to más espeso del bosque, y luego por sus mesmas pisadas les fueron siguiendo, hasta que el caba­llero y las pastoras, pareciéndoles estar bien adentro del bosque, en medio de un estrecho pradecillo, que de infi­nitas breñas estaba rodeado, se pararon. Galatea y sus com­pañeras se llegaron tan cerca que, sin ser vistas ni senti­das, veían todo lo que el caballero y las pastoras hacían y decían; las cuales, habiendo mirado a una y a otra parte por ver si podrían ser vistas de alguno, aseguradas desto, la una se quitó el rebozo; y apenas se le hubo quitado cuando de Teolinda fue conoscida, y, llegándose al oído de Galatea, le dijo con la más baja voz que pudo:

-Estrañísima ventura es ésta, porque, si no es que con la pena que traigo he perdido el conoscimiento, sin duda alguna aquella pastora que se ha quitado el rebozo es la bella Rosaura, hija de Roselio, señor de una aldea que a la nuestra está vecina, y no sé qué pueda ser la causa que la haya movido a ponerse en tan estraño traje y a dejar su tierra, cosas que tan en perjuicio de su honestidad se de­claran. Mas, ¡ay desdichada! -añadió Teolinda-, que el caballero que con ella está es Grisaldo, hijo mayor del ri­co Laurencio, que junto a esta vuestra aldea tiene otras dos suyas.

-Verdad dices, Teolinda -respondió Galatea-, que yo le conozco; pero calla y sosiégate, que presto veremos con qué intento ha sido aquí su venida.

Quietóse con esto Teolinda, y con atención se puso a mirar to que Rosaura hacía, la cual, llegándose al caba­llero, que de edad de veinte años parecía, con voz turba­da y airado semblante, le comenzó a decir:

-En parte estamos, fementido caballero, donde podré tomar de tu desamor y descuido la deseada venganza. Pe­ro, aunque yo la tomase de ti tal que la vida te costase, poca recompensa sería al daño que me tienes hecho. Vesme aquí, desconocido Grisaldo, desconoscida por conoscerte; ves aquí que ha mudado el traje por buscarte la que nunca mudó la voluntad de quererte. Considera, ingrato y desamorado, que la que apenas en su casa y con sus criadas sabía mover el paso, agora por tu causa anda de valle en valle y de sierra en sierra con tanta soledad buscando tu compañía.

Todas estas razones que la bella Rosaura decía las es­cuchaba el caballero con los ojos hincados en el suelo y haciendo rayas en la tierra con la punta de un cuchillo de monte que en la mano tenía. Pero, no contenta Rosaura con lo dicho, con semejantes palabras prosiguió su plática:

-Dime: ¿conoces, por ventura, conoces, Grisaldo, que yo soy aquélla que no ha mucho tiempo que enjugó tus lágrimas, atajó tus sospiros, remedió tus penas, y sobre todo, la que creyó tus palabras? ¿O, por suerte, entiendes tú que eres aquél a quien parecían cortos y de ninguna fuerza todos los juramentos que imaginarse podían, para asegurarme la verdad con que me engañabas? ¿Eres tú, acaso, Grisaldo, aquél cuyas infinitas lágrimas ablanda­ron la dureza del honesto corazón mío? Tú eres, que ya te veo, y yo soy, que ya me conozco. Pero si tú eres Gri­saldo, el que yo creo, y yo soy Rosaura, la que tú imagi­nas, cúmpleme la palabra que me diste; darte he yo la promesa que nunca lo he negado. Hanme dicho que te casas con Leopersia, la hija de Marcelio, tan a gusto tuyo que eres tú mesmo el que la procuras; si esta nueva me ha dado pesadumbre, bien se puede ver por lo que he he­cho por venir a estorbar el cumplimiento della; y si tú la puedes hacer verdadera, a tu consciencia lo dejo. ¿Qué respondes a esto, enemigo mortal de mi descanso? ¿Otor­gas, por ventura, callando, lo que por el pensamiento se­ría justo que no te pasase? Alza los ojos ya y ponlos en estos que por su mal te miraron; levántalos y mira a quién engañas, a quién dejas y a quién olvidas. Verás que engañas, si bien lo consideras, a la que siempre te trató verdades, dejas a quien ha dejado a su honra y a sí mes­ma por seguirte, olvidas a la que jamás lo apartó de su memoria. Considera, Grisaldo, que en nobleza no te debo nada, y que en riqueza no te soy desigual, y que te aven­tajo en la bondad del ánimo y en la firmeza de la fe. Cúmpleme, señor, la que me diste, si te precias de caba­llero y no te desprecias de cristiano. Mira que si no co­rrespondes a lo que me debes, que rogaré al ciclo que te castigue, al fuego que to consuma, al aire que to falte, al agua que to anegue, a la tierra que no te sufra, y a mis parientes que me venguen. Mira que si faltas a la obliga­ción que me tienes, que has de tener en mí una perpetua turbadora de tus gustos en cuanto la vida me durare; y aun después de muerta, si ser pudiere, con continuas sombras espantaré tu fementido espíritu, y con espantosas visio­nes atormentaré tus engañadores ojos. Advierte que no pido sino lo que es mío, y que tú ganas en darlo lo que en negarlo pierdes. Mueve agora tu lengua para desenga­ñarme de cuantas la has movido para ofenderme.

Calló diciendo esto la hermosa dama, y estuvo un po­co esperando a ver lo que Grisaldo respondía; el cual, le­vantando el rostro, que hasta allí inclinado había tenido, encendido con la vergüenza que las razones de Rosaura le habían causado, con sosegada voz le respondió desta manera:

-Si yo quisiese negar, ¡oh Rosaura!, que no te soy deudor de más de lo que dices, negaría asimesmo que la luz del sol no es clara, y aun diría que el fuego es frío y el aire duro. Así que, en esta parte confieso lo que te de­bo, y que estoy obligado a la paga. Pero, que yo confiese que puedo pagarte como quieres, es imposible, porque el mandamiento de mi padre lo ha prohibido y tu riguroso desdén imposibilitado; y no quiero en esta verdad poner otro testigo que a ti mesma, como a quien tan bien sabe cuántas veces y con cuántas lágrimas rogué que me acep­tases por esposo, y que fueses servida que yo cumpliese la palabra que de serlo te había dado. Y tú, por las causas que te imaginaste, o por parecerte ser bien corresponder a las vanas promesas de Artandro, jamás quisiste que a tal ejecución se llegase; antes, de día en día me ibas en­tretiniendo y haciendo pruebas de mi firmeza, pudiendo asegurarla de todo punto con admitirme por tuyo. Tam­bién sabes, Rosaura, el deseo que mi padre tenía de po­nerme en estado y la priesa que daba a ello, trayendo los ricos honrosos casamientos que tú sabes, y cómo yo con mil escusas me apartaba de sus importunaciones, dándo­telas siempre a ti para que no dilatases más lo que canto a ti convenía y yo deseaba; y que al cabo de todo esto, te dije un día que la voluntad de mi padre era que yo con Leopersia me casase; y tú, en oyendo el nombre de Leo­persia, con una furia desesperada me dijiste que más no te hablase, y que me casase norabuena con Leopersia o con quien más gusto me diese. Sabes también que te per­suadí muchas veces que dejases aquellos celosos deva­neos, que yo era tuyo, y no de Leopersia, y que jamás quisiste admitir mis disculpas ni condescender con mis ru